En recuerdo de Sacristán. “LAS MIL BATALLAS PERDIDAS DE GERÓNIMO” por Ramón Qu

A este lado – el nuestro – de los muros del balneario de occidente podemos observar sin pretensión exhaustiva tres estados de ánimo y de conciencia: la indiferencia, el pesimismo y el voluntarismo.

Inmerso en su burbuja de deseos y ambiciones, en su lucha diaria por alcanzar sus objetivos, el indiferente navega por ese mar, a veces calmo, en ocasiones borrascoso, mezcla en diferentes grados de precariedad y privilegios, en que se han convertido nuestras sociedades: competitivas, individualistas, gobernadas desde la cuna al féretro, desde el hogar al trabajo, por las leyes del mercado.

Modelado por mecanismos sistémicos, se ve transmutado en individuo-empresa que debe competir con otros individuos empresa. Individuos empresa precarios cuyo capital es su fuerza de trabajo, su tiempo de vida, su entrega de pies y manos a la vorágine de la gran máquina acumuladora del verdadero capital: empresas, multinacionales, corporaciones, banca… Navega solo, receloso, arrastrado por corrientes que no alcanza a entender hacia los rompientes del egoísmo posesivo, de la renuncia a cualquier atisbo de empeño colectivo o construcción de comunidad.

Con miedo al desclasamiento, a la pérdida de nivel de vida, se hipoteca, se llena de créditos y trabaja, trabaja, trabaja, con pocas o ninguna gana de levantar su cerviz del almiar donde se alimenta. Con la indiferencia se acoraza frente a su propia realidad, frente a la del vecino, frente a las injusticias que recorren, más reales que fantasmales, el mundo. El indiferente es hijo del triunfo de uno de los grandes principios ideológicos del neoliberalismo: no hay sociedad, solo individuos.

El pesimista fue en una buena parte de los casos un optimista en sus años jóvenes. Supuestamente escarmentado por lo visto y vivido, ha abandonado cualquier esperanza en un mundo mejor. Mira a su alrededor y contempla los bombardeos sobre civiles, las guerras imperiales, el hambre endémica en determinadas zonas del mundo, la muerte de emigrantes en los océanos, la pobreza de suburbios y arrabales, y concluye: esto es lo que hay, lo que siempre ha habido y lo que siempre habrá. El mundo, el ser humano no tienen remedio. Siempre reinará el mal y el infierno está empedrado de buenas intenciones y delirantes utopías. Como mucho solo nos queda el ser “buenas personas” y, carentes de fe y esperanza, tener al menos un poco de caridad… o hundirnos definitivamente en la piratería de los egos o en el cinismo de los amargados.

En realidad, el pesimista ha naturalizado el carácter y las relaciones humanas impuestas por el capitalismo y las leyes del mercado. El pesimista se ha convencido de que, ya porque desde el inicio de los tiempos ese haya sido el corazón humano, ya porque con nuestra actual sociedad hayamos dado completo cumplimiento a una supuesta naturaleza humana, el ser humano es un individuo económico – homus economicus – que solo busca el beneficio personal al menor costo posible, en lucha permanente y hostil con otros individuos económicos y que todo, desde el amor a la amistad, desde los hijos a los amantes, lo juzga con la razón instrumental de medios y fines, costes y beneficios. El pesimista es hijo también de otro gran axioma neoliberal: No hay alternativa.

El voluntarista sigue la consigna gramsciana de “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad” Es consciente de la barbarie que recorre el mundo, es sabedor del gran poder de los de los amos de la tierra, tiene clara la gran debilidad de los oprimidos, el miedo que les atenaza, las cadenas que los aprisionan, la colonización ideológica a la que están sometidos, no ignora los crueles fracasos de los levantamientos y revoluciones por una mayor libertad igualdad y fraternidad que en la historia han sido, no echa en saco roto el egoísmo humano y su voluntad de poder, guarda para sí serias dudas de que la razón pueda triunfar y servir de guía para crear una vida sana en una ciudad justa, incluso pone en solfa la radicalidad y consecuencia de sí y de sus propias convicciones, pero a pesar de todo ello cree, quiere creer, actúa como si creyera en que la sociedad no es simplemente una suma de individuos competitivos y hostiles, de que hay alternativa a este mundo colonizado por el capital y la explotación del hombre por el hombre, de que a pesar de todo existe una cosa llamada esperanza y que un mundo mejor es posible.

Cierto, la esperanza del voluntarista ha dejado de nacer de sí mismo. Alguien dijo: “La esperanza nos ha sido dada sólo por los que no la tienen” Esto es: los humillados y ofendidos del mundo, las innumerables víctimas del capitalismo.

¿Acaso habrá que pintarlo todo de negro para ensayar el trazo blanco de tiza de la esperanza?

¿Acaso no son las noches más oscuras las que mejor nos permiten ver las estrellas?

¿Acaso el ser humano no es un ser de y para la praxis y es su práctica real y diaria la que le construye y construye el mundo?

¿Acaso con una praxis guiada por la necesidad, la razón y la justicia, no se puede construir un mundo mejor o, al menos, más habitable?

¿Acaso no son las profecías del fatalismo y la derrota las únicas que parecen cumplirse por ser las más convenientes para los poderosos?

¿Acaso las mil batallas perdidas por Gerónimo y sus guerreros no permitió al menos guardar la dignidad de los apaches?

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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