This Week in Palestine, octubre de 2026. Traducido por Tlaxcala
El sumud se está convirtiendo en el valor del mundo y en su idea más revolucionaria
Hace cuatro años, cuando inicié mi mandato como relatora especial de las Naciones Unidas, no podía imaginar que Palestina pronto se convertiría en el epicentro moral y político de la conciencia mundial. No habría creído que ciudades de todo el planeta hablarían al unísono mientras sus habitantes marchaban por calles cuyos muros estaban cubiertos de exigencias de libertad para los palestinos; que la kufiya reaparecería no como folclore, sino como un signo político; que estudiantes de universidades occidentales ocuparían sus campus, arriesgándose a la expulsión y a perder sus becas antes que someterse a la complicidad institucional con los crímenes del Israel del apartheid. No habría creído que millones de personas corrientes, de Saná a Sídney, de Bogotá a Yakarta, de Dakar a Montreal, marcharían, boicotearían, acudirían a los tribunales, financiarían acciones judiciales o navegarían hacia Gaza con la ayuda humanitaria que negaban Estados que aún se atrevían a llamarse civilizados.
Si me hubieran dicho que representantes israelíes comparecerían ante la Corte Internacional de Justicia para responder a una acusación de genocidio; que esa misma Corte declararía ilegal la ocupación israelí en su totalidad y exigiría su desmantelamiento incondicional —enterrando por fin la ficción, explotada durante tanto tiempo, de las «negociaciones» como sustituto de la justicia— o que altos funcionarios israelíes, incluido Benjamin Netanyahu, serían imputados ante la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, lo habría descartado como una especulación distópica.
Igualmente inimaginable era el espectáculo de las llamadas democracias liberales volviéndose contra su propia ciudadanía: criminalizando la protesta, intimidando a periodistas, restringiendo la libertad académica y vaciando de contenido el derecho constitucional e internacional, todo para evitar aplicárselo a Israel. Y esto mientras se presentaban, en todas las instancias pertinentes de derechos humanos, pruebas abrumadoras de la intención que subyace a la destrucción sistemática de vidas, viviendas, barrios, medios de subsistencia y familias palestinas enteras, así como de torturas, violencia sexual y detenciones ilegales masivas. Sin embargo, aquí estamos.
En tres años como cronista del genocidio he comprendido que lo que estamos presenciando no es una anomalía repentina: es el mundo revelado sin disfraces, capaz tanto de una humanidad extraordinaria como de una miseria moral sobrecogedora; de valentía humana y complicidad política; de solidaridad desde abajo y represión desde arriba. Palestina no ha distorsionado la realidad. La ha iluminado.
Hasta hace poco, Palestina había sido cuidadosamente apartada del radar mundial. El régimen de apartheid israelí se había normalizado paulatinamente; el sufrimiento palestino se había vuelto burocrático, técnico, invisible. «Humanitarizado» para las trivialidades de demasiados «salvadores expertos técnicos» blancos de la comunidad internacional. Las Naciones Unidas, junto con el conjunto más amplio de organizaciones internacionales, como el CICR, habían pasado a formar parte de la maquinaria entre bastidores: cada una gestionaba el fragmento que le correspondía de una catástrofe anormal en gestación, mientras se comportaban como si la ocupación israelí de Palestina fuera una emergencia temporal y no una condición permanente y una catástrofe política.
El sumud se está convirtiendo en el valor del mundo y en su idea más revolucionaria.
Apenas unos días antes del 7 de Octubre había concluido un informe que documentaba graves violaciones contra la infancia palestina. « Desinfantilización » [Unchilding: negación del estatuto de niñ@] era el único título posible para aquel informe, que condensaba y resumía las matanzas, la detención arbitraria, el desplazamiento forzado y la pérdida del hogar de generaciones de niños palestinos, independientemente de su riqueza, religión u origen. El informe fue recibido con una indiferencia casi absoluta. Durante años, lo único que obsesionaba a la mayor parte del sector más vociferante de la comunidad internacional era la legítima defensa de Israel.
Hemos entrado en un nuevo capítulo histórico. Lo que está sucediendo en Palestina ha despertado, unido y movilizado un movimiento mundial de derechos humanos a una escala no vista en décadas. Este es el efecto Palestina. Ese «efecto» también se alimenta de la constatación de que Palestina no es una excepción, sino un prototipo de cómo se puede encerrar, administrar y borrar a poblaciones consideradas indeseables: los palestinos para Israel, los refugiados y migrantes a las puertas de la Europa fortaleza.
Como escribo en mi reciente libro La luz del despertar, cada vez más Estados adoptan políticas crecientemente securitarias y represivas que normalizan las restricciones de los derechos y las libertades individuales: control, vigilancia invasiva y militarización de la sociedad en nombre de la lucha contra un enemigo común declarado.
Mientras tanto, determinados grupos —migrantes y refugiados— son tratados no como personas a las que proteger, sino como cargas que gestionar, confinar o eliminar. Esta es la israelización de nuestras sociedades: el modelo tan celebrado de Israel como «única democracia de Oriente Medio» ha llegado a casa, con su prioridad absoluta a la seguridad, la presencia del ejército por todas partes y patrullas civiles que disparan contra personas desarmadas en la calle, las secuestran y las deportan; con puertas y muros de segregación para mantener estrictamente separados a los grupos étnicos, y drones y controles biométricos omnipresentes para detectar a los indeseables. Desaparecidas las garantías y la protección del derecho internacional, se han normalizado la tortura y el genocidio. Se ha rasgado el velo de Maya[1] de las llamadas democracias liberales y de todos los exportadores de democracia y derechos humanos.
Ante esto, la gente está reaccionando y exige cambios. Desde las elecciones a la alcaldía de Nueva York hasta los actuales giros en la política exterior británica y en los programas políticos de todo el mundo, Palestina moviliza a ciudadanos de todo el planeta. Los políticos están pagando el precio de su indiferencia, mientras los votantes exigen que sus representantes actúen con conciencia.
También en el ámbito cultural Palestina está más presente que nunca. Voces silenciadas durante mucho tiempo encuentran por fin un lugar y pueden compartir historias recibidas con compasión e indignación ante la profunda injusticia que ha pesado sobre generaciones. Del cine a las salas de conciertos, de la literatura al teatro y los estadios, la revolución moral ondea la bandera palestina y lleva la kufiya.
El efecto Palestina no es sentimentalismo. No es una tendencia ni una moda. Es un cambio estructural de la conciencia política, nacido de una injusticia insoportable, sostenido y nutrido por el sumud palestino —la tenacidad/perseverancia/
Que hayan hecho falta un genocidio —casi un cuarto de millón de personas muertas, desaparecidas o gravemente heridas—, ciudades enteras borradas, millones de personas sin hogar y niños huérfanos, mutilados y sometidos al hambre para obligarnos a un examen moral seguirá siendo una mancha indeleble en nuestra conciencia colectiva. Pero ese examen ha llegado.
La toma de conciencia sobre las décadas de desplazamiento, opresión y sacrificio de los palestinos ha despojado al mundo de ilusiones reconfortantes. La ficción de Israel como democracia liberal se ha derrumbado bajo el peso de su propia violencia. El apartheid —del que los palestinos hablaban mucho antes de que los públicos occidentales oyeran hablar de él— se ve y se reconoce ampliamente. La Nakba ya no es una nota al pie de la historia: se entiende como una estructura de borrado aún vigente, iniciada en 1948 y perfeccionada continuamente.
También ha quedado al descubierto la complicidad de terceros Estados, que siguen amparando a criminales de guerra y sosteniendo el apartheid mediante apoyo económico, financiero y político, mientras reprimen el movimiento antiapartheid en su propio territorio.
La bancarrota moral de muchos integrantes del aparato político palestino, más volcados en la supervivencia institucional que en la protección del pueblo palestino, también está a la vista del mundo. El despertar comienza cuando esas contradicciones ya no pueden justificarse.
El proceso de Oslo también está en ruinas. Lo que se vendió como «paz» se reconoce hoy ampliamente —pese a la ceguera voluntaria de las élites políticas— como una trampa bien calculada desde el principio: un mecanismo para administrar la ocupación, blanquear la ilegalidad y tranquilizar la conciencia internacional mientras Israel afianzaba su régimen de dominación. La negociación sin justicia nunca fue paz. Fue una forma de ganar tiempo.
Palestina se ha convertido en una lente que hace visible la arquitectura de la injusticia mundial. Los patrones son inconfundibles: segregación de poblaciones, jerarquías racializadas del valor humano, acaparamiento de recursos y fronteras militarizadas que protegen privilegios. Lo que padecen los palestinos no es excepcional: ejemplifica un sistema más amplio, descrito a menudo, sin exageración, como apartheid mundial. Para muchas comunidades —pueblos indígenas, minorías racializadas, migrantes— esto no es una revelación. Pero Palestina ha devuelto esta conciencia a las masas. Ha vuelto a conectar luchas que las políticas neoliberales se esforzaron por fragmentar.
El efecto Palestina, un cambio mundial de la conciencia política y moral, se manifiesta en cuatro transformaciones interrelacionadas: el despertar, el reconocimiento de un sistema mundial, la movilización —y sus límites— y la popularización del derecho internacional.
El llamamiento a la libertad palestina resuena hoy en los movimientos por la justicia para los migrantes, la soberanía indígena, la liberación feminista y la justicia climática. No porque Palestina sea simbólica, sino porque es estructural. Revela cómo los «derechos humanos» se tratan habitualmente como un juego de suma cero: se conceden a unos, se niegan a otros, se aplican selectivamente y se instrumentalizan políticamente. Palestina nos ha recordado que la liberación no puede compartimentarse. O los derechos humanos son universales o son propaganda.
El efecto Palestina ha generado una movilización popular sin precedentes. Han surgido redes de solidaridad que trascienden las fronteras. Las tácticas se han diversificado. Se han forjado alianzas antes impensables. Las flotillas hacia Gaza, los boicots masivos, las acciones judiciales y las ocupaciones de campus no son gestos espontáneos. Expresan una madurez de la solidaridad política que claramente ha asustado a gobiernos demasiado acostumbrados a la pasividad de las masas.
Al mismo tiempo, esta movilización ha puesto al descubierto la profunda disfunción de la política contemporánea. Pese a la presión pública sostenida, las instituciones siguen en gran medida inmóviles. Israel continúa disfrutando de privilegios comerciales, cobertura diplomática e inmunidad efectiva. En muchos Estados, la protesta ha recibido como respuesta represión, vigilancia y criminalización, en lugar de diálogo. La lección es contundente: la legitimidad democrática se desvincula cada vez más de la voluntad popular. La claridad moral ya no garantiza la acción política.
Por eso Palestina se ha convertido en un catalizador no solo de la solidaridad, sino de la reinvención de la propia democracia. Condenar ya no basta. Hace falta una acción más intensa, sostenida y estratégica. Y debe ser transnacional, interseccional y descentralizada. La minoría mundial —durante mucho tiempo artífice de estos sistemas— no puede seguir siendo el eje de la estrategia de liberación. Las voces de la mayoría mundial, forjadas en la experiencia vivida del colonialismo y la resistencia, deben ocupar el centro.
La exigencia de que se aplique el derecho internacional, y no su veneración, es lo que da sentido al derecho. Los pueblos han comprendido lo que los Estados prefieren olvidar: la legalidad sin consecuencias no es derecho, sino teatro.
Quizá lo más inesperado sea que Palestina ha devuelto el derecho internacional a los pueblos. Desde octubre de 2023 se han producido avances jurídicos importantes: el caso Sudáfrica contra Israel ante la CIJ, las órdenes de detención de la CPI, las opiniones consultivas de la CIJ de 2024 y 2025, así como procedimientos basados en la jurisdicción universal contra soldados israelíes impulsados por la Fundación Hind Rajab, impugnaciones ante tribunales nacionales de las transferencias de armas a Israel y procesos que examinan la responsabilidad de terceros Estados, entre ellos Nicaragua contra Alemania ante la CIJ.
Pero también, y sobre todo, términos antes confinados a las aulas universitarias o a los tribunales —genocidio, jurisdicción universal, autodeterminación, responsabilidad del Estado— se corean hoy en las calles y se debaten en las asambleas. Esto no es un fracaso del derecho internacional. Es su renacimiento. El derecho no ha muerto porque Israel lo viole; está vivo precisamente porque los pueblos se niegan a aceptar su profanación.
Algunos podrían pensar que Palestina ha revelado la irrelevancia del derecho internacional; sin embargo, puede afirmarse lo contrario. La insistencia de la administración Trump en que no «necesita el derecho internacional»[2], mientras llega al extremo de sancionar a la CPI, a sus jueces y a los defensores de los derechos humanos, revela una contradicción. Quizá las sanciones revelen precisamente lo poderoso que puede ser el derecho internacional. Cuánto asusta a quienes lo violan sistemáticamente, al ofrecer a los pueblos un lenguaje, un marco y unas instituciones con los que exigir rendición de cuentas y justicia.
La tarea que tenemos por delante no es abstracta ni opcional. En lo económico, exige rechazar la continuidad de los negocios como si nada con las empresas que se lucran del apartheid. En lo político, exige que rindan cuentas quienes hacen posible el genocidio y que haya cambios, en nombre de un compromiso real con el «nunca más». En lo social, exige decisiones éticas que rompan la comodidad de la distancia.
La liberación de Palestina no es la negación de la humanidad israelí. Es su condición. Ninguna sociedad puede aniquilar a otra sin corroerse a sí misma. La descolonización no es venganza. Es el desmantelamiento de un régimen de supremacía y su sustitución por un orden político basado en la igualdad.
Pero la honestidad exige afrontar cuestiones sin resolver. Debe reconocerse a los palestinos como primus inter pares en su propia liberación. La estrategia no puede reducirse a consignas; el boicot es una herramienta, no un programa. Un movimiento serio debe abordar las vulnerabilidades del régimen sionista de apartheid, el papel de las potencias externas —especialmente los USA— y los límites de ciertas burbujas activistas occidentales que, con demasiada frecuencia, confunden visibilidad con centralidad.
Si la perspectiva es de suma cero, hay que decirlo. Si es una liberación compartida, hay que construirla, de manera deliberada, estratégica y sin ilusiones. Los retrocesos históricos rara vez se anuncian como barbarie. Llegan vestidos de civilización, legalidad y orden. El martirio de Palestina ha arrancado ese disfraz.
Lo reconozcan o no quienes detentan el poder, la lucha palestina ocupa hoy el centro de un movimiento mundial hacia un mundo verdaderamente decolonial: uno donde el derecho internacional se aplique universalmente, los crímenes coloniales dejen de recompensarse con impunidad y el elitismo depredador sea arrancado de nuestras sociedades de una vez por todas.
El fracaso definiría esta época como uno de los mayores colapsos morales de la historia moderna. Pero rendirnos no es un lujo que podamos permitirnos. Tampoco el derrotismo ni la división. Como Mahmud Khalil recordó recientemente a activistas de los USA: están matando a los palestinos. No pueden esperar debates interminables sobre la liberación y la revolución. La prioridad absoluta del movimiento antiapartheid debe ser detener los envíos de armas a Israel. Para alcanzar ese objetivo, los grupos deben poder superar la «política de la pureza» y las luchas internas, centrándose en la organización de base, la formación política y cierta benevolencia recíproca.
El camino es largo. El costo es alto. Pero el efecto Palestina es irreversible. Y de las cenizas de un pueblo que se negó a desaparecer, un orden mundial más justo lucha —contra todo pronóstico— por nacer.
Notas
[1] En las filosofías hindú y budista, el velo de Maya se refiere al mundo engañoso e ilusorio de las apariencias.
[2] Maya Yang, “‘I Don’t Need International Law’: Trump Says Power Constrained Only by ‘My Own Morality,’” [ «“No necesito el derecho internacional”: Trump afirma que su poder solo está limitado por “mi propia moral”»], The Guardian, 8 de enero de 2026.
Francesca Paola Albanese (Ariano Irpino, 1977) es una jurista italiana experta en derechos humanos. Desde el 1 de mayo de 2022 ejerce como relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos ocupados; nombrada inicialmente para un mandato de tres años, fue ratificada por otros tres en abril de 2025. Es la primera mujer que ocupa el cargo y es licenciada en Derecho por la Universidad de Pisa y tiene una maestría en Derecho de los Derechos Humanos por la SOAS de la Universidad de Londres. Fue investigadora asociada del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional de la Universidad de Georgetown hasta finales de 2025, cuando la universidad anunció que había puesto fin a esa vinculación a raíz de las sanciones usamericanas impuestas contra ella. Es asesora principal sobre migración y desplazamiento forzado de la organización sin fines de lucro Arab Renaissance for Democracy and Development (ARDD), donde cofundó la Red Mundial sobre la Cuestión de Palestina. Como relatora especial ha publicado numerosos dictámenes jurídicos e informes importantes: sobre la autodeterminación (2022), el encarcelamiento como sistema (2023), El genocidio como borrado colonial (2024), la infancia vulnerada (2024), Anatomía de un genocidio (2024), la responsabilidad de terceros Estados (2025), De la economía de la ocupación a la economía del genocidio (2025), la tortura (2026) y los medios de comunicación (2026).