“Esto va de mucho más que una acampada” por Alicia del Río y Valeria Racu

El País, 29/09/2026. El Gobierno tiene una última oportunidad para demostrar que está dispuesto a enfrentarse a quienes hacen negocio con la vivienda.

Hay momentos en los que miles de pequeñas historias desembocan, de repente, en la Historia con mayúsculas. Lo que está ocurriendo en la Puerta del Sol no empezó en la Puerta del Sol, ni tampoco empezó la semana pasada. Lo de estos días en realidad empezó mucho antes, en cada burofax que anunciaba una subida imposible del alquiler, cada contrato que terminaba obligando a una familia a abandonar su barrio, cada desahucio, en cada joven que, aun trabajando, ha tenido que volver a casa de sus padres, cada persona que dedica la mitad de su sueldo a pagarle la hipoteca a otro, cada familia que ha visto cómo su vida se volvía un poco más pequeña mientras los beneficios de bancos, fondos y rentistas se hacían cada vez más grandes.

Durante demasiado tiempo nos dijeron que todo aquello eran problemas individuales. Que buscáramos un piso más barato. Que trabajáramos más. Que nos fuéramos más lejos. Que compartiéramos casa. Que esperáramos. Que tuviéramos paciencia. Y durante demasiado tiempo intentaron dividirnos: jóvenes contra mayores, hipotecados contra inquilinos, trabajadores de aquí contra trabajadores de fuera, quienes tienen una casa contra quienes no la tienen.

Esta semana hemos dado un golpe encima de la mesa. Hemos dicho basta.

Maricarmen no perdió su casa el miércoles

El desahucio de Maricarmen ha conmocionado a todo un país. Una mujer de 87 años fue expulsada de la casa en la que había vivido durante 71 años y tuvo que salir de ella en camilla. Pero si queremos entender qué ha pasado, tenemos que mirar mucho más atrás, porque Maricarmen no empezó a perder su casa el día que llegó la policía, sino que su pesadilla había comenzado años antes. El primer burofax que amenazaba su permanencia en la vivienda llegó siete años antes de su desahucio. Ahí empieza la violencia de la inseguridad residencial.

Luego vienen los intentos de negociación, después el miedo, los abogados, las demandas, los procedimientos judiciales y, finalmente, el desahucio. Son años de incertidumbre capaces de destrozar la salud, los proyectos familiares y cualquier posibilidad de construir una vida estable.

Por eso sería un error pensar que para evitar otra Maricarmen basta únicamente con parar el último acto de esta cadena. Hay que impedir que la cadena empiece y, para eso, necesitamos contratos de alquiler indefinidos.

Si una inquilina cumple con sus obligaciones, su hogar no puede tener fecha de caducidad por la simple voluntad de quien quiere recuperar el inmueble para aumentar su rentabilidad. La propuesta del decreto Maricarmen plantea precisamente la renovación automática de los contratos y que las expulsiones requieran una causa justificada. No queremos pasar toda nuestra vida esperando el siguiente burofax. Queremos vidas estables.

Este martes hay una decisión que tomar

El Gobierno ha anunciado que llevará este martes al Consejo de Ministros un decreto de vivienda. Para nosotras la cuestión es sencilla: decreto Maricarmen o decreto farsa. Y la línea que separa una cosa de la otra son los contratos indefinidos.

No aceptaremos que, después de todo lo ocurrido, se presente como una gran victoria aquello que no evita que dentro de cinco, siete o diez años millones de personas vuelvan a encontrarse exactamente ante el mismo problema. El Gobierno tiene una última oportunidad para demostrar que, cuando habla del derecho a la vivienda, está dispuesto a enfrentarse a quienes hacen negocio con ella.

Porque hemos llegado hasta aquí por las políticas de una derecha que lleva años defendiendo la vivienda como negocio, pero también porque un Gobierno que se define como progresista ha permitido que millones de personas sigan viviendo pendientes de la próxima renovación de su contrato.

Y hay algo profundamente peligroso en abandonar a una generación entera a la precariedad, la impotencia y la sensación de que ninguna institución puede mejorar materialmente su vida. Cuando la democracia parece incapaz de garantizar algo tan elemental como un hogar, otros estarán encantados de convertir esa frustración en odio contra el vecino, contra el migrante o contra quien está todavía peor. Nosotras nos negamos. No vamos a pelearnos por las migajas mientras otros se quedan con la mesa.

Pero esto tampoco va solamente de este martes

Sería un error medir lo que está pasando únicamente por lo que decida un Consejo de Ministros. Porque lo más importante que ha ocurrido esta semana no cabe en ningún decreto. Miles de personas han descubierto algo extremadamente sencillo y extremadamente poderoso: que no estamos solas. Después del desahucio hubo movilizaciones en más de 35 ciudades. Este sábado, decenas de miles de personas salieron a las calles de Madrid y, después de la manifestación, comenzó la acampada de Sol.

Hay quien pregunta si esto es un nuevo 15M. No necesitamos ponerle el nombre de ningún movimiento anterior. La historia está llena de momentos en los que una sociedad aparentemente resignada descubre de repente su propia fuerza. En España sabemos algo de eso: hace más de un siglo, la huelga de La Canadiense contribuyó decisivamente a conquistar la jornada laboral de ocho horas, un derecho que hoy nos parece elemental y que fue conquistado mediante organización y lucha colectiva.

Nosotras venimos también de una historia concreta. El año que viene los sindicatos de inquilinas cumpliremos una década organizando bloques, parando desahucios, negociando colectivamente con grandes propietarios, haciendo huelgas de alquiler y demostrando que, frente al poder inmobiliario, existe otra fuerza: la de miles de personas organizadas defendiendo juntas sus hogares. Sol no nace de la nada, es una chispa que prende sobre años de trabajo colectivo.

Una tienda de campaña no puede parar un desahucio

Y precisamente por eso tenemos que decir algo importante, que esto va de mucho más que una acampada. Una tienda de campaña en Sol no puede parar un desahucio en Vallecas, Carabanchel o Tetuán. Una tienda de campaña en Sol no puede organizar a las trabajadoras de una residencia para mejorar sus condiciones laborales. Una tienda de campaña en Sol no puede defender un centro de salud cuando quieren desmantelarlo. Una tienda de campaña en Sol no puede proteger nuestros colegios, nuestros servicios públicos, nuestros barrios o nuestro territorio.

Pero las personas que hoy estamos encontrándonos alrededor de esas tiendas sí podemos hacerlo. Esa es la diferencia. No hemos venido a Sol para construir una pequeña isla de resistencia en el centro de Madrid. Hemos venido para encontrarnos, reconocernos y comprobar nuestra fuerza. Y ahora esa fuerza tiene que desbordar esta plaza. Tiene que volver a los barrios, a los bloques de viviendas, los centros de trabajo, las universidades y los institutos. Tiene que convertirse en sindicatos, asociaciones vecinales, colectivos, asambleas y redes capaces de sostener conflictos concretos. Tiene que organizar a quien nunca se había organizado.

Lo que se ha prendido aquí tiene que seguir ardiendo cuando desaparezcan las tiendas de campaña. Tiene que encender pequeñas hogueras por todos los lugares por los que pase. Porque el poder popular no consiste en ocupar una plaza eternamente. Consiste en descubrirnos capaces de organizarnos para cambiar el triste destino que nos prometían.

Hay momentos en los que nuestras vidas, millones de vidas, se alinean con la Historia y la cambian para siempre. Este puede ser uno de ellos. Por Maricarmen, por ti, por nosotras.

Alicia del Río y Valeria Racu son portavoces del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid.

https://elpais.com/espana/madrid/2026-09-29/esto-va-de-mucho-mas-que-una-acampada.html.

 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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