Cuaderno trumpeado: 11
Imperios
La historia del capitalismo es una historia de imperios y naciones. La formación de estados contribuyó a la creación de mercados nacionales, a la construcción de las infraestructuras materiales e institucionales necesarias para la acumulación capitalista. Generaron, además, un marco cultural, lo nacional, útil para neutralizar las tensiones sociales que el propio capitalismo creaba.
La formación de imperios fue crucial para la acumulación primitiva de capital, para obtener suministros esenciales, expandir los mercados, dar salida a los excedentes de población. La consolidación del capitalismo fue también la creación de nuevas Europas. Y una de ellas, Estados Unidos, acabó por convertirse en la potencia imperial dominante tras la Segunda Guerra Mundial. Todas las sociedades capitalistas desarrolladas se han beneficiado en mayor o menor medida de algún tipo de renta imperial (aunque la distribución interna de esta renta imperial ha sido muy desigual).
Los modelos de imperios capitalistas difieren entre sí. Pero todos ellos han tenido en la fuerza y la violencia sobre el resto de poblaciones un elemento central. Compartido con una superioridad tecnológica, al menos en el terreno militar. Y todos los imperios han tratado de estructurar la economía mundial de forma jerárquica. Buena parte de las desigualdades de renta existentes entre países tienen que ver con esta historia. Que no es completamente lineal, sino ella misma el producto de conflictos, de procesos emancipatorios, de aprovechar oportunidades de especialización.
Hoy asistimos a una nueva aceleración de la conflictividad imperial. La línea interpretativa dominante de esta intensificación lo achaca al declive del imperio estadounidense. La amenaza más importante para los estadounidenses es, sin duda, la emergencia de China. La globalización se diseñó como una reorganización espacial del imperio (incluidos sus principales aliados); básicamente, consistía en exportar gran parte de la producción industrial a la periferia, lo que suponía abaratar costes salariales, externalizar contaminación y, al mismo tiempo, debilitar a las clases trabajadoras de los países centrales. Con lo que no se contaba es que China se convertiría no sólo en la gran fábrica del mundo, sino también en un gran competidor tecnológico. China recuperó su vieja tradición tecnológica (que nunca tuvo Rusia), consiguió una adaptación de su control burocrático al capitalismo mercantil, cuenta con materias primas básicas y ha conseguido competir con éxito allí donde Rusia fracasó. El éxito chino juega un papel esencial en esta reacción. Pero no lo explica todo.
Estados Unidos no sólo mantiene el control sobre elementos esenciales de las economías capitalistas, especialmente el sector financiero y el núcleo de la revolución digital, sino que aspira a reforzar esta hegemonía con el desarrollo de la inteligencia artificial. No sólo por razones tecnológicas, sino también porque cuenta con la aversión de sus tradicionales aliados respecto de la tecnología china. Y, también, porque conoce la debilidad de la Unión Europea para convertirse en un tercer agente competidor. Puede que una parte de la reacción imperialista sea defensiva. Pero todos los imperios tienden a sobrevalorar sus capacidades, despreciar (por racismo o por supremacismo tecnocrático) al resto de la población mundial, y adoptan políticas agresivas que más de una vez les acaban generando problemas. Napoleón y Hitler se hundieron en Rusia, y el mismo Estados Unidos ya ha experimentado una serie de fracasos provocados por esta misma razón. Vietnam, el más notorio; Irán, el más reciente. En todo caso, la crisis de la hegemonía estadounidense sólo se vería seriamente agravada a corto plazo si el nivel de desigualdades y problemas que padece una parte de su propia población generara una crisis de gobernanza en su interior. China, de momento, parece más empeñada en una erosión a largo plazo. Y Europa sigue estando fuera de onda. Los declives de los grandes imperios modernos son lentos, a menos que se empeñen, como hicieron los europeos, en entrar en una serie de guerras que los dejaron exhaustos.
Pero el renacimiento de las tensiones imperiales no sólo amenaza con guerras, desvía recursos a la producción armamentística (y refuerza el poder de los militares), enerva las relaciones sociales y bloquea cualquier política de regulación de los problemas esenciales de la humanidad.
Naciones
Europa es un continente de naciones. La Unión Europea es un continente dominado por imperios derrotados, pero que mantienen una cultura nacional de viejos imperios. En más de cincuenta años, nunca han sido capaces de construir un «protoimperio» autónomo y, mucho menos, un marco institucional que contribuyera a construir un modelo social más decente. No sólo se negaron a tener políticas sociales comunes, sino que tampoco ha existido una política industrial común, ni siquiera de defensa. Quizás porque han estado subordinados al imperio estadounidense. Pero también porque los líderes de los principales países han pensado siempre más en clave nacional que europea.
Lo nacional sigue conformando gran parte de las estrategias. Las letales políticas de austeridad que se impusieron en 2010 tenían una clara orientación neoliberal, pero estaban también marcadas por los intereses nacionales de países como Alemania (temerosa de que el coste de las ayudas les pasara factura interna) y por el rescate de los bancos por encima de todo.
La mayor parte de instituciones que organizan la vida cotidiana de la gente siguen siendo nacionales. Y ello se complementa con un persistente machaqueo cultural donde lo nuestro se antepone a lo de fuera. Un discurso que circula por vías muy diversas y que contribuye a cerrar la percepción de los problemas. Hoy, lo nacional —en un momento marcado por una enorme incertidumbre económica, por procesos migratorios que han invertido las antiguas corrientes que partían de Europa para conquistar el mundo, por la incapacidad de las políticas locales para coartar el poder del capital— se ha convertido en el espacio idóneo para la extrema derecha. Un modelo de organización social inadaptado para hacer frente a los problemas globales, los más acuciantes. Y que, en cambio, es capaz de proyectar, en cada país, una imagen de un viejo orden deseable que es la fuente de la distopía que amenaza nuestro futuro. Quizá en el pasado la formación de naciones sirvió para barrer el viejo orden feudal y crear uno nuevo basado en la ciudadanía. Hoy, lo nacional sirve esencialmente para bloquear cualquier intento de racionalizar políticas universales, para generar nuevas desigualdades en función del pasaporte, y resulta inútil para controlar el poder desmedido de los grandes capitales.
Problemas globales
Sin duda, el desastre ecológico en ciernes es el que tiene mayor probabilidad de generar una crisis letal. Ya la estamos percibiendo en dosis moderadas —que resultan insoportables— como ocurre con las crecientes olas de calor y los fenómenos meteorológicos catastróficos. Las guerras, presentes y potenciales, son otra cuestión endémica; quizás siempre lo fueron, pero su gravedad corre pareja a las brutales capacidades de la tecnología bélica. Los genocidios en marcha provocados por Israel y por los militares sudaneses son parte de este desastre. Las propias migraciones son un efecto de estos problemas generales, de las crisis climáticas, de las guerras, de economías locales incapaces de ofrecer condiciones vitales dignas a su población. El endeudamiento global y todos los problemas generados por un capitalismo financiero descontrolado (y que vuelve a la carga a por más desregulación) es parte del grave problema de la vivienda que se experimenta en el mundo urbano…
Los problemas globales solo son abordables desde una institucionalización diferente. Por ahora, inexistente. Es lo que quita credibilidad a propuestas deseables de reforma, como el recién publicado Global Justice Report. Un puñado de buenas ideas a las que les falta una propuesta institucional factible para llevar a buen término. El mismo tipo de carencia que encontramos cuando constatamos la debilidad del Tribunal Penal Internacional para procesar a asesinos como Trump o Netanyahu. Estamos constreñidos por un marco institucional que no sirve para abordar los problemas globales y que en cambio proyecta constantemente una ideología favorable a la cerrazón y a la ausencia de solidaridad.
Los problemas globales son acuciantes. Por eso resulta tan necesario luchar a la vez contra el imperialismo agresivo y el nacionalismo cerrado. La lucha por la igualdad y la ecología requiere también una construcción institucional alternativa. El internacionalismo, entendido como suma de acciones nacionales, ha quedado obsoleto. Es necesario un nuevo enfoque que se base en una humanidad común y que se oriente a crear instituciones operativas a niveles adecuados.
https://mientrastanto.org/258/notas/imperios-naciones-y-problemas-globales/.