Del compañero Carlos Valmaseda, de Espai Marx.
1. Nord Stream.
Ayer lo traduje y lo iba a enviar esta tarde -mañana para vosotros-, pero ha tenido una repercusión tan rápida que ya lo han publicado traducido en CTXT. Os lo paso. Creo, no obstante, que hace afirmaciones muy rotundas sin ninguna prueba.
Así eliminó Estados Unidos los gasoductos Nord Stream
La Administración Biden cumplió sus amenazas: un grupo de buzos de la Marina aprovechó unas maniobras de la OTAN en el Báltico para colocar explosivos en los oleoductos y la Armada noruega los hizo detonar tres meses después lanzando una boya sonar.
Seymour Hersh 8/02/2023
El Centro de Buceo y Salvamento de la Marina de EE.UU. se encuentra en un lugar tan desconocido como su nombre: en lo que una vez fue un camino rural de Ciudad de Panamá (Panama City), una ciudad turística en auge en el suroeste de Florida, 112 kilómetros al sur de la frontera con Alabama. El edificio que alberga el centro es tan anodino como su ubicación: una monótona estructura de hormigón posterior a la II Guerra Mundial con el aspecto de un instituto de formación profesional de la zona oeste de Chicago. Al otro lado de lo que ahora es una carretera de cuatro carriles hay una lavandería automática y una escuela de danza.
El centro lleva décadas formando a buceadores de aguas profundas altamente cualificados que, asignados a unidades militares estadounidenses por todo el mundo, son capaces de realizar inmersiones técnicas para hacer tanto lo bueno –utilizar explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros y artefactos sin detonar– como lo malo, es decir volar plataformas petrolíferas extranjeras, ensuciar válvulas de admisión de centrales eléctricas submarinas o destruir esclusas en canales de navegación cruciales. El centro de Ciudad de Panamá, que cuenta con la segunda piscina cubierta más grande del país, era el lugar perfecto para reclutar a los mejores, y más taciturnos, graduados de la escuela de buceo que el verano pasado cumplieron con éxito la misión que se les había autorizado a realizar a 260 pies (79,2 metros) bajo la superficie del mar Báltico.
El pasado mes de junio, los buzos de la Armada, que operaban al amparo de un ejercicio de la OTAN ampliamente publicitado y conocido como BALTOPS 22, colocaron los explosivos que, al ser activados por control remoto tres meses después, destruyeron tres de los cuatro gasoductos Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la planificación de la operación.
Dos de los gasoductos, conocidos colectivamente como Nord Stream 1, llevaban más de una década suministrando gas natural ruso a Alemania y gran parte de Europa Occidental. El segundo par de gasoductos, denominados Nord Stream 2, se habían construido pero aún no estaban operativos. A medida que las tropas rusas se concentraban en la frontera ucraniana y se avecinaba la guerra más sangrienta en Europa desde 1945, el presidente Joseph Biden consideró que los gasoductos eran un vehículo para que Vladimir Putin utilizara el gas natural como arma para sus ambiciones políticas y territoriales.
Cuando se le pidió un comentario sobre esta historia, Adrienne Watson, portavoz de la Casa Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es falso y una completa ficción”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), escribió de forma similar: “Esta afirmación es total y absolutamente falsa”.
La decisión de Biden de sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de debate altamente secreto de ida y vuelta dentro de la comunidad de Seguridad Nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, la cuestión no era si había que llevar a cabo la misión, sino cómo hacerlo sin dejar ninguna pista abierta sobre quién era el responsable.
Había una razón burocrática vital para confiar en los graduados de la escuela de submarinismo del centro de Ciudad de Panamá. Los buzos eran sólo de la Marina, y no miembros del Mando de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben ser comunicadas al Congreso e informadas con antelación a los líderes del Senado y la Cámara de Representantes, la llamada Banda de los Ocho. La Administración Biden hizo todo lo posible para evitar filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a finales de 2021 y en los primeros meses de 2022.
El presidente Biden y su equipo de política exterior –el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado para Política Exterior– habían manifestado de forma clara y coherente su hostilidad hacia los dos gasoductos, que discurrían en paralelo a lo largo de 750 millas bajo el mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia, cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de Bornholm antes de desembocar en el norte de Alemania.
Esa ruta directa, que evitaba tener que pasar por Ucrania, había sido una bendición para la economía alemana, que disfrutaba de abundante gas natural ruso barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender el gas sobrante, con beneficios, por toda Europa Occidental. Las acciones que pudieran atribuirse a la administración estadounidense violarían las promesas de Estados Unidos de minimizar el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.
Desde el principio, Washington y sus socios antirrusos de la OTAN consideraron que el Nord Stream 1 era una amenaza para el dominio de Occidente. El holding que lo sustenta, Nord Stream AG [cuyo presidente es el excanciller alemán Gerhard Schroeder, amigo personal de Putin], se constituyó en Suiza en 2005 en asociación con Gazprom, una empresa rusa que cotiza en bolsa y que produce enormes beneficios a sus accionistas, dominada por oligarcas conocidos por ser esclavos de Putin.
Gazprom controlaba el 51% de la empresa, mientras que cuatro empresas energéticas europeas –una en Francia, otra en los Países Bajos y dos en Alemania– compartían el 49% restante de las acciones y tenían derecho a controlar las ventas posteriores del gas natural barato a distribuidores locales en Alemania y Europa Occidental. Los beneficios de Gazprom se repartieron con el gobierno ruso, y se calcula que los ingresos estatales por gas y petróleo ascendieron en algunos años hasta el 45% del presupuesto anual de Rusia.
Los temores políticos de Estados Unidos eran fundados: Putin dispondría ahora de una importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y el resto de Europa Occidental se volverían adictos al gas natural de bajo coste suministrado por Rusia, disminuyendo al mismo tiempo la dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente lo que ocurrió. Muchos alemanes vieron el Nord Stream 1 como parte del cumplimiento de la famosa teoría de la Ostpolitik del excanciller Willy Brandt, que permitiría a la Alemania de posguerra rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en la Segunda Guerra Mundial mediante, entre otras iniciativas, la utilización del gas ruso barato para alimentar un mercado y una economía comercial prósperos en Europa Occidental.
Nord Stream 1 ya era suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero Nord Stream 2, cuya construcción finalizó en septiembre de 2021, duplicaría, si lo aprobaban los reguladores alemanes, la cantidad de gas barato a disposición de Alemania y Europa Occidental. El segundo gasoducto también proporcionaría gas suficiente para cubrir más del 50% del consumo anual de Alemania. Las tensiones entre Rusia y la OTAN no cesaban de aumentar, respaldadas por la agresiva política exterior de la Administración Biden.
La oposición al Nord Stream 2 estalló en vísperas de la toma de posesión de Biden, en enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por Ted Cruz, de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de Antony Blinken como secretario de Estado. Para entonces, un Senado unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a Blinken, “detuvo [el gasoducto] en seco”. El Gobierno alemán, presidido entonces por Angela Merkel, ejercería una enorme presión política y económica para poner en marcha el segundo oleoducto.
Nord Stream 2 duplicaría la cantidad de gas barato a disposición de Alemania y Europa Occidental
¿Se enfrentaría Biden a los alemanes? Blinken dijo que sí, pero añadió que no había hablado de los puntos de vista concretos del presidente entrante. “Conozco su firme convicción de que el Nord Stream 2 es una mala idea”, dijo. “Sé que nos haría utilizar todas las herramientas persuasivas que tenemos para convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no sigan adelante con él”.
Unos meses después, cuando la construcción del segundo gasoducto estaba a punto de concluir, Biden se acobardó. En mayo, en un giro sorprendente, la Administración renunció a imponer sanciones a Nord Stream AG, y un funcionario del Departamento de Estado admitió que intentar detener el gasoducto mediante sanciones y diplomacia “siempre había sido una posibilidad remota”. Entre bastidores, funcionarios de la Administración habrían instado al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, que por entonces se enfrentaba a la amenaza de una invasión rusa, a que no criticara la medida.
Las consecuencias fueron inmediatas. Los republicanos del Senado, liderados por Cruz, anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de Biden en política exterior y retrasaron la aprobación de la ley anual de defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde, Politico describió el cambio de rumbo de Biden sobre el segundo oleoducto ruso como “la única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.
La Administración se tambaleaba, a pesar de obtener un respiro en la crisis a mediados de noviembre, cuando los reguladores energéticos alemanes suspendieron la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del gas natural se dispararon un 8% en pocos días, en medio del temor creciente en Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la posibilidad cada vez mayor de una guerra entre Rusia y Ucrania provocaran un invierno frío muy poco deseado. Washington no tenía clara la postura del recién nombrado canciller alemán, Olaf Scholz. Meses antes, tras la caída de Afganistán, Scholz había apoyado públicamente el llamamiento del presidente francés Emmanuel Macron a una política exterior europea más autónoma, en un discurso en Praga, sugiriendo claramente una menor dependencia de Washington y sus cambios de rumbo.
Durante todo ese tiempo, las tropas rusas se habían ido posicionando de forma constante y ominosa en las fronteras de Ucrania, y a finales de diciembre más de 100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y Crimea. La alarma crecía en Washington; Blinken calculó que ese despliegue de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.
La atención de la Administración volvió a centrarse en Nord Stream. Mientras Europa siguiera dependiendo de los gasoductos para obtener gas natural barato, Washington temía que países como Alemania se mostraran reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba para derrotar a Rusia.
Fue en este momento de inquietud cuando Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir un grupo interagencias para idear un plan.
Todas las opciones debían estar sobre la mesa. Pero sólo una prevalecería.
Planificación
En diciembre de 2021, dos meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania, Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién formado –hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los Departamentos de Estado y del Tesoro– y pidió recomendaciones sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.
Sería la primera de una serie de reuniones ultrasecretas, en una sala segura de la última planta del Old Executive Office Building, adyacente a la Casa Blanca, que era también la sede del President’s Foreign Intelligence Advisory Board (PFIAB). Hubo la habitual charla de idas y venidas que acabó desembocando en una pregunta preliminar crucial: ¿la recomendación que debía remitir el grupo al presidente sería reversible –como otra ronda de sanciones y restricciones monetarias– o irreversible –es decir, acciones cinéticas [eufemismo que implica una guerra activa], que no podrían deshacerse?
Lo que quedó claro para los participantes, según la fuente con conocimiento directo del proceso, es que Sullivan pretendía que el grupo presentara un plan para la destrucción de los dos gasoductos Nord Stream, y que estaba cumpliendo los deseos del presidente.
Durante las siguientes reuniones, los participantes debatieron las opciones de ataque. La Marina propuso utilizar un submarino recién estrenado para atacar directamente el oleoducto. La Fuerza Aérea discutió la posibilidad de lanzar bombas con espoletas retardadas que pudieran detonarse a distancia. La CIA argumentó que, se hiciera lo que se hiciera, tendría que ser encubierto. Todos los implicados comprendieron lo que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente. Si se podía rastrear el ataque hasta Estados Unidos, “era un acto de guerra”.
En aquel momento, la CIA estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de modales suaves que había sido subsecretario de Estado en la Administración Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia entre cuyos miembros ad hoc figuraba –por casualidad– alguien que conocía las capacidades de los buzos de aguas profundas de la Marina en Ciudad de Panamá. Durante las semanas siguientes, los miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan para una operación encubierta que utilizaría buzos de profundidad para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.
El precedente de 1971
Ya se había hecho antes algo parecido. En 1971, la inteligencia estadounidense se enteró por fuentes aún no reveladas de que dos importantes unidades de la Armada rusa se comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente ruso. El cable enlazaba un mando regional de la Marina con el cuartel general en Vladivostok.
Un equipo cuidadosamente seleccionado de agentes de la Agencia Central de Inteligencia y de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) se reunió en algún lugar de la zona de Washington, en la clandestinidad, y elaboró un plan, utilizando buzos de la Marina, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la localización del cable ruso. Los buzos colocaron en el cable un sofisticado dispositivo de escucha que interceptó con éxito el tráfico ruso y lo registró con un sistema de grabación.
La NSA se enteró de que altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su enlace de comunicaciones, charlaban con sus compañeros sin cifrar. El dispositivo de grabación y su cinta tenían que ser sustituidos mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la NSA, de 44 años, llamado Ronald Pelton, que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue delatado por un desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos sólo le pagaron 5.000 dólares por sus revelaciones sobre la operación, además de 35.000 dólares por otros datos operativos rusos que proporcionó y que nunca se hicieron públicos.
Aquel éxito submarino, cuyo nombre en clave era Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y ofreció a Estados Unidos valiosísimos datos de inteligencia sobre las intenciones y la planificación de la Armada rusa.
Aun así, el grupo interagencias se mostró inicialmente escéptico ante el entusiasmo de la CIA por un ataque encubierto en alta mar. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Las aguas del Mar Báltico estaban fuertemente patrulladas por la marina rusa, y no había plataformas petrolíferas que pudieran servir de cobertura para una operación de buceo. ¿Tendrían que ir los submarinistas a Estonia, justo al otro lado de la frontera de los muelles rusos de carga de gas natural, para entrenarse para la misión? “Eso sería una cagada”, le dijeron a la Agencia.
A lo largo de “todas estas maquinaciones”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagáis esto. Es estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.
Sin embargo, a principios de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interagencias de Sullivan: “Tenemos una manera de volar los oleoductos”.
Lo que vino después fue asombroso. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió en su despacho de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf Scholz, quien, tras algunos titubeos, militaba ahora firmemente en el equipo estadounidense. En la rueda de prensa posterior, Biden afirmó desafiante: “Si Rusia invade… ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin. Le pondremos fin”.
Veinte días antes, la subsecretaria Nuland había transmitido básicamente el mismo mensaje en una reunión informativa del Departamento de Estado, con escasa cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de un modo u otro Nord Stream 2 no seguirá adelante”.
Varios de los que participaron en la planificación de la misión del oleoducto estaban consternados por lo que consideraban referencias indirectas al ataque.
“Era como poner una bomba atómica sobre el terreno en Tokio y decir a los japoneses ‘vamos a detonarla’”, dijo la fuente. “El plan era que las opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.
La indiscreción de Biden y Nuland, si es que fue eso, pudo haber frustrado a algunos de los planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la fuente, algunos altos cargos de la CIA concluyeron que volar el oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque el presidente acababa de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.
El plan de volar Nord Stream 1 y 2 pasó repentinamente de ser una operación encubierta que requería informar al Congreso a considerarse una operación de inteligencia altamente secreta con apoyo militar estadounidense. Según la ley, explicó la fuente, “ya no había obligación legal de informar de la operación al Congreso. Todo lo que tenían que hacer ahora era simplemente llevarla a cabo, pero seguía teniendo que ser secreta. Los rusos mantienen una vigilancia superlativa del Mar Báltico”.
Los miembros del grupo de trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca, y estaban ansiosos por saber si el presidente hablaba en serio, es decir, si la misión estaba en marcha. La fuente cuenta: “[El exembajador] Bill Burns vuelve y dice: ‘Hacedlo’”.
La operación
Noruega era el lugar perfecto para ser la base de la misión.
En los últimos años de crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental recorre 2.250 kilómetros a lo largo del océano Atlántico norte y se funde por encima del Círculo Polar Ártico con Rusia. El Pentágono ha creado puestos de trabajo y contratos muy bien remunerados, en medio de cierta controversia local, invirtiendo cientos de millones de dólares para modernizar y ampliar las instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en Noruega. Las nuevas obras incluían, sobre todo, un avanzado radar de apertura sintética en el norte, capaz de penetrar profundamente en Rusia, y que entró en funcionamiento justo cuando la Inteligencia estadounidense perdía el acceso a una serie de emplazamientos de escucha de largo alcance dentro de China.
Una base de submarinos estadounidenses recién renovada, que llevaba años en construcción, entró en funcionamiento y ahora más submarinos norteamericanos pueden colaborar estrechamente con sus colegas noruegos para vigilar y espiar un importante reducto nuclear ruso situado a unos 400 kilómetros al este, en la península de Kola. Estados Unidos también ha ampliado una base aérea noruega en el norte y ha entregado a las fuerzas aéreas noruegas una flota de aviones de patrulla P8 Poseidon fabricados por Boeing para reforzar su espionaje de largo alcance sobre todo lo relacionado con Rusia.
A cambio, el Gobierno noruego enfureció a los liberales y a algunos moderados de su Parlamento el pasado mes de noviembre al aprobar el Acuerdo Complementario de Cooperación en materia de Defensa (SDCA). Según el nuevo convenio, el sistema judicial estadounidense tendría jurisdicción en determinadas “zonas acordadas” del norte sobre los soldados estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre aquellos ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir en el trabajo en la base.
Noruega fue uno de los signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los primeros días de la Guerra Fría. En la actualidad, el comandante supremo de la OTAN es Jens Stoltenberg, un anticomunista convencido, que fue primer ministro de Noruega durante ocho años antes de acceder a su alto cargo en la OTAN, con respaldo estadounidense, en 2014. Era un partidario de la línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia y había cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la guerra de Vietnam. Desde entonces se confía plenamente en él. “Es el guante que se ajusta a la mano estadounidense”, afirma la fuente.
De vuelta a Washington, los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odian a los rusos, y la armada noruega está llena de excelentes marineros y buceadores que tienen generaciones de experiencia en la muy rentable exploración de petróleo y gas en alta mar”, explica la fuente. También se podía confiar en ellos para mantener la misión en secreto. (Es posible que los noruegos también tuvieran otros intereses. La destrucción de Nord Stream –si los estadounidenses lo conseguían– permitiría a Noruega vender una cantidad mucho mayor de su propio gas natural a Europa).
En algún momento de marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse con el Servicio Secreto y la Marina noruegos. Una de las preguntas clave era qué punto exacto del Mar Báltico era el mejor para colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos de tuberías, estaban separados en gran parte del trayecto por poco más de un kilómetro y medio en su recorrido hacia el puerto de Greifswald, en el extremo noreste de Alemania.
La Armada noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en unas aguas poco profundas del Báltico, a pocas millas de la isla danesa de Bornholm. Allí, los dos oleoductos estaban separados por más de una milla de distancia, en un fondo marino de sólo 79,2 metros de profundidad. Los buzos, que operaban desde un cazaminas noruego clase Alta, se sumergirían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio que salía de sus tanques y colocarían cargas de C4 en los cuatro conductos con cubiertas protectoras de hormigón. Sería un trabajo tedioso, lento y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no había grandes corrientes, que habrían dificultado mucho la tarea de buceo.
Después de investigar un poco, los estadounidenses se decidieron.
En este punto, volvió a entrar en juego el oscuro grupo de buceo de profundidad de la Marina en Ciudad de Panamá. La escuela de aguas profundas, cuyos exalumnos participaron en Ivy Bells, son vistas como un balneario no deseado por los graduados de élite de la Academia Naval de Annapolis, que normalmente buscan la gloria de ser destinados como Seals, piloto de caza o submarinista. Si uno debe convertirse en un “zapato negro” –es decir, un miembro del poco atractivo comando de buques de superficie– siempre habrá al menos un hueco en un destructor, crucero o buque anfibio. La menos glamurosa de todas es la guerra de minas. Sus buceadores nunca aparecen en las películas de Hollywood ni en las portadas de las revistas populares.
“Los buzos más cualificados para el buceo profundo forman una comunidad muy cerrada; los mejores fueron reclutados para la operación y se les dijo que estuvieran preparados para ser llamados por la CIA a Washington”, explica la fuente.
Los noruegos y los estadounidenses tenían la ubicación y los agentes, pero había otra preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa, que podrían informar de ello.
Dinamarca también es uno de los signatarios originales de la OTAN y es conocida en los grupos de Inteligencia por sus especiales vínculos con el Reino Unido. Suecia había solicitado su ingreso en la OTAN y había demostrado gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y de sonido submarino que rastreaban con éxito los submarinos rusos que de vez en cuando aparecían en aguas remotas del archipiélago sueco y se veían obligados a salir a la superficie.
Los noruegos se unieron a los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales sobre la posible actividad submarina en la zona. De ese modo, algún superior podría intervenir y elaborar un informe fuera de la cadena de mando, blindando así la operación del oleoducto. “Lo que se les decía y lo que sabían era deliberadamente diferente”, me dijo la fuente. (La embajada noruega, a la que se pidió un comentario sobre esta historia, no ha respondido).
Los noruegos fueron clave para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían camuflarse para que el sistema ruso los viera como parte del fondo natural, lo que requería adaptarse a la salinidad específica del agua. Los noruegos tenían una solución.
Los noruegos también tenían una solución para la cuestión crucial de cuándo debía tener lugar la operación. Cada mes de junio, desde hace 21 años, la Sexta Flota norteamericana, cuyo buque insignia tiene su base en Gaeta (Italia), al sur de Roma, patrocina un gran ejercicio de la OTAN en el Mar Báltico en el que participan decenas de barcos aliados de toda la región. El ejercicio de ese año, que se iba a celebrar en junio, fue bautizado como Operaciones Bálticas 22, o BALTOPS 22. Los noruegos propusieron que ésta sería la tapadera ideal para plantar las minas.
Los estadounidenses aportaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la Sexta Flota para que añadieran al programa un ejercicio de investigación y desarrollo. El ejercicio, según hizo público la Marina, implicaba a la Sexta Flota en colaboración con los “centros de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se celebraría frente a la costa de la isla de Bornholm y en él participarían equipos de buceadores de la OTAN sembrando minas, y los equipos competidores utilizarían la última tecnología submarina para encontrarlas y destruirlas.
Se trataba tanto de un ejercicio útil como de una ingeniosa tapadera. Los chicos de Ciudad de Panamá harían lo suyo y los explosivos C4 se colocarían al final de los BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas. Los estadounidenses y noruegos ya habrían abandonado el lugar antes de la primera explosión.
Los días corrían en la cuenta atrás. “El reloj avanzaba y nos acercábamos a la hora de la misión”, recuerda la fuente.
Y entonces… Washington se lo pensó mejor. Las bombas seguirían colocándose durante los BALTOPS22, pero a la Casa Blanca le preocupaba que el plazo de dos días para la detonación estuviera demasiado cerca del final del ejercicio y pareciera obvio que Estados Unidos había participado en la operación.
En su lugar, la Casa Blanca hizo una nueva petición: “¿Pueden los muchachos que están sobre el terreno idear alguna forma de volar los gasoductos más tarde, cuando se les ordene?”.
Algunos miembros del equipo de planificación estaban enfadados y frustrados por la aparente indecisión del presidente. Los buzos de Ciudad de Panamá habían practicado repetidamente la colocación del C4 en las tuberías, como harían durante los BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía que idear una forma de dar a Biden lo que quería: la posibilidad de emitir una orden de ejecución con éxito en el momento que él eligiera.
La Inmaculada Concepción
Encargarse de un cambio arbitrario y de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada a gestionar. Pero también renovó las preocupaciones que algunos compartían sobre la necesidad, y la legalidad, de toda la operación.
Las órdenes secretas del presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la guerra de Vietnam, cuando el presidente Lyndon Johnson, enfrentado al creciente sentimiento contra la guerra, ordenó a la Agencia que violara sus estatutos –que le prohibían específicamente operar dentro de Estados Unidos– espiando a los líderes antibélicos para determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.
La Agencia acabó accediendo, y a lo largo de la década de 1970 quedó claro hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Tras los escándalos del Watergate, los periódicos revelaron que la Agencia espió a ciudadanos estadounidenses, participó en el asesinato de líderes extranjeros y socavó al gobierno socialista de Salvador Allende.
Aquellas revelaciones condujeron a una espectacular serie de comisiones de investigación a mediados de los años setenta en el Senado, dirigidas por Frank Church, de Idaho, que dejaron claro que Richard Helms, director de la Agencia en aquel momento, asumió que tenía la obligación de hacer lo que el presidente quería, incluso si eso significaba violar la ley.
En un testimonio inédito a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “eres casi como la Inmaculada Concepción cuando haces algo” bajo órdenes secretas de un presidente. “Tanto si está bien que las tengas como si está mal, [la CIA] trabaja bajo reglas y normas básicas diferentes a las de cualquier otra parte del Gobierno”. En esencia, estaba diciendo a los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.
Los estadounidenses que trabajaban en Noruega seguían la misma dinámica y empezaron a lidiar disciplinadamente con el nuevo problema: cómo detonar a distancia los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho más exigente de lo que pensaban en Washington. El equipo de Noruega no podía saber cuándo pulsaría el botón el presidente. ¿Sería en unas semanas, en unos meses, o en medio año o más?
El C4 fijado a los gasoductos se activaría mediante una boya de sonar lanzada por un avión con poca antelación, pero el procedimiento requería la tecnología más avanzada de procesamiento de señales. Una vez instalados, los dispositivos de temporización retardada fijados a cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse accidentalmente por la compleja mezcla de ruidos del fondo del mar Báltico, muy transitado, procedentes de barcos cercanos y lejanos; perforaciones submarinas; fenómenos sísmicos, olas e incluso criaturas marinas. Para evitarlo, la boya de sonar, una vez en su lugar, emitiría una secuencia de sonidos tonales de baja frecuencia únicos –muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano– que serían reconocidos por el temporizador y, tras unas horas de retardo preestablecidas, activarían los explosivos. (“Se necesita una señal lo bastante robusta para que ninguna otra señal pueda enviar accidentalmente un impulso que detone los explosivos”, me explica el Dr. Theodore Postol, profesor emérito de Ciencia, Tecnología y Política de seguridad nacional del MIT. Postol, que ha sido asesor científico del jefe de Operaciones Navales del Pentágono, señaló que el problema al que se enfrentaba el grupo en Noruega debido al retraso de Biden era una cuestión de azar: “Cuanto más tiempo estén los explosivos en el agua, mayor será el riesgo de que una señal aleatoria active las bombas”).
El 26 de septiembre de 2022, un avión de vigilancia P8 de la Marina noruega realizó un vuelo aparentemente rutinario y lanzó una boya de sonar. La señal se propagó bajo el agua, inicialmente al Nord Stream 2 y luego al Nord Stream 1. Pocas horas después, se activaron los explosivos C4 de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de servicio. A los pocos minutos, los charcos de gas metano que quedaban en los gasoductos destruidos podían verse esparciéndose por la superficie del agua, y el mundo se enteró de que había ocurrido algo irreversible.
Las repercusiones
Inmediatamente después del atentado contra el oleoducto, los medios de comunicación estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia fue citada repetidamente como probable culpable, tras las calculadas filtraciones de la Casa Blanca, pero sin establecer nunca un motivo claro para semejante acto de autosabotaje, más allá del castigo a Europa. Unos meses más tarde, cuando se supo que las autoridades rusas habían buscado discretamente estimaciones del coste de reparación de los oleoductos, el New York Times resumió la noticia como “complicadas teorías sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún gran periódico estadounidense profundizó en las amenazas contra los oleoductos formuladas previamente por Biden y la subsecretaria de Estado Nuland.
Aunque nunca quedó claro por qué Rusia querría destruir su propio y lucrativo oleoducto, el secretario de Estado Blinken ofreció una justificación reveladora de la acción ordenada por el presidente.
Preguntado en una conferencia de prensa el pasado septiembre sobre las consecuencias del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental, Blinken describió el momento como potencialmente bueno: “Es una oportunidad única para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa y, por lo tanto, quitarle a Vladimir Putin el arma de la energía como medio para avanzar en sus designios imperiales. Eso es muy importante y ofrece una tremenda oportunidad estratégica para los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo esto no las sufran los ciudadanos de nuestros países ni, para el caso, de todo el mundo”.
Más recientemente, Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del más reciente de los oleoductos. En una comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado a finales de enero, dijo al senador Ted Cruz: “Al igual que usted, me complace mucho, y creo que a la Administración también, saber que el Nord Stream 2 es ahora, como a usted le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del mar”.
La fuente uriliza una expresión mucho más coloquial para calificar la decisión de Biden de sabotear más de 1.500 millas de oleoducto ruso-europeo cuando se acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente, “tengo que admitir que el tipo tiene un par de pelotas. Dijo que iba a hacerlo, y lo hizo”.
Cuando le pregunté por qué creía que los rusos no habían respondido, dijo cínicamente: “Quizá esperan tener la capacidad de hacer lo mismo que hizo Estados Unidos”.
“Es una bonita historia de primera página”, concluye la fuente. “Detrás había una operación encubierta que colocó a expertos sobre el terreno y equipamiento que funcionó con comunicaciones cifradas”
“El único fallo fue la decisión de hacerlo”.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en Substack.
Seymour Hersh ha cedido los derechos de la traducción en español a CTXT.
Traducción: La Redacción de CTXT, con la ayuda de Sebastiaan Faber.
2. Sobre Giovanni Arrighi
Arrighi, junto a Samir Amin, André Gunder Frank e Immanuel Wallerstein -citados a veces como La banda de los cuatro https://twitter.com/– es uno de los estudiosos más interesante sobre el tema del imperialismo del último tercio del siglo XX y principios de este. En Materialismo Storico, a su vez recogido por Sinistra in rete, han publicado esta breve semblanza intelectual, retomada a partir de un capítulo editado por José Luis Villacañas y Anxo Garrido: Efecto Gramsci. De la renovación del marxismo al populismo contemporáneo.
Giovanni Arrighi, de la crítica del imperialismo a la teoría de la hegemonía1
por Giulio Azzolini
De Materialismo Storico, Rivista Di Filosofia, Storia E Scienze Umane, V. 13 No. 2 (2022)
Entre 1963 y 1969 Arrighi estuvo en África, donde primero enseñó en la Universidad de Harare, entonces Rodesia hoy Zimbabue, y luego en la Universidad de Dar es Salaam, Tanzania. El África subsahariana se encuentra entre la descolonización y el neocolonialismo. Y trabaja a dos niveles, científico y político, como atestigua su primer libro, Desarrollo económico y superestructuras en África, que, publicado en 1969 para la serie Viola de Einaudi, recoge todos sus primeros ensayos como africanista.
Arrighi, nacido en Milán en 1937, había estudiado economía en la Bocconi, formándose en un ambiente marcado por las doctrinas neoclásicas, sordas al keynesianismo y más aún al marxismo. Pero la Veconomía le pareció inmediatamente inadecuada para abordar el problema económico-político que África se abría ante sus ojos: las desigualdades inducidas por la extensión del capitalismo o, por utilizar la fórmula acuñada entonces por André Gunder Frank, el «desarrollo del subdesarrollo «2. En otras palabras, el joven Arrighi está comprometido con la crítica del neoimperialismo, entendido, según Paul Sweezy, no tanto como la expansión del mercado abierto a los bienes producidos por los Estados dominantes, sino como el fortalecimiento de las inversiones extranjeras directas de las corporaciones vinculadas al poder estadounidense.
Pero el periodo africano también es decisivo para la formación política y personal de Arrighi. Nacido en el seno de una familia burguesa antifascista, participó en las luchas de liberación nacional, luchas que le costaron el encarcelamiento y la expulsión de Rodesia en 1966. También se hizo amigo de destacados neoizquierdistas como Samir Amin, Immanuel Wallerstein, Walter Rodney y John Saul.
2. El uso político de Gramsci (1971-1973)
En 1969 Arrighi regresó a Italia, para enseñar en la Facultad de Sociología de Trento, entonces el corazón palpitante de la protesta estudiantil. Sin embargo, no cortó los lazos con su ciudad natal, Milán, que se convirtió en el centro de su compromiso político. En 1971 se unió al Grupo Gramsci, una organización de la izquierda extraparlamentaria fundada por Romano Madera, tras la escisión del movimiento estudiantil milanés y la crisis del Partido Comunista de Italia (Marxista-Leninista)3.
El Grupo Gramsci es un experimento bastante original: el de un sujeto revolucionario que se sitúa, por así decirlo, «en la extrema derecha de la extrema izquierda», tomando como punto de referencia al autor emblemático del Partido Comunista Italiano. El pensamiento gramsciano -es la intuición de partida del Grupo- no debe considerarse patrimonio exclusivo del partido de Berlinguer. Habría que investigar, potenciando y combinando tres ideas en particular: la de autonomía, lema ligado al Gramsci sovietista y palabra clave de la época, y las de educación y traducibilidad, términos desarrollados sobre todo en los Cuadernos de la cárcel y luego sospechosos en el entorno de la izquierda radical. En pocas palabras, el Grupo Gramsci se caracteriza, en comparación con los demás grupos que componen la abigarrada galaxia de la izquierda revolucionaria, por una peculiar concepción de la subjetividad, la cultura y la historicidad.
En primer lugar, existe una estrecha relación entre autonomía y pedagogía. Según el Grupo Gramsci, tanto el espontaneísmo de Lotta continua como el operaísmo de Potere operaio encubrían la pretensión de «ser la cabeza» de las masas, provocando así una situación en la que la autonomía de la subjetividad obrera quedaba escindida y subordinada a la cultura política y a sus ingenuas pretensiones vanguardistas. Exactamente del mismo modo, el Movimiento Estudiantil y Avanguardia operaia, al proponerse «ponerse a la cabeza» de las masas, dieron primacía al momento de la autonomía, excesivamente separado del momento de la educación. Pues bien, el Grupo de Gramsci creía que era esencial establecer un vínculo orgánico y equilibrado entre autonomía y educación, entre subjetividad y cultura. Dicho de otro modo, su objetivo era «formar las cabezas» de las masas obreras4. Y es precisamente en esta perspectiva en la que el Grupo Gramsci trabaja junto con la izquierda sindical.
Otra razón de la originalidad del Grupo Gramsci es la idea de traducibilidad, entendida en un sentido puramente político. La tesis del Grupo es que la «guerra de maniobra», en Occidente, debe dar paso a la «guerra de posición». Que quede claro: el Grupo Gramsci sigue siendo un grupo revolucionario. El PCI es objeto de agrias polémicas -por plegarse al compromiso consociativo y renunciar al empuje revolucionario-, pero se le cuestiona no sólo en el terreno ideal, sino también en el programático. Un reformismo radical debía servir también de base para una nueva relación con los demás movimientos de la izquierda extraparlamentaria. La intención, sin duda poco realista, era dejar de lado las divisiones ideológicas en favor de una unión programática. Pero las ideologías que Arrighi creía poder dejar de lado resultaron ser mucho más rígidas y coherentes de lo que esperaba. Y cuando en 1973 el Grupo Gramsci se acercó al ámbito autonómico dirigido por Toni Negri5 , Arrighi previó el trágico desenlace del largo sesenta y ocho italiano, abandonó la política activa y se trasladó a la Universidad de Calabria. A partir de entonces seguiría siempre convencido de que 1973 marcaba el final de una fase histórica, de las luchas obreras y estudiantiles, pero también y sobre todo de la expansión material del capitalismo mundial dirigido por Estados Unidos.
3. Crítica a las teorías del imperialismo (1969-1978)
El periodo calabrés de Arrighi duró seis años, desde 1973, en los que prosiguió sus estudios sobre los vínculos entre proletarización, conflicto y migración, pero sobre todo completó una de sus obras más importantes y ahora olvidadas, La geometría del imperialismo, publicada en 1978 por Feltrinelli y simultáneamente en inglés por Verso. La chispa había saltado casi diez años antes, en 1969, en un seminario de la Universidad de Oxford, cuando Arrighi se dio cuenta de que, a fuerza de llenar «vino nuevo» con «botellas viejas», es decir, con los contenidos más dispares las teorías del llamado imperialismo, el debate había entrado en un estado de grave confusión.
De ahí el objetivo del libro: no construir una nueva teoría, completa con premisas, hipótesis y validación empírica, sino reconstruir las teorías del imperialismo, y la de Lenin en particular, analizando sus premisas ocultas y aclarando su relevancia histórica.
Como es bien sabido, Lenin estaba convencido de que el imperialismo, como tendencia a la guerra entre Estados económicamente dominantes y políticamente rivales, representaba la última etapa del capitalismo. Pues bien, en 1977 Arrighi argumentó que el paradigma leninista ya no sirve para entender el papel de creciente supremacía económica y política que Estados Unidos asumió en el sistema internacional después de 1945. Porque, desde entonces, el mercado capitalista se ha reorganizado y no vive una fase de anarquía y guerra.
A través de un refinado análisis de John Hobson (quien, junto con Rudolf Hilferding, constituyó la principal fuente de Lenin), La geometría del imperialismo se presenta como un breve tratado teórico, histórico y comparativo.
En el plano teórico, Arrighi se propone descifrar la «estructura ideal-típica» que presupone la noción hobsoniana de imperialismo. Y, para ello, aísla el imperialismo en sentido estricto, como expansión de un Estado fuera de su propio territorio y, en consecuencia, en una época de nacionalismos, como creciente oposición política y militar entre naciones, de otros tipos de relaciones internacionales el colonialismo, como expansión de la nación más allá de las fronteras del Estado de referencia; el imperio formal, como orden jerárquico entre Estados funcional a la paz universal; y el imperio informal, que pretende garantizar la paz mediante la interdependencia económica entre naciones, a su vez garantizada por un Estado imperante.
A nivel histórico, Arrighi conecta estas cuatro tipologías con los acontecimientos del Reino Unido, que entre los siglos XVII y XVIII experimentó su fase colonial y su imperio formal, que entre 1830 y 1870, gracias a las políticas de libre mercado, realizó su imperio informal, y que finalmente, debido a las presiones del capital financiero, experimentó esa condición imperialista de anarquía, que culminó en la Gran Guerra.
A nivel comparativo, Arrighi intenta captar las similitudes y diferencias entre la supremacía británica y la estadounidense durante el siglo XX. Según él, Estados Unidos reproduciría el camino del colonialismo al imperio formal (’50s-’60s) al imperio informal. Sin embargo, el imperio informal estadounidense de los años setenta no se basa en el libre mercado, sino en la libre empresa. La inestabilidad, por tanto, depende más del crecimiento de las empresas multinacionales y luego transnacionales que de la autonomía progresiva del capital financiero supranacional.
En este punto debe quedar claro lo que Arrighi hace explícito en 1983, en la Posdata a la segunda edición inglesa: The Geometry of Imperialism es esencialmente «un prefacio a una teoría de la hegemonía mundial «6. Sabemos que, en la segunda mitad de los años setenta, se pasó rápidamente de la «edad de oro» en la fortuna italiana de Gramsci (con la edición crítica de Gerratana en 1975 y la conferencia de Florencia y el seminario de Frattocchie en 1977) a la llamada «crisis del marxismo «7. Arrighi no siguió esta trayectoria: como confiesa en el Prólogo escrito en septiembre de 1977, se da sin embargo «cuenta de la incompatibilidad básica de las reglas del trabajo político con las del trabajo científico «8.
Quemado por la utilización política de Gramsci, no abandona al autor sardo, sino todo lo contrario. Pero a partir de ahora, su uso será científico.
Primero en la década de 1980, y luego con creciente confianza en las décadas de 1990 y 2000, Arrighi reelabora el concepto gramsciano de hegemonía, que se convierte en una herramienta indispensable para su representación de la era moderna. Una operación que llevó a cabo en Estados Unidos, ya que en 1979 se unió a Immanuel Wallerstein y Terence K. Hopkins en el Centro Fernand Braudel de la Universidad de Binghamton (Nueva York). Arrighi siguió leyendo a Gramsci, pero ahora como estudioso de los sistemas-mundo.
Y es probablemente la pertenencia a esta corriente teórica lo que explica que la contribución de Arrighi a los estudios gramscianos de las relaciones internacionales haya sido durante mucho tiempo subestimada. Porque, mientras que la escuela canadiense de Robert Cox y Stephen Gill lleva a cabo una labor casi enteramente metodológica, encaminada a marcar un enfoque declaradamente «gramsciano» en la teoría de las relaciones internacionales, Arrighi pone a prueba a Gramsci y reelabora algunas de sus categorías para entender la historia de las relaciones internacionales de forma independiente.
4. Teoría de la hegemonía (1994-2007)
En su trilogía más conocida –El largo siglo XX (1994, pero preparada desde los años ochenta), Caos y gobernanza mundial (1999, con Beverly Silver), Adam Smith en Pekín (2007)- Arrighi teoriza la historia globalizadora del capitalismo moderno como una sucesión de grandes ciclos económico-políticos, cada uno de ellos liderado por una gran potencia, capaz de ejercer la hegemonía mundial y de soportar conflictos internos y externos.
4.1 Los ciclos hegemónicos
Durante cada «ciclo sistémico de acumulación de capital «9, una potencia hegemónica diferente constituía el centro del sistema-mundo capitalista, alrededor del cual orbitaban una periferia y una semiperiferia compuestas por países más o menos subordinados.
Cada ciclo experimentaría primero una expansión material, con la expansión de la producción y el comercio, y después una crisis de sobreexpansión. Sin embargo, el centro del sistema-mundo capitalista siempre ha respondido a esta última con una expansión financiera, capaz de relanzar la acumulación, pero sólo temporalmente, hasta una crisis de sobreproducción, cada vez previa a una reorganización política y económica general. El comienzo de las expansiones financieras, por tanto, ha coincidido históricamente con una crisis reveladora de las potencias hegemónicas, mientras que su final con la crisis terminal de estas últimas.
Arrighi encuentra estas regularidades en: un ciclo genovés-ibérico, desde el siglo XV hasta principios del XVII; un ciclo holandés, desde finales del siglo XVI hasta la mayor parte del siglo XVIII; un ciclo británico, desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta principios del siglo XX; y en un ciclo estadounidense, cuyas premisas se remontan a finales del siglo XIX y que en los primeros treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial alcanza el punto álgido de su expansión material. Las luchas de clases, la creciente competencia con Europa y Japón y la dificultad de controlar a los países de la periferia acompañarán a una crisis de sobreacumulación a la que Estados Unidos responderá, a partir de los años ochenta, mediante inversiones financieras cada vez más masivas, en busca de rendimientos más inmediatamente rentables. La expansión financiera iniciada en los años ochenta y sobre todo en los noventa permitió un momentáneo repunte de la acumulación, pero al mismo tiempo representó la «señal de otoño» del ciclo hegemónico estadounidense.
Todas las fases de transición, por tanto, han visto cómo el epicentro de la acumulación capitalista se trasladaba a una zona geográfica diferente, capaz de promover una nueva fase de expansión material. Y esta transición ha sido alimentada cada vez por un auge financiero, durante el cual el capital se transfiere de los antiguos a los nuevos centros de acumulación. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el caos puede ir seguido de la consolidación de un orden mundial diferente, anclado en una nueva potencia hegemónica, pero también puede no ser así.
4.2 Las potencias hegemónicas
Cuando hablamos de hegemonía en la teoría de las relaciones internacionales, generalmente nos referimos a las relaciones entre Estados. Pues bien, la herencia gramsciana y braudeliana lleva a Arrighi tanto a pensar conjuntamente el orden interestatal y el sistema capitalista, como a prestar atención, más allá de los Estados, a lo que denomina «bloques de agentes gubernamentales y empresariales «10 11 . Bloques que, vinculados a un Estado territorial, son a la vez «públicos» y «privados».
Con el tiempo, las potencias hegemónicas serían cada vez más capaces militar, financiera y políticamente, pero al mismo tiempo cada vez más frágiles.
Cada potencia hegemónica dio un paso adelante en el proceso de internalización de los costes. Las Provincias Unidas han internalizado los costes de protección, gracias a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales; el Reino Unido también ha internalizado los costes de producción, gracias a la fuerte implicación de las empresas capitalistas en la racionalización de los procesos de producción; por último, Estados Unidos también ha internalizado los costes de transacción, gracias a las grandes empresas multinacionales capaces de planificar a largo plazo tanto la producción como la distribución a gran escala. El futuro hegemón mundial tendrá la tarea de internalizar los costes de reproducción, teniendo en cuenta el cambio climático inducido por la explotación de los combustibles fósiles.
Sin embargo, la duración de los ciclos hegemónicos es cada vez más corta. Arrighi señala que el tiempo que tardó una potencia en salir de la crisis del régimen anterior, convertirse ella misma en hegemónica y luego alcanzar sus límites (señalados por el inicio de una nueva expansión financiera), fue menos de la mitad tanto en el caso del régimen británico comparado con el genovés, como en el del estadounidense comparado con el holandés.
4.3 Hegemonizar el mundo
¿Cómo se caracteriza el poder global de los Estados líderes y, en particular, de sus «agentes gubernamentales y empresariales»? Su función esencial es organizar el sistema-mundo capitalista a través de un «modo de regulación» particular relativo a un «régimen de acumulación» específico -expresiones que Arrighi toma prestadas de la escuela francesa de regulación, escuela a su vez inspirada en Gramsci y, especialmente, en el Cuaderno 22 sobre «americanismo y fordismo «12. El desarrollo de la acumulación global necesita políticas públicas que aseguren los beneficios regulando los mercados y facilitando la inversión.
¿Por qué la regulación de los procesos de acumulación capitalista mundial puede considerarse una expresión de poder hegemónico? Arrighi reelabora la formulación de Gramsci sobre la hegemonía que Fabio Frosini ha denominado «estándar «13. Insiste sobre todo en el «poder adicional «14 que algunos Estados dominantes obtienen de su capacidad para guiar a otros Estados subordinados hacia una dirección (progresista) que no es meramente funcional para sus propios intereses, sino que es aceptada (sobre la base del consenso) porque se percibe que sirve a un interés más general (universal).
Arrighi relee la idea de hegemonía de Gramsci, como «combinación de fuerza y consenso «15, a la luz de la sociología de Talcott Parsons. El sociólogo estadounidense hablaba de la «deflación del poder» para indicar las situaciones en las que, para gobernar la sociedad cuando falta el consenso, se hace necesario el uso sistemático de la violencia16. Cuando falta la confianza de los gobernados en los gobernantes, éstos se ven obligados de algún modo a utilizar la fuerza. Pues bien, Arrighi recomienda leer la hegemonía en términos de una «inflación de poder», posibilitada por la capacidad de los bloques gubernamentales-empresariales dominantes para presentar de forma persuasiva sus opciones como favorables a la consecución progresiva de los intereses de los grupos y Estados subordinados. Si se pierde el consenso en torno al progreso general, se lee en Adam Smith en Pekín, «la hegemonía se ‘desinfla’, transformándose en mera dominación «17.
Según Arrighi, un poder económico-político sólo es propiamente hegemónico si, además de recibir el consenso en torno a un progreso general, consigue aumentar el poder global del sistema, con respecto a terceros o con respecto a la naturaleza. Lejos de indicar una relación de suma cero, en la que un actor sólo puede aumentar su poder a expensas de los demás, la hegemonía implica una relación de suma positiva. El interés general de un sistema interestatal, por tanto, no depende de la diferente distribución del poder entre los propios Estados del sistema, sino del aumento del poder global de lo que, en referencia a Europa, Arrighi denomina, sin desarrollo adecuado, el «sistema de Estados ampliado «18.
La adopción del concepto de hegemonía es una de las razones sustanciales por las que Arrighi no concibe el sistema-mundo capitalista de forma determinista. Precisamente porque se basa en una noción que implica a la vez movimiento, conocimiento y voluntad política, el sistema que define no se configura como una totalidad autoorganizada, como un orden cerrado al abrigo del caos.
4.4 Hegemonía y conflicto
Si Arrighi no sucumbe al determinismo, sin embargo, no es sólo porque el sistema-mundo capitalista, tal como él lo concibe, esté expuesto a crisis de diversa índole, sin garantía de que vayan a ser resueltas por un nuevo orden hegemónico emergente. Si el sistema es abierto, también se debe al efecto de los conflictos sociales y políticos. Aunque Arrighi ha dedicado sus estudios principalmente a los procesos de acumulación capitalista y de hegemonía mundial, y aunque ha insinuado la conveniencia de entender los ciclos económico-políticos como formas de «revolución pasiva «19, por carecer de participación popular y por contener elementos tanto progresivos como regresivos, siempre ha asignado un papel destacado a los factores contingentes y a las acciones individuales y colectivas20.
El capital en busca de acumulación y el sistema de Estados ávidos de poder no son los únicos protagonistas de la escena mundial. Como argumentó Arrighi en Antisysternie Movements2{}, coescrito con Hopkins y Wallerstein en 1989, el desarrollo capitalista genera sus propios antagonistas: un movimiento obrero que desde 1848 está firmemente organizado en sindicatos y partidos, tanto en su variante socialdemócrata como comunista. Además, la propia jerarquía del sistema-mundo crea formas de resistencia, entre las que destacan los movimientos de liberación nacional21.
Arrighi nunca creyó en la teoría gramsciana del partido político como «príncipe moderno «22 . Por el contrario, desde principios de los años 70, denunció la tendencia de los partidos tanto a la burocratización oligárquica como a la integración en un sistema internacional jerarquizado por Estados Unidos. Por otra parte, sin embargo, y aquí resurge otro elemento gramsciano, en él siempre hubo una firme oposición al espontaneísmo, percibido como un peligro que había que evitar a toda costa. Porque, en su opinión, detrás de la retórica espontaneísta siempre se esconde, de manera más o menos consciente, la ideología, de la que era un crítico inflexible23.
Así, en diálogo con los movimientos antisistémicos, defensores desde principios de la década de 2000 de un proyecto de «globalización desde abajo» antitético al modelo neoliberal, Arrighi advierte contra la omnipresencia de ideologías patriarcales, racistas y nacionalistas24. Para superar este peligro, que tiende a disgregar a las clases trabajadoras en función de las diferencias de género, etnia, nación, la interlocución de Arrighi con los nuevos movimientos se ha articulado siempre en dos niveles: el de las reivindicaciones específicas, para mejorar las condiciones de trabajo y de vida, y el de las reivindicaciones generales, como la justicia global, el pacifismo, el ecologismo. Siempre en busca de ese camino estrecho, que escapa tanto a la oligarquía como a la ideología.
4.5 ¿»Hegemonía de nuevo tipo»?
A mediados de los noventa, con una impresionante capacidad de predicción, Arrighi argumentó que el fenómeno más relevante de la última década del siglo XX no fue la victoria de la Guerra Fría por parte de Estados Unidos, como la mayoría de los comentaristas creían entonces y siguen creyendo hoy25. El boom financiero de Wall Street no era más que una cortina de humo que ocultaba la decadencia de Estados Unidos y el desplazamiento del epicentro de la acumulación capitalista de Occidente al Sudeste Asiático. Como reacción al atentado del 11 de septiembre, Estados Unidos entraría entonces, según Arrighi, en una fase de «dominación sin hegemonía».
Adam Smith en Pekín, presenta tres escenarios futuros: el primero, una prolongación indefinida de lo que su amigo Riccardo Parboni denominó «conflicto económico mundial «26; el segundo, una nueva hegemonía capitalista y occidental27; el tercero, una globalización no capitalista centrada en Asia Oriental y China en particular28.
Arrighi espera precisamente que China (sobre cuyos rasgos autoritarios pasa completamente por alto) pueda convertirse en el centro de gravedad de un sistema mundial más pacífico, pluralista e igualitario, basado en la globalización de un mercado no capitalista. Por lo tanto, es necesario preguntarse si el concepto de hegemonía -sin duda útil para comprender la historia moderna, cuando Europa y luego Occidente se impusieron al resto del mundo30 – sigue siendo adecuado para describir un horizonte no capitalista. Arrighi no defiende tajantemente que el postcapitalismo deba pensarse en clave posthegemónica. Sin embargo, en Adam Smith en Pekín no hay ni una sola referencia a la «hegemonía china» y apenas se menciona el «Consenso de Pekín». Si la hegemonía también puede calificar un orden mundial regulado a través de un mercado no capitalista, entonces tendrá que ser, por así decirlo, una «hegemonía de nuevo tipo». Tendrá que ser una hegemonía no occidental y desprovista de lo que parece su complemento inevitable, la subalternidad. Difícil, quizás demasiado.
Università Ca’ Foscari di Venezia
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Notas
1 Este texto reelabora en gran medida un trabajo mío ya aparecido en español, titulado «Leer a Gramsci después de Giovanni Arrighi» y contenido en José Luis Villacañas y Anxo Garrido (eds.), Efecto Gramsci. De la renovación del marxismo al populismo contemporáneo, Lengua de Trapo, Madrid 2022, pp. 45571. Doy las gracias a Anxo Garrido por la concesión, y a Fabio Frosini por la aceptación.
2 Frank 1966.
3 Sobre este asunto retomo las consideraciones que hice en AZZOLINI 2018, al que me remito para un estudio histórico y teórico en profundidad de toda la parábola intelectual de Arrigo.
4 AA.VV. 1972, p. 105.
5 A este respecto, véase NEGRI 2015, pp. 464-510.
6 Arrighi 1983, p. 156.
7 Para un estudio en profundidad de estas fases, LlGUORI 2012, capítulos VI-VIII.
8 Arrighi 1978, p. 9.
9 En torno a este concepto giran las lecciones calabresas recogidas en ARRIGHI 1999.
10 En ARRIGHI 2007 hay una afirmación perentoria de Braudel, para quien «sólo se puede hablar de triunfo del capitalismo cuando éste se identifica con el Estado, cuando se convierte en Estado». Sobre la distinción entre Estado y sociedad civil, que para Gramsci es «puramente metódica, no orgánica» (GRAMSCI 1975, p. 460, Cuaderno 4, § 38), véase LlGUORI 2016.
11 Para una introducción a la escuela regulacionista francesa, BOYER 1986. Sobre el Gramsci de los regulacionistas, SETTIS 2019.
12 Cf. FROSINI 2015, pp. 33-34, según el cual la hegemonía «estándar» puede resumirse en tres puntos: «a) no reducible al ejercicio de la fuerza pura (búsqueda del «consenso»); b) capaz de indicar una línea de desarrollo que concierne al conjunto de la sociedad bajo la guía de una clase (función «progresiva»); c) correspondiente a una elaboración de superestructuras complejas (función «universalizadora»)» (trad. mía).
13 Véase Arrighi, Silver 1999, p. 31.
14 Gramsci 1975, p. 59 (Ql, § 48).
15 PARSONS 1963, pp. 253-57. Sobre esta idea parsonsiana, GIDDENS 1968
16 Arrighi 2007, p. 170.
17 ID. 1990, p. 64.
18 Arrighi 2004, donde se llama la atención sobre el § 59 del Cuaderno 15, en el que Gramsci razona que, en el Risorgimento italiano, la función de clase dominante fue desempeñada por la burguesía no directamente, sino a través de un Estado, el Piamonte. Cabe señalar que en Adam Smith en Pekín no aparece la idea de revolución pasiva, ni sola ni en conjunción con la de ciclo sistémico de acumulación.
19 En el prefacio de ARRIGHI 1994, se admite que «la lucha de clases y la polarización de la economía mundial en zonas centrales y periféricas -que desempeñaron un papel importante en [su] concepción original del largo siglo XX- prácticamente han desaparecido del panorama». Los temas de la lucha de clases y la polarización geográfica se abordan en cambio en ARRIGHI 1990.
20 Arrighi, Hopkins, Wallerstein 1989.
21 La frase final de ARRIGHI, PLATA 2001 reza: «Si asistiremos a un periodo de largo y profundo caos sistémico, o a una transición relativamente suave hacia un mundo más pacífico, justo y equitativo, sigue siendo una cuestión decididamente abierta, cuya solución reside en nuestra acción colectiva».
22 Pero la imagen de Gramsci del «príncipe moderno» va más allá de la figura del partido político, como muestra muy bien THOMAS 2020.
23 Aquí, sin embargo, encontramos un punto de distancia entre Arrighi y Gramsci, que nunca reduce la ideología a la «falsa conciencia». Sobre este punto, véase FRANCIONI 2018.
24 La lección, que hoy llamaríamos «interseccionalista», de BALIBAR, WALLERSTEIN 1988 también pesa sobre Arrighi. Sobre las dificultades para superar las tendencias nacionalistas que debilitan a los movimientos altermundialistas, véase la entrevista de Arrighi a Pablo Iglesias Turrion: https://www.youtube.com/watch? -7kOhXDaT9M (consultada por última vez el 6 de enero de 2022).
25 Arrighi 1994, pp. 357-92.
26 Parboni 1980.
27 Arrighi 2005a, Id. 2005b.
28 Esta es la gran apuesta de ARRIGHI 2007 y, en particular, de la cuarta parte.
29 Véase Arrighi, Hamashita, Selden 2003.
3. Sobre las comunas en Venezuela.
Un par de documentos recientes sobre el movimiento comunero en Venezuela: un artículo en Jacobin lat de dos autores que quizá conozcáis de la Escuela de Cuadros (https://www.youtube.com/c/), que fundaron ellos, y una entrevista en España al líder de una de estas comunas: Ángel Pardo, de la Comuna Socialista El Maizal. En esta última al hablar de la cooperación internacionalista, además de con los países de Latinoamérica, solo hablan del País Vasco y los «Països Catalans» -cosas de tratar con ASKAPENA y la CUP-, pero, dejando de lado este borrón, por lo demás es interesante. https://jacobinlat.com/2023/
4. Vuelven los viejos tiempos.
Recordaréis el vídeo en el programa de Carlson contra el complejo militar-industrial. Como no podía ser de otra forma, ya lo están acusando de difundir propaganda «marxista-leninista»… Una curiosidad filológica. ¿Cuando son los fachas los que se pasan al bolchevismo, en lugar de rojipardismo como se le llama?¿Pardorojismo? https://twitter.com/
Es importante que nuestros amigos estadounidenses que ven a Tucker Carlson entiendan que el Sr. Carlson, de hecho, los está exponiendo a propaganda marxista-leninista que es *idéntica* a la propaganda antiestadounidense de la Unión Soviética durante la Guerra Fría.
Os recuerdo el vídeo: https://twitter.com/
5. Mundo Obrero sobre Pablo González.
El otro día salió nuestro ministro de exteriores explicando que a Pablo González lo estaban tratando poco menos que a cuerpo de rey. Mundo Obrero cuenta la realidad.
Pablo González, la realidad y la versión edulcorada del ministro de Exteriores
Pasa 23 horas encerrado en una celda, sin luz natural. La hora restante de su día a día, es para dar un paseo él solo en un patio de 7 m²
6.El dilema de los dos frentes.
Un artículo en Descrifrando la guerra sobre por qué los EEUU podrían estar pensándose la necesidad de acabar pronto la guerra en Ucrania: para poder dedicar todos sus esfuerzos a una futura, y se entiende que próxima, guerra con China…
7. Más bases estadounidenses en Filipinas
Preguntaba el otro día José Luis cuál había sido la reacción en Filipinas ante la noticia de la creación de nuevas bases en Filipinas -para ahogar a China-. Os paso cómo lo ha presentado la prensa filipina. Hay que recordar que las bases permanentes no están permitidas tras su retirada en los ochenta. Filipinas, aunque siempre se pliegue a los estadounidenses, tampoco se puede arriesgar a ofender demasiado a los chinos, de los que esperaba grandes inversiones durante el gobierno de Duterte que finalmente no se materializaron como ellos querían. Naturalmente, la posición de la izquierda es de rechazo total. Os paso también el comunicado del PCF. Sigue un artículo de respuesta chino, con paciencia infinita. Y, por último un artículo sobre la política de cercamiento a China mediante bases militares en los países vecinos.
Filipinas dará acceso a EEUU a más bases militares
Feb 2, 2023 12:06 PM PHT
Sofia Tomacruz
El comunicado del PCF
Un ejemplo de la respuesta de China
https://global.chinadaily.com.
Y un artículo sobre la política de bases estadounidenses en Asia
US Surrounds China With War Machinery While Freaking Out About Balloons
8.Declaraciones del nuevo ministro de Defensa alemán.
Parece muy prometedor. No le da miedo la guerra nuclear e insinúa que estaría bien matar a Putin. ¿Qué podría salir mal? https://twitter.com/vicktop55/
1/5 ¿Sigue siendo cierta la frase «Ucrania debe ganar la guerra»?
Pistorius: «¡Sí, por supuesto!
De hecho, las amenazas de ataques nucleares no me asustan. Una cosa es lo que ocurre dentro del país y otra lo que ocurre en el ámbito de la propaganda.
2/5 Al fin y al cabo, todos no sabemos lo que hace Putin, pero eso no debería impedirnos ser razonablemente solidarios en la cooperación con los aliados.
Sin vacilar y sin concesiones: el mundo sería mejor sin Putin».
Estas son las declaraciones a Bild:
BILD-Interview mit Boris Pistorius in Kiew: Die Ukraine muss den Krieg gewinnen
El nuevo Ministro de Defensa habla de tanques, submarinos y el miedo a un ataque nuclear
Fuente: BILD 08.02.2023
Por: Paul Ronzheimer y Giorgos Moutafis (actualmente en Kiev)
08.02.2023 – 10:47 am
Sólo lleva 20 días en el cargo: su primer viaje al extranjero como Ministro de Defensa lleva a Boris Pistorius (62 años, SPD) directamente a la guerra.
► El martes por la noche concedió una entrevista a BILD en Kiev, la capital de Ucrania. El ministro Pistorius sobre…
► Tanques Leopard-2 que Alemania puede asegurar a Ucrania: «En primer lugar, puedo confirmar a Alemania la promesa de que nuestros 14 Leopard 2A6 serán entregados a finales de marzo. La formación comenzará en breve. Hoy he conocido y me he despedido de los soldados ucranianos que están de camino a Alemania. Cumplimos el calendario, ahora depende de los demás en lo que respecta a las entregas posteriores. La voluntad está claramente ahí».
► el peligro de que los tanques lleguen demasiado tarde: «Tenemos que hacer todo lo posible para que no sea así. Eso es lo que importa ahora, por supuesto». Queda por ver si habrá ofensiva y cuándo, dijo Pistorius.
El Ministro Federal de Defensa, Boris Pistorius (62 años, SPD), viajó por sorpresa a Kiev el martes.
► Posible petición de Ucrania de cazas o submarinos:»No han desempeñado ningún papel en las conversaciones, y con razón. Planteé la cuestión de la importancia de la defensa aérea, porque parece ser la prioridad número uno en los próximos meses, según todas las evaluaciones militares que conozco».
► Un año de guerra en Ucrania: «Esta es una feroz guerra de desgaste. Hay un número demencial de bajas. Ucrania es admirable y merece todo nuestro apoyo sin fisuras».
► la cuestión de si Ucrania puede ganar la guerra, completada con la reconquista de Donbass y Crimea? «Esa es una pregunta difícil y una mirada a la bola de cristal. Ucrania está luchando con increíble valentía. Tiene grandes soldados. Lo crucial es que sigamos apoyando a Ucrania lo mejor que podamos».
► la pregunta de si es válida su frase: «Ucrania debe ganar la guerra»? «¡Sí, por supuesto!»
► posibles conversaciones de paz: «La cuestión central es: cómo llegar al punto en que las conversaciones de paz sean posibles, en que ambas partes estén dispuestas a sentarse a la mesa de negociaciones. Eso es difícil de prever».
►Amenazas en la televisión rusa de ataques nucleares contra objetivos alemanes:
«Eso no me asusta realmente. Una cosa es lo que ocurre internamente y la otra es lo que ocurre en la propaganda. Al final, todos no sabemos lo que está haciendo Putin, pero eso no debería impedirnos un apoyo razonable de común acuerdo con los aliados.»
► un mundo posible sin Putin: «Sin vacilación y sin compromiso» un mundo sin Putin sería mejor.
► su fulgurante ascenso hasta convertirse en el político más popular del país. «Si llevas suficiente tiempo en este negocio, sabes que es muy transitorio. Hoy es así y mañana es asá. Lo asumes en el día, sonríes y sigues con tu trabajo».
9. Otro artículo sobre la posible partición de Ucrania
No aporta grandes novedades, pero es un artículo más en la misma línea. Recordad que en el artículo original hay numerosos enlaces:
https://www.middleeasteye.net/
Guerra Rusia-Ucrania 2.0: Primero tanques, luego F16… ¿dónde acaba esto?
Jonathan Cook
7 de febrero de 2023 16:43 UTC
Casi tan pronto como los principales países de la OTAN, liderados por Estados Unidos, prometieron suministrar carros de combate a Ucrania, saltó el grito advirtiendo de que era improbable que los carros de combate por sí solos cambiaran el curso de la guerra contra Rusia.
El subtexto -el que los líderes occidentales esperan que su público no perciba- es que Ucrania está luchando por mantener la línea mientras Rusia aumenta el número de sus tropas y bombardea las defensas ucranianas.
La partición permanente de Ucrania en dos bloques opuestos -uno más pro-ruso y otro más pro-nazi- parece cada vez más probable.
El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, no se ha cortado a la hora de decir a Occidente lo que espera a continuación: aviones de combate, especialmente F16 de fabricación estadounidense.
Kiev está dispuesto a romper lo que los medios occidentales han calificado de «tabú», implicando directamente a los aviones de la OTAN en la guerra de Ucrania. Hay una buena razón para ese tabú: el uso de esos aviones permitiría a Ucrania ampliar el campo de batalla a los cielos rusos, e implicaría a Europa y Estados Unidos en su ofensiva.
Pero, ¿por qué suponer que el tabú de Occidente sobre el suministro de aviones de combate es realmente más fuerte que su anterior tabú sobre el envío de carros de combate de la OTAN a Ucrania? Como observaba un funcionario europeo en un artículo de Politico: «Los cazas son completamente inconcebibles hoy en día, pero podríamos tener esta discusión en dos o tres semanas».
Y efectivamente, a los pocos días, la oficina de Zelensky dijo que había habido «señales positivas» de Polonia sobre el suministro de F16 a Ucrania. El presidente francés, Emmanuel Macron, también se negó a descartar la posibilidad de aportar aviones de combate.
Subiendo la apuesta
El funcionamiento de la OTAN tiene su lógica. Paso a paso, se sumerge cada vez más en la guerra. Comenzó con sanciones, seguidas del suministro de armas defensivas. A continuación, la OTAN pasó a suministrar más armas ofensivas, en una ayuda que hasta ahora ha ascendido a unos 100.000 millones de dólares, sólo de Estados Unidos. La OTAN suministra ahora las principales armas para una guerra terrestre. ¿Por qué no iba a unirse a continuación a la batalla por la supremacía aérea?
O como observó recientemente el jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, haciéndose eco de la novela distópica 1984 de George Orwell: «Las armas son el camino hacia la paz».
Pero es más probable que ocurra lo contrario. Con cada paso adicional que dan, más se arriesgan a perder las partes implicadas si dan marcha atrás. Cuanto más tiempo se nieguen a sentarse y hablar, mayor será la presión para seguir luchando.
Esto ya no se aplica sólo a Rusia y Ucrania. Ahora, Europa y Washington también tienen mucho que decir.
A finales del mes pasado, en lo que pareció un lapsus freudiano, la ministra alemana de Asuntos Exteriores, Anna Baerbock, declaró en una reunión del Consejo de Europa en Estrasburgo: «Estamos librando una guerra contra Rusia». Días antes, el ministro de Defensa ucraniano afirmaba más o menos lo mismo: «Nosotros [Ucrania] cumplimos hoy la misión de la OTAN, sin que ellos pierdan sangre».
Según muchos analistas, es poco probable que unas docenas de tanques de la OTAN cambien las reglas del juego. Y si, como parece probable, Rusia es capaz de inutilizarlos mediante ataques de aviones no tripulados, Estados Unidos y sus socios menores se enfrentarán a una dura disyuntiva: aceptar la humillación a manos de Moscú y abandonar a Ucrania a su suerte, o subir la apuesta y trasladar la batalla a los cielos de Ucrania y Rusia.
Los científicos internacionales subrayaron el mes pasado a dónde conduce todo esto. Advirtieron de que el Reloj del Juicio Final se había movido a 90 segundos de la medianoche, el punto más cercano de la humanidad a la catástrofe global desde que se estableció el reloj en 1947. La razón principal, según el Boletín de Científicos Atómicos, es la amenaza de que la guerra en Ucrania desemboque en un intercambio nuclear.
Inesperadamente, la única discrepancia destacada de los líderes occidentales ha venido de Donald Trump, el ex presidente estadounidense. Escribió en las redes sociales: «PRIMERO LOS TANQUES, LUEGO LAS ARMAS NUCLEARES. Acabad con esta guerra de locos, YA».
Rechazar la «humillación»
La causa de alarma, de nuevo no reconocida por los líderes occidentales y los medios de comunicación occidentales, es que Rusia tiene razones muy fuertes -desde su perspectiva- para creer que su lucha actual es existencial. Nunca iba a permitir que Ucrania se convirtiera en una base militar avanzada de la OTAN a sus puertas, con el temor de que se estacionaran allí misiles nucleares occidentales.
Las nuevas informaciones que surgen sobre lo que ha estado ocurriendo entre bastidores tienden a reforzar la versión de Rusia, no la de la OTAN. Esta semana, el ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró que los esfuerzos de mediación entre Moscú y Kiev que él había dirigido al comienzo de la guerra, y que aparentemente estaban progresando, estaban «bloqueados» por Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
Cuantas más armas envíen Estados Unidos y Europa a Ucrania, y cuanto más se nieguen a entablar conversaciones, más se convencerá Moscú de que tenía razón al luchar y de que debe seguir luchando. Ignorar este hecho, como hizo Occidente en los preparativos de la invasión rusa y sigue haciendo ahora, no lo hace menos cierto.
Incluso Boris Johnson, ex primer ministro británico que tiene todos los motivos para mostrarse halagüeño en relación con Ucrania, socavó implícitamente la semana pasada la afirmación de que la OTAN no hizo nada para provocar a Rusia. Recordando una conversación con Vladimir Putin poco antes de la invasión, la enmarcó en términos de la preocupación del presidente ruso por la expansión de la OTAN.
Johnson declaró en un documental de la BBC: Putin] dijo: «Boris, dices que Ucrania no va a unirse a la OTAN en un futuro próximo… ¿Qué es en un futuro próximo? Y yo le respondí: ‘Bueno, no va a entrar en la OTAN en un futuro próximo'».
La cobertura del intercambio ha estado dominada por la sugerencia de Johnson de que Putin le amenazó con un ataque con misiles, afirmación que Rusia niega. En cambio, un informe de Downing Street del momento de la conversación sólo confirma que Johnson «subrayó» el derecho de Ucrania a la adhesión.
Pero en cualquier caso, cabe preguntarse por qué Moscú creería las evasivas y poco entusiastas garantías de Johnson sobre la expansión de la OTAN, especialmente tras más de una década de promesas incumplidas por parte de la OTAN, así como de operaciones encubiertas sobre el terreno que alejaron a Kiev de la neutralidad para convertirla en miembro de forma sigilosa.
Y eso por no hablar de los informes creíbles de que Johnson, presumiblemente actuando en nombre de Washington, echó por tierra los esfuerzos por alcanzar un acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia en las primeras fases de la guerra.
En una línea similar, Ben Wallace, secretario de Defensa británico, dijo en el mismo documental de la BBC que al final de una reunión con el jefe militar ruso, Valery Gerasimov, el general le dijo: «Nunca más seremos humillados».
Es difícil ver cómo lo que ha ocurrido antes de la invasión o desde entonces -desde que la OTAN se acerca cada vez más a la frontera rusa, hasta que libra una guerra por poderes no declarada en Ucrania diseñada oficialmente para «debilitar» a Rusia- no ha tenido como objetivo precisamente humillar a Moscú.
Negocios en auge
La justificación original de Occidente para armar a Ucrania era supuestamente apoyar la lucha de Kiev por la soberanía. Pero, paradójicamente, cuanto más se convierte la OTAN, o más exactamente Estados Unidos, en el árbitro de lo que Ucrania necesita, menos soberanía disfruta Ucrania, incluido el derecho a decidir cuándo tiene más sentido pedir la paz.
El pasado mes de noviembre, el New York Times informaba sin rodeos de que los ejércitos occidentales, especialmente el estadounidense, ven cada vez más a Ucrania como un campo de pruebas de nuevas tecnologías militares.
Según el Times, Ucrania ha estado sirviendo de laboratorio para «armas y sistemas de información de última generación, y nuevas formas de utilizarlos, que los responsables políticos y mandos militares occidentales predicen que podrían dar forma a la guerra en las generaciones venideras». Estas pruebas se consideran vitales para preparar una futura confrontación con China.
La sumisión de Ucrania a Estados Unidos -su pérdida de soberanía- quedó patente el mes pasado cuando Zelensky hizo un llamamiento a las grandes empresas estadounidenses para que aprovecharan las oportunidades de negocio en Ucrania, «desde armamento y defensa hasta construcción, desde comunicaciones hasta agricultura, desde transporte hasta TI, desde bancos hasta medicina».
Al tiempo que declaraba que «la libertad siempre debe ganar», Zelensky señaló que los gigantes financieros estadounidenses BlackRock, JPMorgan y Goldman Sachs ya estaban haciendo tratos para la reconstrucción de Ucrania. Un cínico podría preguntarse si la destrucción de Ucrania se está convirtiendo en una característica, más que en un defecto, de esta guerra.
Pero Ucrania no es el único actor importante que está perdiendo el control de los acontecimientos. Cuanto más se vea obligada Rusia a ver su lucha en Ucrania en términos existenciales, a medida que las armas y el dinero de la OTAN vayan llegando, más deberían preocuparse los líderes europeos por los peligros existenciales que se avecinan, y no sólo porque la amenaza de una guerra nuclear se cierna cada vez más grande a las puertas de Europa.
El tipo de provocaciones occidentales, especialmente estadounidenses, que desencadenaron la invasión rusa de Ucrania se están cociendo a fuego lento justo debajo de la superficie en relación con China, una región que la OTAN ahora trata perversamente como dentro de su misión del «Atlántico Norte». La guerra de Ucrania parece que puede servir de preludio, o de ensayo general, de una confrontación con China.
Preocupados por las consecuencias de la guerra de Ucrania, los Estados europeos están haciendo más pedidos que nunca de armamento, en gran parte a Estados Unidos, donde los fabricantes de armas están en pleno auge. «Se trata sin duda del mayor aumento del gasto en defensa en Europa desde el final de la Guerra Fría», declaró Ian Bond, director de política exterior del Centro para la Reforma Europea, a Yahoo Noticias a finales del año pasado.
Mientras tanto, la mayor fuente de abastecimiento energético de Europa, procedente de Rusia, ha quedado cortada, literalmente, en el caso de las misteriosas explosiones que hicieron saltar por los aires los gasoductos rusos que suministraban gas a Alemania. Ahora Europa ha tenido que recurrir a Estados Unidos -que se declaró oficialmente «gratificado» por las explosiones- para obtener envíos mucho más caros de gas natural licuado.
Y ahora que las industrias europeas se han quedado sin suministro de energía barata, tienen todos los incentivos para trasladarse fuera de Europa, sobre todo a Estados Unidos. En todas partes se advierte de la inminente desindustrialización de Alemania.
Primacía estadounidense
La administración Biden engatusó a Berlín para que le suministrara tanques. Pero ahora, con los blindados alemanes a punto de avanzar hacia Rusia por primera vez desde que las fuerzas nazis masacraran a millones de soldados soviéticos hace ocho décadas, las relaciones entre ambos países se fracturarán aún más.
El dividendo europeo de la paz, tan cacareado durante la década de 1990, se ha evaporado. Todo lo que han hecho los dirigentes estadounidenses y europeos en los últimos 15 años, y desde la invasión rusa, parece haber sido, y es, diseñado para echar por tierra cualquier esperanza de un marco de seguridad regional capaz de acoger a Rusia. El objetivo ha sido mantener a Moscú excluido, inferior y amargado. Por esa razón, la guerra actual se parece más a la culminación de la planificación posterior a la Guerra Fría -de nuevo una característica, no un error.
El retorno de una mentalidad de asedio geopolítico servirá para lo mismo que han servido las exigencias de austeridad y de apretarse el cinturón: justificará la redistribución de la riqueza de las poblaciones occidentales a sus élites dirigentes.
Escribiendo en 2015, siete años antes de la invasión, para el académico británico Richard Sakwa ya estaba claro que una OTAN dominada por Estados Unidos estaba utilizando Ucrania como una forma de profundizar, en lugar de resolver, las tensiones entre Europa y Rusia. «En lugar de una visión que abarque todo el continente, [la Unión Europea] se ha convertido en poco más que el ala civil de la alianza de seguridad atlántica», escribió.
O como resumió un escritor una de las conclusiones clave de Sakwa: «La perspectiva de una mayor independencia europea preocupaba a los principales responsables de Washington, y el papel de la OTAN ha sido, en parte, mantener la primacía de Estados Unidos sobre la política exterior europea».
Este cínico enfoque quedó resumido en un conciso comentario de Victoria Nuland -la eterna entrometida de Washington en la política ucraniana- durante una conversación grabada en secreto con el embajador estadounidense en Kiev. Poco antes de que las protestas apoyadas por Estados Unidos derrocaran al presidente ucraniano, simpatizante de Rusia, Nuland declaró: «¡Que se joda la UE! «¡Que le den a la UE!».
El temor de Washington era, y es, que una Europa que no dependa militar y económicamente de Estados Unidos -especialmente la potencia industrial de Alemania- pueda desviarse de su compromiso con un mundo unipolar en el que Estados Unidos reine supremo.
Con la autonomía europea ya suficientemente debilitada, Washington parece más confiado en poder reunir a sus aliados de la OTAN, una vez que Rusia esté aislada, para otro compromiso de gran potencia contra China.
A medida que avance la guerra, no sólo Ucrania, sino también Europa, pagarán un alto precio por la arrogancia de Washington.
Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí y ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Su sitio web y su blog se encuentran en www.jonathan-cook.net