(Página herida) Conversación en el supermercado

La cantidad de mundos/ que con los ojos abres,/ que cierras con los brazos./ La cantidad de mundos/ que con los ojos cierras,/ que con los brazos abres.

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, 68

(Sobre la cita inicial: Miguel Hernández nos sigue acompañando. Porque siempre es compañía imprescindible y porque ya falta menos para el encuentro del 25 febrero que, con toda seguridad, será de su interés: Colectivo Juan de Mairena, “Celebrando a Miguel Hernández en Barcelona” Librería Byron (Barcelona), 25 de febrero, 10:30. ¡Están invitados! ¡No se lo pierdan!)

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La vida nos da sorpresas (¿o no es una sorpresa?): ¡Lluís Rabell en la candidatura municipal de Collboni, del PSC! Futuro teniente de alcalde de la ciudad si la candidatura tiene éxito.
Hace pocos meses Lluís F. Rabell publicó un libro en El Viejo Topo: La izquierda desnortada. Entre parias y brahmanes. Le entrevisté. Hablamos de la izquierda y las tareas de la hora. Les doy la referencia: “Una izquierda que espera no es izquierda”. https://espai-marx.net/?p=12492.
Una buena noticia: “Barcelona suspende su hermanamiento con Tel Aviv para denunciar el apartheid contra el pueblo palestino”. https://rebelion.org/barcelona-suspende-su-hermanamiento-con-tel-aviv-para-denunciar-el-apartheid-contra-el-pueblo-palestino/. Collboni ha criticado (confundiendo lo que no puede ser confundido) esa magnífica decisión del consistorio municipal. ¿Qué pensará Rabell de la decisión y de la crítica de su compañero de candidatura?

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Viernes 3, día de compra, las cosas de la semana. Voy a uno de los supermercados del barrio al que suelo acudir. Dos supermercados y dos paradas en el mercado de Santa Catarina (pollería, pescadería) son mi radio de acción alimenticia. Entro (con mascarilla), cojo el carro y voy incorporando las compras: leche, yogures, verduras, fruta, legumbres, algo de queso, arroz, algo de carne, aceite, harina de arroz (sin gluten), frutos secos,.. Dicen: ¡todo está por las nubes! Dicen bien: ¡por las nubes!

Finalizada la tarea de selección, toca el pago. Me fijo en la cola de las cajas, voy a la más favorable. Saludo al trabajador, una persona joven. Poco más de 20 años. No lo había visto hasta entonces, no habíamos coincidido. También él me saluda. Conversamos además. Hablamos en castellano y un poco en catalán. Nos sale así.

Está cansado, me cuenta. Algunos días se levanta muy pronto, este viernes por ejemplo. A qué hora le pregunto. Depende. Cuando estoy en casa de mi madre, en Sant Andreu, a las 4 de la mañana; cuando estoy con mi padre, vive en Poble Nou, le pilla más cerca del trabajo, algo más tarde, a las 4:20 (Inmediatamente pienso en mis padres; también ellos se levantaron durante años a esa hora; en mis 50 años de trabajo, nunca fue mi caso. Unas dos horas y media más tarde).

Como viví mucho tiempo en Sant Martí de P., tocando a Poble Nou, unos 30 años en total, hablamos del barrio. Le explico donde viví, conoce las calles. Me da detalles de su dirección. Le digo que he pasado muchas veces por allí. Tal vez hayamos coincidido sin saberlo.

Me pregunta por mi situación (todo eso mientras calculando el coste de la compra). Le digo que ya me he jubilado, que vivo cerca del supermercado y que me levanto mucho más tarde que él, a las 7:15. Lo siento, le digo. Se ríe, sonríe más bien, y añade: ¡está jubilado, ya no tiene que ir al curro!

Me trata de usted; yo también.

Me ayuda a colocar las cosas de la compra en mi carro. Le digo que no es necesario, que no se preocupe, que puedo hacerlo. Pero sigue ayudándome, es su forma de aproximarse. Muchas, muchas gracias, le digo, le sonrió, le agradezco.

Le deseo descanso, suerte y buen fin de semana. Me desea lo mismo. Pienso (deseo) que volveremos a vernos otro día. Se lo digo. Que así sea, me contesta. Depende de usted, me comenta.

De vuelta a casa pienso en su trabajo, en él, en su horario. Trabajos imprescindibles decíamos no hace mucho. No en estos momentos. Muchos piensan ahora que un trabajo así es rutinario, sin importancia, sin cualificación, que cualquiera puede hacerlo, que no apartan nada sustantivo a la cadena de valor (o expresión afín). ¿De verdad que cualquiera puede hacerlo? ¿Cualquiera? ¿Podrían ustedes levantarse cinco días por semana a las 4 o 4:30 de la mañana y trabajar luego 7 horas, o 7 horas y media, más tiempos de desplazamientos? ¿Cómo lo llevarían? ¿No estarían muy cansados, agotados? ¿No correrían el riesgo de equivocarse al dar el cambio, por ejemplo? ¿No pensarían-sentirían en algún momento “no puedo más y aquí lo dejo”? ¿No se mostrarían descorteses en algún momento? ¿Alguien puede afirmar en serio que no aportan “nada sustantivo”?

Pienso luego en los otros trabajadores y trabajadoras con los que me relaciono en los dos supermercados y en los puestos del mercado. En total, deben ser unas 30 personas.

El horario de los dos trabajadores de la pescadería de la plaza, dos hermanos colomenses, es tan o más duro. La mayoría de días se levantan a las 3 de la mañana. Tienen que ir a comprar el pescado fresco del día. Nos llevamos bien, muy bien. El hermano estudió en el Instituto Puig Castellar de Singuerlín, donde trabajé unos 35 años (cerca del instituto donde trabajó el compañero Javier Pardo). No fue alumno mío. Su compañera, su hermana, está orgullosa de que su hijo estudie Bellas Artes. El primero de la familia. Pregunto por él siempre, para que me cuentes cosas.

No les he preguntado por horarios a las trabajadoras (todas ellas mujeres) de la pollería. Tarea pendiente. Sé, eso sí, me lo han contado, que algunas de ellas no trabajan siempre en la misma plaza. Van rotando, les hace rotar. Para cubrir permisos o enfermedades en otras dependencias de la empresa. Con los inconvenientes que eso comporta.

Con algunos de estos trabajadores/as hablamos en castellano; con otros en catalán. Muchas veces pido en ambos idiomas, los mezclo. Ellos, ellas también. Nos entendemos.

Más o menos esa es la real vida lingüística de la ciudad (menos en las instituciones: preferencia del catalán en el Ayuntamiento barcelonés por ejemplo). ¿Por qué convierten, por qué quieren convertirla la lengua en una innatural trinchera identitaria excluyente? Pues por multitud de razones, ninguna de ellas buena, algunas de ellas perversas.

Una de esas falsas razones: por el “Som una nació” y la lectura nacional-secesionista de la expresión. Otra (otro cuento): porque el castellano es un idioma impuesto, no es propiamente una lengua del país. Es lengua familiar, para las intimidades. No un idioma para lo público, para las instituciones.

Me olvidaba: ¿algún sesudo sociólogo dijo alguna vez que la clase obrera ya no existía, que todo era clase media? ¿Quiénes no existen?

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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