Reseña-COMENTARIO: Luciano Canfora, Guerra y esclavos en Grecia y Roma. El modo de producción bélico, Punto de Vista, Madrid, 2025, 99 págs.
La sociedad capitalista se funda sobre este sentimiento:
que sin la existencia de seres que sufren uno no puede
disfrutar de forma cabal ni de la felicidad ni de los bienes
que posee.
CURZIO MALAPARTE
La lectura del breve librito que se presenta en estas líneas es un buen punto de partida para aproximarse a la extensa obra del ya octogenario historiador y filólogo italiano Luciano Canfora[1]. Guerra y esclavos en Grecia y Roma no es una monografía sistemática y con pretensiones de exhaustividad historiográfica, sino, más bien, un conjunto de ejemplos históricos comentados procedentes de la Grecia y Roma antiguas que muestran la existencia y características elementales de lo que el autor denomina en el subtítulo «modo de producción bélico».
El objetivo último de este librillo de Canfora, como se puede inferir de su lectura, es reivindicar la necesidad de retomar y profundizar el análisis de las bases materiales de las sociedades griega, helenística y romana, sus fundamentos socioeconómicos, un aspecto de la Antigüedad que la comunidad científica del siglo XXI tiende a ignorar, obsesionados como están los historiadores por los estudios identitarios y culturales, relativamente inocuos (esto es algo que cualquiera puede comprobar visitando las secciones pertinentes de las grandes librerías de Barcelona, por ejemplo).
Dada la naturaleza misma del libro reseñado, es inútil, en mi opinión, sintetizar unitariamente el contenido del texto de Canfora, es decir, exponer una sucesión ordenada de enunciados descriptivos de ese contenido entrelazados sin solución de continuidad. En consecuencia, me limitaré a enumerar las ideas a mi entender más importantes que se desprenden del opúsculo de Canfora:
1.- La Grecia «clásica» (en especial, Atenas) y, sobre todo, la república oligárquica romana durante sus dos últimos siglos y el principado de los dos primeros siglos de nuestra era[2] fueron economías esclavistas. Es decir, su base material, o, dicho con otras palabras, la generación de la energía y la producción de los bienes necesarios para posibilitar la continuidad en el tiempo, a través de las sucesivas generaciones, de estas sociedades y la creación del excedente apropiado por sus elites respectivas, dependía del trabajo de crecientes masas de esclavos en grandes latifundios, minas, talleres y demás. Los esclavos, por descontado, no eran considerados personas ni tratados en la inmensa mayoría de los casos como seres humanos (las consabidas excepciones son, por un lado, los esclavos con una cualificación elevada, dedicados a actividades primordialmente intelectuales –ejemplos: los preceptores de los niños y jóvenes de las familias acomodadas; quienes desempeñaban tareas administrativas al servicio del poder político– y, por otro lado, los esclavos encargados de la vigilancia y supervisión de los esclavos trabajadores de una explotación agrícola, minera o manufacturera –este es el supuesto del villicus romano, capataz en una finca agraria–.). Los esclavos y las esclavas eran «cosas» objeto de la propiedad o dominio privativos de sus amos, aunque esas «cosas» tuvieran rasgos peculiares socialmente (y hasta jurídicamente) reconocidos (en sus varias clasificaciones jurídicas de las «cosas», los romanos llamaban al esclavo instrumentum vocale).
2.- Por lo general, los amos compraban sus esclavos en los mercados de esclavos. Pero la fuente primaria de obtención de esclavos no se encontraba, obviamente, en esos mercados, pues aquéllos ya habían caído en la esclavitud cuando se ofrecían en el mercado a los potenciales compradores. Las sociedades antiguas esclavistas se cimentaban en la idea de la legitimidad de la conversión en esclavos de los enemigos derrotados (y sus familias) o, incluso, de la captura de no ciudadanos con fines esclavizadores en un contexto de conquista militar (proporcionaban también esclavos, si bien en mucha menor medida, la piratería y la institución jurídica de la esclavitud por deudas, hasta su supresión). Por consiguiente, la guerra exterior o de conquista –hoy hablaríamos de guerra imperialista– constituía la fuente primaria por excelencia de la que se nutrían los mercados de esclavos. Esta es la razón por la cual Canfora acuña la expresión «modo de producción bélico» para referirse a los sistemas socioeconómicos propios del mundo griego y romano llamado «clásico» (las últimas grandes guerras de conquista que aportaron ingentes cantidades de esclavos –y oro– fueron, como muy bien explica Canfora, las guerras dácicas del emperador Trajano).
3.- El nexo que establece Canfora entre guerra exterior imperial y economía esclavista en expansión promovía inevitablemente la primera[3]. Por lo tanto, se podría afirmar, siguiendo a Canfora, que la guerra devino una exigencia, o condición sine qua non, para el nacimiento y la reproducción social de la civilización que identificamos con la Grecia y Roma «clásicas» (en suma, del mundo griego, helenístico y romano que va del siglo V a.n.e. al II de nuestra era). Y, de hecho, los grandes cambios que definieron la transición de la Antigüedad «clásica» al mundo altomedieval serían inimaginables sin el acabamiento de las guerras de conquista del Imperio romano y su producto más preciado: las grandes masas de esclavos[4].
4.- Vista la abundancia de esclavos a lo largo de los siglos mencionados y su fácil reposición, no debe extrañar que sus condiciones de vida, con las salvedades hechas en el punto 1, resultaran deplorables, misérrimas y hasta deletéreas. Los esclavos malvivían hacinados en una especie de grandes establos, se les mantenía separados según su sexo y no se les permitía formar una familia o, tan siquiera, tener una pareja estable (de todos modos, difícilmente podrían hacer todo eso, ya que el modus vivendi impuesto por sus amos lo impedía). El sistema esclavista antiguo (como el moderno: consúltese la detalladísima monografía de Hugh Thomas acerca de este tema) se sostenía en la coerción física permanente ejercida sobre los esclavos por los amos a través de los capataces o villici. El abastecimiento aparentemente inagotable y las concepciones y convenciones sociales entonces hegemónicas hacían que los dueños de esclavos se preocupasen muy poco del estado físico y mental o del rendimiento individual de sus posesiones humanas. Naturalmente, todo esto cambió cuando la esclavitud estilo gran plantación pasó a ser un aspecto cada vez más marginal del sistema productivo –volvería a renacer en los siglos XVII a XIX– y su peso recayó sobre las espaldas de los colonos adscripticios a partir del siglo III y IV, predecesores de los medievales siervos de la gleba. Pero este es un asunto del que ya no se ocupa Canfora.
5.- La actitud de los esclavos no privilegiados hacia su estado no fue pasiva. No obstante el régimen de terror –vigilancia constante y atroces castigos– y las durísimas condiciones laborales a que se veían sometidos (o, más bien, precisamente a causa de todo ello), las rebeliones colectivas de esclavos fueron un fenómeno recurrente en la Grecia del siglo V a. n. e. y en la república romana tardía, época en que el modo esclavista de producción o, en palabras de Canfora, el «modo de producción bélico», llegó a su cenit. Destacan las rebeliones sicilianas de esclavos del siglo II a. n. e. y, cómo no, la celebérrima rebelión liderada por Espartaco en 73-72 a. n. e. Se debe recordar que los rebeldes no cuestionaban la institución misma de la esclavitud, como tampoco lo hicieron, salvo contadas excepciones, los intelectuales griegos y romanos; únicamente perseguían librarse de su esclavitud y regresar a sus lugares de origen o formar entidades políticas independientes para defenderse de quienes intentaban devolverlos a su anterior condición servil o masacrarlos[5]. Al menos, esa es la communis opinio historiográfica.
6.- El régimen político de las sociedades esclavistas, su carácter democrático, oligárquico o monárquico, no tenía la menor relevancia para el esclavo. Puesto que carecía del status de ciudadano y no pasaba de ser un mero medio de producción, su trato apenas variaba según el tipo de organización política de la sociedad que los oprimía. Más aún: en contra de lo que cabría suponer y tal vez por el hecho de que el otrora exceso de oferta de esclavos estaba menguando ostensiblemente con el final de las guerras de expansión imperial, los gobernantes romanos de los siglos I y II de nuestra era, monarcas en todo menos en el nombre, manifestaron una mayor sensibilidad hacia la suerte de los esclavos y su trato que la precedente oligarquía republicana romana.
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A modo de conclusión de esta reseña-comentario, me permito formular la paradoja o contraste que, a mi juicio, es lícito sugerir entre el altísimo nivel cultural alcanzado en la Antigüedad «clásica», representado por su filosofía, su arte y su arquitectura y la circunstancia de que la civilización grecorromana portadora de tantos logros dependiera de las terribles experiencias sociales de la guerra y la esclavitud para seguir adelante. Pero constatar o admitir esa paradoja o contraste no ha de ser tomado como una incitación a dejar de admirar las realizaciones de esa civilización, aprender de ellas o estudiarlas. A fin de cuentas, nos maravillamos, con razón, de muchos de los progresos de la tecnociencia contemporánea e insistimos en su valor intrínseco indiscutible, lo cual no nos impide detectar la acelerada «brutalización» o «barbarización» que nos rodea, debida en buena medida justamente a la instrumentalización ilegítima de los avances científicos y tecnológicos por los grandes poderes políticos y empresariales del siglo XXI.
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Es obligado dar noticia de la reimpresión el año pasado de su obra maestra: su genial biografía de Julio César (en el sello editorial Ariel), aunque nuestro autor sea conocido, sobre todo, por su ensayo Democracia. Historia de una ideología). ↑
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Denominación convencional historiográfica del período comprendido entre las últimas décadas del siglo I a. n. e. y la toma del poder por Diocleciano en el último cuarto del siglo III. Se deriva de princeps, uno de los títulos supuestamente honoríficos que se hizo atribuir Augusto. También se le conoce como Alto Imperio romano. ↑
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Este nexo no es, desde luego, un invento de Canfora. Fue ya teorizado en el siglo XIX por Marx y por Weber (se recomienda vivamente la lectura del texto de este último que recoge una de sus conferencias más conocidas: Fundamentos sociales de la decadencia de la cultura antigua, publicada como artículo académico en 1896). ↑
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Período transitorio al cual la historiografía actual alude con los términos «Antigüedad Tardía». ↑
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Euno, líder de una sublevación servil en Sicilia, estableció con sus seguidores un reino en la isla en la década de los treinta del siglo II a. n. e. ↑