Del historiador y miembro de Espai Marx, J.L. Martín Ramos
Comentario a https://thetricontinental.org/ “El bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, México y la unidad latinoamericana.” por Georgette Kuri.
Ojo con las mitificaciones, que son mixtificaciones de la realidad, y con los saltos históricos excesivos, pretendiendo continuidad siempre.
El panamericanismo impulsado por Bolívar fue un panhispanoamericanismo, de procesos de independencia criolla, generalmente impulsado por elites urbanas que frecuentemente tuvieron enfrente a masas campesinas que dieron su apoyo a la autoridad colonial – como ocurrió en el mundo andino, en Perú y Bolivia.
Decidida la emancipación criolla (un proceso análogo al de las Trece Colonias) se iniciaba la construcción de la nueva nación, pero eso no significaba solo el ámbito territorial sino también, y sobre todo, el establecimiento de las hegemonías de clase que fueron las que pusieron las fronteras. A partir de ahí el panamericanismo criollo fue una quimera, y no solo él sino también la pretensión de grandes estados como la Gran Colombia, promovida por Bolívar, la Confederación peruboliviana de 1836-1839, el Imperio Mexicano de Agustín Iturbide, Las Provincias Unidas de Centro América… que seguían todos ellos la pauta de la estructura virreinal del siglo XVIII.
Finalmente la construcción de la nación criolla, del estado nación se llevó a cabo a partir de los diversos centros de poder urbano criollo. El único levantamiento independentista popular de importancia fue el liderado en México sucesivamente por Hidalgo y Morelos entre 1809 y 1814; su gran debilidad fue el rechazo de los criollos -salvo excepciones singulares- que, sin embargo, cuando en España se restableció la Constitución de Cádiz en 1820, decidieron entonces separarse de la metrópoli y constituir un estado propio que mantuviera las dominaciones de clase del período colonial.
La Anfictonía se disolvió porque no era un objetivo compartido por los grupos sociales que promovieron las rupturas con España. Luego, antes de que se produjera la revolución mexicana, un conglomerado de revoluciones, el dominio criollo postcolonial fue puesto en cuestión por las revoluciones liberales de la segunda mitad del XIX, empezando por la mexicana liderada por el zapoteco Benito Juárez, no desde su territorio y comunidad indígena, sino desde su condición de indígena urbanizado.
El triunfo de la Reforma, contra el intento además de recolonización de México por parte de Francia (Napoleón III) significó la sustitución del estado aristocrático criollo por un estado que ampliaba su base social a las clases medias urbanas, a los mestizos, y se alejaba de las divisiones raciales de la etapa colonial; los campesinos -indios, mestizos y también blancos- siguieron fuera del estado-nación. En realidad la nueva legislación agraria del estado liberal mexicano, la Ley Lerdo, que impulsó la disolución de los bienes comunales, puso a los campesinos en contra de ese estado y a favor del Imperio de Maximiliano, que la dejó en suspenso y protegió las comunidades indígenas.
Ese proceso mexicano es el que se da también, con las variantes propias en el resto de Hispanoamérica.