Seguimos en el segundo capítulo, en el apartado “¿Se puede detener el cambio climático?”.
Una sugerencia previa (de mucho interés en mi opinión): “La petrolera Shell conoce el impacto climático de sus actividades desde la década de los 70”. Publicado en La marea climática. El activista climático Vatan Hüzier ha recopilado centenares de documentos que desvelan cómo Shell respaldó investigaciones científicas que advertían de los impactos de los combustibles fósiles en los años 70 (recuerda el caso del amianto). Aun así, la petrolera los ocultó y divulgó campañas publicitarias que apostaban por el carbón como única solución. https://www.climatica.lamarea.com/shell-conocia-impacto-climatico-desde-70/ (Pueden leer la investigación completa en DeS).
La investigación ha sido bautizada como Perlas sucias: exponiendo el legado oculto de Shell en materia de responsabilidad por el cambio climático, 1970-1990.
“Hüzier ha demostrado cómo, a pesar de que la empresa era consciente de su impacto climático, avaló a su vez otras publicaciones que minimizaban u omitían esos riesgos para el planeta y defendían el uso de combustibles fósiles, especialmente del carbón. Entre los archivos, se incluye un memorando confidencial de Shell titulado El efecto invernadero, publicado en 1986, en el que se advertía de impactos climáticos «mayores que cualquiera de los ocurridos en los últimos 12.000 años», y revelaba un programa interno de Shell sobre ciencia climática iniciado en 1981.”
Estos hallazgos contrastan “con los estudios y campañas publicitarias que Shell sí publicaba. En 1981, la empresa divulgó Hora de la Energía (Time for Energy), una película de media hora en la que no se mencionan las preocupaciones científicas y se apuesta por el carbón como fuente de energía clave para hacer avanzar al planeta. Anteriormente, también financió proyectos en los que se sugerían soluciones tecnológicas poco realistas para compensar las crecientes emisiones de la quema de combustibles fósiles”. Shell, por supuesto, no es la primera compañía fósil que oculta información.
Sobre Doñana: Santiago Martín Barajas, “El insostenible crecimiento del regadío” https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/insostenible-crecimiento-regadio_129_10108056.html
Otra sugerencia: George Monbiot, “El capitalismo está destruyendo el planeta, es hora de dejar de participar en nuestra propia destrucción.” https://rebelion.org/el-capitalismo-esta-destruyendo-el-planeta-es-hora-de-dejar-de-participar-en-nuestra-propia-destruccion/. Abre con estas consideraciones: “Existe un mito sobre los seres humanos que resiste todas las pruebas. Es que siempre anteponemos nuestra supervivencia. Esto es cierto para otras especies. Cuando se enfrentan a una amenaza inminente, como el invierno, invierten grandes recursos para evitarla o soportarla: migrar o hibernar, por ejemplo. Cuando se trata de los humanos, la historia es diferente.”
Cojo el hilo Saito, en el apartado “¿Se puede detener el cambio climático?”.
Así las cosas, observa el filósofo nipón, “a uno le asaltan las dudas acerca de las verdaderas intenciones de los defensores del Green New Deal. ¿Realmente quieren detener el cambio climático? Porque un Green New Deal que persiga el crecimiento económico a base de adaptación a un mundo cuyas temperaturas sean 3ºC más altas, que ni detenga ni mitigue el cambio climático, es perfectamente posible. Esta estrategia de adaptación implicará, conjuntamente, el recurso a las NET o la energía nuclear.”
Este es precisamente, señala el filósofo japonés, el plan propuesto por el famoso think tank norteamericano The Breakthrough Institute. “Se trata, también, de una postura que comparten personas que conceden gran importancia a la adaptación al cambio climático, como Steven Pinker o Bill Gates”. Tal adaptación se asienta sobre la premisa de que el cambio climático ya no se puede detener. Pero, ¿No es una claudicación demasiado temprana, cuando aún hay esperanzas de contener su avance? ¿Por qué no hacer todo lo que aún está en nuestras manos?, se pregunta Saito.
Lo que se suele plantear en este contexto “es el de revertir nuestro nivel de vida al de los años setenta del siglo pasado. En tal caso, los japoneses no podremos viajar en avión a Nueva York para pasar allí tres días de asueto, ni tampoco degustar el Beaujolais Nouveau que se importe, vía aérea, cuando se levante la prohibición de su venta”. Sin embargo, pregunta el filósofo nipón con toda razón, “¿qué impacto real tendrían esas restricciones? Efectivamente, serían acciones insignificantes frente a una subida de 3 ºC de la temperatura promedio del planeta. Entre otras cosas, porque una subida así haría imposible la producción de vino francés y no volveríamos a tomarlo jamás”.
Saito es del todo consciente de que una visión de futuro que asuma un descenso del nivel de vida no es una opción políticamente atractiva. “Pero ignorarla por problemática e insistir, en cambio, en el crecimiento económico verde para ganar elecciones porque suena mejor como eslogan político, no merece otro calificativo que el de ecoblanqueo disfrazado de consideración ambiental, por muy bienintencionado que sea”. De hecho, tal evasión de la realidad “dará aún más alas al modo de vida imperial y alentará la explotación y la opresión de la periferia. Si siguiéramos por ese camino, nosotros también sufriríamos las consecuencias en un futuro cercano”.
“La opción del decrecimiento” es el título del último apartado de este segundo capítulo.
Si se decide abandonar la evasión de la realidad que Saito llama «crecimiento económico verde», debemos estar preparados para tomar decisiones difíciles. “¿Con qué grado de seriedad afrontaremos la reducción de las emisiones de CO2? ¿Quiénes asumirán los costes? ¿Qué indemnización ofrecerán al Sur global los países desarrollados por su modo de vida imperial? ¿Cómo afrontaremos los problemas medioambientales adicionales que surgirán en el proceso de transición hacia una economía sostenible?”
Saito admite que las respuestas no son fáciles de encontrar. “Con todo, en este libro quiero proponer una alternativa: el decrecimiento. Desde luego, el decrecimiento no resolverá todos los problemas como por arte de magia, y quizá sus frutos ni siquiera se logren en el plazo debido. Aun así, en los próximos capítulos me gustaría explicar por qué es una propuesta que debemos barajar seriamente para evitar el desastre”.
Por supuesto, al filósofo japonés no se le escapa el gran problema “que se plantea aquí es definir a qué clase de decrecimiento debemos aspirar”. Por eso, el siguiente capítulo, lleva por título “Contra el decrecimiento bajo el capitalismo”. No es esa la opción defendida por nuestro filósofo ecocomunista.
Entramos ahora en el capítulo 3: “Contra el decrecimiento bajo el capitalismo”, en el primer apartado: “Del crecimiento económico al decrecimiento”.
Saito nos recuerda que el capítulo 2º argumentó que resulta prácticamente imposible “compaginar el crecimiento económico con la reducción de las emisiones de dióxido dw carbono a una velocidad adecuada” para evitar el desastre. Llevar a cabo “el desacoplamiento es muy difícil”.
En ese caso, prosigue, “solo cabe renunciar al crecimiento y considerar seriamente el decrecimiento económico situando este concepto en el corazón de las medidas contra el cambio climático”. Pero, ¿qué decrecimeinto se necesita? Saito lo analizará en este tercer capítulo.
Antes de comenzar, deja claro que es consciente de que en “el mundo hay miles de millones de personas sin acceso a luz o agua potable, que no puede estudiar ni comer en condiciones y que, para ellas, el crecimeinto económico es absolutamente necesario.” Por eso, añade, en el ámbito de la economía del desarrollo, “siempre se ha dicho que el crecimiento económico es la clave para la solución del problema Norte-Sur y se ha ofrecido todo tipo de ayudas al desarrollo”. Saito señala que no tiene la menor intención de negar o criticar la bondad o la importancia de esas ayudas. Pero es un hecho “que el modelo de desarrollo que gira en torno al crecimiento económico está mostrando claros síntomas de agotamiento. Y es evidente que las críticas al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional no paran de crecer”.
Uno de los críticos que está llamando la atención en el mundo occidental es la economista Kate Raworth. “Tras muchos años estudiando el problema Norte-Sur en Oxfam, organización no gubernamental centrada en la ayuda al desarrollo internacional, esta economista comenzó a criticar la corriente mayoritaria de la ciencia económica y a mostrarse favorable al decrecimiento.” Como primer paso en el análisis del tipo de decrecimiento necesario, Saito resume la propuesta de Raworth.
“La economía del dónut: fundamento social y techo ecológico” es el título del siguiente apartado.
Las reflexiones de Raworth parten de la siguiente pregunta: “¿Qué nivel de desarrollo económico brindará prosperidad a toda la humanidad sin que ello suponga sobrepasar los límites ecológicos de la Tierra?». El concepto que utiliza Raworth para responder a esta pregunta “es el de la «economía del dónut».
Saito elabora una figura a partir de “Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI”. En esa figura, que aquí no puedo reproducir, “el anillo interno de la rosquilla representa el fundamento social y el anillo externo, el techo ecológico. Una persona no puede prosperar si carece del fundamento social básico, como agua, ingresos o educación. La falta de fundamentos de tipo social significa carencia de requisitos materiales para que un ser humano despliegue su potencial y viva libremente. Si las personas no pueden desarrollar libremente sus capacidades, jamás se lograría una sociedad justa”. Esta es la situación en la que se encuentran las personas que viven en los países subdesarollados.
Empero, no se trata de que “las personas actúen caprichosamente y a su antojo para desarrollar su potencial. Para que las generaciones futuras prosperen, la sostenibilidad es indispensable. Y para lograr la sostenibilidad, la generación actual debe respetar unos límites. Estos límites son el “techo ecológico” basado en los límites planetarios”. Saito habló de ello en el anterior capítulo; el techo ecológico es el anillo exteno de la rosquilla. Es decir, prosigue, “si se pudiera diseñar una economía global que permitiera la inclusión del mayor número de personas entre los límites superior e inferior (del gráfico), se podría hacer realidad una sociedad sostenible y justa”. Este es el planteamiento básico de Raworth. Sin embargo, como ha ido insistiendo Saito, “los habitantes de los países desarrollados viven ya muy por encima de los límites planetarios, mientras que los habitantes de los países subdesarrollados están condenados a una vida carente de cimientos sociales básicos”.
El sistema actual, por tanto, “no solo es muy dañino para el medio ambiente, sino también tremendamente injusto”, especialmente para las clases más vulnerables y para las personas que viven en los países del Sur Global.
“Lo que se necesita para corregir la injusticia” es el título del siguiente apartado.
Según Saito, “el planteamiento de Raworth causó sensación e indujo una investigación transversal en distintas áreas que transcendió los ámbitos de la política y la economía. Una de ellas es la investigación cuantitativa del economista ambiental Daniel O’Neill y colaboradores. Su trabajo recurre al concepto de la «economía del dónut» para medir varios índices concretos en unos ciento cincuenta países e ilustrar en qué lugar de la rosquilla se encuentra cada uno”.
Se acuerdo con esta investigación que analiza la correlación entre la calidad de vida y la carga ambiental, “la tendencia que se observa es que cuantos más umbrales sociales se satisfacen, más límites planetarios se superan. Excepto Vietnam, la mayoría de los países están colmando sus necesidades sociales sacrificando la sostenibilidad”.
Es un hecho verdaderamente incómodo, señala Saito. “Resulta que tomar como modelos a los países avanzados, apoyar el progreso de los países en vías de desarrollo y tratar así de satisfacer las necesidades sociales básicas es ruinoso a nivel planetario. No obstante, según Raworth, en el caso hipotético de que la demanda de recursos y energía aumentase, la carga adicional para lograr una sociedad justa sería mucho menor de lo que comúnmente se suele creer”.
Un ejemplo: “en el caso de los alimentos, con incrementar en apenas el 1% las calorías totales suministradas, se podría salvar del hambre a 850 millones de personas. Aunque se calcula que actualmente hay 1.300 millones de personas que viven sin acceso a luz, si se les suministrara electricidad a todos ellos, las emisiones de CO2 solo se incrementarían en un 1%. Para sacar de la pobreza a 1.400 millones de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día sería suficiente con redistribuir apenas el 0,2 % de la renta mundial”. Y aunque Raworth no lo dice, Saito añade, “la democracia se podría implementar sin aumentar la carga ambiental”.
No solo eso. “La igualdad económica también se podría alcanzar sin empeorar la carga medioambiental si se recortasen y redistribuyesen los gastos militares o las ayudas a la industria petrolera. Es más, el medio ambiente experimentaría una mejora.” Lo que se está sugiriendo con estas ideas, nos comenta Saito, “es que la injusticia que suponen las diferencias abismales entre el Norte y el Sur se podría corregir, al menos hasta cierto punto, sin destruir más el entorno natural aunque sigamos aferrados al crec1m1ento económico”.
“¿Existe correlación entre crecimiento económico y bienestar subjetivo?” es el título del siguiente apartado.