“España sólo tiene un problema propio de desvertebración, que es la división centenaria de su bloque de poder, donde uno de sus sectores no está realmente integrado y siempre ha tenido tentaciones de correr su propia suerte (fuera de los años treinta del pasado siglo, cuando vieron su dominio histórico en peligro)”.
Este paso que figura arriba aparecía dentro del artículo, referido a los hechos de Ceuta, publicado en el Crónica Política de agosto. Era una valoración sobre España paralela a otra sobre Marruecos que estaba en el mismo párrafo. Sólo eso.
No obstante esta valoración tan breve implica toda una interpretación de la política española contemporánea. Por este motivo, y por petición expresa del Director de Crónica Política, vamos a intentar dar una pequeña explicación de la misma.
Cuando hablamos de bloque de poder lo hacemos en el sentido utilizado por Tuñón de Lara. Así que nos referimos al colectivo de grupos e intereses que manda realmente en España, por encima de los figurantes políticos. Este colectivo, como mostraron los estudios de Tuñón de Lara, es plural y se ha ido conformando con los acontecimientos ocurridos desde la desaparición del Antiguo Régimen estamental. En ese tiempo, siendo un conjunto de sectores diversos y cuya riqueza y poder proviene de muy diferentes fuentes: el campo inicialmente, el comercio, la industria y, siempre, las finanzas, ha tenido divisiones internas, pues ciertas medidas eran buenas para unos, pero no tanto para otros. Esto se ve claramente con los enfrentamientos tradicionales en torno al proteccionismo y el librecambismo.
A pesar de todo, su interés primordial por mantener sojuzgadas a las clases populares, urbanas y campesinas, que creaban verdaderamente la riqueza, ha permitido que esas disensiones nunca llegaran lejos. Naturalmente en los pocos momentos históricos en que las clases populares españolas amagaron, o intentaron realmente, acabar con su dominio, su unidad se hizo férrea. Por eso en los años treinta del siglo pasado recurrieron al fascismo para sostener su poder. También el miedo que pasaron durante el sexenio democrático del siglo XIX les empujó a unirse en torno al trono, a la Iglesia y a la Guardia Civil que protegía sus cortijos y fábricas, alumbrando una Restauración que nunca tuvo nada de democrática, como demostró el hecho de que tuviera que ser liquidada para que hubiera otro lapso temporal democrático en España.
Sin embargo, este bloque sí que ha tenido una fisura interna muy real. Una fisura iniciada precisamente durante la Restauración y que se ha mantenido desde entonces, con la lógica salvedad del momento en que hubieron de recurrir al fascismo. Esta división procede del surgimiento del catalanismo político, aunque no ha tenido nunca la misma intensidad y expresión a lo largo de los últimos 130 años. Ha variado entre el absoluto enfrentamiento y la total sumisión a los intereses generales del bloque. Lo primero no requiere volver la memoria muy atrás; en cuanto a lo segundo basta con recordar el papel de Cambó en la guerra 1936-39, financiando a Franco y ayudando a este en las labores de información.
Lo cierto es que el catalanismo político siempre ha estado dominado, más allá de algunos grupos de poca influencia (bien por su breve existencia, bien por su escaso tamaño), por los más ricos, sean 400 familias o más. De ahí venían Prat, Cambó y los actuales, además de quienes no figuran en la primera línea política, pero han estado siempre detrás de ella (los Godó). Hasta Macià, gracias a un matrimonio ventajoso con la hija del cacique agrario local, pudo estar ahí y obtener su escaño de diputado por Borjas Blancas. Naturalmente su situación social siempre ha sido la idónea para pertenecer al bloque de poder español. Tan idónea que, incluso en los tiempos de los mayores enfrentamientos, siempre han sido favorecidos por el núcleo dirigente de ese bloque, que jamás ha querido romper amarras con ellos pese a los muchos desencuentros habidos.
Al principio de la Restauración, que es cuando fragua real y definitivamente el bloque de poder español, los oligarcas catalanes coinciden en gran manera con los propósitos generales de este. Por ejemplo, tienen un papel importante en la conocida operación Polavieja que, aunque fallida, intentó recomponer las costuras del sistema tras el Desastre de 1898. Más importante aún, son totalmente proteccionistas, en razón de mantener cerrado al exterior el mercado español y monopolizarlo para sus manufacturas textiles. Este proteccionismo les hace firmes aliados de los intereses cerealistas castellanos que promueven la misma política para preservar el mercado del trigo en su exclusivo provecho. Cuando empiezan a surgir los encontronazos en torno a la infame ley de Jurisdicciones, se dice, desde el centro del bloque, que estos graves desencuentros son originados por el “egoismo” catalán, pero no es así. En realidad, se originan por la mayor modernidad del grupo catalán, derivada de su carácter más industrial. Este se ve a sí mismo como semejante a las oligarquías europeas que están transformando los países occidentales, al tiempo que ve a los grupos “mesetarios” como responsables del atraso y la debilidad de España. Pero esto no significa que deseen romper el bloque de poder. Significa que quieren hacerlo más parecido a como ellos se ven, de modo que así se superen el atraso y la debilidad y se pueda participar en la carrera imperialista: lo que E. Ucelay-Da Cal ha denominado la conquista moral de España.
Es obvio que ese intento fracasó, pues el resto del bloque de poder rechazó tajantemente esa propuesta. No tenían oposición alguna a la integración, como iguales, del grupo catalán, pero sí una oposición absoluta a que este se hiciera con la dirección del bloque. Es este desencuentro el que, cimentado por infinidad de sucesos ocurridos en el último siglo, ha llevado a la situación presente: una división o fisura que desvertebra el bloque de poder. División que crece o mengua, según las circunstancias, pero que, en ausencia de un desafío real (como el de hace 90 años) a su dominio, no va a desaparecer. Aunque es perfectamente conllevable.