Las prisiones, las torturas y aun el exterminio en masa se hicieron de manera legal y apegada a la norma. Las leyes de Alemania y del Reich fueron modificadas de acuerdo a todos los preceptos de justicia de entonces, por lo que para los tribunales germanos nadie cometía un delito al perseguir y eliminar sistemáticamente a los judíos. El libro presenta sin rubor la manera como un país enfermo en su moral puede desfigurar la justicia y ponerla al servicio de intereses políticos. Como una radiografía de cualquier proceso totalitario, el libro menciona los pasos que un régimen da para poner todo el ordenamiento jurídico al servicio de su causa. Primero el Reichstag, suerte de Asamblea Nacional, que terminó siendo la sede de un teatro de marionetas, después las cortes y los tribunales obedeciendo ciegamente las órdenes, y finalmente el aparato de represión respondiendo con prontitud a los mandatos emanados legalmente de las instituciones. Ingo Müller, Los juristas del horror. La «justicia» de Hitler: el pasado que Alemania no puede dejar atrás
Veamos cómo se llego a esta hecatombe:
Los nazis y el camino hacia la discriminación
Era el 20 de abril de 1899 y en un pequeño lugar de la Alta Austria nacía Adolf Hitler. Pasaron los años, fue ascendido a cabo en la Primera Guerra Mundial y en 1920, en la ciudad alemana de Múnich, fundaba el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP) (Partido Nacional Socialista Obrero Alemán). Su programa, radicalmente nacionalista, incluía la abolición de la República de Weimar, el rechazo de los términos del Tratado de Versalles, el antisemitismo y el antibolchevismo. Proponía un gobierno central fuerte, aumentar el Lebensraum («espacio vital») para los germánicos, la creación de una Volksgemeinschaft («comunidad popular») basada en la raza y la limpieza racial mediante la supresión activa de los judíos, a los cuales se les quitaría la ciudadanía y los derechos civiles. Comúnmente, a los militantes del partido se les llamaba «nazis».
Dos años después, en una entrevista, Hitler decía que, si en realidad llegaba al poder, «la destrucción de los judíos será mi primera y más importante tarea». Hitler, que recién emergía en el contexto de la democracia de Weimar, mostraba con ello ser tan sincero como duro. Y cuando publicó Mi lucha, su libro fundamental, decía que el judío «era una peste que envenenaba al pueblo» y que era una contrariedad que en la Primera Guerra Mundial no se hubiera «echado gas venenoso a doce o quince mil de esos hebreos corruptores del pueblo».
Como recuerda Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, «resulta bastante comprensible el fallo de no haber considerado seriamente lo que los propios nazis decían». No obstante, ella, alemana de origen judío, sabía que los miembros del Partido Nazi declaraban públicamente su intención de segregar a los judíos de la sociedad «aria» y de abolir sus derechos políticos, jurídicos y civiles y que el propio partido así lo había señalado en los puntos de su programa en 1920.
En noviembre de 1923, Hitler trató de dar un golpe de Estado, pero el intento fracasó. El antiguo cabo acabó tras las rejas, mientras un juez prohibía el NSDAP. Después de más o menos un año, Hitler fue liberado. En la cárcel escribió Mein Kampf (Mi lucha), libro en el que describía sus planes para Alemania.
De momento, a los nazis no les interesaba estar fuera de la legalidad e intentarían llegar al poder a través de elecciones. La crisis económica derivada del crac de 1929 les benefició. La utilizaron como una excusa para llevar adelante una feroz crítica del gobierno. Y dicha estrategia funcionó. En las elecciones de 1928, el NSDAP obtuvo 0,8 millones de votos y en 1930 este número había aumentado a 6,4 millones.
Plaga», «parásito», «veneno para la raza»… Estos epítetos dedicados a los judíos eran parte de la retórica antisemita que usaron los nazis antes de su llegada al poder. Se podían oír perfectamente en los mítines del partido y leer en los editoriales del Völkische Beobachter, el diario oficial nazi, o en Mein Kampf (Hitler, 1925).
Los nazis consideraban a los judíos como una amenaza biológica, pero también un peligro social y político. Aunque no llegaban al 1% de la población (505.000 de un total de 67 millones, según el censo de 1933), se les señaló como los causantes de todos los males de Alemania: de la derrota en la Gran Guerra (fueron acusados de sabotear el esfuerzo bélico «apuñalando por la espalda» al ejército alemán), la crisis económica (por la avaricia del «capitalismo judío»), la debilidad de la nación («república de judíos», llamaban a la democracia parlamentaria de Weimar), la agitación proletaria (el mito de la conspiración judeobolchevique), la degeneración del arte… Fueron, en definitiva, el chivo expiatorio que toda ideología totalitaria necesita para sustentarse.
Hitler había subido al poder el 30 de enero de 1933, cuando el presidente alemán, el anciano Paul von Hindenburg, un célebre general de la Primera Guerra Mundial, le nombró canciller de Alemania. Hindenburg le designó para este puesto como resultado de un acuerdo político. Algunos políticos conservadores presionaron al presidente para que hiciera el nombramiento, ya que querían aprovechar la popularidad del Partido Nazi para sus propios fines. Se equivocaron al pensar que podrían controlar a Hitler. Como se sabe, contra lo que esperaban los centristas y conservadores alemanes, lo que vino con el Tercer Reich no fue el orden, sino la dictadura, la represión institucionalizada y la guerra. Así, es importante señalar que el austriaco no accedió al poder por un golpe de Estado, ni tampoco fue elegido directamente para asumir el poder. Hitler y el Partido Nazi llegaron al gobierno a través de los procesos políticos legales de Alemania. Después, los nacionalsocialistas celebraron su victoria con una marcha con antorchas por las calles de Berlín.
De la democracia a la dictadura, paso a paso
Como se ha comentado, el 30 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Apenas cuatro días después, se reunió en privado con los altos mandos militares para intentar ganarse su apoyo. Esto era muy importante, ya que históricamente los militares habían desempeñado un papel muy relevante en la sociedad alemana y, por lo tanto, tenían capacidad para derrocar al nuevo régimen. Sus altos mandos, en general de origen aristocrático, siempre mantuvieron una actitud hostil hacia la República de Weimar desde el primer momento.
Los líderes militares no confiaban plenamente ni apoyaban a Hitler debido a su populismo y radicalismo. Pero tanto Hitler como los militares eran radicalmente nacionalistas. Además, tenían objetivos de política exterior similares: querían renunciar al Tratado de Versalles, expandir las fuerzas armadas alemanas y destruir la amenaza comunista. En esta primera reunión, Hitler trató de tranquilizar al cuerpo de oficiales. Les habló sin ambages de sus planes para instaurar una dictadura, recuperar los territorios perdidos y hacer la guerra. Casi dos meses después, Hitler mostró su respeto por la tradición militar alemana inclinándose públicamente ante el presidente Hindenburg, como se ha visto un célebre general de la Primera Guerra Mundial.
Un mes después del ascenso de Hitler a canciller, el Reichstag (Parlamento alemán) era incendiado. La responsabilidad del incendio sigue siendo tema de debate. Marinus van der Lubbe, un joven comunista neerlandés de 24 años, fue sentenciado a muerte por el gobierno. Van der Lubbe era un albañil desempleado que había llegado poco antes a Alemania; presuntamente fue capturado en el lugar del incendio. Después de ser torturado, admitió haber prendido fuego al edificio, por lo que fue ejecutado diez meses después. El incendio fue utilizado como «prueba» por los nazis para acusar a los comunistas de conspirar contra el gobierno, y se le considera un hecho fundamental en el establecimiento de la Alemania nazi. Al día siguiente, Von Hindenburg, presidente del Estado, anunció que entraba en vigor el «Decreto del Incendio del Reichstag». De hecho, parece que la norma fue aprobada por presión de Hitler. El Decreto proporcionó a los nazis la base para conformar una futura dictadura. Los derechos civiles de la población alemana fueron suspendidos. La libertad de expresión ya no era un derecho inherente y la policía podía detener arbitrariamente a las personas y allanar las casas. Los opositores políticos del régimen nazi quedaban fuera de la ley.
En este clima de intimidación, el 5 de marzo de 1933 tuvieron lugar elecciones federales. Fueron las novenas y últimas elecciones de la República de Weimar, y las primeras desde la llegada del NSDAP al poder. Las calles estaban repletas de carteles y banderas del Partido Nazi. No obstante, estos no obtuvieron una gran victoria. Con el 43,9% de los votos, el NSDAP no consiguió mayoría. Los partidos de izquierda (comunista y socialista) representaban aún el 30% de los votos.
Los arrestos y las amenazas se incrementaron. El gobierno prohibió el Partido Comunista y el 15 de marzo ya había decenas de miles de militantes arrestados. Con el fin de alojar a todos estos presos políticos, se crearon los primeros campos de concentración. El primero fue el de Dachau, situado a pocos kilómetros de Múnich (Baviera).
Ocho días más tarde, el 23 de marzo de 1933, el Parlamento se reunía en Berlín. En la agenda estaba planteada una nueva ley, la «ley del poder» o «Ley Habilitante». Esta, determinante para implantar la dictadura de Hitler, le permitía promulgar leyes, durante cuatro años, sin interferencia del presidente o del Parlamento alemán. El edificio donde se celebró esta reunión y se anunció la ley estaba rodeado por hombres de las SA y las SS —ambas organizaciones paramilitares del NSDAP, que habían sido designadas para ayudar a la policía—. Hindenburg falleció al año siguiente, tras lo cual Hitler declaró vacante la oficina del presidente y se nombró a sí mismo jefe de Estado. En este escenario, y con los militares afectos al nazismo, el camino para la promulgación de las Leyes de Núremberg estaba trazado.
Con una amenaza encubierta para intimidar a quienes debían votar dicha ley, a los presentes en la reunión Hitler les intimó a elegir entre «la guerra o la paz». A partir de aquí, Alemania ya no era un Estado democrático. El Parlamento aprobó la «Ley Habilitante» con 444 votos a favor y 94 en contra. Hasta 1945, esta ley fue la base de la dictadura nazi, que cambió a Alemania. Paulatinamente, Hitler socavó la democracia hasta convertirla en sólo una fachada. Cada vez más, se utilizaron medios jurídicos para darle una apariencia de legalidad.
Los partidos políticos existentes fueron prohibidos. A partir de mediados de julio de 1933, Alemania fue un Estado de un solo partido. Asimismo, en el ámbito cultural y científico se llevó a cabo una «limpieza». Todo aquello que «no sea alemán» debe ser eliminado, según los nazis. Por ejemplo, libros de escritores judíos, de izquierdas y pacifistas fueron quemados. Y se hicieron boicots a los negocios judíos, acompañados a menudo de actos violentos. Estas medidas pudieron llevarse a cabo porque, en muchos casos, fueron ejecutadas gracias a la acción intimidatoria de las SA, que funcionaron como una organización voluntaria tipo milicia vinculada al Partido Nazi (a los miembros de las SA se les conocía como «camisas pardas», por el color de su camisa y uniforme, para distinguirlos de las SS, que llevaban uniformes negros y camisa blanca). En muy poco tiempo, utilizando los mismos mecanismos legales diseñados para proteger el sistema democrático, el régimen nazi transformó un sistema constitucional en una dictadura.
Estas actuaciones crearon cierto malestar entre la población. Para una parte importante de los votantes del NSDAP, la «cuestión judía», como la denominaban los nazis, no era algo prioritario. Lo que de verdad preocupaba era conseguir trabajo, que hubiera seguridad en las calles y que el país se recuperara económicamente. De hecho, según una encuesta realizada en 1934 sobre los motivos del apoyo a Hitler, el 60% de los encuestados ni siquiera mencionaron a los judíos. Pero estas medidas discriminatorias y el discurso antijudío irían calando poco a poco en la sociedad alemana. A medida que pasaban los meses, ya fuera por convicción, oportunismo (quienes ocupaban los puestos de trabajo de los judíos expulsados), interés (los que se beneficiaban de la pérdida de clientela de los negocios judíos), indiferencia o miedo, cada vez más alemanes «arios» aceptaban, e incluso justificaban, las intimidaciones que padecían sus conciudadanos judíos. Algunos de ellos, los que tuvieron la oportunidad —unos 37.000 en 1933—, iniciaban el camino del exilio.
En el verano de 1935 los nazis se hallaban urgentemente necesitados de leyes que hicieran referencia al tema judío. El Partido Nazi no tenía una política clara sobre el estatus de los judíos en Alemania, y existían conflictos entre líderes partidarios y funcionarios estatales sobre la «cuestión judía». Habían estallado disturbios antijudíos, el partido y la opinión pública reclamaban alguna clarificación, y Hitler se vio presionado a proporcionar una respuesta. Se pensó que las Leyes de Núremberg apaciguarían a los funcionarios nazis que venían reclamando la inclusión de disposiciones antijudías virulentas en la plataforma partidaria.
Ese año, 1935, fue importante al respecto. Ya el 25 de julio se promulgó el bando que prohibía a los judíos ocupar piscinas públicas, y que decía lo siguiente: «A raíz de diversos hechos desagradables y debido a que la inmensa mayoría de los miembros de nuestra comunidad nacional alemana se sienten molestos por la presencia de judíos, he prohibido a los judíos el uso de todas las piscinas, instalaciones de baños interiores y soláriums públicos. En todas estas instalaciones se colocarán letreros de advertencia que digan: “PROHIBIDO EL ACCESO A LOS JUDÍOS”».
Las Leyes de Núremberg
Las Leyes de Núremberg se proclamaron un día de verano de hace ahora noventa años, el 15 de septiembre de 1935. Coincidió con la concentración anual del NSDAP. Hitler iba a sellar definitivamente el destino de los judíos alemanes con dos leyes: la Ley de Ciudadanía del Reich y la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes. Ambas excluyeron sistemáticamente a los judíos de la vida alemana y anunciaron una nueva oleada de legislación antisemita que provocó una discriminación inmediata y concreta. De hecho, se considera que fueron el comienzo de la segregación y la persecución de los judíos en Alemania. Había antecedentes, es cierto, pero las Leyes Raciales de Núremberg formaron la piedra angular de la política racial nazi. Fueron unas leyes que brindaron un mecanismo legal «legítimo» para excluir a los judíos de las corrientes principales de la cultura alemana. Al mismo tiempo, también proporcionaron al Partido Nazi una base racional para los disturbios antisemitas y los arrestos que habían llevado a cabo durante los meses anteriores. Las Leyes de Núremberg fueron un paso importante en el proceso del régimen nazi para aislar y excluir a los judíos del resto de la sociedad alemana. De aquí al Holocausto había un corto espacio.
¿Por qué estas leyes se promulgaron en Núremberg? Porque se consideraba la «ciudad más alemana» del Estado. Así la calificaba Hitler. Era la sede de los congresos del Partido Nazi y del diario Der Stürmer, un panfleto agresivamente antisemita —«Los judíos son nuestra desgracia», decía su lema— editado por el fanático Julius Streicher (ejecutado en 1946 mediante ahorcamiento).
El porqué de aquellas leyes. Los nazis las promulgaron porque querían convertir en leyes sus ideas acerca de la raza. Creían en la falsa teoría de que el mundo estaba dividido en razas distintas que no eran igualmente fuertes y valiosas. Los nazis consideraban que los alemanes eran miembros de la raza «aria», que supuestamente era superior. Consideraban que la denominada «raza alemana aria» era la más fuerte y valiosa de todas.
Según los nazis, los judíos no eran arios. Los consideraban descendientes de una raza aparte, inferior a todas las demás. Sostenían que la existencia de los judíos en Alemania significaba una amenaza para el pueblo, y que era necesario separar a los judíos del resto de los alemanes para custodiar y vigorizar al país. Las Leyes de Núremberg fueron un paso importante para lograr ese ideal racista.
Estas leyes raciales formaron la piedra angular de la política racial nazi y se convirtieron en la base jurídica para la política del racismo antijudío en Alemania. Durante los ocho años posteriores, trece decretos adicionales fueron agregados a las leyes iniciales, entre ellos la primera definición oficial de «judío» y de «ario», según su árbol genealógico. Por motivos de política exterior, los procesamientos en virtud de las dos leyes no comenzaron hasta después de los Juegos Olímpicos de Verano de 1936, celebrados en Berlín.
En concreto, el 15 de septiembre de 1935 el régimen nazi anunció estas dos nuevas leyes enunciadas antes:
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La Ley de Ciudadanía del Reich.
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La Ley para la Protección de la Sangre y el Honor de los Alemanes.
Comencemos por analizar qué significaba la Ley de Ciudadanía del Reich. Desde sus inicios, el Partido Nazi no ocultó sus intenciones: en caso de llegar al poder, sólo a los alemanes racialmente puros se les permitiría tener la ciudadanía alemana. Por tanto, no era un secreto para nadie. La Ley de Ciudadanía del Reich convirtió aquella promesa en realidad. La ley de 1935 definía a los ciudadanos como aquellos que fueran «de sangre alemana o con parentesco alemán». Esto significaba que los judíos, definidos como una raza aparte, no podían ser ciudadanos de Alemania con plenos derechos y no tenían derechos políticos.
Veamos ahora en qué consistía la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor de los Alemanes. Era una ley contra lo que los nazis consideraban mestizaje de razas o «deshonra de la raza». Excluía las relaciones sexuales y los futuros matrimonios entre judíos y personas de «sangre o con parentesco alemán». Los nazis afirmaban que esas relaciones eran peligrosas porque producían niños de «raza mestiza». De acuerdo con esta teoría, estos niños y sus descendientes desgastaban la pureza de la raza alemana. También prohibían el empleo de mujeres alemanas menores de 45 años en hogares judíos.
Pero, cabe preguntarse, ¿quiénes eran judíos según las Leyes de Núremberg?: cualquier persona que tuviera los padres o tres o cuatro abuelos judíos. Durante los primeros tiempos del régimen nazi, se hacían excepciones en la discriminación de los veteranos judíos de la Primera Guerra Mundial y los funcionarios del Estado que habían trabajado. Las leyes también definieron a algunas personas de Alemania como Mischlinge («mestizos»). De acuerdo con la ley, los Mischlinge no eran ni alemanes ni judíos; eran personas que tenían uno o dos abuelos judíos.
Clasificación bajo estas leyes
1935 |
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Clasificación |
Traducción |
Herencia |
Definición |
Deutschblütiger |
Sangre alemana |
Alemán |
Pertenece a la raza y la nación alemanas; aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
Deutschblütiger |
Sangre alemana |
1⁄8 judío |
Considerado perteneciente a la raza y la nación alemanas; aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
Mischling zweiten Grades |
Raza mestiza (segundo grado) |
1⁄4 judío |
Pertenece sólo en parte a la raza y a la nación alemanas; aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
Mischling ersten Grades |
Raza mestiza (primer grado) |
3⁄8 o 1⁄2 judío |
Pertenece sólo en parte a la raza y a la nación alemanas; aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
Jude |
Judío |
3⁄4 judío |
Pertenece a la raza y la comunidad judías; no aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
Jude |
Judío |
Judío |
Pertenece a la raza y la comunidad judías; no aprobado para tener la ciudadanía del Reich |
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Casos especiales con primer grado, mestizos (Mischlinge) |
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Fecha |
Decreto |
15-9-1935 |
Un Mischling será considerado judío si es miembro de la comunidad religiosa judía. |
15-9-1935 |
Un Mischling será considerado judío si está casado con un judío. Sus hijos serán considerados judíos. |
17-9-1935 |
Un niño mestizo que nazca de un matrimonio con un judío, cuya fecha de matrimonio sea posterior al 17 de septiembre de 1935, será clasificado como judío. Los nacidos en matrimonios oficiados el 17 de septiembre de 1935 o antes seguirán clasificados como Mischlinge. |
31-7-1936 |
Un niño mestizo procedente de relaciones sexuales extramatrimoniales prohibidas con un judío y nacido fuera del matrimonio después del 31 de julio de 1936 será clasificado como judío. |
Aunque inicialmente se concentró en los judíos, el gobierno nazi aclaró que las Leyes de Núremberg también se aplicarían a los romaníes (también llamados «gitanos»), a los negros y a sus descendientes, y que no podían ser ciudadanos de Alemania con plenos derechos. Tampoco podían casarse ni tener relaciones sexuales con «personas con sangre o parentesco alemán».
¿Cuáles fueron las consecuencias de las Leyes de Núremberg?
Las Leyes de Núremberg diferenciaron legalmente a los judíos de sus vecinos no judíos. En los años siguientes, y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi promulgó aún más leyes y decretos antijudíos. Esas leyes posteriores se apoyaban en la definición de «judío» de las Leyes de Núremberg. Estos son algunos ejemplos de estas leyes y decretos:
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Ley sobre la Modificación de Nombres y Apellidos (agosto de 1938).
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Decreto sobre los pasaportes de los judíos (octubre de 1938).
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Reglamento de la policía sobre la marcación de los judíos (septiembre de 1941).
El 17 de agosto de 1938, la ley sobre la modificación de nombres y apellidos establecía nuevos requisitos para los judíos de Alemania. Esta ley indicaba que a los judíos sólo se les podía poner ciertos nombres específicamente judíos. Los nuevos padres judíos tenían que escoger los nombres de una lista aprobada por el gobierno. Además, cualquier judío que no tuviera un nombre de los contenidos en dicha lista debía agregarse un nuevo nombre: Israel para los hombres y Sara para las mujeres. Unos y otras tenían que reportar sus nuevos nombres en oficinas del gobierno. También estaban obligados a usar su nombre común y el nuevo nombre agregado en sus transacciones comerciales.
El 5 de octubre de 1938, el régimen nazi invalidó los pasaportes de todos los judíos alemanes. Para que sus pasaportes volvieran a tener vigencia, los judíos tenían que presentarlos en una oficina de pasaportes para que los sellasen con la letra «J». El decreto especificaba que esto se aplicase a los pasaportes de los judíos alemanes conforme a las Leyes de Núremberg.
A partir de septiembre de 1941, todos los judíos de la Alemania nazi tenían la obligación de llevar en público una estrella amarilla de seis puntas delineada en negro, con la forma de la estrella de David, del tamaño de la palma de la mano. Debía tener inscrita en el centro la palabra Jude («judío» en alemán) y tenía que ser visible en todo momento en que el judío estuviese en público. Tenía que estar cosida en la ropa, en el lado izquierdo del pecho. Esta orden se aplicaba a todos los judíos alemanes (según la definición de las Leyes de Núremberg) que tuviesen más de seis años. Los alemanes de la categoría Mischlinge no tenían que usar la estrella.
Las autoridades alemanas identificaron a los judíos que residían en Alemania a través de los registros habituales que se crean en un Estado moderno. Utilizaron registros censales, declaraciones de impuestos, listas de miembros de las sinagogas, registros parroquiales (para judíos conversos), formularios de registro policiales rutinarios pero obligatorios, el interrogatorio de familiares e información proporcionada por vecinos y autoridades municipales.
Una reflexión final: fascismo histórico y extremas derechas actuales
Un día de verano de hace ahora noventa años, el 15 de septiembre de 1935, el régimen nazi promulgó las leyes de segregación racial que constituirían la base legal del Holocausto. Casi una centuria después, Estados Unidos y algunos países de Europa están impulsando legislaciones que tienen en su punto de mira ya no a los judíos o romaníes, como antaño, sino a los inmigrantes. Los gobiernos que las dictan no pertenecen necesariamente a la extrema derecha, los hay de la derecha conservadora, e incluso de la autodenominada socialdemocracia, como es el caso del laborismo en Reino Unido, pero actúan influidos por partidos extremistas de derechas que compiten electoralmente con ellos. Si el nazismo era extremadamente virulento con los judíos, las nuevas derechas actuales europeas lo son sobre todo con la inmigración de gente de piel oscura y musulmanes. Estos tienen otra cultura, otra religión, otra lengua, y los líderes de las extremas derechas ponen el foco en esa diferencia como si fuera el problema principal que debe afrontar el país. Este discurso identitario, racista y patriotero, «los nativos primero», cala en una población manipulada por los mass media, la prensa, la radio, la televisión y sobre todo las redes sociales. Hitler no tenía tantos medios para hacer llegar su discurso, pero tenía la radio. Se ha repetido hasta la saciedad que sin la radio Hitler nunca hubiera llegado al poder.
Hoy en algunos países, España entre ellos, se empieza a transitar por ese camino político de adopción por parte de la derecha de premisas programáticas de la ultraderecha. Y conviene recordar también que, por ejemplo, lo mismo que ahora el PP gobierna varias comunidades autónomas gracias al apoyo de Vox, y una coalición de ambos partidos varios ayuntamientos, antes de 1933 los nazis ya participaban en los gobiernos de algunos Länder, como Turingia, Brunswick u Oldemburgo.
Lo que resulta también muy preocupante es que hace sólo unos pocos años la derecha radical no era considerada una opción viable por las élites políticas y económicas, mientras que hoy tanto las estadounidenses como las europeas no las miran con desconfianza. Lo cual no significa que estemos frente a un nuevo fascismo con un perfil bien definido, sino ante una constelación muy heterogénea de distintos partidos autoritarios, hipernacionalistas o hiperpatrióticos, en busca de fórmulas de convergencia. Y aunque hoy esa nueva alianza entre el posfascismo y las élites globales es innegable, sigue estando marcada por tensiones y contradicciones. No se puede hablar todavía de un nuevo bloque histórico, en el sentido gramsciano del término. Es más una convergencia basada en intereses comunes que un bloque constituido.
El fascismo clásico establecía una dicotomía radical entre fascismo y democracia: se definía explícitamente como antidemocrático; una postura que no se reducía a un postulado teórico de sus ideólogos, sino que también era reivindicada con orgullo por sus líderes carismáticos. El fascismo hacía ostentación de su desprecio por la democracia, a diferencia de las extremas derechas del siglo XXI, que afirman defender la auténtica democracia mientras proceden a erosionarla y transformarla desde dentro. Y si se limitan a ello mientras se mantienen en la oposición, ¿qué ocurre cuando llegan al gobierno? Pongamos el foco en el segundo gobierno de Donald Trump, que ya ha conmocionado a la clase política a ambos lados del Atlántico. En el extranjero, la atención se ha centrado en el aparente desmantelamiento por parte de la administración del orden internacional de posguerra y el aparente giro geopolítico de Trump, que aleja a Estados Unidos de sus aliados tradicionales para entablar una relación más cálida con Rusia y Vladímir Putin. Pero, dentro del propio país, las acciones del gobierno que muestran una destrucción deliberada de la democracia estadounidense suscitan preocupación y temores en ciertas élites políticas y en gran parte de los ciudadanos. El gobierno, por su parte, responde con medidas represivas ante cualquier conato de oposición.
Muchas de las políticas de Trump —las deportaciones masivas, el despido de funcionarios públicos por parte de Elon Musk y su Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés), la decisión de revocar la ciudadanía por derecho de nacimiento para los hijos de inmigrantes indocumentados— han sido impugnadas en los tribunales. Parece que por ahora la justicia es lo único que puede frenar esta degradación de la democracia.
Si se puede llegar a incidir en las leyes de la manera en que se hizo en 1935 en Alemania, ¿quién nos dice que dentro de un tiempo en Europa, EE. UU. o América Latina no se estarán emitiendo una leyes similares a las de Núremberg pero dirigidas a los inmigrantes de piel oscura o de etnias particulares en lugar de a los judíos? Al fin y al cabo, nadie imaginó que Alemania, la entonces nación más culta de Europa, pudiera engendrar el monstruo del nazismo.
Referencias
Anne Frank House, «Alemania 1933: De la democracia a la dictadura», http://www.annefrank.org/es/ana-frank/en-foco/alemania-1933-de-la-democracia-la-dictadura/
Alejandro San Francisco, «Hitler y las Leyes de Núremberg», 15 de septiembre de 2015, https://www.elimparcial.es/noticia/155801/opinion/hitler-y-las-leyes-de-nuremberg.html
Carlos Joric, »Leyes de Núremberg: la base legal del Holocausto», Historia y Vida, La Vanguardia, 15 de septiembre de 2020, http://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20200915/33271/leyes-nuremberg-base-legal-holocausto.htmlLaboratorio
«Cronología de las fuerzas armadas alemanas y el régimen nazi», Enciclopedia del Holocausto, https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/timeline-of-the-german-military-and-the-nazi-regime
Enciclopedia del Holocausto. «Las leyes raciales de Nuremberg», https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/the-nuremberg-race-laws
Luis Castro, «¿Vivimos un “Momento Weimar“?», Conversación sobre la Historia, 20 de agosto de 2025, https://conversacionsobrehistoria.info/2025/08/20/vivimos-un-momento-weimar/
Mirko Racovsky, «Cómo Hitler desmanteló la democracia alemana en 53 días», Infobae, https://www.infobae.com/america/mundo/2025/01/27/como-hitler-desmantelo-la-democracia-alemana-en-53-dias/
Pensamiento Crítico, «Enzo Traverso: Autoritarismo y democracia en el siglo XXI», 1 de agosto de 2025, https://www.resumenlatinoamericano.org/2025/08/01/pensamiento-critico-enzo-traverso-autoritarismo-y-democracia-en-el-siglo-xxi/
Zadoff, Efraim (ed.), «SHOA», Enciclopedia del Holocausto, Yad Vashem y E.D.Z. Nativ Ediciones, Jerusalén, 2004.
[Soledad Bengoechea es doctora en Historia Contemporánea por la UAB. Miembro del grupo de investigación consolidado Treball, Institucions i Génere, de la UB, y socia de Tot Història, asociación cultural]
https://mientrastanto.org/248/ensayo/noventa-anos-de-las-leyes-de-nuremberg/