Miscelánea 13/12/2023

Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. Entrevista a Balibar
2. Las tareas del internacionalismo
3. Las pérdidas de las milicias de Hamás
4. Más sobre el nuevo partido de Wagenknecht (observación de Joaquín Miras)
5. Los absurdos del mercado de carbono
6. Una política ecológica de clase
7. El viaje de Putin a Asia Occidental (Observación de Joaquín Miras)
8. Boicot
9. Resumen de la guerra de Palestina, 12 de diciembre

1. Entrevista a Balibar

Entrevista con el filósofo francés que publican en castellano en Jacobin lat. Os había pasado otra suya en mayo, pero creo que esta tiene un enfoque diferente.

https://jacobinlat.com/2023/

Étienne Balibar: El socialismo y la libertad son ideas intrínsecamente relacionadas

UNA ENTREVISTA CON Étienne Balibar

Traducción: Valentín Huarte

El filósofo marxista Étienne Balibar se sienta con Jacobin para hablar de libertad y democracia, y de por qué los socialistas deben reclamar esas palabras a la derecha.

Entrevista por Viviane Magno Ribeiro Alexandre Pinto Mendes

Todos valoran la libertad. ¿O no?

Después de décadas de luchar para ganarse la vida, sin tiempo libre y con un sentimiento generalizado de impotencia, podemos disculpar a la clase trabajadora si olvidó un poco el sentido de la palabra «libertad». O, peor todavía, si reencontró una parte de ese sentido en esa versión siniestra, deformada como por un laberinto de espejos, de las libertades individuales que promueve la derecha libertaria.
El filósofo marxista Étienne Balibar defiende desde hace años la tesis de que la libertad y la democracia son las verdaderas líneas de combate de la lucha socialista. Más que abrazar la política democrática, Balibar convoca a la izquierda a insistir en que un proyecto socialista renovado tendrá que revivir también la misma idea de libertad, corrompida por décadas de hiperindividualismo y consumismo neoliberales. Conversamos con él acerca de las constituciones, la democracia y sobre por qué los socialistas debemos poner más atención a estos temas.

VM / AP Durante la pandemia, la derecha política, sacando ventaja de las medidas de aislamiento, parece haberse apropiado de la idea de «libertad». La izquierda, mientras tanto, puso el eje en defender valores como el «cuidado» y la «seguridad». ¿Qué podemos esperar del desarrollo futuro de esta polarización?
EB La idea de libertad ha sido combatida y desafiada desde sus mismos orígenes en la época moderna, porque la noción de «libertad» es una noción dividida o, como dice sugerentemente W. B. Gallie, filósofo analítico británico, es un «concepto esencialmente disputado». Es imposible unificar o subsumir esos conceptos, que además de tener una relevancia política inmediata, conservan siempre una dimensión filosófica o metafísica, bajo una definición única y universalmente aceptada. Son el sitio de un desacuerdo permanente.

Por eso, el conflicto en política no enfrenta a los que valoran la libertad contra los que la niegan o los que prefieren otro principio. En cambio, opone dos conceptos antitéticos de libertad. Tampoco es la clásica distinción entre un concepto «negativo» de libertad y uno «positivo», sino más bien una distinción entre un concepto individualista, preferido por la tradición liberal, y uno democrático, que implica la agencia colectiva: los ciudadanos se «liberan» unos a otros o se conceden mutuamente la libertad.

Sin embargo, cierta tradición de izquierda, especialmente bajo la influencia de Marx en algunos de sus textos, sostiene la idea de que la libertad es per se un valor «burgués». Afirma que la libertad no es más que la combinación entre la libertad económica, bajo las formas de la libre competencia y la propiedad privada, y las libertades políticas o jurídicas, a las que estima como realidades puramente «formales». Aunque es una tesis históricamente errada y está fundada en una confusión teórica, tuvo efectos catastróficos y de larga duración en la izquierda. De hecho, la derecha supo sacar una enorme ventaja de esa confusión.

Consideraciones similares valen en los casos de las ideas de «cuidado» o de «seguridad», que también son ideas divididas. La experiencia de la pandemia desencadenó procesos interesantes. Planteó debates acerca de si deberíamos considerar antidemocráticas las medidas restrictivas «impuestas» por el Estado sobre las libertades individuales o colectivas con la excusa del «cuidado» frente a la diseminación del virus.

Pienso que las teorías de la conspiración —promovidas sobre todo por la extrema derecha, pero también por ciertos sectores de la extrema izquierda—, que sugieren que la pandemia es una invención del Estado o de los capitalistas para imponer una «sociedad de control», son delirantes y muy peligrosas. Pero también creo que medidas coercitivas como el aislamiento, la cuarentena y la vacunación obligatoria, en vez de imponerse de forma autoritaria, deberían discutirse democráticamente con la sociedad, en el ámbito de la medicina y en los distintos niveles del gobierno. Incluso si admitimos que debe existir una norma general, el peligro de que los controles sanitarios terminen amalgamándose con otras formas de vigilancia policial y prolongándose sin necesidad no deja de ser real. Esto plantea la necesidad de una intervención y de una supervisión democráticas.

VM / AP A veces la izquierda asume que «democracia verdadera» y «socialismo» son prácticamente sinónimos, y que las realidades que estos términos designan encontrarán su realización en la expansión de la democracia más allá de las fronteras de lo político, especialmente hacia el reino de la economía. ¿Es demasiado ingenuo o simplista suponer que existe esa relación intrínseca entre «socialismo» y «democracia»?
EB Yo creo que efectivamente existe una relación intrínseca entre socialismo y democracia. O, mejor dicho, considerando el hecho desastroso de que, en el pasado, la idea de «socialismo» estuvo vinculada a una abolición más o menos completa de la democracia, lo que llevó finalmente al colapso del socialismo, creo que debemos trabajar con vistas a una combinación «orgánica» entre socialismo y democracia. Por supuesto, eso influye en nuestra comprensión de lo que significa «socialismo», pero tiene el mismo peso en nuestra concepción de la «democracia».

En otra parte argumenté que la historia enseña que existen tres formas principales de instituciones democráticas: la representación, la participación directa y el conflicto social. En el programa «comunista» de Marx, sobre todo después de la Comuna de París, el acento está puesto especialmente en la democracia o en la participación «directas» contra la «representación», que Marx —o sus seguidores— tendió a reducir a la democracia «parlamentaria». Tal vez se apresuró demasiado, y, en lo que respecta a la conflictividad social, puede ser una suposición peligrosa. Después de todo, la forma directa de la democracia es concebida según el modelo de las comunidades pequeñas. En un momento en que los problemas políticos y sociales empiezan a plantearse cada vez más a nivel mundial —basta pensar en las consecuencias del cambio climático, que se convirtió en el problema central de la humanidad— necesitamos varios grados de socialismo y varias combinaciones de instituciones democráticas que operen en diferentes niveles y que abarquen de lo local a lo mundial.

Por eso no soy muy fan de la fórmula «la libertad verdadera es la que se extiende más allá del reino de la política», que parece conservar sin modificaciones la definición de lo político. La libertad verdadera es la que revoluciona lo político en sí mismo, empezando por su «aislamiento» ficticio de las esferas económica y social. No es cuestión de incluir la política o la agencia política en la praxis revolucionaria, sino de practicar la política de una forma distinta, más igualitaria y creativa. Los partidos socialistas rara vez tuvieron éxito a la hora de preservar esa idea en el largo plazo.

VM / AP Pasó más de una década desde que acuñaste el término «igualibertad». Entonces, en un momento en que no estaba para nada de moda, lograste colocar la cuestión de los derechos en el primer lugar de la agenda de la izquierda. ¿Ese concepto puede servirnos para desenmarañar un poco las relaciones entre democracia y socialismo a las que hiciste referencia? ¿Podríamos decir que pretendías, en cierto modo, pensar más allá de los límites impuestos por una tendencia cada vez más estéril a cortar la democracia en dos mitades, una socialista, «buena», que esperaría en un futuro distante, y una burguesa, «mala», en el presente?
EB Acuñé la palabra compuesta «igualibertad» (en francés, égaliberté) en la época del bicentenario de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y en el marco de un debate sobre el sentido de los principios de la «revolución burguesa». Pero no es del todo una invención mía: existe una larga tradición filológica a la que hice referencia explícita, que remonta a los términos romanos aequum ius y aequa libertas, renovada no hace tanto tiempo por filósofos «liberales» como John Rawls, que insisten en la importancia de la «libertad igual».

Sin embargo, Rawls canceló inmediatamente la simetría sugerida por la fórmula, explicando que debía existir un «orden lexicográfico» entre «igualdad» y «libertad». En ese sentido, Rawls sostiene que, en caso de existir un conflicto entre los dos valores, la libertad debe prevalecer sobre la igualdad, a la que él considera el valor socialista por excelencia. Yo quería reestablecer la simetría completa en toda su claridad.

Después de publicar mi ensayo, gracias al comentario de Frieder Otto Wolf, filósofo marxista alemán, me llevé la grata sorpresa de que «igualibertad» había sido la expresión clave de los discursos de los Niveladores, el ala radical de la Revolución inglesa. Por supuesto, esto reforzó considerablemente mi argumento.

Mi intención no era sugerir que no existe tensión entre «igualdad» y «libertad», o que nunca puede surgir ningún conflicto. Todo lo contrario. Quería describir una relación dialéctica: por un lado, los conflictos son permanentes y es imposible evitarlos, pero deben encontrar una resolución dinámica en cada coyuntura, a través de invenciones institucionales y de prácticas sociales que son inestables por definición.

Por otro lado, es imposible dejar de buscar una resolución, porque la historia demuestra que no puede existir una sociedad o un régimen político que sea efectivamente igualitario y que destruya la libertad. El «socialismo realmente existente» es un buen ejemplo. Y tampoco puede existir un régimen que proteja universalmente las libertades pero permita la desigualdad. En este caso, el ejemplo son las democracias capitalistas. Esta «doble negación» es lo que llamé elenchus o «refutación» en el sentido de la lógica antigua (griega).

Pero también quería demostrar que la forma tradicional —liberal o marxista— de separar la idea de los «derechos humanos» de la idea de los «derechos políticos» —o los «derechos del hombre» de los «derechos del ciudadano», según los términos de la Declaración— no era una buena interpretación de los principios clásicos, que de hecho no separan las dos categorías de derechos o no definen explícitamente los derechos fundamentales como si fueran una realidad separada de los derechos civiles o políticos. Esta lectura coincide con la noción arendtiana de «derecho a tener derechos». La «igualibertad» sería el núcleo de esta unidad dialéctica.

Por lo demás, la idea de «igualibertad» también estaba asociada a tres debates distintos aunque vinculados entre sí. En primer lugar, estaba la polémica que había surgido de la crítica de los regímenes socialistas de tipo soviético, que reprimían las libertades, pero también del «intervencionismo humanitario» occidental y estadounidense. En esencia, el debate era: ¿puede existir algo así como una «política de los derechos humanos», o, por el contrario, el discurso de los «derechos humanos» es un discurso puramente moralista capaz de disfrazar políticas imperialistas? En Francia, Claude Lefort defendía la primera posición y Marcel Gauchet la segunda. En este punto me puse del lado de Lefort, dejando abierta, por supuesto, la cuestión de la aplicación justa del principio.

Un segundo debate concernía a la posibilidad de reconciliar los «derechos del hombre» con los «derechos del ciudadano». En otros términos, el punto era explicar que los derechos fundamentales son siempre ya políticos y que el estatus jurídico del ciudadano (es decir, su identificación con una «nacionalidad», denominada por ciertos teóricos estadounidenses como «ciudadanía atribuida») no restringe necesariamente la universalidad de los «derechos humanos». Por el contrario, esto significa que, en términos históricos, la reivindicación o el «descubrimiento» de los derechos humanos o fundamentales, en la medida en que son políticos, tienen un carácter «insurreccional». La institución deriva de la insurrección, y no a la inversa. O, mejor dicho, la insurrección implica una «imaginación institucional», un pouvoir instituant (según la terminología de Saint-Just, jacobino francés).

Por último, la idea de «igualibertad» plantea una rectificación de la interpretación «marxista estándar» de las revoluciones burguesas y un retorno a la lectura del joven Marx (1843) y a la idea de la revolución permanente: en el núcleo de las insurrecciones «burguesas», o en sus componentes populares, hay una tendencia de eso que denominé «igualibertad». Creo también que esta tendencia es una dimensión clave del comunismo, que siempre subvierte y supera las limitaciones de las constituciones burguesas, ya sea que estén fundadas en la propiedad privada o en las jerarquías raciales o de género. Por lo tanto, la «igualibertad» es una forma de evitar caer en una visión «lineal» de la historia de las revoluciones, según la cual el momento burgués pertenece al pasado y el momento socialista-comunista pertenece al futuro: es en el presente —en cada nuevo presente— que este conflicto debe ser recreado.

VM / APM Salvo excepciones notables, como Toni Negri, la izquierda del siglo veinte no mostró tener mucho interés por las constituciones ni por el constitucionalismo. Dicho eso, las últimas dos décadas en América Latina —en Bolivia, en Ecuador y, más recientemente, en Chile— atestiguaron un nuevo ímpetu por traducir la imaginación política radical a las instituciones existentes y a la creación de nuevos derechos. ¿Podemos afirmar que profundizar la relación entre poder constituyente y poder constituido es uno de los desafíos principales del socialismo del siglo veintiuno?
EB Creo que la respuesta afirmativa a esta pregunta está implicada en lo que acabo de decir. Por supuesto, no resuelve los problemas concretos y prácticos de las revoluciones, y todos sabemos que las revoluciones están expuestas a todo tipo de amenazas externas y perversiones internas.

Sin embargo, pienso que el proceso constitucional de Chile, sumado a la victoria del presidente Gabriel Boric, son la manifestación de una combinación de fuerzas extremadamente frágil, aunque esperanzadora, que pone en juego un nuevo constitucionalismo en términos a la vez «materiales» —es decir, de derechos y reconocimiento de intereses populares, especialmente de los pueblos indígenas, las mujeres y los trabajadores— y «formales», a saber, procedimientos de discusión y de representación democráticas.

El poder constituyente de Toni Negri es un libro que admiro mucho. Pero me temo que la terminología jurídica que propone termina planteando un dilema: o privilegiamos el «poder constituyente» y la multitud, o privilegiamos el «poder constituido» del Estado, o, alternativamente, concebimos el poder constituido como el fin —en los dos sentidos del término— necesario hacia el que apunta todo poder constituyente.

La conclusión, evidente en el caso de Negri, es que debemos evitar que el poder constituyente avance hacia una constitución real. Por mi parte, prefiero el término pouvoir instituant («poder instituyente») que remite a una capacidad de «crear instituciones» que es inherente a toda insurrección.

VM /AP En tus escritos aparece la idea de que la precarización laboral y la fragmentación de la clase obrera tienen su corolario en una concepción más bien desarraigada de la ciudadanía y en un individualismo negativo. Esta tendencia también parece operar tras lo que suele denominarse la crisis de la forma partido o del partido de masas en las democracias modernas. ¿Existe una manera de recuperar la forma partido que signifique algo más que un simple proselitismo para volver a los viejos partidos de masas de la socialdemocracia? ¿Tal vez un partido movimiento?
EB Los partidos de masas con una dimensión democrática siempre han trabajado en articulación con «movimientos», más aún si no son meras «correas de transmisión» (infame metáfora estalinista). Si retomamos el sentido original que tenía la categoría «partido» en El manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, comprendemos que no hacía referencia a una organización separada. Es una doctrina que combina una visión de la historia, el rol revolucionario del proletariado y el programa de transición política y social hacia una sociedad sin clases. Y esa doctrina puede volverse «hegemónica» en muchos movimientos, creando así algo semejante a un «movimiento de movimientos».

La idea de la «forma partido» como organización separada y disciplinada es posterior. Surgió en un momento en que el imperativo era reunir fuerzas —sobre todo, y pese a los compromisos «internacionalistas», a nivel nacional— para «tomar el poder del Estado», fundamentalmente en términos electorales, después en términos revolucionarios y, más tarde, en el marco de una combinación estratégica de ambos: es la noción gramsciana de «guerra de posiciones».

Creo que, por una serie de motivos históricos y sociales, las dos formas quedaron obsoletas, aun cuando debemos conservar ciertos elementos constitutivos de ambas (por ejemplo, el problema de la «hegemonía» política o el problema de la «organización» política). En primer lugar, me parece que si creemos que en una sociedad de antagonismos profundos los cambios solo pueden surgir de la lucha en sus múltiples formas —de ahí la expresión de «parcialidad» o «partidismo»— y, en segundo lugar, si pensamos que en un momento en que el poder está concentrado en las manos de una élite corporativa y tecnocrática contra la que debe emerger un amplio contrapoder popular, entonces debemos buscar o inventar una nueva «forma partido» en el marco de las experiencias existentes. Pero las formas no están predeterminadas, no existe un «modelo» del partido por venir.

No obstante, esto plantea una serie de cuestiones. Primero: el partido socialdemócrata tradicional es un partido que organiza elementos de la «sociedad civil», sea directamente o sea a través de organizaciones subsidiarias, con vistas a controlar o tomar el aparato de Estado. Por lo tanto, está fundado en una representación dualista de la sociedad y de la nación, donde la «sociedad civil» y el «Estado» mantienen un vínculo de exterioridad. Gramsci percibió los límites de esta representación cuando analizó la emergencia del «Estado de bienestar». En la misma dirección, Poulantzas llegó más lejos.

Debemos comprender que la lucha política permea tanto el Estado como la sociedad, incluso en los casos en que el Estado de bienestar es ineficaz —es decir, fuera del «Norte»— o es progresivamente desmantelado por las políticas neoliberales. En este caso, cuando está en juego, por ejemplo, la democratización de los «servicios públicos», son los movimientos civiles y no los «partidos» en el sentido parlamentario, ni mucho menos las organizaciones «subversivas», los que suelen dirigir mejor la lucha.

Segundo: tienen razón cuando enfatizan en su pregunta el «individualismo negativo». Yo no inventé esa fórmula. La tomé de un libro de Robert Castel, gran sociólogo francés, titulado Las metamorfosis de la cuestión social: una crónica del salariado. Él terminó abandonando la fórmula porque sus connotaciones «negativas» hacían que fuese difícil utilizarlas en conversaciones con trabajadores precarizados (en general, jóvenes), que la rechazaban por considerarla estigmatizante.

Por mi parte, aunque soy consciente de ese problema, decido sostener la expresión porque creo que toca una cuestión importante: las formas de organización política del movimiento obrero estaban vinculadas a un sentido y a prácticas concretas de solidaridad, fundadas en parte en las condiciones del proceso de trabajo y en parte heredadas y transpuestas de las tradiciones «comunitarias» y de la memoria de los obreros desplazados de las comunidades agrícolas. E. P. Thompson y otros historiadores exploraron esta dimensión.

Las políticas neoliberales desmantelan sistemáticamente las condiciones que hacen posibles estos lazos de solidaridad y en ese sentido son conscientemente contrarrevolucionarias: crean precariedad absoluta y promueven lo que Castel denomina «desafiliación». Estas formas de precariedad tienden a chocar con otras formas de precariedad, como por ejemplo, el déracinement [desarraigo] de los trabajadores migrantes respecto a sus propias formas de solidaridad étnica, cultural, racial y hasta religiosa. Ninguna forma de partidismo democrático socialista o comunista surgirá sin que antes enfrentemos y resolvamos estas «contradicciones en el seno del pueblo». Y no es una tarea fácil.

Tercero: hablar de «partido de masas» y de la articulación entre el «partido» y los «movimientos» es también, inevitablemente, plantear la polémica cuestión de las diferencias y analogías entre las tradiciones socialista y fascista. Aunque no las confundo, pienso que tenemos que analizar con mucha seriedad, en términos históricos y también en el presente, la cuestión de la circulación de estos modelos y las posibilidades de perversión de uno por el otro. Es una enseñanza del siglo veinte que no deberíamos olvidar. También es uno de los motivos por los que es tan importante insistir en combinar el proyecto socialista con formas de compromiso y prácticas de democracia radicales. Aquí se plantean cuestiones clave de la institución de la «forma partido» como la disciplina interna, la función del «líder», etc. También creo que es absolutamente inevitable pensar este tema si nos aferramos a la idea y a los principios del internacionalismo: un socialismo no «internacionalista» terminará siendo «nacionalista» porque no existe ningún término medio.

La cuestión del internacionalismo es fundamental por muchos motivos y está vinculada inextricablemente con la cuestión del «movimiento de movimientos». Fue uno de los ejes que intentó renovar el Foro Social Mundial. En primer lugar, está el tema fundamental del racismo, En primer lugar, está el tema fundamental que es el racismo. Aunque tengan diferentes expresiones y niveles de intensidad, todas las formas del racismo tienen en común una representación exclusivista de la «nación» (y esto no es meramente una característica del supremacismo blanco, por más importante que sea este en los países occidentales del norte). En segundo lugar, está el tema de la paz, del desarme, de la oposición a la guerra, que deben seguir siendo posiciones de principio, aun en los casos en que debemos apoyar la resistencia de un pueblo contra la invasión o contra la ocupación, como sucede ahora en Ucrania. Y, en tercer lugar, está la cuestión del calentamiento global, es decir, de organizar campañas exitosas para presionar a los gobiernos y a las empresas y para popularizar nuevas formas de vida. Es una lucha gigantesca, que tal vez parezca desesperada, pero es inevitable. Hoy todo «socialismo» está obligado a ser un «ecosocialismo».

VM /AP Hace poco, en Histoire InterminableD’un siècle l’autre. Écrits I (La Découverte, 2020), volviste, con un punto de vista novedoso, sobre un viejo debate: la transición socialista. Recuperando el viejo adagio de Bernstein —«El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo»—, tu intención parece ser pensar la cuestión de la transición librada de las trabas tradicionales del «etapismo» y del «estatismo». ¿Cómo es una transición socialista en la que «el objetivo final no es nada»? 
EB Para evitar toda confusión, aclaro que saqué de contexto la fórmula de Bernstein, es decir, el alegato de 1899 en favor del «gradualismo» y el subsiguiente «debate Bernstein» que involucró a la socialdemocracia europea. Citando la fórmula de Bernstein, no pretendo sugerir que no hay objetivos finales, o que los objetivos finales no son importantes, sino que son inmanentes al movimiento y que entonces se redefinen y aclaran a medida que el movimiento se desarrolla, que sus fuerzas se unen y que se identifican y superan los distintos obstáculos.

Por lo tanto, considero que la fórmula es en lo esencial un sinónimo de la famosa definición del comunismo propuesta por Marx en La ideología alemana (1845): un movimiento que transforma/abole (el término en alemán es aufhebt, categoría clave de la dialéctica) el «estado de cosas» existente, es decir, la forma actual de la sociedad. También asocié la fórmula de Bernstein con la idea de que el conflicto y la democracia conflictiva no es solo un instrumento, sino que seguirá siendo «eternamente» la característica intrínseca de una sociedad cuyo fin no es un régimen institucional determinado sino la capacidad permanente de transformarse y regenerarse. Por este motivo digo que no hay «objetivo final», es decir, no hay ningún objetivo capaz de representar un fin absoluto.

Hoy, sin abandonar la referencia a Marx, añadiría, tal vez con un espíritu más crítico, que esta tesis implica rechazar el supuesto metafísico que encontramos en el prólogo de 1859 a la Contribución a la crítica de la economía política. «La humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos solo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando las condiciones materiales para su realización». Esto está mal. Cuando están en juego los «objetivos» más importantes, la humanidad justamente no cuenta con las condiciones de la solución. Debe inventarlas y crearlas, y ese es un proceso «aleatorio» —como escribió mi maestro Althusser en sus últimos ensayos— que se despliega en el curso del movimiento. De hecho, la metafísica evolucionista está estrechamente vinculada con lo que ustedes definieron como «etapismo».

Pero renunciar al etapismo y al estatismo no es renunciar a la idea de la transición, mucho menos a la idea de una transición revolucionaria. Hoy este problema está a la orden del día, y debemos explorarlo en sus múltiples formas, desde los objetivos más inmediatos y urgentes, hasta las nuevas formas de organización y las instituciones radicalmente democráticas, todo lo cual quiere decir que no se trata simplemente de «utilizar» las formas de poder existentes sin antes «deconstruirlas».

En el libro al que hacen referencia propuse generalizar la consigna de Lenin: el Estado en la «dictadura del proletariado» es una unidad de opuestos, un «Estado no Estado» o un Estado que comienza inmediatamente a «extinguirse». Por supuesto, no es eso lo que sucedió en la historia real de la Unión Soviética, pero la idea de que la «transición» es un movimiento que transforma sus propias fuerzas y formas constitucionales contiene una intuición fundamental. Por eso propongo analizar la transición como un proceso que involucra instancias de «Estado no Estado», «mercado no mercado» y hasta «industria no industria» (que sugiere una revolución en la idea misma de «productividad»).

VM /AP Con el debate de la transición, la izquierda también abandonó en gran medida las discusiones sobre el uso legítimo, democrático o incluso revolucionario de la violencia. Aunque muchos años después del denominado ejército popular maoísta sigue habiendo ejemplos de políticas comunitarias —entre los kurdos, o en México—, la cuestión de la gestión democrática del conflicto parece haber desaparecido del discurso de la izquierda. Ya que gran parte de su pensamiento gira en torno a la cuestión de la violencia política, ¿no deberíamos pensar más profundamente el significado de la democratización de las instituciones sociales responsables del uso de la violencia?
EB La cuestión del uso de la violencia y de la fuerza plantea una cuestión metafísica y una cuestión política. La función y las condiciones del ejercicio de la violencia, especialmente de la violencia «militarizada», están todo el tiempo generando divisiones.

Discutir el tema en toda su complejidad implicaría abrir un debate muy largo, pero creo que vale la pena mencionar algunos puntos. En primer lugar, no puede haber una doctrina política indiferenciada y universal sobre el uso de la violencia en el marco de transformaciones sociales, porque nadie elige libremente las condiciones de su acción. No es cierto que en toda situación política solo existe una posibilidad, que es reaccionar a la violencia del orden social dominante con una «violencia revolucionaria» simétrica. La característica universal de las sociedades de clase, y en general de todos los Estados fundados en la opresión, es que los sectores dominantes hacen uso libre de una violencia contrarrevolucionaria preventiva y están dispuestos a recurrir abiertamente a la violencia para proteger sus privilegios. Por lo tanto, es imposible deducir exclusivamente a partir de sus intereses los límites a los que son capaces de llegar cuando un movimiento democrático desafía su dominación. Esa es una cuestión que remite a la relación política de fuerzas. Y ese es el punto donde comienza la política concreta.

En segundo lugar, cada vez que se recurrió a la violencia —incluso a la guerra— con fines auténticamente revolucionarios, se lo hizo bajo formas igualitarias que difieren de las de la tradición militarista de los ejércitos nacionales o imperiales. Con todas sus diferencias, es lo que muestran los ejemplos de Rojava o de Chiapas a los que hicieron referencia en su pregunta. El caso del «ejército popular» maoísta y la «larga marcha» ameritan un análisis crítico porque, por un lado, tal vez sean el ejemplo más importante de todo el siglo veinte de una movilización popular de masas y de campesinos pobres que resistió contra una invasión imperialista-fascista y que tuvo como fin su propia emancipación social y la realización de los ideales comunistas de la igualdad. Es cierto que probablemente nada de eso hubiera ocurrido sin la «dirección» y la «disciplina» impuestas por el Partido Comunista. Digo probablemente porque también estuvo en juego el «aprovechamiento» de toda una tradición antigua de rebeliones campesinas contra los propietarios de la tierra y contra los caudillos militares, etc. Pero, en retrospectiva, es imposible no preguntarse si en la historia moderna de China, que tiene casi un siglo, es el nacionalismo el que sirvió a los fines del comunismo o, a la inversa, el comunismo el que sirvió a los fines del nacionalismo. Es un caso típico de la «astucia de la razón» hegeliana.

En tercer lugar, volviendo a la filosofía marxista de la historia contenida en el prefacio de 1859, notamos que la representación evolucionista, etapista y también determinista del progreso social, combinada con la idea «dialéctica» de que el motor de la historia es el conflicto, el «poder de la negación», etcétera, también generó la idea —formulada explícitamente en un pasaje famoso de El capital— de que la violencia es la «partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva» (fórmula que remite, de hecho, a una vieja alegoría mesiánica). De aquí la convicción metafísica de que, en «situaciones revolucionarias», la violencia puede acelerar el curso de la transformación o de la transición, pero nunca desviarlo ni invertirlo. Y la convicción, también metafísica, de que la fuerza revolucionaria (partido, movimiento, clase, etc.), en busca de conquistar sus objetivos, podría servirse de la violencia, incluso de la violencia extrema, sin ser afectada internamente por los efectos disolventes de esa violencia.

Un caso donde vemos la consecuencia de este razonamiento es la Revolución rusa, que empezó con la famosa reivindicación de «transformar la guerra imperialista en guerra civil» y terminó con la construcción de un sistema político totalmente militarizado, temiendo la rebelión de sus ciudadanos y eliminando a sus propios activistas. Es cierto que todo sucedió en el marco de una contrarrevolución violenta, pero lo cierto es que la revolución no estaba ideológicamente preparada para analizar estas retroacciones. Lenin y Gandhi permanecieron completamente ajenos el uno al otro. Estas son las cuestiones que traté de discutir en mi libro Violencias, identidades y civilidad (Gedisa, 2009), donde intenté trazar una línea de demarcación problemática entre violencia y «violencia extrema», es decir, la que ya no funciona como “instrumento” con su propia racionalidad política en el sentido clausewitziano.

En cuarto lugar, la coyuntura actual, incluidas las formas de violencia extrema de Oriente Medio —tantos las internas como las que generan las intervenciones imperialistas extrajeras— y la guerra desatada ahora en Europa, ilustra el hecho deprimente de que la «economía de la violencia extrema» no es una excepción, sino la normalidad o, más bien, que es un «estado de excepción normalizado». Achille Mbembe habla del «embrutecimiento» de nuestras sociedades. Como sea, es imposible reglar de antemano el uso de la violencia o de la contraviolencia en un proceso revolucionario, pero todo esto debería ser una advertencia de que, en ciertos casos, la contraviolencia puede terminar simplemente sumándose a esa escalada generalizada de violencia a la que me refiero con el título de cementerio de la política. Ese es el problema que intento pensar con la categoría de «civilidad», que no defino ni como «no violencia» ni como «contraviolencia», sino como «antiviolencia».

VM /AP Todo indica que, parafraseando a Rosa Luxemburgo, deberíamos pensar el socialismo como una construcción histórica más que como un futuro garantizado. Pero en ese caso muchas veces parece que a nuestro socialismo le falta una mayor dosis de utopía.
EB La utopía es un ingrediente esencial y orgánico de toda acción y proceso que apunten a la transformación de este mundo invivible e inaceptable. No me opongo a la idea de «imaginar el futuro». Más bien todo lo contrario, siempre que no se identifique con la elaboración de planes detallados para la organización de la «sociedad socialista». Aunque, incluso ahí, los proyectos más extraordinarios del «socialismo utópico» del siglo XIX, como los de Fourier u Owen, encarnaron de hecho una rica imaginación insurreccional. Sin embargo, prefiero un utopismo con la capacidad de subvertir las normas y las instituciones existentes, fundado en prácticas de resistencia reales y en modos de existencia alternativos. Tal vez «experimentación del futuro» sea una buena fórmula: un «futuro» que puede modificarse mientras emerge vigorosamente.

Étienne Balibar Doctor en Filosofía por la Universidad de Nimègue (Países Bajos) y profesor emérito de la Universidad de París-X Nanterre. Discípulo de Louis Althusser, entre sus numerosas obras cabe destacar Para leer El capital (escrito junto a Louis Althusser) y Raza, nación y clase (con Immanuel Wallerstein).

2. Las tareas del internacionalismo

Wargan es el presidente de la Internacional Progresista, esa organización que creo que impulsa fundamentalmente DIEM25, el proyecto, creo que no muy exitoso, de Varufakis. Pero me parece que tiene elementos interesantes.

http://ancommunistes.fr/spip.

Entrevista con Paweł Wargan sobre el internacionalismo en la actualidad
Lunes 18 de septiembre de 2023 por Daniel Benson
Una entrevista con el presidente de la Internacional Progresista. Un artículo muy interesante de nuestro enviado especial en EEUU, remitido por VB-ANC.
¿Cómo es hoy una política exterior progresista? ¿Cómo entendemos el imperialismo? ¿Qué está en juego en la reconquista de un horizonte político internacionalista para la izquierda? ¿Qué formas de organización se adaptan mejor a una nueva internacional? Ante los numerosos desafíos globales contemporáneos -como el cambio climático, el extremismo de derechas, las pandemias y la creciente amenaza de guerra nuclear- urge desarrollar una perspectiva estratégica, organizativa y teórica para la izquierda internacional. Paweł Wargan analiza estas y otras cuestiones en la siguiente entrevista. Investigador, activista y coordinador del secretariado de la Internacional Progresista, Wargan está bien situado para destacar las perspectivas de un nuevo internacionalismo en la actualidad. Francis College, Estados Unidos, y editor de Domination and Emancipation: Remaking Critique, Rowman and Littlefield Publishers, 2021.
Daniel Benson: En primer lugar, me gustaría empezar hablando de su desarrollo intelectual y su perspectiva general de la política. ¿Cuáles son los principales acontecimientos o influencias intelectuales que han tenido un impacto en tu escritura y activismo actuales?
Paweł Wargan: Trabajaba en política pública cuando surgió la última gran oleada de activismo climático. Todos los viernes, me abría paso entre multitudes de escolares que protestaban de camino al trabajo.
A veces, algunos bloqueaban las carreteras. Lo que me sorprendió fue que las ideas expresadas en estos espacios estaban impregnadas de una claridad, creatividad y urgencia que nunca había visto en el trabajo, donde las ideas eran estáticas, poco ambiciosas y nunca respondían a la urgencia del momento. Así que salí a la calle.
Es luchando como se aprende. Luchando se gana confianza. Empiezas a expresar las razones de tu lucha y a percibir las posibilidades que abre. El gran reto, que he aprendido con el tiempo, es que no basta con tener buenas ideas.
En muchos de nuestros movimientos, las demandas de «cambio de sistema» se transforman en una política de defensa que se centra en apelar a las instituciones existentes en lugar de construir otras nuevas.
La propia forma de estas manifestaciones -a menudo tienen lugar frente a edificios gubernamentales- da testimonio de esta relación de súplica. Imploramos a nuestras clases dirigentes que nos proporcionen algo que no está en su mano. Y nos desanimamos cuando fracasamos. Esto refleja una pobreza de imaginación, que ha sido cuidadosamente cultivada por la maquinaria ideológica del capitalismo.
Poco después, tuve lo que podríamos llamar un momento eureka. Estaba trabajando en un largo informe que preveía cómo podría ser una transición ecológica en Europa. Un día edité un apartado presentado por un arquitecto italiano. En él sostenía que, para construir ciudades sostenibles, Europa debía recurrir a edificios prefabricados de gran altura, rodeados de parques e instalaciones públicas.
Yo vivía entonces en Moscú, en el piso 14 de un rascacielos prefabricado rodeado de parques y equipamientos públicos. Miré por la ventana de la cocina y me pregunté: ¿qué tipo de sociedad era ésta que, décadas antes, había empezado a construir el futuro que sólo ahora contemplamos?
Esto me llevó a estudiar los procesos de construcción socialista. Fidel Castro dijo una vez que cuando leyó por primera vez el Manifiesto Comunista, empezó a encontrar explicaciones para fenómenos que normalmente se explican en términos de fallos humanos individuales, fallos morales. Empezó a comprender, como él decía, los procesos históricos y sociales que producen tanto grandes riquezas como terribles miserias.
No hace falta un mapa ni un microscopio para ver las divisiones de clase. A menudo pienso en ello. Lo que Castro quería decir -y lo que aprendemos leyendo a revolucionarios como Marx, Engels, Lenin, Rodney, etc.- es que hay procesos discernibles de contradicción y antagonismo de clases que configuran el mundo.

La labor de la izquierda no es cernirse sobre estos procesos y predicar ideas progresistas. Ese es el terreno del idealismo y el liberalismo. No se puede construir el futuro con ideas. No se puede arreglar el medio ambiente con ideas. No se puede alimentar a los hambrientos con ideas.
Nuestro trabajo consiste en construir el poder a través de la lucha, tratando en cada etapa de institucionalizar ese poder, construyendo estructuras que puedan hacer realidad las aspiraciones de la gente. Esto es lo que nos enseñan los grandes procesos de construcción socialista, pasados y presentes.
Daniel Benson: Estoy de acuerdo en que la construcción de instituciones en la izquierda es esencial. Incluso creo que hay una creciente conciencia entre los pensadores, activistas y académicos de izquierdas de la necesidad de centrarse en cuestiones de organización, estrategia y construcción del poder político, y no sólo en gestos simbólicos o problemas puramente teóricos. Pero la historia reciente ha demostrado lo difícil que es crear un cambio institucional duradero. Así lo demostraron las manifestaciones contra la OMC en Seattle en 1999, las protestas contra la guerra de Irak en 2003 y el movimiento Occupy en 2011. Además, incluso cuando los partidos de izquierda son capaces de organizarse y ganar poder político a nivel nacional (por ejemplo, Syriza en 2015), se han mostrado incapaces de desafiar a las instituciones globales dominantes.

En el Sur, los proyectos progresistas han tenido dificultades para desarrollarse libremente (Venezuela, Bolivia, Cuba, etc.) en gran parte debido al imperialismo estadounidense.

Así que me gustaría volver a la cuestión del internacionalismo y su relación con la construcción del poder de la izquierda. Tengo la impresión de que mucha gente, estudiantes e incluso activistas progresistas, consideran que la política internacional está alejada de su vida cotidiana o de sus luchas locales. Esto es muy diferente de lo que ocurría, por ejemplo, en los años sesenta, cuando la resistencia a la guerra de Vietnam, la descolonización y la construcción del socialismo estaban vinculadas para mucha gente y se consideraban parte del mismo movimiento. ¿Podría explicar, en primer lugar, por qué el internacionalismo es importante para construir instituciones progresistas de izquierdas? Y, en segundo lugar, ¿por qué propones la Tercera Internacional, o Internacional Comunista, como un recurso importante para reconstruir el internacionalismo en la actualidad?
Paweł Wargan: Hay una historia que he oído una y otra vez: cambian los actores, cambia el escenario, pero la historia sigue siendo prácticamente la misma. Conmovido por las hazañas del Che Guevara, un entusiasta socialista estadounidense viaja a Nicaragua. Visita los campamentos del movimiento sandinista, que libra una lucha armada contra el gobierno de Somoza, apoyado por Estados Unidos.

«Quiero unirme a vuestra lucha», le dijo. «¿Qué puedo hacer para ayudaros? La respuesta es brutal: «Vete a casa y haz una revolución en Estados Unidos».

Esta respuesta nos enseña dos cosas importantes sobre el internacionalismo. En primer lugar, la lucha del movimiento sandinista no está aislada. Tiene lugar en el contexto de la abrumadora violencia imperial estadounidense, que es la extensión internacional de sus políticas opresivas, racistas y coloniales en casa.

En los años 80, Nicaragua fue sometida a un bloqueo económico y militar. Sus puertos fueron minados. Los Contras -una fuerza fascista que ha masacrado a cientos de miles de personas en toda América Latina- estaban armados y entrenados en secreto para destruir las aspiraciones de la población. Así que había una necesidad real de cortar los hilos que unían el brutal empobrecimiento de Nicaragua con la prosperidad de las clases dominantes de EEUU – lo que requería construir una revolución en EEUU.

En segundo lugar, construir un proceso revolucionario es en sí mismo un acto internacionalista.

¿Qué puedes hacer por el pueblo haitiano, el pueblo cubano, el pueblo del Sáhara Occidental o el pueblo venezolano como individuos, sin construir primero el poder? ¿Puedes enviarles un petrolero? ¿Puedes enviarles un contenedor de suministros médicos? ¿Puedes ayudarles a construir una capacidad industrial moderna o apoyar su transición ecológica?

El grado de nuestro poder colectivo dentro de nuestras fronteras y la orientación política de nuestros movimientos determinan la forma de nuestros compromisos en el exterior. En 1918, Lenin escribió un artículo en el que criticaba a quienes se habían puesto del lado de sus gobiernos durante la Primera Guerra Mundial. Al priorizar la «defensa» de su país sobre el derrocamiento de los responsables de la guerra, escribió, estas fuerzas sustituyeron el nacionalismo mezquino por el internacionalismo. Apoyaban a una dirección capitalista e imperialista depredadora frente al imperativo de una paz duradera y una revolución social.
Al final, dijo Lenin, la posición de los bolcheviques estaba justificada. La Revolución de Octubre generó las ideas, estrategias y teorías que dieron origen a un movimiento revolucionario mundial. Como mensajeros del futuro, el pueblo ruso rompió los terrores del capitalismo y mostró el camino a seguir.
Transformar este camino en una autopista fue, en gran medida, la misión de la III Internacional. Gracias a ella, decía Lenin, la naciente URSS tendería una «mano amiga» a los pueblos deseosos de emanciparse del colonialismo. Esta misión nació de una tesis que encuentra eco en nuestro relato sobre Nicaragua.

La tesis era que el capitalismo europeo no extraía su fuerza de sus proezas industriales, sino del saqueo sistemático de sus colonias. Este mismo proceso alimenta y viste a la clase obrera europea. Tiene el doble efecto de reprimir sus aspiraciones revolucionarias y de generar el poder material que sostiene su propia explotación.

Las fuerzas policiales, las prisiones, las armas y las tácticas probadas y refinadas en las colonias se vuelven siempre, después de todo, fácilmente contra los trabajadores de la metrópoli.

El primer deber del internacionalismo es, pues, atacar los fundamentos del capitalismo: el colonialismo y el imperialismo.
Estas ideas tienen un gran peso en nuestro tiempo. Cada vez que proponemos ideas para reformar el sistema capitalista -limitadas a la comodidad del mundo imperial- estamos diciendo de hecho: «No nos importa lo que ocurra en el mundo. No nos importa que más de dos mil millones de personas se acuesten con hambre. No nos importa que cientos de millones de personas vivan ya en un clima devastado.

No nos importan las personas que se asfixian bajo el peso de nuestras sanciones. Su destino no nos importa. Las teorías de la Tercera Internacional nos enseñan que el poder de nuestras clases dominantes es un reflejo del empobrecimiento de la inmensa mayoría del planeta.

Hoy, cuando los países y los pueblos comienzan a afirmarse contra la hegemonía estadounidense y su voluntad de exterminio nuclear y medioambiental, nuestra tarea es oponernos a la hegemonía estadounidense, construir poder en la dirección de este proceso histórico, no contra él. Más que nunca en la historia de la humanidad, ha llegado el momento de construir una lucha revolucionaria basada en una clara política antiimperialista.
Daniel Benson: Pasemos a cuestiones organizativas concretas sobre cómo construir ese movimiento revolucionario. El fallecido académico y activista marxista Samir Amin participó activamente en la organización de un movimiento transfronterizo y en la reducción de la brecha entre el Norte y el Sur globales. Amin hizo un llamamiento a la creación de una «quinta internacional» en 2006 o una «nueva internacional» justo antes de su muerte en 2018. Este último llamamiento ha suscitado un gran debate entre académicos, teóricos y activistas sobre la mejor manera de «hacer» política en el contexto de la globalización neoliberal.

Gran parte del debate gira en torno a dos cuestiones: el antiguo debate dentro de la izquierda sobre el equilibrio adecuado entre una perspectiva «horizontalista» (democrática, pluralista, no jerárquica, abierta a diversas tendencias ideológicas) frente a una perspectiva «verticalista» (criterios estrictos de afiliación, centralismo, etc.) y la cuestión del nivel adecuado de organización (local, nacional, internacional o mundial).

¿Qué retos organizativos, y qué éxitos, has encontrado en tu propia experiencia de construcción del internacionalismo de izquierdas actual?

Paweł Wargan: La organización es simplemente cómo almacenamos e instanciamos nuestra capacidad colectiva para actuar: entrando en contacto con otras personas, formando comunidades, generando confianza y tomando decisiones estratégicas y programáticas sobre el futuro que queremos construir.

¿Hasta qué punto es útil la distinción entre «horizontal» y «vertical»? En mi opinión, quienes favorecen reflexivamente lo «horizontal» frente a lo «vertical» se aferran a la idea -cultivada en gran medida en el proyecto anticomunista- de que los resultados que deseamos pueden materializarse espontáneamente sin que los busquemos activamente.

Que cuando las cosas se pongan lo suficientemente serias, la ira de las masas se traducirá en cambios. Por el contrario, como los movimientos han aprendido una y otra vez, el compromiso con el «horizontalismo» extremo es un obstáculo para la unidad y un terreno fértil para la aparición de jerarquías invisibles que inmovilizan y alimentan el descontento.
Del mismo modo, las organizaciones que a veces se describen burlonamente como «verticales» han hecho enormes progresos en lo que ahora podríamos llamar inclusividad. Por primera vez en la historia, la Comintern de Lenin recogió las reivindicaciones de las mujeres, de los movimientos anticoloniales, de los movimientos de liberación nacional, de los movimientos de liberación de los negros, etc., y tradujo esta diversidad en un poder colectivo basado en un análisis común de la situación política.
Necesitamos construir instituciones que estén preparadas para hacer frente a los profundos desafíos a los que se enfrenta la humanidad. ¿Cuáles son esos retos? En su propuesta de una nueva internacional, Samir Amin califica de totalitario el sistema imperialista dirigido por Estados Unidos.

Estoy de acuerdo con Domenico Losurdo en cuestionar la integridad de este concepto, pero en este caso quizá resulte especialmente acertado. El capitalismo y el imperialismo nos cortan el acceso al proceso de producción, a la naturaleza, a otros seres humanos y a nuestra propia imaginación.

Estamos atrapados en un mundo de ideas y estructuras impuestas. La historia que aprendemos, la ropa que vestimos, las posibilidades que vemos para el futuro… no son nuestras. Son el producto de la acumulación de capital a escala mundial, un proceso al que a veces nos referimos eufemísticamente como «globalización», pero que se define más exactamente como imperialismo.
La violencia extrema se ha utilizado -y se sigue utilizando- para preservar este sistema. Su función principal, como nos recuerda Amin, es preservar el «privilegio histórico» de los colonizadores de saquear los recursos y explotar a los trabajadores del Sur.

Pero el sistema no es inevitable.

Marx y Engels dedicaron su vida a demostrar que los procesos históricos no son arbitrarios. Tienen fuerzas motrices que se pueden estudiar y cuyos movimientos se pueden cartografiar. La interacción de estas fuerzas genera tensiones, o contradicciones, que se manifiestan de diferentes maneras en distintos momentos de nuestra historia.
Los procesos revolucionarios que pusieron fin a la esclavitud de los seres humanos han dado paso a un nuevo sistema de organización económica en el que la principal contradicción se da entre trabajadores y propietarios de fábricas o, en otros lugares, entre campesinos y terratenientes.
La historia ha demostrado que estas contradicciones pueden superarse, pero sólo mediante el esfuerzo colectivo de los pueblos. Esto no puede suceder espontáneamente, y no puede suceder si nos aferramos a la falsa creencia de que el viejo sistema puede ser redimido o reformado, que una esclavitud más justa es posible, o que un imperialismo más justo es posible.

Una de las primeras tareas -y uno de los primeros retos- del internacionalista es, por tanto, romper con el sistema actual y hacer añicos las estructuras de alienación que aprisionan nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestras sociedades.

¿Qué significa esto en la práctica?

En primer lugar, significa crear las condiciones para que las personas y los movimientos de diferentes partes del mundo aprendan unos de otros y tomen conciencia de sus interconexiones fundamentales, superando, por ejemplo, la idea de que la lucha del trabajador del almacén de Amazon en Estados Unidos es distinta de la del trabajador de la confección en Bangladesh.

Cuando compramos unos vaqueros en Amazon, estamos vistiendo el trabajo del tejedor de Dhaka. Y en ese trabajo encontramos las fuentes tanto de nuestro poder colectivo como del poder monopolístico de Amazon. Nuestro poder reside en la socialización de la producción, en el hecho de que la fabricación es un proceso colectivo y un conjunto de relaciones sociales que no se limitan a la producción y que pueden ser perturbadas o capturadas por la clase obrera organizada.
El poder de Amazon surge de la plusvalía generada por su capacidad de explotar, despojar y saquear, tanto en casa como en el extranjero, un «privilegio histórico» actualmente protegido por la OTAN, las 800 bases militares estadounidenses que rodean el globo, un régimen de sanciones que asfixia a los Estados dispuestos a emprender un camino de desarrollo soberano, y otras infraestructuras de coerción económica y militar como la Unión Europea.

Pero la comprensión es sólo una parte del rompecabezas. Los eslóganes, por radicales que sean, sólo nos llevan hasta cierto punto. ¿Cómo podemos contribuir a la construcción de sindicatos en Bangladesh que resistan al capital internacional y a sus agentes en el gobierno? ¿Y cómo podemos politizar los movimientos populares de Estados Unidos que tienen capacidad para acabar con el imperialismo pero que, en gran medida, no ven el antiimperialismo como un horizonte político?
Existe una interacción dinámica entre las redes locales de organización y acción, las redes transnacionales que tratan de unir y coordinar esta acción de forma programáticamente coherente, y el horizonte mundial, donde el marco de la globalización imperialista nos revela los hilos que conectan nuestras luchas.
La escala geográfica de la acción debe responder dinámicamente a las condiciones a las que se enfrenta. Por eso, para mí, una Internacional debe ser un laboratorio de acción política -fundada en una teoría global de la coyuntura política y económica, fiel a la tradición histórica en la que se basa, pero no dogmáticamente apegada a tal o cual modelo de organización.
Daniel Benson: Me gustaría hacerle una pregunta sobre el lenguaje y la terminología. Más concretamente, sobre la dificultad de formular y articular eficazmente el laboratorio internacionalista de izquierdas que describes. Desde la globalización neoliberal, que se aceleró tras el desmantelamiento de la Unión Soviética, el propio vocabulario del internacionalismo se ha perdido y ha dado paso a términos como «justicia global», «ciudadanía global», «transnacionalidad», etcétera.

Estos términos se adaptan a un mundo en el que los Estados-nación se han subordinado a las finanzas mundiales. Estos términos se han infiltrado en los movimientos sociales progresistas, las ONG, las instituciones académicas y los organismos de las Naciones Unidas, al menos en parte para desvincular, disociar o simplemente rechazar toda la historia de lucha internacionalista que usted ha mencionado antes.

Qué está en juego hoy en día en la reivindicación del internacionalismo como horizonte político?
Paweł Wargan: El periodista polaco Ryszard Kapuściński -una de mis primeras influencias políticas- comparaba la historia con un río. En la superficie, decía, el agua fluye rápidamente. Bajo la superficie, el flujo es más regular. Del mismo modo, los acontecimientos pasan rápidamente, pero en su multitud podemos observar estructuras estables y patrones de pensamiento que evolucionan durante largos periodos históricos. Empiezo por aquí porque el internacionalismo lleva consigo tradiciones concretas de pensamiento y acción que derivamos del marxismo, que contienen una visión de la lenta corriente subterránea del río.
La más importante de ellas es el materialismo dialéctico e histórico, un método de análisis que nos enseña a mirar no los acontecimientos individuales, sino el movimiento de la historia.

La filosofía dominante de nuestro tiempo nos obliga a ver sólo la superficie del río, sólo la rápida sucesión de acontecimientos. Pero estos acontecimientos pasan ante nosotros a una velocidad asombrosa. Nos cuesta discernir las pautas. Nos sentimos abrumados. Incapaces de contextualizar los acontecimientos, sufrimos amnesia.

Olvidamos nuestra historia. Nuestra creatividad queda aprisionada porque perdemos la capacidad de relacionar nuestras acciones con la realidad. Y nuestra política se resigna al idealismo: creemos que se puede imaginar un mundo justo, que nuestro sistema puede transformarse mediante reformas graduales, o que en realidad no se puede hacer nada.
Walter Rodney ha destacado tres características de esta perspectiva burguesa. En primer lugar, pretende hablar en nombre de toda la humanidad y no de una clase en particular: la lógica de «todos estamos juntos en esto». En segundo lugar, es muy subjetiva, afirma verdades universales al tiempo que oculta sus compromisos ideológicos (¡sólo hay que ver todo el campo de la economía!). En tercer lugar, se niega a reconocer las contradicciones del capitalismo.
El marxismo rechaza estas nociones. Nos enseña que el movimiento histórico es producto de las contradicciones entre las cosas y dentro de ellas. No puede haber pobreza sin riqueza, ni proletariado sin burguesía. La posición de estas clases refleja su relación con el mundo material, con los medios de producción.

Las ideas a las que se adhiere cada grupo también están vinculadas a su entorno material, a su posición de clase. El idealismo es la filosofía de la burguesía, mientras que el comunismo es la filosofía de los trabajadores y los pueblos oprimidos. La idea de que el esfuerzo humano colectivo puede resolver las contradicciones en favor de los oprimidos constituye el núcleo de la tradición comunista.

En su undécima tesis sobre Feuerbach, Marx escribió que «los filósofos sólo han interpretado el mundo; se trata de cambiarlo». Marx no fue sólo un pensador. Fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, que surgió en parte de la oposición de los trabajadores textiles a la participación de Gran Bretaña en la Guerra Civil estadounidense.

En aquel momento, el gobierno de Lord Palmerston estaba considerando intervenir del lado de la Confederación. Los trabajadores británicos salvaron a Europa Occidental, declaró Marx en su discurso inaugural de la Primera Internacional, de verse inmersa en «una infame cruzada por la extensión de la esclavitud a través del Atlántico».

La convicción de que tenemos la capacidad de cambiar el mundo -de que es nuestro deber cambiar el mundo- es inseparable de la tradición del internacionalismo, que es una tradición comunista.
Hoy en día, con la imaginación bloqueada por viejas e inmutables formas de pensar, muchas organizaciones no tienen la ambición de cambiar el mundo, porque no tienen los medios para hacerlo. No existen entre niños que luchan por comer, trabajadores que luchan por llegar a fin de mes, campesinos desposeídos de sus tierras.
Son burgueses por naturaleza. Por lo tanto, se adhieren a categorías de pensamiento que tienen poca relevancia para los hambrientos, los pobres o los desposeídos, y las instituciones que construyen no sirven a los intereses de aquellos para quienes se crearon las instituciones, de aquellos para quienes el mundo debe cambiar.

El lenguaje que utilizan es producto de su compromiso de clase, y ha sido cuidadosamente cultivado: sustituir los movimientos de liberación por eslóganes de ONG es un instrumento de desmovilización.

Protege el statu quo institucionalizando la ideología burguesa.

En cierto modo, por tanto, todo está en juego en la reconquista del internacionalismo como tradición política, y tengo una visión muy optimista de nuestras perspectivas. El liberalismo no ha encontrado, no puede encontrar y no encontrará respuestas a las complejas crisis a las que se enfrenta la humanidad.

Pero, en el violento e incesante flujo de acontecimientos a que nos enfrentamos, el internacionalismo nos ayuda a redescubrir el sentido de la historia, las leyes del movimiento histórico y los pueblos y movimientos que lo impulsan. Nos revela los vínculos que unen nuestras luchas y experiencias a través de las fronteras, y las dinámicas de clase que les dan forma.

Aunque aún no hayan cuajado, las ideas del internacionalismo y el socialismo atraen a mucha gente precisamente porque la ideología dominante no es la nuestra. Pero allí donde fracasa el pensamiento burgués, el socialismo ilumina la oscuridad del capitalismo, recupera el pasado de su amnesia y la esperanza de su falta de futuro.

Éstas son nuestras tradiciones, y no tenemos nada que temer al proclamarlas.
Daniel Benson: Mi última pregunta se refiere a cómo formular una política exterior progresista y antiimperialista. Al final del discurso inaugural de Marx que usted menciona más arriba, Marx dice que las clases trabajadoras reconocen que deben «familiarizarse con los misterios de la política internacional, vigilar la conducta diplomática de sus respectivos gobiernos, combatirla si es necesario por todos los medios a su alcance y, finalmente, cuando se vean impotentes para impedir nada, ponerse de acuerdo para una protesta común y reclamar las simples leyes de la moralidad y la justicia que deben regir las relaciones entre los individuos, como leyes supremas en el comercio de las naciones».
Hoy en día, una gran cantidad de misterio, o mistificación deliberada, rodea la política internacional y, en particular, el conflicto entre Rusia y Ucrania. Dentro de la izquierda antiimperialista, el debate tiende a centrarse en cómo entender el imperialismo. ¿Debe considerarse el imperialismo en singular, como liderado principalmente por Estados Unidos, o existen imperialismos múltiples y competidores, como Rusia y China, que serían todas potencias imperialistas del mismo modo que Estados Unidos? Tiene importancia este debate para la formulación de una política exterior coherente para la izquierda internacionalista actual?

Paweł Wargan: ¿Qué es el imperialismo? En la tradición intelectual de la izquierda, es una situación en la que las economías capitalistas maduran, la tasa de beneficios disminuye y las empresas empiezan a buscar en el extranjero recursos que extraer y mano de obra que explotar. Es la misma dinámica que hace que las pequeñas empresas de Main Street se conviertan en cadenas, luego en conglomerados regionales, más tarde en monopolios nacionales y finalmente internacionales.

Las leyes del capitalismo exigen esta expansión. Las empresas que no logran expandirse se ven abocadas a la quiebra o son absorbidas por otras. El poder del Estado se utiliza entonces para transformar naciones soberanas en mercados de exportación, fuentes de recursos, mano de obra barata y salidas para la inversión empresarial. Estados Unidos ejerce hoy un poder sin parangón en la historia de la humanidad.
Esto es producto de un momento histórico concreto, que yo sitúo al final de la Segunda Guerra Mundial. Tras perder 27 millones de vidas para derrotar al nazismo, la Unión Soviética estaba destrozada. Europa estaba arruinada. China, que se había enfrentado a una guerra aún más larga tras un siglo de subyugación colonial, se encontraba en una situación desesperada.
Todo lo contrario ocurría con Estados Unidos: el país no sólo salía indemne, sino fortalecido económica y militarmente, envuelto en la terrible aureola de la bomba atómica, que le confería una especie de omnipotencia en la escena internacional.
¿Cómo ha ejercido Estados Unidos este poder?

Desde el principio, lo ha ejercido para sofocar las aspiraciones de la humanidad hacia la soberanía y la democracia. A finales de la década de 1940, el pueblo coreano se sublevó contra el feudalismo y la brutal dictadura de Syngman Rhee, apoyada por Estados Unidos, que organizó campos de exterminio para los sospechosos de comunismo.

En respuesta, Estados Unidos destruyó Corea del Norte, matando a una cuarta parte de la población y destruyendo el 85% de sus edificios. Amenazaron con utilizar armas nucleares en varias ocasiones. Este holocausto se ha borrado en gran parte de la historia y las autoridades coreanas se burlan de sus víctimas de forma rutinaria y despiadada.

Si alguna vez se ha preguntado cómo habría sido el mundo si hubiera ganado el fascismo, piense en la destrucción de Corea por Estados Unidos.

Luego vinieron Irán en 1953, Guatemala en 1954, el Congo en 1956, Vietnam en 1961, Brasil en 1964, Indonesia en 1965, Chile en 1973, Nicaragua en la década de 1980… la lista continúa. Allá donde ha ido Estados Unidos, su parasitario modelo capitalista de globalización le ha seguido como un cáncer, asfixiando la capacidad de los Estados para responder a las necesidades de sus poblaciones.
Decenas de millones de vidas se han perdido como consecuencia de la violencia directa o indirecta provocada por Estados Unidos, y muchas más han sido víctimas de los efectos de la subordinación al sistema imperial dirigido por Estados Unidos.
Alrededor de cinco millones de personas mueren cada año por no tener acceso a una atención sanitaria adecuada, un problema que los proyectos socialistas han permitido resolver. Pero el socialismo no está permitido en el modelo estadounidense para la humanidad.
Por tanto, podemos plantear una pregunta contrafáctica: ¿Cómo sería el mundo si Estados Unidos no hubiera tomado la antorcha del imperialismo tras la Segunda Guerra Mundial?

La derrota del imperialismo japonés y del proyecto colonial alemán en Europa del Este -y debemos subrayar que se trataba de un proyecto colonial- debilitó considerablemente a las potencias coloniales. Desencadenó un proceso en el que los imperios británico y francés se redujeron considerablemente. Dio paso a un nuevo consenso moderno para la humanidad, con la adopción de la Carta de las Naciones Unidas y la búsqueda de la reducción de la pobreza y la descolonización.

Dio gran prestigio al proyecto de socialismo de Estado. Estados Unidos ha ido contra estas tendencias, contra la corriente de la historia, y ha construido un sistema mundial a través del cual ejerce, a golpe de fusil, un poder financiero, cultural y político casi total sobre la inmensa mayoría de la humanidad. Ningún país de la historia tiene una huella militar ni una capacidad de destrucción comparables.
Los intentos de minimizar o relativizar esta violencia son una forma insidiosa de apología. Las más de las veces, las acusaciones de «imperialismo chino», por ejemplo, se basan enteramente en la siguiente hipótesis: «China está construyendo infraestructuras que podrían permitirle convertirse en una nueva potencia imperial».

En este caso, la tesis de los «imperialismos gemelos» sirve para equiparar conjeturas infundadas con la violencia real del imperialismo. Equipara una afirmación moral con un hecho empírico.

Como ha señalado el historiador Vijay Prashad, nos asustan las torres 5G de Huawei porque nos dicen que podrían utilizarlas para espiarnos, pero no nos preocupa el espionaje real del Gobierno estadounidense que Edward Snowden y otros han sacado a la luz. Se trata solo de un nuevo Miedo Rojo, fomentado por la cada vez más virulenta sinofobia fabricada por Estados Unidos y sus aliados?
También hay formas más subrepticias de este fenómeno en la izquierda: intentos de «redefinir» el imperialismo y disociarlo de su tradición analítica para hacerlo más adecuado a los compromisos morales particulares del momento.
Este fenómeno -la negación del imperialismo- es infantilizante. Desdibuja la estrategia de la izquierda porque nos priva de nuestra capacidad de relacionarnos con los procesos reales de la historia. Nos inmoviliza, porque en un mundo donde todo es malo, nada es posible.
Y corre el riesgo de crear un momento en el que, a medida que aumente la violencia estadounidense contra China, las fuerzas de la izquierda occidental se pongan del lado de sus propias clases dominantes belicistas, en lugar de construir poder contra ellas.

Protegerse contra estos impulsos es una de las tareas más importantes hoy en día. Ha llegado el momento de que respondamos al llamamiento de Lenin y transformemos la guerra imperialista en una guerra contra la burguesía que nos asfixia.

Pawel Wargan es miembro del colectivo de coordinación del movimiento Democracia en Europa (DiEM25) y coordinador de la campaña Green New Deal para Europa.

3. Las pérdidas de las milicias de Hamás

Creo que el autor no sabe mucho sobre guerra de guerrillas, porque es evidente que las milicias de Hamás no pretenden hacer frente a los medios aéreos israelíes, y no parece muy factible que Israel tenga todo el tiempo del mundo, como se apunta en el artículo. Aún así, al menos ofrece alguna valoración de las pérdidas que han sufrido, que hay que tomar como siempre con todas las cautelas.

https://www.middleeasteye.net/

Guerra entre Israel y Palestina: Hamás niega que sus batallones hayan sufrido una degradación significativa
Las fuentes afirman que la mayoría de las fuerzas de combate de las Brigadas Qassam siguen intactas y participan en combates de tipo guerrillero que recuerdan a la batalla de Faluya

Por Levent Kemal Fecha de publicación: 12 de diciembre de 2023
Altos cargos de Hamás han negado las informaciones según las cuales los batallones del grupo en Gaza han sufrido una degradación significativa, días después de que el ejército israelí dijera que habían muerto cinco influyentes comandantes de Hamás.
La semana pasada, el ejército israelí publicó una foto comentada en la que, según afirmaba, figuraban los nombres y rostros de los comandantes de Hamás asesinados recientemente que dirigían batallones y brigadas en el norte de Gaza.
Las Brigadas Qassam, brazo militar de Hamás, confirmaron que al menos tres de los hombres habían muerto, entre ellos Ahmed al-Ghandour, jefe de su brigada del norte.
Israel ha afirmado desde entonces que hasta 5.000 combatientes, de un total de 30.000 de las Brigadas Qassam, han muerto en los dos últimos meses de combates.
Una fuente palestina, cercana a la dirección política de Hamás en el exilio, desmintió las últimas cifras del ejército israelí, declarando a Middle East Eye que el número de bajas entre los combatientes de Qassam era «muy bajo».
Cuando se le preguntó por una cifra, la fuente dijo que «el número total de bajas está por debajo del 10 por ciento».
En un combate con armas ligeras, Hamás puede infligir bajas… pero los combates a corta distancia no bastan para que Hamás logre un resultado victorioso».
– Murat Aslan, SETA
«Qassam es un movimiento militar con una estructura centralizada y un anillo organizativo flexible. No hemos oído que las fuerzas centrales hayan sufrido bajas graves, salvo algunos comandantes que se encontraban fuera de los túneles a causa de los combates», afirmó.
Los comentarios de la fuente se produjeron días después de que las fuerzas israelíes detuvieran a decenas de civiles palestinos que se refugiaban cerca de dos escuelas gestionadas por la ONU en Beit Lahia, en el norte de la Franja de Gaza.
El ejército israelí ha afirmado en repetidas ocasiones, sin aportar pruebas, que entre el 10 y el 15 por ciento de los detenidos pertenecían a Hamás.
MEE ha obtenido una lista con los nombres, edades y profesiones de muchos de los detenidos. Algunos son académicos, periodistas, profesores de escuelas gestionadas por la ONU, estudiantes, obreros y empleados de la Autoridad Palestina.
Murat Aslan, profesor adjunto de la Universidad Hasan Kalyoncu y analista del think tank SETA, con sede en Ankara, afirmó que, aunque no estaba claro que Qassam hubiera sufrido grandes pérdidas hasta el momento, de cara al futuro, las probabilidades estaban firmemente en contra del grupo palestino.
«Israel puede permitirse el lujo de movilizar el apoyo de Estados Unidos y sus propios recursos y utilizar el tiempo como multiplicador de fuerzas», declaró Aslan a MEE.
«Israel ha utilizado eficazmente medios aéreos, drones y fuego de apoyo y Hamás carece de defensas aéreas para interceptarlos.
«En una batalla con armas pequeñas, por supuesto, Hamás puede infligir bajas, especialmente en combates cuerpo a cuerpo. Pero la lucha cuerpo a cuerpo no es suficiente para que Hamás consiga un resultado victorioso. Por otra parte, Israel tiene la ventaja de poder retirarse, ablandar el terreno y lanzar otra operación terrestre», añadió.

Guerra de guerrillas

Los dirigentes israelíes han jurado aplastar a Hamás después de que el grupo palestino atacara el sur de Israel el 7 de octubre, matando a 1.200 personas. La mayoría de los fallecidos eran civiles, entre ellos niños y ancianos israelíes, así como decenas de trabajadores extranjeros.
Desde entonces, la ofensiva israelí ha provocado una destrucción masiva en Gaza, desplazando a la mayor parte de los 2,3 millones de habitantes del asediado territorio. Al menos 18.000 palestinos han muerto, de los cuales alrededor del 70% son mujeres y niños.
Israel ha declarado que ha matado a dos civiles palestinos por cada combatiente de Hamás, una proporción que un portavoz del ejército israelí ha calificado de «tremendamente positiva». Sin embargo, en la guerra actual han muerto más civiles que en cualquiera de los conflictos anteriores de Israel con Hamás.
Durante los 50 días de asalto israelí a Gaza en 2014, murieron 2.251 palestinos, de los cuales 1.462 se cree que eran civiles, según Naciones Unidas.
Desde que Israel lanzó su invasión terrestre de Gaza el 28 de octubre, Hamás ha utilizado emboscadas en la superficie y ataques rápidos contra tanques, vehículos militares y patrullas israelíes, matando al menos a 105 soldados israelíes.

Abu Obeida, portavoz de las Brigadas Qassam, declaró el domingo que los combatientes del grupo habían destruido o dañado completamente 180 vehículos militares israelíes en los 10 primeros días tras el fin de la tregua con Israel el 1 de diciembre. MEE no pudo verificar la cifra de forma independiente.
Otra fuente palestina cercana a Hamás, que luchó con el grupo hasta 2021 cuando sufrió una herida, dijo a MEE que los combatientes de Qassam estaban participando en combates urbanos que recordaban a los combates casa por casa que se vieron en la ciudad iraquí de Faluya en 2004 tras la invasión liderada por Estados Unidos.
«Lo que está ocurriendo ahora en Gaza es una especie de guerra de guerrillas», afirmó la fuente.
«Es innecesario y arriesgado movilizar una fuerza de miles de personas para esta guerra. Para las operaciones de ataque y huida bastan equipos rápidos de pocos hombres. Estos equipos son también muy pequeños en cuanto a objetivos y minimizan las bajas», añadió la fuente.
Según los analistas, Hamás se ha hecho más fuerte desde 2008, cuando se enfrentó por primera vez a un asalto terrestre israelí. Por aquel entonces, las Brigadas Qassam contaban con 16.000 combatientes y 2.000 soldados dedicados al combate. Ahora, según el ejército israelí, ha reunido hasta 30.000 combatientes y cuenta con un arsenal de drones y cohetes.
Hamás ha introducido de contrabando componentes para convertir cohetes tontos en armas guiadas de precisión, e incluso ha construido un dron submarino.
El grupo también fabrica sus propios misiles antiaéreos de hombro, que dice que pueden derribar helicópteros israelíes, y cohetes antitanque.
Rich Outzen, coronel retirado estadounidense y miembro no residente del Atlantic Council, declaró a MEE que atacar el laberinto de túneles subterráneos de Hamás podría formar parte de la próxima fase de acción de Israel.
Desde principios de la década de 2000, Hamás ha estado utilizando una vasta red de túneles fortificados para ayudar a los combatientes a fundirse después de organizar desfiles militares o ataques contra Israel.
«Israel puede dificultar el uso de los túneles llevando a cabo incursiones, volando las aberturas y salidas, tal vez inundando partes, pero probablemente carece del deseo para despejar todos y cada uno de ellos», dijo.
«Pero degradando, hostigando y destruyendo parcialmente los túneles, pueden dificultar mucho su uso y reducir así la eficacia global de la red de túneles».

Desprovistos de control político o territorial

Desde que expiró la última tregua, el 1 de diciembre, las autoridades israelíes han dirigido su atención hacia Jan Yunis y su campo de refugiados, fundado para dar cobijo a los palestinos desplazados en 1948 tras la creación de Israel.
Dos de los principales dirigentes de Hamás, Yahya Sinwar y Mohammed Deif, nacieron en el campo y, durante semanas, Israel ha afirmado que podrían estar escondidos allí.
Según informes, en los últimos días las fuerzas israelíes han rodeado la casa de Sinwar en Jan Yunis. Israel había afirmado anteriormente que se refugiaba en la ciudad de Gaza.
Mientras que en tiempos normales los dirigentes de Hamás toman las decisiones por consenso, las autoridades israelíes creen que Sinwar dirige el curso de la guerra.
Un Hamás debilitado o reducido se parece mucho a un EIIL debilitado y reducido».
– Rich Outzen, coronel retirado estadounidense
A pesar de que los combates distan mucho de haber terminado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ya ha empezado a planificar el día después de que concluya la guerra, y ha prometido que no se permitirá que la Autoridad Palestina gobierne la franja.
El primer ministro palestino, Mohammad Shtayyeh, declaró a Bloomberg la semana pasada que el resultado preferido del conflicto sería que Hamás se convirtiera en un socio menor de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), ayudando a construir un nuevo Estado independiente que incluyera Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este.
«Si ellos [Hamás] están dispuestos a llegar a un acuerdo y aceptar la plataforma política de la OLP, entonces habrá lugar para hablar. Los palestinos no deben estar divididos», afirmó Shtayyeh, quien añadió que el objetivo de Israel de derrotar totalmente a Hamás no es realista.
El gobierno de Biden ha apoyado el objetivo de Israel de eliminar a Hamás, pero insiste en que la Autoridad Palestina (AP) puede acabar llenando el vacío para reunificar Cisjordania y Gaza bajo una única entidad política.
Sin embargo, Estados Unidos ha admitido que la AP tendrá que «revitalizarse» antes de que pueda asumir la responsabilidad de la Franja de Gaza.
A la pregunta de si esto significa que el presidente de la AP, Mahmud Abbas, tendría que dimitir, el viceconsejero estadounidense de Seguridad Nacional, Jon Finer, declaró en el Foro de Seguridad de Aspen: «No necesariamente»: «No necesariamente».
Netanyahu ha rechazado en varias ocasiones la idea de que la AP dirija Gaza una vez finalizada la guerra, y el viernes rechazó las declaraciones de Shtayyeh.
Rechazamos la participación de cualquier fuerza internacional o árabe en la administración de Gaza».
– Jaled Meshaal, ex dirigente de Hamás
«No habrá un Hamás, lo destruiremos», afirmó, añadiendo que «el hecho de que ésta sea la sugerencia de la Autoridad Palestina sólo refuerza mi política de que la AP no es la solución».

Mientras tanto, el ex dirigente de Hamás Jaled Meshaal ya ha descartado la idea de que fuerzas internacionales o de Estados árabes puedan administrar la Franja de Gaza.
«Rechazamos la participación de cualquier fuerza internacional o árabe en la administración de Gaza», dijo a miembros de Hamás a finales del mes pasado.
«Todos estos planes serán pisoteados por nuestros héroes de la resistencia, liderados por nuestras brigadas victoriosas, las Brigadas Qassam», añadió tras rechazar las conversaciones que estaban teniendo lugar entre Estados Unidos e Israel sobre un mundo post-Hamás.
Para Outzen, una eventual derrota de Hamás es inevitable, y el coronel retirado sugirió que el grupo podría enfrentarse a un destino similar al del grupo militante Estado Islámico, que fue desalojado por una implacable campaña militar de amplias zonas de Siria e Irak, donde se había hecho con el control.
Hamás estaría «debilitado y mermado», dijo, todavía capaz de llevar a cabo ataques aislados, pero «dañado como marca, desprovisto de control político o territorial, y marginal en su amenaza cinética».

4. Más sobre el nuevo partido de Wagenknecht

Pascual Serrano, en un artículo lleno de negritas, nos da su visión sobre el nuevo partido y sus expectativas. https://globalter.com/un-

Un fantasma recorre Europa, el fantasma de Sahra Wagenknecht

PASCUAL SERRANO

Pasó muy desapercibida en España una noticia del pasado 23 de octubre que puede ser relevante para la izquierda europea. Nueve eurodiputados, liderados por la diputada alemana Sahra Wagenknecht, abandonaban el partido político Die Linke, lo que supone perder el grupo parlamentario en el Bundestag. Los diputados escindidos crean un nuevo partido, que se llamará Alianza Sahra Wagenknecht por la Razón y la Justicia (BSW en alemán), con el que se presentarán a las próximas elecciones europeas, el año que viene.

En el documento en el que anuncian su salida dan algunas razones:

Acusan a la izquierda institucional actual de “centrarse en los entornos urbanos, jóvenes y activistas” y alejarse de los “votantes tradicionales”. Es decir, obreros, sindicalistas y población rural. Lo que, en su opinión, ha dado “como resultado que el partido ha tenido cada vez menos éxito entre los votantes”

También denuncian “el rumbo militar del gobierno alemán”, apoyado por la izquierda institucional: “La política exterior alemana provee de munición a guerras en lugar de buscar soluciones pacíficas”.

Consideran que en la estructura actual de su partido de la izquierda institucional existe una clara “estrechez de los canales de opinión aceptados”. Y que este partido “ya no aparece como una oposición claramente reconocible, sino como un partido aguado de “sí, pero…””.

De ahí que dan un paso hacia la creación de “una nueva fuerza política, una voz democrática por la justicia social, la paz, la razón y la libertad”.

Aunque el debate y la noticia ya era un secreto a voces, el documento en el que anunciaban su salida y razones se publicaba en el diario Junge Welt, el histórico periódico de la juventud comunista de la antigua Alemania del Este, lo que mostraba la clara línea de izquierda del nuevo proyecto. No olvidemos que Wagenknecht se crio en la República Democrática Alemana y escribió su tesis sobre la interpretación de Hegel de un joven Karl Marx.

Que haya una escisión en la izquierda no es nada excepcional, lo novedoso de esta es que la salida se hace hacia la izquierda, la lideran políticos tan carismáticos como la diputada Sahra Wagenknecht (fue vicepresidenta del partido y es esposa del histórico líder de izquierda Oskar Lafontaine) y las encuestas le dan una intención de voto de hasta el 14%, lo que supondría el cuarto puesto, tan solo por detrás de los democristianos de la CDU, los ultras de AfD y pisándole los talones a los socialdemócratas del SPD. Dos de cada diez alemanes dicen que se pueden imaginar dándole su apoyo. Die Linke no llegó al 5% en las pasadas elecciones generales de 2021 y ahora acaba de perder todos sus diputados en las elecciones de Hesse y Baviera.

El documento de salida y las numerosas declaraciones y posicionamientos de Wagenknecht permite apreciar que su ideario supone una ruptura con los elementos de la actual izquierda urbana y joven que domina el panorama institucional europeo y en gran parte de América Latina: guerras culturales identitarias, discusiones sobre género y orientación sexual, ideario woke, aceptación de las políticas militaristas de la OTAN en Ucrania, simpatías a Biden y buenismo a una emigración de refugiados provocados precisamente por las guerras y agresiones que esa izquierda no critica (o incluso apoya) en Libia, Siria, Líbano o Yemen.

Ante todo ello, el nuevo movimiento alemán propone una vuelta a los valores tradicionalmente de izquierdas, centrados en la defensa de los trabajadores y la redistribución de la riqueza, la clara oposición a la OTAN y al envío de armas a Ucrania, el fin de las sanciones a Rusia y una política migratoria mucho más restrictiva, porque entienden que no es la forma de mejorar el futuro de los países de los que proceden ni de los trabajadores alemanes. Es por todo esto, que sus apoyos beben de todo el espectro político alemán, desde sus excompañeros de Die Linke, a la ultaderecha de AfD, pero también de los grandes SPD y CDU. Para las elecciones europeas de dentro de seis meses, las encuestas le dan el 20% de los votos, toda una revolución.

Hay que reconocer que a Wagenknecht se lo están poniendo fácil en Alemania. Su economía se encuentra en recesión desde mediados de 2023 y apenas ha recobrado su PIB prepandemia con motivo de las sanciones impuestas a Rusia, que le han dejado sin fuentes de energía al precio que tenía antes y, por tanto, han dejado tocada su competitividad industrial. Solo en los últimos días han saltado las noticias de que Bosch despedirá a 1.500 trabajadores y Michelín otra cifra similar. La prensa española hasta ha recogido la grave situación de los hijos de los emigrantes españoles que llegaron a Alemania en los sesenta y setenta, y que ahora están siendo despedidos. A todo eso se añade que Alemania ha sido el país más abierto a la recepción de refugiados de las guerras provocadas por la OTAN y Occidente (Siria, Libia o Afganistán), algo que muchos obreros, caladero tradicional de la izquierda, han interpretado como una oferta de mano de obra que empujaba a la baja sus condiciones laborales.

A ello añadir las actuales guerras, donde Alemania es uno de los países más implicados y perjudicados, sin que los ciudadanos alemanes puedan comprender el motivo de su participación, más allá de un humillante seguidismo a Estados Unidos. Tan humillante como el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, que proporcionaban energía barata rusa a la industria alemana y que a nadie se le escapa la mano del “amigo” estadounidense detrás con el silencio sumiso de los gobiernos alemanes. Y para más inri, el liderazgo alemán en el envío de armamento a Ucrania, incluso ahora con más diligencia que Estados Unidos. Muy astutamente, Wagenknecht ha relacionado los problemas de fabricación y suministro de medicamentos en Alemania al desvío de los recursos industriales a armamento para Ucrania: “Qué tipo de política perversa es esta, que está causando el abandono de los niños y el cáncer, pero la producción europea de armas mortales con miles de millones de euros sí es necesaria inmediatamente. Creo que finalmente deberíamos cuidar de un sistema de salud que ponga el cuidado decente de los enfermos en el centro y que construya la producción de medicina doméstica, en lugar de prolongar una terrible guerra incumplidamente con el suministro de armas y municiones”.

Algo similar ha sucedido con la guerra de Gaza, donde el gobierno alemán, en su obsesión de méritos proisrrealíes ha llegado a prohibir las manifestaciones pacíficas de solidaridad con los palestinos e incluso el land de Sajonia-Anhalt anunció que será obligatorio firmar un documento que reconozca expresamente “el derecho a existir de Israel” para lograr la residencia alemana. De nuevo políticas internacionales de seguidismo a otros países que solo consiguen despertar el sentimiento de humillación de los alemanes.

Es lógico que con esos mimbres gubernamentales, el nuevo partido de Sahra Wagenknecht despierte adhesiones en una población que vive olas de refugiados tras intervenciones de la OTAN, se les implica en dos guerras que no les incumben y que solo les destrozan la economía y, todo ello, aceptado por su izquierda institucional, que limita sus campañas a guerras culturales e identitarias.

Cualquier europeo observará muchas similitudes entre este panorama alemán y el de su país. Quizá es solo cuestión de tiempo que vayan apareciendo Sahras Wagenknecht en otros países. Ya lo ha señalado un investigador del Real Instituto Elcano: “aunque su propuesta se dirige a inquietudes típicamente alemanas, también refleja problemas compartidos con el resto de la Unión Europea. Si BSW prospera, no tardará en desarrollar imitadores a lo ancho y largo de la UE”. Quizás sea ese el nuevo fantasma que recorra Europa, 175 años después del fantasma comunista que anunciaron también desde Alemania Marx y Engels. O eso, o será la ultraderecha la que coseche la indignación… y los votos.

Pascual Serrano es periodista, analista de medios y escritor. Su último libro es “Prohibido dudar. Las diez semanas en que Ucrania cambió el mundo”

Observación de Joaquín Miras:
Que dios reparta suerte torera y le vaya bien. Serrano y todos tienen derecho a ser optimistas y acariciar esperanzas. Lo mismo que yo a no creer que exista nada organizado en Europa que se denomine izquierda. Nada. Lo que no es lo mismo que decir que no existamos personas de izquierda.

5. Los absurdos del mercado de carbono

Ayer conocimos por The Guardian que más de la mitad de todas las emisiones atmosféricas de gases de efecto invernadero desde 1751 se han producido desde que comenzaron las cumbres de la COP en 1995. Para qué decir más. Uno de los inventos más perniciosos que se discuten en estas cumbres es el del mercado del carbono. Esto es lo que supone en África: https://africamundi.substack.

Peter Meikobi juega al pilla pilla con Kelvin. Peter sabe que no puede estar ahí y que Kelvin le vigila, por eso se coordina llamando a sus familiares para evitarle. “Están por ahí, vamos a tomar un atajo para llegar a mi casa”, me cuenta señalando a su izquierda. En lugar de seguir recto coge empieza a ir campo atravesando entre la frondosidad del bosque Mau.

Tras caminar durante más de una hora, cruzar un río y escapar de los guardabosques, llegamos a sus tierras. En casa de su hermano nos sentamos a hablar, pero a los diez minutos aparece Kelvin. Nos han pillado. El guardabosques actúa de manera calmada, lo que sorprende a Peter y su familia. “Te tiene miedo por ser blanco, si no estuvieras probablemente nos hubiera echado a golpes”, dice sonriendo. Aún así, Kelvin llama al tío de Peter, Joseph Luari, a quien interroga sobre qué hace un muzungu, un blanco, allí con ellos, pero este consigue disuadirle de que soy un periodista. De todos modos, lo más seguro es dejar el sitio. Camino de vuelta.

A sus 48 años, Peter ha vivido allí toda la vida, pero desde hace un mes se esconde en su propio hogar de los guardabosques que le quemaron su casa y la de toda su comunidad. Todavía recuerda cómo el 2 de noviembre a las nueve de la mañana un vecino les avisó que habían destrozado su casa. Unos minutos después llegaron unos 250 guardabosques enviados por el gobierno keniano a destrozar la casa de su padre, el anciano Kotioko Ole de 81 años. La casa de chapa está aplastada como una lata. De ahí pasaron unos metros más allá a la de su hermano Benson y a la de su tío Joseph Luari, antes de llegar a la suya. “Llegaron hablando el idioma del hacha y el fuego”. En tres horas habían arrasado con todas.

Al día siguiente fueron al magistrado a interponer una denuncia, pero tardaron tres semanas en darles la razón ordenando el fin de los desalojos. Para entonces ya habían arrasado con 200 casas en Sasimwani, donde vivían unos mil miembros del pueblo Ogiek. A ninguno de ellos les ofrecieron ni compensación ni una nueva casa. “Todo el mundo tiene un derecho a vivir”, dice Peter. A pesar de las amenazas, de su cara no se quita una sonrisa por la surrealista situación de tener que esconderse en su propia casa y asegura que de allí no se marchan. “No tenemos dónde ir, este bosque es la casa de los Ogiek”.

Los Ogiek son una de las pequeñas comunidades olvidadas de Kenia. Con tan solo 20.000 personas, tres cuartas partes de su población se distribuye principalmente en el bosque Mau, un área de 273.000 hectáreas que se alarga por el valle del Rift en el suroeste de Kenia. Son una comunidad de pastores itinerantes que han ocupado el bosque durante décadas, pero el gobierno no les reconoce como comunidad propia, por lo que ha intentado expulsarles de sus tierras. A pesar de haber 45 etnias oficiales, se calcula que hay hasta 70 en toda Kenia.

El 26 de mayo de 2017, la Corte Africana en Arusha, condenó al gobierno de Kenia por intentar echarles del lugar y no reconocer su derecho indígena a habitar sus tierras ancestrales dentro del bosque. A pesar de ello, no han hecho ni caso a la ley. “Están matando nuestra cultura y tradiciones. Es como si le quitas a alguien su ropa y le dejas desnudo”, dice Peter.

En noviembre, el gobierno comenzó una ofensiva para echarles. La causa esta vez venía de mucho más arriba. A finales de octubre se supo que el gobierno keniano había llegado a un acuerdo con la empresa Blue Carbon LLC de Dubai para ceder “millones de hectáreas” para conservación y en diciembre se anunció otro acuerdo con una empresa holandesa que no se reveló el nombre para ceder 60.000 hectáreas de terreno para conservación en el suroeste del bosque Mau.

Nos están echando por los créditos de carbono”, asegura Alex Kisioi, periodista y miembro de la asociación Programa de Desarrollo del Pueblo Ogiek. Él vive en Kiptunga, al norte del bosque, y aunque aún no les han echado de sus casas, vive con el miedo de saber cuándo ocurrirá. “No apoyamos los créditos de carbono porque solo se beneficiará el gobierno”, acusa Alex. “A este gobierno le interesa más el dinero que su gente”.

El Ejecutivo keniano ha visto en el cambio climático un negocio. “Debemos ver en el crecimiento verde no sólo un imperativo climático sino también una fuente de oportunidades económicas multimillonarias que África y el mundo están preparados para capitalizar”, dijo el presidente, William Ruto, en la Cumbre Africana del Clima del pasado septiembre. El potencial del mercado es de 6.000 millones de dólares de aquí a 2030 y para el gobierno, las comunidades locales pueden ser un estorbo. “Nos acusan de estar contribuyendo a la deforestación, pero la realidad es que han poblado el bosque con personas de otras comunidades que sí lo hacen para así tener la excusa”, dice Kisioi. Él mismo lanzó un blog desde hace tres años donde denuncia los casos de tala ilegal.

Para Peter, Alex y el resto de personas ogiek el problema no es conservar el bosque. Ellos lo llevan haciendo durante toda su vida al fin y al cabo, sino que no cuenten con ellos para hacerlo. Consideran que el problema es que no tienen influencia al ser pocos y culpan a los políticos que benefician a la comunidad rival Masaai. Acusan al gobernador del condado de Narok, Patrick Ole Ntutu, así como la ministra de Medio Ambiente, Cambio Climático y Bosques, Soipan Tuya, de ser “activistas masáis”.

Nosotros somos los guardianes del bosque. La palabra Ogiek significa Origen de un Grupo de Indígenas que Existen en bosques de Kenia”, dice Alex. A pesar de las amenazas y el miedo, siguen confiando en la justicia. “Sí, seguimos confiando porque creemos en la ley, rezamos para que las sentencias de la justicia se cumplan, nadie está por encima de la ley”, dice Peter. Pase lo que pase, tienen claro que no se van a marchar de allí. “Nosotros somos el bosque. Es como si quitas a los peces del agua”, finaliza Alex.

6. Una política ecológica de clase

La entrevista a Raul Zelik, que supongo que sigue en Die Linke aunque ya no esté en la dirección, es interesante, aunque con pullita incluida contra Wagenknecht. Curiosamente, se centra más en su supuesta política anti-lgtbetc y anti-migración que en su falta de ambición y propuestas BAU en la transición ecosocial, que personalmente es lo que más me preocupa de la nueva organización.

https://www.elsaltodiario.com/

Raul Zelik: “Hay que plantear una política ecológica de clase”

Autor de ‘Zombis del capital’ (Txalaparta, 2023), Raul Zelik conjuga la tradición marxista con la necesidad de rearmar los discursos de la izquierda frente al auge de los “monstruos políticos” y el colapso climático.

Martín Cúneo @MartinCuneo78 12 dic 2023 06:00

Este activista, escritor, politólogo y traductor alemán comenzó a ser conocido en España en 2004 con su ensayo Venezuela más allá de Chávez (Virus), aunque ya había destacado como novelista en Alemania. Integrante de diversos movimientos sociales alemanes y en continuo contacto con partidos de izquierda y organizaciones de base en América Latina y País Vasco, en 2012 entró a formar parte del partido de la izquierda alemana Die Linke. En 2016 entró en la dirección del partido, una posición que abandonó en 2022 y que le permitió conocer de cerca la deriva del sector del partido liderado por Sahra Wagenknecht hacia posiciones racistas y lgtbfóbicas. En septiembre de este año, Wagenknecht fundó un nuevo partido, con gran proyección electoral según las primeras encuestas. Mientras, Die Linke todavía no se ha levantado de la crisis provocada por las últimas elecciones de 2021, en las que obtuvo menos del 5% de los votos.

Zelik ejerció como docente en la Universidad Nacional de Colombia, en Medellín y en la Universidad de Kassel. Con Txalaparta ha publicado los libros Situaciones berlinesas (2008), El amigo armado (2010), Muerte en Kreuzberg (2014), La izquierda abertzale acertó (2017) y este año Zombis del capital. Sobre monstruos políticos y un socialismo verde.

En Zombis del capital, Zelik sobrevuela las “ciudades sin alma” donde el virus de los muertos vivientes se ha descontrolado a causa de un “modelo económico que destruye a la buena vida” y genera “monstruos políticos”. Las crisis rodean el ocaso del capitalismo tal como lo conocemos y una de sus primeras víctimas ha sido la democracia liberal, incapaz de dar respuestas ante la nueva situación en la que las desigualdades se han catapultado mientras el colapso climático y civilizatorio recuerdan que el crecimiento infinito ya no es posible.

¿A qué viene esta obsesión cultural por hacer productos culturales de zombis?
No sabría decirte por qué a la gente le gustan tanto los zombis, pero me parece una buena analogía para nuestro modo de vivir. Las sociedades modernas no están construidas según las necesidades de las personas, sino según las necesidades del capital. La forma en la que construimos ciudades, la forma en la que consumimos y en la que trabajamos, todo está al servicio del capital. En ese sentido, somos como zombis, no somos dueños de nuestros deseos y de nuestras decisiones.

Lo que cuentas se parece más a los zombis de Juego de Tronos, que obedecen a un rey congelado, que a los zombis de Walking Dead, que van a lo suyo.
No lo había pensado [se ríe]. Pero creo que sería erróneo pensar en el capitalismo como si fuera dirigido por un rey oscuro. Más que a personas, obedecemos a las leyes de acumulación del capital. 

Si estiramos esta metáfora de los zombis, nos encontramos con lo que llamas “monstruos políticos”. ¿Cuál es la vinculación entre este mundo de zombis y los monstruos políticos?
La idea viene de una frase de Gramsci en la que decía que después de las revoluciones fracasadas llega el momento de los monstruos políticos. En general pintan el neofascismo o la ultraderecha trumpiana o bolsonarista como si fuese lo contrario de la sociedad liberal, y en absoluto comparto eso. Yo diría que el fascismo, en muchos aspectos, es una radicalización del liberalismo económico. La crisis de la democracia no nace ahora con el auge de la ultraderecha, comienza con la misma configuración de la democracia liberal, que postula unos derechos y unas relaciones de igualdad en lo político, pero al mismo tiempo defiende unas condiciones de desigualdad social y económica tremenda.

En ese sentido, la democracia liberal en algún momento se tiene que decidir entre los derechos políticos de las personas o la propiedad privada. Dicho de otra forma, el liberalismo tiene que elegir acercarse a posiciones socialistas para defender la democracia o asumir las posiciones de Pinochet para defender la propiedad. El neoliberalismo ha optado por la segunda vía. En este sentido, los monstruos políticos de hoy son una expresión de esa contradicción de la democracia liberal.

Parece que estos monstruos políticos están surgiendo a un mayor ritmo que antes. ¿Qué está pasando?
Esto es porque el capitalismo está llegando a sus límites. El sociólogo alemán Klaus Dörre habla de una “crisis de tenaza”. Por un lado, el capitalismo tiene cada vez más problemas para generar ganancias a través de procesos productivos. Y eso hace que haya mucho capital que alimenta burbujas especulativas en la vivienda, en la bolsa, en las tierras agrícolas o en las materias primas. Pero el rentismo tiene un grave problema: no genera riqueza a la sociedad. Simplemente, se redistribuye. Lo que el casero gana especulando con la vivienda, los inquilinos lo pierden. Y de esta forma se agudizan globalmente los conflictos, muchas veces muy violentos, por la distribución de la riqueza.

Por otro lado, está la crisis ecológica. El capitalismo está llegando a los límites planetarios, ya hemos superado seis de los nueve límites ecológicos globales. Es decir, el capitalismo devora las bases materiales de su existencia.

La “crisis de tenaza” se podría resumir de la siguiente manera: el capitalismo debería entrar en un nuevo ciclo de crecimiento para estabilizarse. Pero no puede porque ha alcanzado los límites físicos de su expansión. Y frente a esta crisis, la ultraderecha defiende la solución violenta: cuando los recursos tienden a escasear, los conquistamos con políticas agresivas, nacionalistas y supremacistas.

Todo esto profundiza la lucha del uno contra el otro. El auge del racismo tiene que ver con eso. Te das cuenta de que la distribución es cada vez más cuestionada, el bienestar está cuestionado y entonces levantas muros para no tener que compartir con otros. Este es el aspecto lógico del racismo. También las guerras geopolíticas se explican en buena medida por esto. Antes, cuando funcionaba un capitalismo productivo, la cooperación entre los poderes económicos era viable. Ahora, cada vez vemos cómo los poderes económicos entran en competencia y también en guerras geopolíticas. Y el otro aspecto de esa crisis de tenaza es la crisis climática: el capitalismo ha llegado a límites de escala planetaria.

Sabemos que hay un tope en ese modelo socioeconómico y eso también genera una sensación de crisis. Todos sentimos que algo se está acercando o que hay un peligro de colapso de esas sociedades occidentales y de su forma de vivir. Los monstruos autoritarios no son una forma de resolver los problemas, pero sí de proteger los derechos, entre comillas, de los privilegiados.

Los monstruos políticos de los años 20 y 30 aparecieron como reacción a un fuerte movimiento obrero. Ahora resurgen los monstruos políticos, pero no hay fuertes movimientos contestatarios por ningún lado.
Quizás esa primera interpretación es demasiado simplista. Deberíamos interpretar el fascismo como una radicalización de lógicas liberales. La ideología dominante en la sociedad actual se basa en la competencia, el fascismo es la prolongación lógica de esa mentalidad. Cuando entras en una crisis puedes asumir prácticas solidarias, de inclusión de todos y todas, o puedes recurrir a la lógica de exclusión para salvar a los que están adentro.

Si nos fijamos en los movimientos contestatarios, las propuestas alternativas no se construyen meramente con el discurso o a través de los partidos políticos, sino desde la práctica diaria. Es un mito que la clase obrera surja en el siglo XIX gracias a los gloriosos partidos de vanguardia. El historiador E.P. Thompson lo ha mostrado muy bien en su historia de la clase obrera inglesa: lo primero que hubo eran los tejidos sociales de solidaridad entre los obreros. Las propuestas políticas son expresiones de estas prácticas de autoorganización y mutualismo. Y ahí radica el gran problema: el neoliberalismo ha destruido muchos de esos tejidos sociales solidarios y de apoyo mutuo. Ahora toca reconstruirlos. En Alemania, en el campo sindical, en el movimiento de inquilinos y de acogida a inmigrantes ha habido algunas experiencias importantes en este sentido.

Hablas en el libro de que estamos en un momento bisagra.
Es evidente que el modelo dominante ya no sirve. La democracia liberal funcionaba cuando el Estado de bienestar funcionaba, cuando existía cierto orden imperial y cuando existía un cierto modelo productivo y determinadas tasas de crecimiento. Y ahora vemos que, por varias razones, esto ya no es posible. Entramos en una crisis que se expresa de múltiples formas. La desigualdad es cada vez más abismal, la competencia militar renace con fuerza, se multiplican las guerras… Frente a todo esto es claro que hay que elegir. La cuestión es si optamos por la vía de la exclusión y las guerras imperiales o optamos por vías solidarias y de inclusión.

Frente a esta crisis de la democracia liberal se está dibujando una salida autoritaria de extrema derecha y neoliberal. La otra parece que está bastante desdibujada.
No creo que esté muy desdibujada. Los valores de la Revolución Francesa siguen vigentes: la libertad, la hermandad y la igualdad, tres promesas incumplidas. Igual de vigente que la famosa frase de Marx según la que hay que “echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciado”.

La izquierda siempre ha buscado nuevas alianzas más allá de las de clase. Si defiendes el derecho universal de todas las personas a la emancipación, tienes que ser también feminista y antirracista.

Diría que está bastante claro lo qué es un proceso de liberación social y tampoco es difícil esbozar medidas a corto y medio plazo para acercarse a estos objetivos.

El gran problema de la izquierda es que la correlación de fuerzas en el capitalismo contemporáneo es tan desfavorable que ni las demandas más básicas se pueden materializar. Una tesis importante de mi libro es que deberíamos considerar superado el debate entre reforma y revolución. Esta afirmación posiblemente sorprenderá pero lo que quiero decir es lo siguiente: no existe reformismo sin un movimiento antagónico sólido. Si no hay amenaza de una ruptura radical, los de arriba nunca estarán dispuestos a ceder en el campo de las reformas. Al mismo tiempo las revoluciones necesitan de propuestas de transformación concretas. Cualquier revolución tiene que plantear cuáles son las modificaciones en la sociedad y en el Estado para llegar a una sociedad más igualitaria. Por consiguiente, ambos elementos se necesitan. El reformismo está muerto, pero la vía revolucionaria como tal también. Lo único que funciona es la combinación entre ambas. Una de las grandes lecturas del siglo XX es que ha habido avances de emancipación cuando diferentes conceptos de lucha se apoyaban mutuamente. No es Malcolm X o Luther King, sino la confluencia de ambos lo que ha dado fuerza y poder al movimiento afroamericano. 

Comentabas que la propuesta de izquierdas está clara, sin embargo prácticamente ningún partido de izquierda apuesta por un modelo distinto al de mercado. ¿Cuál debería ser el programa económico de un partido de izquierdas?
El debate entre mercado y planificación estatal me parece un poco fetichizado. En el capitalismo, la planificación no solo existe sino que es muy poderosa. Ningún Estado socialista logró un nivel de planificación como Ikea o Amazon. Por otro lado, los mercados tampoco son todos iguales. Un mercado de pequeños productores locales evidentemente no tiene nada que ver con los grandes mercados globales contra los que luchamos.

El reto principal para una política económica de izquierdas es enfrentar el poder de los grandes patrimonios y su afán de mercantilizar todas las esferas de la vida. ¿Cómo lo hacemos? Primero, fortaleciendo la propiedad común en sus diferentes expresiones: municipal, pública, comunal, estatal y cooperativa. Y segundo, redistribuyendo la riqueza con una fiscalización mucho mayor de altos patrimonios e ingresos. También construyendo un fuerte sector público que garantice una seguridad social básica en cuestión de vivienda, salud, educación, alimentación, cultura y transporte público para todas las personas, e impulsando una revolución feminista de los cuidados que construya una estructura pública no-mercantil de los cuidados y redistribuya el trabajo de los cuidados entre mujeres y hombres. Por último, se necesita una planificación democrática dirigida a garantizar la sostenibilidad ecológica de nuestro modo de producción y de vida.

Las propuestas más avanzadas vinculadas con la transición ecológica han encontrado una fuerte oposición, a veces también popular. ¿Hasta qué punto la democracia tal como la conocemos es una vía efectiva para la transición ecológica? ¿Es una amenaza real el ecofascismo?
No creo que las élites vayan a impulsar un modelo ecológico, que cuestionaría su propio poder económico y hasta ahora nunca ha habido un fascismo sin apoyo de las élites. El problema es el contrario. La alternativa es verdad que genera muchísimos problemas. Lo vemos en las elecciones, donde las demandas ecológicas se convierten en un peso, un obstáculo para un éxito electoral. Más allá de las empresas, también mucha gente en la población se opone a la transformación ecológica porque no quiere cambiar su modo de consumo. Defienden por ejemplo sus viajes a Mallorca el fin de semana.

¿Qué se puede hacer frente a esto? Hay que insistir en la verdad, diría yo. El metabolismo capitalista destruye las bases de una sociedad medianamente moderna y compleja. La mega-crisis ecológica a la que nos acercamos no llevaría a la desaparición de la vida en el planeta y probablemente ni siquiera de toda la humanidad. Pero sí llevaría a la muerte de miles de millones de personas y a muchísimas guerras por unos recursos cada vez más escasos.

En este sentido hay que plantear una política ecológica de clase. Los costes del cambio climático, la crisis alimentaria, los desastres naturales, los pagarán las clases populares. Todo esto no es un tema abstracto “de la naturaleza”. Amenaza la vida de los pobres. Y no solamente en el sur global. Si hay inundaciones y desaparecen calles enteras, los que perderán su vivienda son los pobres. Los ricos se comprarán otra casa. La crisis ecológica va a ser de clases.

Comentabas que incluir temas ecológicos en los programas políticos pueden restar votos, pero se podría decir lo mismo sobre algunas cuestiones feministas, LGTB+ o de derechos de los migrantes. ¿Cómo se lidia desde un partido de izquierdas para mantener los principios sin volverse irrelevantes?
Debemos construir alianzas desde la diversidad. Hay muchísimas propuestas que compartimos porque tenemos intereses comunes: vida digna, vivienda, derechos individuales y colectivos, democracia, buenos servicios públicos, más solidaridad e igualdad… Entre el antirracismo, el feminismo, los movimientos queer y el sindicalismo hay muchísima agenda compartida. Hay que impulsar activamente esas alianzas. En Alemania, por ejemplo, desde Die Linke forjamos la cooperación entre el movimiento climático y sindicalismo para fortalecer las luchas laborales en el transporte público.

¿Hay peligro de que los partidos de izquierdas asuman discursos mayoritarios, conservadores y discriminatorios, como el anti trans, anti inmigración o anti feminista?
Hay sectores de la izquierda que plantean precisamente eso. En Alemania tenemos el fenómeno de Sahra Wagenknecht, que acaba de salir de Die Linke. Su nuevo partido busca unir demandas sociales para trabajadores alemanes con un discurso anti feminista y anti migración y unas propuestas económicas socialdemócratas. A mi modo de ver se trata de nuevas propuestas de derecha. Si la solidaridad se limita a una nacionalidad, ya no es solidaridad.

Te respondería entonces que el peligro existe, pero porque parte de la izquierda ha perdido el norte, no porque el norte ya no esté claro. Gente como Wagenknecht piensa que es una vía fácil de ganar votos. Para ello abandonan lo fundamental de cualquier proyecto de izquierdas. Para nosotros, la igualdad y la solidaridad son obligatoriamente universales.

7. El viaje de Putin a Asia Occidental

Otro análisis sobre las relaciones de Rusia con Asia Occidental.

https://www.counterpunch.org/

Moscú y Gaza: ¿Está Rusia preparada para un giro importante en su política hacia Oriente Próximo?
por Ramzy Baroud
Gaza fue uno de los principales temas de la agenda del presidente ruso Vladimir Putin a su llegada a la región de Oriente Medio el miércoles 6 de diciembre.
Algunas noticias calificaron el viaje de «raro», especialmente desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania en febrero de 2022.
Sabemos que la situación en Gaza, es decir, la guerra israelí y el posterior genocidio, es uno de los principales objetivos de la visita de Putin, según las declaraciones de prensa de los medios oficiales rusos.
Pero aún no sabemos exactamente qué importancia tuvo Gaza en la visita de un día de Putin.
La visita de Putin incluyó a EAU y Arabia Saudí, dos de los países árabes más ricos e influyentes económicamente, que son, como Rusia, miembros de la OPEP+, el grupo más grande e influyente de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).
Al parecer, los precios del petróleo, el suministro de energía y la conflictiva seguridad de las vías navegables del Mar Rojo también forman parte de la agenda de Putin. Sin embargo, es poco probable que el presidente ruso haya iniciado una visita tan importante para tratar alguno de estos temas.
De hecho, la fluctuación de los precios del petróleo y la consecución de un consenso en la OPEP+ sobre los niveles de producción han sido temas permanentes que han vinculado a Rusia con Oriente Próximo durante años, especialmente desde el inicio de la guerra de Ucrania, que provocó sanciones sin precedentes por parte de Estados Unidos y Occidente.
Pero, ¿qué tiene que decir Putin sobre Gaza, en particular?
En la primera fase de la guerra israelí contra la resistencia palestina en la asediada Franja de Gaza, Rusia había adoptado una posición cautelosa, condenando los ataques contra civiles, al tiempo que pedía una solución política global.
Pero, días después, la posición de Moscú empezó a evolucionar hacia una postura más firme, concretamente condenando la guerra israelí contra Gaza, el apoyo ciego de Washington a Tel Aviv y la intransigencia de Estados Unidos durante las reuniones del Consejo de Seguridad de la ONU.
El 13 de octubre, el presidente Putin comparó el asedio israelí a la Franja de Gaza con el asedio nazi a Leningrado en 1941. «En mi opinión es inaceptable, más de dos millones de personas viven allí. Por cierto, no todos apoyan a Hamás, ni mucho menos. Pero todos ellos tienen que sufrir, incluidos mujeres y niños», afirmó.
El embajador de Moscú ante la ONU, Vasily Nebenzia, ha intentado en repetidas ocasiones, sin éxito, aprobar una resolución del CSNU exigiendo un alto el fuego inmediato e incondicional en Gaza. Sus esfuerzos culminaron en nada debido a la negativa de Estados Unidos, respaldada por el rechazo igualmente enérgico de otros aliados occidentales de Israel.
A pesar de sus infructuosos esfuerzos, Nebenzia ha utilizado el CSNU como plataforma para declarar las posturas cada vez más firmes de Rusia contra la guerra israelí, llegando incluso a cuestionar el tan cacareado «derecho a defenderse» de Israel.
«Lo único que pueden hacer (los occidentales) es seguir (hablando) del supuesto derecho de Israel a la autodefensa, que, como Estado ocupante, no tiene, como confirmó el fallo consultivo de la Corte Internacional (de la ONU) en 2004», declaró Nebenzia el 2 de noviembre.
Tras el vergonzoso uso del poder de veto por parte de Estados Unidos para bloquear la aprobación de una resolución del CSNU que exigía un alto el fuego inmediato en Gaza, el representante ruso Dmitry Polyanskiy declaró: «Nuestros colegas estadounidenses han condenado a muerte a miles -si no decenas de miles- de civiles más (…) incluidos mujeres y niños, junto con los trabajadores de la ONU que intentan ayudarles».
Pero por diversas razones, la postura rusa no evolucionó más allá de la retórica política, por fuerte que fuera, hacia ninguna estrategia tangible.
La explicación típica de la incapacidad de Rusia para formular una estrategia práctica respecto a Gaza es su falta de capital diplomático o político serio más allá de la actual guerra contra Ucrania; y que Moscú era plenamente consciente de los delicados equilibrios geopolíticos de Oriente Medio.
Pero las cosas empezaron a cambiar, no en Moscú, sino en la propia Gaza.
Transcurridos más de dos meses de una guerra que se ha saldado con la muerte de más de 17.000 civiles, hasta el momento, Tel Aviv está descubriendo por fin los límites de su poder militar.
Además, la guerra empezó a desestabilizar poco a poco Oriente Próximo, implicando a actores estatales y no estatales poderosos, muchos de los cuales son estrechos aliados de Moscú y protectores de los intereses rusos en la región.
Entre ellos se encuentran Irán, Hezbolá en Líbano, Ansarallah en Yemen, la Resistencia Islámica en Irak y, por supuesto, el propio Hamás.
Como señal de una relación más estrecha entre Hamás y Rusia, el movimiento palestino ha liberado a todos los cautivos israelíes con doble nacionalidad israelí-rusa.
Lo ha hecho sin un acuerdo formal de intercambio de prisioneros, como los que han mediado a través de Qatar y Egipto, que han dado como resultado la liberación de decenas de israelíes y cientos de palestinos, a partir del 24 de noviembre.

Sin duda, la visita de Putin a Oriente Medio tiene un significado mayor que el mero «énfasis en las sólidas relaciones» entre Rusia y unos pocos países árabes. A este significado se suma la inmediata visita a Moscú del presidente iraní, Ebrahim Raisi, el 7 de diciembre, también con el único propósito de discutir la situación en Gaza.
¿Es posible que Rusia haya encontrado por fin una oportunidad geoestratégica en Oriente Medio que le permita expandirse, en términos de sus alianzas estratégicas y su papel político, más allá de Siria?
Esta expansión debe parecer una oportunidad atractiva para Moscú, especialmente a medida que los primeros indicios del fracaso militar israelí y, por extensión, estadounidense, en Gaza se hacen inequívocamente evidentes.
Se espera que el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, pronuncie un importante discurso en el XXI Foro de Doha, en Qatar, el 10 de diciembre.
La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zakharova, fue citada por la agencia de noticias TASS el 6 de diciembre confirmando que Lavrov hablará de la guerra en Gaza y de la situación general en Palestina y Oriente Medio.
«El ministro prestará especial atención al problema del acuerdo palestino-israelí, por supuesto, y a las cuestiones de seguridad en Oriente Próximo», declaró.
Nada de esto, incluida la posible nueva «visión» rusa en Oriente Medio, habría sido posible de no ser por la incapacidad israelí-estadounidense para derrotar a los pequeños grupos de la Resistencia en una región minúscula y asediada como Gaza.
Aparte del revés sufrido por la maquinaria militar israelí, financiada y sostenida por Washington, el genocidio de Gaza le ha costado a Estados Unidos la poca credibilidad política de la que aún gozaba en Oriente Próximo.
El tiempo dirá si Rusia será capaz de reivindicarse y ayudar a definir un nuevo Oriente Medio en la posguerra de Gaza.
Sin embargo, uno de los factores más importantes que Rusia tendrá en cuenta antes de hacer ningún movimiento importante es el resultado tangible de la guerra israelí contra Gaza.
Y, a diferencia de la mayoría de las guerras israelíes contra palestinos y árabes en el pasado, esta vez parece que la Resistencia palestina -a pesar de sus capacidades muy limitadas frente a una poderosa maquinaria militar israelí-estadounidense- es la que tiene más probabilidades de controlar los resultados.
Ramzy Baroud es periodista y editor de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros. El último es «These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons» (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net

Observación de Joaquín Miras:
Es un artículo informativo muy importante: señala que el viaje de Putin y la devolucion de viaje del presidente iraní no son explicables sino a la luz de la guerra palestino israelí de Gaza. y que hay que estar muy alerta. y en tres ocasiones señala además que Israel está siendo derrotada. No son pequeños grupos los que la combaten, tampoco los 50 mil que se atribuía a Hamas pero sí una fuerza militar numéricamente muy inferior a los 300 mil movilizados por la tsahal y su arsenal. El genocidio sigue, porqué será que ahora El país no inventa ningun nuevo «asesinato» de mujeres en Irán, de eso que inventa la Cía y ellos reproducen.. Por qué será, que decía la canción.

8. Boicot

Otro llamamiento, en esta ocasión en palabras de Ernesto Gómez de la Hera, a una medida realmente eficaz: BDS. Boicot, Desinversión y Sanciones.
https://www.elsaltodiario.com/

Sobre cómo ayudar a Palestina

La política de la UE queda retratada por su constante negativa a romper el acuerdo de asociación con Israel, pese a las cláusulas referidas a los derechos humanos que contiene y que son continuamente burladas por el estado sionista.

Ernesto Gómez de la Hera Catalunya per la Pau.

Todas las personas de buena voluntad sabemos que lo que está sucediendo ahora mismo en Palestina es un genocidio y no una guerra. Después de haberles arrojado de sus hogares, donde habían habitado durante siglos, de arrebatarles sus tierras, de convertirles en extraños sin ningún tipo de derechos en su propia patria y de asesinarlos poco a poco, ahora los sionistas han comenzado a aplicar su propia “solución final” para exterminar a todos los palestinos que aún sobreviven en la Palestina histórica. Se trata, en esencia, del mismo tipo de escalada criminal que realizaron los nazis en su época.

Al igual que entonces, ahora tampoco ningún gobierno occidental está dispuesto a mover un dedo en favor de los perseguidos. Conviene recordar que en medio de la II Guerra Mundial y sabiendo perfectamente lo que sucedía en los campos de exterminio nazis, los políticos y la prensa de las naciones aliadas no hicieron público lo que pasaba hasta el momento en que el ejército soviético comenzó a liberar esos campos y ya no se pudo ignorar. ¿Qué hay de común entre aquellas víctimas y las de hoy? Noam Chomsky lo ha explicado con absoluta claridad: carecen de cualquier poder. Por el contrario, tanto con la Alemania nazi, como con el Israel sionista, tratamos con entidades muy poderosas.

Es esto, la debilidad de Palestina y el poder de Israel, lo que explica la conducta de los gobiernos occidentales en los momentos actuales y a lo largo de los 75 años pasados. Ciertamente hay algunas diferencias, pero todas dependen de intereses políticos particulares. Estados Unidos, en su condición de primera potencia militar mundial, sabe que Israel, dado que es una colonia occidental inserta en un área geográfica ajena, es el único estado de todo el Oriente Próximo que nunca podrá cambiar de campo por más alteraciones que sufra su política interior; algo que no está asegurado en ningún otro país de la zona, por más servil que sea su gobierno presente; así que obra en consecuencia.

Los satélites de los EE UU están más obligados que nunca a secundarlos en estos instantes en que un mundo multipolar y no controlado por Occidente, apunta en el horizonte y puede acabar con un escenario que ya dura cinco siglos. Por eso algunos, en la UE, lo hacen con menos disimulo que otros. Así la Sra. Von der Leyen lo hace, como alemana que es, con el entusiasmo de quienes siempre han estado detrás de todos los genocidios del siglo XX: en el de los hereros y en el de los judíos como autores, en el de los armenios y en el de los palestinos como cómplices. Otros, nuestro gobierno, simulan una simpatía por los palestinos, seguramente por la amplitud del apoyo tradicional que su causa tiene en España, que es desmentida por el envío de una fragata al séquito de la flota gringa en el Mediterráneo oriental. En conjunto la política de la UE queda retratada por su constante negativa a romper el acuerdo de asociación con Israel, pese a las cláusulas referidas a los derechos humanos que contiene y que son continuamente burladas por el estado sionista. Ahora ya en plan absolutamente ostentoso.

En cuanto a los grandes medios de comunicación, todos ellos son dependientes de las plutocracias dominantes en Occidente, de manera que se limitan a ocultar lo que sucede, salvo cuando el número de niños asesinados es demasiado alto, y a publicitar las mentiras fabricadas por los experimentados departamentos “goebbelsianos” de Israel, EE UU y Gran Bretaña. De hecho, al tiempo que siguen usando grandes palabras y nobles conceptos como democracia, justicia, libertad de prensa y resto de la retahíla, no han manifestado la más mínima protesta ante la prohibición de movilizaciones pacíficas o la mera exhibición de banderas palestinas, como ha sucedido en Gran Bretaña, Alemania, Francia y otros lugares.

Y, sin embargo, millones de personas insisten en expresar su apoyo a la causa palestina en todo Occidente arrostrando todas estas dificultades. Esto es una muestra palpable de dos cosas. Primero, la quiebra política y social que atraviesa nuestra parte del planeta entre su clase dominante y la ciudadanía a la que esa clase dice representar. Segundo, que entre esa ciudadanía aún perviven los principios (esos que ensucian los grandes medios de comunicación) que surgieron en medio de grandes luchas democráticas y revolucionarias europeas.

Por otra parte, la ciudadanía y los gobiernos de eso que se llama el Sur global han mostrado una conducta muy diferente, por ejemplo, la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel decidida por Bolivia. Es verdad que esa parte del mundo sigue sin tener tanto poder como Occidente (por eso decíamos que la multipolaridad apunta, pero todavía no se ha desarrollado), sin embargo, ya es notorio que eso que llaman “comunidad internacional” no pasa de ser la cincuentena de estados satélites de EE UU. El resto, pese a estar muy desvertebrado de momento, agrupa a la mayoría de la humanidad y ya, a través de los BRICS y su próxima ampliación, tiene más riqueza y produce más bienes que el G-7 y esa sedicente “comunidad”.

Todo ello, la desintegración moral y el descrédito de un Occidente que ya sólo puede recurrir a la mentira y a la fuerza bruta (en Israel abiertamente y en el resto cada día con menos disimulo) para mantener su dominio; a la par que el ascenso del Sur global, principalmente político y económico, pero ya también militar, son elementos que van a influir en el desenlace del conflicto que comenzó, hace ya un siglo, con la instalación de colonos occidentales en Palestina y el desarraigo de su población original. Israel va abiertamente, con desprecio de todo el Derecho Internacional y de la Carta de Naciones Unidas, a la expulsión/asesinato de todos los palestinos que quedan en Gaza, como primera fase de una segunda Nakba, mientras los gobiernos occidentales sometidos a EE UU son cooperadores necesarios en la tarea. Pero el final no tiene que ser ese necesariamente. Es perfectamente posible seguir trabajando por el nacimiento de una Palestina, democrática y laica, desde el río hasta el mar (una de las consignas “terroristas” prohibidas en Gran Bretaña).

La fuerza principal para lograr ese objetivo es la resistencia palestina, que se ha demostrado indomable ante todos las dificultades y crímenes sufridos. Luego los pueblos del Oriente Próximo hermanos de los palestinos. Pero también nosotros podemos y debemos colaborar. Nosotros formamos parte de esa ciudadanía occidental que aún defiende los valores democráticos en su entera dimensión y no de boquilla. Tenemos la obligación de enfrentarnos a la deriva reaccionaria y prohibicionista de las libertades que emana de la UE y desarrollan los gobiernos occidentales.

Tenemos que seguir manifestándonos, pero no podemos quedarnos en esto. Israel es una entidad totalmente dependiente del comercio (no sólo para las armas y los combustibles fósiles) con EE UU y la UE. Sin él Israel no puede existir, como no pudo en su día la Sudáfrica del apartheid, y está a nuestro alcance intervenir en esto. El boicot contra todos los productos que tengan el código internacional 729 (el de Israel) ha de crecer. Pero también ha de boicotearse a todas las empresas españolas que tienen relaciones con Israel (en las redes ya están relacionados los nombres de estas empresas). Del mismo modo han de ser señaladas las instituciones públicas españolas (el ayuntamiento de Barcelona es un ejemplo) que tienen lazos con Israel, instando a los responsables políticos a romper inmediata y definitivamente tales lazos. Haciendo esto ayudaremos a que el genocidio en marcha no tenga éxito y daremos una oportunidad a la paz.

Por último, una observación importante. No confundamos jamás sionismo y judaísmo. Es verdad que, por desgracia, los sionistas son hoy (nunca lo fueron antes de la II Guerra Mundial) mayoría entre los judíos, pero ni siquiera en el interior de Israel son sionistas todos los judíos. Nuestra movilización debe alzarse contra el movimiento sionista e Israel, su criatura monstruosa. Jamás contra el judaísmo y los judíos. Precisamente por eso defendemos la existencia de una Palestina democrática y laica para todos cuantos, lleven allí milenios o decenios sus ancestros, deseen convivir en ella pacíficamente y con plenitud de derechos civiles y políticos para todos.

9. Resumen de la guerra de Palestina, 12 de diciembre

Los resúmenes de Rybar, Suriyak y Mondoweiss https://rybar.ru/chto-

Lo que está ocurriendo en Palestina e Israel: cronología del 12 de diciembre
12 de diciembre de 2023 Rybar
Las Fuerzas de Defensa de Israel avanzan en el norte de la Franja de Gaza. Los combates tienen lugar en el barrio hospitalario de Kamal Adwan y en los distritos de Jabaliya y Beit Lahiya. En el sur del enclave, en Khan Younis, las IDF también avanzan: hoy sus tanques han operado en la zona de la calle Al-Dara, donde se encuentran la casa de Yahya Sinwar y la Mezquita Indonesia.
En la frontera con Líbano, la situación sigue siendo tensa, con continuos intercambios de ataques entre las IDF y Hezbolá. Sin embargo, ninguna de las partes sigue intentando cruzar la frontera o intensificar de otro modo el enfrentamiento.
En Cisjordania, la situación tampoco ha cambiado, con incursiones de las fuerzas de seguridad israelíes seguidas de disturbios de jóvenes palestinos, que a menudo desembocan en enfrentamientos. En otra operación, las FDI tuvieron que utilizar drones de ataque para destruir a palestinos armados.
Estado de las hostilidades

Norte de la Franja de Gaza

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Los israelíes siguen lanzando ataques aéreos y de artillería en el centro de Gaza, con combates en Jabaliya y Beit Lahiya. «Izz ad-Din al-Qassam» volvió a informar de varias emboscadas con éxito y de la derrota de varios soldados israelíes en distintas partes del frente.
Además, se informó de combates en la zona del tanque al-Rashid, situado casi en el centro de Yabaliya.

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Medios israelíes publicaron un vídeo de un APC pesado «Ahzarit» destruido basado en un tanque T-55. Aunque su casco parece relativamente intacto desde el exterior, desde el interior el vehículo está completamente calcinado: al parecer fue alcanzado por un proyectil de carga hueca.
De hecho, se trata de la segunda pérdida irrecuperable objetivamente confirmada de vehículos blindados de las IDF desde el inicio de la operación terrestre: anteriormente se habían visto imágenes de otro Ahzarit completamente calcinado en la urbanización de la Franja de Gaza.
Es posible que los israelíes hayan perdido efectivamente más vehículos, pero debido a la escasa cobertura informativa del conflicto por ambas partes, es difícil asegurarlo. Según cifras oficiales, las bajas de las IDF ascienden a 105 personas, 18 de las cuales murieron por fuego amigo y otras dos aplastadas por vehículos blindados.

Sur de la Franja de Gaza

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En Khan Younis, las IDF están aumentando gradualmente su presencia, abriéndose paso entre las caóticas defensas de las formaciones palestinas. Se informa de varias «calderas» en localidades al este de la ciudad, pero no hay confirmación directa por el momento. Los israelíes avanzaron en la zona de la calle Al-Dara, y se vieron tanques cerca del estadio, en el norte de la ciudad. Sin embargo, es difícil saber si se trataba de una incursión local o de la organización de una base.
Además, se vieron vehículos blindados israelíes cerca de la mezquita de Indonesia, ahora destruida, así como en la mezquita de Al-Zilal, donde las Brigadas de Al-Quds llevan varios días seguidos lanzando ataques con mortero.

Frontera con Líbano

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«Hezbolá sigue atacando diversos puntos del ejército y la guardia fronteriza israelíes. Al menos ocho puestos de observación y bases militares fueron bombardeados durante el día. Además, se activaron sistemas de defensa antiaérea en Acre y Shlomi. No se registraron víctimas ni heridos.
En respuesta, las FDI atacaron las inmediaciones de varias localidades a lo largo de casi toda la frontera, y vehículos aéreos no tripulados atacaron presuntos puntos de lanzamiento de cohetes en Blida y Al-Adis y Kafr Shuba.

Cisjordania

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Las IDF prosiguen su campaña de detenciones masivas en varias localidades de Cisjordania. Los enfrentamientos y las detenciones son más activos en Yenín, donde se está llevando a cabo una operación de las IDF desde primera hora de la mañana. Más de 70 árabes han sido detenidos, al menos ocho personas han muerto y hay heridos. Los israelíes están empleando equipos pesados y destruyendo diversas infraestructuras. Además, un ataque con un vehículo aéreo no tripulado destruyó a un grupo de jóvenes palestinos que planeaban atacar a israelíes con artefactos explosivos improvisados.

Acciones de las milicias proiraníes en Oriente Próximo

Mapa de alta resolución https://rybar.ru/piwigo/

Los huzíes yemeníes afirmaron que la armada disparó un misil naval contra el petrolero noruego Strynda, supuestamente con destino a Israel. Según el portavoz de Ansarallah, Yahya Sari, las fuerzas armadas yemeníes han logrado impedir el paso de varios buques en los últimos dos días. Al mismo tiempo, hoy sólo se abrió fuego después de que el buque rechazara todas las advertencias. Los tripulantes del petrolero apagaron el fuego y escoltaron al buque fuera de la zona de peligro bajo la escolta de un destructor estadounidense. Además, Israel envió varias corbetas lanzamisiles Saar-6 al Mar Rojo.

Por la noche, se informó de ataques con misiles contra las bases de la fábrica de Conoco y el yacimiento petrolífero de Al-Omar, en Siria, y de los consiguientes incendios. Además, se dispararon tres cohetes desde territorio sirio contra los Altos del Golán ocupados por Israel. Según la información preliminar, no hubo víctimas.

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Contexto político y diplomático
Sobre la evacuación de ciudadanos rusos de Gaza

El Ministerio de Emergencias ruso informó de que otro grupo de ciudadanos rusos y sus familiares habían cruzado el puesto de control de Rafah. Los evacuados serán transportados en autobuses a El Cairo.
A los refugiados de Palestina que llegaron a Rusia se les expedirán pasaportes en Daguestán. El Presidente del Gobierno de la República de Daguestán, Abdulmuslim Abdulmuslimov, declaró que a los refugiados reasentados se les expedirán pasaportes rusos, pasaportes extranjeros y otros documentos de identidad. La república ya ha recibido a 154 refugiados procedentes de Palestina, de los cuales aproximadamente la mitad son menores.
Sobre las declaraciones del presidente estadounidense
Joseph Biden, Israel empieza a perder apoyo en todo el mundo y la seguridad del pueblo judío está literalmente en juego. Según el político, Netanyahu debe reforzar y cambiar el gobierno israelí para encontrar una solución a largo plazo al conflicto palestino-israelí. Biden calificó al actual Gabinete como el gobierno más radical de la historia de Israel, poco dispuesto a resolver el problema de los dos Estados.
Sin embargo, Estados Unidos seguirá prestando apoyo militar hasta que Israel destruya a Hamás, y precisó que Estados Unidos también seguirá suministrando ayuda humanitaria a la Franja de Gaza.
Sobre el alto el fuego en la Franja de Gaza
Los primeros ministros de Australia, Canadá y Nueva Zelanda expresaron su apoyo a los esfuerzos internacionales para lograr un alto el fuego permanente en la Franja de Gaza y manifestaron su preocupación por la reducción del espacio seguro para los civiles en la Franja de Gaza. Anteriormente, Maria Zakharova dijo algo parecido, especificando que los esfuerzos de Rusia se centran en la tarea de un alto el fuego inmediato, que se está discutiendo con la parte israelí.
Al mismo tiempo, el líder de Hamás, Osama Hamdan, afirmó que no habrá negociaciones sobre un intercambio de prisioneros hasta que cese la agresión en la Franja de Gaza.

Situación en la franja de Gaza [12/12/2023]:
En el frente norte las IDF avanzaron al norte de Jabalia y al sur de la ciudad de Beit Lahiya alcanzando el Hospital Kamal Adwan (31°32’18.4 «N 34°30’04.0 «E). Mientras tanto, las tropas israelíes se retiraron de la Escuela Secundaria Femenina de Jabalia, dejando el complejo destruido.

Mapa: [ https://google.com/maps/d/ ]

El resumen de Mondoweiss

https://mondoweiss.net/2023/

Día 67 de la «Operación Al-Aqsa»: Fuerzas israelíes asaltan el hospital Kamal Adwan de Beit Lahia.
Un ataque aéreo israelí mató al padre de un corresponsal de Al Jazeera en Yabalia, mientras los rebeldes huzíes lanzaban un misil contra un barco que tenía previsto atracar en Ashdod. En Cisjordania, las fuerzas israelíes ejecutaron a sangre fría a un muchacho palestino en Tubas.
Por Mustafa Abu Sneineh 12 de diciembre de 2023

Bajas
Más de 18.412 muertos* y 50.000 heridos en la Franja de Gaza.
279 palestinos muertos en Cisjordania ocupada y Jerusalén Oriental.
Israel revisa a la baja su estimación de víctimas del 7 de octubre, de 1.400 a 1.147.
435 soldados israelíes muertos desde el 7 de octubre. Los medios de comunicación israelíes informan de más de 5.000 heridos, citando fuentes militares.
*Esta cifra fue confirmada por el Ministerio de Sanidad de Gaza el 11 de diciembre. Sin embargo, debido a las interrupciones en las redes de comunicación dentro de la Franja de Gaza, el Ministerio de Sanidad de Gaza no ha podido actualizar con regularidad y precisión sus cifras desde mediados de noviembre. Algunos grupos de derechos humanos sitúan la cifra de muertos más cerca de los 20.000.
**El 9 de diciembre, Yedioth Ahronoth informó de que más de 5.000 soldados israelíes habían resultado heridos en los combates hasta la fecha, de los cuales 2.000 eran discapacitados, citando cifras oficiales del Ministerio de Defensa israelí. Los informes israelíes sobre bajas en combate están estrictamente sujetos a órdenes de silencio, y Yedioth Ahronoth eliminó posteriormente la cifra de 5.000 de su informe original.

Acontecimientos clave

  • Las fuerzas israelíes asaltan el hospital Kamal Adwan de Biet Lahia, al norte de la ciudad de Gaza, tras días de asedio sufrido por los pacientes y el personal médico.
  • Aviones de guerra israelíes bombardean la casa del corresponsal de Al Jazeera Anas Al-Sharif, matando a su padre, Jamal, de 65 años, en el barrio Block 5 de Jabalia. Al-Sharif es el tercer periodista de Al Jazeera que ve morir a miembros de su familia en bombardeos israelíes.
  • Las fuerzas israelíes han matado a 86 periodistas en Gaza desde el 7 de octubre; sin embargo, los trabajadores de los medios de comunicación cuyos familiares murieron superan con creces esa cifra.
  • Los equipos de rescate recuperan 23 cadáveres enterrados bajo los escombros tras el bombardeo de la casa de la familia Khala en el barrio de Al-Nazla, en Yabalia.
  • El ejército israelí anuncia el martes 20 soldados muertos en «fuego amigo» en Gaza; 13 «identificados por error como terroristas».
  • Los rebeldes huzíes lanzan un misil contra un buque que tenía previsto atracar en el puerto israelí de Ashdod y lo incendian cerca del estrecho de Bab Al-Mandab.
  • Fuerzas israelíes matan el martes por la mañana a cuatro palestinos en el campo de refugiados ocupado de Yenín, en Cisjordania, tras una incursión nocturna israelí en la ciudad.

Las fuerzas israelíes asaltan el hospital de Kamal Adwan, sin condiciones de seguridad para que operen los trabajadores de la ONU
Las fuerzas israelíes irrumpieron el martes por la mañana en el hospital Kamal Adwan de Biet Lahia, al norte de la ciudad de Gaza, tras días de asedio y bombardeos sufridos por pacientes y personal médico.
El portavoz del Ministerio de Sanidad de Gaza, Ashraf Al-Qidra, declaró que las fuerzas israelíes estaban acorralando a todo el personal médico masculino del hospital en el patio para proceder a una detención masiva.
Añadió que el ministerio teme por la seguridad del personal médico y que podrían «matarlos». La semana pasada, las fuerzas israelíes detuvieron a cientos de palestinos que se refugiaban en escuelas del norte de Gaza, los metieron en camiones y los llevaron a un destino desconocido.
«Pedimos a las Naciones Unidas, a la Organización Mundial de la Salud y al Comité Internacional de la Cruz Roja que actúen de inmediato para salvar las vidas de quienes se encuentran en el hospital», añadió Qudra.
El Hospital Kamal Adwan es sólo una de las instalaciones médicas que las fuerzas israelíes han asaltado desde el 7 de octubre, junto con el Complejo Médico Al-Shifa y el Hospital Al-Rantisi.
Al menos 18.412 mártires palestinos murieron y más de 50.000 resultaron heridos en la Franja de Gaza, según informó el Ministerio de Sanidad de Gaza el lunes por la noche.
Desde el 1 de diciembre, Israel ha lanzado una invasión terrestre del sur de Gaza y ha bombardeado las ciudades de Jan Yunis, Dier al-Balah, Abasan y Al-Qarara.
El coordinador de asuntos humanitarios de la ONU, Martin Griffiths, declaró a Al Jazeera que se había frustrado la esperanza de que Israel fuera «más preciso» en los combates en el sur de Gaza.
«Lo que ha ocurrido es que el asalto al sur de Gaza no ha sido menor que al norte. En estos momentos está arrasando Jan Yunis y amenaza Rafah. La compresión de la población es mayor. No podemos estar seguros de que ninguno de nuestros puntos de operación sea seguro», afirmó.
Griffiths añadió que las condiciones de seguridad para que los trabajadores humanitarios de la ONU ofrezcan servicios humanitarios a 1,8 millones de desplazados son inexistentes en el sur de Gaza.

Asesinado el padre de un corresponsal de Al Jazeera en el norte de Gaza

En las últimas 24 horas, Israel ha seguido bombardeando por tierra, mar y aire toda la Franja de Gaza. En Dier Al-Balah, en el sur de Gaza, barcos de la armada bombardearon la ciudad desde el mar, mientras que ataques aéreos alcanzaron cinco casas del campo de refugiados de Al-Bureij, matando a nueve personas e hiriendo a otras 20, informó la agencia de noticias Wafa.
En Rafah, 20 personas murieron en ataques aéreos israelíes contra viviendas de la zona. También se bombardearon dos casas en el barrio de Tal al-Sultan de Rafah, al oeste de la ciudad, que pertenecían a las familias Al-Alam y Sobh. Diez personas murieron y 70 resultaron heridas, mientras que decenas permanecen atrapadas bajo los escombros.
En Jan Yunis, dos personas murieron en bombardeos de artillería sobre las zonas oriental y central de la ciudad. El continuo bombardeo de Jan Yunis provocó el desplazamiento masivo de palestinos hacia la ciudad meridional de Rafah.
Las fuerzas israelíes también bombardearon intensamente las inmediaciones del hospital Nasser, en la parte occidental de Jan Yunis. El domingo por la noche, el ejército lanzó desde el aire suministros militares y logísticos para las tropas cerca de Jan Yunis.
Mientras tanto, las fuerzas israelíes llevan ocho días sitiando el campo de refugiados de Yabalia, en el norte de Gaza. Al menos 5.000 personas que se refugiaban en las escuelas Hafsa y Falasteen, afiliadas a la ONU, fueron desplazadas, y algunas fueron detenidas.
Las fuerzas israelíes asaltaron nueve escuelas de la UNRWA en el campo de Jabalia la semana pasada, y el lunes el ejército bombardeó la clínica del campo, matando al menos a cinco palestinos, según Wafa.
Los aviones de guerra israelíes también bombardearon la casa del corresponsal de Al Jazeera, Anas Al-Sharif, matando a su padre, Jamal, de 65 años, en el barrio Block 5 de Jabalia. Al-Sharif es el tercer periodista de Al Jazeera que ve morir a miembros de su familia en bombardeos israelíes.
Dijo a Al Yazira que había recibido amenazas de militares israelíes para que dejara de cubrir los medios de comunicación desde el norte de Gaza. Al Sharif permaneció en su casa de Jabalia a pesar de que su hijo le pidió que se refugiara en una escuela.
«Mi amado padre se ha convertido en un mártir. A Alá pertenecemos y a Él volveremos», escribió Al-Sharif en la plataforma de medios sociales X (antes Twitter).
Al Yazira dijo en un comunicado: «Pedimos a la comunidad internacional que tome medidas urgentes para detener las masacres del ejército de ocupación contra periodistas y civiles en Gaza». Desde el 7 de octubre, las fuerzas israelíes han matado a 86 periodistas en la Franja de Gaza; sin embargo, los trabajadores de los medios de comunicación cuyos familiares fueron asesinados superan con creces esa cifra.
El lunes, los equipos de rescate pudieron recuperar 23 cadáveres sepultados bajo los escombros tras el bombardeo de la casa de la familia Khala, en el barrio de Al-Nazla, en Yabalia. Otras 15 personas murieron en el barrio de Sheikh Radwan, al norte de la ciudad de Gaza, en un ataque aéreo contra la casa de la familia Salem. Aviones de guerra israelíes bombardearon también los barrios de Al-Daraj, Al-Sahaba, Al-Shuja’iya y Al-Zaytoun, todos ellos en el norte de Gaza.

Rebeldes huzíes atacan un barco con destino al puerto de Ashdod; varios soldados israelíes muertos por «fuego amigo».

El ejército israelí anunció el martes que 20 soldados murieron en «fuego amigo» en la Franja de Gaza; 13 fueron «identificados por error como terroristas».
Hasta el martes 12 de diciembre habían muerto 435 soldados israelíes, desde el 7 de octubre; 111 de ellos murieron tras el inicio de la invasión terrestre a finales de octubre.
Los combates entre combatientes de la resistencia palestina y fuerzas israelíes siguen produciéndose con frecuencia e intensidad crecientes. Las Brigadas Al-Quds de la Yihad Islámica Palestina difundieron imágenes de combatientes atacando tanques y vehículos militares israelíes en el este de Al Shuja’iya.
Los combatientes palestinos aparecen de pie en el interior de edificios bombardeados mientras los tanques israelíes pasan a pocos metros de ellos. Las Brigadas Al-Qassam de Hamás también difundieron imágenes de sus combatientes atacando a fuerzas de infantería y tanques israelíes en el este de la ciudad de Gaza.
Funcionarios árabes y europeos llevan advirtiendo desde el 7 de octubre de que la lucha en Palestina e Israel se extenderá a la región. El lunes, un petrolero de bandera noruega cerca del Mar Rojo fue alcanzado por un misil que lo incendió frente a la costa de Yemen. El martes, el Mando Central de EE.UU. (CENTCOM) dijo que el buque noruego, Strinda, ha «informado de daños que han provocado un incendio a bordo, pero no hay víctimas en este momento».
CENTCOM dijo que el buque fue alcanzado el lunes por «un misil antibuque de crucero (ASCM) lanzado desde una zona controlada por los Houthi de Yemen mientras pasaba por el Bab-el-Mandeb.»
«No había buques estadounidenses en las inmediaciones en el momento del ataque, pero el USS MASON respondió a la llamada de socorro del M/T STRINDA y actualmente está prestando asistencia», añadió.
Trade Winds shipping news informó de que el Strinda era un buque químico que tenía previsto atracar en el puerto israelí de Ashdod en enero. Hasta el martes por la mañana, la página web del puerto de Ashdod estaba desconectada.
«El Strinda fue alcanzado por un misil a unas 15 millas náuticas (28 km) al oeste de Mokha, en Yemen, el lunes. Se declaró un incendio a bordo, pero fue extinguido por la tripulación india, que resultó ilesa», informó Trade Winds.

Los huzíes advirtieron de que atacarían cualquier barco que se dirigiera a Israel o tratara con él en el estrecho de Bab Al-Mandab mientras continuara el bombardeo de la Franja de Gaza y mientras se permitiera la entrada de alimentos y medicinas en el enclave.
El portavoz de los rebeldes huzíes, Yahya Saree, afirmó el martes en un tuit que las Fuerzas Armadas yemeníes no recurrieron al ataque contra el buque noruego Strinda hasta que su tripulación se negó a responder a su advertencia.
En cuanto al sur del Líbano, la administración estadounidense se declaró «preocupada» por el uso de fósforo blanco por parte de Israel hace dos meses, tras la publicación el lunes de un informe en The Washington Post. El informe de investigación reveló que Israel utilizó bombas de fósforo blanco suministradas por Estados Unidos para atacar la ciudad de Dheira, y encontró restos de tres proyectiles de artillería de 155 mm.
«Hemos visto los informes, ciertamente nos preocupa. Haremos preguntas para intentar saber un poco más», declaró el lunes el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby.
Los bombardeos israelíes con fósforo blanco sobre el sur del Líbano también han quemado casi 40.000 olivos.
El lunes, el alcalde del pueblo libanés de Al-Taybeh, Hussien Mansour, de 80 años, murió en el balcón de su casa cuando un ataque israelí alcanzó la zona de Baidar al-Faqaani, en la localidad.
El intercambio de disparos entre el movimiento Hezbolá y las fuerzas israelíes es un hecho cotidiano en varios puntos cercanos a la «Línea Azul» de la ONU, que separa el norte de la Palestina ocupada del sur del territorio libanés.

Las fuerzas israelíes matan a cuatro palestinos en Yenín

Cuatro palestinos murieron el martes por la mañana en el campo de refugiados de Yenín, en Cisjordania ocupada, tras una incursión nocturna israelí en la ciudad.
Fueron identificados como Rafiq Al-Dabbous, Mahmoud Abu Srour, Bakr Zakarneh y Thaer Abu Al-Tin. Murieron por el impacto de un misil teledirigido israelí en el barrio de Sibat, en la ciudad de Yenín, mientras que la bala de un francotirador hirió de gravedad a otro.
El personal médico del hospital Ibn Sina de Yenín dijo a Wafa que un avión israelí lanzó bombas de humo tóxico en el patio del hospital, lo que impidió a los servicios de emergencia y a las ambulancias entrar y salir del centro.
Las fuerzas israelíes también rodearon el Hospital Ibn Sina, el Hospital Gubernamental de Yenín y el Hospital Al-Razi. Seis personas fueron detenidas durante la redada, mientras que las excavadoras israelíes destruyeron infraestructuras públicas, arrasaron tres rotondas y dañaron generadores eléctricos y varios monumentos de mártires palestinos en Yenín, informó Wafa.
Aparecieron imágenes de vídeo del frío asesinato de Rami al-Jundub, de 25 años, tres días después de que las fuerzas israelíes asaltaran el campo de refugiados de Al-Fara’a, al sur de Tubas.
Un familiar de A-Jundub dijo a Al Yazira que soldados israelíes en un vehículo le dispararon 12 balas mientras yacía herido en el suelo. Siete palestinos murieron en Faraa el 8 de diciembre.
Rami formaba parte de un grupo de palestinos que escapaban de un jeep militar que se acercaba cuando le dispararon. En las imágenes de vídeo, el vehículo militar se acerca, y un soldado israelí abre la puerta del conductor, disparando varias veces al joven mientras yace en el suelo.
Al menos 50 palestinos fueron detenidos durante la noche en Hebrón, Jerusalén, Nablús, Belén y otras ciudades de Cisjordania ocupada, informó Wafa.
Desde octubre, soldados o colonos israelíes han matado a 279 palestinos en Cisjordania ocupada y Jerusalén.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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