El País, 16/X/2026. El sentirse español no debería ser patrimonio de ninguna ideología.
En España, el 12 de octubre de 1958 dejó de denominarse oficialmente Día de la Raza. Aunque ya en 1931, el ensayista Ramiro de Maeztu, había propuesto llamarlo Día de la Hispanidad, no fue hasta la llegada de la democracia y la aprobación de la Constitución en 1978, cuando un Real Decreto publicado en el BOE en 1982 adoptó oficialmente la denominación de Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad. Algo más tarde, con la Ley de 1987, se ratificó su celebración en dicha fecha, aunque prescindiendo de esa denominación, y pasó a ser considerada simplemente Fiesta Nacional de España. Y, en el año 2014 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció que el día 12 de octubre sería una jornada para conmemorar la lengua española, “representando un elemento de cohesión y consolidación del mundo hispano”.
Digo esto porque no deja de ser sorprendente que, para hablar de la Fiesta Nacional, para criticarla, en realidad, este pasado 12 de octubre se ha seguido recurriendo a la muletilla de “día de la raza”. Sí, entiendo que es para descalificarla, pero, no me negarán, que agarrarse al relato de algo que no existe desde el 58 es, como poco, torticero.
El caso es que el relato asociado a lo anterior, a la raza, a la idea de que España se limitó, en los distintos países de Hispanoamérica, a “destruir y robar” en aras de un bien propio es el que predomina a día de hoy… desde la izquierda. Poco importa lo que digan historiadores a uno y otro lado del Atlántico, lo que se ha querido es situar a todo aquel que defienda otro planteamiento, necesariamente en “el lado malo de la historia”.
Del repudio —lógico, pero trasnochado— a algo que se llamó Día de la Raza, pasan al repudio a algo que se llama Día de la Hispanidad, y de ahí, al repudio al término España. Cada vez más se evita mencionar la palabra España, como si de algo pernicioso se tratara, hace unos años se puso de moda hablar de “Estado Español”. No quería la izquierda que los nacionalismos periféricos se sintieran ofendidos, o, más me inclino por esto último, les negaran los apoyos necesarios en alguna votación. No hace falta ser un lince para observar las diferencias. Mientras el Estado es el conjunto de poderes, organismos y normas que nos articulan. El país, España, es una realidad histórica, cultural, territorial y política sobre la que ese Estado se sostiene.
Podrán decirme los más puristas que hablar de España nos devuelve a los oscuros tiempos de la dictadura, obviando que han pasado cincuenta años de la muerte del dictador y que quizás ya va siendo hora de que dejemos de hacer esos paralelismos. Pero a mí más bien me parece que ese uso de Estado Español obedece a una concesión acomplejada a todos esos movimientos independentistas/nacionalistas/soberanistas que fluctúan hoy en España y que han acabado incluso condicionando a aquellos partidos que a priori no lo son y que han llegado a transmitir a sus electores la vergüenza de decir España. Hoy, el patriotismo parece patrimonio de la derecha, mientras que a la izquierda se le atribuye indiferencia o rechazo hacia España. Una identificación tan perjudicial electoralmente como falsa históricamente, que olvida la larga tradición de patriotismo republicano de la izquierda española, su defensa de lo común y su orgullo por la cultura y las conquistas colectivas del país.
Y, para muestra, hagamos un repaso de los partidos que existen a escala nacional: tres. PSOE, PP y Vox. El resto, sí, todos aquellos partidos a la izquierda del PSOE, se han limitado a ir “creando” proyectos centrados en su zona geográfica: Más Madrid —quisieron llamarse Más País, pero les pareció de derechas—, Comuns, BNG, Bildu, la Xunta, ERC, Adelante Andalucía, Compromís… como si el proyecto de país no fuera con ellos y su única preocupación fuera “su parroquia”. Aunque, paradójicamente, esa España que tanto repudian resulta que vive condicionada por su voto regionalista para leyes que afectan a todo el país.
Esta realidad política es más preocupante, o significativa, de lo que parece, porque evidencia, precisamente, que no existe un proyecto de país desde la izquierda porque han dejado de creer en España o, dicho de otro modo, porque han interiorizado tan claramente que sentirse parte de un todo los sitúa en la derecha y ni se atreven a planteárselo. Quizás este mismo razonamiento es el que explica la próxima desaparición de IU en aras de las “izquierdas” regionales.
Y el caso es que la noción de Estado, la defensa de España no debería perderse y el sentirse español no debería ser patrimonio de ninguna ideología. Es difícil la reconstrucción del nosotros, si no creemos en la idea del uno. Porque, les recuerdo, lo que nos regula la convivencia es que compartimos un código civil y penal, el derecho a una sanidad, a una educación, a un salario mínimo o a una pensión. O sea, que tenemos un DNI… español.
A ver si va a resultar que el uso de la palabra España, el sentirse español, solo es tolerable en público si se celebra la victoria de la selección de fútbol.
https://elpais.com/opinion/2026-10-16/espana-es-cosa-de-todos.html.