El País, 11/08/2026. “El nombre de Tales es símbolo de que la naturaleza permite ser desvelada.”
El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas se abismarán y los cielos serán conmovidos (Mateo,24, 29).
28 de mayo de 585 a C, orillas del río Halis en Anatolia. Embarcados lidios y medos en una guerra para la que no se percibía triunfador, en medio de la batalla, repentinamente, “el día se hizo noche”. Fenómeno, nos dice Heródoto “que Tales Milesio había predicho a los jonios, fijando el término de ella en aquel año mismo en que sucedió“. Interpretando el evento como signo de un malestar cósmico por el conflicto, los enemigos se reconcilian, sellándose el pacto con un vínculo matrimonial entre Aryénis y Astiages, respectivamente hija e hijo de los monarcas contendientes.
29 de mayo de 1919. Eclipse observado desde Sobral, Brasil, y Puerto Príncipe, respectivamente por Frank Watson y Arthur Eddington, con un objetivo científico. Desde años atrás, como corolario de la relatividad general, Einstein defendía la tesis de que, acercándose a un objeto masivo, la luz se curvaría como efecto de la gravedad, pero faltaba la prueba. Eddington y Watson conjeturan que, cuando la luna bloquea el sol, oscurecido el cielo y las estrellas al descubierto, la curva que la luz sufre al pasar cerca de la masa del sol sería perceptible, no por los sentidos humanos, pero sí por esa extensión de los mismos, que son lentes astronómicas de elevada sofisticación. Los registros coincidieron con las cifras avanzadas por Einstein.
Austria, 1987. En el Canon de Eclipses del astrónomo Theodor von Oppolzer se anuncia para el 12 de agosto de 2026 el escenario de cambios cósmicos que supone un eclipse. Previsión bendecida en 1987 por la Nasa, mediante complicados cálculos matemáticos, para los que se recurrió ya a supercomputadoras y algoritmos de simulación orbital. Previsión asimismo ratificada en nuestros días por instituciones como la Agencia Espacial Europea que utiliza sofisticados programas informáticos que calculan las posiciones exactas de los cuerpos celestes. Pero volvamos a Tales.
Tales es considerado filósofo presocrático, pero Aristóteles lo cataloga entre los físicos, el primero de ellos…, “el primero en revelar a los griegos, la investigación sobre la naturaleza”, reitera Heródoto. Es objeto de discusión el grado de precisión con el que Tales pudo calcular el eclipse, habiéndose conjeturado que sólo estaba en condiciones de prever el año, pues precisar el día y la hora exigía poderosos medios geométricos y trigonométricos, de los que Tales no dispondría.
Pero, con independencia del grado de conocimiento y del grado de acuidad en sus cálculos, la disposición de espíritu de Tales inaugura algo singular, a saber, la convicción de que la observada regularidad en las órbitas, que ha permitido prever la ocultación del Sol, no constituye un hecho aislado, expresión de una azarosa confluencia, o de la intervención de dioses u otras potencias ignotas. Lo importante no es quizás tanto que el día se haga noche, como que el espíritu humano constate los signos previsores del fenómeno, los describa, los inserte en un contexto causal, y eventualmente prevea aquello que sugieren, confiriendo así al fenómeno una significación. Y aunque el fenómeno pudiera ser vivido como signo de mal fario, no puede atribuirse a una voluntad mayor que decidió por un momento abolir el sol.
En la disposición de espíritu de Tales, la naturaleza en los cuerpos celestes como la naturaleza en nuestro entorno, responde a una necesidad intrínseca, que se traduce en movimiento de los astros, en emergencia de seres, en transformación, o en destrucción. La naturaleza no es un conglomerado dispar sin principio de interna organización; la variedad de las cosas de la naturaleza constituye por el contrario una totalidad reglada, un kosmos. Y un segundo extremo:
El nombre de Tales es símbolo de que, a la vez que se abre paso en la conciencia la irreductibilidad de la necesidad natural a los deseos de hombres o dioses, se intensifica la voluntad de desvelar esa misma naturaleza que, no dejándose violentar, sí permite ser desvelada. Si hemos llegado a conocer en ocasión del eclipse, es porque, en general, se admite que el mundo es cognoscible. Esto, cabe decir, hasta los filósofos jónicos, no constituía una evidencia. Tales, en suma, introduce los dos postulados (necesidad natural y posible conocimiento de la misma) que han posibilitado primero la física y segundo la filosofía, surgida como consecuencia de las aporías a las que la física es conducida. Y último apunte.
Tales no disponía de recursos matemáticos con los que sí contaban astrónomos ulteriores. Ciertamente, menos aún disponía de supercomputadoras ni algoritmos que trabajan por sí mismos. Sin embargo, la disposición de espíritu de Tales, alimentada (desde los pitagóricos a Von Neumann) a lo largo de la historia de la ciencia y de la filosofía, es la que ha permitido que, 25 siglos más tarde, no sólo nuestra vida esté marcada por algoritmos que dejan estupefacto, sino que tenga sentido la pregunta abisal sobre si tales algoritmos pueden alcanzar lo que se designa como singularidad tecnológica, la cual sería homologable a la singularidad humana.
Víctor Gómez Pin es catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.
https://elpais.com/opinion/2026-08-11/el-dia-se-hizo-noche.html.