Casualidades de la vida: el otro día encontré en un rincón de mi biblioteca un libro editado por la Officina di Studi Medievali de Palermo (que seguramente me agencié en mi visita a la ciudad en 2015) titulado «Le Questioni Siciliane», cuyo contenido es el siguiente:
Hubo allá por la primera mitad del siglo XIII un filósofo sufí musulmán llamado Abd al-Haqq Ibn Sab’in (con unos cuantos nombres más por en medio) nacido en Murcia en 1217 y muerto en la Meca en 1270, que residió en Ceuta (muy lejos todavía de ser territorio español) un cierto período de tiempo, entre 1237 y 1242. Mientras residía allí le llegó, por mediación del gobernador de la ciudad, nada menos que el encargo de responder a unas dudas filosóficas. ¿De quién? Pues digamos que del equivalente medieval (en términos de poder político) del presidente de los Estados Unidos: Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia (desde donde hizo la consulta; de ahí el título del texto en cuestión). Las cuestiones planteadas por el monarca versaban sobre temas como: La eternidad (o no) del mundo. La ciencia suprema y las otras ciencias. Las categorías. Naturaleza del alma y del intelecto y su inmortalidad (o no). Por supuesto, Ibn Sab’in respondió (no sin aprovechar para aconsejarle a Federico II que se dejara de hostias (literalmente) y abrazara el Islam). El texto de sus respuestas (yo lo tengo en árabe y en italiano, aunque hay una traducción francesa anterior) es lo que constituye las llamadas «Cuestiones Sicilianas» (las preguntas del emperador se pueden inferir fácilmente a partir de las respuestas). Tanto el emperador como Ibn Sad’in se basaban fundamentalmente en la filosofía de Aristóteles, llamado simplemente «el Sabio».
Como veis ustedes, los políticos de la época (no sólo el emperador, sino también el gobernador de Ceuta, que sabía a quién podía encargarse la tarea) estaban «a otro nivel» y en Ceuta había unas inquietudes muy diferentes de las actuales.
Por cierto, lo primero que le dice Ibn Sab’in al emperador es que al discutir un asunto «hay que guardarse de las expresiones inexactas y abstenerse de emplear términos equívocos y ambiguos, a menos que se restrinja su significado, así como desconfiar de conceptos que se presten al falso razonamiento y al sofisma». No sé si la cuestión de la eternidad del mundo tiene mucho interés hoy día para la gente. Pero los consejitos mencionados creo que sí.
Simbad