MISCELÁNEA 27/08/2025

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. Global Sumud Flotilla.
2. La prensa occidental forma parte del genocidio.
3. Corrupción y democracia en Ucrania.
4. Un regalo envenenado.
5. Entrevista a Toscano.
7. Trump ataca a la Reserva Federal.
8. El fracaso de las administraciones.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 26 de agosto de 2025.

1. Global Sumud Flotilla.

A finales de esta semana zarpa desde Barcelona la flotilla que intenta romper el bloqueo de Gaza. A diferencia de los intentos anteriores, barco a barco, esta vez lo intentarán con toda una flotilla. Manu Pineda escribe sobre sus objetivos.

https://www.publico.es/opinion/columnas/global-sumud-flotilla-barcelona-gaza.html

Global Sumud Flotilla: de Barcelona a Gaza

El coordinador de la Global Sumud Flotilla, Saif Abukeshek, junto a varios activistas durante una rueda de prensa, en la Plaza del Rei, a 22 de agosto de 2025, en Barcelona.El coordinador de la Global Sumud Flotilla, Saif Abukeshek, junto a varios activistas durante una rueda de prensa, en la Plaza del Rei, a 22 de agosto de 2025, en Barcelona.Europa Press
Manu Pineda
Responsable de Solidaridad Internacional de Izquierda Unida.

26/08/2025

El 31 de agosto, el puerto de Barcelona será testigo de un acto de valor civil y solidaridad internacional que trasciende lo meramente simbólico: la Global Sumud Flotilla. La palabra árabe «sumud» significa perseverancia, firmeza y resistencia inquebrantable ante la adversidad. No existe término más apropiado para nombrar esta iniciativa que, con rumbo a la asediada Franja de Gaza, busca desafiar no solo un bloqueo naval ilegal, sino también la parálisis moral de una «comunidad internacional» que contempla impasible un exterminio en cámara lenta.

A bordo de estos barcos no viajan únicamente activistas; viajan símbolos vivos de la conciencia global. La presencia de figuras como la actriz Susan Sarandon, cuya voz lleva décadas alzándose en defensa de la justicia; la joven Greta Thunberg, emblema de una generación que exige un futuro habitable; y Ziweliveille Mandela, nieto de Nelson Mandela y embajador del retorno a Palestina, que enlaza de forma inseparable la lucha contra el apartheid sudafricano con la resistencia palestina, otorga a la misión una resonancia internacional invaluable. Junto a ellos, y junto a tantas defensoras y defensores de los derechos humanos anónimos, viaja también la esencia de la solidaridad popular, encarnada en personas como nuestro querido Manolo García «el teniente», ejemplo de ese compromiso inquebrantable de quienes siempre eligen estar en el lado correcto de la historia. Su participación nos recuerda que la lucha por Palestina es, en realidad, una lucha por la humanidad entera.

Los objetivos de esta flotilla son múltiples y profundamente interconectados

Primero, es una misión de denuncia.

Las y los activistas ponen sus cuerpos en la línea de fuego, arriesgando su libertad e incluso sus vidas, para romper el cerco mediático y físico que Israel ha impuesto sobre Gaza. Su acción es un grito tangible contra el asedio medieval al que se somete a 2,3 millones de personas, privadas de alimento, agua, electricidad y medicinas en un campo de concentración a cielo abierto convertido hoy en un campo de exterminio. No es metáfora: es una política deliberada que provoca la muerte por inanición de los más vulnerables —niños, ancianos, enfermos—. La flotilla transporta comida, medicinas y material quirúrgico. Pero su carga más valiosa no es material, sino moral: cada caja de ayuda es una acusación directa contra un sistema de opresión que obliga a organizar esta caravana de vida.

El coordinador de la Global Sumud Flotilla, Saif Abukeshek en Barcelona.

Segundo, la flotilla es un espejo de las vergüenzas. 

Obliga a la llamada «comunidad internacional» a contemplar su propia hipocresía e inacción. Mientras los gobiernos occidentales se limitan a declaraciones de «preocupación» y a vacíos llamamientos a la «moderación», la sociedad civil se ve forzada a actuar allí donde los Estados ni siquiera lo intentan. La pregunta que reverbera en el Mediterráneo es incómoda e incontestable: ¿por qué debe ser una flotilla de voluntarios la que intente llevar ayuda vital y no, por ejemplo, la Armada española, irlandesa o eslovena custodiando buques mercantes? ¿Por qué los Estados que se autoproclaman defensores del derecho internacional y de los derechos humanos son incapaces de adoptar medidas concretas contra un bloqueo declarado ilegal por la Cruz Roja y Naciones Unidas? La respuesta solo confirma la crisis de voluntad política, la sumisión a los intereses geoestratégicos y la complicidad tácita con la maquinaria de guerra israelí.

Tercero, la flotilla es un punto de confrontación y responsabilidad. 

Es trágicamente previsible que la marina de guerra israelí intercepte la flotilla en un nuevo acto de piratería en aguas internacionales. Ya lo ha hecho antes, con consecuencias mortales, como en el caso del Mavi Marmara en 2010, donde diez activistas fueron asesinados. El secuestro de barcos y tripulaciones pacíficas constituye una violación flagrante del derecho marítimo internacional. La cuestión crucial es: ¿qué harán los gobiernos de quienes son ciudadanos estos activistas?

¿Se limitarán otra vez a emitir una nota diplomática de «profunda preocupación» y a pedir «calma»? ¿O esta vez actuarán con la contundencia que exige la magnitud de los crímenes en curso? La intercepción de la Global Sumud Flotilla debe marcar una línea roja que obligue a una respuesta política firme y definitiva. Las medias tintas ya no son opción. Es hora de medidas concretas e inmediatas: ruptura de relaciones diplomáticas con el régimen israelí, expulsión de sus misiones diplomáticas de nuestro territorio, embargo absoluto de armas y fin de toda cooperación militar o de inteligencia. Quienes compran o venden armas al genocida y legitiman el genocidio no pueden lavarse las manos ante sus consecuencias.

Vamos tarde. Cada día de inacción se traduce en más vidas palestinas arrebatadas. Cada declaración vacía se convierte en un acto de complicidad. La hambruna en Gaza no es un desastre natural: es un proyecto político de ocupación y aniquilación de un pueblo. El genocidio no es una exageración: es un proceso metódico de deshumanización, desplazamiento y exterminio, documentado ante nuestros ojos.

El coordinador de la Global Sumud Flotilla, Saif Abukeshek, durante una rueda de prensa, en la Plaza del Rei, en Barcelona.

Por eso, todo nuestro cariño, apoyo y solidaridad incondicional acompañan a las valientes compañeras y compañeros que embarcan en esta misión. Ellos ponen el cuerpo, arriesgan lo más preciado y convierten las palabras en hechos. Son la conciencia incómoda frente a unos gobiernos pusilánimes.

Y, sobre todo, nuestra solidaridad inquebrantable es para el Pueblo Palestino. Que sepan, en medio de la oscuridad del bombardeo y del dolor de la pérdida, que no están solos. Más allá de la ignominiosa actitud de los gobiernos occidentales y de muchos regímenes árabes cómplices, los pueblos del mundo reconocen su lucha como la causa emblemática por la libertad, la justicia y la dignidad en nuestro tiempo. Su resistencia es nuestro faro.

En esos barcos que zarpan de Barcelona, simbólicamente, viajamos millones. Llevamos nuestra rabia, nuestra esperanza y nuestra determinación. Llevamos la convicción de que ningún muro es eterno, ningún bloqueo puede sofocar el anhelo de libertad y que, finalmente, la justicia prevalecerá sobre la impunidad. La Global Sumud Flotilla nos recuerda que el Mediterráneo, mar de encuentros y civilizaciones, no puede convertirse en una fosa común de la conciencia humana.

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2. La prensa occidental forma parte del genocidio.

Cook insiste en la cooperación necesaria de la prensa occidental en el genocidio palestino.

https://jonathancook.substack.com/p/how-western-media-helped-turn-israels

Cómo los medios occidentales ayudaron a convertir el genocidio de Israel en «noticias falsas»

La intención de Israel de aniquilar Gaza habría quedado clara mucho antes si hubiéramos escuchado a los periodistas palestinos, en lugar de las evasivas y ambigüedades de la BBC.

Jonathan Cook

26 de agosto de 2025

[Publicado por primera vez por Middle East Eye]

La justificación de Israel para la matanza masiva de la población de Gaza y su inanición —ahora confirmada oficialmente como una hambruna provocada por Israel— se basó desde el principio en una serie de mentiras fácilmente desacreditables: bebés decapitados, bebés en hornos, violaciones masivas.

No debería sorprender a nadie que Israel siguiera difundiendo mentiras igualmente escandalosas mientras se dedicaba, como deben hacer todos los regímenes genocidas, a desmantelar las infraestructuras más básicas para la supervivencia de la población de Gaza.

Cortó la ayuda humanitaria que proporcionaba la agencia de las Naciones Unidas Unrwa y destruyó los hospitales del enclave, al tiempo que asesinaba, encarcelaba y torturaba a su personal médico.

Israel afirmó que tenía documentos que probaban que la ONU era una tapadera de Hamás, documentos que nunca presentó. Mientras tanto, los 36 hospitales de Gaza han sido atacados, con el argumento implícito de que estaban construidos sobre «centros de mando y control» de Hamás, aunque esos centros nunca se han encontrado.

Ampliando esta narrativa, Israel reunió y encarceló a los principales médicos del enclave, que habían estado trabajando sin descanso para tratar a la interminable oleada de hombres, mujeres y niños mutilados, como supuestos «agentes de Hamás» encubiertos.

Además, como debe hacer cualquier régimen genocida, especialmente uno que desea mantener la pretensión de ser una democracia con el «ejército más moral» del mundo, Israel trabajó sin descanso para ocultar sus atrocidades.

Impidió el acceso de los periodistas occidentales a Gaza y luego eliminó uno por uno a los periodistas palestinos del enclave, hasta que más de 200 fueron asesinados, 11 solo en las últimas dos semanas, incluidos colaboradores de Middle East Eye y Al Jazeera. Otros se han visto obligados a huir al extranjero en busca de seguridad.

La prensa occidental, que apenas se ha pronunciado sobre su exclusión durante la mayor parte de los últimos 22 meses de genocidio, se ha encogido de hombros colectivamente mientras sus colegas en Gaza eran exterminados lentamente. No hay nada que ver aquí.

Así fue hasta este mes, cuando Israel celebró un ataque aéreo que mató a seis periodistas palestinos, incluido el equipo completo de cinco personas que cubría la ciudad de Gaza para Al Jazeera.

El momento del ataque fue extremadamente fortuito. Israel está reclutando a 60 000 soldados para un último empujón en lo que queda de la ciudad de Gaza, donde alrededor de un millón de palestinos —la mitad de ellos niños— están atrincherados, muriéndose de hambre.

Esos civiles serán asesinados o recluidos en un campo de concentración que Israel denomina «ciudad humanitaria», cerca de la frontera con Egipto. Allí esperarán su expulsión definitiva, posiblemente a Sudán del Sur, un Estado fallido al que Israel ha proporcionado las armas que han alimentado la guerra civil y la violencia.

Campaña de difamación

Israel justificó el asesinato del equipo de Al Jazeera alegando que uno de ellos, Anas al-Sharif, reportero ganador del premio Pulitzer, era en secreto un «terrorista de Hamás».

La afirmación no era menos absurda que las excusas que Israel ha estado utilizando para justificar la expulsión de los trabajadores humanitarios y el asesinato y encarcelamiento de cientos de miembros del personal médico de Gaza.

Los médicos de Gaza, abrumados cada día durante casi dos años por un número de muertos y heridos más propio de grandes catástrofes naturales, y en condiciones en las que se les niegan los medicamentos y equipos básicos, supuestamente tenían tiempo suficiente para dedicarlo a conspirar con los combatientes de Hamás. O eso es lo que Israel quiere hacernos creer.

Según nos dicen, Sharif también encontró tiempo entre los descansos de su frenética agenda de reportajes de 22 meses, gran parte de ella ante las cámaras, para servir como comandante de Hamás «dirigiendo ataques con cohetes contra civiles israelíes».

Presumiblemente, tenía poderes sobrehumanos que le permitían sobrevivir sin dormir durante dos años y, como una partícula cuántica, estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo.

Ahora sabemos exactamente dónde se originó esta ridícula historia: en algo que Israel llama su «Célula de Legitimación». El nombre de la unidad de inteligencia, que seguramente nunca se suponía que saliera a la luz, lo delata. Su trabajo ha consistido en legitimar las atrocidades de Israel con historias que difaman a sus víctimas y, de ese modo, hacen que el genocidio sea más aceptable para el público israelí y occidental.

El sitio web de noticias israelí +972 reveló la existencia de la célula pocos días después del asesinato de Sharif este mes, informando de que se formó después del 7 de octubre de 2023, el día en que Hamás y otros grupos se fugaron de su campo de prisioneros de Gaza, sembrando la matanza, tras 17 años de un brutal asedio.

El objetivo principal de la Célula de Legitimación ha sido ayudar a Israel a difundir en los medios de comunicación occidentales historias que retratan a los hospitales de Gaza como focos de terrorismo y a sus periodistas como «agentes encubiertos de Hamás».

Pruebas falsificadas

Basándose en tres fuentes de inteligencia israelíes, +972 informó de que el motivo de Israel para crear la Célula de Legitimación no estaba relacionado con la seguridad, sino que respondía exclusivamente a necesidades propagandísticas, lo que en Israel se conoce como «hasbara».

Según se informa, la célula estaba desesperada por encontrar un vínculo —cualquier vínculo— entre un puñado de periodistas en Gaza y Hamás, con el fin de sembrar la duda en la mente del público occidental para justificar el asesinato de los corresponsales de prensa del enclave e impedir que expusieran las atrocidades israelíes.

Haciéndose eco precisamente de las advertencias que desde hace tiempo vienen haciendo los críticos de Israel, estos funcionarios de inteligencia dijeron a +972 que el trabajo de la célula se consideraba «vital para permitir a Israel prolongar la guerra». El objetivo era impedir que la oposición popular en Occidente al genocidio creciera hasta el punto de obligar a las capitales occidentales —patrocinadoras de Israel— a poner fin a la máquina de matar israelí.

Otra fuente añadió: «La idea era [permitir al ejército israelí] operar sin presión, para que países como Estados Unidos no dejaran de suministrar armas».

Según estas fuentes, los funcionarios israelíes estaban tan interesados en transmitir su mensaje de prolongación del genocidio al público occidental que «tomaron atajos», una forma educada, al parecer, de indicar que simplemente fabricaron pruebas.

Tras el asesinato del reportero de Al Jazeera Ismail al-Ghoul y su cámara en julio de 2024, Israel citó un documento de 2021 supuestamente encontrado en un «ordenador de Hamás» para argumentar que era un «miembro del ala militar» y que había participado en el ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel.

Sin embargo, el supuesto documento afirma que Ghoul recibió su rango militar en 2007, cuando tenía 10 años.

En el caso de Sharif, fue acusado por adelantado. En octubre de 2024, Israel afirmó que él y otros cinco periodistas de Al Jazeera pertenecían en secreto a las ramas militares de Hamás o la Yihad Islámica. En marzo, uno de ellos, Hossam Shabat, fue asesinado.

La estafa de las «noticias falsas»

No solo se difamaba a los periodistas de Al Jazeera sobre el terreno en Gaza. Adicto a sus extravagantes mentiras, Israel afirmó que la propia cadena con sede en Doha recibía directrices editoriales de Hamás.

Tras meses de genocidio israelí, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había elaborado una narrativa sin pruebas en la que Al Jazeera era un «canal terrorista» que «participó activamente en la masacre del 7 de octubre».

Eso proporcionó la excusa perfecta para que Israel ilegalizara Al Jazeera el año pasado, cerrando sus operaciones en la Jerusalén Oriental ocupada ilegalmente y, desde septiembre, en Cisjordania.

Había un paralelismo directo con la estrategia de Israel contra la UNRWA, utilizando las mentiras más groseras para expulsarla de Gaza y dejando a la población a merced de los soldados israelíes y de un grupo mercenario respaldado por Israel y Estados Unidos, la mal llamada Fundación Humanitaria de Gaza (GHF).

El plan de la GHF ha consistido en aterrorizar a la población para alejarla de los llamados «centros de ayuda» con disparos letales. Eso ha permitido que la campaña de hambre de Israel —por la que Netanyahu es buscado por la Corte Penal Internacional— continúe, paradójicamente, bajo la cobertura de una supuesta iniciativa humanitaria.

Desde julio, el Comité para la Protección de los Periodistas había estado advirtiendo de que la vida de Sharif corría un peligro inminente y de que estaba siendo «objeto de una campaña de calumniar por parte del ejército israelí, que él cree que es el preludio de su asesinato».

Las verdaderas preocupaciones de Israel quedaron de manifiesto el mes pasado cuando el portavoz del ejército, Avichay Adraee, acusó a Sharif de empañar la imagen de Israel con sus reportajes desde la ciudad de Gaza, al promover «la falsa campaña de hambruna de Hamás».

Adraee argumentó que Sharif formaba parte de la «maquinaria militar de Hamás» por informar sobre la misma hambruna creciente de la que la ONU, la Organización Mundial de la Salud y las principales organizaciones de derechos humanos llevan meses advirtiendo, y que la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) anunció la semana pasada que se encontraba ahora en el nivel más alto de hambruna.

Del mismo modo que Israel ha provocado la hambruna en Gaza difamando y excluyendo a las agencias de ayuda de la ONU, está impidiendo la cobertura adecuada de la hambruna difamando y asesinando a periodistas palestinos.

El lunes, Israel bombardeó el hospital Nasser en Khan Younis, matando a 21 personas, entre ellas cinco periodistas que trabajaban con Middle East Eye y las agencias de noticias Reuters y AP, entre otros medios.

Las exageradas historias sobre los vínculos con Hamás tienen un propósito similar en ambos casos. Si se consigue que la opinión pública occidental sospeche que los periodistas palestinos informan bajo las órdenes de Hamás, entonces la cobertura de las atrocidades israelíes puede descartarse como «noticias falsas» y el genocidio prolongarse aún más, incluso cuando las imágenes de niños demacrados llenan sus pantallas.

Cuestión de «proporción»

Al ejecutar a Sharif, Israel afirmó que tenía pruebas de que era un «terrorista activo de Hamás» y «jefe de una célula de su brigada de cohetes». Pero incluso los documentos que dio a conocer —ninguno de los cuales se ha puesto a disposición para su verificación independiente— mostraban que fue reclutado en 2013 y que abandonó el grupo en 2017.

Incluso si estas afirmaciones se aceptaran como ciertas —lo que, dado el largo y constante historial de mentiras de Israel, sería una temeridad extrema—, sugieren que Sharif no había estado involucrado con Hamás durante ocho años antes de ser blanco de Israel.

En otras palabras, incluso según las fantasiosas «pruebas» proporcionadas por la Célula de Legitimación de Israel, Sharif gozaba de estatus civil cuando Israel lo asesinó a él y a otros cinco periodistas que se encontraban a su lado. Por lo tanto, el ataque a la tienda de los periodistas fue un flagrante crimen de guerra.

Pero si bien la mendacidad israelí es totalmente previsible —al fin y al cabo, es el objetivo de toda su industria oficial de hasbara—, lo que más sorprende es la continua connivencia de los medios de comunicación occidentales en la promoción de la letanía de mentiras de Israel.

El periódico más popular de Alemania, Bild, publicó una portada que bien podría haber sido escrita por el ejército israelí: «Terrorista disfrazado de periodista muerto en Gaza». Sin afirmaciones, sin comillas. Solo una declaración de hechos.

Los medios de comunicación británicos no fueron mucho mejores, ya que la mayoría de ellos destacaron en sus titulares y cobertura las calumnias sin pruebas de Israel sobre la «legitimidad» de Sharif.

Sorprendentemente, la BBC, en su programa estrella News at Ten, se tragó por completo la versión israelí de que Sharif era un objetivo legítimo, además de difundir acríticamente la presunción de que Israel le tenía en el punto de mira solo a él.

Planteó esta pregunta obscena y muy sesgada: «Está la cuestión de la proporcionalidad. ¿Está justificado matar a cinco periodistas cuando solo se tenía como objetivo a uno?».

El planteamiento «proporcional» da por sentado que Israel tenía derecho a responder con fuerza letal a una causa incitante —los presuntos vínculos terroristas de Sharif— y solo se pregunta si esa causa incitante justificaba la magnitud de la respuesta letal de Israel.

Israel no podía esperar más. En línea con el trabajo de la Célula de Legitimación, había desviado a BBC News de informar sobre un crimen de guerra israelí contra periodistas y lo había redirigido hacia un debate sobre si su acto fue mesurado o acertado.

Cambio de tornas

Piers Morgan, cuyo popular programa online Uncensored ha sido una de las principales plataformas de debate donde se enfrentan los partidarios y detractores de Israel, ilustra lo fácil que es para Israel moldear la narrativa.

Morgan ilustra perfectamente la forma en que los periodistas occidentales aceptan de buen grado los prejuicios racistas sobre los periodistas no occidentales, incluso cuando parecen cuestionar esos prejuicios.

Poco después del asesinato de Sharif, Morgan invitó a Jamal Elshayyal, director del programa 360 de Al Jazeera. Este tuvo que enfrentarse a Jotam Confino, un periodista que trabajó en su día para el canal de televisión israelí i24 News, fundamental en la difusión del engaño de los «bebés decapitados» de Israel, y que ahora escribe para publicaciones de derecha y fervientemente proisraelíes, como The Telegraph y The New York Sun.

El papel de Confino en el debate era reforzar los argumentos israelíes sobre las sospechas de que Sharif era un terrorista de Hamás. Elshayyal respondió enumerando el historial de décadas de Israel de asesinar a periodistas que le avergonzaban, especialmente palestinos. Señaló la infame ejecución por parte de Israel de la periodista palestino-estadounidense Shireen Abu Akleh en 2022, y la posterior revelación de sus mentiras sistemáticas destinadas a ocultar su papel en su asesinato.

También destacó los peligros más amplios para la seguridad de los periodistas que colaboran en campañas de difamación como la dirigida contra Sharif, basadas en la idea de que el asesinato está justificado para los periodistas que tienen opiniones políticas que no gustan a sus verdugos.

Como era de esperar, este argumento pasó por alto a Morgan.

Ante la ausencia de pruebas de que Sharif fuera comandante de una célula de Hamás, Confino cambió su ataque a afirmaciones más generales de que el periodista de Al Jazeera podría haber simpatizado con Hamás.

Pero no se detuvo ahí. Dirigió su mirada hacia Elshayyal, argumentando que no estaba en posición de defender a Sharif, ya que había expresado opiniones antiisraelíes en las redes sociales.

Extraordinariamente, Morgan se unió entonces a Confino para interrogar a Elshayyal sobre sus opiniones políticas, exigiéndole que condenara a Hamás por su ataque del 7 de octubre de 2023. Cabe destacar que no se exigió a Confino que condenara a Israel por su genocidio, mucho más grave.

En este intercambio profundamente inquietante —y racista— estaba implícita la suposición de que los periodistas árabes deben demostrar su buena fe ideológica a los periodistas occidentales antes de que sus opiniones y sus vidas cuenten.

Elshayyal estaba allí para defender no solo a Sharif, sino también el derecho de los periodistas a informar libremente sin amenaza de asesinato, independientemente de su ideología política. En cambio, se vio obligado a defender su derecho a participar en el debate, basándose en sus propias posiciones políticas.

Un programa, presentado por un destacado periodista británico, que debería haber denunciado claramente el crimen de guerra israelí de asesinar sistemáticamente a periodistas en Gaza, se desvió rápidamente hacia una caza de brujas contra los periodistas críticos con Israel.

Vidas prescindibles

El contexto que ha faltado en la cobertura occidental es el siguiente: Israel ha matado a más de 240 periodistas palestinos en Gaza en los últimos dos años, más que todos los periodistas muertos en las dos guerras mundiales, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, las guerras en la antigua Yugoslavia y la guerra de Afganistán juntas.

Se trata de un patrón —evidente—, pero al que los periodistas occidentales parecen estar completamente ciegos, incluso cuando Israel sigue impidiéndoles informar en Gaza, casi dos años después del inicio de su genocidio.

Irene Khan, relatora especial de la ONU sobre la libertad de opinión y de expresión, observó recientemente que Israel está «llevando a cabo un programa de asesinatos muy cuidadosamente planificado y selectivo para eliminar cualquier tipo de información independiente sobre Gaza».

La indulgencia de los medios de comunicación occidentales con las descaradas mentiras de Israel no es solo un abandono de los fundamentos de la ética periodística. También convierte en blanco de ataques a todos los periodistas que siguen informando desde Gaza.

Envía un mensaje a Israel de que sus vidas se consideran prescindibles, que incluso la más mínima excusa para asesinarlos se tomará en serio.

Lo que es aún más perverso es que los propios periodistas occidentales están normalizando un precedente que supone la más grave de las amenazas, tanto para sus propias vidas frente a Estados rebeldes como para el futuro de la información sobre la guerra.

Patrón de mentiras

Las narrativas de «legitimación» de Israel solo funcionan gracias a la receptividad de los periodistas occidentales a estas campañas de desinformación, y a la predisposición del público occidental a aceptarlas de forma similar.

Funcionan porque se ha cultivado en ustedes un racismo profundamente arraigado, generación tras generación, por parte de las clases políticas y mediáticas occidentales.

Israel creó su Célula de Legitimación solo porque sabe lo fácil que es explotar los temores occidentales. Presenta su caso a través de portavoces occidentales —que hablan con fluidez en las lenguas nativas de las audiencias— que aprovechan las ansiedades coloniales arraigadas desde hace mucho tiempo de «bárbaros a las puertas» y amenazas a la «civilización occidental».

No obstante, a medida que la matanza perpetrada por Israel se ha prolongado, mes tras mes, el público occidental ha encontrado cada vez más difícil creer en estas narrativas.

Cuanto más tiempo ha continuado el bombardeo intensivo de Gaza y el hambre masiva de su población, más difícil ha sido ocultar el patrón de mentiras de Israel, y una imagen cada vez más clara que sugiere que no se trata de una guerra de «autodefensa», sino de ambiciones genocidas.

Las impactantes imágenes de niños demacrados, tras meses en los que Israel ha confesado abiertamente que está matando de hambre a la población de Gaza, hablan por sí solas, de una forma tan evidente que no debería haber sido necesaria la confirmación oficial del IPC.

La semana pasada, +972 reveló que, contrariamente a lo que Israel lleva meses afirmando, que la mayoría de los muertos en Gaza son combatientes de Hamás, las propias cifras del ejército israelí muestran que, en realidad, más de cuatro de cada cinco son civiles.

Esa proporción es claramente intencionada. En una grabación de audio filtrada recientemente al Canal 12 de Israel, se puede escuchar al general de división Aharon Haliva, que dirigió la inteligencia militar israelí durante los primeros seis meses en respuesta al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, decir que matar a decenas de miles de palestinos es «necesario para las generaciones futuras».

Añadió: «Por cada persona [asesinada] el 7 de octubre, deben morir 50 palestinos. Ahora no importa si son niños».

En otras palabras, desde el principio, el objetivo del ejército israelí era cometer un asesinato masivo indiscriminado para obligar a los palestinos a una quietud permanente, a aceptar su servidumbre indefinida.

Cada vez más, a medida que el público ve las imágenes de la destrucción total de Gaza y se entera de la erradicación de sus hospitales y de la hambruna provocada por Israel, no puede evitar preguntarse cómo es posible que el número de muertos apenas haya aumentado durante el último año.

La afirmación de Israel de que la cifra de 62 000 muertos está inflada por un Ministerio de Salud controlado por Hamás suena absurda. Israel ha destruido las oficinas gubernamentales de Gaza, lo que les ha dejado en gran medida incapaces de contar los muertos.

La mayoría de la audiencia está empezando a sospechar, en línea con los expertos, que el verdadero número de muertos probablemente sea de cientos de miles.

Todo esto habría quedado claro mucho antes si hubiéramos estado más dispuestos a escuchar a los periodistas palestinos, en lugar de las evasivas y ambigüedades de la BBC y Piers Morgan.

Ellos y el resto de la prensa occidental han sido fundamentales para la «legitimación» del genocidio por parte de Israel. Los periodistas occidentales han demostrado ser árbitros de la verdad totalmente poco fiables en Gaza.

Pero el genocidio ofrece una lección más general sobre lo que se considera noticia en el país y en el extranjero; sobre quién puede dar forma a las noticias y por qué.

El ocultamiento del genocidio de Gaza —y de la connivencia occidental en él— ofrece una instantánea en alta definición de las agendas racistas y coloniales que dominan lo que llamamos noticias.

¿Están dispuestos a aprender esa lección?

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3. Corrupción y democracia en Ucrania.

Un muy interesante análisis de Ishchenko y Korotaev sobre la debilidad histórica del estado ucraniano y la función de las organizaciones contra la corrupción en este marco.

https://jacobin.com/2025/08/ukraine-anti-corruption-democracy-zelensky

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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