“La cabeza del viejo dragón” por Higinio Polo

Publicado El Viejo Topo, septiembre de 2026

Qinhuangdao es una ciudad del norte de China, cercana a la península de Corea y a unos trescientos kilómetros de Pekín, que pese a ser desconocida en Occidente tiene tanta población como Madrid.

Es relevante porque en su distrito de Shanhaiguan muere (o nace) la Gran Muralla china que se extiende desde el desierto de Gobi hasta las aguas del Mar Amarillo. Ese tramo de la fortificación que defendió la cultura milenaria china se llama la Cabeza del viejo dragón y, como si fuera un lagarto sediento, se adentra más de veinte metros en el mar. No lejos de allí, en las playas de Beidaihe, un distrito de Qinhuangdao, Mao Zedong, Zhou Enlai y Deng Xiaoping pasaban las vacaciones veraniegas, alojados en casas que habían construido los colonizadores occidentales cuando intentaban despedazar China. Muchas de aquellas villas se convirtieron en centros de rehabilitación para soldados como las del parque de la Piedra del Loto, y otras de las que se han conservado fueron utilizadas (con interiores austeros y el mobiliario sencillo que preferían Mao y los dirigentes comunistas), para casas de descanso de los responsables del gobierno. Allí se tomaron importantes decisiones sobre el futuro de China.

Qinghuangdao es hoy un lugar especial, como toda la cuenca del Mar Amarillo, porque está próximo a las dos Coreas y Japón y, al otro lado de la península coreana, está Vladivostok, la ciudad rusa destinada a desempeñar un papel importantísimo en las nuevas rutas comerciales que se abrirán por el océano Ártico. Además, la gigantesca concentración fabril y económica que articulan Pekín y Tianjin exporta buena parte de su producción por esa bahía de Bohai y las aguas del Mar Amarillo que conectan con las rutas marítimas internacionales. El gran puerto de Tianjin está a solo ciento cincuenta kilómetros de Pekín y toda la región está unida por la eficaz red ferroviaria china de alta velocidad: el trayecto de Pekín a Tianjin apenas dura media hora, y los trenes salen con una frecuencia de diez minutos, y lo mismo ocurre en el trayecto entre Tianjin y Qinghuangdao: el tren recorre los casi trescientos kilómetros en cincuenta y cinco minutos. Más allá, en el estrecho de Bohai, de unos cien kilómetros de ancho, está Dalian (una ciudad fundada por los rusos en el siglo XIX en la península Liaodong de la vieja Manchuria) que fue ocupada por los japoneses en la primera mitad del siglo XX y cuenta ahora con unos ocho millones de habitantes. La vieja Port Arthur rusa que contempló la batalla del mar Amarillo entre la flota zarista y la del imperio nipón en 1904 durante la guerra ruso-japonesa es ahora una parte de Dalian, y en ella existe un centro de exportaciones ruso, calles de arquitectura moscovita, numerosos comercios que ofrecen embutidos y salchichas, vodka, caviar, cosméticos y otros productos, algunos con la efigie de Lenin o de Stalin. Un número creciente de turistas del país de Lenin llega a Dalian, donde admiran el dinamismo y el desarrollo de la ciudad. Al otro lado del estrecho se encuentra Yantai, un importante puerto pesquero de siete millones de habitantes en la península de Shandong.

En el extremo sur de esa península de Shandong se encuentra Qingdao, un gigantesco puerto marítimo de diez millones de habitantes. La ciudad soportó la colonización alemana (con las infames «concesiones» impuestas a China por los países occidentales y Japón) antes de la Primera Guerra Mundial y después la ocupación japonesa. Fue, primero, la principal base naval alemana en Oriente; después, el Tratado de Versalles cedió Qingdao a Japón, en vez de devolverla a China, y fue japonesa hasta 1922: Tokio retiró sus tropas no sin antes cobrar una «indemnización» de China. En 1938, Japón volvió a ocupar Qingdao hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, y en 1945, aprovechando la debilidad del gobierno chino de Chiang Kai-shek, Estados Unidos ocupó la ciudad y estableció en ella el cuartel general de su flota del Pacífico y sede de su Séptima Flota hasta 1949 en que la revolución comunista liberó por fin la ciudad. En ella se aprecian hoy los edificios bávaros, el urbanismo europeo y el gusto por la cerveza. Qingdao ocupa el quinto lugar entre los cinco puertos más importantes del mundo, tras Shanghái, Singapur, Ningbo y Shenzhen: es revelador constatar que de los cinco puertos, cuatro son chinos. Qingdao, junto con Dalian y Tianjin, una ciudad de quince millones de habitantes, las tres urbes configuran una de las mayores redes portuarias y de tráfico marítimo del planeta. Tianjin y Qingdao están entre los diez puertos con más movimiento de contenedores del mundo, y Dalian entre los veinte mayores. Entre las tres ciudades mueven más de sesenta millones de contenedores al año: un contenedor convencional o TEU tiene dimensiones fijas en todos los puertos del planeta y una capacidad de unas veinticuatro toneladas.

Los tres motores económicos que están impulsando la extraordinaria transformación de China son el delta del río de las Perlas, el delta del Yangtsé y la bahía de Bohai en el Mar Amarillo. Esas tres grandes concentraciones urbanas producen más del 40% del Producto Interior Bruto chino. El delta del Río de las Perlas, en el sur de China, abarca la provincia de Guangdong e integra grandes ciudades como Cantón, Shenzhen, Dongguan, Foshan y Hong Kong: es la «fábrica del mundo», cuya producción se exporta a todos los rincones del planeta. En la ultramoderna Shenzen tienen su sede gigantes tecnológicos como Tencent, Huawei, BYD (el mayor fabricante de vehículos del mundo) y ZTE (gran empresa de infraestructura de redes y equipos de telecomunicaciones, que ya compite con Cisco, Ericcson y Nokia), y DJI, el principal fabricante mundial de drones, con casi el 70 % del total. Por su parte, el delta del Yangtsé tiene su centro en Shanghái y se extiende por las prósperas provincias de Jiangsu y Zhejiang (ciudades como Hangzhou, Suzhou y Ningbo): es la región con el mayor PIB combinado de China,el corazón financiero del país y un nodo clave para el comercio y la automoción. La Región Jing-Jin-Ji que se vuelca hacia la Bahía de Bohai del Mar Amarillo, llamada así por las abreviaturas en chino de sus tres centros más importantes: Pekín (o Beijing), Tianjin y la provincia limítrofe de Hebei, experimenta un desarrollo impresionante: en Zhongguancun, en el distrito pekinés de Haidian, está el corazón tecnológico de la región; allí tienen su sed Baidu y Lenovo, y el gobierno impulsa con decisión empresas como Zhipu AI, una compañía de inteligencia artificial surgida en la Universidad de Tsinghua hace apenas seis años que ya compite con las grandes tecnológicas occidentales como OpenAI, Anthropic y Google, y que, además, apuesta por un código abierto que permita la colaboración con todo el mundo en su desarrollo. El corredor económico costero se extiende y conecta con los grandes puertos industriales de Dalian, en Liaoning, y Qingdao, en Shandong. Además de ser el centro del poder político, concentra la innovación tecnológica estatal y de las industrias pesadas: Pekín alberga las sedes de las mayores corporaciones estatales y financieras del país. Sin olvidar otro gran centro económico de nuevas tecnologías e industria automotriz alrededor de Chengdú y Chongqing (cuarta gran ciudad que depende directamente del gobierno central chino, junto a Pekín, Shanghái y Tianjin), que concentra cien millones de habitantes y se ha convertido en el gran foco de desarrollo del oeste de China.

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Mientras el modelo de «democracia liberal» está en crisis en todo el planeta, la apuesta china por el socialismo y su incontestable éxito señalan otro camino. Si el modelo occidental descansa en una democracia liberal tutelada que permite la discrepancia y la existencia de partidos antagónicos (aunque siempre vigilados, infiltrados y sujetos a campañas de destrucción) siempre que no peligre el poder económico de la burguesía, y donde la participación de los ciudadanos se reduce a la emisión del voto cada cuatro o cinco años sin que tengan influencia sobre los planes económicos y sobre las decisiones más importantes, el sistema político chino articula una densa participación popular que discute y decide proyectos reales que posteriormente son aplicados por los organismos gubernamentales. Las encuestas y estudios (muchos, realizados por empresas y universidades occidentales) que exploran el grado de conexión de los ciudadanos chinos con el socialismo y con su gobierno revelan un alto porcentaje de satisfacción que llega a alcanzar más del noventa por ciento. Esa evidencia contrasta con la profunda decepción con el capitalismo y su sistema político de la población de las sociedades occidentales, aunque ese descontento no encuentre vías de intervención política: desde hace décadas, la adopción por la izquierda moderada y socialdemócrata del neoliberalismo (con su inevitable secuela de privatizaciones, recorte de derechos sociales, desregulaciones y utilización de un Estado más reducido para financiar y subvencionar a las multinacionaales y empresas privadas), junto a la marginación de los partidos comunistas, y la aparición de fuertes corrientes xenófobas que reaccionan equivocadamente ante la inmigración y el miedo al futuro, ha llevado al bloqueo político, al fortalecimiento de las corrientes fascistas y de extrema derecha y a la creación de nuevas expresiones políticas que apenas son la constatación del desconcierto, el miedo y la confusión, porque Washington y Bruselas, Berlín, Londres y París, solo ofrecen un horizonte de explotación, guerras y expolios.

El socialismo chino, aunque innova y busca nuevos caminos para el desarrollo ofreciendo una nueva mirada sobre el mundo, solo recibe desconfianza, diatribas y mentiras. Hace más de diez años que la retórica occidental habla del inminente estancamiento chino, cuando no de una crisis abierta, de la burbuja inmobiliaria, de la deuda de las regiones, del carácter insostenible del modelo de desarrollo chino… sin reparar en el patrón depredador del capitalismo occidental que ha llevado al mundo a una peligrosa crisis ecológica. Y ante la constatación de que China ha conseguido en pocas décadas una revolución económica sin igual en la historia de la humanidad, Estados Unidos y la Unión Europea han vertido la acusación del «exceso de capacidad» industrial china (overcapacity, dicen los estadounidenses) que hace competir en desventaja a la industria occidental… olvidando el largo siglo en que los países capitalistas dominaron el mundo con sus productos. El objetivo occidental de encerrar a China condenándola a la fabricación de productos baratos ha fracasado, porque el desarrollo industrial chino ha conseguido situarse en el ámbito de altas tecnologías tanto en los productos de consumo como en la industria aeroespacial o en el diseño y distribución de artículos destinados a combatir la crisis ecológica gestada por el capitalismo en el mundo. La transición hacia la energía limpia se ha acelerado: China encabeza ese proceso y sus propuestas ecológicas y de conservación del medio ambiente, con impresionantes logros en distintas regiones del país con la reforestación sistemática y la apertura de grandes plantas solares fotovoltaicas de paneles de silicio (de las que funcionan ya más de trescientas) y plantas termosolares con helióstatos (con veinticinco en funcionamiento y con treinta más en fase de construcción), que convierte al país en la vanguardia mundial para hacer frente al cambio climático y la degradación de la naturaleza.

En 2025, China tuvo 1,2 billones de dólares de superávit comercial: nunca un país había superado el billón de dólares de superávit en un año, y ahora lo hace también con productos de alta tecnología: robótica, baterías de litio, vehículos eléctricos, etc. Por el contrario, Estados Unidos tuvo ese año un déficit comercial de 900.000 millones de dólares: sus exportaciones alcanzaron los 3,4 billones pero sus importaciones llegaron a los 4,3 billones de dólares. Pese a la retórica de Trump con los aranceles, Estados Unidos retrocede, y ese temor envenena la mirada y los sueños de la oligarquía occidental.

China no solo ha acabado con la pobreza: ha conseguido un notable incremento del bienestar económico de la población, junto al aumento de la esperanza de vida, que ya llega a los 80 años. Para ponerlo en contexto, en Estados Unidos, la expectativa media de vida es de 78 años. Pero los retos siguen siendo importantes: los organismos gubernamentales, que trabajan con el objetivo de «no dejar nadie atrás», son conscientes de los problemas de desempleo entre los jóvenes, de la desigualdad de ingresos causada por el crecimiento económico, de la disminución de la tasa de nacimientos (5’63 por mil habitantes), con una leve pérdida de población, que se añade a un mayor porcentaje de personas mayores de 65 años, sector que es ya más del 15 % de la población.

La rapidez de la modernización industrial y el gigantestesco avance en la innovación y la tecnología ha deparado una sorpresa a Occidente que no esperaba: hoy, China concentra la tercera parte de la industria manufacturera de todo el mundo, ha doblado la inversión en ese sector en la última década y tiene el objetivo de dedicar el 3% del PIB a investigación en 2030. En cuanto a la inversión militar, China dedicará en 2026 el 1,3 % del PIB, mientras Estados Unidos llegará casi al 4 %, sin contar con las nuevas exigencias de Trump que lo elevarán al 5% en 2027, con 1’5 billones de dólares, frente a los 290.000 millones de China. En Paridad de Poder Adquisitivo, PPA, para 2026, se estima que el PIB chino alcanzará los 44’3 billones de dólares, mientras que Estados Unidos llegará a los 32,4 billones.

El XV Plan Quinquenal, 2026-2030, que fue aprobado en marzo de 2026, plantea la «modernización socialista» insistiendo en un desarrollo de alta calidad, innovación tecnológica y seguridad estratégica, en campos como la inteligencia artificial, la robótica, la biofarmacia: China es ya una superpotencia tecnológica, y dedica el 2,80% del PIB a Investigación y Desarrollo (I+D), superando el promedio de las economías desarrolladas de la OCDE, pero debe asignar el conjunto de los recursos públicos con mayor eficiencia, favoreciendo más a los trabajadores y campesinos de menores ingresos. La integración de la Inteligencia Artificial en la industria, la investigación científica y en las entidades educativas, corre paralela a la financiación del esfuerzo de investigación e innovación de las grandes empresas estatales y también de otras empresas privadas consideradas útiles para el desarrollo del país. La capacidad industrial y tecnológica sigue aumentando: además de contar con unos trabajadores industriales cada vez más cualificados, China tiene doctores y licenciados en ingeniería en mucho mayor número que cualquier otro país. Y la innovación, junto a una calidad que no tiene nada que envidiar a otros países desarrollados, explica el extraordinario éxito de sus productos en todo el mundo. El gobierno chino y sus agencias ejercen un control sobre la economía del país, gestionan las grandes empresas públicas, controlan los recursos y regulan la actividad económica. A diferencia de la economía de mercado, el Estado dirige la producción y busca acumular capital, y en ello la función dirigente del Partido Comunista de China es central. Aunque se ha intentado definir al Partido Comunista de China como un partido nacionalista, pese a la evidencia de su programa, sus documentos y su reivindicación de las principales figuras del movimiento obrerista, de Marx a Lenin, pasando por Mao, y puede constatarse que el partido sigue inmerso en la gran corriente de las organizaciones que en todo el mundo han situado como objetivo la creación de una sociedad socialista. El Estado chino es propietario de las grandes industrias, recursos, entidades financieras, fuentes de energía, servicios de transporte, etc, y controla el sector privado, que debe actuar siguiendo los planes quinquenales. No existe la propiedad privada de la tierra, y la Constitución estipula que pertenece al pueblo y es administrada bajo dos categorías: la propiedad del Estado y la propiedad colectiva como en los comités de aldeas. Las empresas estatales trabajan con lógica de mercado, aplicando los planes quinquenales y cuentan con una dirección centralizada. Recurrir a la fórmula de «capitalismo de Estado» para definir a China, como hacen algunos autores, no resuelve gran cosa porque esa definición ha servido históricamente para calificar modelos sociales muy diversos e incluso enfrentados, hasta el punto de que la Unión Soviética, con una economía casi totalmente en manos del Estado también recibió esa calificación.

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La Cabeza del viejo dragón sigue sumergida en el Mar Amarillo, observando las reiteradas campañas occidentales que presentan a China como una feroz dictadura aunque choquen con la evidencia del enorme apoyo popular que tiene el sistema político y social chino. Agitar mentiras sobre Xinjiang, Tíbet, Hong Kong sigue siendo el quehacer de Estados Unidos y la Unión Europea a través de sus potentes altavoces, pero China sigue empeñada en el «rejuvenecimiento de la nación», que implica la modernización del socialismo, encabezando el desarrollo científico y tecnológico en el mundo, asegurando la prosperidad para toda la población, culminando la unificación del país con el retorno de Taiwán, y velando por el fortalecimiento de la seguridad de China con un Ejército Popular de Liberación que asegure la independencia y bloquee las amenazas externas tanto de Estados Unidos como de sus aliados. A resaltar, la creciente militarización japonesa y la conversión de Filipinas en una punta de lanza desestabilizadora, así como la decisión de Australia de adquirir submarinos nucleares a Estados Unidos en el marco del pacto de seguridad trilateral AUKUS diseñado por el Pentágono para acosar a China. Pero junto a esas sensatas precauciones, China impulsa en el mundo una política de paz y cooperación entre los pueblos, y no descuida su seguridad: su gobierno no ha olvidado las décadas en que Occidente intentó despedazar a China, introduciendo drogas, imponiéndole tratados y «concesiones», y conoce perfectamente las ansias imperialistas estadounidenses de nuestros días que siguen agitando la mentira del «genocidio de Xinjiang», de la «represión en Tíbet», y del «expansionismo chino», mientras los militares de Washington pisotean la vida en muchos países. Por eso, China refuerza su seguridad: en julio de 2026, la Armada china culminó con éxito el lanzamiento desde un submarino de un misil balístico estratégico (que puede llevar ojiva nuclear) hacia el océano Pacífico.

En 1954, Mao contemplaba en Qinhuangdao una tormenta sobre el mar que le inspiró un poema según la melodía Lang Tao Sha, olas barriendo la arena:

Una tormenta azota la tierra de Youyen,
las olas blancas saltan hacia el cielo.
Frente a Qinhuangdao, las barcas de pesca
no se vislumbran en el océano infinito.
¿Hacia dónde habrán ido?

Hace casi dos mil años,
Wu, emperador de Wei, empuñó su látigo,
su poema «al Este de Jieshi» aún sobrevive
y también «el viento del otoño se lamenta»,
¡pero el mundo ha cambiado!

Qinhuangdao recibe ahora la visita de Xi Jinping, donde la Cabeza del viejo dragón sigue mirando el mar Amarillo viendo que, frente a los juegos de agua del puerto de Dalian, en el extenso paseo marítimo de Qingdao ante los rascacielos iluminados; en las riberas del río Hai, que recorre Tianjin a lo largo de setenta kilómetros y en el mercado nocturno del muelle Sanchakou junto a la noria de 120 metros de altura; en el deslumbrante Bund de Shanghái, y en Qianmen o en la calle Guijie pekinesa, llena de centenares de restaurantes, la animación es siempre extraordinaria: se siente la energía, la vitalidad, el empuje de la nueva China, llena de confianza en sí misma y segura de que el futuro del mundo debe ser compartido.

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Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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