Conesa no merece ni que se le recuerde. Tampoco fue tan eficiente, aunque dio golpes duros en los momentos más bajos de la lucha antifranquista. El PCE sobrevivió.
Lo de los Mundo Obrero falsos está magnificado en el artículo, eso de que «se infiltró en el órgano oficial de comunicación del PCE», parece yo qué sé qué; lo que hizo es aprovechar una caída de un aparato de propaganda, una impresora y los que la hacían funcionar, para imprimir algunos MO falsos, que pronto fueron detectados. Conesa no tuvo que hacer esos grandes méritos que se autoatribuye «un agente que estudió a conciencia la psicología de los insurrectos y que se empapó de la terminología revolucionaria para pasar por uno de ellos»: había militado en las JSU madrileñas en los últimos meses de la guerra civil y no como infiltrado de la quinta columna porque eso se habría sabido -ya se habría cuidado de ponerse esa medalla-, había compartido «psicología de los insurrectos» sea eso lo que sea -no sé qué quiere decir el autor con esa expresión tan pomposa- y «terminología revolucionaria». Pudo ser un miserable oportunista que con la victoria fascista se fue con los vencedores. Pero ya me estoy ocupando demasiado de ese tipo, despreciable y olvidable. Eso del Elliot Ness de Arganzuela es una tontería, proporcionar una aureola épica a quien no era más que un torturador. De todo ese tipo de historias sobre infiltrados y traidores se infiere que Carrillo, responsable de la relación con el interior , no era un paranoico cuando insistía en defenderse de traidores e infiltrados. Haberlos los había.