“Muere Andrés Naya: «Todo ha merecido la pena».” por Luis Caldeiro

Fue un lejano día del año 2002 (yo tenía 36 primaveras) cuando crucé por primera vez, de la mano de mi amigo Carles Valls, el umbral de la sede de la Federación de Asociaciones de Vecinos y Vecinas de Barcelona (FAVB). Se trata de unos amplios bajos en la calle Obradors, una de esas intrincadas y estrechas calles cercanas a las Ramblas, al lado mismo del puerto y del monumento a Colón. Allí me recibió la tripleta que hacía posible la publicación de la revista de la entidad, llamada, signficativamente, La Veu del Carrer: los dos co-directores (Andrés Naya y Marc Andreu) y la maquetista, Elia Herranz. Pero sin duda el alma de Carrer era Naya, no en vano había sido su fundador, en 1991.

Andrés era uno de los últimos supervivientes de aquella época heroica, entorno a los años 70, cuando el movimiento vecinal era la punta de lanza por la mejora de las condiciones de vida de los barrios obreros de Barcelona. Es la legendaria generación de la película El 47. Una generación a la que pertenece aún, por ejemplo, Custodia Moreno, habitante de los búnqueres que cortó junto al resto de sus convecinos, a base de apilar bolsas de basura, la Carretera del Carmelo (la que serpentea al lado del Parque Güell hasta el mítico bar Delicias, que aparece en la novela Últimas Tardes con Teresa, de Juan Marsé). Y todo, para reivindicar que al menos instalaran contenedores. En aquel tiempo la ciudad no era una sucursal de Airbnb, un subproducto de diseño que expulsa a sus habitantes menos favorecidos porque el sueldo de un obrero no llega ni para pagar el alquiler. Aún había calles y plazas de tierra sin asfaltar, faltaba alcantarillado, no había contenedores para la basura. No había nada, y sólo quedaba luchar contra una dictadura que empezaba a vivir ya su últimos estertores, pero que no por ello era menos peligrosa. Por eso el movimiento vecinal fue también una de las puntas de lanza por la democratización del país. Algo que suele olvidarse injustamente: porque luchar por un barrio digno, desde la base, desde los trabajadores, era plantarle cara al tirano.

A aquel movimiento vecinal se incorporó toda la hornada de inmigrantes venidos del resto de España, que ocuparon los barrios de urbanismo caótico, sin las mínimas condiciones, que se construyeron a toda prisa para albergarlos. Uno de ellos fue la Prosperidad, la Prospe, en dialecto noubarriense. Andrés Naya llegó allí en 1974 desde su Huesca natal cuando, según comentaba, “no había nada”. Y murió, después de una larga enfermedad, el pasado 6 de octubre. Tenía 80 años. Y en medio, toda una vida de activismo barrial incansable. Una entera vida de lucha que su cuñado, apodado Josete, describe a la perfección con esta frase: “Han sido los 80 años mejor empleados que conozco”.

Andrés Naya era feliz. Su sonrisa era tan enorme como su propio físico. Una felicidad que alimentaba a base de cervezas con los amigos y de las luchas (presentes o futuras) que encaraba. Y también de su esposa Pitusa, su roca, su baluarte, dotada de una firmeza aragonesa difícil de igualar. Socarrón, pillo, con un ojo derecho eternamente entrecerrado (que le daba un aire como de Popeye sin pipa), fue el primero en lucir tirantes de director de periódico, que le enmarcaban la barriga, mucho antes de que los hiciera famosos Pedro J. Ramírez.

Andrés deja muchos deudos, y no sólo familiares y amigos. Él fue mi padre periodístico, como el de tantos otros, formados en esa verdadera escuela que fue La Veu del Carrer. Un periodismo que su director mamó en la dura escuela de la calle, no en las facultades de Comunicación. Porque el periodismo es una vocación, y no un mero programa de estudios.

Pasaron los años y blanquearon los cabellos, pero Andrés, increíblemente, siguió poseído de un frenesí, de un entusiasmo juvenil que contagiaba a sus pupilos, muchos más jóvenes que él. Y lo mantuvo hasta el fin: yo tuve la inmensa fortuna de verle, por esos caprichos del destino, apenas seis días antes de su muerte. Postrado en la silla, los estragos de la enfermedad eran evidentes, pero mantuvo la lucidez hasta el final. Acababa de hacer la presentación de sus últimos libros: “La Prosperidad. Una lucha constante” (editorial Hacer) y “La Prosperidad. A Cops! Inventario vecinal muy personal (1970-2020)” (edicions Clariana). Y mientras conversábamos, aún se le iluminaban los ojos de pura ilusión, como un chiquillo, al rememorar las luchas del pasado.

Amigo de sus amigos, para él la amistad fue lo más importante. Se notaba sobre todo al final de los Consejos de Redacción, donde se debatían y distribuían los artículos que iban a ser publicados. “¡Vámonos a tomar una cerveza!”, proclamaba urbi et orbi, al acabar el trabajo. Y aquello era una orden. De hecho, aún sospecho que los Consejos de Redacción no eran más que el pretexto para aquella celebración de vida, a base de risas y cerveza, en cualquier taberna.

Andrés se nos ha ido.Y tal vez tendrá la fortuna de no vivir el tiempo oscuro que se nos avecina, un largo invierno donde consensos tan básicos como la vivienda o las pensiones son cuestionados o simplemente pisoteados. Pero se va igual que vivió: con alegría y mirando de cara a la muerte. Tanto, que acuñó una frase que figura en sus últimos libros y que le definen: “Todo ha valido la pena”. Andrés, amigo, oraré por ti.

https://www.eltriangle.eu/es/2026/10/08/muere-andres-naya-todo-ha-merecido-la-pena/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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