Cuatro artículos sobre la situación política en Cataluña

Cuatro aproximaciones a la situación política en .Cat tras los indultos. De Roberto Fernández Díaz,  Carmen Domingo, Joaquim Coll y Juan Francisco Martín Seco.Nacionalismos o cuando la parte se queda con el todo.
Le duele a la razón lógica que, cuando los independentistas hablan de los “catalanes”, todo indica que solo se refieren a ellos mismos, porque hay otros catalanes no nacionalistas que para ellos no existen como tales catalanes.

Roberto Fernández Díaz

Los nacionalismos necesitan dominar el lenguaje. Va en ello su capacidad de triunfo y de expansión. Por eso, para sostener una democracia de calidad alejada de los mismos, resulta tan necesario que se ponga el mayor empeño en utilizar adecuadamente el lenguaje. No crea el lector que estamos ante un tema académico, gramatical o de estilo literario. En el caso de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, lo más habitual por parte de los partidos políticos o de los medios de comunicación del nacionalismo español o del independentismo catalán son expresiones como los “catalanes/españoles dicen o quieren que…”. Y digo yo: ¿no es más exacto y cierto decir que “una parte de los catalanes/españoles quiere o dice que…”. ¿No es esta segunda opción más sana socialmente por estar más ajustada a la verdad empírica?
Se dirá que se trata simplemente de un asunto de economía de lenguaje sin mayor relevancia. Pero no creo que esa sea la verdadera realidad. Es evidente que con una sesgada utilización del habla se busca construir una deseada sinécdoque por la cual se reduce la pluralidad de una sociedad a una identidad colectiva de carácter monocorde promocionada e impuesta por el nacionalismo (catalán o español). Es decir, es una práctica políticamente interesada por la cual una “parte” de los catalanes o los españoles se convierte “mágicamente” en el “todo”.
Desde luego que no resulta una praxis inocente. Lo que en verdad supone la cuestión es la intención de sostener una estrategia para levantar una perspectiva distorsionada de la realidad. Una estrategia realizada mediante una interesada e indebida utilización del lenguaje con un interés claramente manipulador y partidista. En el fondo, lo que se desea conseguir es una confrontación entre pueblos que son presentados uno frente al otro bajo la égida de la homogeneidad y de la unanimidad en cada uno de ellos: todos los catalanes representados por su nacionalismo, frente a todos los españoles representados por el suyo. Los “malos”, —que, por cierto, son siempre los “otros”—, para ser eficazmente “malos” desde el punto de vista moral-político, y de este modo enardecer la defensa de la causa propia, deben serlo todos juntos y no únicamente una parte, no fuese el caso que con esta última pudiere haber un entendimiento.
No afirmo que todos realicen esta nociva práctica con una intención política. Pero quienes lo efectúan de forma mecánica e inconsciente no dejan de ser cómplices de quienes sin duda modelan una utilización espuria de la palabra con carácter proselitista y de bandería. Le duele a la razón sociológica y política escuchar de forma reiterada en políticos y medios de comunicación el genérico “el problema de Cataluña” o “el conflicto catalán” en lugar de referirse con mayor puridad y precisión al “problema del independentismo catalán respecto a la idea de España”. Si me permiten, les diré que siendo y sintiéndome indudablemente catalán, no tengo en cambio ningún sentimiento de tener un problema (¿irresoluble?) con respeto a España del calado y la trascendencia que manifiestan mis compatriotas secesionistas. Lo cual no impide que piense, por supuesto, que pueden ser varias las cuestiones a mejorar entre mis dos amores patrios mediante el diálogo y una actitud pragmática y reformista.
Le duele a la razón lógica que, cuando los catalanes nacionalistas hablan de los “catalanes”, todo indica que solo se refieren a ellos mismos, porque hay otros catalanes no nacionalistas que tal parece que a su criterio no existen como tales catalanes. Es más, los catalanes no soberanistas son tratados por los partidos secesionistas como “españoles”, y por eso siempre piensan que el gobierno español de turno es quien ya los representa de facto y que nada tienen que opinar sobre el futuro de Cataluña como “catalanes”. A menudo el ahorro de lenguaje no tiene nada de inocuo porque es bien sabido que la simplificación conceptual y lingüística es ideal para la propaganda activista, aunque resulta una nefasta compañía para la política rigurosa y responsable.
Aunque esta es una brega en la que pienso seguir porfiando, a día de hoy les confieso que la considero casi imposible de ganar. Cuando manifiesto esta inquietud a tirios y troyanos, nadie me quita la razón teórica, pero tampoco nadie hace nada para convertirla en razón práctica. Lo habitual es decirme que están muy de acuerdo, que parece lógico y razonable lo que digo, para continuar después haciendo exactamente lo mismo. No obstante, aunque mi opinión parezca una causa perdida por ahora, espero que se me perdone que insista en que tiene una trascendencia política, sociológica y psicológica de mayor calibre de la que se le concede habitualmente. Una gran trascendencia causada por su influencia para crear universos sociales y políticos enfrentados que están interesadamente convencidos de hablar y actuar siendo y representando al todo de la ciudadanía. Y en estas condiciones no se trata solo de una confrontación entre nacionalismos, sino de un combate frentista entre pueblos. Es decir, entre toda Cataluña y toda España.

Roberto Fernández es catedrático de Historia Moderna de la Universitat de Lleida.

https://elpais.com/opinion/2021-06-28/nacionalismos-o-cuando-la-parte-se-queda-con-el-todo.html

La estrategia independentista: cuanto mejor, peor
Carmen Domingo

Cuando a finales de los noventa en una entrevista le preguntaron al periodista Manolo Vázquez Montalbán: “¿Contra Franco vivíamos mejor?”, haciendo referencia a su conocida sentencia. Este explicó que en su momento había escrito esa frase con un interrogante porque le pareció que ese era el criterio de cierta izquierda conservadora, pero para él la respuesta estaba clara: no.
Ahora, en la España del 2021, recuerdo esa frase y sonrío. ¡Cuántas veces había escuchado yo esa oración en determinados contextos! Y sonrío por varios motivos. La primera sonrisa está acompañada de una expresión amarga, porque, casi con toda seguridad, solo los nacidos después del setenta conocerán al periodista del que hablo y recordarán la frase en cuestión y es una lástima; la segunda porque el espíritu de la frase, como el de los falsos izquierdosos de entonces, sigue vivo en la Cataluña de este procés inexistente que trata de seguir nutriéndose de la queja para evitar asumir que ha fracasado.
Lo he visto claro cuando hace unos días veíamos una grabación hecha desde la puerta de la cárcel de Lledoners a unos cuantos de los presos del procés. Allí, poco antes de salir a saludar, los líderes procesistes veían de fondo a sus seguidores esperando para hacerles la ola cuando los tuvieran cerca y entonces, todavía desde dentro de la cárcel, escuchábamos cómo entre ellos trataban de ponerse de acuerdo sobre qué cara poner. Jordi Sánchez: “¿Qué, con expresión de alegría o no?”. Jordi Cuixart: “Sí, hombre, sí, Es una victoria”. Junqueras: “No, no, que entonces parece que nos alegramos de que haya muchos represaliados”.
Ganó, como no podía ser de otro modo, esta última propuesta.
Y esa es la triste realidad, en Cataluña, esa nación que se crece en lo negativo y si pasa algo positivo tiene que negarlo u ocultarlo, porque hace mucho que su discurso político solo tiene un componente: el victimismo. Víctimas del centralismo, de la represión, de los jueces…
¿Qué hacer ahora que no hay presos? Inventarse un número indefinido de represaliados que nadie es capaz de demostrar, porque no existen más que en la mente de los dirigentes de Òmnium que llenaron un acto con 2800 sillas… Vacías.
¿Qué hacer ahora que les han dado un indulto que no se les había ocurrido pensar ni en sus mejores sueños? Poner cara de acelga, porque España los ha dejado libres sin merecérselo y disimular su satisfacción, para poder seguir siendo víctimas.
Cualquier cosa menos alegrarse, porque eso impedirá la queja y quizás, entonces, tengan que dedicarse a darles explicaciones a los catalanes sobre sus recortes en sanidad o en educación o el uso del dinero público.
Está claro que Cataluña es una nación que solo se nutre de lo negativo y de rentabilizar el plañido. No sé si el hecho de celebrar una derrota, como fue la caída de Cataluña el 11 de setiembre frente a los borbones tiene algo que ver en el imaginario colectivo, pero lo cierto es que no dan margen a la alegría, porque la realidad es que no están por la labor de rebajar la tensión. Así pues, en cuanto puedan se cargarán la mesa de negociación… para continuar llorando.
¿Cómo si no quejarse de lo que hace el Gobierno de España si se negocia? Tienen que seguir engañando a sus votantes y aplazando, sine die, la construcción de una república no solo que no llegará nunca, sino que ni ellos mismos creen ya en ella (todos tenemos en mente las frases que se sucedieron en los juicios). Pero su añoranza servirá para mantener viva la tragedia, la opresión y… para seguir quejándose.
A mi juicio, lo sé, soy pesimista, los indultos no van a ser solución de nada, porque entre otras cosas evidencian que Pedro Sánchez ha hecho más por los políticos presos que todos los políticos huidos y sus “voceadores”, y no se lo van a perdonar. Pero al menos, esos indultos evidenciarán que un nacionalismo como el catalán siempre será desleal a sus promesas y a sus votantes y que su fin es acabar disuelto.
Sin embargo, mientras se precipita la asunción colectiva de la nada, recordad que Jordi Turull está indultado y los de Aturem el Parlament condenados… Qué cosas… Lo rápido que olvidan los que tanto se quejan de los errores del pasado que tanto el Govern como el Parlament se personaron en contra de esos jóvenes y que esas condenas han sido las que han marcado las bases de lo que han sido luego las sentencias del procés. No soy muy amiga del karma pero…

https://elpais.com/espana/catalunya/2021-06-28/la-estrategia-independentista-cuanto-mejor-peor.html

Indultos sin estrategia

Joaquim Coll

Convertir la concesión de los indultos en una traición a la democracia constitucional, en nada menos que en un “cambio de régimen”, como afirma Pablo Casado, es un disparate tan grande que desliza al PP hacia un terreno muy peligroso desde un punto de vista democrático. Pero también es cierto que defenderlos como un acto que por si solo logrará que el independentismo, o como mínimo una parte de él, apueste por la convivencia, como se vende desde el Gobierno, es no entender que la medida de gracia, sin una estrategia global, tiene poco recorrido. La mayor ventaja para Pedro Sánchez es que a la que pasen unas pocas semanas, la actualidad política volverá a otros temas. Principalmente, el foco se situará de nuevo sobre la cuestión económica y en las desigualdades, en las reformas estructurales comprometidas con Bruselas, como la reforma de las pensiones, que exigirían de unos nuevos Pactos de la Moncloa, que por desgracia no se harán, lo que prueba que desde hace décadas no se hace política con mayúsculas en España, ni frente al secesionismo ni en medio de una pandemia ni ante ninguna otra circunstancia. Y así es muy difícil luchar contra las fuerzas disgregadoras y populistas. O es hacerlo con las manos atadas y a la pata coja.
Pese a todo, la tensión secesionista va a desaparecer de la conversación general, porque el Govern de Pere Aragonès, aunque insistirá dentro de la mesa de diálogo en la amnistía y la autodeterminación, no va a cometer en los próximos dos años ninguna ilegalidad, por las mismas razones que no ha habido ninguna desobediencia grave desde octubre 2017, más allá de la pancarta idiota de Quim Torra que le acarreó su inhabilitación. El independentismo se encuentra sin fuerzas y, por mucho que algunos chillen en la calle, carece de estrategia desde que la magia de la unilateralidad desapareció tras la fake DUI y la huida del Govern Puigdemont. Con ello no creo ser ingenuo porque la labor de zapa contra el Estado va a proseguir, dentro y fuera de España, aprovechando cualquier circunstancia, como anteayer se vio en el Consejo de Europa, y también porque la Generalitat va a seguir burlándose de las sentencias judiciales en cuanto a la neutralidad de las instituciones o sobre el uso del castellano como lengua vehicular en la enseñanza.
Ahora bien, los indultos no van a estropear nada y, en cambio, son un pequeño movimiento en el tablero potencialmente favorable a los intereses del constitucionalismo en Cataluña. Abren una ventana, aunque igual ni entra demasiado aire fresco ni ofrecen otra vista que un nuevo muro. Polemizar sobre el perdón hacia los condenados por el procés carece de sentido al margen de la estrategia general ante un conflicto que no va a resolverse a corto plazo. Y mi mayor duda ahora mismo, es que justamente dicha estrategia no existe, no la tiene definida Pedro Sánchez (en el Liceu no nos explicó nada nuevo), como tampoco la tuvo nunca, ni por asomo, Mariano Rajoy. El Gobierno ha concedido los indultos porque es una carta que tenía fecha de caducidad, ya que una vez los presos estuvieran en tercer grado perdía todo el sentido y porque el Ejecutivo hace así un gesto, en realidad barato, con el que se gana a una parte de la sociedad catalana, convirtiendo al líder socialista en un político valiente, sobre todo frente a la crítica desmedida de la derecha.
Aunque el impacto político y mediático de la medida está siendo muy potente, su duración va a ser efervescente, y pronto se olvidará. La lógica del nacionalismo es insaciable y sus medios de propaganda están presentando los indultos como una derrota del Estado, sobre todo en la esfera internacional, por miedo a un dictamen desfavorable del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, a lo que se añade el varapalo a España este lunes desde Estrasburgo. Así pues, la medida de gracia está muy lejos de ser el principio de la solución porque no hay correspondencia por la otra parte, que se niega a reconocer que la primera dimensión del conflicto es entre catalanes.
La clave para que el constitucionalismo vaya ganado posiciones es construir un argumentario mucho más sólido, que los políticos lo interioricen bien, cosa que no ocurre, empezando por Sánchez y Casado, trabajar para que no haya derrotas por incomparecencia en la esfera internacional, y no ceder nunca en los aspectos fundamentales, porque el secesionismo no tiene ninguna justificación ética y es solo un capricho identitario reaccionario alimentado por un grupo que quiere hacerse con el poder absoluto en Cataluña. Pero con eso solo no basta. Necesitamos que la Administración General del Estado esté más presente en Cataluña y sea fuerte. Más España en Cataluña, para decirlo gráficamente. Y necesitamos que la España constitucional construya una identidad territorial con nombres y apellidos que refleje su unidad en la diversidad, que sepa poner a raya el egoísmo nacionalista, y disponga de un proyecto mínimamente ilusionante para el conjunto de la sociedad española. Y esa construcción solo puede ser federal, cultural y políticamente. Si no avanzamos en esa dirección, con una estrategia compartida, las buenas intenciones de los indultos, solo serán pan para hoy.
https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/indultos-sin-estrategia_498495_102.html

El relato mendaz de los indultos

Juan Francisco Martín Seco

Un viejo proverbio oriental afirma que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. Pero hay veces que el necio no lo es tanto como parece. La pretensión de algunos de que todos miremos al dedo tiene una finalidad muy clara, que nadie repare en la luna. Es lo que ha ocurrido con la manida foto de Colón. Sucedió la vez pasada, cuando el Gobierno procuró por todos los medios que los ciudadanos se fijasen en el dedo, en quiénes eran los que acudían a la manifestación, en lugar de escrutar la luna, es decir, por qué se hacía. No querían que se detuviesen en contemplar cómo Sánchez, con tal de mantenerse en el poder, era capaz de aceptar un relator (un intermediario internacional) en la mesa de negociación entre el Gobierno español y el de la Generalitat como si fuesen representantes de Estados soberanos.
En esta ocasión han querido volver a la foto del Colón, a fijarse en los manifestantes, en si iban o no por separado o si la presidenta de la Comunidad de Madrid decía esto o aquello, cualquier cosa con tal de que el personal reparase lo menos posible en el objeto de la manifestación. En este caso, la luna se identificaba con los indultos, e incluso con lo que subyace a ellos. La gravedad de los indultos radica en que para argumentarlos los revisten en forma de amnistía, como justificación, incluso como rehabilitación de los golpistas. Lo más peligroso es que para intentar explicarlos se asume el discurso de los sediciosos, discurso que no ha cambiado lo más mínimo, por mucho que nos hayan querido vender que en cierto modo la carta de Oriol Junqueras constituía una variación en sus posiciones.
Quien haya leído la misiva se dará cuenta de que no hay tal rectificación. Además, la reiteración queda confirmada y ratificada no solo por la facción de Puigdemont o por la CUP, sino por la propia Esquerra Republicana. El discurso no ha variado ni un ápice. Ocurre, tan solo, que los golpistas han aprendido de los errores pasados y piensan que la situación no está madura para conseguir la independencia por la fuerza. De momento, les conviene más la negociación, pero, si esta fracasa y las circunstancias cambian, no dudarán en repetir la jugada.
Los secesionistas piensan que con seguridad la mesa de negociación no servirá a corto plazo para conseguir la ansiada independencia, pero sí les dotará de más medios para intentarlo de nuevo más adelante. Además, en tanto en cuanto el Gobierno legitime su discurso, su posición en el extranjero mejorará y les será más fácil dar el salto en el futuro. ¿Cómo van a condenarles en el exterior si el gobierno de España les absuelve? ¿Quién va a defender las sentencias ante la justicia europea? ¿La abogacía del estado?
Recordar ahora las palabras de Borrell, cuando era ministro de Pedro Sánchez, y se quejaba de que los gobiernos de Rajoy no habían sabido combatir adecuadamente el discurso de los golpistas en el extranjero, y se comprometía a que los gobiernos de Sánchez se dedicarían con ahínco a esta tarea, no puede por menos que causar hilaridad. Borrell, al margen de cuáles fuesen sus intenciones, tendría que haber inferido que un gobierno que debía el poder a los golpistas sería incapaz de refutar sus prédicas. Después de tres años, se puede comprobar que no solo es que no las haya rebatido, sino que ha terminado asumiendo sus mismos planteamientos.
Los indultos van acompañados de un relato que se fundamenta en buena medida en las falacias que usan los secesionistas. Da por hecho que las condenas obedecen a la venganza y a la represión. Supone que los sentenciados, lejos de ser culpables de delitos muy graves, son presos políticos. Proclama que todos somos culpables en el conflicto. La asimilación de las patrañas es tan profunda que se expresa a menudo de forma inconsciente. Así, Carmen Calvo manifestó que se trata de superar el enfrentamiento entre España y Cataluña, dando por hecho que los soberanistas se identifican con Cataluña y que Cataluña constituye algo ajeno a España.
Ione Belarra, para defender la vuelta de los prófugos, ha retornado a esa falacia tan repetida por los independentistas y aceptada por Sánchez de que no hay que judicializar la política. Habrá que preguntarse qué se pensaría si alguien defendiese que no hay que judicializar la fiscalidad y por lo tanto que a los defraudadores no se les deberían aplicar la ley y las sanciones, sino que la Agencia Tributaria tendría que dedicarse a dialogar y negociar con los infractores. Y ahora que los sindicatos y empresarios están tan identificados con el Gobierno y demandan los indultos de los golpistas, me pregunto cómo se pondrían si a alguien se le ocurriese afirmar que no hay que judicializar la actividad laboral y reclamasen que se eliminara la jurisdicción de trabajo y el derecho laboral para reducir todo al diálogo y a la negociación.
Y, por último, sería interesante ver la reacción de Ione Belarra si a alguien se le ocurriese plantear que hay que desjudicializar las relaciones de pareja y la violencia de género, para reducirlas a un problema doméstico y que, dado que los métodos penales y de represión no funcionan, hay que sustituirlos por la concordia y el diálogo. Nada de aconsejar a las mujeres que denuncien al agresor, sino todo lo contrario, que se sienten a negociar con él.
En el relato de los sanchistas, con el que se pretende adornar los indultos, ocupa un lugar preeminente la atribución que hacen al Gobierno de Rajoy de los dos intentos de referéndum, de la declaración unilateral de independencia y de la aprobación por el Parlament de las leyes de desconexión, claramente golpistas. Se podría pensar que esto es tan solo una argucia de Sánchez para atacar al PP; sin embargo, conlleva un contenido mucho más profundo y peligroso. Lo que se encuentra implícito es una falsificación del golpe y de la sedición. En esta versión los sediciosos no se dirigían contra el Estado, sino contra un gobierno de derechas y fascista. Por eso Sánchez no se siente implicado.
Pero la verdad es que el golpe fue contra el Estado y contra todas sus instituciones, y fueron también sus tres poderes, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, los que reaccionaron y derrotaron a los golpistas. Bien es cierto que Sánchez, arrastrado por el PSC, no se sintió muy implicado en el tema, aceptando el 155 de manera tardía, a regañadientes e introduciendo muchas limitaciones. Si su implantación dejó mucho que desear se debió a Sánchez y a los condicionantes que introdujo en el proceso.
Por otra parte, si en los últimos años los independentistas no han repetido los desafueros de 2017, no ha sido ni mucho menos mérito de Sánchez. Todo lo contrario. Lo que les impide repetir la hazaña es la experiencia de su fracaso y sobre todo el miedo a tener que enfrentarse de nuevo con la justicia. No obstante es ahora, con los indultos, cuando piensan que ganan frente al Estado y que este muestra sus debilidades. Lo único que está haciendo Sánchez desde que ha llegado al gobierno gracias a los golpistas es jugar en campo contrario. Así se produce la extraña paradoja de que mientras el independentismo denigra y mantiene el boicot al jefe del Estado, se encama con el presidente del Gobierno.

https://www.republica.com/contrapunto/2021/06/24/el-relato-mendaz-de-los-indultos/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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