Dos artículos de Gustavo Duch

¿Qué es la soberanía alimentaria?” por Gustavo Duch

Ahora hará veinte años que con otras compañeras nos dedicamos a dar a conocer el concepto de soberanía alimentaria. Y al parecer, ahora que está muy presente en los debates y declaraciones ligados a las movilizaciones del campesinado, no lo hemos hecho del todo bien. Sobre todo, cuando el concepto se lo apropian la derecha y la extrema derecha –como también ha ocurrido en Italia y en Francia– y lo traducen en una propuesta más parecida a «nacionalismo alimentario» donde lo que se defiende (supuestamente) es un autoabastecimiento del país por encima de cualquier otro criterio.

Nada que ver con un concepto que nace de encuentros solidarios del pequeño campesinado de todo el mundo, que tenía claro que sufría los mismos problemas por un mismo sistema global que, con poderosos hilos , los maneja  al son de su música. Con asertividad, campesinas y campesinos señalan que la alimentación no es una mercancía, es un derecho; que es necesario sacar la agricultura del sistema de libre comercio; que en el capitalismo, la agricultura y la alimentación terminan controladas por muy pocas multinacionales, con más poder que los propios estados, y generan una competencia brutal que les acaba haciendo imposible vivir de la tierra. Y que los modelos productivos industriales e intensivos, además de perjudiciales para los territorios y para su propia salud, los atan de pies y manos a empresas de semillas, farmacéuticas y tecnológicas que son muy poco de fiar.

Así, la soberanía alimentaria apunta directamente a recuperar la independencia y el control del campesinado hacia su trabajo. Se denuncia que las decisiones se toman muy lejos y sin su participación. Se habla de relocalizar la alimentación para relocalizar no sólo el consumo, sino también las políticas: cuanto más abajo y cercanas mejor. Con un compromiso final: multiplicar el pequeño campesinado para alimentar con alimentos saludables y con sistemas productivos integrados en los ciclos de la vida, ahora sí, a su pueblo, a su territorio, a su país.

Por todo ello, fue lógico que pocos años después de la formulación del concepto y de la creación de La Vía Campesina, en 2007 se organizara en el pueblo de Nyélény, en Mali, un gran encuentro mundial que reunió representantes del pequeño campesinado de muchos países junto con otras muchas entidades del ecologismo, de los movimientos antiglobalización, del consumo crítico, del feminismo… Se hizo evidente que la soberanía alimentaria era una propuesta que apoyaba toda aquella ciudadanía que, legítimamente, aspira a una alimentación no colonialista, no intensificada, no globalizada.

¿Y en Cataluña? Lo cierto es que en nuestro país la defensa de la soberanía alimentaria en este tiempo ha ido poco a poco haciéndose presente con diferentes iniciativas de producción y consumo agroecológicas. Se han hecho visibles muchas de sus luchas políticas, por ejemplo, contra los transgénicos o levantando información sobre el papel de Mercabarna o el Puerto de Barcelona en los mercados globales alimentario, cuestionando la macroindustria porcina o la instalación de macroparques eólicos o solares en tierra agrícola… Y, ciertamente, todo ello con la participación y complicidad de algunos colectivos campesinos y ganaderos que han hecho de la soberanía alimentaria su paradigma político, como las Ramaderes de Catalunya, la Assemblea Pagesa o la Asociació de Productores Agroecológiques de Catalunya, entre otros. Pero no ha sido suficiente para romper con este sistema alimentario que ahoga al campesinado, que maltrata el consumo y que destroza el territorio.

Ahora tenemos un reto: generar espacios inéditos para hacer confluir este campesinado, claramente situado en los parámetros agroecológicos y de soberanía alimentaria, con los movimientos ecologistas, los espacios de consumo organizado, las plataformas de defensa del territorio y en general toda la ciudadanía urbana y rural comprometida con un cambio de modelo. La alimentación y la agricultura es cosa de todas. La revuelta por la tierra es cosa de todas.

Gustavo Duch. Licenciado en veterinaria. Coordinador de ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’. Colabora con movimientos campesinos.

Fuente: https://es.ara.cat/opinion/realmente-soberania-alimentaria_129_4940743.html

¿Quién gana con la competencia desleal en el campo?” por Gustavo Duch

Son multinacionales, a menudo españolas, las que se encuentran detrás de las muchas verduras y frutas que llegan de fuera y generan las malas prácticas que denuncian las recientes movilizaciones

Que las políticas agrarias no están resultando satisfactorias para las gentes del primer sector ha quedado más que claro en las movilizaciones de estas últimas semanas. Y si bien hay muchas voces y diferentes mensajes, existe coincidencia en señalar la llegada de productos de terceros países como uno de los problemas que es necesario resolver. Pero, ¿es suficiente con señalar, así en genérico, esta competencia desleal? ¿Se acierta apuntando solo a las administraciones? Tenemos un elefante en la habitación.

La agricultura y la alimentación son seguramente los sectores económicos con mayor concentración corporativa en todos los puntos de la cadena. Vale la pena recordar las cifras. A nivel mundial, son solo seis las empresas que controlan el 58% del mercado de semillas; otras seis, el 78% del mercado de agroquímicos; diez, el 38% del mercado de fertilizantes; seis, el 50% del mercado de maquinaria agrícola; seis, el 72% del mercado farmacéutico para animales; cuatro, el 90% de la comercialización mundial de cereales y leguminosas; y, finalmente, diez supermercados controlan el 11% del gasto mundial del consumo alimentario, cifra que en el Estado español es mucho más alta, ya que las tres principales cadenas (Mercadona, Carrefour y Lidl) alcanzan el 41%

Es obvio, entonces, que en cada eslabón estas pocas empresas juegan con mucha ventaja frente al resto de actores. Como dice el informe “¿Quién Inclina la Balanza?, del Panel Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles- IPES FOOD”, del que estoy tomando los datos antes referidos, “sus significativas cuotas de mercado les confieren lo que se denomina ‘poder de mercado’”, que les permite, entre otras muchas cosas, jugar a su merced con los costes de los insumos, con los precios de los productos a vender y manejar las relaciones comerciales como un depredador se relaciona con su presa. 

Pero no solo. Su dominio y capacidad económica les permite armar lobbies muy bien preparados y financiados para ejercer presión directamente a legisladores gubernamentales, hasta el punto que en los últimos años, como advierte IPES FOOD, la influencia corporativa sobre la gobernanza agroalimentaria mundial se ha convertido en la nueva normalidad y las multinacionales han conseguido convencer a los gobiernos de que ellas deben ocupar un lugar central en cualquier debate sobre el futuro de los sistemas alimentarios. Debates, donde, desde luego, aparecen las negociaciones para aprobar y regular los acuerdos comerciales internacionales, regionales y bilaterales que hacen posible que muchos alimentos, tras recorrer miles de kilómetros y atravesando fronteras, aparezcan en cualquier mercado.

Nombres propios

En la Unión Europea, según los últimos datos, la importación comunitaria de frutas y hortalizas frescas procedentes de terceros países ascendió a 13.907 millones de euros hasta septiembre de 2023. Los tres principales países proveedores son Marruecos, con 1.833 millones de euros; Sudáfrica, con 1.544 millones de euros; y Perú, con 1.361 millones de euros. ¿Quién se beneficia de estas importaciones? 

Sin hacer ninguna investigación exhaustiva, paseando por alguna de las webs de las multinacionales españolas de fruta y verdura más importantes, vemos cómo presumen de sus negocios en terceros países. De hecho, en la web de la multinacional Citri&co, con sede en Valencia y “líderes globales en el cultivo y comercialización de fruta fresca durante todo el año”, se muestra con orgullo su presencia precisamente en Marruecos, Sudáfrica y Perú. Si entramos en la página de Bollo, otra conocida empresa valenciana del sector, sabremos de su presencia en Brasil desde 2005 y en Senegal desde 2009. O el caso de Surexport, la mayor productora local de fresas, afincada en Huelva, (donde estos cultivos van asociados tanto a la explotación laboral como al abuso del consumo de agua), que es una de las principales compañías que están expandiendo la producción de frutos rojos en Marruecos. 

Como ven, no es aventurado afirmar que son multinacionales, a menudo españolas, las que se encuentran detrás de las muchas verduras y frutas que llegan de fuera generando esa competencia desleal que denuncian las recientes movilizaciones. Como tampoco lo es señalar, como lleva décadas haciendo la organización internacional Vía Campesina, a grandes empresas de la Unión Europea por arruinar a millones de pequeñas y pequeños agricultores del sur global con sus productos subvencionados por ventajosos acuerdos comerciales. En África, por ejemplo, se venden anualmente miles de toneladas de carne de pollo procedentes de Europa Occidental. Como resultado, más del 90% de los criadores de pollos en Camerún se han arruinado. También otros productos europeos como las cebollas, los tomates y la leche inundan los mercados locales de África. O los famosos cubitos de caldo que irrumpieron para desbancar a mucha de la producción local.

Y si nos paramos a analizar quiénes son los dueños de estas empresas, descubriremos que, si queremos frenar estas competencias, debemos dejar de hablar de productores y productoras de “otros países” para hablar de fondos de inversión. De capital. De capitalismo.

https://ctxt.es/es/20240201/Politica/45640/tractoradas-campo-protestas-competencia-desleal-multinacionales-frutas-verduras-gustavo-duch.htm

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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