Steve Jermy, Comodoro (capitán de navío) retirado de la Marina británica: «Europa es incapaz de defenderse de los misiles rusos.”

«Occidente se guía por un relato político, mientras que Rusia se guía por una estrategia militar», afirma Steve Jermy, comodoro retirado de la Royal Navy

Jonathan McCormick, marker.sk, 7 de septiembre de 2026

El lunes 25 de agosto, durante una visita a Kiev, el primer ministro británico Andy Burnham anunció que el Reino Unido proporcionaría a Ucrania planos clasificados para fabricar su misil de crucero SCALP (una variante del Storm Shadow), con el propósito explícito de efectuar ataques de largo alcance en lo profundo del territorio ruso. «Rusia no debe albergar ninguna duda sobre nuestra determinación. No retrocederemos hasta que haya una paz justa y duradera», declaró Burnham en un comunicado. En respuesta, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, dijo que el Reino Unido «juega con fuego» y añadió: «Cualquier instalación y material militar británico, tanto dentro como fuera de Ucrania, puede convertirse en un objetivo legítimo en respuesta a los ataques ucranianos en suelo ruso con armas británicas. Quienes sean cómplices de crímenes de guerra, incluidas las acciones dirigidas contra nuestra población civil, recibirán un castigo proporcional a sus actos».

Desde el punto de vista ruso, la referencia de Zajárova a los «crímenes de guerra» no es una hipérbole. En los últimos meses, Ucrania ha intensificado los ataques contra infraestructuras civiles desprotegidas, especialmente en el marco de la «operación de influencia de 40 días» anunciada por el presidente Zelenski a finales de junio. Según «funcionarios ucranianos familiarizados con la planificación», la operación pretendía principalmente «obligar a los rusos a experimentar más directamente las consecuencias de la guerra, con vistas a influir en las elecciones [rusas] de septiembre». Por ello, estos y otros ataques recientes han sido interpretados ampliamente en Rusia —con razón o sin ella— como atentados terroristas contra civiles cometidos con armas suministradas por Occidente y, por tanto, como crímenes de guerra deliberados en los que Occidente está directamente implicado.

El episodio parece haber marcado un giro en la actitud de Rusia ante la guerra, tanto entre la población como en la clase política. El presidente Putin afirmó recientemente que la campaña ucraniana de 40 días había «abierto la caja de Pandora». Los ataques rusos contra infraestructuras ucranianas, sobre todo en Kiev, Odesa y sus alrededores, han aumentado drásticamente y amenazan con hundir una economía que ya se tambaleaba. A medida que crecen las tensiones con Europa, la posibilidad de ataques rusos directos contra objetivos militares y de la industria de defensa europea —en especial los relacionados con el suministro de armas a Ucrania— ya no parece descabellada.

También se endurecen las posturas del lado europeo, sobre todo entre los países del llamado «E3» —Gran Bretaña, Francia y Alemania—, cuya retórica beligerante se ha intensificado. El presidente francés Macron advirtió recientemente que «está claro que los países de la OTAN serán objetivos» de Rusia, y declaró que los europeos están dispuestos a defender las libertades del continente «al precio de la sangre si es necesario». El Gobierno alemán, por su parte, anunció planes para crear un arsenal de misiles de largo alcance valorado en 12.000 millones de euros con el propósito explícito de «disuadir» a Rusia. Por primera vez desde los momentos más tensos de la Guerra Fría, un conflicto directo entre la OTAN y Rusia parece una posibilidad real.

Pero ¿cómo sería realmente esa guerra? ¿Podría Europa defenderse de un ataque ruso con misiles? ¿Intervendrían los usamericanos? ¿Cuáles serían sus efectos económicos a largo plazo? Para comprender mejor lo que una guerra tan desastrosa significaría para Europa —y cómo podría evitarse—, hablé con Steve Jermy, comodoro retirado de la Royal Navy especializado en defensa aérea que ha trabajado en la elaboración de políticas en los niveles más altos del Gobierno británico. Desde su retiro ha trabajado ampliamente en el sector de la energía marina, hasta convertirse en una suerte de experto en energía y en sus vínculos con la guerra y la geopolítica, y ha escrito un libro sobre estrategia militar. Recientemente publicó dos artículos que abordan directamente la posibilidad de una guerra entre la OTAN y Rusia: «The Coming War with Russia», que detalla tanto las consecuencias inmediatas probables de esa guerra para Europa como sus efectos sociales y económicos a largo plazo, y «The Spirit of Westphalia», sobre el cambio de rumbo urgentemente necesario para evitar este escenario potencialmente catastrófico.

¿Qué opina del reciente anuncio de Andy Burnham de que el Reino Unido entregará a Ucrania planos clasificados para fabricar misiles de largo alcance con los que atacar el interior de Rusia? ¿Aumenta esto las probabilidades de una guerra directa entre la OTAN y Rusia?

Creo que inevitablemente aumenta el riesgo de guerra. Decir a los rusos que se están facilitando a Ucrania los planos para atacarlos y esperar que se queden de brazos cruzados es, a mi juicio, una fantasía. Andy Burnham, por supuesto, acaba de asumir como primer ministro, y sospecho que simplemente responde a los informes que le ha transmitido el establishment. Pero este parece no entender, o ignorar, el riesgo al que expone especialmente a Gran Bretaña. Creo que lo mismo ocurre con el E3. Ninguno de esos países parece comprender tales riesgos. En parte, creo que se debe a que Occidente se guía por un relato político, mientras que los rusos se guían por una estrategia militar.

Hablemos de esos riesgos. En julio escribió un artículo que presenta un panorama bastante aterrador de lo que una guerra directa entre la OTAN y Rusia podría significar para Europa y de sus probables consecuencias a largo plazo. A pesar de ello, los dirigentes europeos siguen amenazando a Rusia con una futura guerra. ¿Podría explicarnos ese escenario?

Primero debo dejar claro que se trata de un escenario, no de una predicción. Pero sí, las declaraciones europeas han sido extraordinariamente beligerantes. Si Kaja Kallas llega a pedir la desintegración de Rusia, ¿quién puede reprochar a los rusos que se sientan amenazados? La premisa del artículo es que, en vez de quedarse quietos hasta 2030, cuando Europa afirma que estará preparada para la guerra —aunque dudo que podamos estarlo para entonces—, los rusos deciden responder. No lanzándose de lleno a una guerra, sino haciendo algo que demuestre a Occidente que hablan en serio. Una opción evidente sería emplear misiles hipersónicos o balísticos convencionales contra instalaciones de producción de armamento en Gran Bretaña, Francia y Alemania, los tres países que encabezan la ofensiva. Y, si eso ocurre, lo siguiente es que no podemos defendernos de esos misiles. Como antiguo especialista en defensa aérea —fui capitán de un destructor antiaéreo—, conozco muy bien este ámbito. No podemos defendernos de esas armas.

Si Rusia ha atacado a Gran Bretaña, Francia y Alemania, ¿no se activaría el artículo 5 de la OTAN? ¿No llevaría eso a los usamericanos a intervenir?

Sí, la siguiente premisa del artículo es que se invoca el artículo 5. Pero, si nosotros no podemos defendernos de esas armas —ni tampoco el resto de la OTAN— y vemos cuál es la posición de los usamericanos tras su experiencia en Irán, el artículo 5 de la OTAN resulta bastante irrelevante. En realidad, carece de sentido. Y no creo que todos los miembros de la OTAN quieran implicarse. El artículo 5 no exige responder a Rusia con la fuerza armada: solo obliga a cada país a adoptar las medidas que considere necesarias. Tengo la firme impresión de que los usamericanos no querrán intervenir. Y, desde la perspectiva de los intereses nacionales europeos, tomemos por ejemplo España: ¿por qué querría participar en una guerra entre Rusia, por un lado, y Francia, Alemania y Gran Bretaña, por el otro?

Entonces, si su razonamiento es correcto y no habrá una OTAN unida combatiendo a Rusia, y si Estados Unidos se mantiene al margen —aunque volveremos sobre ello—, ¿qué harán Francia, Alemania y Gran Bretaña?

El siguiente paso es que, tras sufrir esos ataques, la indignación es tal —creo que se dará entre las élites dirigentes más que entre la población, que no tiene una visión completa de lo ocurrido ni entiende cómo se llegó a la guerra— que el E3 decide responder. Y la única manera de hacerlo, porque no dispone de otras fuerzas capaces, es mediante el poder aéreo. Pero este también tiene limitaciones importantes. No contamos con la capacidad de bombardeo estratégico necesaria para hacer a los rusos lo que ellos acaban de hacernos. Habría que recurrir a las fuerzas aéreas. Aunque estas disponen de armas de lanzamiento a distancia, es decir, que pueden dispararse desde cierta distancia del objetivo, tendrían que acercarse bastante a Rusia, e incluso sobrevolar su territorio, para emplearlas.

Se refiere ahora a aviones tripulados, ¿verdad?

Sí, y sospecho que sufrirán numerosas bajas. Si decide enviar, digamos, los F-35 a Rusia, los estará enfrentando probablemente a los sistemas de defensa aérea con mayor experiencia operativa del mundo. Ya vimos lo difícil que fue para los usamericanos hacerlo incluso frente a una potencia intermedia como Irán. No sé cuántos aviones usamericanos operaron realmente sobre Irán, pero sospecho que la mayoría actuó desde sus límites y no en lo profundo de su territorio. Por eso sufriremos pérdidas sobre Rusia. En ese momento, los rusos decidirán que, si los atacamos, responderán. Y tienen medios para hacerlo. No con fuerzas terrestres —no tienen motivos para querer emplearlas—, sino con el tipo de capacidad de bombardeo estratégico que han utilizado en Ucrania, esta vez contra los países del E3.

¿Qué clase de objetivos atacarían en esos países?

Creo que atacarían dos tipos de objetivos: los militares y los energéticos. Es exactamente lo que han hecho en Ucrania. Basta ver lo que ocurre allí. Y, de nuevo, si no pudimos hacer frente a uno o dos misiles de demostración, nuestras posibilidades de sobrevivir a ataques de saturación son escasas. Queda abierta la cuestión de qué decidirán hacer los usamericanos. Pero sigo convencido de que no querrán gastar vidas ni recursos en Europa.

¿Por qué cree eso? ¿No es posible que se produzca tal clamor entre las élites usamericanas —sobre todo por la cobertura mediática, como tantas veces ocurre— que la Administración Trump se vea presionada a intervenir? ¿O al menos a hacer algo simbólico?

Sospecho que sería más matizado. Habrá un «ala» neoconservadora favorable a ello, aunque no todos los neoconservadores pensarán igual. Muchos dirán: no nos interesa involucrarnos; ya hemos intervenido en Irán y sabemos que nuestras reservas de armamento han disminuido considerablemente por esas operaciones. Creo que el Pentágono aconsejará que, si intervenimos, será muy difícil determinar cómo hacerlo. Lo más probable es que perdamos, no que ganemos. Si yo estuviera en el lugar de Trump, quizá asesorado por Vance, me preguntaría: ¿quiero otra derrota inmediatamente después de Irán? ¿Y quiero sufrirla frente a la superpotencia nuclear mejor armada del mundo? Por eso creo que los usamericanos actuarán con extrema cautela. Pero ¿quién sabe? El problema con Trump es que es tan voluble que nadie sabe qué decidirá. Aun así, sospecho que los usamericanos trabajarán con todas sus fuerzas y rápidamente para abrir una vía de salida y poner fin a la guerra. Otra cuestión es si serán capaces de conseguirlo.

¿Cree, pues, que intentarán detener la guerra por la vía diplomática antes de que aumente la presión para que intervengan?

Sí, eso creo. Pienso que todos en Estados Unidos, quizá con la excepción del presidente, saben que Irán ha sido un fracaso. Aunque intenten redoblar las sanciones económicas, sospecho que también fracasarán. Si me pusiera en el lugar de la Casa Blanca, el Pentágono y los círculos de poder de Washington, me preguntaría: ¿quiero participar en otro fracaso? Creo que la respuesta sería no. Y, en ese caso, Europa quedará sola.

Bien, Estados Unidos queda fuera y Europa recibe una paliza. ¿Qué hará entonces?

Lo único que podrá hacer Europa es pedir la paz, sobre todo si Rusia ataca las infraestructuras energéticas. Si lo hace, hay que recordar que ya antes de esa guerra nos encontramos en una situación de extrema vulnerabilidad energética. Primero impusimos sanciones a Rusia y nos privamos del gas y el diésel rusos, que representaban el 40 % de los suministros europeos. Esta situación dura ya algún tiempo y ha causado un evidente efecto bumerán que inevitablemente nos perjudicaría más a nosotros que a Rusia. Y así ha sido. Luego vino lo ocurrido en el estrecho de Ormuz, que retiró del mercado mundial entre cinco y trece millones de barriles diarios de petróleo, cuyos efectos apenas empezamos a sentir. Finalmente, hemos atacado objetivos energéticos en el interior de Rusia. La economía rusa no se ha visto demasiado afectada, pero, como respuesta, Rusia ha retirado su petróleo, su gas y su diésel de los mercados internacionales. Los precios de la energía suben por doquier, con especial impacto en las economías europeas. Si los ataques rusos destruyen las infraestructuras energéticas, todo será mucho peor. Por ello, no veo que Europa tenga otra opción que negociar cuanto antes un acuerdo, en gran medida según las condiciones de Rusia.

Europa pide entonces la paz. ¿Cree que Rusia querrá poner fin rápidamente a la guerra?

Sí. No creo que Rusia quiera seguir subiendo los peldaños de la escalada. Una de las cuestiones abiertas es cómo responderán Gran Bretaña y Francia, dos Estados con armas nucleares. Tucker Carlson me preguntó al respecto, y con razón. Pero mi impresión —y mi esperanza— es que no responderán con armas nucleares, porque eso supondría la destrucción de Francia y Gran Bretaña. Sería un acto suicida. Los arsenales nucleares de ambos países existen para disuadir ataques nucleares contra su propio territorio, no para salvar una guerra convencional perdida. Así pues, las opciones son asumir los daños y pedir la paz, o suicidarse nuclearmente. Creo que asumirán los daños y pedirán la paz.

Supongamos que eso ocurre y termina la guerra entre la OTAN y Rusia. Siguiendo con el escenario, usted dice en su artículo —y debo reconocer que al principio me sorprendió— que el final de la guerra sería apenas el comienzo de los problemas de Europa. ¿Puede explicarlo? ¿Qué podría ocurrirle al continente?

Europa podría llegar a parecerse a la Ucrania de hoy. Si sus infraestructuras han sufrido graves daños cuando ya se encontraba en una situación de aguda precariedad energética y económica, eso podría precipitar, en mi opinión, una crisis económica. Tal vez sea una expresión demasiado fuerte, o quizá no. Incluso ahora los mercados de bonos están al límite. Los precios de los bonos británicos y usamericanos están subiendo. Diría que Gran Bretaña y Francia están al borde de la recesión, y que Alemania ya está en ella, aun sin daños materiales en su infraestructura energética. Existe una correlación muy estrecha entre el uso de energía y el crecimiento del PIB: disponer de energía adicional permite que la economía crezca, mientras que una menor oferta produce el efecto contrario. Aquí hablamos de graves daños a la infraestructura europea y, por consiguiente, de una pérdida considerable de energía para sus economías. Para países que ya rozan la recesión, esto podría ser catastrófico. No empleo esa palabra a la ligera.

¿Puede dar un ejemplo concreto de lo que describe?

Tomemos el combustible esencial del que llevo una década hablando: el diésel. Es absolutamente indispensable para el funcionamiento de una economía moderna, aunque la gente no lo comprenda. Si se pierde la capacidad de hacer circular esa energía por las arterias y la logística de la economía, desaparece también la actividad económica. Quienes escuchan a los comerciantes de materias primas y a los especialistas en energía hablar del estrecho de Ormuz conocen la expresión «destrucción de demanda». Se refieren a restablecer el equilibrio entre oferta y demanda: si desaparecen repentinamente millones de barriles diarios de petróleo de la economía mundial, hay que reducir la demanda de energía. Pero destruir demanda significa destruir actividad económica. Empresas que habrían prosperado —por ejemplo, transportistas— de pronto no pueden operar y quiebran. Eso es destrucción económica. Y golpea especialmente a las economías europeas, grandes importadoras de hidrocarburos: Europa importa unos 12,5 millones de barriles diarios. La energía es la base de una economía moderna; sin ella nada funciona. La gente no lo ve porque está acostumbrada a una energía barata, abundante y de buena calidad, y supone que así seguirá indefinidamente. Pero, si esa situación cambia, se avanza hacia una crisis energética y la destrucción económica. Es lo mismo que ocurre lentamente en Alemania tras el corte del suministro comercial de gas ruso.

Lo que describe hasta ahora en este ejemplo es la situación actual, dada la caída que ya ha sufrido la oferta mundial. ¿Qué ocurrirá cuando Rusia bombardee nuestras infraestructuras?

Si las operaciones militares dañan la infraestructura energética de los países europeos, Europa sufrirá una especie de choque anticipado: esos efectos llegarán mucho antes de lo que habrían llegado de otro modo. Si los puertos y las refinerías sufren graves daños, repararlos llevará meses o años. Construir infraestructuras energéticas requiere muchísimo tiempo. Aquí en Gran Bretaña tenemos centrales nucleares; una de ellas, en la costa de Somerset, habrá tardado unos quince años en construirse cuando por fin esté terminada. Los parques eólicos requieren un plazo parecido. Todos esos daños provocarán necesariamente más destrucción económica.

Habla de grandes industrias que desaparecen, desempleo masivo y años de recuperación. ¿Qué pasará entretanto con la sociedad? ¿Estamos ante una nueva Gran Depresión?

Yo lo interpreto a partir de la correlación directa entre energía y resultados económicos que mencioné antes, matemáticamente cercana a uno a uno. Si el suministro europeo de hidrocarburos cae un 10 %, por ejemplo, esperaría una contracción económica del 10 %. Si cae un 20 %, la contracción rondaría el 20 %. La Gran Depresión de los años treinta supuso una contracción mundial de aproximadamente el 15 %. Por tanto, creo que, como mínimo, hablamos de una recesión grave. Si la infraestructura energética europea sufre daños importantes, podría ser peor. Depende de su magnitud. Si los rusos fueran prudentes y decidieran no atacar nuestras infraestructuras energéticas, la situación sería distinta.

Pero nos pondríamos a su merced, ¿no?

Europa es extremadamente vulnerable. Estados Unidos lo es menos, pero también lo es, porque importa en términos netos unos seis millones y medio de barriles diarios de petróleo crudo. Es exportador neto de productos refinados, pero importador neto de crudo.

Dada esa extrema vulnerabilidad, especialmente la europea, ¿cómo explica la beligerancia que escuchamos estos días entre los dirigentes europeos?

Sospecho que hay dos razones, quizá tres. La primera es la indignación: se han encerrado en un relato político según el cual Rusia es mala, Ucrania es buena, la valiente y pequeña Ucrania lucha contra la malvada Rusia, Putin es como Hitler, etcétera. El problema del relato político es que, con las técnicas modernas de comunicación y su influencia en la prensa occidental, que lo defiende con firmeza, primero se llega a engañar a la población. No necesariamente se le miente, pero se la engaña porque solo recibe una parte de la historia. Después, los propios dirigentes acaban creyéndose el relato. Se llega así a una forma de pensamiento sectario. Esa es la primera razón: la indignación.

La segunda razón, que también forma parte del relato, es que creen que Ucrania está ganando la guerra. No hay prueba alguna de ello. Pero, cuando se pertenece a una secta, se tiende a racionalizarlo todo.

La tercera, sospecho, es que europeos y miembros de la OTAN creen que, si consiguen atraer de nuevo a los usamericanos al conflicto, podrán imponerse. Entonces llevarán a los rusos a la mesa de negociaciones en condiciones más favorables, obtendrán un alto el fuego probablemente a lo largo de las líneas actuales y podrán continuar desde allí. Lo que nadie entiende —porque no comprende la naturaleza de esta guerra— es que Rusia no hará eso. Para Rusia es una cuestión existencial, no una mera negociación. Además, los rusos ya han dicho —como los iraníes— que la actual Casa Blanca es incapaz de alcanzar un acuerdo diplomático vinculante. Creo que la situación es parecida con los europeos. Y, por otra parte, Rusia está ganando la guerra. ¿Por qué iba a aceptar eso?

Sobre su tercera razón, el deseo de atraer de nuevo a los usamericanos al conflicto: ¿por qué creen los europeos que su lenguaje beligerante serviría para lograrlo?

Creo que intentan decirles: miren, nos defendemos solos, gastamos más en defensa, tal como nos pidieron. ¡Sí, podemos hacerlo, estamos preparados! ¡Vuelvan y ayúdennos! Pero, como dije, si yo fuera usamericano, no lo haría. No conviene a Estados Unidos verse arrastrado otra vez a esta guerra.

Bien, una guerra entre la OTAN y Rusia sería probablemente catastrófica para Europa. El segundo artículo que escribió hace poco trata de lo que Europa puede hacer ahora para evitar ese escenario: en esencia, practicar una diplomacia realista. Pero los dirigentes europeos parecen hoy muy poco dispuestos siquiera a considerar la diplomacia. ¿Cree que cambiarán pronto de actitud?

Dependerá de varios factores. Pero tengo la intuición —estratégica, si se quiere— de que el deterioro de la situación económica europea devolverá a los dirigentes a la mesa de negociaciones. Creo que ya hemos visto cómo gran parte del préstamo de 80.000 millones de euros concedido a Ucrania se ha dilapidado en una ofensiva de drones mal concebida que fracasó; creo que se gastaron 30.000 millones en ella. Sabemos también que ese dinero se entregó en forma de préstamo y que tales préstamos no serán devueltos. Ucrania ya pide más fondos en un momento en que los europeos están cada vez más preocupados por sus propias economías. Esto es particularmente evidente en Alemania, pero también sucede en Gran Bretaña y, sospecho, en Francia. En Alemania, la AfD encabeza las encuestas y defiende explícitamente reanudar las relaciones con Rusia. No existe un partido equivalente aquí, en Gran Bretaña, pero creo que se observa una apertura lenta y creciente a algún tipo de diálogo con Rusia. Uno de nuestros mayores problemas es el coste de la energía. Sin embargo, aún no se ha explicado plenamente a la población que los precios son más elevados debido a las políticas gubernamentales. Creo que los británicos tendrían otra actitud si conocieran el panorama completo, incluidos los riesgos a los que se les expone, y no solo la visión restringida que ofrecen el Gobierno y los medios. A mi juicio, lo que acabará impulsando a los europeos a volver será el interés propio, el interés político, a medida que las cosas se compliquen. No me sorprendería que la situación fuera distinta a finales de año, sobre todo si Rusia continúa avanzando de forma importante en el campo de batalla.

Supongamos que los dirigentes europeos llegan a estar dispuestos a negociar seriamente con Rusia. ¿Serán capaces de hacerlo de manera realista? ¿Comprenderán de verdad la situación en que se encuentran?

En lo que respecta a las conversaciones y a la comprensión de la naturaleza de la guerra, el punto fundamental de mis artículos, mi recomendación esencial, es que hay que escuchar a Rusia. Ahora se descarta lo que dicen los rusos porque se sigue pensando que Rusia no tiene motivos para preocuparse por la ampliación de la OTAN a Ucrania. Mi respuesta es siempre la misma: no importa lo que piense un comentarista occidental ni lo que hayan dicho los políticos occidentales. Importa lo que piensan y dicen los rusos. Ya en 2008, cuando Bill Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, envió a Washington su telegrama diplomático «Nyet means Nyet», dejó claro que se trataba de una línea roja fundamental para todos los rusos, no solo para Putin. Muchos creen que todo depende de Putin, pero no es así. Los dirigentes europeos deberían iniciar las conversaciones dispuestos a escuchar y comprender la perspectiva rusa, aunque no la compartan. Eso es lo esencial. El problema es que están atrapados en el momento presente y en un relato que casi nunca aborda los antecedentes de la guerra ni sus causas reales. Sospecho que la economía los ayudará —o los obligará— a encontrar una salida. A mi juicio, ahora mismo el mejor camino es la diplomacia de «segunda vía».

¿Qué significa «segunda vía»?

Es un diálogo no oficial. Sabemos, por ejemplo, que la CIA acaba de hablar con Rusia de manera extraoficial. Sabemos que sir Tim Barrow, junto con antiguos diplomáticos franceses y alemanes, ha conversado informalmente con los rusos o con un interlocutor ruso no oficial. Tim Barrow fue un embajador británico muy competente en Moscú y Kiev. Esas conversaciones supuestamente secretas podrían indicar que existe cierta voluntad de diálogo con Rusia dentro del E3. Creo que así es. En cualquier caso, probablemente así comenzará. Porque los políticos, cuando comprendan que han perdido y quieran avanzar en esa dirección, tendrán que decidir cómo presentar el cambio a la opinión pública. Andy Burnham es quien tiene más posibilidades de hacerlo, porque acaba de llegar al cargo. Sospecho que tampoco está tan comprometido con la guerra, pues tiene un amplio programa interno.

Últimamente ha hablado mucho de que la OTAN ya no cumple su función y de que su ampliación ha debilitado la seguridad europea en vez de fortalecerla. ¿Qué deberían hacer los europeos con la OTAN y qué tipo de sistema de seguridad deberían buscar a largo plazo?

Aconsejaría a los europeos que reflexionaran sobre su relación con Rusia y sobre las consecuencias que la OTAN ha tenido en ella. Cuando la OTAN habla de la necesidad de «disuadir» a Rusia, eso implica en realidad una filosofía de confrontación. Y, como cabía esperar, una relación de confrontación suscita una respuesta igualmente confrontativa. Creo que los rusos, pese a sus numerosos intentos de cooperar, finalmente se han visto en una situación en la que no tienen otra alternativa. Si los europeos tuvieran sentido común, entablarían un diálogo con Rusia y escucharían realmente su postura. Es fundamental pasar de la confrontación a la cooperación. La OTAN no es buena en eso, por lo que hoy cabe cuestionar su utilidad. Los dos pilares fundamentales de la seguridad europea son el apoyo de Estados Unidos y la OTAN. Ambos están ahora en entredicho. Si yo estuviera en el lugar de Europa, no trabajaría para obtener el apoyo usamericano, entre otras cosas porque Europa ocupa el quinto lugar en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos y probablemente seguirá bajando. En cuanto a la OTAN, desde el final de la Guerra Fría acumula un historial constante de fracasos.

¿Cree que la OTAN puede reformarse o Europa debería pensar en una estructura de seguridad totalmente diferente?

Mientras exista la OTAN, la relación con Rusia será incómoda. ¿Por qué mantener una institución fracasada que ha contribuido en gran medida a la guerra actual? Por eso propongo dar el paso hacia la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, la OSCE. La clave está en su nombre: cooperación. Creo que los rusos estarían abiertos a ello. Lo esencial es que Europa y sus dirigentes asuman la responsabilidad de su propia seguridad, en lugar de creer que todo consiste en conservar la presencia usamericana. Yo diría: acepten que los usamericanos se han marchado y que necesitarán una relación sólida y duradera con Rusia. No solo conviene a su seguridad, sino también a su economía. Si los europeos quisieran sinceramente dialogar con Rusia y escucharla, creo que los rusos responderían positivamente. También les convendría económicamente. Por lo que veo, Rusia no desea una guerra prolongada con los europeos. Tener a Europa como mercado para sus productos y poder comprar bienes europeos equilibraría su relación con China y el Lejano Oriente. No sé si ya es demasiado tarde; espero que no. Mi consejo, por tanto, sería cerrar la OTAN, hablar con Rusia y buscar la manera de construir conjuntamente una red de seguridad cooperativa que garantice la paz duradera en Europa, quizá una OSCE ampliada. Los rusos deberían mostrarse abiertos, pues han pedido algo así desde el comienzo de la guerra.

El comodoro retirado de la Royal Navy Steve Jermy mandó buques de guerra en el 5.º Escuadrón de Destructores y en la aviación naval británica. Participó en la guerra de las Malvinas y en operaciones en el Adriático durante las campañas de Bosnia y Kosovo. Se retiró en 2007 tras desempeñarse como director de Estrategia en la embajada británica en Afganistán. Es autor de «Strategy for Action: Using Force Wisely in the 21st Century» (Knightstone, 2011) y actualmente trabaja en el sector de la energía marina.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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