El curso de la vida se rige, como la naturaleza, por la economía. Si algo sirve, si funciona, se replicará.
Las palabras de la ciencia no son las de la vida. Precisemos. Hay dos tipos de definiciones: las de la ciencia y las del pueblo. Las de la ciencia son estipulativas. Una palabra no tiene otro significado que el que de común acuerdo establece la comunidad científica. Para los matemáticos, anillo no significa otra cosa que «una estructura algebraica consistente en un conjunto no vacío junto con dos operaciones binarias, suma y producto, que cumplen ciertas propiedades específicas». Y lo mismo sucede con utilidad, gen, etc. Son definiciones jerarquizadas, en las que los conceptos que sirven para definir han sido (casi todos) previamente definidos.
Las del pueblo, las léxicas, las recoge el diccionario. La RAE no las establece. Se limita a anotar los usos comunes. No hay unas más básicas que otras ni jerarquía alguna. Como las piezas de un rompecabezas, todas se iluminan simultáneamente. Y uno entra en ellas como entra en el juego de la vida, sin instrucciones, con la conversación en marcha. Y aquí manda el pueblo. Como siempre, el Quijote: «El uso los irá introduciendo (los términos) con el tiempo, (para) que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso». Los académicos, al modo del novelista según la imagen de Stendhal, no hacen otra cosa que «pasear un espejo a lo largo del camino» de la vida. Si acaso, se limitan a sacarle lustre. Y no cabe, como dice el autor de Rojo y negro, «acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su mochila».
Y el curso de la vida se rige, como la naturaleza, por la economía. Si algo sirve, si funciona, se replicará. «Si funciona» quiere decir «si es rápido, eficaz». Una vez se consolida el uso, esto es, si permite entenderse, no hay tiranía que desande el camino. Quedan para los locos de taburete en los parques los empeños inútiles de torcer el curso del mundo. Son, como tantas cosas de la vida, equilibrios de Nash: una vez que una palabra adquiere un significado comúnmente aceptado, tiende a mantenerlo porque cambiar individualmente su uso no beneficia al hablante. Como conducir por la derecha. De ahí la derrota inexorable del lenguaje inclusivo y la victoria de Paco sobre Francisco y de Lola sobre Dolores.
Asentado el cuerpo doctrinal, ahí va la recomendación práctica: dejen de repetir «como se dice ahora, relato». Cada vez que lo hacen están admitiendo que no disponen de otra palabra. Reconozcan su impotencia y entréguense dichosos a la resignación: no tienen nada mejor que ofrecer. Y, claro, por la misma lógica económica, relato es mejor que «como se dice ahora, relato».
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