Resumen (comentado) de El capital en la era del Antropoceno de Kohei Saito (XIV)

Seguimos en el segundo capítulo, “El límite del keynesianismo medioambiental”, en el apartado Los «jueguecitos intelectuales» del IPCC”.
Sugerencias previas: artículo de Manuel Casal Lodeiro, «La falacia de las renovables y el cambio climático” (https://ctxt.es/es/20230201/Firmas/42197/Manuel-Casal-Lodeiro-energia-renovable-cambio-climatico-medioambiente-combustibles-fosiles.htm.), muy bien documentado y argumentado. Será de su interés. Una de sus consideraciones: “Pues bien, entonces la prueba del algodón para saber si las pseudorrenovables sirven realmente para combatir el cambio climático sería preguntarnos, en primer lugar, si reducen las emisiones. ¿Construir, instalar y operar una turbina eólica, por ejemplo, retira carbono de la atmósfera? ¿Lo hace un panel fotovoltaico? La respuesta es que no, no están hechos con ese objetivo, sino para generar electricidad a partir de la captación que realizan de flujos de energía presentes en la Naturaleza. De hecho, para su construcción se necesita quemar cantidades importantes de combustibles fósiles, lo cual contribuye… ¡a empeorar el cambio climático!”

Una segunda sugerencia: Jaume Franquesa: «Los grandes beneficiarios del despliegue renovable forman parte del problema del cambio climático» – Climática. Sus consideraciones sobre la noción de transición energética justa:
Quizá la primera pregunta pueda parecer muy obvia, pero ¿qué es la transición energética?
La transición energética es un término engañoso: porque no sabemos si se refiere a algo que tiene que pasar o a algo que ya ha pasado. Como concepto, significa la sustitución de una fuente de energía por otra; lo que pasa es que, en la práctica, el término se usa más bien para explicar que una determinada fuente energética pasa a ganar el liderato; el ejemplo más obvio es cuando después de la II Guerra Mundial, el petróleo pasa a ser la principal fuente energética. Se produce una transición energética del carbón al petróleo, pero eso no significa que el carbón deje de utilizarse, más bien todo lo contrario, el uso de carbón sigue creciendo.
Si aplicado hacia el pasado el término es confuso, porque no se produce una sustitución real, aplicado al futuro es tramposo. ¿A qué nos referimos hoy con transición energética? ¿A la sustitución de fuentes fósiles por fuentes renovables o a la coexistencia entre ambas? Porque lo primero es una transición real y lo segundo es otra cosa.

Hay un concepto que suele ir aparejado al anterior, que es el de justicia; es decir, no vale solo con llevar a cabo una transición desde energías fósiles a renovables, sino que esta debe ser justa. ¿Qué características debe tener para ser justa?
La transición energética justa hay que entenderla como una extensión de lo que se conoce como justicia ambiental, es decir, la idea de que cuando nos referimos a cuestiones ambientales, los beneficios y las consecuencias de los daños no se reparten de una manera equitativa. Se trata de un término que nace en Estados Unidos en los años 80 para explicar que comunidades desfavorecidas en términos de clase y de raza sufren la mayor parte de los impactos ambientales en forma de problemas en la salud porque, por ejemplo, tienen las industrias contaminantes cerca de sus barrios.
La transición energética justa no es más que la aplicación de la idea de justicia ambiental a este cambio en el modelo, que viene a decir que los beneficios y las cargas deben repartirse en lugar de que los beneficios se los queden unos pocos y las consecuencias las pague el resto. Esa es la idea actual.

Cojo el hilo Saito.

Aquí hay algo que cae por su propio peso, alerta el filósofo nipón. “¿Qué sentido tiene incrementar la carga ambiental dilapidando otros recursos naturales solo para poder seguir utilizando combustibles fósiles? ¿No sería más razonable tratar de construir una sociedad que no dependa de estos combustibles?” Se mire como se mire la BECSS, la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono, es un mal remedio.

Sin embargo, el informe del IPCC (ARS) contempla la aplicación de tecnologías problemáticas e ilusorias como la BECCS, en casi todos los escenarios hipotéticos de 2º C”. Los expertos implicados en la redacción del informe, observa Saito, tendrían que saber que “la BECCS es una solución irreal. A pesar de ello, se la sigue teniendo en cuenta para la elaboración de complejos modelos de predicción de escenarios futuros”.

No es extraño por ello que Rockström tache estas predicciones de «jueguecitos intelectuales». “Los expertos mundiales en la materia, en lugar de perder el tiempo en estos jueguecitos, deberían estar haciendo pedagogía entre el público general acerca de lo que hay que hacer para detener la crisis ambiental y explicando a los políticoa y burócratas por qué es tan necesaria la adopción de medidas mucho más audaces y ambiciosas”.

Quizá, comenta Saito, algunas personas se extrañen de que el IPCC esté cayendo en “una contradicción tan flagrante”. La razón es sencilla: “los modelos del IPCC tienen como premisa el crecimiento económico y, por eso, están atrapados en la trampa del crecimiento económico». Para el autor, mientras la premisa indiscutida siga siendo el crecimiento conómico, “solo se podrán esperar soluciones que impliquen el recurso a tecnologías como las NET”.

«El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones» es el título del siguiente apartado.

Como queda claro de lo expuesto hasta ahora, “aunque la transición hacia los velúculos eléctricos y las energías renovables es obligada, si la finalidad de este cambio es mantener el estilo de vida actual, volveremo a caer fácilmente en la lógica del capitalismo y seguiremos apresados en la «trampa del crecimiento económico».”. Para sortearla, debemos cortar de raíz, asunto central y nada fácil, “el apego a una cultura consumista que, por ejemplo, asocia la autonomía personal con tener vehículo propio, y reducir drásticamente el consumo material. También es necesaria “una intervención quirúrgica seria al propio sistema capitalista para aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías”. Por eso, insiste el filósofo nipón, “el keynesianismo medioambiental es insuficiente.”

Saito vuelve a insistir una vez más, para evitar malentendidos, que “las grandes inversiones encaminadas a una reforma radical de las infraestructuras estatales, a través de políticas como el Green New Deal, son indispensables”. No hay dudas: “por supuesto, debemos reemplazar a marchas forzadas las viejas tecnologías por la generación eléctrica fotovoltaica o los coches eléctricos”. Tenemos también “que avanzar en la expansión y mejora del transporte público gratuito, en la instalación de carriles bici o en la construcción de viviendas públicas con paneles solares mediante estímulos fiscales ambiciosos”. Pero todo ello es insuficiente. “Podrá sonar paradójico, pero lo que verdaderamente debería procurar el Green New Deal no es un crecimiento económico condenado al desastre, sino la reducción de la dimensión y la desaceleración del ritmo de la economía”. La tesis central de Saito, su comunismo decrecentista.

De entrada, añade, “el objetivo de las medidas para luchar contra el cambio climático no es el crecimiento económico, sino detener el cambio climático”. Siendo así, “renunciar al crecimiento económico constante, aumentará la probabilidad de alcanzar dicho objetivo”. Además, se podrán mitigar de paso “los problemas derivados de la minería del litio en Chile o del cobalto en el Congo (aun así, se seguirá destruyendo el medio ambiente)”.

En apretada síntesis: “al Green New Deal, que busca un crecimiento económico infinito, solo cabe decirle que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones»”.

El mito de la sociedad desmaterializada” es el título del siguiente apartado.

Saito se imagina que sus afirmaciones no serán plato de buen gusto para muchos lectores. Sin embargo, añade, no es Rockström el único que ha llegado a conclusiones similares. “El historiador Vaclav Smil, cuyas obras lee y admira también Bill Gates, se posiciona claramente en este asunto al afirmar lo siguiente en su libro Crecimiento, publicado en 2019: «Un crecimiento materialista continuado […] es imposible. Ni siquiera la desmaterialización -hacer más cosas con menos recursos- podrá salvar esta limitación».”

Como bien apunta Smil, “la transición del conjunto de la economía al sector servicios no solucionará los problemas. Por ejemplo, aunque el ocio es, de entrada, inmaterial, se afirma con buenas razones y cálculos “que la huella de carbono derivada de las actividades de recreo supone hasta el 25 % de la total.” El desarrollo de la economía de la información, “basado en el internet de las cosas (internet of things, o IoT, por sus siglas en inglés), que exalta gente como Jeremy Rifkin, tampoco será la solución”.

Aunque nos pueda parecer que el capitalismo actual está creando un sistema económico desmaterializado a base de aumentar la cuota de trabajos no físicos, “en el fondo es un sistema que se sustenta en consumir cantidades desmesuradas de energía y de recursos para la fabricación y operación de los ordenadores y servidores que necesita”. Ocurre lo mismo, desde luego, con la migración a la nube. “Incluso el capitalismo cognitivo, que depende de las TIC, está muy lejos de la desmaterialización o el desacoplamiento”. En definitiva, apunta Saito con toda razón y razones, “todas estas historias son un mito”, un mito interesado. Al final, “ni Friedman ni Rifkin son capaces de ofrecer respuestas convincentes a estas dudas. Silencian completamente las verdades incómodas y solo se dedican a propalar sus méritos”. Y no es eso. También aquí necesitamos un pensamiento dialéctico, sistémico o globalizador, como se quiera decir.

¿Se puede detener el cambio climático?” es el título del siguiente apartado.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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