A los 50 años de la muerte de Mao Zedong

Un artículo de Xulio Ríos y entrevista a Mario Hernández. Publicados en rebelión 9/9/205.

Mario Hernández entrevista a Rubén Laufer: «La China actual es la completa negación del período maoísta»

El 9 de setiembre se cumple medio siglo de la muerte, a los 82 años, de Mao Zedong o Mao Tse-tung (nacido el 26 de diciembre de 1893), líder histórico de la revolución china, principal fundador de la República Popular China (1949), presidente del Partido Comunista Chino y presidente del país desde 1949 a 1973.

Su pensamiento y orientación político-ideológica generó la corriente marxista conocida como el «maoísmo», con gran influencia internacional sobre sectores de izquierda y partidos comunistas.

Publicamos una entrevista a Rubén Laufer, docente de grado y posgrado e investigador en la Universidad de Buenos Aires.

M.H.- ¿Qué podemos decir sobre Mao Tse Tung? Y ¿qué se puede decir acerca de la realidad actual de China en relación con las bases que estableció este líder político?

R.L.- Mao Tse-tung fue un revolucionario y una gran personalidad del siglo XX. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista de China en 1921, y condujo al pueblo chino al triunfo de la revolución que llamaba de “nueva democracia” en 1949, después de 25 largos años de guerra popular, de guerras contra la ocupación del imperialismo japonés, y de guerra contra los llamados “nacionalistas” de Chiang Kai-shek respaldados con aviones y armamento norteamericanos, en tiempos en que EE UU, que acababa de triunfar en la Segunda Guerra Mundial, anhelaba reemplazar el dominio japonés por el de Washington.

El triunfo de la Revolución China en 1949 significó la liberación del país más poblado de la tierra. Por entonces China tenía 500 millones de habitantes (equivalente a 10 veces la población actual de la Argentina). Esa enorme masa de población, sobre todo de campesinos, aunque entre las clases trabajadoras había también una minoría de obreros, ya no sería explotada, como lo había sido, por los terratenientes y por las potencias extranjeras. Se crearon las condiciones para que el pueblo chino pudiera iniciar la construcción de la sociedad socialista, porque la revolución eliminó el latifundio, repartió las tierras, y construyó industrias no solamente en las ciudades, sino también en el campo, una cosa inédita en los países llamados del “Tercer Mundo” en ese entonces. La Revolución resolvió problemas históricos como la desocupación y el hambre, y creó, desde cero, un sistema público de educación y de salud.

Todo eso lo hizo en base a una política de independencia y auto sostenimiento, cosa que América Latina no logró aún hoy. Por eso, en síntesis, Mao fue uno de los hombres que más hizo por los explotados y por los oprimidos del mundo.

M.H.- ¿Qué tiene que ver Mao con la China de hoy?

R.L.- En realidad la China de hoy es el negativo de la China de Mao. Mao hizo numerosos aportes, empezando por el triunfo de esa gran revolución de masas. Un segundo gran aporte fue en los 50-60 cuando, a partir de desentrañar las causas profundas de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y encabezando la lucha política contra ese fenómeno -que no solamente existía en el entonces llamado “campo socialista” en general, sino también dentro de la propia China-, Mao develó que el socialismo es un período históricamente largo, ya que al derrocar el capitalismo no se trata de cambiar una forma de explotación por otra, sino de construir una sociedad sin explotación y sin clases.

A partir del estudio de la experiencia soviética, Mao y una parte de los dirigentes del PCCh determinaron que durante todo el período de la construcción socialista sigue habiendo clases sociales y sigue habiendo lucha de clases; que esa lucha era bidireccional y no unidireccional hacia el socialismo ni hacia la sociedad sin clases, como creía la dirigencia soviética. Que durante todo ese período habría lucha entre los dos caminos, el camino del socialismo y el camino del capitalismo y que, según qué medidas y qué políticas se adoptaran, se avanzaría en una dirección -hacia adelante, hacia la profundización del socialismo- o se retrocedería hacia el capitalismo.

Mao señaló que, con la revolución, en China se había logrado transformar la base económica, pero que seguía existiendo -e iban a existir por mucho tiempo- instituciones, relaciones laborales, normas y hasta costumbres burguesas e incluso feudales como eran las de Confucio, tan elogiadas y tomadas como bandera ideológica en la sociedad china actual (de allí la creación de Institutos Confucio en todo el mundo).

Para Mao era necesario cambiar esas ideas, instituciones, normas, etc., para hacerlas concordar con la base económica socialista. Sin embargo, muchos otros dirigentes del Partido y del Estado no querían avanzar en ese camino; especialmente algunos que se habían sumado a la lucha revolucionaria para lograr la independencia y para constituirse en una nueva burguesía aprovechándose del trabajo de las mayorías. Este fue el origen de la famosa “Revolución Cultural” -como se la suele llamar abreviando su nombre completo: la Gran Revolución Cultural Proletaria-, lanzada en 1966.

Fue una revolución inédita, porque se llevó a cabo dentro mismo del proceso revolucionario que había triunfado en 1949. En ella, millones de personas criticaron y lucharon contra la vieja y contra la nueva burguesía atrincherada en la propia dirigencia del Estado y del Partido Comunista de China. Después del triunfo de la Revolución no se trataba sólo de dirigir la construcción económica -lo que ya era bastante difícil y complicado en un país tan pobre y atrasado como China-, sino también había que dirigir sucesivas revoluciones durante el socialismo, necesarias, por un lado, para que los trabajadores fueran cada vez más dueños efectivos de la economía, de la política y de la sociedad y, por el otro, y fundamentalmente, para que no se formara otra minoría explotadora que terminara apropiándose de las conquistas del pueblo y restableciera el capitalismo. Esto último fue lo que finalmente sucedió en 1978, al imponerse la corriente partidaria de Deng Xiaoping.

Derrota del socialismo y restauración capitalista

La Gran Revolución Cultural Proletaria duró 10 años. Mao decía que eso no sería suficiente, que probablemente debería haber otras “revoluciones culturales” en el futuro. Eso terminó luego con el triunfo de la facción seguidora del camino capitalista encabezada por Deng Xiaoping.

Podríamos preguntarnos si eso significó el fracaso de Mao. Creo que no fracasó: en realidad primero triunfó, pero en la práctica durante la mayor parte del proceso revolucionario estuvo en minoría, y finalmente fue derrotado. Esto no es lo mismo que fracasar.

En definitiva, después de 10 años de Revolución Cultural se impusieron los llamados “seguidores del camino capitalista”. Se impuso Deng Xiaoping, que llevó a cabo las reformas que darían curso y forma a la China actual. Un país que evidencia un enorme desarrollo económico, pero que ya no es un desarrollo socialista -es decir con las clases trabajadoras ejerciendo efectivamente el poder-, sino un desarrollo capitalista, es decir, en beneficio de una minoría burguesa de empresarios e intelectuales, y a costa de las mayorías trabajadoras, de su trabajo, y de su situación social.

China cambió de color. El PCCh dejó de ser un partido comunista a fines de los 70, y China dejó de considerarse un país del Tercer Mundo, como siempre se había considerado en el período de Mao. Surgió y se empoderó una nueva burguesía que, como todos saben, creó Zonas Económicas Exclusivas con privilegios para las corporaciones extranjeras y nacionales, y después pasó a expandirse hacia afuera con el llamado “Go out”. El estado chino adhirió activamente a la globalización imperialista, y terminó proponiendo a EE UU mantener las llamadas “nuevas relaciones entre grandes potencias”. China dejó de considerarse un país de Tercer Mundo, y pasó a batallar en el mismo plano con otras potencias imperialistas como EE UU, la UE, Rusia, etc.

El abandono de las políticas y de la línea de Mao por Deng Xiaoping es en buena parte responsable de la realidad del mundo actual, incluida la derechización ideológica que tanto se ve en todo el mundo, en Europa, en EE UU, incluso en América Latina. Y también es parte protagónica de las tan frecuentes y reiteradas crisis de los últimos años en el sistema capitalista-imperialista, que en alguna época histórica fue progresista respecto del feudalismo, pero que después se transformó en parasitario. China pasó a padecer y a exhibir los mismos rasgos que las otras grandes potencias del presente: la sobreproducción, la necesidad de apoderarse de recursos de otros países, a veces por las buenas, otras por las menos buenas, y probablemente en un futuro será por las malas.

En ese sentido la China actual es la completa negación del período maoísta.
Quiero destacar mi agradecimiento por esta entrevista. No es muy frecuente que se hable de estos temas y, con el auge de la China capitalista actual, tanto la figura de Mao como los logros de la enorme revolución triunfante en 1949 son barridos prolijamente bajo la alfombra, no solamente por los gobiernos, la “academia” y la prensa de las grandes potencias de Occidente, sino principalmente por la dirigencia actual de China y por muchos que admiran la China de hoy y olvidan, o no estudian, o esconden, las grandes realizaciones de los años del socialismo entre 1949 y 1978.

https://rebelion.org/la-china-actual-es-la-completa-negacion-del-periodo-maoista/.

Mao, la modernización y el «Viejo tonto»” por Xulio Ríos

El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.

Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.

Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?

El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos.

También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.

Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026)

https://rebelion.org/mao-la-modernizacion-y-el-viejo-tonto/.

 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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