“El ministro, el campo y la inteligencia artificial” por Gustavo Duch

Hay palabras que un aura engalana como promesas de solución. «Digitalización» es una de ellas; uno la escucha y acaba imaginándose ocioso bajo una palmera, mientras un ordenador y su nube trabajan por ti. Y si se le añaden las virtudes de la inteligencia artificial, el efecto es mucho mayor.

Pero si además perteneces a un gremio donde la excesiva burocracia te agota, te agobia, te secuestra y te entierra bajo montañas de gestiones, cuando las oyes una detrás de la otra en boca de gobernantes o gurús tecnológicos —digitalización e inteligencia artificial—, el suspiro de alivio se oye bien lejos.

Por eso, cuando el Ministerio de Agricultura español anunció que la IA sería la solución definitiva al infierno burocrático que padece el sector primario, este respiró aliviado. En una sola pantalla, con una única contraseña y muy pocos clics, prometieron que se podría gestionar todo: los registros de vacunas y los chips identificativos del ganado, las aplicaciones de herbicidas y las hectáreas en barbecho, las justificaciones de las subvenciones dispersas en diferentes departamentos, los permisos para la quema de restos vegetales, las declaraciones fiscales, laborales y sanitarias…

Además, el hecho de que recientemente el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), «para modernizar los servicios agrícolas, reforzar la seguridad del sector agroalimentario y simplificar el acceso de los agricultores a sus servicios», acabara de contratar al gigante tecnológico Palantir, era toda una garantía y la mejor justificación. La experiencia de esta empresa en el ámbito militar también constituía una sólida acreditación. Así que trescientos millones de euros al año, calculó el ministro, no parecían un coste excesivo si el software milagroso ponía fin a las tractoradas y le garantizaba un mandato tranquilo, el necesario para aspirar a su proyección política internacional.

Y funcionó. Los agricultores dejaron de peregrinar por ventanillas físicas y digitales. Los trámites se reducían, las ayudas llegaban y los formularios, por fin, hablaban el lenguaje del campo. Así que nadie se opuso a nuevas mejoras que Palantir iba ofreciendo, básicamente para automatizar la recogida de datos. Aunque supusieron una importante inversión, la gran mayoría aceptó con agrado instalar sensores en pozos, tuberías y tierras, desplegar drones para fotografiar el estado de las cosechas o incorporar nuevos tractores con GPS y conducción automática.

Tampoco se opusieron —al contrario— a permitir a Palantir el acceso a sus correos electrónicos con facturas de compras y ventas, o al seguimiento de los mensajes en los grupos de WhatsApp donde intercambiaban consejos o comentaban problemas con las y los compañeros del sindicato. No se sintió como una imposición, sino como una alianza: si el algoritmo te aconsejaba qué sembrar, cuánto regar y dónde fertilizar, ya no había que mirar al cielo, ni recordar los refranes de los abuelos, ni pedir milagros a un santo en procesión.

Todas las mejoras fueron tan eficaces que el propio ministro, viendo el éxito, decidió que si la inteligencia artificial gestionaba tan bien cada finca, también debería ser Ella quien asumiera las grandes decisiones estratégicas del país, más aún cuando se vislumbraba que la crisis climática y la geopolítica anunciaban una grave crisis alimentaria.

El problema estalló cuando el consejo se convirtió en obligación. Si necesitabas un crédito, el banco ya no quería saber si tu finca era rentable, sino qué pensaba Palantir sobre ella. Al tramitar el seguro, este no analizaba tus particularidades, solo se fijaba en el índice de riesgo de Palantir. El comprador no valoraba la calidad de tus productos, solo exigía la certificación de Palantir. El agricultor quedó sometido a Palantir en la misma medida en que bancos, aseguradoras y el propio Estado, desmantelado, rendían obediencia a la plataforma.

Pero la inteligencia artificial no es neutral ni etérea. Sin expropiar una sola hectárea, sin disparar una bala y manteniendo al dueño nominal de la tierra, la rentabilidad fue absorbida por los propietarios de la plataforma. El campo quedó al servicio del tecnofeudalismo, sacrificando la soberanía en el altar de la comodidad. Nunca se vieron tractores ardiendo ni al campesinado encadenado a árboles. Simplemente, ofrecieron gestionar mejor el futuro y, agradecidos, se pulsó el botón «aceptar».

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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