“«Racializando» a Homero” por Miguel Candel

En 1987 Martin Bernal (hijo del científico irlandés e historiador marxista de la ciencia John D. Bernal, cuyo apellido parece provenir de un náufrago español de la Gran Armada) publicó un muy polémico libro titulado, en español, Atenea negra. La tesis, ejemplificada en la presunta etimología egipcia del nombre de la diosa patronímica de Atenas, sostiene que el elemento constitutivo fundamental de la cultura griega arcaica y clásica no era de origen indoeuropeo, como sostiene la corriente dominante en el helenismo a partir del siglo XIX, sino de origen africano y asiático.

La tesis de Bernal, virulentamente criticada en la época de su publicación, pues seguramente carga demasiado las tintas en su crítica del paradigma helénico establecido por los grandes filólogos y arqueólogos europeos (británicos y alemanes especialmente) del siglo XIX y primera mitad del XX, contiene, sin embargo, aspectos muy razonables. Por ejemplo, respecto a la presunta influencia egipcia en la cultura griega arcaica, la propia tradición mitológica helénica sostiene que Dánao, procedente de Egipto y hermano gemelo de un personaje de ese mismo nombre, llegó a reinar en la ciudad de Argos, la más importante del Peloponeso, península en la que radicó durante siglos lo más avanzado de la civilización griega arcaica (la llamada «cultura micénica», por la ciudad de Micenas, no muy distante de Argos). Los pueblos que habitaban el Peloponeso y otros territorios próximos son denominados indistintamente, en los poemas homéricos, dánaos, argivos o aqueos. Una prueba indirecta del origen egipcio de una parte, al menos, de esos pueblos es que al derrumbarse, en el siglo XII a.C., la civilización urbana de la Edad del Bronce en el Mediterráneo oriental, muchos de esos y otros pueblos de las costas del Mar Egeo intentaron establecerse en Egipto, menos afectado por la crisis del mencionado siglo y a cuya cultura se sentían seguramente afines. Lo cual dio lugar a lo que las crónicas egipcias de la época (bajo faraones como Ramsés II y Ramsés III) denominan la «invasión de los pueblos del mar».

Pero claro, cuando teorías más o menos científicamente fundamentadas aterrizan en las meninges de policías morales defensores de la «corrección política», especialmente si estos tienen ancestros puritanos y han decidido librarse de su mala conciencia como descendientes de negreros y exterminadores de pieles rojas, entonces la piorrea mental posmoderna según la cual la verdad no es más que la opinión «ilustrada» (o «despierta», woken) dominante invade facultades de humanidades, revistas de ciencias sociales, compañías teatrales, estudios cinematográficos y lo que queda de izquierda política en el Occidente colectivo, empezando por su metrópolis estadounidense.

Y como resultado de ello aparecen fenómenos como una serie de Netflix sobre la guerra de Troya, así titulada, ciertamente más fiel a Homero en la trama argumental que la homónima «americanada» de 2004 dedicada a mayor honra y gloria no de Aquiles, sino de su intérprete Brad Pitt, pero igualmente empeñada en proyectar la visión estadounidense del mundo en historias totalmente ajenas a la de ese país casi sin historia, gran parte de la cual, para colmo, sería mejor olvidar.

Pero los productores de esta Troya por entregas no sólo no olvidan el lado oscuro de la historia de lo que ellos reductivamente llaman América, sino que parecen empeñados en «redimirla» a expensas de Homero y de 2.800 años de tradición literaria. Para ello no se les ocurre nada mejor que convertir a personajes como el venerable anciano Néstor, rey de la peloponesia Pilos, y al protagonista de la Ilíada homérica, Aquiles, oriundo de Tesalia, la parte más septentrional de la Grecia arcaica, en negros de la más pura raza bantú. Lo mismo ocurre con el íntimo amigo de Aquiles, Patroclo, y (suponemos) con la entera falange de guerreros mirmidones comandados por el héroe tesalio. Y, ya puestos, ¿por qué no convertir también en afroamericano al padre de los dioses olímpicos, Zeus, y a alguna que otra diosa de las que corrían o volaban por allí?

Bien, lo de Zeus y compañía no debería escandalizarnos demasiado, ya que Homero y gran parte de la tradición mitológica griega se recrean a menudo en presentarnos a los dioses como transformistas capaces de adoptar las más variadas formas humanas o animales. Pelillos a la mar. Pero lo de los guerreros aqueos «racializados» en negro cuando toda la tradición (y no sólo los helenistas europeos presuntamente supremacistas blancos de los dos últimos siglos) los presenta como «caucásicos» (otro eufemismo estadounidense para designar a los que Toro Sentado llamaba muy apropiadamente «rostros pálidos») sólo puede explicarse de una manera: de la estúpida manera en que los fanáticos de la corrección política wokera creen poder compensar siglos de opresión y sometimiento colonial de pueblos «no caucásicos» pintando la historia con una paleta de colores invertida. O sea, ya que tenemos una historia bastante «negra», arreglemos la cosa no blanqueándola, pero sí emborronándola completamente. No sólo la historia de los hipócritas racistas descendientes del Mayflower, ladrones de tierras indígenas con las bendiciones del «liberal» John Locke, sino toda la historia de la civilización, a base de volver negros a los blancos y, de rebote, repartir así mejor las culpas de la dominación del hombre por el hombre.

Hay, por cierto, otra serie de Netflix en que la africanización ahistórica de personajes alcanza cotas delirantes: The Great, versión libre (libérrima) de la historia de la zarina Catalina la Grande de Rusia. Claro que los productores se curan en salud recordando en cada capítulo que lo que allí se cuenta sólo «ocasionalmente» coincide con la verdad histórica. Menos mal, porque salvo a nuestras últimas generaciones de estudiantes de secundaria, supuestamente educados en la igualdad (pero sobre todo en el «igual da»), contemplar a un puñado de aristócratas rusos del siglo XVIII con la piel como el azabache podría provocarle un sarpullido al espectador medianamente enterado de que los pueblos eslavos destacan más que nadie por ser de tez pálida.

Pero, una vez más, no hay que extrañarse. La cultura estadounidense, sin duda la más expansiva y expansionista de la historia, no puede dejar de exportar sus creencias, sus imaginaciones y sus manías al resto del mundo. No sólo a través del espacio, sino incluso a través del tiempo, reescribiendo a su gusto y medida los más ancestrales relatos y alterando las más enraizadas tradiciones de pueblos dotados, ellos sí, de una historia digna de tal nombre. Imperialismo cultural se llama esta figura.

Muestra de lo cual es también la última y aclamada película de Christopher Nolan, guionista y director de La Odisea. A diferencia de lo que ocurre con las series, en una película de duración continua, incluso una tan larga como la de Nolan (director de reconocido mérito, ya exhibido en buenas creaciones fílmicas como, entre otras, Memento (2000), Interstellar (2014) y Oppenheimer (2023)), es prácticamente imposible dar plena cuenta de una aventura (en el sentido más literal y popular del término) tan compleja y rica en líneas narrativas superpuestas como la Odisea de Homero (o de quienes se oculten bajo esa figura legendaria). Por ello, a quien le interese una recreación lo más fiel posible al relato homérico le conviene acudir a la serie televisiva franco-italiana en ocho episodios dirigida por Franco Rossi en 1968, Odissea o Las aventuras de Ulises.

Pues bien, el film de Nolan, junto a méritos indiscutibles, sobre todo visuales y de ritmo dramático, se muestra también incapaz de renunciar, como los recientes productos cinematográficos yanquis comentados y otros varios que circulan hoy por pantallas y plataformas, a la consabida africanización de personajes clave (en este caso la mismísima Helena de Esparta/Troya y la diosa Atenea). Pero además no se priva de incurrir en anacronismos como la proyección, en el Odiseo ya reencontrado con Penélope, de algo así como el «shock postraumático» diagnosticado en tantos militares estadounidenses que combatieron en Vietnam. No es que sea teóricamente imposible que la experiencia de las matanzas y el saqueo e incendio de Troya pudieran haber producido ese efecto en un Odiseo real de carne y hueso, sino que no hay ni rastro de esos sentimientos en los personajes homéricos, que no muestran ninguna mala conciencia por las matanzas en que han participado y que constituyen precisamente su mayor timbre de gloria y el material del que está construida la corona de su fama. Basta recordar el cadáver de Héctor, ostentosa e ignominiosamente arrastrado por el carro de Aquiles ante las murallas de Troya tras haberle dado muerte.

Ahora bien, puestos a hacer transferencias freudianas de la cultura estadounidense, cuesta entender que Nolan haya omitido el alegato protofeminista de la ninfa Calipso contra Zeus reprochándole el papel subalterno reservado a las mujeres. Y puestos a hacer gala de buenos sentimientos, tampoco se entiende la supresión del emotivo encuentro de Odiseo, en el Averno, con la sombra de su madre, muerta mientras él se hallaba en Troya. Y, sobre todo, resulta imperdonable el «olvido» de la escena en que Odiseo, también en el Averno, se encuentra con la sombra de Aquiles, el gran guerrero que cambiaría ahora toda su gloria por poder volver al mundo de los vivos, aunque fuera como un humilde labriego. Este olvido resulta tanto más imperdonable cuanto que en esa escena Aquiles sostiene la posición exactamente contraria a la que adoptó cuando decidió ir a la guerra, prefiriendo morir joven y alcanzar perdurable fama antes que arrastrar una vida larga pero anodina: seguramente ocurre que semejante palinodia encajaría muy mal en la imagen estándar del héroe (¿americano?) que la película trata en todo momento de promover (pero que la Odisea original tiende claramente a relativizar, valorando el sentido práctico (la «astucia») de Odiseo por encima del soberbio afán de gloria).

No es que todos estos cortes trasluzcan directamente prejuicios culturales, pero los hay que, sin ninguna motivación «ideológica» imaginable, resultan absolutamente imperdonables, pues rompen toda la coherencia del relato. Tal es el caso de la eliminación de la estancia de Odiseo en el país de los feacios, sin cuya ayuda jamás habría podido regresar a Ítaca. Y eso que en dicho episodio aparece la figura femenina más asimilable a la «chica» de película americana típica: la dulce y bella Nausícaa, última prueba a la que los dioses someten la fidelidad de Odiseo para con su esposa Penélope. La arbitrariedad de este último corte quizá sólo pueda explicarse por una especie de endiosamiento del director, que parecería haberse apropiado del poder de Zeus, Atenea o Poseidón para trazar el destino del protagonista.

Y aquí, en la falta de respeto a la coherencia del relato original, se halla seguramente la quintaesencia de ese imperialismo cultural que, al igual que el imperialismo político-militar sin rebozo alguno exhibido por Trump y su banda, se cree con derecho a blanquear lo negro, ennegrecer lo blanco y, sobre todo, transferir al resto del mundo sus filias, su fobias y sus traumas no superados.

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Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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