Durante los últimos 80 años, 84 para ser más precisos, ha llegado a ser un lugar común el considerar al nazismo como el paradigma del mal y a Hitler como su representación personalizada. Por eso la propaganda política dirigida contra cualquier organización o persona se ha basado con frecuencia en la comparación con aquello.
Naturalmente, de ahí lo de las ocho décadas y pico, esto no fue así desde el nacimiento político del nazismo. La mayoría de las fuerzas políticas conservadoras y sus medios de comunicación tendían, durante los años treinta del siglo pasado, a ver con mucha simpatía a los nazis y a su Führer, pues a quien odiaban y temían era al bolchevismo. El propio Sebastian Haffner (nom de plume de Raimund Pretzel), uno de los primeros alemanes antifascistas y conocido por sus tempranas denuncias del régimen, llegó a escribir que la consideración histórica de Hitler hubiera sido muy diferente de haber muerto en 1938, aunque aclaró que eso no habría variado la opinión que él tuvo desde muy pronto.
Hoy los crímenes nazis se están reproduciendo y, también como hace 90 años, vuelve a haber en Occidente una gran mayoría de fuerzas políticas importantes, acompañadas por sus medios de comunicación, decididos a seguir viendo con simpatía esos crímenes. Demostrando así ser buenos sucesores de sus abuelos políticos y que, tal vez, no era el odio al bolchevismo (hoy inexistente) lo que les movía, sino su supremacismo social, algo que también compartían con los nazis. Y algo que también está muy presente en los crímenes actuales.
Desde luego los crímenes y matanzas masivos han sido corrientes en la Historia, pero no cabe duda de que nunca tuvieron las características de meticulosidad y precisión burocráticas de los cometidos por los nazis. Hasta ahora.
El genocidio que se está perpetrando en Palestina (no desde octubre de 2023, sino desde 1948) reune esas mismas características, acentuadas por los avances de la técnica. Avances que han sido inmediatamente usados para esta causa criminal. El designar como blancos preferentes al personal sanitario, a los periodistas, a los educadores y a los niños (estremece leer el informe presentado el pasado 23 de junio por la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, que da cuenta de los vesánicos asesinatos de miles de niños palestinos), prueba la intención genocida, si es que quedara alguna duda. Y también prueba como se siguen las huellas dejadas en su día por los nazis. Eso sí, con la ayuda de los medios puestos al alcance de los sionistas por los amos de Silicon Valley, Thiel, Karp, Musk y Cia.
Habrá quien ponga en duda esta relación recordando que una de las víctimas principales de los nazis, además de gitanos, sindicalistas y comunistas, fueron los judíos. No obstante la verdad es que durante mucho tiempo los líderes sionistas no consideraron útil para su propaganda (hasbara) el uso de los millones de judíos víctimas del genocidio nazi (el segundo llevado a cabo por los alemanes, tras el practicado en los inicios del siglo XX en la actual Namibia). Más bien pasaban de puntillas sobre él, hasta que hace unos 50 años descubrieron que podían usarlo en su favor. Seguramente la razón de esto estriba en que los dirigentes sionistas siempre fueron conscientes de que los judíos asesinados por los nazis no comulgaban con el sionismo y nunca estuvieron ansiosos por emigrar a Palestina. Es más, los judíos que lucharon en la resistencia antifascista, como los del ghetto de Varsovia, solían ser antisionistas, quizá por esto los pocos sobrevivientes nunca fueron vistos como héroes en la entidad estatal sionista. De hecho, quienes dirigían el movimiento sionista pensaban que el antisemitismo nazi podía ser una baza en su favor, de cara a forzar a más judíos a ir a Palestina. Por eso negociaron con los nazis y algunos fueron más allá, como el futuro primer ministro israelí I. Shamir, antiguo líder del LEHI, o Stern, detenido en diciembre de 1.941 por los británicos por colaborar y espiar para Alemania (la documentación sobre este asunto se guarda en el Memorial del Holocausto, archivo E 234151-8 y ha sido publicado, entre otros, por Hotam del 19-8-83, Yediot Aharonot del 4-2-83 y Haaretz del 31-1-83).
Y es que hubo una época en que el sionismo era un movimiento minoritario entre los judíos. Aunque, por contra, era muy bien recibido entre los poderosos, pues estos veían claramente que era un vástago del más “avanzado” imperialismo colonialista occidental y del más “reaccionario” supremacismo y darwinismo social anglosajón. Por eso, cuando acabada la II GM centenares de miles de judíos sobrevivientes de los campos de exterminio vagabundeaban por Europa, esos mismos poderosos encontraron en sus viejo aliados sionistas la palanca para deshacerse de ellos enviándolos a Palestina. El sionismo fue el velo que encubrió el nacimiento de Israel, pero él era impotente para provocar el parto. Fue la conciencia culpable de Occidente, de aquellos que impidieron que los judíos que huían de Hitler encontraran refugio en sus paises (la llegada de S. Freud a Gran Bretaña y de A. Einstein a USA, ambas figuras de renombre mundial, oculta el rechazo de miles de judíos no tan famosos) lo que enchió las velas del sionismo y le dio licencia para actuar y hoy quienes fueron indiferentes al genocidio judío, asisten tan campantes al palestino.
Los sionistas han dedicado mucho esfuerzo a presentar su historia envuelta entre nubes épicas y románticas. Una historia de gentes atrevidas, ingeniosas y trabajadoras, unidas por un destino y discurriendo de la nada al triunfo. Muchos se lo han creído durante décadas y sólo ahora parecen darse cuenta de la realidad maligna oculta tras esas nubes. Parecen pensar que el horror de hoy es una deriva impensada. Pero la realidad es que todo esto estaba ya en el núcleo del sionismo desde su primer germen. Basta releer a Herzl y Weizmann para advertir su supremacismo racista y sus loas al colonialismo que los asemejan tanto a su contemporáneo Cecil Rhodes. Por no hablar de Jabotinsky, cuyas semejanzas ideológicas con el nazismo eran tales que obligaron a una toma de postura pública, en los orígenes de Israel, por parte de A. Einstein y H. Arendt, entre otros.
En cualquier caso, a fecha de hoy nadie de buena voluntad puede dudar ya de que el sionismo es un gemelo del nazismo y un mal tan absoluto como era aquel. Una prueba más viene a ser la decisión gubernamental alemana, en pleno deslizamiento hacia el fascismo, de declarar ilegal la negativa del «derecho a existir» de Israel.
Por supuesto nosotros no sólo negamos ese presunto derecho (en puridad ningún estado tiene derecho legal a existir, simplemente existen mientras pueden, por este motivo han desaparecido tantos), afirmamos abiertamente que es una obligación moral y humanitaria hacer todo lo posible para que Israel deje de existir. Como lo fue en su día hacer que dejara de existir la Alemania nazi.
Esto puede parecer imposible dada la situación actual. Israel es la mayor fuerza militar de la zona occidental de Asia, cuenta con armas atómicas y todos los estados satélite de su valedor imperial, EE.UU., colaboran de manera más o menos disimulada con sus acciones genocidas. Sin embargo esto, el que su poder radique en la fuerza, es lo que le hace más frágil. Israel está condenado a una guerra sin fin, pues el día en que muestre la más mínima debilidad será aplastado. Y esto lo saben todos los sionistas por fanáticos que sean, por eso el sentimiento más difundido en Israel es el miedo. Sentimiento que, por otro lado, es el mejor combustible para alimentar esa guerra infinita. Israel nació por la fuerza en 1948, vive por la fuerza (recordemos que carece de fronteras autodefinidas) y morirá por la ¿fuerza?
Los últimos hechos bélicos sucedidos: el no haber sido capaces de eliminar a Hezbollah y la subsistencia en pie de Irán, no son buenas noticias para los sionistas. Como es sabido estos cuentan con dos desventajas importantes. Por un lado la demografía, ya que son apenas ocho millones rodeados por gente veinte veces superior en número y que les odia por sus crímenes, sin otro freno para este odio que el sometimiento de sus gobernantes a Washington. Por otro el tiempo, pues la balanza de poder nunca les va a ser más favorable que ahora. Lo que no consigan ya, no será factible que lo logren en el futuro, pues al no haber podido eliminar a sus enemigos estos se harán más fuertes. Además de que los gobiernos de la zona también tomarán nota de ello.
Por supuesto los enemigos bélicos de Israel no son ningún ejemplo de buen y democrático gobierno. Pero son los únicos opositores que le combaten y, hoy por hoy, no parece posible usar más medio que el de la fuerza para detener los crímenes sionistas. Tampoco debemos olvidar que quien destruyó a la Alemania nazi fue la Unión Soviética estalinista, que había asesinado a centenares de miles de comunistas. Así que no sería muy juicioso ponerse exquisito, cuando se trata de detener un genocidio.
También somos conscientes de los riesgos que tiene este recurso a la fuerza contra quien posee armas atómicas y la determinación de usarlas. Conocemos la utilización de mitos como el de Sansón y el uso de lo sucedido en Masada hace 1.953 años, pero no siempre lo previsto es lo que sucede. En realidad en Masada no se suicidó todo el mundo, como descubrieron los legionarios romanos tras ocupar la fortaleza. Por tanto, es posible que si el equilibrio militar empezara a bascular en contra de Israel pasaran cosas que dificultaran la opción Sansón. En principio la mayoría de las personas tratan de protegerse ellas y sus familias. Y la mayoría de los ciudadanos judíos de Israel poseen otro pasaporte. Ya en la actualidad ha habido abandonos y, sin duda, estos aumentarían al cambiar la relación de fuerzas. Y esta relación está también afectada por el hecho de como puede girar, por lento que sea este giro, la política norteamericana, pues son ellos quienes sostienen a Israel. Y una parte fundamental de ese giro es el que se está produciendo en el seno de la colectividad judía, pues por vez primera en 80 años vuelve a existir una parte importante de judíos que no desean ser identificados con el sionismo. Y la mayor colectividad judía, que hay en el mundo, fuera de Israel, es la norteamericana. No hay certezas, pero estas realidades pueden disminuir el riesgo de que la prueba de fuerza acabe con un estallido nuclear cuando cambien las tornas en contra de Israel.
Y cambiarán, pues nadie puede vivir en un estado de paranoia permanente. Y los palestinos no van a desaparecer, ni van a ser asesinados todos, ya que, como se dice en Casablanca, «ni los nazis (léase sionistas) pueden matar tan deprisa». Todo esto permite mantener la esperanza de que el genocidio termine, pero ¿dará ello paso a una Palestina democrática, donde puedan vivir libremente los judíos que lo deseen?
Nuestra respuesta no puede ser tan optimista como la de Ilan Pappé en su último libro, pues se han generado muchos odios y, puesto que la palanca que puede hacer quebrar al sionismo no es otra que la fuerza, no parece que sea fácil el recurso a la clemencia y el perdón. Pero nunca debemos cejar en este empeño, que era el de la original Carta de la OLP.
Otro obstáculo muy grande para llegar a ese final es la realidad político-social de la inmensa mayoría de los judíos de Israel. Todos los datos sociológicos muestran que, por encima de ciertas divisiones internas, ese colectivo está unido en su apoyo a la ocupación colonial de Palestina y se solidariza con los asesinatos y las torturas que sus tropas cometen cotidianamente, tal y como muestran miles de videos y declaraciones publicadas. Además, sirve aquí como ejemplo lo ocurrido en las postrimerías del nazismo, siempre son los más fanáticos y criminales los determinados a ir hasta su amargo final. Son, en efecto, centenares de miles de israelíes quienes se hacen eco de las invocaciones de sus líderes políticos al genocidio contra los «amalecitas». Ignoran así lo que dice otra parte de la Biblia que les es perfectamente aplicable: Génesis, 18, 16-33, ¿se hallarán hoy 10 justos para evitar que Israel siga la suerte de Sodoma? Sí que ha habido algunos testimonios que predican en favor de su existencia, pero junto a ellos hemos visto el rechazo público que sus posiciones obtenían (el caso de una niña judía que expresó su solidaridad con los niños palestinos y que recibió la condena al ostracismo más aboluto por parte de sus compañeros).
Ya hemos dicho que el principal apoyo militar, político y económico de Israel son los EE.UU., así como lo que puede significar cualquier debilitamiento de esta ligazón, por pequeña que sea. Esta ligazón, que es mutua como muestra la tremenda influencia del sionismo en la política interior norteamericana, tiene una razón de lógica política. En una zona tan tumultuosa como el Asia occidental una colonia de ocupación será siempre un aliado seguro para una potencia imperial. Mucho más seguro que los originados por alianzas con gobiernos que pueden ser reemplazados por otro diferente. Por eso es que «si Israel no existiera habría que inventarlo» (Biden dixit). Este el elemento más fuerte, pero es un elemento racional y esto podría alterarse. Hay otra razón que, por su naturaleza irracional, puede ser más firme, pero quedar limitada a personas que no siempre están en posiciones de poder. Se trata del vínculo entre el sionismo y gran parte del cristianismo evangélico norteamericano. Es este un vínculo fraguado por la mitología bíblica y por la coincidencia con la teología calvinista en que se basa ese «cristianismo». La teología calvinista, aparte de determinista, se funda en la predilección de que gozan los triunfadores. Por eso es tan consustancial al capitalismo y tan antihumana como este. Al fundamentarse en el cumplimiento formal y no en la concienciación interna tiene mucha semejanza con la Halajá judía, que ha terminado siendo el camino religioso judío por excelencia, por más que uno de los judíos más importantes de la Historia, el guarnicionero de Tarso, intentara otro (no se debe a su voluntad que aquello tuviera un resultado tan diferente). Y es que lo que podemos leer en 1 Corintios, 13, sobre la Caridad es lo opuesto a esa simbiosis judeo-calvinista que hemos mencionado (también es opuesto a esa confusión entre Caridad y limosna que tanto se repite hoy entre algunos personajes de nuestra «izquierda»).
Los dirigentes sionistas no habrían llegado a donde lo han hecho sin ser conscientes de todas estas circunstancias y siempre se las han arreglado para desviarlas a su favor, al tiempo que han dedicado mucho esfuerzo a taponar los desvíos que les podían contrariar. Por ejemplo poniendo en práctica, mucho antes que los EE.UU., un programa de asesinatos contra todos quienes podían aglutinar y organizar cierta oposición a sus intereses. Pero ya hemos dicho que su fuerza militar ha dejado de ser omnipotente y que el tiempo juega en contra suya. Por eso lo más probable es que aceleren su guerra sin fin y que esto les lleve a más encrucijadas peligrosas para ellos. Es cierto que esto producirá más muerte y destrucción entre quienes están más cerca de ese frente y esperamos que ello les dé más fuerza para resistir y contraatacar. En cuanto a nosotros, aparte de difundir cada vez más la realidad de lo que es el sionismo y la necesidad de hacerle frente por todos los medios, lo que debemos hacer es convertirnos en una retaguardia estratégica para quienes están en la línea de fuego antisionista.
No deseamos finalizar sin referirnos a un efecto nefando que podría surgir del fracaso del proyecto sionista. Hablamos del resurgimiento en las fuerzas políticas derechistas del antisemitismo clásico. El sionismo siempre ha usado en su favor del antisemitismo. Lo hizo postulándose como la solución para vaciar Europa de judíos y lo hace hoy, con la infame definición de la IHRA, para tratar de impedir la equiparación, visible a simple vista, entre sionismo y fascismo. Al tiempo que intenta ocultar su colusión con la extrema derecha de siempre y facilitar a esta una hoja de parra para esconder su tradicional antisemitismo. Esa extrema derecha ha variado sus odios unicamente en función del poder de las partes. Antisemita, es decir odiando a los judíos por el solo hecho de serlo, cuando estos carecían de poder político y militar, transfirió su odio a los palestinos quienes, por cierto, son más autenticamente semitas que los judíos de hoy. Pero no hay duda de que cuando la tortilla se vuelva, regresará a sus querencias de siempre. Somos nosotros quienes no debemos confundir jamás antisemitismo y antisionismo.
Por ello tengamos claros los conceptos y defendamos siempre una Palestina democrática para todos, pero exigiendo que los criminales de tantos años sean juzgados, como lo fueron otros en Nurenberg.
Y a la vez sigamos apoyando con todas nuestras fuerzas para que, parafraseando a Catón, Israel delenda est.