tni, 2 juillet 2026
NdT– Según un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC), el número de nuevos casos de cáncer en el mundo podría alcanzar casi los 35 millones por año para 2050 si los países no refuerzan rápidamente la prevención, la detección temprana y los tratamientos. Actualmente, se estiman en 20,6 millones los nuevos casos anuales y en casi 10 millones las muertes, lo que convierte al cáncer en la segunda causa de mortalidad mundial.
El informe subraya profundas desigualdades en la supervivencia: en los países de altos ingresos, el 87% de las mujeres con cáncer de mama sobreviven cinco años después del diagnóstico, frente a solo el 42% en los países de bajos ingresos. La OMS insiste en que estas desigualdades no son un destino inevitable, sino que son el resultado de decisiones políticas. Casi cuatro de cada diez cánceres están relacionados con factores de riesgo evitables: tabaquismo, alcohol, obesidad, sedentarismo, alimentación desequilibrada, infecciones y contaminación del aire. Si bien se han logrado avances (descenso del tabaquismo, vacunación, planes nacionales), el acceso a los medicamentos esenciales sigue siendo muy desigual según los niveles de ingreso de los países. La OMS hace un llamamiento para situar a los enfermos y a sus seres queridos en el centro de las políticas de salud.
Mientras que el informe de la OMS insiste en la urgencia de reforzar la prevención frente a factores de riesgo en gran parte evitables, el exinvestigador en cancerología y activista anticapitalista Hamza Hamouchene lleva la reflexión más lejos en el artículo traducido a continuación: en él demuestra, a través de su trayectoria personal, que la misma lógica capitalista que privilegia el tratamiento sintomático de los cánceres en detrimento de la prevención ambiental también obstaculiza la lucha contra la crisis climática, haciendo un llamamiento a una ruptura radical con el statu quo.-FG/Tlaxcala
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Hoy es de conocimiento común que la exposición a ciertos productos químicos (como los que se encuentran en el humo del tabaco) puede causar cáncer, pero ese no era el caso a principios del siglo XX. En aquel entonces, los científicos ni siquiera estaban seguros de que existieran realmente productos químicos carcinógenos. Todo lo que sabían era que los trabajadores de las industrias de parafina, esquisto bituminoso y alquitrán de hulla tenían una alta incidencia de cáncer de piel; la identidad del producto químico particular dentro de esos alquitranes que causaba el cáncer seguía siendo un misterio. No fue hasta las décadas de 1920 y 1930 que los científicos del Cancer Hospital Research Institute de Londres (que más tarde se convirtió en el Institute of Cancer Research) realizaron este descubrimiento. Tras años de investigación, Ernest Kennaway y su equipo descubrieron que los agentes causantes del cáncer eran un grupo de productos químicos llamados hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP). El primer HAP identificado de manera categórica, en 1932, fue un compuesto llamado benzo(a)pireno. Este fue un avance científico monumental: el benzo(a)pireno fue el primer compuesto puro al que se le demostraron propiedades cancerígenas, y el primer carcinógeno encontrado en el humo del tabaco. (Ahora sabemos que hay muchos otros).
Cuando me uní al Institute of Cancer Research hace unos 20 años como joven investigador, me sentí honrado de seguir los pasos de Kennaway y sus colegas. Estaba ansioso por contribuir al esfuerzo continuo para comprender y prevenir el cáncer. Sin embargo, a pesar de mi entusiasmo por mi trabajo en el Instituto, solo unos años después dejé atrás el campo de la investigación del cáncer. En su lugar, elegí dedicarme a la ecología política y al activismo por la justicia climática y ambiental.
Quizás se pregunten por qué les cuento todo esto. Después de todo, ¿qué tiene que ver la investigación del cáncer con la crisis climática? En realidad, como sostengo en este artículo, hay muchas lecciones del campo de la investigación del cáncer (y de las ciencias biomédicas en general) que pueden ayudarnos a abordar la emergencia climática. Estas surgen en parte de los paralelismos entre los enfoques convencionales para abordar estos dos problemas: el cáncer y el cambio climático.
En este artículo, profundizo en estos paralelismos, basándome en mi propia trayectoria personal, desde la investigación del cáncer hasta el activismo ambiental. Lo personal es político, como dice el lema, y creo que mi propia experiencia, aunque lejos de ser típica, puede proporcionar algunas perspectivas que podrían ser útiles en la lucha para prevenir el colapso climático.
El cáncer es una enfermedad ambiental
Cuando comencé mi doctorado en el Institute of Cancer Research, tenía grandes esperanzas en seguir una carrera en la investigación científica. Quería contribuir a aumentar nuestra comprensión del cáncer para ayudar a erradicarlo. El enfoque de mi investigación en ese momento era lo que se llama “carcinogénesis ambiental”: el estudio de cómo los factores ambientales contribuyen a la formación de células cancerosas y tumores. Más específicamente, estudiaba los impactos celulares resultantes de la exposición a los compuestos carcinógenos (los HAP mencionados anteriormente) que se generan a partir de procesos como la quema de tabaco y la combustión de combustibles fósiles.
Cuantos más experimentos realizábamos mi equipo y yo, y más investigaciones de la comunidad científica mundial leía, más me convencía de que el cáncer es en gran medida una enfermedad ambiental. Se estima que un asombroso 90% de los casos de cáncer están impulsados por factores externos (estilo de vida, entorno y contaminantes), y no únicamente por la herencia o la genética. Los principales culpables son el tabaco (que causa casi el 90% de los cánceres de pulmón), la mala nutrición, el alcohol, la exposición al sol, algunas infecciones y ciertos productos químicos.
Quizás lo más importante de todo es la contaminación de nuestro entorno. La contaminación ambiental es un problema de salud pública internacional, con múltiples efectos negativos para la salud, incluida la causación de cáncer. Muchos contaminantes ambientales han demostrado ser carcinógenos: el asbesto, el benceno, los gases de escape de los motores de gasolina, los contaminantes de los alimentos y el agua (como el arsénico), los contaminantes orgánicos persistentes (como los pesticidas y las dioxinas), y el humo de la quema de combustibles fósiles y biomasa para calefacción doméstica.
Estas influencias externas (desde el tabaco y el alcohol hasta los pesticidas y el humo) desencadenan mutaciones genéticas en nuestro cuerpo que pueden conducir al cáncer. Por lo tanto, el cáncer puede entenderse como una enfermedad ambiental.
El lado positivo de esto es que significa que una gran parte de la epidemia de cáncer puede ser prevenible. Solo necesitamos reducir la exposición de las personas a estas influencias carcinógenas. La mala noticia es que esto aún no está sucediendo, o no está sucediendo a un nivel adecuado.
¡Más drogas, nena, más drogas! Tratar los síntomas en lugar de erradicar la enfermedad
Uno esperaría (quizás ingenuamente) que, dado que el cáncer es en gran medida una enfermedad ambiental, la mayor parte de la investigación (y la financiación) priorizara la investigación de los factores ambientales causantes del cáncer, para eliminarlos. Esto reduciría drásticamente el número de casos de cáncer y muertes asociadas. En términos sencillos: mejores resultados de salud para todos. Desafortunadamente, este no es el caso. ¿Por qué?
La respuesta es que la investigación biomédica está, en gran medida, orientada a tratar los síntomas de enfermedades como el cáncer, en lugar de prevenirlos abordando sus causas profundas. Por supuesto, no hace falta decir que sí necesitamos tratar los cánceres (y otras enfermedades) cuando ocurren. Sin embargo, en comparación con la prevención, esto suele tener un costo muy alto, no solo en términos monetarios, sino también en términos de los impactos en los pacientes de tratamientos químicamente tóxicos como la quimioterapia y la radioterapia. “Vaut mieux prévenir que guérir”, como dicen los franceses. O, como dice el refrán inglés: “Una onza de prevención vale más que una libra de curación”.
Pero si esto es así, ¿por qué la investigación biomédica se centra en tratar los síntomas, en lugar de abordar las causas profundas de las enfermedades? La respuesta es el capitalismo. El enfoque dominante en el tratamiento de los síntomas no es simplemente el resultado de adoptar un enfoque “realista” o “pragmático” en una situación en la que establecer los vínculos causales entre los factores ambientales y una enfermedad es extremadamente difícil y requiere mucho tiempo. Más bien, es el resultado de las lógicas capitalistas y las relaciones de producción, incluido el lugar primordial que se le da al motivo de lucro.
Les daré un ejemplo muy revelador que ilustra este punto. En 2010, el Institute of Cancer Research fue objeto de una reestructuración, lo que significó eliminar los departamentos que no se consideraban suficientemente “sexys” o “de moda”, es decir, aquellos que no atraían grandes fondos o no estaban en línea con el espíritu de la época. Esto incluía todo el Departamento de Carcinogénesis Química/Ambiental (donde realizaba mi investigación doctoral), que fue suprimido por completo. Fue un movimiento sorprendente e irónico, teniendo en cuenta el trabajo pionero del Instituto a principios del siglo XX, mencionado anteriormente. El impresionante legado del Instituto no importó a los responsables, porque el departamento (y el enfoque que aplicaba) se consideraba “desalineado” con las prioridades de una nueva era: una que prioriza la farmacogenómica y la medicina personalizada en busca de beneficios, y cuyo lema imperante es “¡más drogas, nena, más drogas!”.
Esta experiencia fue reveladora para mí: me di cuenta de que la ciencia no es neutral ni inmune a la ideología capitalista de acumulación compulsiva y de lucrarse con las crisis. El éxito en este esquema de cosas se mide por el número de medicamentos que llegan al mercado, sea cual sea su mérito real, y sea cual sea su impacto en la salud de las personas.
La gran farmacéutica (Big Pharma) produce más y más medicamentos (léase mercancías), no para erradicar enfermedades, sino para obtener enormes ganancias. Su razón de ser es monetizar los problemas de salud y lucrarse con la enfermedad¹. Los ejemplos que ilustran este punto abundan: a Big Pharma nunca le interesó desarrollar una vacuna contra la malaria porque no era lo suficientemente lucrativa (ya que la malaria afecta principalmente a las poblaciones pobres de piel morena y negra del Sur Global); impone estrictos derechos de propiedad intelectual que obstaculizan el acceso a terapias que salvan vidas (como para el SIDA en Sudáfrica); se involucra en fraudes y marketing ilícito, y tira por la borda las medidas de seguridad y las advertencias, como en su papel en la matanza de opioides en Estados Unidos, que se ha cobrado más de 400.000 vidas.
Fue esta preferencia por las “curas” (en forma de más y más medicamentos), en lugar de la prevención (en forma de abordar las causas profundas como la contaminación ambiental), lo que llevó al Institute of Cancer Research a cerrar el departamento donde trabajaba. Este evento, que fue decisivo para mi propia carrera, fue solo una parte del afianzamiento durante las últimas décadas (si no más) de una lógica capitalista en la forma de pensar sobre cómo abordar las enfermedades y dolencias: mercantilizar la salud y centrarse en soluciones rápidas y rentables a corto plazo. ¿Quién necesita la prevención cuando se puede hacer una fortuna con la medicina personalizada?
Si bien la industria farmacéutica se felicita con frecuencia por sus logros en el salvamento de vidas, a nivel fundamental lo que más le importa es su resultado final. Para las empresas farmacéuticas, la opción más lucrativa es tratar los síntomas de una enfermedad o abordarla después de que ocurra, en lugar de prevenirla en primer lugar. Este enfoque confunde el árbol (los síntomas) con el bosque (la enfermedad misma). O, como dice un elocuente proverbio norteafricano sobre los esfuerzos inútiles: “esconder el sol con un tamiz”.
Este enfoque de “los negocios primero” no se limita a la industria farmacéutica ni al tema de combatir enfermedades. En muchos otros sectores, enormes intereses creados también trabajan incansablemente para que el statu quo permanezca intacto: la industria alimentaria da forma a nuestras dietas en gran medida poco saludables, la agroindustria defiende un modelo agrícola intensivo en productos químicos, y la industria automotriz favorece el uso individual generalizado de vehículos contaminantes. Lo que todas estas industrias tienen en común es la enorme cantidad de dinero que gastan en presionar a políticos y tomadores de decisiones y en realizar relaciones públicas para manipular la narrativa sobre lo que hay que hacer frente a las crisis que están causando, desde la obesidad hasta la contaminación del aire. Su objetivo es alejarnos de soluciones radicales que podrían amenazar su estatus y sus ganancias.
Pero estas industrias no se detienen en las actividades de relaciones públicas. A menudo trabajan activamente para socavar la investigación científica que amenaza sus intereses. Un ejemplo es cómo la industria tabacalera hizo todo lo posible para negar el vínculo causal entre el consumo de tabaco y el cáncer, incluido el financiamiento de científicos de derecha para producir investigaciones sesgadas favorables a sus tesis.
¡Perforen, nena, perforen! De la investigación del cáncer a la ecología política
Esto nos trae de vuelta a la crisis climática. Al igual que Big Pharma y los demás sectores mencionados, la industria de los combustibles fósiles (Big Oil) es un sector capitalista que se esfuerza por mantener el statu quo, incluso mientras causa daños a sabiendas a las personas y al planeta. Como mercaderes de la duda (al igual que los esfuerzos de la industria tabacalera por ocultar el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer), durante décadas las compañías de combustibles fósiles han negado el vínculo entre la quema de combustibles fósiles y el cambio climático, y han mostrado una determinación obstinada por destruir la causa del ambientalismo. Asimismo, al igual que el enfoque de Big Pharma hacia el cáncer, Big Oil propone soluciones a corto plazo, medidas cosméticas y falsas soluciones que a lo sumo tratan los síntomas del cambio climático, evitando la transformación radical necesaria para prevenir daños mayores.
Sobre todo, estos esfuerzos (desde la industria tabacalera hasta Big Pharma y la industria de los combustibles fósiles) buscan evitar la conversación importante que debe tener lugar si nos importa garantizar una vida digna para todos: una conversación sobre las causas profundas de los enormes desafíos que enfrentamos. Tal conversación nos lleva necesariamente a la economía política del capitalismo y sus males. Es este marco de la economía política, con su enfoque en las dinámicas del capital y el imperio, el que aplico en mi trabajo sobre ecología política y la crisis ecológica.
En 2013, solo unos años después del cierre del Departamento de Carcinogénesis Química/Ambiental en el Institute of Cancer Research, ya no me dedicaba a la investigación del cáncer: estaba documentando el levantamiento contra la fracturación hidráulica en mi Argelia natal para una organización con sede en Londres llamada Platform. Mi trabajo buscaba arrojar luz sobre la creciente relación entre Argelia y el Reino Unido en el sector del petróleo y el gas (así como la cooperación militar entre los dos países). Al hacerlo, concebí la lucha de los argelinos contra el fracking como un conflicto socioambiental y una lucha de los desposeídos contra el capital fósil, así como una lucha contra los intentos globales y locales de apoderarse de más recursos mientras se crean “zonas de sacrificio”: áreas dedicadas a la extracción de recursos a expensas de la población local.
Este trabajo me llevó a una visión más clara de los vínculos entre Big Oil y la crisis climática, y me llevó a aprender más sobre las luchas por la justicia climática en otros lugares del mundo. En 2015, mis colegas de Platform y yo (en colaboración con otros) lanzamos un libro colectivo titulado “The Coming Revolution in North Africa: The Struggle for Climate Justice”, que vinculaba el programa de justicia climática en la región con las demandas revolucionarias de los levantamientos árabes de principios de la década de 2010: pan, justicia social, dignidad, libertad y soberanía popular.
Después de realizar trabajo de campo en Argelia, Marruecos y Túnez, me convencí de que no podemos hablar de justicia ambiental y climática sin vincularlas con cuestiones de justicia socioeconómica y soberanía nacional/popular sobre la tierra y los recursos. Llegué a ver los conflictos socioambientales como síntomas de un modelo de (mal)desarrollo extractivista neocolonial y sus mecanismos de desposesión. También me di cuenta de que estas dinámicas no se limitan solo a los sectores extractivos convencionales (combustibles fósiles, minería, agroindustria), sino que también afectan al sector de las energías renovables. Mis colegas y yo documentamos esto en otro libro colectivo titulado “Dismantling Green Colonialism: Energy and Climate Justice in the Arab Region” (2023).
Lo que me di cuenta a través de estas diversas experiencias fue que los mismos mecanismos que había encontrado en mi trabajo como investigador del cáncer (industrias poderosas que causan un problema y luego abordan, o pretenden abordar, sus síntomas, en lugar de atacar su fuente para prevenirlo) también eran dominantes en la crisis climática.
Vi la prueba más evidente de esto en el secuestro de las Conferencias de las Partes (COP) de las Naciones Unidas por parte del poder corporativo y los intereses privados, incluida la industria de los combustibles fósiles. Observé cómo el número de lobistas de combustibles fósiles que asistían a las COP aumentaba drásticamente con el tiempo, hasta el punto de que en la COP30 en Belém (2025) superaban en número a todas las demás delegaciones (excepto la de Brasil). Si eso no fuera suficientemente malo, los presidentes de la COP28 (en Dubái, en 2023) y de la COP29 (en Bakú, en 2024) eran ambos ejecutivos petroleros. ¡Era como pedirle a los pirómanos que apagaran el fuego que ellos mismos habían iniciado! Como era de esperar, en lugar de obligar a las naciones más ricas, a los grandes contaminadores y a las multinacionales a reducir las emisiones de carbono y a no emprender nuevos proyectos de extracción de combustibles fósiles, estas cumbres mundiales promueven cada vez más soluciones tecnológicas rentables como la geoingeniería y las tecnologías de captura de carbono, junto con falsas soluciones basadas en el mercado como el comercio de carbono y las llamadas soluciones “net-zero” y “basadas en la naturaleza”.
Como muestra la presencia de ejecutivos petroleros en las cumbres de la COP, las mismas estructuras de poder codiciosas y autoritarias que han contribuido al cambio climático están ahora dando forma a las respuestas al mismo. Su objetivo principal (al igual que el enfoque de Big Pharma hacia enfermedades como el cáncer) es proteger los intereses privados y obtener ganancias aún mayores. Si bien las instituciones financieras internacionales (como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) y los gobiernos del Norte Global y sus agencias están articulando ahora la necesidad de una transición climática, su visión es la de una transición capitalista y, a menudo, liderada por las corporaciones, no una liderada por y para los trabajadores. Estos diversos actores no dudan en destacar los peligros de un mundo más cálido, e incluso abogan por una acción urgente (incluyendo el uso de más energías renovables y el desarrollo de planes de adaptación). Pero su análisis sigue siendo limitado, e incluso peligroso, ya que amenaza con reproducir los patrones de desposesión y saqueo de recursos que caracterizan al régimen de combustibles fósiles imperante. La visión del futuro que impulsan estos poderosos actores es una en la que las economías continúan subyugadas al beneficio privado, incluso mediante una mayor privatización del agua, la tierra, los recursos, la energía e incluso la atmósfera.
Al igual que la mayoría de los cánceres, que son causados por factores externos evitables más que por la genética, la crisis climática no fue un hecho inevitable: ha sido, y continúa siendo, impulsada por la decisión de seguir quemando combustibles fósiles, y por una creencia ilusa en el crecimiento económico perpetuo. Esta es una decisión que ha sido tomada predominantemente por corporaciones y gobiernos del Norte Global, junto con las clases gobernantes nacionales del Sur Global. Esto incluye a los de la región árabe (de la que provengo), donde los planes energéticos y climáticos están moldeados por regímenes autoritarios, élites locales parasitarias y sus patrocinadores en Riad, Abu Dabi, Bruselas y Washington DC. A pesar de todas sus promesas, las acciones de todos estos actores demuestran que son enemigos de la justicia climática y de la supervivencia misma de la humanidad.
En mi carrera hasta ahora, he pasado de los esfuerzos para abordar un problema masivo (la epidemia de cáncer) a la lucha contra uno aún mayor (la crisis climática). A través de mi trabajo en ambos, he llegado a comprender que los mismos grupos con intereses creados en mantener el statu quo utilizan las mismas tácticas y estrategias. En lugar de cambiar radicalmente nuestros estilos de vida y nuestra forma de producir y consumir, Big Pharma nos dice que no nos preocupemos, ya que puede ofrecernos medicamentos milagrosos y tratamientos químicos que pueden resolver todos nuestros problemas en el futuro. De igual manera, para la crisis climática: en lugar de confrontar al capital (fósil) y hacerlo responsable, nos vemos compelidos (si no forzados) a aceptar sus falsas soluciones a la crisis que ha creado. Lo que he aprendido en ambos lados de mi carrera es que detrás de nuestro fracaso para abordar seriamente tanto el cáncer como la crisis climática se encuentra el mismo patrón de mercantilización, poder corporativo y búsqueda de beneficios.
También he aprendido lo que creo que se necesita para superar ambos problemas: una ruptura radical con el statu quo. En lugar de tratarnos con más y más medicamentos, debemos transformar radicalmente nuestros estilos de vida poco saludables e inductores de estrés y abordar la contaminación de nuestros entornos. En lugar de trabajar con la industria de los combustibles fósiles, debemos enfrentarla. La salud humana y la sostenibilidad del Planeta Tierra no pueden dejarse en manos del sector privado. En resumen, revertir el desastroso statu quo significa confrontar al capital, resistir sus lógicas de apropiación y extracción, recuperar nuestras vidas de las garras mortales del mercado, y colocar las necesidades humanas y no humanas en el centro de una visión ecosocialista que pueda verdaderamente sanar nuestros cuerpos y salvar nuestro planeta.
1. El fascinante libro de 2013 Deadly Medicines and Organised Crime: How Big Pharma has Corrupted Healthcare (Medicamentos mortales y crimen organizado: Cómo las grandes farmacéuticas han corrompido la atención médica), de Peter C. Gøtzsche, ofrece un relato revelador de las actividades perversas y criminales de Big Pharma.