Miscelánea 3/10/2023

Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. Hay que nacionalizar los bienes básicos.
2. B distópico,
3. Fatiga de guerra.
4. Wagner sigue en Africa.
5. La diferencia cultural en el enfoque sobre la guerra.

1. Hay que nacionalizar los bienes básicos

Incluso por motivos prácticos, de cara a una transición ecosocial, es necesaria la nacionalización de diversos servicios públicos, incluidos los energéticos.

https://ctxt.es/es/20231001/

La energía como bien público, clave para el desarrollo sostenible

El futuro de las empresas públicas de energía es factible, pero para ello es imprescindible romper con las lógicas crecentistas, extractivistas y de acumulación de capital en detrimento de millones de desposeídas y ecosistemas arrasados

Antonio Aretxabala / Antonio Turiel / Unai Pascual 2/10/2023

En el año 2015 los líderes mundiales adoptaron un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger los ecosistemas que aún siguen funcionando y asegurar la prosperidad para toda la humanidad como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible que culminaría en el año 2030: la Agenda 2030.

Septiembre de 2023 supuso el ecuador del proyecto, y se convocó una reunión que acogió la sede de Naciones Unidas para realizar un gran repaso. Nuevamente los líderes mundiales se reunieron para observar qué se había hecho bien y qué no. Algunos analistas económicos y sociales comentaron que se habían desarrollado apenas un 15% de las metas a alcanzar en el 50% del plazo; la culpa, obviamente, es de la pandemia de covid-19 declarada por la OMS en 2020 y la guerra en Ucrania. Otros, más descarnados, directamente denunciaron una situación peor a la de la casilla de salida, es decir, peor que en 2015.

Superando el ecuador
Apenas se ha desarrollado un 15% de las metas a alcanzar en el 50% del plazo

Como indican numerosos informes internacionales, no hemos conseguido erradicar el avance de la destrucción de la mayoría de los ecosistemas ni la desposesión de las comunidades que los habitan. Tampoco la minería, que irrumpió con fuerza tras el colapso de los mercados de 2008 como pilar fundamental para una transición justa, ha podido ser reconvertida, y de hecho es cada vez más especulativa. Nos propusimos sustituirla por modelos de extracción sostenibles que debían mitigar los impactos ambientales y sociales de manera notable, presentándose como el sector más transversal de los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) y presente desde el primero de ellos u ODS1: la minería y el fin de la pobreza, o el segundo ODS2: la minería y la erradicación del hambre, y así sucesivamente, la minería y la salud, el bienestar, igualdad, trabajo digno, cambio climático, paz, fortalecimiento de las instituciones…

El resultado, por el contrario, ha sido una creciente intensificación de la presión ambiental y social por unidad de actividad económica, tal y como se deduce de los trabajos de autores como William Rees, del Post Carbon Institute, o desde hace años por el International Resource Panel (IRP) del Programa Medioambiental de las Naciones Unidas. Se desmienten así las afirmaciones genéricas de itinerarios de transición ecológica que reposan sobre la idea de lograr un crecimiento verde con el apoyo de programas al estilo Green Deal que, derivado de los 17 ODS, se han puesto en marcha en Europa, especialmente tras la pandemia. Además, se consolida tal contradicción con un hecho bien contrastado del que la minería es la gran protagonista: que la eficiencia del mercado gracias a la tecnología digital (gran consumidora de energía y minerales) ha facilitado el saqueo a las comunidades locales y a sus territorios. Otra manifestación más del efecto rebote o paradoja de Jevons de carácter extractivo.
Cuando nacieron los 17 ODS en septiembre de 2015, áreas extensas del planeta ya habían tenido que ser abandonadas o estaban en declive irreversible

Cuando nacieron los 17 ODS en septiembre de 2015, áreas extensas del planeta ya habían tenido que ser abandonadas o estaban en declive irreversible. Los valores utilitaristas fomentados por el sistema neoliberal que, a su vez normaliza la visión de la naturaleza como fábrica de materias primas, ha supuesto la hegemonía de un modelo relacional de dominación respecto a la naturaleza con objetivos extractivistas. Este modelo extractivo erosiona el medio que nos sustenta y es incapaz de evitar su destrucción si el beneficio económico depende de que los impactos ambientales sean externalizados a otros lugares y cargados a sus habitantes, incluidos los no humanos, ya que éstos no tienen influencia en las decisiones que determinan la rentabilidad del mercado de materias primas.

Por tanto, un sistema energético que sustente nuestras sociedades termoindustriales exactamente como hasta ahora, pero con muy pocas o sin energías fósiles, basado en modernas tecnologías de captura de energía renovable con un grado de optimización y eficiencia máximo, con una gestión digitalizada y automatizada en su uso gracias a la inteligencia artificial, sería igual de cuestionable a la luz de las experiencias previas. No deberíamos repetir viejos postulados de una sustitución mineral que nunca jamás en la historia se ha dado. El último fracaso, el Proyecto Smart 2020, con la implantación de la automatización, internet de las cosas, industria 4.0 y otros procesos digitales fue pensado bajo la tutela de Merkel y Sarkozy en 2008 para “refundar el capitalismo” tras su último batacazo, pero ya vimos que ninguna de aquellas metas y objetivos de optimización, emisiones, eficiencia ni ahorro se produjo. No obstante, esta vez se va asumiendo una realidad incuestionable: la irrupción de la descentralización en las matrices energéticas como factor novedoso de gestión más eficiente.

Energía pública

Dentro de las posibilidades que se presentaron para enderezar el fracaso manifiesto de Smart 2020 y ahora de la Agenda 2030, que algunas personas vieron venir y que se reflejan en sesudos estudios científicos y sociales, informes del IPCC, IPBES, etc., que puso a prueba la capacidad de cooperación transnacional, se barajaron varias soluciones. Una de ellas fue la creación de empresas públicas de energía. Existen muchos modelos, desde la propiedad completa del Estado, como en Francia, hasta el papel del Estado como accionista minoritario, como en el caso de Italia. En 2022, la propuesta de Unidas Podemos de crear una empresa pública de energía de carácter estatal fue rechazada por el Congreso de España. No obstante, varias formaciones políticas han seguido trabajando en esa misma línea abriendo la posibilidad de hacerlo a nivel autonómico, local o comunitario con diferentes variedades de participación, incluso público-privada.

La idea parece adecuada y esperanzadora porque podría suponer la ruptura definitiva del viejo régimen de oligopolios político-empresariales y puertas giratorias del sector energético que tanto sangra, especialmente a la ciudadanía. ¿O no? 

Según se dirigían los mandatarios mundiales a la reunión de Nueva York, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció en el Discurso sobre el estado de la Unión un paquete extraordinario de medidas para la industria eólica. La mayoría de los analistas hablan directamente de un rescate. La Unión Europea fijó, con la firma de los Gobiernos de Europa, el objetivo de 420 GW de capacidad eólica en 2030. Sin embargo, la industria eólica nunca se creyó semejante ambición. Las dificultades técnicas en algunos diseños y unas cadenas de suministro que hacía más de un lustro no funcionaban just in time hicieron que la propia industria considerase un riesgo muy real “que la expansión de la energía eólica se iba a hacer en China, no en Europa”.
El cobalto de nuestros dispositivos digitales ha convertido a la República Democrática del Congo en uno de los países más pobres y esclavistas del mundo 

Por si era poco, los científicos chinos se han vuelto reticentes a seguir explotando a precio de ganga los valiosos recursos geológicos necesarios para nuestra “transición verde” y ahora, ellos mismos nos advierten de que sólo “la prospección geológica intensiva de los depósitos de minerales clave causa un daño extremo al medio ambiente”. Como si de repente se hubieran dado cuenta de lo que en occidente conocemos muy bien.

De momento, las tres cuartas partes del cobalto de nuestros dispositivos digitales y de nuestras infraestructuras de transformación y captación de energías “limpias” –con la ayuda de fondos chinos y capital occidental–, han convertido a la República Democrática del Congo en uno de los países más pobres y esclavistas del mundo (el 74% de su población vive por debajo del umbral de pobreza). No son pocas las voces que intentan frenar semejante injusticia ambiental, pues choca directamente contra los 17 ODS. Pero el mundo permanece indiferente porque al parecer no somos capaces o no queremos ver otra salida que el sueño del crecimiento verde, público o privado.

En un contexto de creciente acumulación de activos tóxicos, la creación de una empresa pública de energía, puede ser vista como una navaja de doble filo. Serviría en cierto modo para reunir aquellos activos tóxicos que van creciendo a golpes por la colisión constante con los límites ecosistémicos, geológicos, termodinámicos y éticos de nuestras sociedades extractivistas y su consiguiente aniquilamiento de vidas y territorios en miles de rincones del Planeta. O, en su caso, el modelo de empresa pública de energía también podría ofrecer palancas interesantes para acompañar una transformación real del modelo energético y así guiar una auténtica revolución verde también desde una perspectiva tecnológica y humanitaria.

El primer caso puede constituir un rescate adicional del sector energético que tiene una gran dosis de responsabilidad en la crisis ecosocial. Este rescate estaría movido por la misma visión del crecimiento y de acumulación de riqueza en las manos que mecen la cuna del sistema neoliberal, como el gas y la nuclear desde 2022. El segundo caso, el que supondría una auténtica transformación o revolución, dependiendo del ritmo y profundidad de los cambios estructurales del sistema económico actual, asumiría la imposibilidad del crecimiento material y energético, ni sostenido ni sostenible, en un planeta que ve cómo se siguen sobrepasando sus límites físicos y sociales. En este segundo caso se pondrían en marcha cuanto antes todas las fórmulas de disminución, optimización, descentralización y decrecimiento controlado previstas en cada vez más estudios e informes científicos, sociales y humanitarios o en documentos tan valiosos como el Dictamen SC/048 del Comité Económico y Social Europeo (CESE) de la UE sobre nuevos modelos económicos sostenibles.

Pero para ello es requisito necesario, aunque no suficiente, romper con las lógicas crecentistas, extractivistas y por supuesto, de acumulación de capital en detrimento de millones de desposeídas y ecosistemas vaciados, arrasados o abandonados, cual infames vertederos. El futuro de las empresas públicas de energía puede ser brillante, por supuesto, pero siempre y cuando la garantía de su funcionalidad pase por que el concepto de sostenibilidad, en todo su prostituido esplendor, recupere su significado esencial: el mantenimiento del equilibrio y las funciones básicas de la naturaleza que ofrecen el soporte vital del sistema socioecológico.

2. B distópico

Esta semana no me ha convencido mucho el artículo de B, el mago honesto. Entra de lleno en el «doomporn», lo que no tiene demasiada utilidad.

A Sneak Peak…

Un vistazo… a un mundo postindustrial, y por qué nos está pasando a nosotros

Nuestra civilización industrial globalizada ha llegado a un punto de ruptura. Los fundamentos -todos los insumos esenciales de este modo de vida nuestro- se están desmoronando como castillos de arena abandonados a la intemperie. No hay tecnología disponible para salvarlo, ya que fue exactamente eso: la tecnología y el uso insostenible de los recursos lo que nos ha llevado a este estado. ¿Qué nos espera en las próximas décadas? ¿Una economía verde y limpia, alimentada por energía eólica y solar? Abróchate el cinturón y acompáñame en un alocado viaje hacia el futuro postindustrial, en el que la red cero será una realidad y en el que Kansas se despedirá.
Antes de sumergirnos en el futuro, echemos un vistazo a algunas verdades básicas. Sin una comprensión común de los problemas fundamentales de nuestro tiempo, no tenemos ninguna posibilidad de entender nuestra situación actual, y mucho menos nuestras perspectivas de futuro. Por supuesto, puedes seguir negando cualquiera de las siguientes afirmaciones, pero hasta ahora no he visto ninguna prueba científica que demuestre lo contrario, salvo el puro pensamiento mágico de que «a alguien, en algún lugar, seguro que se le ocurre algo». Oye, no me tomes la palabra: investiga por tu cuenta. Investiga los fundamentos, luego los fundamentos de esos fundamentos, e intenta llegar a una conclusión diferente. Después de años de investigación, yo no he podido, pero tal vez usted sí… Lo que sí he conseguido al escribir este blog es destilar nuestra difícil situación hasta su esencia, en un doble discurso de ascensor, por así decirlo.
Así que, sin más preámbulos, aquí está mi opinión sobre el estado de nuestra civilización global:

La especie humana está en rebasamiento absoluto. Cada año consumimos más recursos y contaminamos más de lo que la Naturaleza puede regenerar o absorber. Sí, algunos países consumen y contaminan mucho más que otros, pero eso no hace desaparecer el hecho de que, aunque todos viviéramos como jamaicanos, seguiríamos viviendo más allá de los límites biofísicos de la Tierra. Y eso es sólo la parte de los recursos renovables.

Los cuatro pilares de la civilización moderna (amoníaco, plásticos, acero y hormigón) -la parte no renovable- requieren inmensas cantidades de combustibles fósiles para su fabricación. Actualmente no hay forma de producir amoníaco (ingrediente clave de todos los fertilizantes) a gran escala sin utilizar gas natural, ni de fabricar plásticos sin petróleo, ni de fundir hierro sin carbón, por no hablar de fabricar cemento. Obsérvese que los combustibles fósiles no sólo son fuentes de energía, sino también ingredientes clave de estos materiales: proporcionan los átomos de hidrógeno y carbono necesarios para hacer posibles estas maravillas de la civilización.

Los mejores recursos no renovables se agotan rápidamente. Siguiendo el principio de la fruta madura, cosechamos primero los yacimientos más ricos y concentrados y, por tanto, más eficientes desde el punto de vista energético. Lo que queda requiere un aumento exponencial de la inversión energética para extraerlo, y bien podría permanecer enterrado bajo tierra. El agotamiento de los recursos no significa que nos estemos quedando vacíos, sino que nos estamos quedando sin recursos fáciles de obtener y, por tanto, chocamos con todo tipo de límites en cuanto a la cantidad que podemos permitirnos extraer.

Nos encontramos en una situación de escasez crónica de combustible para el transporte, que se prevé que empeore mucho debido al agotamiento de los recursos. Los minerales de menor calidad, los pozos de petróleo más profundos, el cambio al lignito, etc., aportan mucho menos valor a esta civilización y consumen aún más diesel para extraer y transportar. Si se considera cómo el agotamiento del petróleo convencional (la materia prima ideal para los combustibles de transporte) arruina el suministro de diesel, por no hablar de su economía energética, se empieza a apreciar la escala y la inmediatez del predicamento al que nos enfrentamos. Hmm, una base energética cada vez menor y una demanda energética cada vez mayor para obtener la misma cantidad de cosas… Hmm, ¿qué podría salir mal con eso…?

Los ecosistemas de todo el mundo están en caída libre. Aunque mañana resolviéramos el dilema energético, éste por sí solo pondría fin a nuestra existencia. Si conseguimos matar al 70% de los animales vertebrados terrestres, vaciar los mares y provocar un apocalipsis de insectos con una fuente de energía tan limitada como los combustibles fósiles, ¿qué haríamos en el planeta con una energía ilimitada? ¿Explotar toda la cordillera de los Andes en busca de cobre? ¿Convertir todo el planeta en un invernadero de hormigón y cristal, hirviendo los océanos sólo con el calor residual de nuestras actividades? El clima ya está cambiando rápidamente sin todo eso… Es hora de afrontar la verdad: se acabó la fiesta.

Podría seguir enumerando veinte predicamentos más a los que nos enfrentamos, pero creo que estos cinco son suficientes para comprender que nosotros, Homo sapiens, también nos convertiremos pronto en especies en peligro de extinción. Es muy importante señalar que todas estas crisis están interrelacionadas y se deben a las actividades de nuestra civilización (construcción, minería, deforestación, labranza, incendios, etc.) y no sólo al CO2. El cambio climático no es más que uno de los muchos síntomas y consecuencias del rebasamiento y debe tratarse como tal. Sustituir una fuente de energía por otra no resolverá el problema climático (y mucho menos el colapso de los ecosistemas), ni aliviará el agotamiento de los recursos. Borrar la biosfera con excavadoras electrificadas en busca de materias primas y lugares en los que expandir nuestras ciudades, o dispersar un conjunto diferente de contaminantes no cambia nada a mejor.

No es que este fuera el gran plan maestro de nadie. Ni la evolución biológica ni la cultural planifican con antelación, simplemente sucede. Hicimos todo esto no porque quisiéramos tener el ecocidio como resultado final, sino porque podíamos hacerlo y nos divertíamos haciéndolo. Nuestra cultura insostenible es tan resultado de un proceso evolutivo como nuestros cerebros sobredimensionados, nuestras manos diestras o nuestros cuerpos hábiles. Matar la biosfera mientras quemábamos tantos combustibles fósiles y recursos finitos como podíamos era extremadamente beneficioso a corto plazo y, por tanto, un enfoque que encajaba perfectamente en un mundo de abundancia. También explica por qué el principio de máxima potencia tiene tanta fuerza sobre nosotros: “los sistemas que sobreviven en la competencia son los que desarrollan más afluencia de poder y lo utilizan mejor para satisfacer las necesidades de supervivencia».

Sí, la cultura puede cambiar y a veces con bastante rapidez, pero no hasta que llega la hora de la verdad, y no necesariamente de una forma que podríamos llamar «civilizada»… No existe una «psique colectiva» ni una cábala secreta de élites que nos informe (o nos obligue) a hacer «lo correcto». Todos formamos parte de un complejo sistema autoadaptativo, resumido de la mejor manera por el sociólogo estadounidense C. Wright Mills: «El destino está dando forma a la historia cuando lo que nos ocurre no estaba previsto por nadie y fue el resultado sumario de innumerables pequeñas decisiones sobre otros asuntos tomadas por innumerables personas.»

Ahora, con todo esto en mente, respiremos hondo y zambullámonos en el futuro. Advertencia: lo que sigue es pura ficción -lo siento, se me perdió la bola de cristal- y, por tanto, sólo uno de los muchos posibles resultados futuros. Así que tómatelo a la ligera y utilízalo como base para tus reflexiones, no como una predicción definitiva.
2030 Tras ver el fin del esquema del petrodólar y el privilegio de ser la principal unidad de cuenta en el comercio internacional, el dólar deja de ser la moneda de reserva del mundo, para ser sustituido por… redoble de tambores… nada. Las naciones liquidan ahora sus intercambios en sus propias monedas y, por lo tanto, cada vez tienen más interés en mantener una balanza comercial saneada. En la práctica, esto significa que si un país o una región no tiene nada que ofrecer a cambio de alimentos, combustibles fósiles o productos (incluidas las energías renovables) fabricados con combustibles fósiles, entonces… Bueno, entonces ese país tiene que llegar a ser totalmente autosuficiente, o enfrentarse a la perspectiva de una inflación persistentemente alta y, en última instancia, volverse pobre, muy pobre.

La autosuficiencia, sin embargo, no es algo en lo que destaquen las naciones más desarrolladas del último orden mundial. Dado que utilizaban hasta cuatro veces más recursos naturales y bioproductividad de lo que implicaba su tamaño geográfico (el resto se había importado en épocas anteriores a cambio de sus divisas sobrevaloradas), sus ciudadanos se enfrentan ahora a una fuerte caída de su nivel de vida. Los países de la antigua Unión Europea son un buen ejemplo. Al quedarse con unos recursos de combustibles fósiles muy insuficientes, una población (y una cultura) que envejece rápidamente y es incapaz de innovar, naciones como el Reino Unido, Francia o Alemania se han convertido en un museo que el resto del mundo puede visitar. Ninguna de estas naciones puede producir ya nada que el mundo quiera realmente, y ahora luchan por seguir siendo relevantes. Al no tener mucho que vender, aparte de su mano de obra, ahora apenas pueden importar nada, por no hablar de gestionar una transición hacia las energías «renovables». Al menos, como resquicio de esperanza, el balance neto cero se ha hecho por fin plenamente alcanzable para ellos: sin energía no hay economía y, por tanto, no hay emisiones de CO2.

Al otro lado del charco, Estados Unidos se sume en el caos político y en una depresión económica como no se había visto en cien años. Tras superar el pico de producción de los yacimientos de esquisto bituminoso de Texas y Nuevo México en 2028, Estados Unidos se encuentra de repente con dificultades para importar suficiente combustible para mantener la economía en funcionamiento. El rápido empeoramiento de la situación del suministro de diesel, combinado con la pérdida de privilegios comerciales, ha hecho que el transporte interno e internacional, la minería, la construcción y la agricultura sean más caros que nunca, y cada vez menos competitivos en el mercado mundial. Sin estas bases estructurales, la inmensa pila de deuda se ha vuelto imposible de pagar y el mundo occidental ve cómo su sistema financiero se derrumba.

El resto del mundo, sin embargo, se limita a bostezar y seguir adelante. India, que se ha mantenido dentro de sus límites ecológicos y apenas necesita combustible para calentarse, al tiempo que sigue siendo capaz de producir suficientes alimentos con una cantidad relativamente baja de diesel, sigue creciendo lenta, pero constantemente. China emprende su largo descenso demográfico, pero sigue siendo el centro de alta tecnología de esta nueva economía mundial. Sin embargo, el repentino declive de Occidente ha dejado sus huellas: la depresión económica tras el colapso del dominio del euro-dólar en el comercio ha dejado a muchos desempleados, y la economía china sigue luchando por encontrar el camino de vuelta al crecimiento.

2050 El cambio climático no sólo no se ha detenido, sino que se ha vuelto exponencial. La marca de los 2 °C (en comparación con los niveles preindustriales) se desvanece rápidamente en el retrovisor. A pesar del descenso de la producción de combustibles fósiles (por razones energéticas y de asequibilidad), las emisiones de metano siguen siendo elevadas. El permafrost, que se derrite rápidamente, libera ahora más de este gas que calienta el clima que todas las actividades humanas juntas. Las mareas tormentosas se han convertido en la norma, y muchas zonas costeras han pasado a ser marismas incapaces de mantener la agricultura. Los pocos afortunados que pudieron vender sus casas en las ciudades costeras y sobrecalentadas se han trasladado a zonas más altas hace mucho tiempo, dejando atrás sólo a los pobres y desposeídos.
En el Sur global apenas hay cambios. Los ricos siguen viviendo en comunidades cerradas, pero el resto de la población se adapta rápidamente a la menor disponibilidad de combustibles fósiles y a la rápida disminución del comercio mundial. Siguen existiendo métodos de trabajo y estructuras anteriores a la era industrial, por lo que la vuelta a ellos no supone un choque para estas sociedades. Sin embargo, como el cambio climático no cesa, las devastadoras olas de calor de más de 50 °C y las lluvias monzónicas tardías (o a veces inexistentes) causan estragos entre la población. A menudo estallan guerras por el agua dulce: se derriban presas, aumentan las tensiones étnicas y se mata a gente. El crecimiento de la población mundial se detiene y comienza su declive.

2070 Zonas cada vez más extensas de los antiguos Estados Unidos y de la UE comienzan a convertirse en territorios sin ley gobernados por bandas, o abandonados como «zonas inhabitables». La aplicación de la ley se restringe cada vez más a comunidades cerradas en las tierras altas, rodeadas de pequeñas granjas fuertemente vigiladas. Algunas personas consiguen establecer comunidades justas y equitativas en zonas remotas muy alejadas de los antiguos núcleos de población. La mayoría, sin embargo, sólo intenta sobrevivir y llevar una vida discreta trabajando para sus señores feudales, o si tienen menos suerte: como esclavos en una plantación. La agricultura vuelve a significar trabajar en el campo de sol a sol, con poca o ninguna ayuda de maquinaria alimentada por combustibles fósiles.

Aunque la producción mundial de combustibles fósiles no es ahora más que una fracción de lo que solía ser en los embriagadores días de la década de 2020, el cambio climático no se ha ralentizado ni un ápice. Desde que quemamos menos carbón y petróleo, la contaminación atmosférica que antes proyectaba la luz del sol ha disminuido enormemente. Este factor por sí solo está contribuyendo ahora a otro grado de calentamiento, expandiendo el desierto del Sahara hacia el sur de Europa, creando condiciones sin hielo en el Polo Norte durante el verano, y haciendo la vida mucho más miserable para miles de millones de personas.

Asia también ha superado con creces su pico económico y demográfico. El número de seres humanos en el planeta está volviendo rápidamente a la media histórica. La era industrial está a punto de terminar y su final está a la vista. Los grandes estados están en proceso de desintegración, el comercio internacional no es más que un goteo y la mayoría de la gente vive ahora una vida rural y de baja tecnología. Todavía quedan algunos enclaves de alta tecnología en torno a reactores nucleares o grandes centrales hidroeléctricas que siguen funcionando, pero a medida que las piezas de repuesto se vuelven poco a poco imposibles de fabricar, sus días también están contados.

2100 Excepto unos pocos ancianos de 80 años (muchos de los cuales ya viven entre nosotros hoy en día) nadie sabe realmente qué es un «teléfono inteligente», o cómo la electricidad y el agua dulce podrían haber estado disponibles 24 horas al día, 7 días a la semana. La era industrial ha terminado para siempre y no volverá en siglos, si es que vuelve. La producción de combustibles fósiles se ha detenido casi por completo, y con ella casi todas las actividades mineras. La población mundial ha caído por debajo de los 2.000 millones de almas (quizá 1.000 millones, ya nadie lleva la cuenta de las cifras reales) y todo el mundo vive en sociedades agrícolas modestas y poco tecnificadas. El mundo se ha vuelto más igualitario que nunca.

El cambio climático empieza a ralentizarse, ya que muchas antiguas zonas agrícolas están volviendo a ser bosques y praderas, y el crecimiento verde resultante absorbe varias gigatoneladas de CO2 cada año. Para alcanzar un equilibrio climático estable -tres, cuatro, cinco, quién sabe cuántos grados más- aún faltan siglos, si no muchos milenios, y por tanto los patrones meteorológicos siguen siendo en gran medida impredecibles. Los antiguos hielos de Groenlandia y la Antártida se están derritiendo por completo, y el nivel del mar sigue subiendo cada año más, inundando por completo metrópolis costeras deshabitadas convertidas en ruinas desmoronadas cubiertas de exuberante vegetación.

La gran desintegración se ha completado. Comienza un nuevo ciclo civilizatorio.
Hasta la próxima, 
B

3. Fatiga de guerra

El segundo Bhadrakumar de hoy se fija en la «fatiga de guerra» que parece empieza a afectar a Occidente.

https://www.indianpunchline.

Posted on octubre 3, 2023 by M. K. BHADRAKUMAR
La fatiga de la guerra complica la ayuda de Occidente a Ucrania
Un manto de pesimismo se cernió sobre Europa cuando el fin de semana se desató la tan temida incertidumbre sobre hasta cuándo el Occidente colectivo financiaría la guerra por poderes en Ucrania. Para levantar su decaído espíritu, algunos ministros de Asuntos Exteriores europeos tomaron improvisadamente el tren a Kiev para pasar el lunes con el presidente Zelensky. Fue un espectáculo extraordinario de desafío a la llamada del destino, cuando la guerra superaba la marca de los 19 meses.
Un acuerdo en Washington que evitó de momento el cierre del gobierno pero recortó la financiación para Kiev; la campaña electoral polaca en la que el partido gobernante Ley y Justicia, hasta hace poco uno de los más firmes partidarios de Ucrania, ha jugado con diversas medidas como cuestionar más entregas de armas y bloquear los productos agrícolas de su vecino para cortejar a los votantes; y los sorprendentes resultados de las elecciones parlamentarias en Eslovaquia, que han catapultado al poder a un partido político de izquierdas prorruso y han supuesto la primera encarnación política real de la «fatiga de Ucrania»: de repente, el mantra de Occidente de estar al lado de Ucrania «todo el tiempo que haga falta» parece seriamente cuestionado.

La CNN exageró, tal vez, al comentar que los acontecimientos anteriores «parecen haber arrojado a Ucrania y su guerra con Rusia bajo el autobús» – pero sólo un poco. La política de la guerra de Ucrania ha cruzado un punto de inflexión y se prepara para mayores cosas en los críticos meses venideros.
La Casa Blanca ha prometido intentar aprobar rápidamente un proyecto de ley independiente de ayuda a Ucrania por un total de 20.600 millones de dólares que, según el gobierno de Biden, es esencial para luchar contra Rusia, pero es probable que siga encontrando una oposición decidida, sobre todo por parte de los republicanos en el Congreso. En el fondo, se trata de la feroz polarización de la política estadounidense, que ahora amenaza con sacudir el equilibrio de poder en el Congreso en un año electoral sin cuartel que se avecina.
Esto no significa detener la ayuda estadounidense a Ucrania. La administración dispone de recursos suficientes para apoyar a Kiev durante el próximo mes y medio y, sobre todo, es demasiado descabellado esperar cambios serios en la dirección ucraniana de la política exterior estadounidense antes de las elecciones de 2024. Pero la relevancia reside en otra parte, a saber, el tema de la ayuda a Ucrania está echando espumarajos en el hervidero de disputas entre republicanos y demócratas y se está convirtiendo en inseparable de las tendenciosas cuestiones de los programas sociales que desgarran a la sociedad estadounidense y se convierten en forraje para sus combativos políticos.

La guerra de Ucrania se ha convertido en un balón de fútbol político en el Beltway a poco más de un año de las elecciones presidenciales estadounidenses, con interrogantes crecientes sobre la ayuda aprobada por el Congreso que asciende hasta ahora a 100.000 millones de dólares, incluidos 43.000 millones en armamento. Sencillamente, para los republicanos de derechas, financiar a Kiev se está convirtiendo en una herramienta de manipulación política de la Administración de Biden a través de la cual esperan obtener ventajas y concesiones. Y Donald Trump está esperando entre bastidores.
Mientras tanto, en el propio Partido Republicano se está desarrollando una viciosa subtrama en un intento de desbancar al presidente republicano de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, la próxima semana, por parte del republicano de línea dura Matt Gaetz, uno de los miembros del núcleo de extrema derecha del partido que se opone implacablemente a cualquier ayuda adicional a Ucrania.
Para sobrevivir, McCarthy ha tratado de vincular la ayuda a Ucrania a la financiación para impedir que los inmigrantes crucen la frontera con México, una exigencia clave de los republicanos. «Voy a asegurarme de que se proporcionen armas a Ucrania, pero no van a recibir un gran paquete si la frontera no es segura», declaró McCarthy a la CBS de forma ominosa.
Y lo que es más importante, la señal que se envía al mundo es perjudicial. Las capitales europeas ya están observando con nerviosismo la posibilidad de un regreso de Trump a la Casa Blanca. Josep Borrell, jefe de política exterior de la Unión Europea y uno de los principales socios de Estados Unidos en la entrega de ayuda a Ucrania, expresó su sorpresa y lamentó la decisión de Estados Unidos «profundamente, a fondo.»

Borrell declaró: «Tengo la esperanza de que ésta no sea una decisión definitiva y Ucrania siga contando con el apoyo de Estados Unidos». De hecho, existe un problema más amplio: la fatiga por la guerra entre los votantes estadounidenses, golpeados por la inflación.
En muchos sentidos, la victoria del partido populista de izquierdas Smer del ex primer ministro Robert Fico en las elecciones parlamentarias de este fin de semana en Eslovaquia también debe atribuirse a la fatiga de la guerra. Fico ha dicho que no irán más armas a Ucrania; ha cuestionado la lógica de las sanciones de la UE a Rusia; ha elogiado a Moscú; y ha culpado a la OTAN de causar la guerra, que según él, comenzó después de que «nazis y fascistas ucranianos empezaran a asesinar a ciudadanos rusos en Donbás y Luhansk». Las ansiedades económicas agravan aún más la fatiga social de Ucrania y el giro dramático de la política eslovaca, que probablemente repercutirá en las relaciones de Occidente con Kiev.
Dentro de la UE, Hungría y Austria tendrán ahora un aliado en Eslovaquia, un Estado de primera línea, que aboga por el cese inmediato de las hostilidades en Ucrania y las negociaciones de paz. El propio Fico es un estrecho aliado del Primer Ministro húngaro, Viktor Orban, y a ellos podría unirse Polonia si el partido gobernante Ley y Justicia se asegura un nuevo mandato, lo que parece probable, en las elecciones parlamentarias del 15 de octubre.

Todo indica que Polonia se está alejando de su posición pro-Ucrania de siempre. El primer ministro polaco Mateusz Morawiecki declaró recientemente: «Ya no transferimos armas a Ucrania porque ahora nos estamos armando con las armas más avanzadas».
Luego, como escribió la CNN, «Más allá de la UE, dentro de la OTAN existe un temor equivalente a las consecuencias de un bloque anti-Ucrania en expansión… Y tanto el húngaro Orban como el eslovaco Fico se han declarado rotundamente contrarios a cualquier medida para acoger a Ucrania en la alianza… La realidad es que la contraofensiva ucraniana, que tendrá que disminuir con la llegada del invierno, ha logrado hasta ahora pocos avances sustanciales en el frente de batalla. La llegada de partidos antiucranianos de nuevo cuño a los estados de primera línea, junto con las vacilaciones de los principales enemigos del Kremlin, como Estados Unidos, forman una mezcla verdaderamente tóxica».
De cara al futuro, cabe esperar una mayor erosión del apoyo a la guerra de Ucrania e incluso un posible colapso del apoyo a Ucrania en todo Occidente colectivo en los próximos meses, especialmente si los dirigentes del Kremlin deciden finalmente dar un golpe de gracia al ejército ucraniano y/u ordenan a las fuerzas rusas que crucen el Dniéper y tomen Kiev y Odessa.

Aun así, el momento decisivo llega con las elecciones al Parlamento Europeo del 6 al 9 de junio de 2024. Existe una clara posibilidad de que los partidos anti-ucranianos ganen un bloque sustancial de votos en las elecciones. Si eso ocurre, y cuando ocurra, la invidiosa conspiración planteada por Alemania y Francia para abolir la regla de la unanimidad necesaria para tomar decisiones importantes de la UE (por ejemplo, las sanciones a Rusia y su renovación semestral) fracasará.
Tanto Orban como Fico han declarado su oposición a las sanciones rusas. Baste decir que la política de la guerra de Ucrania y las sanciones a Rusia está entrando en aguas desconocidas, ya que Hungría, aliada con Eslovaquia -y potencialmente con Polonia-, estaría en condiciones de complicar los esfuerzos proucranianos y antirrusos del resto de la UE.
En el arte de la política, los políticos estadounidenses patentaron originalmente el «filibusterismo», un procedimiento político en el que uno o más miembros de un órgano legislativo prolongan el debate sobre una propuesta legislativa para retrasar o impedir por completo la decisión, y los políticos europeos están inventando ahora su propia variante.
Orban lleva ya una década practicándolo, y con creciente destreza, para impulsar su programa nacionalista de «democracia soberana» en Hungría. De ahí que las elecciones eslovacas del fin de semana y el regreso de Fico al poder puedan convertirse en un momento decisivo en la política de la guerra de Ucrania.

4. Wagner sigue en Africa.

Hoy tenemos dos Bhadrakumar. En su primera entrada analiza los últimos pasos de Rusia en sus relaciones con varios países africanos, unido a la reactivación de Wagner en el área.

Putin orders regrouping of Wagner for combat missions – Indian Punchline

Posted on octubre 2, 2023 by M. K. BHADRAKUMAR
Putin ordena reagrupar a Wagner para misiones de combate
En un acontecimiento significativo, el hombre fuerte del este de Libia, el mariscal Jalifa Haftar, jefe supremo de las Fuerzas Armadas Árabes Libias (LAAF), fue recibido el jueves en Moscú por el presidente ruso Vladimir Putin.
Haftar «se reunió con el presidente ruso Vladimir Putin y con el ministro ruso de Defensa Sergei Shoigu en la capital rusa, Moscú», anunció la LAAF, sin dar más detalles. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, confirmó el encuentro, añadiendo que «se habló de la situación en Libia y en toda la región», sin dar más detalles.
Moscú mantiene estrechas relaciones con el mariscal Haftar, que apoya a la administración de Tobruk, rival del gobierno de Trípoli, respaldado por la ONU. La reunión de Haftar con Putin fue lo suficientemente importante como para merecer una lectura del Kremlin -fue la primera reunión entre los dos hombres desde 2019-, pero la reticencia de Moscú marca un alto grado de sensibilidad.
Sin embargo, el viernes, el Kremlin emitió una lectura de la reunión de Putin con dos altos funcionarios de seguridad rusos cuyos nombres están estrechamente relacionados con Wagner: el viceministro de Defensa Yunus-Bek Yevkurov y Andrei Troshev (que participó anteriormente en las misiones de combate de Wagner).
Durante su visita a Moscú, Haftar también mantuvo conversaciones con Yevkurov, que es conocido por haber sido la «persona de contacto» del jefe de Wagner, Yevgeny Prigozhin, y fue un visitante habitual del este de Libia en los últimos años, la última vez el 17 de septiembre, cuando se reunió con Haftar en Bengasi.
El frustrado asalto de Haftar a Trípoli en 2019 se apoyó en gran medida en combatientes de Wagner, pero no logró superar a las fuerzas armadas respaldadas por Turquía. Un informe de la ONU de 2020 afirmaba que hasta 1.200 combatientes de Wagner respaldaban a Haftar. Los expertos afirman que cientos de ellos siguen activos desde entonces en el este, que es también la zona terminal de petróleo, y en el sur de Libia, la puerta de entrada a la región del Sahel, que se está volviendo hacia Moscú como proveedor de seguridad, en sustitución de las potencias occidentales.
Hasta qué punto la visita de Haftar a Moscú está relacionada con su esperado nuevo intento de capturar Trípoli es una cuestión discutible, pero, sin duda, señala la decisión de Rusia de reafirmar su influencia en África a pesar de la ausencia de Prigozhin y de las preocupaciones en Ucrania.
El golpe de Estado en Níger, con su marcado sesgo antioccidental, puede haber rejuvenecido el interés ruso por Libia, que resulta atractiva para Moscú en términos estratégicos. La red de enredos internacionales en Libia ha cambiado últimamente y los principales protagonistas -Turquía, así como las principales potencias árabes y europeas- están mostrando signos de repliegue. También para Europa, cualquier cosa que estabilice Libia y frene la ola migratoria se considerará un avance positivo. Así pues, es probable que Moscú sienta que tiene las manos relativamente libres.
La gran pregunta es si Estados Unidos tiene intención de «volver» a Libia tras su abrupta retirada en septiembre de 2012, después del devastador ataque perpetrado por miembros del grupo extremista Ansar al-Sharia contra la Misión Especial estadounidense en Bengasi, en el que perdieron la vida el embajador estadounidense y otros tres ciudadanos estadounidenses.
Esto hace que la visita sorpresa a Bengasi del general Michael Langley, el jefe de cuatro estrellas del Mando de EE.UU. en África (AFRICOM), con sede en Stuttgart (Alemania), y su reunión con Hafter prácticamente en vísperas de la gira de este último por Moscú sean más que una coincidencia. Posiblemente, Langley recordó a Haftar que no pusiera todos los huevos en la cesta rusa.
Un artículo de la revista Intercept recordaba la semana pasada que la visita del general Langley a Bengasi (20-21 de septiembre) era «el último giro en la relación de idas y venidas de Estados Unidos» con Haftar, antaño uno de los favoritos del líder libio Muamar Gadafi, quien, a finales de la década de 1980, se unió a un grupo de disidentes respaldados por Estados Unidos que pretendían derrocar a su antiguo jefe.
El artículo dice: «Después de que sus planes golpistas fracasaran y los rebeldes agotaran su acogida en el continente africano, la CIA evacuó a Haftar y a 350 de sus hombres a Estados Unidos, donde se le concedió la ciudadanía y vivió en los suburbios de Virginia durante los 20 años siguientes».
A lo largo de los años, Estados Unidos envió señales contradictorias a Haftar. La CIA llegó a entrenar a sus combatientes como fuerzas especiales. Langley declaró tras reunirse con Haftar: «Estados Unidos está dispuesto a reforzar los lazos existentes y a forjar nuevas alianzas con quienes defienden la democracia». Lo cual es una declaración bastante contradictoria. No se sorprenda si Haftar informó a los oficiales rusos sobre su interacción con el jefe de AFRICOM.
Un comunicado de prensa de AFRICOM se limitó a decir que la visita de Langley tenía como objetivo «fomentar la cooperación entre Estados Unidos y Libia». Langley dijo después: «Ha sido un placer reunirme con líderes civiles y militares de toda Libia». El telón de fondo podría ser que el golpe de estado en Níger ha motivado a Washington a intentar llenar el vacío dejado por Francia.

Ahora que la intervención de la CEDEAO en Níger, de la que tanto se ha hablado, ya no figura en el orden del día -y que Nigeria se ha echado atrás ante cualquier desventura de este tipo-, Washington y los golpistas de Niamey han renovado el acuerdo entre Estados Unidos y Níger sobre la lucha contra el terrorismo.
De este modo, Washington reconoce al gobierno de transición de Níger y mantiene su presencia militar, al tiempo que traslada el contingente estadounidense de la base 101 de la capital, Niamey, a la base 201 de las fuerzas aéreas de la ciudad de Agadis, que es la única base de aviones no tripulados del Sahel, construida con un coste de más de 100 millones de dólares y de importancia capital.
La decisión de Washington de ser amigo de las nuevas autoridades de Niamey disgusta a Francia y a la UE, pero desde el principio Estados Unidos adoptó una postura mucho más cauta y expectante ante el golpe de Estado en Níger, dada su priorización de las operaciones antiterroristas en la región del Sahel.
De cara al futuro, la pregunta intrigante es hasta qué punto estas dramáticas circunstancias desencadenarían una convergencia de intereses entre EEUU y Rusia. Algunos analistas estadounidenses habían señalado que podría ser posible una cohabitación con Wagner en el Níger posterior al golpe.
Es probable que Moscú estime que EE.UU. no buscará una mayor influencia en Libia en este momento, dadas las sensibilidades de la opinión pública estadounidense debido a los pasados fracasos de EE.UU. allí -así como la falta de confianza percibida en las autoridades libias- y es posible que la administración Biden no se oponga al apoyo de Rusia a la oferta de toma de poder de Haftar en Libia.
Ciertamente, la reunión de Putin el viernes (el día después de recibir a Haftar) con dos oficiales rusos clave asociados con Wagner sugiere que el Kremlin está acelerando el movimiento para reorganizar las misiones de combate de la milicia en el extranjero. Putin repitió que los combatientes de Wagner serán equiparados a los soldados regulares en lo que respecta a su salario y otras ventajas y privilegios (que se han hecho muy atractivos en el último año).
Putin también dijo que los convictos que cumplieran penas de cárcel y se unieran a las misiones de combate de Wagner podrían optar a las atractivas «garantías sociales». Esta vez, seguramente, se les conocerá de otra manera y se les organizará como «unidades de voluntarios» a las órdenes de Yevkurov, él mismo un curtido veterano en operaciones antiterroristas en el Cáucaso Norte, dependiente de la agencia de inteligencia militar exterior del Ministerio de Defensa (que fue creada en su forma actual por Josef Stalin en 1942 tras la invasión de la Unión Soviética por la Alemania nazi).
Curiosamente, en la reunión del Kremlin del viernes, Putin elogió efusivamente a Andrei Troshev y le pidió su opinión «sobre la creación de unidades de voluntarios que cumplirán diversas misiones de combate, incluso en la zona de la operación militar especial».
Putin dijo a Troshev: «Usted mismo combatió en una de esas unidades durante más de un año. Usted sabe lo que es, cómo hacerlo y qué cuestiones deben abordarse de antemano para garantizar el mejor cumplimiento posible y el mayor éxito de las misiones de combate.»
Es totalmente concebible que la visita de Haftar subrayara la urgencia de reagrupar las fuerzas de Wagner para emprender misiones de combate en Libia y en otros lugares del Sahel en el empeoramiento de la situación de seguridad vinculada a los grupos islamistas militantes.

5. La diferencia cultural en el enfoque sobre la guerra

Tomaselli analiza en su último artículo las diferencias culturales en el pensamiento militar de Occidente comparado con el de Rusia. Mientras uno tiene una mentalidad colonial de conquista de territorio, el otro es defensivo, y centrado en destruir el ejército enemigo.

https://giubberosse.news/2023/

El primero y el último
Enrico Tomaselli 2 de octubre de 2023 0
Aunque Rusia y la OTAN pueden considerarse actores al mismo nivel (y por tanto el conflicto actual puede definirse como simétrico), las concepciones estratégicas subyacentes son antitéticas y tienen su origen en las diferencias histórico-culturales que distinguen a las partes. En este sentido, por tanto, sí que puede decirse que el conflicto es absolutamente asimétrico. Y esto lo complica todo.
Los observadores políticos y militares occidentales están cada vez más convencidos de que la guerra ucraniana se encuentra en un punto de inflexión estratégico [1], en pocas palabras, en un punto de inflexión, más allá del cual las cosas cambian. «En este punto de inflexión, los líderes más capaces y creativos reconocen y aceptan este reto, haciendo avanzar a sus organizaciones para afrontarlo. Los líderes rígidos, indecisos o reacios al riesgo no aceptan el reto, lo que conduce a la irrelevancia y, en última instancia, al fracaso de su organización» [2].

Lo realmente importante es que, por supuesto, pasado el punto de inflexión las cosas pueden ir bien o mal, todo depende de las decisiones que tome el liderazgo. Y ahora mismo, los líderes occidentales no están unívocamente cohesionados ni de acuerdo sobre el rumbo a seguir. Por mucho que la necesidad de desvincularse de alguna manera de la precipitada carrera hacia el desastre sea cada vez más fuerte, la idea de que el estado de cosas puede revertirse de alguna manera es difícil de morir; de ahí que la inclinación a mantener la inversión en Ucrania siga siendo predominante en este momento.

Por desgracia para la OTAN, esta creencia no se apoya en ningún diseño estratégico real, ya que no procede de una evaluación racional del estado de cosas, sino más bien de una postura emocional -especialmente fuerte en Estados Unidos- basada en la reivindicación de su propio excepcionalismo. Bien mirado, se trata de una característica que bien puede calificarse de histórica, en la forma en que Estados Unidos afronta las guerras. Empezando por la Guerra de Corea, de hecho, se puede ver cómo cada conflicto en el que se han visto implicados nació con unos objetivos políticos en general bastante definidos, pero al mismo tiempo con una cierta vaguedad estratégica en cuanto a cómo, militarmente hablando, debían perseguirse. Dado que se daba por sentado que la potencia estadounidense se impondría en cualquier caso a cualquier adversario, parecía innecesaria una estrategia a largo plazo. Obviamente, este planteamiento funcionó casi siempre, ya que todas las guerras libradas fueron efectivamente (y a menudo rotundamente) asimétricas.
Pero es interesante observar que, en el caso de las guerras que se perdieron estrepitosamente (por ejemplo, Vietnam y Afganistán), significativamente entre las más asimétricas, el rasgo común fue el paso progresivo de una fuerte inversión político-militar a un cansino alargamiento del compromiso, hasta que finalmente se maduró la decisión de abandonar (en ambos casos, tras veinte años de guerra…).

El conflicto ucraniano, en comparación con estas experiencias anteriores, es, sin embargo, muy diferente en tres aspectos en particular.

El primero, por supuesto, es que se trata (hasta ahora…) de una guerra en parte por delegación; los países de EEUU y la OTAN aportan el dinero, las armas y los sistemas de inteligencia electrónica, mientras que los ucranianos proporcionan la carne de cañón. El segundo es que, a pesar de la superioridad militar de Rusia, en este caso se trata de una guerra simétrica, en la que no hay una preponderancia abrumadora de uno de los contendientes.

El tercer punto, fundamental, se refiere a la asimetría estratégica del conflicto.

Se ha dicho varias veces, incluso aquí, que se trata precisamente de una guerra simétrica. Pero en realidad sería más correcto decir que lo es en términos de potencial bélico, mientras que en términos de estrategia se detecta una profunda asimetría.

A este respecto, se ha subrayado repetidamente la radical dificultad de la OTAN para comprender a su enemigo; algo que no sólo afecta a los objetivos e intereses rusos, sino también a la forma en que Rusia lucha, podría decirse que a su naturaleza, y por tanto a su diseño estratégico.

Básicamente, Ucrania y la OTAN luchan -por razones obviamente diferentes- según una estrategia territorial. El control del territorio es la medida del éxito y del fracaso. Por supuesto, para Kiev, la reconquista de los territorios perdidos es, estratégicamente hablando, el faro que guía cada elección. Para la OTAN, en cambio, se trata de un planteamiento cultural, histórico, que hunde sus profundas y lejanas raíces en los siglos de colonialismo occidental; para Occidente, la conquista (o la reconquista) es la medida de la victoria.

Para Rusia, en cambio, la perspectiva estratégica es diferente, y esto también tiene profundas raíces históricas. «El pensamiento militar ruso es diferente. Su énfasis está en la destrucción de las fuerzas enemigas mediante cualquier estrategia que se adapte a las condiciones imperantes» [3].

Esta asimetría, como bien puede comprenderse, no sólo se refiere a la forma en que los dos ejércitos se enfrentan, sino también -si no principalmente- a la forma en que miden su propio éxito o fracaso. Por ejemplo, cuando los observadores occidentales hablan de un punto muerto, tienen en mente la estabilidad sustancial de las zonas ocupadas por rusos y ucranianos respectivamente, y por lo tanto -creyendo que esto es un hecho objetivo, y que por lo tanto debe ser evaluado por ambas partes de la misma manera- piensan que es posible una congelación (más o menos temporal) del conflicto, ya que es mutuamente beneficiosa. Pero, por supuesto, este no es el caso de los rusos.

Incluso dejando a un lado el hecho de que no tendrían ningún interés en dar tiempo y respiro a la OTAN para reorganizar el ejército ucraniano y ponerse al día en la producción bélica, desde su propio punto de vista no hay ningún estancamiento, al contrario, todo va de maravilla.

Para Moscú, la ocupación territorial es totalmente secundaria. La ya adquirida es más que suficiente para la necesidad estratégica de proteger Crimea de un ataque terrestre [4], mientras que la idea de ampliar la conquista más allá, tal vez más allá del Dnepr, no interesa en absoluto. Cuando Estados Unidos imaginó (y puso en práctica) su estrategia política en Ucrania, el objetivo era infligir «una derrota humillante al ejército ruso o, al menos, infligir unos costes tan elevados» [5] que imposibilitaran cualquier otra acción militar significativa. Sin embargo, dieron por sentado que serían capaces de lograrlo, sin preocuparse demasiado, por tanto, de cómo lo conseguirían. Pero lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario. Es Rusia la que está infligiendo una humillante derrota a la OTAN y, sobre todo, está destruyendo radicalmente el ejército ucraniano. Cuando la Operación Militar Especial llegue a su fin, esto no será motivo de preocupación durante al menos una década. En esto, la obstinación ucraniana y estadounidense es la mejor aliada del diseño estratégico ruso, ya que cuanto más dure la guerra, más profunda y duradera será la destrucción de la capacidad de combate ucraniana (y, a corto plazo, de la propia OTAN).
Esta compensación estratégica es el elemento decisivo del conflicto. Y es el que permitirá a Rusia conseguir lo que más ansiaba, y quizá a la OTAN levantar una cortina de humo sobre su propia derrota. Un clásico de la narrativa occidental, de hecho, es la tergiversación de la realidad para los propios fines, e incluso si ahora sólo es (parcialmente) eficaz dentro de los estrechos confines del propio Occidente, lo importante es que funciona lo suficiente como para salvar la cara. Concretamente, la mistificación de la realidad consiste en la invención de un objetivo (la conquista de Ucrania), hecho creíble precisamente porque la opinión pública occidental comparte con los dirigentes la idea de que la victoria se mide en kilómetros cuadrados. En ese momento, bastará con afirmar que «es Rusia la que ha perdido la competición porque la heroica Ucrania y un Occidente resuelto le han impedido conquistar, ocupar y retomar todo el país» [6], y ya está.
Al fin y al cabo, Washington y Kiev llevan tiempo librando una guerra libertina, una guerra espectáculo. Sobre la que, llegado el momento, se bajará el telón.
Evidentemente, esto implica un desprecio absoluto por la suerte de los extras, cuyas pérdidas ascenderían a 70.000 sólo en la contraofensiva [7].

Más allá de la representación imaginativa, en efecto, está la dura e ineludible realidad material. Sangre y acero. Si, por tanto, esta asimetría estratégica podría incluso resultar útil a ambos bandos, ofreciendo a uno la victoria y al otro la ficción de la no derrota, la realidad tiene, no obstante, su propio peso fáctico y, de hecho, ineludible, y este peso puede alterar el curso de los acontecimientos. Tal y como están las cosas actualmente, como ya se ha mencionado, entre los dirigentes occidentales sigue existiendo la idea de que la realidad del campo de batalla puede alterarse de algún modo. Sin embargo, como al mismo tiempo deben hacer frente a limitaciones materiales (agotamiento de los arsenales de la OTAN, incapacidad de la industria bélica para seguir el ritmo del consumo bélico, etc.), se encuentran inevitablemente en un plano inclinado, que les empuja hacia una escalada de facto (sistemas de armas cada vez más potentes), cuyas consecuencias son imprevisibles [8].

En cualquier caso, sea cual sea el desarrollo de la guerra, comprender cómo piensa Rusia sobre la guerra no es un problema menor para Occidente y la OTAN. En efecto, la gran estrategia rusa consiste siempre en absorber el impacto del enemigo, consumir su potencial y luego hacerlo retroceder. El principio cardinal es destruir al ejército contrario. El resto es flexible, tácticamente adaptable a la situación contingente.

Desde un punto de vista teórico, por ejemplo, ya ahora (o en cualquier caso en un plazo relativamente corto, suficiente para desplegar otros 5/600.000 soldados) Moscú tendría la oportunidad de atacar a la OTAN, tomándola por sorpresa. Los ejércitos europeos están muy poco preparados, agotados de medios y municiones, con unas tropas reducidas, y cualquier refuerzo de EE.UU. necesitaría al menos un par de semanas. Aparte de que traer tropas y material pesado a Europa exigiría grandes traslados, principalmente por mar (y por tanto expuestos al riesgo de ataques de misiles balísticos y submarinos nucleares rusos).

Muchas estimaciones (occidentales) cifran en unos pocos días la duración de las municiones de artillería disponibles para las fuerzas de la OTAN en Europa, sin tener en cuenta las bajas humanas. «A título comparativo, EE.UU. ha sufrido unas 50.000 bajas en dos décadas de combates en Irak y Afganistán. En operaciones de combate a gran escala, EEUU podría sufrir el mismo número de bajas en quince días» [9]. Incluso si esta estimación parece algo exagerada, es evidente que -en esta hipótesis, que esperemos siga siéndolo- es altamente probable que una oleada de ataque ruso desbordaría las defensas de la OTAN, empujando lo suficientemente lejos hacia el oeste, y que ya esta primera fase costaría a los ejércitos occidentales grandes pérdidas [10]. En ese momento, las fuerzas de la OTAN se encontrarían en la tesitura de tener que recuperar territorios perdidos, que es exactamente lo que prevé la doctrina estratégica rusa. Y las fuerzas de Moscú podrían incluso retroceder parcialmente dentro de sus fronteras si fuera necesario. Sería una historia ya vista, primero con los ejércitos napoleónicos y luego con los del Tercer Reich.
Simplificando al máximo, podríamos decir que la doctrina estratégica occidental contempla el ataque como condición para la victoria, mientras que la doctrina estratégica rusa contempla la victoria a través de la defensa. Como ya se ha dicho, no se trata de una mera cuestión militar o doctrinal, sino -mucho más profundamente- de una cuestión cultural. Y, en palabras de Crombe y Nagl una vez más, «la cultura se come a la estrategia para desayunar» [11].

Todo el pensamiento estratégico occidental, del que la OTAN es plenamente heredera, es un pensamiento ofensivo. Siempre gira en torno a la idea del primer golpe, independientemente de si se espera que sea decisivo o no. Golpear primero. En cambio, el pensamiento estratégico ruso recuerda mucho más a la base conceptual de las artes marciales orientales, es decir, explotar los puntos fuertes del adversario en su contra. Golpear el último.

Sólo esperemos que, al final, prevalezca la razón, y que nunca nos enteremos de cómo acabaría este combate.

Notas

1 – Esta expresión fue introducida en el mundo empresarial por Andrew S. Grove, presidente y consejero delegado de Intel Corporation. Véase «Punto de inflexión».
2 – «A call to action: lessons from Ukraine for future force», Katie Crombe & John A. Nagl, Parameters
3 – «EEUU no puede lidiar con la derrota», Michael Brenner, consortiumnews.com
4 – Así lo demuestra también empíricamente la construcción de la llamada Línea Surovikin, la serie de atrincheramientos y fortificaciones, articulada en tres bandas sucesivas y dispuesta precisamente para proteger el corredor terrestre que une Crimea con los oblasts anexionados a la Federación Rusa. Haberla construido, y haberla defendido, es una prueba más de que la estrategia rusa no prevé ir mucho más allá de la actual línea de contacto; de lo contrario, las fuerzas rusas habrían tenido todas las posibilidades de pasar al ataque, anticipándose a la contraofensiva ucraniana.
5 – «EEUU no puede afrontar la derrota», ibidem.
6 – ibidem
7 – Datos proporcionados por el Ministerio de Defensa ruso.
8 – Véase «An IncliNated Plan», Enrico Tomaselli, Target Metis
9 – «Una llamada a la acción: lecciones de Ucrania para las fuerzas del futuro», ibidem
10 – También es interesante a este respecto una de las pocas informaciones -aunque fechada- disponibles sobre los simulacros de la OTAN del conflicto, publicada por la revista polaca Polityka. En ella se informa del desastroso resultado de uno de ellos, en el que «la simulación mostró que las tropas enemigas rodeaban Varsovia ya en el cuarto día del ejercicio». Aunque la revista culpa de ello al oficial al mando (el general Andrzejczak, jefe del Estado Mayor), la debacle fue absoluta. Véase «¡KOMPROMITACJA! ¡Polski generał przegrał wojnę w cztery dni! Wojska wroga okrążyły Warszawę», Polityka.
11 – «Una llamada a la acción: lecciones de Ucrania para la fuerza futura», ibid.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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