“La pinza” por Miguel Candel

No hace falta ser muy viejo en las (menguadas y menguantes) filas de la izquierda para recordar la retórica utilizada por el PSOE de Felipe González contra la otrora boyante Izquierda Unida de Julio Anguita: la célebre metáfora de «la pinza».

Se entendía por tal, en las filas felipistas, la supuesta confabulación de Izquierda Unida con el PP para atacar la política del PSOE desde ambos lados del espectro político. De poco sirvió que Julio Anguita, diario de sesiones del Congreso en mano, demostrara que en dicho órgano el número de veces en que habían votado juntos PSOE y PP decuplicaba, como mínimo, aquellas en que el voto de IU había coincidido con el del Partido Popular (eso sin tener en cuenta que esa coincidencia de facto raramente respondía a unas intenciones políticas similares). Digo que de poco sirvió porque los medios informativos(?) dominantes, particularmente esa especie de Boletín Oficioso del Gobierno de turno más conocido como El País, se dedicaron a difundir y amplificar la dichosa teoría de la pinza ad nauseam, hasta llegar a convencer de su veracidad, no sólo a las bases sociales y electorales del PSOE, sino también, no en pequeña medida, a las de IU, provocando en algunos un síndrome derivado de la conocida falacia post hoc ergo propter hoc (confundir la sucesión con la causación); en este caso, confundir la coincidencia con la identificación.

Pues bien, sobre la base de aquella experiencia, el PSOE del eximio Dr. Sánchez (junto con sus mariachis) lleva tiempo fomentando una peculiar variante de la teoría de la pinza, consistente en tratar de convencer al personal (dotado cada vez de menos espíritu crítico, todo hay que decirlo) de que la única alternativa al gobierno actual es uno constituido por la ominosa coyunda PP-Vox. De hecho parece haberse impuesto en el lenguaje político ordinario (en el sentido propio de «ordinariez») la fórmula PP-Vox como un todo indivisible, indistinguible y (claro está) insufrible. De manera que, si aplicamos aquí la lógica(?) subyacente a la teoría clásica gonzaliana de la pinza como alianza fáctico-táctica entre dos alas opuestas del arco político contra un tercero en discordia, llegaremos a la conclusión de que tanto PSOE (y adláteres) como Vox están interesados en socavar las expectativas electorales del PP. El primero, para impedirle gobernar sin más; el segundo, para a corto plazo impedirle gobernar en solitario y, a largo plazo, hacerle el ya sobado (y, por cierto, nunca exitoso, ni a izquierda ni a derecha) «sorpasso» y erigirse en primera fuerza pro-sistema (capitalista, se entiende).

Como es natural, la denuncia de la supuesta existencia de una pinza política no compete a ninguno de sus componentes (PSOE+ y Vox, en este caso), sino a los perjudicados por ella (como hábilmente supo hacer el partido felipista). De ahí que tanto PSOE+ como Vox se guarden hoy muy mucho de mentar la operación en marcha, camuflándola bajo una socorrida retórica frentista que presenta la pugna política en España a modo de gigantomaquia entre Progresismo y Fachosfera. A diferencia de lo ocurrido en los años 80 y primeros 90, en cambio, en que el miembro electoralmente minoritario de la supuesta pinza, lejos de aceptar tácitamente, como Vox, su papel en el proceso, trató de desmentirlo y desmarcarse del mismo, hoy día los dirigentes de la derecha minoritaria se limitan a ejercer consecuentemente en público su papel de coco facha mientras en privado se frotan las manos.

Por parte del bloque gubernamental, por otro lado, sobradamente compensadas con medidas de derechas tanto en política interior como exterior las modestas medidas de política social redistributiva y los discretos gestos «anti-Trump» y «anti-Israel» (que sólo la escandalosa sumisión de otros gobiernos europeos pone de relieve por contraste), su «programa, programa, programa» se reduce cada vez más a un retórico «antifascismo, antifascismo, antifascismo», penosa caricatura del auténtico y valiente «No pasarán» de 1936.

Pero ¿acaso no es justo, digno y, sobre todo, saludable denunciar las propuestas políticas reaccionarias de la derecha, en conjunto o por separado, y tratar de evitar que puedan ponerlas en práctica desde el gobierno? Por supuesto que sí.

Ahora bien, ¿puede seguir ignorando el ciudadano de izquierdas, sometido al chantaje político mediante fórmulas estilo Luis XV («después de Sánchez, el Diluvio-Vox»), que una parte importantísima del crecimiento de la derecha extrema (fuera, pero también dentro del PP) ha sido propiciado por las veleidades «confederalistas» de Sánchez y sus palmeros, con las que se pretende dar cobertura ideológica por elevación a la rastrera compra de apoyos parlamentarios de los secesionistas mediante indultos generales vestidos de amnistía para sortear la Constitución y, lo que es peor, mediante cambios legislativos ad hoc que harán más fáciles posibles intentonas secesionistas futuras? No es que nuestras derechas necesiten muchos pretextos para dar rienda suelta a sus pulsiones reaccionarias, pero el pretexto que se les ha brindado con lo antedicho es de primera magnitud y, sobre todo, tiene el efecto añadido de alimentar en el imaginario común la oposición conceptual, tan hábilmente explotada por el franquismo, entre izquierda y españolidad. El paso del caballo de Sánchez (aunque él sin duda prefiere volar en el Falcon) dejará un terreno muy poco apto para que vuelva a crecer la hierba de una izquierda centrada en la dialéctica trabajo-capital y comprometida en la lucha por la igualdad ciudadana general, de derechos y de hechos, no dispersa en luchas particularistas presas en la trampa de la diversidad. Resulta patético ver cómo una izquierda que dice haber superado el marxismo-leninismo cae de cuatro patas en el wokismo-cretinismo.

Pero, yendo al grano, ¿acaso es verdad que la única manera de evitar que ese parangón de la reacción llamado Vox llegue a gobernar en España es seguir votando a Sánchez y Cía? Remitámonos a los hechos antes que a las teorías. El hecho palmario e indiscutible es que, si hoy hay representantes de Vox en varios gobiernos autonómicos (último caso, el de Andalucía), no es pese al PSOE+, sino gracias a él/ellos/ellas/elles. En efecto, partiendo de la base de que alguna diferencia hay entre PP y Vox en materia de políticas sociales y de igualdad (o al menos eso es lo que dan por supuesto los que argumentan que no votar a les chiques de Sánchez es votar al mal encarnado en Vox porque éste siempre condicionará la política del PP, ya mala de por sí pero quizá no tanto sin dicho condicionamiento), dado este punto de partida, digo, el PSOE (con o sin mariachis) ha tenido en su mano librarnos de Vox en los gobiernos de un montón de comunidades autónomas. Bastaba para ello que se hubiera abstenido en la votación de investidura del candidato del PP, permitiéndole así gobernar en solitario sin la garrapata voxera chupándole las pocas gotas de política medio potable que quedaran en sus venas. Tanto más que ese apoyo pasivo e indirecto se podía haber dado no gratis, sino a cambio de unos mínimos compromisos por parte del PP en materia de política social y otras cuestiones de importancia para la izquierda.

Mas no, vade retro: eso es anatema para quien antepone los intereses partidistas (de secta, más bien) a los intereses de la ciudadanía en general y de la clase social subalterna en particular a la que dice defender.

Y ya que habíamos empezado hablando de pinzas, conviene recordar que la pinza, como la mayoría de nuestros colegiales seguro que no saben, es una palanca de tercer grado, en que la fuerza o potencia ha de aplicarse, digamos, en el centro. Pero está claro que la política española está hoy secuestrada por los extremos, uno de los cuales, el derecho, es real y el otro sólo retórico; éste con la misión principal de ocultar la verdad del dicho «los extremos se tocan».

https://www.cronica-politica.es/la-pinza/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *