40 Así pues, Josué conquistó toda la región. Derrotó a los reyes de las montañas, del Négueb, de los llanos y de las cuestas. Lo destruyó todo y los mató a todos; no quedó nada ni dejó vivo a nadie, tal como el Señor, el Dios de Israel, se lo había ordenado.41-42. De una sola vez derrotó a los reyes y conquistó todos sus territorios entre Cadés-Barnea y Gaza, y toda la región de Gosen hasta la ciudad de Gabaón, porque el Señor, el Dios de Israel, peleaba a favor de los israelitas.
Libro de Josué 10
No creo frecuente, en los textos considerados sagrados, invocar una deidad para justificar una masacre tan extrema como la referida en estos versículos del Libro de Josué. Sucesor de Moisés, Josué fue el encargado de conducir a los israelitas a la Tierra Prometida, cosa que se le había negado a su antecesor, conquistarla y repartirla entre las doce tribus, Todo ello con la correspondiente limpieza étnica, como se dice en la actualidad, de los ocupantes previos, según describe el texto reproducido.
Un episodio de crueldad como este, tampoco es una gran excepción en los libros históricos del Antiguo Testamento. Se me dirá que otros libros de la antigüedad, como la Ilíada, por ejemplo, tampoco ahorran en descripciones cruentas, más o menos justificadas. Pero leemos dichos textos como referentes literarios. No fundamentamos todo un discurso teológico en cosas semejantes. La verdad es que nunca he entendido por qué el Cristianismo mete los llamados Antiguo y el Nuevo Testamento en un libro único, la Biblia, en claro contraste desde muchos puntos de vista. La única explicación sería que nunca ha sido capaz de desprenderse del todo de sus orígenes como secta del judaísmo, a pesar de la operación de marketing de Saulo (o Paulo) de Tarso.
Más de 3.000 años después de que fueran escritas estas líneas, encontramos bastantes semejanzas en el ayer y hoy de la situación, en la zona geográfica referida. El proyecto sionista, nacido al calor del nacionalismo europeo del siglo XIX, se concretó en 1948 en una operación de, dígase, sustitución de población, que supuso la expulsión de 750.000 habitantes autóctonos de Palestina, según cálculos del conde Folke Bernadotte, mediador de la ONU. Quizá fue su esfuerzo contable la razón de su asesinato por terroristas sionistas. Los muertos son estadística aparte. La creación del Estado de Israel, asociada a la expulsión referida, fue posible como un resarcimiento de las potencias vencedoras del nazismo, presas de un cierto sentimiento de culpabilidad por no haber hecho más (tampoco es que hicieran gran cosa) por evitar el espantoso crimen del Holocausto. Como declaraba hace pocos días la intelectual iraquí Haifa Zangana, fueron europeos, no palestinos, los responsables de la Shoá. Y sin embargo se quiso compensar al judaísmo, mediante la creación del citado estado, a costa de ellos. Por supuesto que de esta forma, además, Occidente, y en especial los Estados Unidos, se aseguraron un gendarme en una zona de vital importancia.
No hay, sin embargo, que olvidar que la implantación de población judía, procedente principalmente de Europa, empezó ya a finales del XIX y se incrementó a partir de 1918, con el mandato británico. La llegada de Hitler al poder produjo una aceleración, entre otras cosas porque el gobierno nazi pactó con entes sionistas la emigración hacia Palestina. Llevados de su ideologismo fanático, los nacional-socialistas lo único que pretendían, en un principio, era «limpiar» Alemania de judíos con métodos «suaves». El acuerdo, de entrada, perjudicaba gravemente a los hebreos no sionistas, que se consideraban ciudadanos alemanes y se resistían a la emigración. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, con la imposibilidad de seguir simplemente con esa expulsión disfrazada, llevó a la Solución Final. Tal genocidio, no debe olvidarse, no fue gratuito; benefició el esfuerzo de guerra nazi, eliminando bocas y generando recursos económicos. Gracias en parte a ello, funcionó en Alemania durante el conflicto una situación de relativo bienestar, que contrastaba con la hambruna que vivió el Reich durante la anterior guerra. Véase los libros de Götz Aly, sobre el tema.
No fue está la única vez que el sionismo no le hizo ascos a un entendimiento con los regímenes totalitarios. Otro ejemplo. El llamado sionismo revisionista, el ala más radical del movimiento, pactó con Mussolini la creación en Civitavecchia de la Academia Naval Betar, que funcionó hasta 1938, donde se formó la primera oficialidad de la marina israelí. El dirigente revisionista Vladimir Jabotinsky trató de vender la idea que un estado judío en el Medio Oriente, podía ser un buen aliado contra los árabes. La Italia fascista estaba en aquel momento enfrascada en acabar con la resistencia en Cirenaica y Tripolitania.
Con todo lo dicho, no pretendo señalar como especialmente maligno al sionismo. Actuaciones así corren parejas, ni más ni menos, a las de la mayor parte de nacionalismos. Pero cuando la Asamblea de la ONU adoptó en su momento la decisión de calificar el sionismo de racista (resolución posteriormente revertida), no andaba desencaminada.
El sionismo, como todo nacionalismo, insisto, siempre se ha movido y justificado a fuerza de mitos. El primero de ellos es el de la Diáspora, según el cual, sería consecuencia de la Primera Guerra Judeo-Romana (66-73 d.C.), que había producido una expulsión masiva de la población de Judea. Sin duda hubo expulsión, pero es inimaginable que no quedara un remanente de población. Por otro lado, el censo llevado a cabo por el emperador Claudio, en el 44 d.C. demuestra, de manera fehaciente, que había ya entonces muchos más judíos esparcidos por diferentes partes del Imperio que en Palestina: sobre un total de 7 millones, los implantados en la llamada Tierra Prometida eran solo 2 millones.
El sionismo siempre ha defendido la idea de una continuidad genética entre los practicantes del judaísmo, pero la verdad es que la evidencia va en sentido totalmente contrario. Dicha continuidad, como ocurre normalmente en las religiones, la ha asegurado la conversión. Entre las comunidades hebreas, especialmente entre las europeas, hay aportes poblacionales diversos (véase Shlomo Sand, «La invención del pueblo judío»), con lo cual si se quiere preservar el valor mítico de la expresión «Pueblo Elegido», habría que hablar propiamente de «Comunidad Religiosa Elegida». Se llegaría, además, a la contradicción irónica que entre los expulsados de 1948, sí que habría habido un arraigo más o menos importante en la población existente antes del 70 d.C. Simplemente, sus antepasados se habrían convertido al cristianismo o al islamismo.
A pesar de las protestas de laicismo del sionismo, el llamado «derecho al retorno» no tiene pues otro fundamento que la práctica religiosa. Y al fin y al cabo, aunque hubiera existido la mítica continuidad genética que se ha defendido, ¿por qué ese conjunto poblacional tendría derecho a regresar a su supuesta tierra ancestral, cuando otras minorías, de las que se conoce con seguridad su procedencia, no podrían ejercer un derecho semejante?
Sin lugar a dudas el presente conflicto constituye un punto de inflexión. La simpatía que pudo provocar la espantosa acción terrorista del pasado octubre (no voy a meterme en analizar las causas; pero, en cualquier caso, no es lo mismo lucha armada que terrorismo; el segundo no está nunca justificado), se está paulatinamente diluyendo con la aplicación que Netanyahu y sus halcones están haciendo de la ley del Talión, en una versión corregida y aumentada. Tal es así que, por primera vez, ha habido una repulsa muy importante en sectores del judaísmo a los crímenes que se están cometiendo en Gaza. Y eso les honra. Justo es decir que la repulsa de dichos sectores contrasta con la hipocresía de bastantes gobiernos del primer mundo. Empezando por el de la RFA, que parece empeñado en borrar la deuda de sangre alemana a costa de la de los palestinos; así como proyectar su sentimiento de culpabilidad sobre el resto de Europa.
¿Solución? Muy complicada. Un primer, e importante, obstáculo para la paz, son los fanatismos de raíz religiosa, muy evidente en el caso musulmán y disfrazado por milongas historicistas del lado del sionismo. Como dice el historiador Ilan Pappé, la solución del conflicto pasa porque el estado israelí gobierne para TODOS los habitantes del país. Brevemente, que se renuncie al dogma sionista y se construya un estado verdaderamente laico, en el que la festividad semanal se pueda celebrar en viernes, sábado o domingo, por poner un ejemplo simbólico. Un estado dotado de una constitución que garantice la libertad religiosa para creer, o no creer; tan básicamente laico, como para legalizar el matrimonio civil, con independencia de la religión, si la tienen, de los contrayentes. Dinamitada la solución de los dos estados, no se vislumbra otra alternativa, a no ser que se vuelva al espíritu de Oslo y se erradiquen de Cisjordania las colonias, ilegales según el derecho internacional.
Es preocupante el apoyo masivo de que goza, entre la población judeo-israelí, la brutal represalia en la Franja. Una buena muestra de que la ideología sionista ha impregnado, como pensamiento único, el sentir de la mayor parte de esa población. La crítica se limita al problema de los rehenes. No hace muchos días se publicaban unas declaraciones de uno de los personajes que se considera «moderado» en el establishment israelí, Shlomo Ben Amí, exministro de asuntos exteriores del gobierno de Tel Aviv. Decía literalmente que la solución al problema del estado palestino pasaba por incluir también Jordania. En pocas palabras, plenamente consciente que la implantación de colonias sionistas en Cisjordania está haciendo imposible la solución de los dos estados, lo que planteaba era exteriorizar el problema; en el fondo una nueva limpieza étnica, la de Cisjordania. Muy en la línea de algunos de los ministros del gobierno actual, que contemplan la expulsión de la población gazatí hacia el Sinaí.
La hipocresía referida del primer mundo se ha visto muy clara hace pocos días. Ante la decisión sin precedentes del Tribunal de La Haya, el sionismo ha jugado una carta que tenía en la manga: la complicidad de algunos trabajadores de la UNRWA en los sucesos de octubre. Posiblemente cierta, pero insignificante entre los miles que componen la Agencia. ¿Qué se ha hecho? Bloquear fondos, como si fuera globalmente un nido de terroristas. Pero ni un solo apercibimiento serio, ni una medida efectiva, ni una exigencia coercitiva de responsabilidades, por los ya 28.000 víctimas de la intervención del Tsahal en Gaza. ¿Recuerda el lector el bombardeo de Belgrado por la cuestión de Kosovo? ¿O la exclusión aérea en Libia, que se convirtió en un intervención, que fue mucho más allá de lo autorizado por la ONU? Pues eso. La ley del embudo.
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