El poeta romántico y nacionalista alemán August Heinrich Hoffmann von Fallersleben (1798-1874) escribió, en ―se supone― uno de esos arrebatos patrióticos que tan caros le han costado a la humanidad desde entonces, el poema que empieza con las palabras de nuestro título: «Alemania por encima de todo». La primera estrofa (luego el texto suena más razonable) es todo un alegato pangermanista, un llamamiento a la constitución de un Estado-nación germano unitario que vaya desde el río Mosa en Francia hasta el río Niemen en Rusia, y desde el río Adigio en Italia hasta el estrecho conocido como Pequeño Belt en Dinamarca (curiosamente, pues, un país limitado exclusivamente por agua).
Dicho poema acabó convirtiéndose en el himno nacional alemán bajo el régimen de la República de Weimar, convenientemente adaptado a la melodía del himno imperial austro-húngaro compuesta por el bueno de Joseph Haydn e incluida en uno de sus cuartetos de cuerda (el nº 3 del opus 76, conocido por ello como «cuarteto Emperador»). Bajo el régimen nazi el himno se mantuvo, razón por la cual, y por el inequívoco tufo imperialista de la letra mencionada, ésta quedó proscrita tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, aunque manteniendo la música (de modo que la Alemania de entonces compartió con la España actual la estrafalaria situación de tener un himno nacional que no se puede cantar). Pasado un tiempo, sin embargo, en la República Federal de Alemania se recuperó como letra del himno la tercera estrofa del texto original, mucho más correcta políticamente, ya que empieza diciendo: «Unidad y derecho y libertad…» (La extinta República Democrática Alemana, en cambio, contó desde el principio con un himno carente de resabios imperiales que habla de la reconstrucción del país, con música compuesta por Hanns Eisler.)
Bien, pues parece que el virus germanicus, responsable de los bien conocidos síntomas recurrentes de fiebre supremacista, tras adaptarse a la americanización y consiguiente mutación otánica, cobra renovada virulencia gracias a las nuevas cepas cultivadas en Ucrania. Hasta el punto que un canciller gris-plomo que goza de uno de los índices de popularidad más bajos en la historia del país, Friedrich Merz, aupado a su actual puesto gracias a unas elecciones sobre las que pesan fundadas sospechas de manipulación para dejar fuera del Bundestag a un partido de izquierda que había cosechado pocos meses antes grandes éxitos electorales en varios Estados federados, saca pecho prometiendo convertir a la Bundeswehr en «el ejército más poderoso de Europa» (lo cual, teniendo en cuenta que Rusia también forma parte de Europa, es toda una inquietante declaración de principios).
La primera estrofa del poema de Fallersleben sigue prohibida (oficialmente), pero declaraciones e iniciativas políticas como las del actual canciller hacen que su primer verso vuelva a resonar en la mente de los europeos que aún conserven algo de memoria. Porque, para colmo, Merz pretende que todo el resto de países de la UE (esa vergonzante sucursal de la OTAN) lo secunden en su aventura. Es como si una parodia de nuestro nefasto y execrable Fernando VII dijera algo así como: «Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda de la conflagración» (con la excepción, oh desventura, de que el miles gloriosus Merz no parece estar dispuesto, como aquel depravado monarca, a echarse atrás).
Claro que, si bien se mira, Alemania, desde su unificación (que es lo que propugnaba Fallersleben), nunca ha renunciado a estar «por encima de todo». Como los Estados Unidos de América en versión de bolsillo. Y como los Estados Unidos de América, pretende suplir con la hipertrofia de la fuerza militar la creciente atrofia de su tejido económico civil. Por ejemplo, al paso que va, la red ferroviaria alemana, en estado comatoso, con averías y retrasos recurrentes en la mayoría de las líneas, difícilmente estará en condiciones, cuando llegue el momento, de trasladar sus flamantes nuevas divisiones a las zonas de combate antes de que los misiles rusos las hagan polvo por el camino.
Pero esta hybris teutónica de última hora viene precedida por decenios de hábil estrategia «subimperial». Al socaire de la OTAN, donde las tropas estadounidenses estacionadas en su suelo le permitían a la RFA un importante ahorro en gasto militar, la industria alemana, gracias a las tempranas inyecciones de capital del Plan Marshall, a unos excelentes ingenieros y a una disciplinada clase obrera (inmigrantes «meridionales» incluidos), logró un desarrollo espectacular que luego la disciplina económica impuesta a sus posibles competidores por tratados como el de Maastricht le permitió consolidar y blindar. Si el liberal Hans Dietrich Genscher aleccionó debidamente a Felipe González recordándole que a la puerta de la Comunidad Económica Europea (hoy UE) sólo se llegaba tras cruzar la puerta de la OTAN, sus correligionarios del SPD y de la Fundación Friedrich Ebert (la que financió masivamente la campaña electoral del PSOE en 1977) le dejaron claro que la industria española, con sus costes laborales comparativamente bajos, no podía quitarle cuota de mercado (ni siquiera en España) a la industria alemana. De modo que reconversión industrial al canto y fuera siderurgia, fuera astilleros y donde dije Seat digo Volkswagen (de limitar las cuotas lecheras y arrancar olivos ya se cuidaban franceses e italianos).
Por supuesto, nos llovieron los fondos estructurales, gracias a los cuales nuestro país mejoró sustancialmente unas infraestructuras más que deficientes: he ahí el equivalente a las obras públicas romanas en Judea a las que aluden los personajes de La vida de Brian. Pero las buenas carreteras y buenas comunicaciones en general son bienes de «doble uso»: no de uso civil y militar, sino de uso tanto para movernos nosotros como para que se muevan las mercancías importadas, entre otros países, desde Alemania y pueda haber un Aldi y un Lidl a la vuelta de la esquina de cada pueblo medianamente grande.
Pero ya se sabe: los delirios de grandeza suelen acabar como en la vieja película homónima de Louis de Funes. La receta imperialista de Trump para «hacer grande a América» puede que funcione un tiempo, porque esa «América» es un imperio cuya gordura le deja mucho margen para perder grasa. El subimperio alemán, en cambio, ese que encima se deja escamotear sus fuentes de energía más rentables y sus intercambios comerciales con el país más grande del planeta, es hoy, «por encima de todo», una caricatura del país que en su día dio al mundo algunos de los mayores logros del ingenio humano en las artes, en la ciencia y en la técnica.