El País, 16/X/2026. Frente al genocidio, los bombardeos y el acoso, los palestinos de Gaza y Cisjordania resisten intentando resucitar la esperanza y preservando la memoria de lo ocurrido, como escribe Francesca Albanese en ‘La luz del despertar’, ensayo del que ‘Ideas’ adelanta un extracto.
“I have a dream”, decía Martin Luther King en 1963, cuando agitaba las conciencias desde las escalinatas del monumento a Lincoln en Washington, en uno de los discursos más emblemáticos de la historia. Hoy, sin embargo, solo siento ganas de decir: I have a nightmare. O mejor dicho: We have a nightmare, porque la pesadilla no solo afecta a los palestinos, sino a todos nosotros, a cualquiera que cree que la “justicia” no es una palabra vacía.
La vida de los palestinos es una pesadilla interminable.
En Gaza oyes el ruido de los aviones, sientes el miedo de los bombardeos, el acecho de los drones –cada vez más traicioneros y sofisticados– que te siguen, te espían, te asordan y disparan. La vida cotidiana consiste en sobrevivir en tiendas de campaña desgarradas por el viento y llenas de barro. Compartir un baño con tanta gente que usarlo se vuelve imposible. Volver a una casa medio destruida por las bombas con el riesgo de que el techo se derrumbe y mate a tu familia. Afrontar el rigor del invierno –ya es el tercero desde que comenzó el genocidio–, sin ni siquiera unos libros que poder quemar para mantener a tus seres queridos, al menos a los niños y ancianos, en un lugar cálido y seguro. Solo tiendas, frías en invierno, sofocantes en los tórridos veranos. Cuántos muertos, desplazados, huérfanos, heridos, mutilados… Y los que aún no han sucumbido al asedio total que impera desde hace más de dos años están condenados a sufrir hambre y sed, a no tener derecho a una asistencia sanitaria y a una supervivencia digna.
En Cisjordania y en Jerusalén Este, los palestinos viven con el terror de despertarse en plena noche con un soldado que los apunta con un fusil a la cara, que destruye sus casas, que los amenaza, los humilla delante de sus hijos o se los lleva consigo, con sus pijamas manchados de pipí porque se han orinado encima de miedo. Mientras tanto, los colonos están cada vez más furiosos: los ataques a los pueblos, comunidades rurales, tierras, coches, ganado, están a la orden del día. Incluso en las cárceles hay casos documentados en los que se ha autorizado a periodistas y civiles israelíes a presenciar –e incluso a grabar con sus teléfonos móviles– los abusos infligidos a prisioneros palestinos, a quienes deberíamos llamar “rehenes”, dada la falta de garantías mínimas legales que caracteriza las detenciones israelíes en el territorio palestino ocupado.
Esta fragmentación territorial, legal y política es la institucionalización de la excepción; es la transformación de la precariedad en condiciones permanentes; es un sistema en el que la ocupación militar y la colonización ya no son sucesos aislados, sino un régimen consolidado en el que el control no o se ejerce con las armas sino también mediante la planificación urbanística, la burocracia, la segmentación administrativa, con la creación de categorías jurídicas diferenciadas para personas que viven en el mismo espacio pero no bajo los mismos derechos. Y después de décadas, la violencia de esta época nos indica que hemos llega do a la fase final: la del genocidio, la de la guerra de Israel contra un pueblo que hasta ahora ha resistido como ha podido.
En los últimos dos años las cosas han ido todavía a peor: el terror se ha vuelto omnipresente, cotidiano. Se trata de una pesadilla que ha alcanzado dimensiones delirantes a los ojos del mundo.
Pero es cuando todo se derrumba a nuestro alrededor, entre el horror y la esperanza, que resulta indispensable comenzar a soñar. Para no sucumbir a la oscuridad de esos días, para intentar imaginar o al menos esbozar un “después” es necesario dar sustancia a un sueño. ¿Cuál es el mundo posible? Para alcanzarlo, hay que verlo. En Palestina hay un mundo sin apartheid.
Pese al horror, el pueblo palestino continúa imaginando un futuro que, hoy, nadie le concede. El pueblo palestino sueña en rechazar la aniquilación, en declarar que, pese a todo, su destino aún no está escrito.
[El filósofo alemán] Ernst Bloch sostenía que el ser humano es aquel que se anticipa. La esperanza, según él, es un principio de la existencia, incluso antes que algo psicológico: por lo tanto, la capacidad humana de proyectarse hacia una “esperanza consciente y concreta” es una categoría de lo real. Bloch consolida filosófica mente la idea de que soñar no es evadirse de la realidad, sino plantar la primera semilla para dar vida a algo posible. Es un principio de creación, de planificación, de resistencia.
La mujer que amasa el pan bajo los drones, el maestro que sigue enseñando bajo las tiendas, la familia que planta un limonero donde el día antes había una casa, las parejas que siguen casándose y –también en el infierno de Gaza– trayendo hijos al mundo. Es ahí donde la esperanza se vuelve radical: el sueño de un mundo que persiste y que, si nos esforzamos, puede mejorar. Este sueño es el corazón palpitante de la resistencia palestina.
Soñar, desde esta perspectiva, es también una cuestión ética que nos permite afirmar la “vivibilidad” de vidas que el mundo declara prescindibles. Soñar con el futuro de Palestina significa afirmar que las vidas de los palestinos siguen estando llenas de significado e imaginar un mundo en el que nadie –ni en Palestina ni en ningún otro lugar– sea tratado como desechable nunca más.
A lo largo de 900 días de genocidio, más de 70.000 palestinos murieron en Gaza por fuego israelí, y más de mil en el resto del territorio ocupado. 20.000 eran niños. Y el número real de víctimas podría ser mayor: un estudio estimó más de 75.000 muertes violentas solo en los primeros 15 meses de guerra, un 35% más que las cifras oficiales por el mismo periodo. Y la cifra exacta de muertes por hambre, hipotermia o falta de atención médica es más difícil de registrar oficialmente, ya que muchas muertes se producen en hogares o en tiendas de campaña sin que un médico pueda certificarlas. El análisis del genocidio debe tener en cuenta la totalidad de los crímenes cometidos contra todo el pueblo palestino. Mientras tanto, con el pretexto de una guerra existencial para defenderse de los palestinos, Israel está impulsando medidas que modifican la composición demográfica, el carácter religioso y el estatus legal de Jerusalén, destruyendo con ello los restos del tejido pluralista que durante siglos la ha distinguido como un patrimonio compartido por musulmanes, cristianos y judíos.
Por eso no es exagerado decir que la vida palestina es una pesadilla: porque allí se materializa algo que no te esperas que sea real en el mismo mundo en el que nos movemos y respiramos. El hambre se materializa. La tortura se materializa. El terror se materializa. Un genocidio que destruye un pueblo no solo con bombas, sino también con sed, hambre, infecciones, palizas, violaciones, y con la aniquilación de la identidad material, cultural, económica, religiosa e incluso de la memoria. La pesadilla se ha convertido en una estructura en la que viven todos los palestinos, también los de la diáspora, obligados a asistir desde la distancia a la masacre de su propia gente. Y todo esto ocurre justo cuando las Naciones Unidas y todo el sistema internacional celebran 80 años de existencia. 80 años de cartas, convenciones, promesas de “nunca más”. De resoluciones aprobadas año tras año y violadas día tras día. Y Palestina se erige como el laboratorio en el que el colonialismo contemporáneo, el hijo adoptivo y predilecto del imperialismo capitalista militarizado, se actualiza, se refina, se pone a prueba.
Es precisamente la pesadilla que tenemos delante la que nos invita a no rendirnos, a ejercer la capacidad de vislumbrar un futuro diferente y a construirlo juntos.
Mirar de frente el presente y el pasado sin reprimir jamás el impulso de desear el futuro, sin dejar de soñar, por imposible que parezca. Mantener viva la memoria, mirar, contar, no girar la cabeza y el corazón hacia otro lado, sino encontrar la manera de compartirla con los demás.
Francesca Albanese (Ariano Irpino, Italia, 1977), jurista, es la relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos. Este extracto es un adelanto de La luz del despertar. De Palestina al mundo entero, un manifiesto de resistencia y libertad, que publica Galaxia Gutenberg el 21 de octubre.
https://elpais.com/ideas/2026-10-16/la-vida-de-los-palestinos-es-una-pesadilla.html.