“En tierra un tigre, en el agua un cocodrilo” por Miguel Candel Sanmartí

El refrán bengalí con que titulamos esta reflexión viene a cuento del dilema con que suele enfrentarse desde hace tiempo la persona de izquierdas en este país: elegir entre los que quieren convertir todo el territorio español en su cortijo y los que quieren dividirlo en varios cortijos independientes. Obviamente, unos y otros tienen en común el afán privatizador.

Debiera, pues, estar claro que una persona de izquierdas amante de lo público no puede, por principio, optar entre ninguna de ambas vías. Tan suicida sería seguir la senda que lleva a las fauces del tigre como la que aboca a las del cocodrilo.

Pero, claro, las alegorías no se pueden tomar al pie de la letra: no es verdad que optar por el “tigre” del bloque liberal-conservador signifique dejarse devorar directamente por él. Y lo mismo vale para el “cocodrilo” del bloque populista-nacionalista. No se trata de un riesgo de vida o muerte personal (al menos, a corto plazo; a largo, habría que verlo). Pero sí de un riesgo de vida o muerte política para la sociedad en la que vivimos. Partiendo de esa visión algo menos dramática del asunto, más de uno dirá que no hay escapatoria, que es forzoso apostar por uno u otro bando, pues abstenerse de hacerlo equivale, según las circunstancias del momento, sobre las que nuestra capacidad de influir suele ser nula, a favorecer a unos o a otros. Y es cierto que en determinados momentos puede parecer que, entre dos males, uno es algo menor que el otro.

Pero ese cálculo cae a menudo en el error del cortoplacismo. Como caería quien prefiriera que lo trataran con calmantes a que lo operaran de un tumor con una intervención quirúrgica de alto riesgo. La devoción a la Virgen de Quemequedecomoestoy es una de las más extendidas, incluso entre los no creyentes. Ésa es la ventaja con la que cuentan casi siempre quienes detentan el poder político en cada momento. Como dice Arnold J. Toynbee en su monumental Estudio de la historia, en toda sociedad predomina ampliamente el conjunto de los individuos de mentalidad conservadora sobre los de mentalidad innovadora. Y eso, en principio, no es malo, pues favorece la estabilidad, que en política es un valor casi universalmente situado entre las principales características que debe tener el buen gobierno, desde Aristóteles hasta los padres fundadores de los Estados Unidos, pasando por Maquiavelo y Bodino. Los juristas llaman a eso “seguridad jurídica”. Cierto que la estabilidad y la seguridad plasmadas en las leyes no bastan para poder hablar de buen gobierno, pues la legalidad puede ser injusta; pero la arbitrariedad siempre lo es.

Pues bien, uno de los rasgos que parecen caracterizar, aquí y ahora, al bloque que hemos simbolizado con el cocodrilo, es precisamente su mal disimulado desprecio por la seguridad jurídica. Hacen y deshacen leyes con desenfadada alegría. Donde dijeron “digo” dicen “diego” y se quedan tan anchos (y anchas). Prometen hoy lo que rechazarán mañana y abjuran hoy de lo que ayer juraron. Así, desde luego, nadie podrá tacharlos de conservadores. Sólo que, como también dice Toynbee, el que innova continuamente destruye continuamente su propia innovación.

Pero sí, verdad es que a menudo no hay más remedio que optar por el mal menor (o así considerado). Con la cautela, empero, de que al hacerlo no se esté contribuyendo a que el mal sea cada vez mayor. Porque a medida que uno va tragando sapos, las tragaderas, como es natural, se hacen cada vez más grandes. Teniendo esto último en cuenta, no es verdad que la abstención ante dos males siempre favorezca a uno de ellos. De hecho, lo más probable es que perjudique a los dos, si es verdad que la aceptación de una propuesta política se mide por los votos obtenidos: recibir menos votos que en la anterior votación, aunque se tengan más votos que el adversario, equivale a un voto… de censura.

Si, como escribió Von Clausewitz, la guerra es la política por otros medios, también podemos decir que los sistemas políticos de participación ciudadana permiten, simétricamente, hacer la guerra (resolver los conflictos entre intereses opuestos) por otros medios. Y si la guerra, al decir de Napoleón, exige la adecuada utilización del espacio y el tiempo, hay que recordar, como él mismo recuerda, que el tiempo es más importante que el espacio: éste, si se pierde, puede recuperarse; aquél, no. De ahí que no valga la pena aumentar la ración de pan para hoy si eso va a suponer pasar más hambre mañana. En el caso de España, por lo menos, la historia de los últimos años parece abonar la idea de que, en líneas generales, el voto al mal menor (“pan para hoy”) ha tenido justamente esa consecuencia (“hambre al día siguiente”) para los votantes de izquierda.

En la situación concreta de este país, por otro lado, la elección se presenta, como decíamos al principio, entre dos proyectos privatizadores de los bienes públicos. Uno, el de la derecha, a escala estatal. Otro, el del popurri presunta (y falsamente) progresista, a escala regional, lo que incluye la privatización del territorio (algo así como “la tierra y sus frutos para el que reside habitualmente en ella”, no para el conjunto de la ciudadanía española), así como la “feudalización” de los organismos de la administración y de servicios básicos como la enseñanza y la sanidad, con denodados intentos de hacer lo mismo con todas las instancias de la judicatura. Hay ingenuos que creen ―o simulan creer― que esto último es avanzar hacia un Estado federal. Otros, nada ingenuos, lo propugnan abiertamente como la vía hacia la transformación de España en un Estado confederal. Es decir, la vía hacia la fragmentación del país, pues en todos los casos conocidos la confederación ha sido un régimen intrínsecamente inestable que tiende a la separación de sus miembros, como verdadera antesala de la secesión. Lo cierto es que, si alguna vez lo hubo, no hay en la actualidad ni un solo ejemplo de Estado verdaderamente confederal (Suiza, pese a la inercia de conservar su nombre tradicional de Confederación Helvética, es en realidad, desde mediados del siglo XIX, una federación; en los Estados Unidos de América, las ambigüedades al respecto arrastradas por su Constitución desde 1787 se resolvieron expeditivamente, como es sabido, con la capitulación del ejército confederado en abril de 1865.)

De manera que, si tenemos en cuenta no sólo el “espacio” (lo que está escrito en los programas políticos de tigres y cocodrilos), sino también el “tiempo” (la dirección en la que tienden a moverse unos y otros), calcular cuál de los dos males es mayor no resulta nada fácil. En todo caso, si nos dejamos llevar por la alegoría y queremos aplicar (como tantos políticos hacen) el pragmático “principio sin principios” de apostar por el ganador, habría que repasar los documentales de nuestro amigo Félix (Rodríguez del Fuente) y, sobre todo, los de National Geographic para ver quién suele ganar en caso de enfrentamiento entre un tigre y un cocodrilo (si no recuerdo mal, en un documental de Rodríguez de la Fuente, un caimán se comía a un puma).

Pero si, como Aristóteles, consideramos que la política es la prolongación de la ética, la traslación de los principios éticos del ámbito individual al ámbito social, dudo que podamos considerar correcto aplicar el último “principio” mencionado. Lo que implica defender, como la opción ética y políticamente más legítima, la pura y dura abstención (o su variante “cañera”: el voto nulo a base de meter en un mismo sobre papeletas de unos y otros con cariñosas expresiones de olímpico desprecio). En todo caso, sin pretender elevar a categoría la anécdota del testimonio personal, diré que, puesto que no sé nadar, a mí me daría más miedo adentrarme en el territorio del cocodrilo que en el del tigre (sobre todo si éste es de Bengala y previamente me he inspirado leyendo el bello poema que le dedica Rubén Darío.)

https://www.cronica-politica.es/en-tierra-un-tigre-en-el-agua-un-cocodrilo/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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