«Abdisa Aaga, el partisano negro” por Bafta Sarbo

Jacobin, 20 de agosto de 2026.
Combatió el fascismo primero en la Etiopía ocupada por Italia, después como partisano en la propia Italia y, finalmente, como parte de las fuerzas aliadas en Alemania: la historia de Abdisa Aaga es a la vez única y ejemplar.

La guerra colonial fascista de Italia contra Etiopía se recuerda hoy, sobre todo desde la izquierda, como una historia de solidaridad negra global: con la campaña «Hands Off Abyssinia», intelectuales negros como C. L. R. James y George Padmore participaron en la movilización negra y anticolonial contra la agresión italiana a Etiopía. En cambio, se habla mucho menos de la resistencia dentro y desde la propia Etiopía.

Mientras tanto, en Etiopía se cultiva sobre todo un relato oficial de la resistencia protagonizada por el Imperio, sus generales y su aristocracia, mientras se guarda silencio sobre la resistencia de los campesinos comunes y de los rangos inferiores del ejército. Sin embargo, este relato queda cuestionado por la historia de Abdisa Aaga, el «Partisano negro». Este fue detenido y encarcelado en Etiopía durante la ocupación fascista italiana, y continuó su resistencia en Europa. Representa así una lucha antifascista y anticolonial que escapa a los relatos oficiales.

La primera derrota de Italia

El ataque de la Italia mussoliniana contra Etiopía se conoce comúnmente como la segunda guerra ítalo-etíope. La primera guerra ítalo-etíope terminó en 1897 con la victoria del Imperio sobre Italia. Este intento de colonización italiana se produjo durante el llamado Reparto de África.

Al comienzo de la guerra, Italia ya había ocupado Eritrea y Somalilandia, pero sobre todo quería anexionarse como protectorado Etiopía, entonces todavía llamada Abisinia. Tras numerosas pérdidas, Italia acabó perdiendo la batalla decisiva de Adua. Esta convirtió a Etiopía en el primer y único Estado africano que venció con éxito a sus colonizadores y, hasta 1957, en el único Estado soberano de África. La fecha de la batalla se considera el momento fundacional del Estado etíope moderno y simboliza su soberanía.

El entonces emperador Menelik II aprovechó esta fundación estatal moderna, sobre todo, para extender el imperio, mediante una colonización de asentamiento, hacia los territorios oromo, así como hacia Somalia y Eritrea, consolidando el papel de Etiopía como potencia hegemónica en el Cuerno de África. Mediante una política de amharización forzosa, las nacionalidades no abisinias de Etiopía fueron sometidas a un proyecto nacional centralista, brutal y sangriento.

El significado de la batalla de Adua para la historia mundial fue, en cambio, anticolonial: la potencia colonial europea que era Italia resultó derrotada, y cientos de italianos fueron hechos prisioneros. Figuras anticoloniales como Nelson Mandela, Marcus Garvey, W. E. B. Du Bois, Kwame Nkrumah y Julius Nyerere señalaron la batalla de Adua como una inspiración y como una victoria importante de los negros sobre los blancos. Incluso Winston Churchill llegó a decir: «La aplastante derrota de Italia frente a los etíopes supuso un duro golpe para el prestigio europeo».

Guerra de exterminio en Etiopía

Bajo el signo del revanchismo colonial, también Benito Mussolini utilizó el recuerdo de Adua con fines de movilización. El 3 de octubre de 1935, Italia invadió Etiopía; la ocupación comenzó oficialmente el 9 de mayo de 1936, cuando fue tomada la capital, Adís Abeba. Ese día, Mussolini proclamó el segundo Imperio romano, y el rey de Italia, Víctor Manuel III, adoptó el título de «emperador de Abisinia». El emperador de Etiopía, Haile Selassie, abandonó entonces el país durante cinco años y se refugió en Inglaterra.

El punto de partida de una guerra contra Italia era, para Etiopía, extremadamente asimétrico. El ejército etíope contaba en total con 250.000 hombres, de los cuales solo unos 20.000 eran tropas imperiales de élite, formadas en Europa y, por ello, capaces militarmente de librar una guerra moderna. El ejército italiano, en cambio, reunía 330.000 hombres, además de 87.000 soldados autóctonos, los llamados ascaris, y 100.000 trabajadores militares. Mussolini movilizó deliberadamente semejantes capacidades militares para impedir una «segunda Adua». Italia ocupó, sí, partes del país, pero nunca la totalidad del territorio etíope: en ningún momento controló más del 30 por ciento del país.

La conducción de la guerra por parte de Italia se caracterizó por una brutalidad extrema contra la población civil. Por ello, este conflicto también ha sido calificado como «la primera guerra de exterminio moderna». Numerosas masacres se dirigieron deliberadamente contra civiles, intelectuales y también contra el clero de la nación cristiana. El uso sistemático de gas tóxico lanzado desde el aire no solo mató a decenas de miles de personas, sino que también destruyó el ganado y contaminó el abastecimiento de agua potable. El objetivo era provocar una hambruna. Estas campañas de exterminio fueron a menudo una respuesta a la resistencia de una población que se negaba a integrarse sin resistencia en el Imperio romano. Dentro de la población, soldados de rangos subalternos y campesinos comunes se organizaron en una resistencia de guerrilla contra la ocupación.

El poder colonial fascista estuvo representado por el virrey Rodolfo Graziani. Tras un intento fallido de atentado contra él, Graziani se vengó con brutales masacres ejecutadas por orden personal suya. Entre ellas estuvo la masacre de Debre Libanos, en mayo de 1937, en la que 2.000 monjes y peregrinos fueron asesinados en una de las ciudades más sagradas de la Iglesia ortodoxa etíope. Pero la masacre más conocida y de mayor magnitud fue la de Adís Abeba, en febrero de 1937: las Camisas Negras, la unidad paramilitar fascista de Mussolini, junto con otros soldados, recorrieron la capital, incendiaron casas y mataron a 30.000 civiles. Tras esta exterminación masiva, Graziani fue apodado «el carnicero de Etiopía».

Abdisa Aaga

Tras el intento de atentado contra Graziani, muchos etíopes fueron detenidos, acusados de haber participado en él. Entre ellos había también un simple soldado llamado Abdisa Aaga.

Este había nacido en la provincia de Wallaga, en Oromía, y se había unido al ejército ya a los catorce años para ayudar económicamente a su madre. Como antes había asistido a una escuela misional, sabía leer y escribir, lo que le permitía descifrar los manuales de instrucciones de las armas. Así, se especializó desde muy joven y ocupó un papel importante dentro de su unidad. Cuando Italia atacó Etiopía, tenía apenas dieciocho años, pero ya contaba con cuatro años de experiencia militar.

Después de conseguir derribar cinco aviones italianos, fue detenido por los italianos, acusado de haber participado en el supuesto atentado contra Graziani. Fue trasladado, junto con otros prisioneros, primero a Mogadiscio, donde miles de prisioneros coloniales eran retenidos y brutalmente torturados. Después fueron trasladados a Italia, a una prisión de alta seguridad.

En prisión, Aaga conoció al capitán partisano yugoslavo Julio, con quien trabó amistad y con quien finalmente logró escapar. Juntos regresaron para liberar a otros prisioneros, con los que formaron una unidad partisana contra los fascistas. También en prisión conoció a una de las prisioneras etíopes, Mennen Abegaz, con quien se casó en Roma tras su fuga.

Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, los aliados dieron con Aaga —también conocido como el capitán Antonio—, así como con Julio y el resto de los partisanos, y los abastecieron de armas y víveres. Mientras Julio asumía el mando de los partisanos yugoslavos, Aaga se convirtió en el líder de una unidad partisana internacional, formada por antiguos prisioneros y combatientes de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Etiopía y otros países. Tras la victoria sobre los fascistas italianos, Aaga entró en Roma y ondeó allí, junto a sus partisanos internacionales, la bandera etíope.

Posteriormente, los británicos lo nombraron comandante de la policía militar británica y lo enviaron a Alemania para combatir a la Wehrmacht. Tras siete meses y diez días en Alemania, cruzó finalmente Berlín en triunfo, de nuevo con la bandera etíope.

Al terminar la guerra, Gran Bretaña quiso incorporarlo a su ejército y le ofreció un alto rango. Él lo rechazó, pues quería regresar a su tierra. Sin embargo, esta negativa enfureció a los aliados: lo acusaron de haber matado a 32 italianos durante su época como partisano. Fue condenado en un primer momento a una pena de prisión, que luego fue conmutada por una multa. En solidaridad con él, muchos etíopes recaudaron dinero para su liberación, lo que permitió a Aaga regresar a su tierra.

De vuelta en Etiopía, fue recibido por Haile Selassie, quien lo envió ante Ras Abebe Aregai, entonces ministro de Defensa, para que lo contratara. Sin embargo, dentro del ejército etíope, Aaga fue hostigado y, durante muchos años, no logró ascender más allá del grado de capitán, para sorpresa incluso de los británicos, que en su día lo habían tenido a sus órdenes. Su historia de lucha antifascista en Europa suscitaba entre las élites, y en particular entre los generales del ejército, más temor que reconocimiento. Así, tras su regreso a su tierra, Aaga desapareció entre la población común.

El reconocimiento que merecía le llegó más tarde desde el extranjero, con motivo de una visita de Estado oficial del antiguo partisano y entonces presidente de Yugoslavia, Josip Broz Tito, en 1955. Tito iba acompañado de un general de alto rango, también antiguo jefe partisano, que había conocido a Aaga en la época en que se ocultaban juntos en las montañas italianas. Este notó la ausencia de Aaga entre la fila de dignatarios etíopes que los recibían, por lo que preguntó por él. Aaga fue buscado, encontrado, y se presentó de uniforme militar, con el grado de teniente. Por recomendación de Tito y su séquito, Haile Selassie ascendió entonces a Aaga a coronel y lo nombró uno de sus guardaespaldas.

La política de la memoria como forma de conservar el poder

La política de la memoria antifascista siempre ha sido un terreno en disputa, y no solo en el contexto alemán. El relato oficial del Estado etíope es el de la resistencia de aristócratas y altos mandos militares, por ejemplo en el marco del movimiento de resistencia de los Leones Negros. Pero el hecho de que los italianos pudieran ser derrotados por las tropas etíopes en apenas cinco años se debió también a que fueron debilitados por la resistencia guerrillera de la población común.

El historiador el Dr. Tamrat Haile lo expresa así: «Lo particular de Abdisa Aaga es que continuó su resistencia en Europa». Aaga representa una resistencia que no se integra fácilmente en el mito nacional dominante de Etiopía. Como oromo, pertenecía a una nacionalidad oprimida de Etiopía —y el hecho de que conservara su nombre, en lugar de amharizarlo, dejaba esto en evidencia—. Además, no era más que un simple teniente, que no representaba a la élite feudal del Imperio.

Mientras que en Etiopía, y en muchos movimientos anticoloniales y panafricanos, la guerra ítalo-etíope ocupa un lugar central en la historiografía, la guerra de exterminio librada contra Etiopía apenas ha sido asumida en Italia. Solo en 2024 hubo un reconocimiento simbólico por parte de Italia, mediante la devolución del avión «Tsehay», robado en 1935, como gesto simbólico de reparación. Un verdadero reconocimiento de los crímenes colonial-fascistas, sin embargo, sigue sin producirse. Mientras que la historia de la resistencia antifascista de los partisanos se mantiene, al menos en cierta medida, viva, la historia del «Partisano negro» ha caído casi en el olvido. Esto se debe también a que la historia de Abdisa Aaga no encaja en ningún relato dominante.

Bafta Sarbo (Fráncfort, 1994) es politóloga/socióloga, editora y escritora alemana, hija de refugiados oromo procedentes de Etiopía, residente en Berlín.

Activismo y ámbitos de trabajo. Es miembro de la junta directiva de la Initiative Schwarze Menschen in Deutschland (ISD Bund), una de las organizaciones de autorrepresentación de personas negras más antiguas de Alemania. Cursaba un máster en ciencias sociales y se dedica principalmente a la teoría social marxista, al antirracismo (crítico) y a la política migratoria, un campo que más tarde amplió a la cuestión de la violencia policial.
Labor editorial y publicaciones. Es redactora de la edición alemana de la revista Jacobin, donde ha escrito en particular sobre la relación entre el colonialismo y el orden económico mundial actual. Desde 2020 es también colaboradora habitual de la revista ak – analyse & kritik, con textos sobre el perfilamiento racial policial y el atentado de Hanau, sobre C. L. R. James y las luchas negras transatlánticas, sobre una crítica al concepto de «clase» de Sahra Wagenknecht, sobre la restitución de los bronces de Benín, y sobre la recepción de Lenin en un volumen colectivo internacional. También ha publicado en el blog económico de izquierda OXI, con textos sobre la reedición de Los jacobinos negros de C. L. R. James y el debate marxista sobre la esclavitud, sobre las condiciones laborales en el reparto a domicilio durante la pandemia, y sobre los vínculos entre el movimiento de inquilinos y el antirracismo.
Su texto más destacado sigue siendo la coedición, junto con Eleonora Roldán Mendívil, del volumen colectivo Die Diversität der Ausbeutung («La diversidad de la explotación»), con contribuciones de Celia Bouali, Sebastian Friedrich, Fabian Georgi, Lea Pilone y Hannah Vögele, y prólogo de Christian Frings (Dietz Verlag, Berlín, 2022), en el que ella misma firma un capítulo sobre racismo y relaciones de producción. Una versión en inglés,
 The Diversity of Exploitation, se publicó en Brill en 2024.
Otras actividades. Participa con regularidad en actividades vinculadas a la Rosa-Luxemburg-Stiftung: una entrevista sobre la nueva traducción alemana del clásico de Walter Rodney How Europe Underdeveloped Africa (2023), una mesa redonda en vídeo, «Überausbeutung», junto con Janina Puder (2024), y su participación en la presentación de un libro de la colección «linksbündig» (2026). Escribió además, para el teatro berlinés Hebbel am Ufer (HAU), un texto introductorio sobre el concepto de «clase» en el marco de la temporada 2023/24.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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