Entonces, ¿en Sajonia-Anhalt el 44 % de la población es nazi? ¿Debemos interpretar así las cosas? ¿Quieren volver a la política racial, abrir campos de concentración y buscar el espacio vital hacia el Este, conquistando Rusia? Pues hombre, a juzgar por lo que proclaman con gran énfasis gentes preocupadas (no siempre sinceramente) por el hecho y adeptas a la falsa creencia de que la historia se repite, más de uno podría pensar que sí.
Claro que sería muy sorprendente que eso ocurriera, que la historia se repitiera tal cual, cuando nada en la naturaleza escapa a la ley de la variación constante (una de las leyes, por cierto, de la evolución descubiertas por Charles Darwin). Aunque, claro, no hace falta que la historia se repita tal cual, ni siquiera en el sentido de que una primera versión en forma de tragedia dé paso a una posterior versión en forma de farsa, como señaló Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Basta para causar preocupación el que algunos aspectos inquietantes de un determinado proceso histórico aparezcan de nuevo, aunque sea en un contexto diferente.
Pero veamos lo que han opinado algunos analistas al respecto. Por ejemplo, el profesor de filosofía moral de la Universidad de Milán Andrea Zhok, de claras credenciales de izquierda:
«Las reacciones histéricas de desánimo —pero también las ingenuas de satisfacción— ante el triunfo de la AfD en Sajonia merecen un par de reflexiones.
«1) Quienes repiten como un disco rayado lo de la “amenaza fascista de la extrema derecha alemana” deberían actualizar su forma de pensar. Categorías como el “fascismo” resultan inútiles para comprender la realidad actual, y lo han sido desde hace décadas. Hablar de amenaza fascista en referencia a un partido que ha afrontado esta campaña electoral con un programa en el que destacan las palabras Frieden (Paz), Freiheit (Libertad) y Demokratie (Democracia) debería requerir una reflexión más profunda para no convertirse en lo que, en realidad, son: cortinas de humo.
«2) Desde su fundación en 2013, la AfD ha atravesado numerosas dificultades, algunas debacles, fracturas internas y cambios significativos de línea en cuestiones importantes (p. ej.: su postura respecto a Israel, a la UE, a la relación con EE.UU., etc.). Su reciente ascenso debe interpretarse a la luz del colapso devastador de lo que fue el partido-Estado alemán, es decir, los democristianos (CDU-CSU). Frente a una política explícitamente autodestructiva y belicista como la de Merz, la AfD se presenta como una fuerza conservadora en el sentido clásico de «sentido común prudente», lejos del radicalismo extremista. La AfD se identifica, en primer lugar, como el partido que desea restablecer las relaciones con Rusia y dejar de alimentar el conflicto con Ucrania.
«3) El segundo tema por el que se caracteriza y destaca la AfD (no sólo en Alemania Oriental: las encuestas la sitúan hoy como el primer o segundo partido a nivel nacional) es su postura de alerta respecto a la cuestión migratoria. Se trata de una tendencia generalizada en toda Europa, desde Farage en el Reino Unido hasta el Rassemblement National en Francia y VOX en España. El tema es sumamente complejo en los detalles, pero sencillo en su marco general: los cambios rapidísimos, amplios y, en esencia, incontrolados de la composición étnica y cultural europea tenían que provocar conflictos y reacciones de rechazo, y así ha sido. Esto se debe a mil razones, desde los roces entre costumbres incompatibles hasta la competencia laboral. Sólo personas deformadas por la ideología podían pensar que esto no ocurriría. Lleva ocurriendo desde hace años. Y va en aumento. Y la estupidez de quienes siguen explicando que “sólo es un problema de percepción” (o incluso que se trata de mero “racismo que hay que erradicar”) no hace más que empeorar la situación y entregar a la población a interpretaciones burdas, pero claras.
«4) ¿Cuál es el verdadero problema de la AfD? ¿Es el autoritarismo y el rechazo a la voluntad popular? ¿Son las concentraciones con antorchas? ¿Es el culto a la guerra? No, tranquilos, todas estas cosas ya están ampliamente aceptadas en Alemania por los partidos de gobierno. El problema de movimientos como la AfD (y sus homólogos europeos) es que su crítica al sistema que nos está llevando a todos al colapso económico y a la guerra es moderada, tímida y parcial. Critican a la UE, pero, en definitiva, sin exagerar (al fin y al cabo, les conviene para mantener a raya al sur de Europa). Critican el liberalismo social, pero abrazan el económico. Quieren el mercantilismo de los tiempos dorados, de cuando acosaban a Grecia, pero lo quieren sin las consecuencias que ello conlleva para la circulación de mercancías y mano de obra. Al igual que todos estos movimientos en Europa, quieren que alguien les limpie los retretes a cambio de pan y cebolla, pero luego quieren que desaparezca de su vista, porque molesta. El problema de todos estos movimientos no es que sean demasiado radicales, sino que no lo son lo suficiente. Son, en esencia, oportunistas, destinados a actuar como «guardianes», es decir, a canalizar hacia objetivos débiles y cómodos la revuelta razonable e instintiva de las masas, sin cambiar ni una coma del sistema (social, cultural, económico).»
Una de las primeras cosas que habría que averiguar para entender qué significa, no ya política, sino socialmente, la victoria de AfD es qué sectores de la población la han votado. Otro profesor de filosofía italiano, Vincenzo Costa, aporta algunos datos:
«Han votado masivamente a la AfD las personas en edad de trabajar. Entre quienes tienen entre 35 y 44 años, el 53 % votó a la AfD, es decir, un porcentaje muy superior a la media. Entre las personas mayores de setenta años, en cambio, solo el 31 %. Por lo tanto, han votado a la AfD aquellos que sienten la crisis en sus propias espaldas, los que trabajan, los que ven cómo se está estancando la economía, los que tienen hijos que mantener e hipotecas que pagar. Los que carecen de seguridad. ¿Y desde el punto de vista de los ingresos? Entre los ricos, solo el 37 % votó a la AfD. Entre los pobres o aquellos que no son ricos, en cambio, nada menos que el 67 %.»
El mismo Vincenzo Costa insiste en una de las motivaciones aparentes de los votantes de AfD:
«La gente votó a la AfD porque era la única alternativa creíble para cualquiera que estuviera en contra del envío de armas y de la escalada. Con una política muy moderada, ya que pide que la OTAN vuelva a su función defensiva. Recuerdo que una característica del nazismo fue apostar por el rearme con fines expansionistas. Entonces, ¿quién repite esa historia? Todos los demás partidos de Alemania presionan no sólo a favor del rearme, sino también de la escalada y de la guerra, habiendo convertido a Alemania en la retaguardia productiva de la guerra, por lo que está directamente implicada en ella. Me gustaría recordar que los Verdes, a quienes alguna alma caritativa aún mitifica como de izquierdas y progresistas, traerían la guerra a Europa. Son tan hipócritas que se lamentan porque alguien conduce un viejo Panda o por el pobre árbol de la esquina de su casa, pero se muestran encantados con los bombardeos, con ciudades enteras llenas de amianto reducidas a polvo, devastaciones medioambientales de todo tipo y millones de muertos.»
En todo caso, de lo que no hay duda es de que «los nuestros», eso que todavía y con tan poca propiedad se llama oficialmente izquierda, ha decepcionado ampliamente a grandes franjas de la población trabajadora desplazando su centro de atención hacia reivindicaciones interclasistas (una bien merecedora de ese adjetivo, aunque hábilmente «normalizada» por la mayoría de los presuntos partidos de la clase obrera de este país, ha sido y es la reclamación, por las regiones más ricas, de mayores niveles de autogobierno y de acceso privilegiado a «la caja» presupuestaria). Con las diferencias propias de los diferentes países, esa desviación de la izquierda hacia objetivos secundarios, cuando no diametralmente opuestos a los suyos propios, es general en toda Europa. Y Alemania no podía ser la excepción. ¿Qué tiene entonces de extraño que sea la derecha la que canalice el malestar social desatendido por la izquierda? Y, dado que la derecha tradicional, la presuntamente «democrática», comparte con partidos de centro y de izquierda un consenso básico en torno a temas como la desregulación económica, la prioridad del rearme y el seguimiento de la política exterior estadounidense, ¿qué tiene de extraño que la derecha que canalice el citado malestar sea precisamente aquella que los partidos del citado consenso, los que podríamos llamar partidos «del régimen», satanizan y pretenden expulsar del juego político?
Claro que comprender el auge de la extrema derecha no es lo mismo que justificarla. Pero mientras la comprensión no empiece por el reconocimiento de los errores propios, la izquierda sólo conseguirá «justificar» a la extrema derecha a los ojos de amplios sectores de la población, empezando por los más desfavorecidos, que deberían constituir su base social natural y que, en cambio, cada vez se adentran más profundamente en la categoría de «los olvidados».
https://www.cronica-politica.es/sajonia-anhalt-una-bofetada-a-los-democratas-del-regimen/.