“Eremitas” por Miguel Candel Sanmartín

Periódicamente surge en las sociedades humanas una especie de pulsión aislacionista/escapista que afecta a cierto número de personas en forma de deseo perentorio de marcharse, como Fray Luis de León, «lejos del mundanal ruido y seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido».

El fenómeno en cuestión suele darse en períodos de crisis social profunda en que cunde la sensación de inseguridad, por un lado, y la desconfianza en las instituciones y en la sociedad misma, por otro, de modo que, lejos de ver en ellas el posible remedio a esa situación, se tiende a verlas, por el contrario, como causantes de todos los males.

En la Baja Antigüedad, es decir en los últimos tiempos del Imperio Romano de Occidente, cundió ampliamente dicho fenómeno en forma de «huida al desierto». No precisamente al Sáhara (aunque sí en muchos casos al Sinaí), sino a cualquier región poco o nada habitada donde las posibilidades de tener que aguantar la perturbadora presencia de otros semejantes quedara reducida al mínimo. En aquella época el movimiento eremítico (de éremos, «solitario» en griego) se veía impulsado no sólo por el deseo de escapar de los peligros materiales que comportaba la vida dentro de una sociedad presa de múltiples conflictos y tensiones, sino por aspiraciones de naturaleza espiritual: hallar la tranquilidad del ánimo mediante la contemplación de la naturaleza y el (imaginario) contacto con la divinidad a través de ese diálogo sin interlocutor real llamado «oración».

Por supuesto que a lo largo de una época tan turbulenta como la Alta Edad Media, en que el trasiego de poblaciones dentro de Europa y entre Europa y África o Asia era casi constante, el porcentaje de «fugitivos del mundo» se mantuvo bastante alto con tendencia a crecer: los eremitas individuales o en pequeños grupos, sin dejar de existir, dieron paso a las grandes comunidades «cenobíticas» o de «vida en común» que hoy día llamamos órdenes religiosas. Claro que andando el tiempo dichas comunidades acabaron convirtiéndose en piezas integrantes de la sociedad en su conjunto, de modo que su relativa autonomía no era incompatible, sino perfectamente funcional, con el orden social imperante: el sistema feudal. Sólo la aparición, a partir de los siglos XIV y XV, de los primeros Estados modernos, empezó a restar funcionalidad social, a la par que autonomía, a las comunidades cenobíticas.

Llegados al siglo XX, y saltándonos el período del XIX en que tuvieron cierta vigencia las comunidades igualitarias o cooperativas de seguidores de Cabet, Owen y Fourier, conocidos como «socialistas utópicos», encontramos fenómenos como el movimiento Hippy de los Estados Unidos y otros países ricos de los años 60, cuyo rápido descrédito vino dado por la extracción social acomodada de muchos de sus seguidores, que podían permitirse el lujo de romper formalmente con la sociedad de su época gracias al sostén material proporcionado por sus padres. Como solían decir sus críticos, «¡Así, cualquiera!»

¿Y actualmente? Bueno, ahora la situación es muy peculiar y las comparaciones con los fenómenos históricos aludidos resultan difíciles. Por un lado tenemos el caso de la okupación por motivos ideológicos, muy diferente de la motivada por necesidades reales y de la abiertamente delictiva (aunque esta última a menudo se alimenta de la anterior, proporcionando a personas necesitadas, a cambio de dinero, alojamientos previamente arrebatados a sus dueños). El primer tipo de okupación es el más parecido al fenómeno hippie, aunque no es raro que tenga cierta vocación y proyección social, como poner el local ocupado al servicio del vecindario.

Pero lo realmente novedoso del movimiento «eremítico» actual es la epidemia de aislamiento y escapismo social facilitado, paradójicamente, por las llamadas redes «sociales». Desde los escolares que en el patio de recreo, en lugar de jugar a la pelota o a policías y ladrones, intercambiar cromos o, simplemente, hablar entre ellos, se pasan el rato enviándose fotos o memes de todo tipo a través del teléfono móvil; hasta quienes dedican la mayor parte de su tiempo libre (y una parte de su horario de trabajo) a la navegación internáutica sin levantar el culo del asiento. Quizá estemos yendo a marchas forzadas hacia un salto evolutivo en que aparezcan nuevas especies de humanos «vegetales», como los criados en un huerto por ciertos personajes femeninos de la película de José Luis Cuerda Amanece, que no es poco.

Lo cierto es que pocos momentos en la historia de la humanidad han estado tan preñados de situaciones sociales asfixiantes como el actual, cuando se multiplican desde todas las direcciones los vectores de acoso público y privado: cambios normativos frecuentes y crecientes exigencias burocráticas por parte de la Administración, invasión constante de la intimidad por vía telefónica y telemática en general, publicidad atosigante, persecución a muerte del silencio en el espacio público y en los locales comerciales, mendacidad sistemática en el discurso político, desplazamiento creciente de recursos económicos hacia fines militares en detrimento del Estado del bienestar, campañas de intoxicación permanentes sobre la realidad internacional para predisponer a las poblaciones a la aceptación de políticas belicistas…

Quien en esta situación no sienta unas ganas acuciantes de huir por la escondida senda de Fray Luis de León, aunque sólo sea para encontrar un discreto hueco bajo el puente romano de Salamanca desde donde contemplar sin interferencias el plácido discurrir del río Tormes, es que una de dos: o padece una variante virulenta e incurable de postmodernitis tremens; o se ha hecho a la idea de que esta sociedad no le deja a uno más escapatoria que la muerte y está decidido a morir matando a los responsables.

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Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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