Del historiador y miembro de Espai Marx, José Luis Martín Ramos.
Mantengo mi admiración por AMLO, por lo que hizo antes de 2018 impulsando un nuevo movimiento popular (MORENA), dejando atrás las ruinas del PRI y sus disidencias -que en el caso del PRD ha acabado siendo un vergonzante apéndice- pero en el momento del relevo está empezando a arrastrar los pies. Advertí que el gran error de Cárdenas estuvo en la designación de su sucesor, Ávila Camacho, que cuando llegó a la presidencia dio vuelta atrás en la reforma social.
AMLO me parecía que había soslayado la cuestión con un mecanismo de selección de candidatos que no ha sido exactamente un dedazo -aunque no dudo de la influencia de las preferencias personales de AMLO- y que acabó eligiendo una candidata, Claudia Sheinbaum que, vista desde la lejanía, tenía características que la alejaban de Ávila Camacho: una mujer que había llegado a la política desde la militancia social de izquierda, que procedía de una familia de izquierdas y que a ese curriculum había añadido una gestión satisfactoria al frente del gobierno de la Ciudad de México. Para mí era mejor Claudia Sheinbaum que Marcelo Ebrard, que representaba un giro hacia la «moderación», algo absolutamente innecesario porque la gestión de AMLO nunca ha caído en la «radicalidad» y, como él reconoce, ha dejado muchas cosas por acabar para que se consolide un giro político en México. Todo eso ha sufrido un traspiés con dos hechos que han coincidido en el tiempo, quizás por casualidad o quizás no tanto: lo de Ayotzinapa y el empuje dado por Claudia Sheibaum para que su jefe de policía -que mantuvo a Ciudad de México en cotas aceptables de seguridad- pudiese dar el salto al que aspiraba de una carrera de mando policial a la política, mediante su sucesión en la jefatura del gobierno de la capìtal., Omar García Harfuch. Hay en la decisión de Sheinbaum reconocimiento del trabajo hecho y lealtad personal, lo que es de valorar; pero no parece que haya habido una evaluación política de profundidad. La biografía de Harfuch está en las antípodas de la de Sheinbaum; hijo de una familia de responsables de la seguridad mexicana con sangre en las manos. Su abuelo Marcelino García Barragán, antiguo villista, era el Secretario de Defensa Nacional durante la matanza de Tlatelolco en 1968 y responsable directa de ella con el Presidente García Ordaz; su padre Javier García Paniagua, cacique del PRI, fue Comandante de la Dirección Federal de Seguridad con López POrtillo entre 1976-1978 involucrado directamente en la guerra sucia contra la izquierda revolucionaria de la época. ¿De que se hablaba en las comidas y las cenas de esa familia? Con ese antecedente García Harfuch no se hizo médico o filósofo, sino alto funcionario de la policía federal y quedó salpicado por serlo en el Estado de Guerrero cuando se desarrolló la guerra sucia del narco, la policía y fuerzas del ejército y los caciques locales, contra la izquierda local, que desembocó en la masacre de Ayotzinapa. Por otra parte, nunca militó en movimientos sociales ni de la izquierda -lo habrían corrido de casa- y la única adscripción política que se le conocía hasta que Claudia Sheinbaum lo nombre jefe de policía de México, era al partido de sus mayores, el PRI, nada que ver con Morena, ninguna identificación conocida con su programa de regeneración y reforma social.
La decisión de Sheinbaum ha acabado, muy pronto, en un escándalo que ha coincidido con el aniversario de Ayotzinapa y la discusión sobre la investigación y lo que le cuesta avanzar. Sheinbaum ha respaldado a Harfuch, pero AMLO ha evitado que se queme en ese respaldo saliendo él mismo a la palestra con un discurso que viene a decir que nada de lo que se le supone está demostrado. Y la implicación de AMLO es y será cada vez mayor en la medida que avance el proceso de las elecciones presidenciales de 2024, si no deciden y son capaces de cortar de raíz el conflicto frenando la aspiración de poder -me niego a llamarlo aspiración política- de Harfuch.
Ayer AMLO dió un paso más, ahora en la exoneración de mandos militares que indirectamente es también la exoneración de Harfuch. Os paso el relato que hizo La Jornada de la intervención presidencial en su mañanera. Y os añado el comentario del periodista Julio Hernández López «Astillero» en el mismo número del diario. No tengo nada que añadir a lo que escribe «Astillero» que para mí señala adecuadamente la clave del problema: no es que el Presidente Peña y su Secretario de Defensa ordenaran la masacre de Ayotzinapa, ni que Harfuch estuviera en ella materialmente, es lo que todos ellos hicieron antes, permitiendo, si no alentando, una determinada situación en el estado de Guerrero, y después, inventando una llamada «verdad histórica» que fue una falsificación de estado que añadió ignominia al crimen.
Ahí les dejo los enlaces
https://www.jornada.com.mx/ https://www.jornada.com.mx/
Ojalá frenen ese error.