No cabe duda de que cuando Trump, apenas hace mes y medio, anunció que había llegado la fecha de la liberación (él, claro, lo dijo con mayúsculas) de los EE.UU. de las reglas comerciales que los tenían postrados, liberación que llegaría de la mano de los aranceles salvadores que iban a entrar en vigor, pocos pensaban que lo que se avecinaba era un nuevo parto de los montes.
Y, sin embargo, pese a lo grotesco de todo lo que rodea la política arancelaria (aquí no vamos a comentar otros aspectos) de la nueva administración norteamericana, lo cierto es que sus efectos disruptivos sí están siendo muy grandes. Lo que sucede es que, observados con rigor, no tienen mucho que ver con los que supuestamente preveía su promotor. Claro que, estando acostumbrados a ver las enormes diferencias que hay entre lo que proclaman abiertamente los dirigentes políticos de hoy y lo que realmente buscan, tampoco es tan fácil discernir sobre esto. Por eso escribimos lo de «supuestamente».
No es seguro, pues, que el objetivo de todo esto sea ayudar a reindustrializar los EE.UU., acabando con su déficit comercial. Ya que de ser este el objetivo no parece muy necesario castigar, del modo que se quiere hacer, las casi inexistentes importaciones provenientes de Lesoto. Por otra parte hay profundos análisis que indican que lo buscado es una devaluación del dólar. Bien pudiera ser así, pues esa devaluación sí que beneficiaría a EE.UU. Mas lo que se ha producido es una pérdida de valor de los bonos del tesoro estadounidense y esto es muy malo para ellos, pues si bien es cierto lo del déficit comercial, no debemos olvidar que el dominio norteamericano en el campo financiero sigue siendo indiscutible.
La financiarización se ha convertido en la seña de identidad de todas las economías capitalistas occidentales y está controlada por los capitales estadounidenses. Por eso el terremoto que empezaba a producirse sobre los bonos del tesoro (no así lo que sucedía en la bolsa de valores) es muy probable que haya tenido mucho que ver con este esperpéntico arranque, seguido de frenazo y marcha atrás de los aranceles trumpianos.
No obstante, esos efectos disruptivos que mencionábamos no se han calmado. El principal es la desestabilización que está sufriendo todo el comercio mundial, pues es muy difícil llevar adelante cualquier inversión proyectada cuando se desconoce como estará el panorama, no ya dentro de un par de años, sino el próximo mes entrante. Por poner un ejemplo, los fletes marítimos se encuentran en medio de unas tensiones enormes, tanto en sus precios, como en la disponibilidad de barcos y contenedores. Y esto afecta muy singularmente a las rutas transpacíficas entre China y la costa oeste norteamericana. Rutas que son vitales para los consumidores estadounidenses. Consumidores que en menos de año y medio se convertirán en votantes en las elecciones del «midterm».
De lo que sí que podemos tomar ya buena nota es de la configuración jerárquica que reconocen ahora en la Casablanca. El tanto tienes, tanto vales, ha sido siempre regla imperante en las relaciones internacionales, pero habitualmente se edulcoraba un poco. La actual administración norteamericana, en cambio, no tiene empacho alguno a la hora de usar esa regla. Incluso llegando a la grosería del «me están llamando para besarme el culo». Lo que sí saben es quienes están en esa categoría y quienes son aquellos a quienes no se puede insultar.
De aquí ha procedido el acuerdo de prórroga alcanzado con China. Después de las amenazas sobre un descomunal 245%, ha llegado la rebaja. Es cierto que, por el momento, se trata de un aplazamiento, pero todo hace pensar que será definitivo. Lo dicho arriba sobre las rutas transpacíficas tiene mucho que ver con ello, aunque hay más. Aparte de los productos de consumo, China puede cortar el suministro a EE.UU. de un buen conjunto de materiales imprescindibles para la única rama industrial que sigue siendo importante allí: la militar. China también puede dañar mucho al sistema financiero norteamericano a través de la venta de los bonos del tesoro. Algo que también citamos antes. En la mayoría de los campos económicos y tecnológicos es China quien puede imponer su voluntad a las EE.UU. Por eso el acuerdo de prórroga y por eso lo que denotan las fotos conocidas de quienes lo han pactado: toda la satisfacción está en la parte china de la mesa.
Los EE.UU., en el momento presente, sólo superan a China en un campo: el bélico. Pero jugar en ese campo es muy arriesgado, si bien el hecho de que las distancias se estén acortando en él es algo que puede hacer que los EE.UU. recurran a este. Sin embargo, mientras no se decidan en este sentido, está claro que no podrán imponer su voluntad a China, ni en los aranceles, ni en ninguna otra cosa. En cambio, lo sucedido ya con el Reino Unido y lo que va camino de suceder con la UE muestra quienes están por debajo en el orden jerárquico. Muestran quienes vamos a acabar sufriendo las consecuencias de todo este desorden arancelario.
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