DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. Elecciones en Bangladesh.
2. Venezuela en el marco del imperialismo.
3. La cuestión palestina en Túnez.
4. El asesinato del hijo de Gadafi.
5. Tricontinental sobre economía política.
6. Crítica al industrialismo de izquierda.
7. El fascismo hoy (5).
8. Dossier MEGA2 (5).
1. Elecciones en Bangladesh.
Muy interesante el artículo de Prashad y Candra sobre Bangladesh. Al final resultará que las revoluciones de la Generación Z es otra forma de llamar a las revoluciones de colores.
Bangladesh en la encrucijada: las elecciones y el futuro del octavo país más grande del mundo
La mayoría absoluta del BNP no es tanto un veredicto democrático como el resultado previsto de un proceso de ingeniería política de dos años.
February 13, 2026 by Vijay Prashad, Atul Chandra

El presidente del Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP), Tarique Rahman, con el líder interino Muhammad Yunus. Foto: BNP
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El Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP) obtuvo una victoria aplastante en las elecciones del 12 de febrero de 2026, asegurándose 212 de los 300 escaños parlamentarios. Esta victoria no representa simplemente un cambio de gobierno. Es la culminación de un proceso político que no comenzó con la ira espontánea de los estudiantes en las calles de Daca en 2024, sino mucho antes, en los cálculos estratégicos de sectores de la oligarquía bangladesí y sus patrocinadores en el Norte Global. La Liga Awami, que había sido derrocada en 2024, fue excluida de las elecciones. Los dos bloques principales procedían de la derecha. Solo siete mujeres ocuparán escaños en el parlamento de 350. Solo ganó un candidato explícitamente de izquierda (Zonayed Saki).
Para entender lo que ha sucedido en Bangladés, deben situar esta transición en el contexto más amplio de la creación de una nueva geografía política en el sur y el este de Asia. Los Estados Unidos, que ha tratado de reafirmar su control sobre el hemisferio occidental, está intentando con todos sus instrumentos impedir el crecimiento de la soberanía también en África y Asia. La transición de Bangladesh forma parte de ese proceso.
La política estadounidense no se basa en castillos de arena. El levantamiento que derrocó al Gobierno de Sheikh Hasina en 2024 fue real. Según la Encuesta de Población Activa (EPA) realizada por la Oficina de Estadística de Bangladesh (BBS) en 2024, hay un número significativo de jóvenes desempleados con títulos universitarios en Bangladesh. El desempleo juvenil entre los graduados es del 13,5%, el empleo informal representa más del 84% de la población activa, el peso asfixiante de la Ley de Seguridad Digital y la represión política sistemática: estas son las contradicciones estructurales producidas por el modelo de crecimiento dependiente de las exportaciones de Bangladesh. Pero la existencia de agravios y la operatividad política de esos agravios son dos cuestiones totalmente diferentes. La historia de la injerencia política extranjera, desde Georgia y Ucrania hasta Egipto, enseña una lección constante: el hiperimperialismo estadounidense no fabrica el descontento de la nada, sino que identifica las líneas de fractura existentes, financia y canaliza los movimientos de oposición y orquesta la escalada desde las demandas de reforma hasta el cambio de régimen en momentos de oportunidad estratégica.
Bangladesh en 2024 siguió este manual con sorprendente fidelidad. Las protestas por las cuotas se intensificaron hasta convertirse en un rechazo total al Gobierno de Hasina con una rapidez y coordinación que no se puede explicar solo con un levantamiento democrático espontáneo. Como se ha argumentado anteriormente, el patrón refleja el de Egipto en 2011: sufrimiento real, pero una trayectoria política moldeada por fuerzas muy alejadas de las calles.
La decisión del establishment militar y de inteligencia de facilitar, en lugar de reprimir, la salida de Hasina es el mecanismo estatal clásico a través del cual se consuman las intervenciones impulsadas desde el exterior. Cuando el aparato de seguridad decide no defender al gobierno en funciones, es porque ya se ha tomado la decisión, a menudo en coordinación con potencias externas, de que el régimen existente ha dejado de ser útil. La principal ofensa de la Liga Awami, desde la perspectiva de Washington, no era su autoritarismo, sino su autonomía estratégica: su equilibrio entre Pekín y Washington, su aceptación de la inversión china en infraestructuras y su resistencia a la plena integración en la arquitectura indopacífica liderada por los Estados Unidos. El autoritarismo de los aliados de los Estados Unidos, desde Arabia Saudí hasta Filipinas bajo Marcos, no provoca tal transformación. Es la soberanía, y no la represión, lo que desencadena el manual intervencionista.
Muhammad Yunus y el hecho consumado neoliberal
El Gobierno interino encabezado por el premio Nobel Muhammad Yunus no fue un gobierno pasivo. Al igual que Mohamed ElBaradei en Egipto, también ganador del Premio Nobel, Yunus era la cara internacionalmente aceptable de una transición cuyo contenido estaba determinado por fuerzas mucho menos visibles. Pero, a diferencia de ElBaradei, Yunus tenía profundas relaciones con las instituciones financieras del Norte Global, además de su red mundial de microfinanzas, para implementar un programa económico integral antes de que se emitiera un solo voto.
La pieza central era un paquete del FMI de 6400 millones de dólares con las condiciones habituales: eliminación de los subsidios a los combustibles, endurecimiento monetario, “reestructuración” del sector bancario y consolidación fiscal. La deuda externa de Bangladesh, que ya superaba los 100.000 millones de dólares, se aprovechó aún más para imponer el cumplimiento de un programa que beneficiaba a los acreedores internacionales y a las élites financieras nacionales. A pesar de su reputación de “banquero de los pobres”, Yunus supervisó el estancamiento de los salarios reales en el sector textil, mientras que la inflación se acercaba al 9%. Para aproximadamente cuatro millones de trabajadores textiles, en su mayoría mujeres, la transición democrática se midió en términos de pérdida de poder adquisitivo.
Así es como estas transformaciones dan sus verdaderos frutos: no a través del cambio de régimen en sí, sino mediante la reestructuración del terreno económico durante la “transición”, asegurando que quien gane las elecciones posteriores herede un hecho consumado. El 12 de febrero, los parámetros de la política económica ya estaban fijados. La democracia se redujo a elegir qué facción administraría la austeridad.
El BNP, la recompensa estratégica de Washington y la fractura del panorama político de Bangladesh
La mayoría absoluta del BNP no es tanto un veredicto democrático como el resultado previsto de un proceso de ingeniería política de dos años. Para Washington, Bangladesh es un nodo crítico en la geografía de contención que se está construyendo alrededor de China, que une el océano Índico con los puntos estratégicos marítimos del sudeste asiático. Bajo el mandato de Hasina, Bangladesh aceptó la inversión en infraestructura china en proyectos como el puerto de aguas profundas de Payra, al tiempo que resistió la presión sobre las bases militares y la alineación dentro del marco adyacente al Quad. El BNP, arraigado en el establishment militar-burocrático más que en la tradición secular-nacionalista de la Liga Awami, se ha mostrado históricamente receptivo a las preferencias de los Estados Unidos en materia de liberalización del mercado y cooperación en materia de seguridad. Su regreso señala el reajuste estratégico que se pretendía lograr con todo el proceso: una integración más profunda en los marcos liderados por los Estados Unidos, un enfriamiento de las relaciones con Pekín y una postura permisiva hacia las condiciones financieras occidentales que Yunus ya había fijado.
Para el sur de Asia, las implicaciones son graves. Un Bangladesh orientado hacia Washington debilita la cooperación regional autónoma, socava el espacio para el desarrollo no alineado que el BRICS y otras plataformas multilaterales han tratado de construir e introduce una nueva inestabilidad en un subcontinente ya fracturado.
Sin embargo, el panorama interno que ha producido esta transición planificada es más volátil de lo que probablemente pretendían sus artífices. A diferencia de la época 2001-2006, el BNP y Jamaat-e-Islami se disputaron las elecciones como rivales acérrimos. Jamaat lideró su propia Alianza de 11 Partidos, ganando 77 escaños, con una campaña marcada por la hostilidad abierta y los enfrentamientos directos entre el BNP y Jamaat en circunscripciones como Dhaka-3. La ruptura tiene una consecuencia sin precedentes en la historia: Jamaat-e-Islami ocupa ahora la posición de principal oposición, un estatus que nunca había tenido en la historia de Bangladesh. La alianza con el Partido Nacional de los Ciudadanos, el grupo liderado por los estudiantes de 2024, confiere a Jamaat una legitimidad extraordinaria.
El Jamaat es un partido cuya dirección estuvo implicada en la colaboración con el ejército pakistaní durante la Guerra de Liberación de 1971 y cuyas figuras más destacadas fueron condenadas por crímenes de guerra. Liberado de las limitaciones de la coalición, el Jamaat puede ahora construir una influencia hegemónica en las universidades, las asociaciones profesionales y la sociedad civil desde los escaños de la oposición, estableciendo términos ideológicos sin asumir la responsabilidad gubernamental. Se trata de una posición ventajosa para la transformación social a largo plazo.
La dimensión más trágica es lo que ocurrió con las fuerzas instrumentalizadas para hacer posible la transformación de 2024. El Partido Nacional Ciudadano, el ala política del movimiento de protesta de la generación Z, no logró traducir el poder de la calle en resultados electorales. Muchos líderes estudiantiles, entre ellos figuras como Nahid Islam, se alinearon con la Alianza de 11 Partidos de Jamaat en lugar de con el BNP, al considerar a este último como un partido dinástico más. El resultado: los jóvenes revolucionarios que derrocaron un régimen acabaron en un bando con islamistas radicales, unidos únicamente por su oposición al “regreso a la normalidad” del BNP. La lógica estructural refleja exactamente la de Egipto: sin una izquierda organizada con un programa de clase coherente, la energía popular es capturada por la fuerza que más eficazmente se presenta como antisistema. Mientras tanto, han continuado las detenciones selectivas de miembros de la Liga Awami y de fuerzas de izquierda aliadas, incluido el Partido de los Trabajadores de Bangladesh; se han cerrado medios de comunicación y se ha acusado a los opositores de delitos graves. Los guardianes de la represión cambian; la represión en sí misma es una característica estructural del Estado.
Bangladesh se enfrenta ahora a una crisis agravada: un gobierno del BNP que aplica la austeridad impuesta por el FMI con un poder parlamentario sin control; un Jamaat que construye una influencia hegemónica con un reconocimiento institucional sin precedentes; una generación traicionada dispersa en vehículos políticos incompatibles; y una economía preconfigurada por la consolidación neoliberal sin espacio fiscal para la redistribución. El Indo-Pacífico se está reorganizando mediante la ingeniería política de las orientaciones estatales. Bangladesh es el último territorio en incorporarse a esta nueva geografía. La tarea de las fuerzas de la solidaridad laboral y antiimperialista no es solo documentar lo que se ha hecho, sino organizar la respuesta.
Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Washington Bullets, Red Star Over the Third World, The Darker Nations: A People’s History of the Third World, The Poorer Nations: A Possible History of the Global South y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito junto con Grieve Chelwa. Es director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter y editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha aparecido en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).
Atul Chandra es coordinador para Asia de Tricontinental: Instituto de Investigación Social.
Este artículo ha sido elaborado por Globetrotter.
2. Venezuela en el marco del imperialismo.
El análisis de Alejo Pegregal sobre el ataque imperialista a Venezuela
El manual completo del imperialismo en Venezuela: una nota urgente para comprender el asedio imperial en curso
12 de enero de 2026
El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, a manos del imperialismo estadounidense marca una nueva y extremadamente grave escalada en la agresión sostenida contra la soberanía de Venezuela. Lejos de ser un hecho aislado o excepcional, este episodio forma parte de una ofensiva prolongada que combina la guerra económica y financiera, la deslegitimación política, la coacción militar y la producción de consenso mediático y hegemonía cultural. Ante la confusión informativa, la propaganda y la proliferación de narrativas especulativas, este artículo propone un marco analítico para comprender la lógica estructural del imperialismo contemporáneo y situar este ataque en el contexto del asedio al que ha estado sometida Venezuela durante décadas.
El imperialismo y el sistema mundial capitalista: un marco analítico
Desde la perspectiva del análisis de los sistemas mundiales, el capitalismo no se entiende como un conjunto de economías nacionales aisladas, sino como una totalidad histórica estructurada por relaciones jerárquicas de dominación y dependencia, articuladas a través del intercambio desigual. En este marco, el imperialismo no es una distorsión temporal ni el resultado excepcional de crisis o guerras específicas, sino más bien una dimensión constitutiva del sistema mundial capitalista, inseparable de su lógica histórica de expansión y su necesidad permanente de acumulación a escala global.
El imperialismo puede definirse, por tanto, como el modo jerárquico a través del cual se organizan la captura, la transferencia y la apropiación de valor en todo el mundo. Este proceso se basa en la subordinación estructural de algunas sociedades a otras dentro de una división internacional de la producción y el trabajo que separa a los países que no retienen el valor que producen de aquellos que lo capturan y concentran a través del intercambio desigual. Esta jerarquía configura los polos clásicos del sistema —núcleo y periferia, o Norte Global y Sur Global— así como los espacios semiperiféricos intermedios, donde coexisten dinámicas contradictorias de apropiación y dependencia. El imperialismo, en este sentido, segrega y ordena el mundo para garantizar la acumulación de capital, basándose en la extracción barata de mano de obra, bienes materiales y energía, y en la externalización sistemática de los costes a la periferia.
Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo funciona como un sistema integrado que articula diferentes esferas de la vida social. La dominación económica —basada en el control de los flujos de valor, la deuda, las sanciones o el acceso a los mercados— se ve reforzada por instrumentos políticos y diplomáticos, por la amenaza o el uso efectivo de la coacción militar y por formas de hegemonía cultural y mediática que ayudan a legitimar el orden existente en el imaginario social. Estas esferas no funcionan de forma aislada, sino que se combinan y se refuerzan mutuamente a través de diversos grados de coacción y consentimiento, buscando un equilibrio que permita naturalizar la subordinación imperial y normalizar la captura de valor como algo inevitable o incluso deseable.
La participación activa de los Estados es fundamental en esta arquitectura de dominación. A través de marcos legales, acuerdos internacionales, mecanismos diplomáticos y, cuando es necesario, el uso de la fuerza militar, se crean las condiciones para que las empresas transnacionales y las entidades financieras concentren la mayor parte de los beneficios del comercio mundial. En este contexto, es posible hablar de Estados imperialistas, situados principalmente en el núcleo del sistema mundial capitalista, en contraposición a otros Estados cuya posición estructural es de dependencia, independientemente de sus proyectos políticos internos o sus aspiraciones de desarrollo. Las diferentes fases históricas del imperialismo —colonial, neocolonial y neoliberal— muestran continuidades y rupturas en estas formas de dominación, generalmente asociadas a períodos de hegemonía de potencias específicas, con Estados Unidos como actor central del imperialismo contemporáneo.
Este marco permite analizar el caso venezolano no como una anomalía ni como un conflicto estrictamente interno, sino como una expresión concreta de las tensiones del sistema mundial capitalista y de las formas contemporáneas de agresión imperialista. Las dinámicas económicas, políticas, diplomáticas, mediáticas, culturales y militares que han configurado a Venezuela en las últimas décadas —y que han culminado en la intervención militar abierta de los últimos días, en violación del derecho internacional— solo pueden entenderse plenamente cuando se sitúan dentro de esta lógica estructural de dominación, captura de valor y disciplina de la periferia.
Venezuela en las engranajes del imperialismo contemporáneo
Situar el caso venezolano en el marco del sistema mundial capitalista requiere abandonar las explicaciones excepcionalistas o moralizantes y entenderlo como una expresión concreta de la dinámica estructural del imperialismo contemporáneo. Lejos de ser un mero conflicto bilateral, un «fracaso interno» o una supuesta «deriva autoritaria», la agresión sostenida contra Venezuela debe interpretarse como parte de un proceso de disciplina de la periferia en un contexto de crisis, reconfiguración geopolítica y declive relativo de la hegemonía estadounidense.
Desde el inicio del proceso bolivariano, la soberanía venezolana se convirtió en blanco de una confrontación sostenida por parte del imperialismo estadounidense y sus aliados regionales. Ya durante la presidencia de Hugo Chávez (1999-2013), esta ofensiva adoptó múltiples formas que presagiaban los mecanismos desplegados hoy contra Venezuela. El golpe de Estado de abril de 2002, respaldado por los sectores empresarial, mediático y militar y legitimado de facto por Washington, marcó un punto de inflexión, seguido meses más tarde por la huelga petrolera de 2002-2003, un acto de sabotaje económico destinado a paralizar PDVSA y asfixiar al Estado venezolano. Estos episodios estuvieron acompañados de operaciones de desestabilización política y financiera, como la financiación de la oposición a través de agencias estadounidenses (USAID y NED), la presión internacional durante el referéndum revocatorio de 2004 y la detección de complots paramilitares vinculados a Colombia, como la llamada Operación Daktari en 2004.
Estos acontecimientos también se desarrollaron en un entorno regional cada vez más militarizado, marcado por la expansión de la presencia estadounidense en Colombia y la realización de ejercicios militares que simulaban escenarios de intervención en Venezuela, incluido el precedente de la Operación Balboa en 2001, dirigida por España en coordinación con Colombia, Panamá y Estados Unidos. Paralelamente, se consolidó una guerra mediática internacional destinada a erosionar la legitimidad del gobierno bolivariano y preparar el terreno simbólico para formas más abiertas de fuerza. Lejos de ser incidentes aislados, estos precedentes revelan una estrategia prolongada de injerencia que combina presión económica, conspiración política, amenaza militar y disciplina discursiva, que continúa —a través de medios más radicalizados— en la fase actual de agresión imperialista contra Venezuela.
Así, en las últimas décadas —y con especial intensidad desde mediados de la década de 2010—, Venezuela ha sido objeto de una estrategia de dominación multifacética y cada vez más intensa, que combina sanciones económicas, estrangulamiento financiero, deslegitimación diplomática, operaciones de desestabilización política, amenazas militares, acciones encubiertas y una intensa guerra mediática y cultural. Esta articulación de instrumentos se corresponde claramente con los mecanismos imperialistas descritos anteriormente: un equilibrio relativo entre la coacción y el consentimiento destinado a forzar un cambio de régimen con el fin de imponer la sumisión del país a los circuitos globales de acumulación de capital.
El eje económico ha sido fundamental en esta ofensiva. Tras la desestabilización interna causada por las guarimbas de 2014, acompañadas de un aumento de la financiación directa de Estados Unidos a la oposición, las sanciones unilaterales de Estados Unidos, ilegales según el derecho internacional, se intensificaron a partir de 2015 y se volvieron cualitativamente más agresivas en 2017 y 2019. Estas sanciones no solo castigaron severamente la capacidad del Estado venezolano para comerciar, financiarse y sostener las políticas públicas, sino que también funcionaron como un mecanismo de guerra económica destinado a erosionar las condiciones materiales de la reproducción social. Las sanciones financieras impuestas en 2017 bloquearon el acceso a los mercados crediticios internacionales e impidieron la refinanciación de la deuda, mientras que el embargo petrolero de facto impuesto a PDVSA en 2019 —junto con la confiscación de activos estratégicos en el extranjero— profundizó el colapso de los ingresos públicos y la capacidad de importación del país.
Las consecuencias materiales de este estrangulamiento han sido ampliamente documentadas. Estudios del Centro de Investigación Económica y Política (CEPR) estimaron que las sanciones contribuyeron a 40 000 muertes evitables solo entre 2017 y 2018, al restringir el acceso a alimentos, medicamentos, suministros hospitalarios y servicios básicos, mientras que otros estudios elevaron la cifra a más de 100 000 para 2020. Los informes de las agencias de las Naciones Unidas han documentado el deterioro sostenido de los indicadores de salud, nutrición y mortalidad infantil y materna en el contexto de un colapso económico inducido. En 2018, un funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos reconoció abiertamente el objetivo de esta política, afirmando que las sanciones habían obligado a Venezuela a incurrir en impago y que el «colapso total» era la prueba de que la estrategia estaba funcionando.
Este proceso de asfixia económica ha ido acompañado de un despojo financiero directo, en el que han participado activamente instituciones de países centrales. El caso del oro venezolano retenido por el Banco de Inglaterra es particularmente ilustrativo. Con el argumento de «no saber quién es el gobierno legítimo», el Reino Unido se negó a devolver las reservas soberanas pertenecientes al Estado venezolano, incluso durante la emergencia del COVID. Paralelamente, se congelaron en el extranjero activos estatales por valor de decenas de miles de millones de dólares y se sometió a control judicial en Estados Unidos a empresas estratégicas como Citgo, privando al país de recursos fundamentales.
Este eje económico se articuló con una ofensiva política y diplomática destinada a negar la soberanía venezolana en la escena internacional. Tras el no reconocimiento de las elecciones presidenciales de 2018, en enero de 2019 Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados reconocieron inmediatamente a Juan Guaidó como autoridad paralela, a pesar de que ni siquiera se había presentado a las elecciones presidenciales. Un mes más tarde se produjo un intento de incursión desde la frontera colombiana con el pretexto de la «ayuda humanitaria». Estos episodios pusieron de relieve el papel desempeñado por los gobiernos, las organizaciones multilaterales y las alianzas regionales en la construcción de un consenso internacional para el cambio de régimen y la intervención, normalizando una interpretación notablemente elástica del derecho internacional en favor de los intereses hegemónicos.
Cuando estas herramientas no dieron los resultados deseados, la lógica imperial recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018, se produjo un intento de asesinato del presidente Nicolás Maduro mediante drones explosivos. En los años siguientes, se intensificaron los despliegues navales estadounidenses en el Caribe, incluidas incursiones mercenarias como la Operación Gedeón en mayo de 2020 y recientes operaciones de interdicción con el pretexto de la «guerra contra las drogas», que han dado lugar al asesinato extrajudicial, sin pruebas, de más de un centenar de personas, muchas de las cuales se sabe que eran simples pescadores artesanales. En este contexto, la designación del fentanilo como «arma de destrucción masiva» o la criminalización del Estado venezolano a través de narrativas como la del llamado Cartel de los Soles sirvieron para construir un marco moral que legitimara la violencia imperial ante la opinión pública. Es revelador que esta última acusación fuera retirada una vez que comenzaron las audiencias judiciales contra Maduro, lo que puso de manifiesto su carácter instrumental y propagandístico.
Por supuesto, este aparato coercitivo no se sustenta únicamente en la fuerza. La producción de consenso ha sido igualmente crucial. Esto ha implicado la promoción internacional de los líderes de la oposición y mecanismos simbólicos de legitimación a través de premios institucionales, que van desde el Premio Sájarov de la Unión Europea a figuras de extrema derecha como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, hasta el Premio Nobel otorgado a la primera, o el ridículo Premio de la Paz de la FIFA otorgado a Donald Trump. Esto ha ido acompañado de una cobertura mediática sistemáticamente sesgada, con la repetición acrítica de términos como «dictador», «tirano», «autárquico» o «régimen» en los medios de comunicación convencionales, sensacionalistas e incluso deportivos, lo que constituye una estrategia cultural destinada a naturalizar la intervención y presentar el cambio de régimen como una causa deseable, humanitaria o incluso pacífica. Al igual que en otros escenarios históricos, la hegemonía cultural funciona aquí como un complemento indispensable de la coacción financiera y militar, convirtiendo la agresión en un componente central del sentido común político.
Sin embargo, detrás de esta ofensiva no solo se esconde una voluntad abstracta de disciplinar, castigar o dominar. Venezuela ocupa un lugar estratégico en la geografía material del capitalismo global, sobre todo por sus reservas energéticas. Aunque el petróleo venezolano es ultrapesado y costoso de refinar, su relevancia no puede evaluarse fuera de la configuración actual del mercado energético mundial. Venezuela posee una de las mayores reservas probadas de crudo del mundo —alrededor de 300 000 millones de barriles, principalmente en la Faja del Orinoco—, un volumen comparable o incluso superior al de grandes productores como Arabia Saudí o Irán, aunque en condiciones geológicas y técnicas complejas. La fuerte caída de la producción —actualmente entre 900 000 y 1,1 millones de barriles diarios, frente a los máximos históricos de más de 3 millones— refleja el impacto de las sanciones a través del estrangulamiento financiero y el consiguiente deterioro deliberado de la inversión y las infraestructuras.
En este contexto, el crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría ayudar a compensar las limitaciones del petróleo de esquisto ultraligero de Estados Unidos, que se estima insuficiente por sí solo para satisfacer la demanda de diesel y otros destilados medios. Además, el petróleo venezolano se adapta a la capacidad instalada de las principales refinerías del Golfo de México, que están diseñadas específicamente para procesar crudos densos y con alto contenido de azufre. A esto se suma un importante factor logístico: la proximidad geográfica —entre 1500 y 2000 millas náuticas, frente a las 8000-10 000 del Oriente Medio— reduce los costes de transporte (y, por tanto, los costes de utilización del crudo) y la exposición a puntos estratégicos como Ormuz, Suez o Bab el-Mandeb, en un contexto de creciente inestabilidad mundial. Esta combinación de reservas, calidad del crudo, infraestructura de refinación y geografía explica por qué el control territorial y logístico del petróleo venezolano, aunque no es el único factor, sigue siendo un elemento significativo en las disputas geoeconómicas contemporáneas, más allá de las narrativas coyunturales utilizadas para justificar la agresión. Además, el control de estos recursos no solo tiene implicaciones energéticas, sino también financieras y monetarias, como parte de una estrategia destinada a reforzar el papel del dólar en el comercio internacional de energía con el fin de apuntalar un orden hegemónico en crisis.
En este sentido, Venezuela aparece como un lugar clave dentro de una retirada táctica más amplia de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (incluidos los esfuerzos por disciplinar a la Unión Europea, el Reino Unido, Japón y Corea del Sur), en un momento de transformación global, combustión y disputa estratégica. No se trata simplemente de renovar la Doctrina Monroe a través del «Corolario Trump» para reafirmar el antiguo «patio trasero» —como los imperialistas estadounidenses se refieren despectivamente a América Latina—, sino de consolidar posiciones frente a posibles competidores sistémicos, al tiempo que se refuerzan las dependencias y se liberan recursos para el eje central de la confrontación geopolítica contemporánea. Lejos de ser marginal, el caso venezolano se encuentra así en el centro de las contradicciones del imperialismo en su fase actual, ya que el núcleo percibe que ha perdido el control hegemónico sobre el resto del mundo.
Hechos frente a conspiraciones: la obligación estratégica de la información frente a la confusión de los medios imperiales
El análisis realizado hasta ahora permite llegar a una conclusión fundamental: sin herramientas de análisis estructural, las agresiones imperialistas parecen acontecimientos confusos, excepcionales o incluso inexplicables, a veces atribuidos a actitudes megalómanas o arrebatos psicóticos. En realidad, responden a patrones históricos bien conocidos. Entender el imperialismo como un sistema, en lugar de como una serie de excesos, errores o conspiraciones aisladas, no es un ejercicio intelectual abstracto, sino una necesidad política para identificar al agresor, nombrar la violencia y articular respuestas colectivas.
En contextos de crisis, incertidumbre y desinformación, esta tarea se vuelve aún más urgente. La ofensiva imperialista no se libra únicamente en los frentes económico, diplomático o militar, sino también en el campo de la producción de conocimiento. Lo que circula masivamente en esos momentos no es información neutral, sino, en el mejor de los casos, propaganda: narrativas diseñadas para desorientar, fragmentar, sembrar sospechas y desviar la atención de los hechos verificables hacia un pantano de especulaciones permanentes. El ejemplo más reciente ha sido el intento de sugerir que la exvicepresidenta —y ahora presidenta en funciones— Delcy Rodríguez traicionó a Nicolás Maduro. Sin pruebas, sin datos, sin nada, esta acusación ha impregnado los debates dentro de parte de una supuesta izquierda en las redes sociales que, a merced de los algoritmos, ni siquiera se ha atrevido a cuestionar el origen de la afirmación, a pesar de su amplia propagación por parte del propio Donald Trump, los servicios de inteligencia estadounidenses y los medios de comunicación con sede en Miami. Esto demuestra que cuanto mayor es la capacidad de difusión mediática de la hegemonía, más eficaz resulta su estrategia de desinformación y confusión.
La especulación sin pruebas, la amplificación acrítica de narrativas fabricadas en centros de poder hostiles y la obsesión por tramas opacas acaban favoreciendo a los intereses imperiales, debilitando la capacidad de denuncia, erosionando la confianza política y fragmentando a quienes deberían estar construyendo respuestas comunes. Donde se necesita claridad, unidad y fuerza, se introduce confusión, sospecha y parálisis. No se trata de negar la complejidad o de cerrar el debate, sino de poner en cuarentena las narrativas que claramente sirven a los intereses imperiales y de negarse a convertir la incertidumbre en un mercado de rumores. La historia del imperialismo demuestra que su mayor eficacia radica no solo en la violencia que ejerce, sino en su capacidad para desarmar políticamente a sus adversarios, incluso desde posiciones que se dicen críticas o de izquierda.
De hecho, ante una agresión imperialista que hace solo unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy en día vemos con demasiada frecuencia cómo el análisis se sustituye por teorías conspirativas recicladas, que a menudo provienen, como hemos visto, de los mismos medios de comunicación y aparatos de inteligencia que históricamente han impulsado campañas de desestabilización contra Venezuela y otros países del Sur Global. En este contexto, recuperar el análisis materialista, prestar atención a las estructuras, identificar los intereses en juego y mantener una crítica basada en hechos verificables no es una opción entre muchas, sino una obligación estratégica. En un mundo marcado por una crisis sistémica extraordinaria y la consiguiente intensificación de la agresión imperialista, el rigor intelectual y la disciplina no son lujos, sino formas de resistencia activa y condiciones indispensables para reconstruir la solidaridad internacional y la acción colectiva frente a agresiones como las que estamos viviendo actualmente.
Por esta razón, es necesario centrarse en los hechos que conocemos: sanciones, saqueo de activos, amenazas militares, operaciones encubiertas, violencia económica sistemática y, por supuesto, el secuestro del presidente constitucional y su esposa en violación del derecho internacional, en un momento en que cada vez está más claro que dicho derecho solo ha funcionado mientras ha servido al control global del hegemónico. Es a través de estos hechos corroborados que evitamos el lodazal de las opiniones infundadas y podemos centrarnos en lo que es esencial en este momento: denunciar la flagrante violación de la soberanía de Venezuela por parte de Estados Unidos, exponer la amenaza que esto supone para el resto del mundo y, en consecuencia, exigir la liberación inmediata de los ciudadanos venezolanos Nicolás Maduro y Cilia Flores.
Alejandro Pedregal, @AlejoPedregal, @alejopedregal.bsky.social
3. La cuestión palestina en Túnez.
El artículo liberado esta semana en Monthly Review va de Túnez, su izquierda, y Palestina. Ya había salido en Contratemps, pero no os lo había enviado entonces.
La cuestión palestina como marco para un siglo de movilización tunecina
por Hèla Yousfi
Hèla Yousfi es profesora asociada en la Universidad PSL-Dauphine. Es autora de Sindicatos y revoluciones árabes: el caso tunecino de la UGTT (Routledge Research in Employment Relations, 2017).
Este artículo se publicó por primera vez en francés: «La Palestine, matrice d’un siècle de mobilisations en Tunisie», Contretemps, 2 de octubre de 2025, contretemps.eu.
En septiembre de 2025, Túnez fue escenario de un acontecimiento de considerable importancia simbólica y política: la salida de la flotilla Global Sumud hacia Gaza desde los puertos de Sidi Bou Said y Bizerta. Con el apoyo de una amplia coalición de activistas, sindicatos, asociaciones y ciudadanos tunecinos, esta iniciativa internacional tenía como objetivo romper el bloqueo impuesto por Israel a la Franja de Gaza desde 2007, llamar la atención de la comunidad internacional sobre el genocidio perpetrado por Israel en Palestina y exigir la apertura de un corredor marítimo para la entrega de ayuda humanitaria a Gaza. 1 La movilización popular que ha suscitado en Túnez se expresa en el lema árabe «Resistencia, resistencia, no a la paz, no al compromiso», que se combina con el lema internacionalista «Palestina libre», lo que refleja el entrelazamiento de las movilizaciones tunecinas y la solidaridad transnacional.
Este episodio forma parte de una larga historia: desde la década de 1920, mucho antes de la creación de Israel, la causa palestina ha sido un eje estructurante del compromiso político en Túnez. Lejos de ser una simple muestra de solidaridad, ha sido una palanca para las dinámicas anticolonialistas, un vector de radicalización política y un instrumento de movilización social contra el autoritarismo. Para ilustrarlo, me centraré en tres episodios principales: las movilizaciones pro palestinas de 1920 a 1948 y su resonancia en el movimiento nacional tunecino; la derrota de los ejércitos árabes por parte de Israel en junio de 1967 y cómo esto radicalizó a la izquierda en Túnez y en todo el mundo árabe; y las diversas formas de movilización revolucionaria desde 2011, que han visto resurgir la cuestión de la lucha contra la normalización con Israel.
A través de estas tres secuencias históricas, este artículo analizará cómo la causa palestina ha forjado formas específicas de compromiso en Túnez, desde las movilizaciones de la década de 1920 hasta la dinámica contemporánea. Si bien la cuestión palestina se ha afirmado desde el principio como una cuestión árabe, su centralidad en las diversas movilizaciones en Túnez sirve para recordar el entrelazamiento de las luchas en los diferentes espacios árabes que comparten, más allá de una lengua, una cultura y una historia colectiva, un destino económico y político común.
Palestina y la construcción del nacionalismo tunecino (1920-1955)
Las primeras expresiones de solidaridad tunecina con la causa palestina se remontan a la década de 1920, en relación con las crecientes tensiones en la Palestina bajo mandato británico. Los disturbios de agosto de 1929, conocidos como la revuelta de Buraq, tras un conflicto entre judíos y árabes por el acceso al Muro Occidental de Jerusalén, tuvieron un fuerte eco en Túnez.2 Estas protestas se convirtieron rápidamente en una forma indirecta de denunciar el dominio colonial, al tiempo que reforzaban la cohesión nacional sin una confrontación directa con las autoridades coloniales francesas. La revuelta de Buraq también marcó un punto de inflexión decisivo en la evolución de las relaciones entre judíos y árabes en el Magreb y desempeñó un papel estructurante en la historia del sionismo en la región, así como en el surgimiento del nacionalismo palestino y árabe.3 Estos acontecimientos, combinados con otras dinámicas, contribuyeron al desarrollo de la posición de Túnez hacia el movimiento sionista, presente en Túnez desde 1910.4
Hédi Timoumi destacó cómo esta actividad sionista se institucionalizó a través de redes educativas, culturales y asociativas, a menudo apoyadas por la Alliance Israélite Universelle.5 A este respecto, Chedly Khaïrallah escribió que la teoría sionista tendía a «molestar a varios cientos de miles de correligionarios que solo quieren vivir en paz en sus propios hogares y gobernarse como les parezca conveniente… El sionismo es una doctrina de esclavitud porque su realización impone la esclavitud de varios cientos de miles de musulmanes árabes a un puñado de aventureros financiados por europeos y estadounidenses. Esa es la verdad».6
Los nacionalistas del Magreb, en particular los tunecinos, ya se habían organizado como una fuerza de oposición al dominio colonial francés. El movimiento sindical, que comenzó a principios del siglo XX, percibía el sionismo no solo como un proyecto colonial en Palestina, sino también como una amenaza potencial para el equilibrio comunitario en Túnez.7 Esta percepción se vio reforzada por la proximidad ideológica y política entre el sionismo y las potencias coloniales. Los acontecimientos de agosto de 1929 aumentaron su vigilancia hacia la actividad sionista en Túnez, que contaba con el apoyo de una floreciente prensa judía sionista después de la Primera Guerra Mundial. 8 La participación del político tunecino Abdelaziz Thâalbi en el Congreso Islámico Mundial celebrado en Jerusalén en diciembre de 1931, así como el auge de una prensa nacionalista tunecina en árabe y francés, reflejaron una postura cada vez más firme contra el sionismo, basada tanto en la solidaridad con los palestinos como en la denuncia del sionismo como forma de colonialismo. 9 Las manifestaciones de apoyo a los palestinos y la cancelación de conferencias de propaganda sionista, como la de Fanny Weill en 1932 bajo la presión de activistas nacionalistas de los partidos Destour y Neo-Destour, ilustran esta movilización.10 Estas manifestaciones formaban parte de una estrategia más amplia de resistencia cultural y política contra todas las formas de colonialismo, ya fuera europeo o sionista.
En 1948, varios tunecinos viajaron a Palestina para luchar contra la creación del Estado de Israel junto a los palestinos en las filas del Ejército de Liberación Árabe, compuesto por voluntarios de varios países árabes y organizado bajo los auspicios de la Liga Árabe. Este compromiso formaba parte de una dinámica de solidaridad, alimentada por el rechazo al colonialismo y el auge del nacionalismo árabe.11 Esta guerra fue vista en el mundo árabe como un momento fundacional de la conciencia colectiva anticolonial y panárabe.
La actividad sionista en Túnez, la creación de Israel en 1948 y la Nakba tuvieron como efecto el deterioro de las relaciones entre las comunidades y el alejamiento de un gran número de judíos tunecinos de su entorno árabe-musulmán.12 El reto para los nacionalistas tunecinos de la época era disuadir a las élites judías locales de identificarse plenamente con la nación francesa o el proyecto sionista, haciendo hincapié en la necesidad de una acción conjunta contra la dominación colonial. 13 Algunos de ellos, como Elie Nataf, se pusieron del lado del sionismo o intentaron emigrar, mientras que otros, como Georges Adda y Albert Bessis, buscaron un compromiso político, «adheridos a la ideología comunista y socialista, cuyos principios de no discriminación y lucha contra el imperialismo les permitieron «cristalizar su propia idea de nacionalismo»». 14 Sin embargo, el espacio para la coexistencia pacífica se estaba reduciendo, marginando gradualmente a los judíos tunecinos del programa nacionalista, que era de naturaleza predominantemente musulmana. No obstante, algunos líderes nacionalistas, como Salah Ben Youssef, seguían intentando llamar a la unidad contra el enemigo colonial francés. En un discurso pronunciado en Djerba el 9 de noviembre de 1955, en presencia de representantes judíos, Ben Youssef criticó a sus «hermanos judíos» que «se iban al Este» (es decir, a Israel) «por razones religiosas o sentimentales cuando el país necesitaba su ayuda». «El enemigo común, insistió, es el colonizador francés».15
1967: La Naksa y la radicalización de la izquierda tunecina
La derrota de los ejércitos árabes (Egipto, Siria y Jordania) en 1967 a manos de Israel durante la Guerra de los Seis Días (la Naksa) provocó un terremoto político y un importante cambio ideológico para la izquierda árabe, que puso en tela de juicio la legitimidad del nasserismo y el nacionalismo árabe tradicional encarnado por el Movimiento Nacionalista Árabe y el Partido Baaz. 16 La Naksa reactivó los traumas de la Nakba de 1948, reforzando la sensación de traición por parte de los regímenes árabes tradicionales y alimentando la radicalización de la izquierda, especialmente entre los estudiantes.17 Esta nueva situación también llevó a los partidos comunistas árabes a revisar sus posiciones: cuestionaron su alineamiento con la posición soviética a favor del plan de partición de Palestina, se distanciaron del reconocimiento de Israel y se involucraron más activamente junto a los movimientos de liberación nacional palestinos.
Esta juventud radicalizada adoptó nuevas referencias ideológicas: el maoísmo, el tercermundismo y las teorías de la «guerra de liberación popular» inspiradas en la Revolución Cultural china.18 La «Nueva Izquierda» (al-Yassar al-Jadid) surgió del nacionalismo árabe, pero lo impregnó de un fuerte sesgo marxista-leninista y antiimperialista. Palestina se convirtió en el punto focal de este reajuste ideológico: el marxismo se arabizó y la revolución palestina se consideró la vanguardia de la revolución árabe mundial. Túnez no fue una excepción a esta dinámica. El 6 de junio de 1967, estallaron espontáneamente grandes manifestaciones contra los representantes estadounidenses y británicos, considerados cómplices del sionismo. A ellas se unieron rápidamente los estudiantes miembros de la Unión General de Estudiantes Tunecinos, activistas de izquierda (el movimiento Perspectivas Tunecinas) y activistas nasseristas y panarabistas que denunciaban la alineación de Habib Bourguiba con las potencias occidentales. Estos acontecimientos marcaron la primera brecha seria en el régimen autoritario de Bourguiba y representaron un momento de convergencia entre la izquierda militante y parte de la juventud urbana.19 A esto le siguió una severa represión, que reforzó la brecha entre el régimen y las nuevas generaciones de activistas.
A partir de 1967, el Grupo de Estudio y Acción Socialista de Túnez (GEAST), conocido por su revista Perspectives, se consolidó como la principal fuerza política de oposición en el país. En la conferencia de Argel celebrada en marzo, el grupo aclaró su orientación teórica al adoptar el objetivo estratégico de «unificar a los pueblos árabes mediante una transición victoriosa al socialismo». En septiembre del mismo año, el GEAST rompió con la diversidad ideológica de sus inicios y adoptó oficialmente una línea maoísta. Esta orientación abogaba por la confrontación directa con el poder dominante y tenía como objetivo iniciar una revolución socialista a escala nacional. Esta posición permitió al movimiento distinguirse del Partido Comunista Tunecino, considerado demasiado conciliador con el Partido Comunista Francés y el régimen de Bourguiba. Además, las teorías maoístas ofrecían un modelo de lucha popular basado en la movilización de las masas rurales y la confrontación con el Estado que atraía a la juventud tunecina que se rebelaba contra el autoritarismo del régimen de Bourguiba. Esta influencia condujo a una radicalización de la acción militante y a un claro deseo de vincular la revolución nacional con una profunda transformación social.20
En 1969, el movimiento denominado «Le Travailleur tunisien» tomó el relevo de GEAST, iniciando una nueva etapa en la historia de la izquierda radical tunecina. Surgido de las luchas estudiantiles y las corrientes marxistas revolucionarias, este movimiento buscaba unir el marxismo, el nacionalismo árabe y el maoísmo en un contexto de represión política y agitación ideológica.21 Formaba parte de las luchas antiimperialistas árabes en curso, en particular a través de su compromiso activo con la causa palestina. Varios de sus miembros se unieron a organizaciones palestinas en el Líbano, donde recibieron entrenamiento político y militar, lo que reforzó su compromiso con la lucha armada y la solidaridad transnacional como camino hacia la liberación nacional. Al mismo tiempo, Le Travailleur tunisien adaptó el marxismo a las realidades sociales, culturales y lingüísticas del mundo árabe, iniciando un proceso de «arabización» del pensamiento revolucionario. Esta elección se reflejó, en particular, en el abandono gradual del francés, la lengua dominante en los círculos intelectuales de izquierda, en favor del árabe en las publicaciones y el discurso militante. Le Travailleur tunisien encarnaba así un radicalismo político concebido desde el Sur Global, rompiendo con los modelos eurocéntricos.22
La derrota de 1967 provocó así no solo una decepción generalizada, sino también un auténtico cambio político e ideológico en el mundo árabe, especialmente en Túnez. La juventud radicalizada inventó nuevas formas de compromiso, integrando estrechamente la causa palestina con las luchas sociales y nacionales. Este legado, que influiría considerablemente en los posteriores reajustes políticos, es fundamental para comprender la trayectoria de los movimientos sociales y políticos contemporáneos en Túnez. La solidaridad con Palestina nunca se disocia de las reivindicaciones nacionales y sociales tunecinas: se concibe como una extensión lógica de la lucha contra la dominación económica y la injerencia extranjera.23 No obstante, el ciclo de movilización de la izquierda radical comenzó un declive gradual a partir de finales de la década de 1970. La Revolución Iraní de 1979, al reintroducir la religión como vehículo de protesta política, marcó el comienzo de una nueva fase en la dinámica de la resistencia dentro del mundo árabe y musulmán. Esta tendencia se confirmó con la aparición y consolidación de movimientos islamistas como Hezbolá, Hamás y el Movimiento de Tendencia Islámica (ahora Ennahdha) en Túnez. Estas organizaciones retomaron parte del discurso antiimperialista históricamente defendido por los movimientos marxistas.24 Este fenómeno contribuyó a redefinir los contornos de la oposición política, marginando gradualmente a los grupos de izquierda, que ahora se enfrentaban a la competencia en el ámbito de la protesta de actores religiosos con una gran capacidad de movilización popular.
La revolución tunecina y la lucha contra la normalización con Israel
Más recientemente, en Túnez, el régimen autoritario de Zine El Abidine Ben Ali, al igual que el de Bourguiba, adoptó una postura ambivalente sobre la cuestión palestina. Oficialmente, Ben Ali siguió proclamando su apoyo al pueblo palestino, organizando manifestaciones controladas, como durante la Segunda Intifada en 2000. Sin embargo, en realidad, el régimen tunecino emprendió un camino de normalización gradual con Israel: en 1996 se abrió una oficina de intereses tunecino-israelí en Tel Aviv, una señal concreta del deseo de integración económica y diplomática en el nuevo orden regional posterior a la Guerra Fría, configurado tras los Acuerdos de Oslo, contra los cuales los opositores continuaron organizándose, a menudo en la sombra.25
A pesar de un contexto marcado por fuertes restricciones de seguridad, diversas organizaciones políticas y asociativas siguen expresando su disidencia política de diversas formas. Colectivos de abogados, grupos de estudiantes, activistas de derechos humanos y sindicalistas siguen planteando la cuestión de la soberanía nacional y la solidaridad con Palestina.26 Estos focos de resistencia desempeñaron un papel decisivo en la remodelación del panorama político desde la década de 2000 hasta el estallido de la revolución en 2010-2011.
El estallido de la revolución tunecina el 17 de diciembre de 2010 reavivó la centralidad de la cuestión palestina. La demanda de soberanía nacional se unió a una mayor oposición a la normalización con Israel. Las banderas palestinas estuvieron omnipresentes en las manifestaciones tunecinas de diciembre de 2010 y enero de 2011. El lema «El pueblo quiere la liberación de Palestina» se entremezcló con los llamamientos a la caída del régimen de Ben Ali. Palestina no aparecía así como una causa extranjera, sino como un espejo: la opresión sufrida por los palestinos simbolizaba la que padecían los pueblos árabes, sometidos a regímenes autoritarios aliados con potencias extranjeras. Apoyar a Palestina significaba, por tanto, exigir la emancipación colectiva.
Tras la caída de Ben Ali, la cuestión de la normalización con Israel resurgió con fuerza en los debates públicos. Durante los trabajos de la Asamblea Nacional Constituyente (2011-2014), varios diputados propusieron incluir la criminalización de la normalización en la nueva Constitución.27 Sin embargo, debido a la presión internacional y a las disensiones internas, exacerbadas por la actitud ambivalente del partido dominante Ennahda sobre esta cuestión, la propuesta no prosperó. Este resultado causó una profunda frustración entre la juventud revolucionaria y los movimientos de izquierda que habían apoyado la demanda. 28 Desde entonces, se han sometido a votación varias iniciativas legislativas destinadas a penalizar las relaciones con la entidad sionista, sin que ninguna de ellas haya llegado a buen puerto.29 Si bien la cuestión palestina está consagrada en el preámbulo de la Constitución tunecina de 2014, el debate sobre la normalización se ha convertido en un barómetro político que revela los límites de los cambios provocados por la revolución y las tensiones entre las aspiraciones populares y los intereses de la élite política.
A pesar de las dificultades políticas, la solidaridad con Palestina sigue siendo una poderosa fuerza de movilización. Además, el asesinato en 2016 en Sfax de Mohamed Zouari, un ingeniero tunecino vinculado a Hamás cuya muerte se atribuyó al Mossad israelí, desató una ola de indignación en todo el país.30 También reavivó los recuerdos del mortífero ataque israelí contra los líderes de la Organización para la Liberación de Palestina en suelo tunecino, en Hammam Chatt.31 El movimiento Boicot, desinversión y sanciones y la campaña tunecina contra la normalización con la entidad sionista están ganando fuerza, especialmente entre los sindicatos y los estudiantes, como lo demuestra la petición del 5 de julio de 2023 contra la normalización académica y cultural.³² Estas movilizaciones renuevan el compromiso histórico de los tunecinos con la lucha palestina mencionado anteriormente. Confirman que Palestina es una cuestión crucial para la sociedad tunecina, más allá de las instituciones políticas oficiales.
Conclusión
Un examen de un siglo de movilizaciones en Túnez muestra que la causa palestina nunca ha sido simplemente un horizonte de solidaridad externa: ha estado en el centro de los reajustes ideológicos, las prácticas militantes y los movimientos sociales y políticos en Túnez desde principios del siglo XX. Así, la lucha en Palestina ha influido profundamente en la dinámica política y social de Túnez, desde el desafío al colonialismo francés hasta los debates actuales sobre la democracia y la soberanía nacional. Lejos de ser una cuestión temporal, Palestina se ha convertido en un indicador revelador de las contradicciones internas —entre las élites y los movimientos populares, entre la apertura internacional y las consideraciones regionales— al tiempo que constituye un espacio simbólico en el que se proyectan las aspiraciones colectivas de dignidad, soberanía nacional y justicia.
Hoy, la trágica noticia del genocidio perpetrado por Israel en Palestina revive esta historia. Confirma la naturaleza estructurante de la cuestión palestina en el imaginario político tunecino, reavivando los recuerdos de la solidaridad pasada y reactivando las líneas divisorias entre, por un lado, la lógica de la normalización con el sionismo y la integración regional en el proyecto del «Gran Israel» y, por otro, la persistencia de un movimiento popular que sitúa la liberación de Palestina en el centro de las luchas democráticas y sociales. Lejos de reducirse a una causa lejana, la causa palestina actúa como un espejo en el que los tunecinos reconocen su propia experiencia de dominación y su búsqueda inconclusa de la plena soberanía.
El caso tunecino ilustra así una dinámica más amplia en todo el mundo árabe: la convicción de que cualquier transformación democrática duradera en la región debe desafiar primero la lógica colonial, imperialista y genocida que aflige al pueblo palestino y amenaza a todos los pueblos de la región árabe. Palestina aparece así no solo como una cuestión de solidaridad internacional, sino también como un elemento constitutivo de cualquier reflexión sobre el futuro político, económico y social de las sociedades árabes.
Notas
- ↩ Monia Ben Hamadi, «La flottille Global Sumud pour Gaza part enfin de Tunisie, après avoir subi deux attaques de drones», Le Monde Afrique, 17 de septiembre de 2025.
- ↩ Una gran manifestación judía organizada por un grupo sionista llamado Betar el 15 de agosto de 1929 en el Muro de Buraq (el Muro Occidental de la Mezquita de Al-Aqsa) fue la chispa que desencadenó enfrentamientos mortales entre árabes y judíos, por un lado, y entre manifestantes árabes y el ejército británico, por otro. Entre los muertos se encontraban 113 judíos y 116 árabes, y más de 200 personas resultaron heridas. Sobre los disturbios de 1929 y sus repercusiones en el Magreb, véase Julien Charles-André, Histoire de l’Afrique du Nord (París: Payot, 1961). Para más información sobre la revuelta del Buraq, véase Maher Al-Sharif, «Palestina: una historia marcada por las intifadas», Orient XXI, 20 de septiembre de 2020, orientxxi.info. Para conocer su repercusión en Túnez, véanse los archivos del periódico Lissan ach-Chaab (1928-1932), estudiados por Fayçal Ghoul, «The Palestinian Question in the Tunisian Press (1917-1936)», tesis, Universidad de Niza, 1974; y David Cohen, «Los nacionalistas norteafricanos y el sionismo (1929-1939)», Revue française d’histoire d’outre-mer 77, n.º 286 (1990): 5-29.
- ↩ Utilizo las categorías «árabes» y «judíos» tal y como se emplean en el discurso político y común en Palestina y Túnez. Es cierto que estas categorías son el producto de una historia particular resultante de una sucesión de proyectos coloniales destinados a separar a los bereberes y a los judíos árabes de su historia y cultura árabe/bereber en el proyecto homogeneizador promovido por el discurso sionista (Julien Cohen-Lacassagne, Jewish Berbers: The Emergence of Monotheism in North Africa [Paris: La fabrique, 2020]; Ella Shohat, El sionismo desde la perspectiva de sus víctimas judías: los judíos orientales en Israel [París: La fabrique, 2006]. No obstante, estas identidades, que son el producto de una historia única, han configurado en gran medida la identidad política y la trayectoria de los movimientos de liberación en la región árabe, como muestra el ejemplo tunecino.
- ↩ Cabe recordar que la primera organización sionista en Túnez se fundó en 1910 y fue aprobada por la administración francesa el 19 de enero de 1911. Se trataba de Agoudat Zion, fundada por Alfred Valensi, Yossef Brahmi y el rabino Yaacov Boccara (Itshaq Avrahami, «Les Juifs de Tunisie sous le régime de Vichy et sous l’occupation allemande, octobre 1940–mai 1943: L’attitude des autorités et de l’environnement» [«Los judíos de Túnez bajo el régimen de Vichy y la ocupación alemana, octubre de 1940-mayo de 1943: la actitud de las autoridades y el entorno»], Revue d’Histoire de la Shoah 205, n.º 2 [2016]: 291) . La federación de todas las asociaciones sionistas fundadas en la década de 1910 se creó en 1920 y fue reconocida legalmente ese mismo año por el Gobierno francés (Cohen, «North African Nationalists and Zionism»).
- ↩ Hedi Timoumi, Zionist Activity in Tunis from 1897 to 1948 (Túnez: Med Ali, 1982), en árabe.
- ↩ La Voix du Tunisien, 3 de junio de 1932, citado en Cohen, «North African Nationalists and Zionism», 8.
- ↩ Timoumi, Zionist Activity in Tunis from 1897 to 1948.
- ↩ Cohen, «North African Nationalists and Zionism».
- ↩ Ghoul, «The Palestinian Question in the Tunisian Press (1917–1936)».
- ↩ Avrahami, «Les Juifs de Tunisie sous le régime de Vichy et sous l’occupation allemande, octobre 1940–mai 1943».
- ↩ Walid Khalidi, «Selected Documents on the 1948 Palestine War», Journal of Palestine Studies 27, n.º 3 (1998): 60-105.
- ↩ Timoumi, Zionist Activity in Tunis from 1897 to 1948.
- ↩ Abdelkrim Allagui, Jews and Muslims in Tunisia: From the Origins to the Present Day (París: Tallandier, 2016).
- ↩ Olfa Ben Achour, «La emigración de judíos de Túnez a Palestina en la década de 1940: el impacto del ideal sionista», Archives Juives 50, n.º 2 (2017): 127-47.
- ↩ Mohamed Dhayfallah, Salah Ben Youssef, Discursos y documentos diversos 1955-1956 (Túnez: Universidad de La Manouba, Instituto Superior de Historia Contemporánea de Túnez, 2015), 107, en árabe.
- ↩ En junio de 1967, Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este, la Franja de Gaza, los Altos del Golán sirios y la península egipcia del Sinaí.
- ↩ Nicolas Dot-Pouillard, «Tras la derrota, la izquierda árabe pasa a la ofensiva», Orient XXI, 29 de agosto de 2017.
- ↩ Ridha Mekni, La izquierda tunecina y la cuestión palestina (1947-1988) (Túnez: Dar Hached, 2018), en árabe.
- ↩ Hèla Yousfi, La UGTT, una pasión tunecina: investigación sobre los sindicalistas en la revolución (2011-2014) (Túnez-París: IRMC-Karthala, 2015).
- ↩ Hichem Abdessamad, Soixante-huit en Tunisie: le mythe et le patrimoine (1968 en Túnez: mito y patrimonio) (Villeurbanne: Mots Passants, 2019).
- ↩ Mekni, La izquierda tunecina y la cuestión palestina (1947-1988).
- ↩ Mekni, La izquierda tunecina y la cuestión palestina (1947-1988).
- ↩ Véase el folleto del Grupo Socialista Tunecino de Estudio y Acción, titulado «La cuestión palestina en su relación con el desarrollo de la lucha revolucionaria en Túnez», Perspectives Tunisiennes, n.º 2 (febrero de 1968), nachaz.org.
- ↩ Nicolas Dot-Pouillard, «Arab Lefts: Living Memories, Lasting Impact», Orient XXI, 7 de noviembre de 2023.
- ↩ «Prélude à des relations diplomatiques plus poussées La Tunisie ouvre un bureau à Tel-Aviv», Le Monde, 4 de octubre de 1994.
- ↩ Yousfi, The UGTT, a Tunisian Passion.
- ↩ Archivos parlamentarios tunecinos, «Debates de la Asamblea Nacional Constituyente, sesiones 2012-2013».
- ↩ «Adoptez une loi criminalisant la normalisation avec Israël si vous êtes de bonne foi!», Nawaat, 24 de julio de 2014.
- ↩ Linda Kaboudi y Zeïneb Ben Ismail, «Tunisie-Palestine: un soutien affirmé mais limité», Inkyfada, 14 de octubre de 2023.
- ↩ Frédéric Bobin, «Hamas acusa al Mossad de asesinar a uno de sus líderes en Túnez», Le Monde, 18 de diciembre de 2016.
- ↩ Arwa Labidi, «1 de octubre de 1985: el día en que el ejército de ocupación israelí bombardeó Túnez», Inkyfada, 1 de octubre de 2021.
- ↩ «La normalización con Israel es un crimen contra la libertad de autodeterminación del pueblo palestino y los pueblos árabes», Inhiyez, 5 de agosto de 2023, inhiyez.com, en árabe.
4. El asesinato del hijo de Gadafi.
Creo que no habíamos visto nada por aquí del tema. La verdad es que tras el desastre colonialista occidental que llevamos allí, y que parece que se extiende al asesinato del hijo de Gadafi, no tengo muy clara la situación. Creo que lo que os paso es un artículo de parte, pero me parece interesante.
https://swentr.site/africa/632405-saif-al-islam-gaddafi-killed/
Asesinado el hijo de Gadafi: Libia cruza el Rubicón
El hombre con el que caminé por el desierto hace apenas unas semanas no era el «criminal de guerra» descrito en las órdenes de detención de La Haya
Por Mustafa Fetouri, académico libio, periodista galardonado y analista
El asesinato de Saif al-Islam Gadafi en Zintan el 3 de febrero es el punto final y sangriento de la catástrofe que supuso la intervención de la OTAN en 2011. Durante 15 años, Occidente desestimó las primeras advertencias de Saif sobre «ríos de sangre» y una «página más oscura» como la retórica desesperada de un régimen moribundo; hoy, esas palabras se leen como un preciso plano arquitectónico de la ruina de Libia.
Durante más de una década, la comunidad internacional trató a Saif como un fantasma del pasado o una molestia legal para la Corte Penal Internacional de La Haya. Sin embargo, sobre el terreno, siguió siendo el último vínculo para millones de seguidores conocidos como los «Verdes», un movimiento sociopolítico leal a su padre Muamar el Gadafi, la Jamahiriya (antiguo Estado de 1977 a 2011) y representado por la bandera verde sólida. Lejos de ser un grupo marginal, este electorado sigue siendo un pilar crucial de la frágil estabilidad en el conflictivo sur de Libia, donde Saif actuaba como principal mediador entre los intereses tribales en conflicto. Su destitución desencadena ahora un aterrador reajuste de poder que amenaza con incinerar lo poco que queda del proceso político del país.
Me encontraba entre una multitud de personas en Bani Walid, una multitud tan grande que parecía más un referéndum nacional póstumo que un funeral. Para muchos dolientes, se trataba de un sustituto profundamente personal del funeral que se les negó al padre de Saif en 2011, cuya tumba sigue siendo secreta; vinieron a enterrar al hijo, pero también lloraban la caída de una era.
La elección de Bani Walid como lugar de descanso final tiene un peso que abarca varias generaciones. Es aquí donde fue enterrado el bisabuelo de Saif tras caer en combate contra la ocupación italiana en 1911. Su hermano menor, Khamis, también está enterrado en el mismo cementerio después de que la OTAN bombardease su convoy en octubre de 2011. Al decidir enterrar a Saif en el mismo cementerio, su familia ha vinculado su asesinato directamente a una lucha centenaria por la soberanía libia.
Para los «Verdes», su entierro no fue un final, sino una reivindicación. En la entrada norte de la ciudad, una imponente valla publicitaria se erige como un desafiante guardián, en la que aparecen Muamar el Gadafi junto a Sadam Husein, Khamis y los mártires locales que cayeron defendiendo la ciudad en 2011 y 2012. Durante el funeral, RT fue informado por un funcionario local anónimo de que la imagen de Saif se añadirá a este panteón. Esto indica que su movimiento no es un elemento «marginal», sino una nación consolidada dentro de otra nación, ahora radicalizada por la pérdida de su único ancla política viable.
La trayectoria de Saif durante la última década es un ejemplo de supervivencia que desafió todos los guiones escritos para él en Londres o Washington. Mucho antes de convertirse en fugitivo, era el niño mimado de la clase dirigente occidental, un pintor cuyas exposiciones en Londres, Bruselas y Nueva York eran visitadas por las mismas élites políticas y sociales que más tarde liderarían la campaña para su caída. Esa era la cara «reformista» de la Jamahiriya, el singular sistema de democracia directa «del Estado de las masas» establecido por su padre.
Aunque el objetivo ideológico del sistema era una estructura de poder descentralizada, en la práctica seguía siendo un régimen muy centralizado que Saif trató de modernizar desde dentro. Era un hombre que utilizaba su influencia no para obtener títulos formales, sino para llevar a cabo una diplomacia de alto nivel, encabezando organizaciones benéficas que negociaron con éxito la liberación de rehenes occidentales en todo el mundo.
Las mismas figuras que más tarde se unieron al coro que lo proyectaba como un «demonio con traje» fueron en su día las mismas que alabaron su humanitarismo y su profundidad académica. Pasó de ser el sofisticado puente entre Libia y el mundo a ser un prisionero en Zintan y, finalmente, a un candidato cuyo derecho legal a presentarse —respaldado por los tribunales— aterrorizó tanto a las potencias occidentales, que sabían que ganaría las elecciones. Preferieron paralizar todo el proceso político respaldado por la ONU antes que permitir que se celebraran las elecciones.
MÁS INFORMACIÓN: El hijo de Gadafi asesinado por potencias extranjeras, según un exministro (VÍDEO)
El hombre con el que caminé por el desierto hace solo unas semanas no era el «criminal de guerra» descrito en las secas órdenes de detención de La Haya, ni era la reliquia derrotada que sus enemigos deseaban que fuera. Era tranquilo, seguro y profundamente comprometido con el futuro de su país. Libia no sufre por falta de autoridad, sino por un sistema depredador en el que la bala sigue siendo el veto definitivo sobre las urnas. La ironía es asombrosa: mientras Saif era perseguido, Nicolas Sarkozy, el hombre que encabezó la intervención de 2011 que destrozó Libia, ha sido condenado por financiación ilegal de campaña, en la que estaba implicado el mismo Estado que ayudó a destruir. Uno se enfrentó a un juicio de la historia y lideró; el otro se enfrenta a la cómoda deshonra de los tribunales europeos. Este contraste es la acusación definitiva contra la «Nueva Libia», un lugar donde los artífices del caos siguen a salvo, mientras que los que lo advirtieron son silenciados para siempre.
Más allá de la tragedia simbólica, las implicaciones pragmáticas para el sur de Libia son catastróficas. Durante años, Saif fue la «tercera fuerza» tácita en Fezzan, una figura que definía el tejido tribal profundamente arraigado de la región. Incluso en su silencio, las tribus le miraban casi exclusivamente; su lealtad era una alineación profundamente arraigada que ni las milicias con base en Trípoli ni el Ejército Nacional Libio (LNA) con base en el este podían replicar o comprar. Su presencia en la zona de Hamada, cerca de Zintan, era mucho más que un refugio; era el principal centro diplomático de un sur privado de derechos. Ahora, con la desaparición del «ancla» del movimiento Verde, el frágil equilibrio que mantenía con su mera presencia se ha roto.
Sin Saif como polo mediador, el sur corre el riesgo de caer en una guerra de bandas multifacética que inevitablemente arrastrará a los vecinos de la región, convirtiendo el Fezzan en un campo de batalla proxy aún más volátil que la costa.
La multitud de dolientes que se congregó en Bani Walid la semana pasada fue una manifestación cruda del mandato popular que se le ha negado al pueblo libio. No es ningún secreto que el colapso de las elecciones de diciembre de 2021 fue provocado por el «terremoto político» que supuso la candidatura de Saif, una candidatura que los tribunales libios aprobaron, pero que Occidente no pudo digerir. Todos los debates relevantes y los análisis creíbles lo proyectaban como ganador si las elecciones hubieran seguido adelante. Este mandato popular se topó con la intervención directa de los diplomáticos occidentales.
En una retransmisión en directo el 2 de diciembre de 2021, la entonces embajadora del Reino Unido, Caroline Hurndall, dijo explícitamente que Saif era buscado por la CPI y que debía enfrentarse a los cargos en lugar de presentarse a las elecciones. Dos semanas después de que se suspendieran las elecciones, el enviado estadounidense Richard Norland culpó a las «candidaturas contradictorias» —en clara referencia a Saif— de descarrilar la votación. La obsesión de la comunidad internacional por una «hoja de ruta» hacia abril de 2026 es un cruel espejismo si sigue ignorando esta realidad.
MÁS INFORMACIÓN: Occidente quiere «controlar Libia», según el hijo de Gadafi (VÍDEO DE ARCHIVO)
Al eliminar a la única figura que contaba con una fuerte ventaja en cualquier votación justa, los autores no han «despejado» el camino hacia la democracia, sino que han admitido que el sistema actual no puede sobrevivir a una verdadera elección popular. Los Verdes ya han respondido con un «pacto de sangre» (Mithaq al-Dam) emitido por el Consejo Social de las Tribus Warfalla en Bani Walid. En el tejido tribal de Libia, tanto los Warfalla como los Qadhadhfa —la propia tribu de Saif— poseen una larga historia compartida tanto en tiempos de paz como de guerra, reforzada aún más por los matrimonios mixtos, el apoyo mutuo y una tradición de defensa colectiva. Al matar al único líder que estaba dispuesto a dar prioridad a las urnas sobre las balas, los autores han radicalizado todo un movimiento. El mensaje del funeral fue claro: si las urnas solo pueden existir cuando gana el candidato «correcto», entonces las urnas se han convertido en un instrumento de ocupación.
Al final, las balas en Zintan han llevado las advertencias de Saif al-Islam de 2011 a su sombrío cenit. Como advirtió en 2011, la intervención de la OTAN no solo derrocó a un hombre, su padre, sino que desmanteló los cimientos mismos de un Estado, sustituyendo la soberanía por la subordinación de tribus fracturadas y un derramamiento de sangre sin fin. Durante más de una década, Saif sobrevivió como testimonio vivo de ese fracaso, un candidato cuyo mero nombre en una papeleta era suficiente para paralizar un sistema que se proclamaba democrático pero temía la elección del pueblo. Al eliminarlo, sus asesinos no han asegurado el statu quo, sino que han destruido el último ancla simbólica para millones de libios que aún creían que era posible un retorno unificado y civil al orden.
Mientras los vientos del desierto se calman sobre las multitudes sin precedentes en Bani Walid, queda claro que Libia no ha sido «liberada» del fantasma de la Jamahiriya. En cambio, el país ha entrado finalmente en el vacío sin ley que Saif predijo, un vacío en el que el único lenguaje que queda es el que él advirtió que vendría: el lenguaje de las armas.
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Las consecuencias inmediatas de este asesinato pueden no desencadenar una explosión repentina sobre el terreno, pero sus consecuencias a largo plazo son profundas. Si alguna vez se celebran elecciones —una perspectiva poco probable para 2026—, la eliminación de Saif al-Islam crea un enorme vacío electoral. Sus partidarios, que antes formaban un bloque unificado, ahora probablemente se conviertan en un electorado desorganizado y desilusionado; no se pasarán fácilmente a sus rivales, sino que negarán su voto a cualquier facción que consideren cómplice de su muerte. Para preservar el simbolismo del movimiento, algunas voces del bando de los Verdes ya miran hacia los miembros restantes de la familia: el Dr. Mohamed Gaddafi, el medio hermano mayor de Saif, que sigue siendo una figura respetada en el exilio omaní, o su hermana Ayesha, que ha mantenido un perfil político más activo, parecen ser los favoritos de la mayoría.
Sin embargo, la mayor víctima de este asesinato es el frágil proyecto de reconciliación nacional. Durante años, Saif fue un mediador indispensable, un pozo de gravedad política que ofrecía una alternativa legítima a la élite totalmente desacreditada tras 2011. A pesar de su silencio, fue el principal impulsor de la reconciliación entre los libios, centrándose en las tribus del sur, donde su influencia era un factor estabilizador. Aunque sus partidarios carecen actualmente de una fuerza militar unificada sobre el terreno, su retirada política deja huérfano al proceso de paz.
Al matar al hombre que instaba a sus seguidores a confiar en las urnas antes que en las armas, los autores han dinamitado el único puente que quedaba entre el pasado fracturado del país y su futuro potencial. Los artífices de este caos se han asegurado de que el único lenguaje que queda sea el del resentimiento silencioso y latente, y esta vez no queda nadie para sacar al país del abismo.
5. Tricontinental sobre economía política.
Estos del Tricontinental no paran, y ahora han empezado una sección en Substack de economía política y además la publican en español. Os paso su primera entrada, presentando el proyecto.
https://triconpoliticaleconomy.substack.com/p/empeza-aca-de-que-se-trata-este-substack
Empezá acá: de qué se trata este Substack
Feb 12, 2026
Hay una pregunta que recorre los tres continentes.
La pregunta no es por qué somos pobres, porque no lo somos. América Latina, África y Asia tienen los minerales del mundo, su petróleo, su litio, su suelo fértil, su fuerza de trabajo. La pregunta no es sobre la escasez. Nunca fue sobre la escasez.
La pregunta es: ¿adónde va la riqueza y quién decide cómo se distribuye?
Este Substack sigue el excedente. Rastreamos cómo la riqueza es extraída de los países que la producen y acumulada por los países que no la producen, a través de la fuga de capitales, las trampas de la deuda, el intercambio desigual y las alianzas de clase que hacen funcionar todo el sistema.
Este es un proyecto colectivo de Economía Política en el Instituto Tricontinental. Nuestro equipo reúne investigadores e investigadoras de América Latina, África y Asia, los tres continentes cuyas tradiciones intelectuales y luchas políticas dieron origen a la teoría de la dependencia y otras perspectivas del Sur Global. Cada artículo lleva la firma de su autor o autores, pero el programa es compartido: teoría rigurosa, evidencia empírica construida desde los tres continentes y la pregunta política que la teoría de la dependencia siempre insistió en plantear: no solo ¿cómo funciona el sistema? Si no, ¿qué hace falta para cambiarlo?
POR DÓNDE EMPEZAR
Este Substack está estructurado como un argumento acumulativo. Cada serie de notas aborda una dimensión de la estructura de la dependencia. Acá podés empezar, según lo que te interese:
📊 Los datos — “¿Adónde va el excedente?” — se pregunta qué pasa con la riqueza producida en el Sur Global. Usando diversos indicadores de acumulación dependiente en 41 países a lo largo de 26 años — reinversión del excedente, fuga de capitales, intercambio desigual, concentración productiva — mostramos cómo América Latina reinvierte solo el 15% de su excedente económico, mientras que China reinvierte el 36%. La brecha explica el “subdesarrollo” mejor que cualquier índice de corrupción.
💸 La trampa financiera — “La correa financiera” mapea la fuga de capitales en América Latina y África. Chile pierde el 9,1 % de su PBI anualmente. Nigeria perdió 340.000 millones de dólares. La fuga de capitales de la República del Congo equivale al 706% de su PBI. Los datos son devastadores — y tienen una dirección.
🧭 El marco analítico — Construimos herramientas analíticas originales para medir la dependencia en múltiples dimensiones simultáneamente: comercial, financiera, productiva, de redes, distributiva y tecnológica. No solo importa saber que somos dependientes, sino también cómo, a través de qué canales y qué haría falta para salir.
🌍 La geopolítica — Si la vieja hegemonía está muriendo, ¿cuáles son las condiciones para construir algo diferente? Multipolar no significa justo. La pregunta es si las fuerzas populares pueden pasar por la puerta antes de que se cierre.
🧠 La tradición de la Economía Política Tricontinental —de Baran a Amin, de Marini a Rodney, de Mao a Bambirra— de los tres continentes del Sur Global ha producido un cuerpo de pensamiento que la economía mainstream ha intentado enterrar. Recuperamos a estos pensadores y ponemos a trabajar sus categorías sobre los problemas concretos de nuestro tiempo: la financiarización, el capitalismo de plataformas, la transición verde, la soberanía alimentaria y las crisis de deuda.
🗺️ Análisis regionales — Estudios por país y por región que van más allá del titular: América Latina, África subsahariana, Asia del Sur y del Este. ¿Qué dicen los datos sobre la fuga de capitales de Argentina? ¿Qué sobre la estructura de clase detrás de la riqueza petrolera de Nigeria? ¿Qué ocurre con la trayectoria industrial de la India?
QUÉ ESPERAR
Artículos de fondo, análisis basados en datos, estudios regionales y notas más breves — todo con fundamento teórico y honestidad política. Sin opinología. Sin titulares vacíos. El tipo de análisis que toma en serio a los tres continentes como productores de conocimiento, no solo como objetos de estudio.
6. Crítica al industrialismo de izquierda.
Crítica al «aceleracionismo» de izquierda basado en la tecnología. Una reseña crítica del último libro de Durand y Keucheyan.
Adiós a los ciber-soviets: sobre los callejones sin salida del aceleracionismo de izquierda
A medida que una parte de la izquierda descubre la ecología, no dejamos de constatar que sigue siendo profundamente industrialista, prisionera de su fe en el progreso y la neutralidad de las técnicas. El historiador de las técnicas Guillaume Carnino dirige una serie de objeciones a C. Durand y R. Keucheyan, autores de Comment bifurquer ? Les principes de la planification écologique (¿Cómo bifurcar? Los principios de la planificación ecológica).
12 de febrero de 2026
A propósito de Cédric Durand, Razmig Keucheyan, Comment bifurquer ? Les principes de la planification écologique, París, La Découverte, 2024, 254 páginas; Cédric Durand, ¿Hay que prescindir de lo digital para salvar el planeta?, París, Ámsterdam, 2025, 164 páginas.
«Hay que explicarlo: verán, hay un mal cazador, ve algo que se mueve, dispara, dispara. El buen cazador ve algo, dispara, pero… es un buen cazador».
Les Inconnus
Al igual que el buen y el mal cazador, según Cédric Durand y Razmig Keucheyan, existiría lo bueno y lo malo de lo digital, el buen y el mal Estado, el buen y el mal mercado, el buen y el mal capitalismo industrial. Economista y sociólogo respectivamente, ambos autores intentan, en sus últimas obras, proponer vías de salida a la crisis medioambiental contemporánea. Aunque estos textos, cuya lectura es tan aburrida como la de un programa político, probablemente no pasarán a la posteridad, tienen el interés de revelar las estrategias industrialistas y tecnológicas de una parte nada desdeñable de estos académicos que se reivindican políticamente de izquierdas. Los análisis de Cédric Durand y Razmig Keucheyan ofrecen, en efecto, una base programática a La France insoumise y reflejan una posición común dentro de una parte de la izquierda marxista, condenada a la cogestión del desastre y, por tanto, a la impotencia, de ahí estos intentos aceleracionistas y ecomodernistas que no dejan de volver a primer plano, a pesar de que ya han demostrado ampliamente que son un callejón sin salida.
En Comment bifurquer ? Les principes de la planification écologique (La Découverte, 2024), Durand y Keucheyan analizan los límites de las posiciones economistas actuales frente a la urgencia climática: esperan así allanar el camino para una estrategia política que permita salir del atolladero ecocida en el que nuestras sociedades se hunden un poco más cada año. En Faut-il se passer du numérique pour sauver la planète ? (Amsterdam, 2025), Durand transcribe tres conferencias presentadas por el Instituto La Boétie (think tank de La France insoumise) que, a partir de una crítica de la concentración monopolística de las GAFAM, pretenden orientar lo digital hacia una mayor igualdad social y justicia medioambiental.
Nuestra crítica de estos dos textos se organiza en cuatro partes: tras expresar nuestro asombro por la referencia explícita a ciertas políticas de la China contemporánea, ofrecemos un análisis crítico de su concepción de lo digital globalizado. En una tercera parte, discutimos las consecuencias de su desconocimiento de la historia industrial, una ignorancia perjudicial porque genera una serie de contrasentidos sobre la naturaleza de los procesos en curso. Por último, terminamos mencionando varios trabajos que muestran hasta qué punto su insistencia en la decisión política en materia de tecnología deja de lado los principales retos medioambientales del mundo industrial contemporáneo.
¿China contemporánea, modelo ecológico o primer país contaminador del mundo?
Lo que sorprende bastante al leer a Durand y Keucheyan es su admiración por la China actual desde el punto de vista político y medioambiental: China habría puesto en marcha numerosas medidas beneficiosas, en las que podríamos inspirarnos para «desviarnos» hacia un mundo mejor. Aunque los autores apelan en varias ocasiones a una renovación de las formas democráticas contemporáneas, especialmente en materia de ecología, parecen sin embargo sentir cierta atracción por los regímenes políticos fuertes, ya que reivindican la constitución de cibersoviets (D1181 ) y ven en la dictadura surcoreana de Park Chung-Hee una situación inspiradora en algunos aspectos (DK144). Pero es en sus elogios a las políticas chinas contemporáneas donde esta tendencia es más visible. Conviene citar aquí directamente sus palabras.
En contraposición a los numerosos trabajos que denuncian los estragos psicosociales del crédito social chino2, Durand elogia las virtudes de este sistema, aunque advierte de sus «posibles desviaciones» (D44): «Contra la ignorancia creada por el mercado, el sistema de crédito social permite estabilizar las reputaciones y reencajar los intercambios mercantiles en lo social». (D44) Allí donde las sociedades cara a cara han sido transformadas masivamente por el anonimato urbano y la masificación industrial, recurrir a un sistema de gestión digital de la confianza permitiría «partir de las masas para volver a las masas» (Mao es aquí directamente convocado y citado – D44, véase también D162).
Otra fuente de inspiración teórica, Jack Ma (creador del sitio web comercial Alibaba.com y presidente del Grupo Alibaba hasta 2019) es ampliamente comentado por su visión del big data y la predicción algorítmica, que permitiría ser más eficaz que el propio mercado en materia de planificación y optimización económica (D109-111). Partidario de la nacionalización estatal, Durand sugiere que los representantes del Gobierno formen parte de los consejos de administración de las grandes empresas digitales, al igual que se hace en China: «Este dispositivo ha sido adoptado por China desde hace algunos años: el Estado chino es accionista de las grandes empresas, […] lo que le permite tener voz y voto en todas las decisiones estratégicas y técnicas de las grandes tecnológicas» (D91, véase también D151).
La estrategia de Temu (una plataforma de comercio en línea, explotada por la empresa china PDD Holdings Inc., que ofrece productos a precios reducidos, enviados a los clientes directamente desde las fábricas) también se invoca como un medio para «establecer una conexión permanente entre las necesidades y la producción, y orientar esta última según las preferencias y elecciones colectivas que no se reducen a simples precios» (D120-121). Lo que Durand percibe como una virtud está integrado desde hace tiempo en el marketing contemporáneo, ya que los mecanismos más sofisticados de la publicidad actual recurren al peer-to-peer (P2P), cuyas recomendaciones comerciales son mucho más eficaces que los mensajes públicos impersonales. Alabando en este sentido los méritos de la figura del prosumidor (sic), contracción de producer (productor) y consumer (consumidor), Durand y Keucheyan escriben que «ya no se trata de salir del intercambio mercantil, sino, por el contrario, de buscar vías para un compromiso mercantil más profundo» (DK174).
Mientras que muchos autores poco mencionados en estas obras denuncian, desde la llegada de la era digital, su participación en un proyecto político pernicioso3, Durand se une a los recientes detractores de la «mutación fascista del capitalismo digital» (D11), que no duda en calificar de « gran acontecimiento de la historia universal» (D146). Este cambio de opinión le lleva ahora a percibir a las GAFAM como la encarnación de un nuevo Mal. Por el contrario, la respuesta industrial china se elogia como un Bien incomparable: «Bajo los golpes de las proezas digitales chinas, el barniz de las pretensiones supremacistas de los gigantes de la costa oeste se está desmoronando» (D164). Sin embargo, es probable que si Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi hacen temblar a los GAFAM, no sea por su programa político emancipador.
Pero sin duda, la palma se la lleva esta afirmación, común a ambos autores, que ven en la nación china un modelo ecológico: «China va por delante de sus objetivos de descarbonización» (DK152). Primer país productor de gases de efecto invernadero (más del 30 % de las emisiones mundiales), la China industrial produce cada tres años, desde 2003, tanto hormigón como los Estados Unidos durante todo el siglo XX4. Multiplicar las estadísticas sobre la contaminación generada por este territorio, convertido en la fábrica del mundo, parece inútil, ya que el tema está muy trillado tanto en el ámbito científico como en los medios de comunicación: la degradación del medio ambiente es tan rápida que el país, como cualquier potencia de primer orden, se ve obligado a exportar su contaminación para mantener su trayectoria industrial.
¿Cómo se puede, en 2025, percibir a la China de Xi Jinping como un modelo medioambiental y al mismo tiempo reivindicar una cierta emancipación? ¿Se trata de un apoyo político voluntario (al igual que los comunistas que defendieron durante mucho tiempo el régimen estalinista o la extrema derecha contemporánea que se alinea invariablemente con la Rusia de Putin) o de una simple ceguera ideológica? Todos los proyectos de «descarbonización » derivados del pensamiento económico mainstream reducen la crisis ecológica a un problema climático, medido a partir de las emisiones de CO2, manteniendo así el reduccionismo economicista que está en gran parte en el origen de los estragos actuales. En cualquier caso, conviene estudiar más a fondo la retórica de los autores para ver cómo encajan estos elogios a políticas chinas en su programa político más general.
Los efectos de red de lo digital
Durand sueña con una Europa digital fuerte: lamentando el «desconexión europea […] manifiesta» (D33) en la materia y alabando la necesidad de «tecnologías soberanas» (D93), aboga por el intervencionismo estatal en favor del medio ambiente y la justicia social: «la propia tecnología digital debe ser objeto de una planificación ecológica consciente» (D129). La reciente crisis sanitaria mundial es el único ejemplo que se da en cuanto al potencial concreto de reorientar la tecnología digital hacia una mayor ecología: «durante la pandemia de Covid-19, la Unión Europea negoció con Netflix una reducción de la calidad de las imágenes difundidas por la plataforma para permitir el desarrollo del teletrabajo » (D129). Por lo demás, hay que conformarse con declaraciones de buenas intenciones sobre «el uso específico de la tecnología digital con fines de planificación ecológica y decrecimiento material» (DK123), ya que imaginar prescindir de la tecnología digital sería « ilusorio » (D140): « Por lo tanto, tendremos que discriminar en los usos de la tecnología digital, desarrollar medidas de sobriedad en el uso de las herramientas innovadoras que vayan surgiendo » (D142). Esta creencia en la posibilidad de seleccionar solo los efectos ecológicamente deseables de un sistema técnico tan inmenso como la agregación de ordenadores y redes que constituye hoy en día la tecnología digital pone de manifiesto un profundo desconocimiento de la naturaleza de la misma. Por lo tanto, conviene recordar algunas generalidades sobre la tecnología digital globalizada.
Un informe de 2021 indica que, en Europa, la proporción de uso de recursos fósiles sería del 62 % para los terminales, del 14 % para las redes y del 24 % para los centros de datos, cifras relativamente similares a las evaluaciones en términos de toxicidad medioambiental o impacto climático de la tecnología digital5.
Los terminales de usuario constituyen la punta del iceberg: ordenadores, teléfonos, tabletas, objetos conectados, etc. son la dimensión visible de la tecnología digital para el usuario. Un smartphone contiene numerosos materiales, en particular metálicos: níquel, plomo, estaño, bismuto, oro, plata, tungsteno, platino, rodio, berilio, cobre, fósforo, arsénico, galio, germanio, silicio, circonio, rutenio, neodimio, hierro, boro, samario, cobalto, praseodimio, cloro, disprosio, tantalio, niobio, paladio6 , compuestos que deben extraerse de la corteza terrestre para fabricar los 1400 millones de aparatos que se ponen en circulación cada año en la Tierra7. A pesar de los ya considerables estragos causados por la industria minera, en unas pocas décadas se extraerá de la corteza terrestre más metal del que se ha extraído a lo largo de la historia de la humanidad, sin contar el silicio, componente básico de los chips electrónicos que la industria se esfuerza por insertar en todos los objetos cotidianos8.
El historiador Christophe Lécuyer ha demostrado así lo perjudicial que ha sido la trayectoria medioambiental del «valle del silicio»9. Desde la década de 1950, la empresa IBM lleva a cabo estudios y sabe que la producción electrónica tiene efectos nocivos para la salud, lo que posteriormente se ha confirmado mediante investigaciones toxicológicas: contaminación de las capas freáticas que contamina el agua (consumida por las poblaciones cercanas), enfermedades respiratorias como consecuencia de la inhalación de ácidos, destrucción de la capa de ozono relacionada con la emisión de clorofluorocarbonos (prohibidos por el Protocolo de Montreal en 1987, pero nuevamente emitidos ilegalmente en grandes cantidades desde principios de la década de 2010), cánceres y malformaciones infantiles provocadas por el tricloroetileno, etc.
La base de la electrónica reside en la materialidad de los chips: lógicos para los cálculos, memorias para el almacenamiento de datos, analógicos para digitalizar señales como el sonido o la luz, diversos sensores, etc. La fabricación de estos dispositivos semiconductores es un proceso complejo —y que no deja de complicarse— en el que se utiliza habitualmente silicio (extraído del cuarzo, transformado en silicio metálico y refinado en polisilicio, lo que supone unos 2933 kWh de electricidad para producir 1 kilogramo de placa de silicio para grabar10, es decir es decir, aproximadamente dos tercios del consumo anual de un hogar francés medio). Las principales etapas durante las cuales se produce gradualmente el circuito en un disco de material semiconductor (la oblea) incluyen la fotolitografía (que inscribe la máscara a grabar), la pasivación y la oxidación térmica (creación de una película protectora mediante la proyección de un agente oxidante a alta temperatura), el dopaje (adición de impurezas en pequeñas cantidades para modificar la conductividad), la metalización (recubrimiento de la superficie con un metal para crear una vía de retorno para la corriente eléctrica) y el grabado (etapa crítica que consiste en retirar una o varias capas de materiales de la superficie de la oblea).
Cada una de estas etapas debe controlarse y supervisarse, es decir, realizarse en un entorno hermético y libre de micropartículas de polvo, lo que se denomina «sala blanca». La producción de un microchip electrónico consumiría así 32 litros de agua, es decir, 20 000 litros para un ordenador11, estimaciones que muy probablemente están infravaloradas. Las empresas que se dedican a esta producción, aunque rara vez aparecen en los medios de comunicación, se encuentran entre las más cotizadas financieramente: la capitalización bursátil de TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) es de 600 000 millones de dólares en 2021, lo que la convierte en una de las diez empresas más caras del mundo. Su nueva línea de producción, que entró en funcionamiento en 2022, ha costado 20 000 millones de dólares: una sala limpia que cubre la superficie de veinte dos campos de fútbol12. En 2020, China compró 350 000 millones de dólares en chips electrónicos, más que sus importaciones de petróleo. En 2021, la industria de los semiconductores produjo 1,1 billones de chips (es decir, 140 por persona en la Tierra), el dispositivo más complejo que el ser humano haya producido jamás, cuyo ciclo de vida (fabricación, pruebas, empaquetado) puede implicar el cruce de más de 70 fronteras para un desplazamiento superior a 40 000 kilómetros13.
Si bien han circulado algunos rumores que justifican el aumento del precio de los ordenadores y los teléfonos tras la pandemia de Covid-19 en relación con las empresas de microelectrónica, el historiador Chris Miller habla sin rodeos de la «guerra de los semiconductores» como un reto estratégico mundial14: tras haber contribuido a consolidar el poderío militar estadounidense, estos componentes básicos de la electrónica se han globalizado en gran medida y hoy en día se especializan (para el rendimiento gráfico, la inteligencia artificial, etc.), a medida que su coste de fabricación aumenta con su miniaturización. El primer chip tenía cuatro transistores, frente a los 15 000 millones de los que se producen actualmente, mientras que solo tres empresas mantienen el ritmo: TSMC a la cabeza, seguida de cerca por Samsung e Intel. Ya en 1985, el físico Richard Feynman preveía un límite inferior en términos de tamaño de tres átomos para la construcción de transistores¹⁵ : sin embargo, cuanto más se desciende tecnológicamente hacia lo infinitamente pequeño y lo sumamente preciso, más energía se necesita y, por lo tanto, mayores son los costes.
Por otra parte, lejos de limitarse a las adquisiciones entre grandes empresas, la competencia capitalista relacionada con los microchips genera verdaderos conflictos y numerosas muertes. El sociólogo Fabien Lebrun ha estudiado el caso del Congo (RDC), donde, desde la década de 1990, la explosión mundial de la producción de bienes electrónicos ha desencadenado una guerra por los metales tecnológicos que no ha hecho más que intensificarse desdeel 2016. La región de los Grandes Lagos en África lleva siglos sufriendo los estragos de la globalización, cuya última encarnación es la extracción de «minerales de sangre» (coltán para los smartphones, cobalto para las baterías «verdes»): la economía militarizada, la criminalidad institucionalizada, el saqueo generalizado, el trabajo forzoso, la violación como arma de guerra, la destrucción de los bosques y la aniquilación de la biodiversidad son algunas de las plagas que prosperan a raíz de la «desmaterialización» digital17.
Las infraestructuras de transporte permiten que los datos viajen en ambos sentidos entre el proveedor de acceso contactado desde un terminal y el proveedor de contenidos. Esta información puede tomar varias rutas para llegar a su destino (de ahí la solidez de la red de redes): comunicación interna dentro de un mismo proveedor de acceso, redes de distribución de contenidos (CDN, por Content Delivery Network), peering privado, puntos de intercambio de Internet (IXP, Internet eXchange Point) y transportistas de tránsito. Las CDN no existían en los inicios de Internet comercial, pero hoy en día casi todos los actores comerciales las utilizan de una forma u otra para los contenidos que se solicitan con regularidad. El mayor proveedor externo de servicios CDN en Estados Unidos es Akamai, con unos ingresos de 2700 millones de dólares en 201818. Aunque las redes de distribución de contenidos son invisibles para el usuario, la gran mayoría de los datos recibidos pasan directamente por ellas. Si bien existen cientos de IXP en Estados Unidos, el mayor operador del mundo es Equinix, con una facturación de más de 5000 millones de dólares y más de 200 centros de datos en numerosas ciudades, algunos de los cuales están configurados directamente para funcionar como IXP19.
Aunque los satélites se presentan a menudo como un símbolo de la comunicación del futuro, el 99 % de los datos digitales transitan por la superficie del globo a través de cables subterráneos y submarinos20. Así, Internet se basa tanto en cables terrestres (como la fibra óptica, que conectará al 83 % de los hogares en 2023 en Francia21) como marítimos (el más largo de los cuales, el SEA-ME-WE 3, que conecta el sudeste asiático, Oriente Medio y Europa occidental, tiene una longitud total de 39 000 km, mientras que el 2Africa, su competidor directo, que presume de tener 45 000 km, está entrando en servicio). A principios de la década de 2020, el mundo está cubierto por más de cuatrocientos cables submarinos, con un total de aproximadamente 1,3 millones de kilómetros. Incluso las zonas más inhóspitas, como el océano Ártico, son objeto de negociaciones y batallas geopolíticas e industriales para instalar estas autopistas de la información, sobre todo porque la creación de una conexión a Internet estable dinamiza y hace posible el auge de otras actividades industriales (así, el Gobierno ruso y las agencias federales estadounidenses responsables de la ruta marítima del norte desean desarrollar el cable Polar Express para conectar los puertos y los yacimientos de extracción de recursos a lo largo del Paso del Nordeste22).
El aspecto técnico de estas explicaciones no debe confundirnos en cuanto a la supuesta desmaterialización: en la Tierra, los diez millones de antenas repetidoras (2G a 5G), los mil millones de cajas DSL/fibra, los doscientos millones de otros equipos (routers, terminales WiFi, etc.), el millón de kilómetros de cables submarinos y los cien millones de servidores dedicados acaparan tantos materiales y energía que constituyen una de las mayores empresas de materialización jamás emprendidas por la humanidad23.
La nube (que no puede reducirse a las GAFAM, como cree Durand, D75) está formada, en definitiva, por infraestructuras de almacenamiento de datos repartidas por todo el mundo en algo menos de diez mil centros de datos. Un centro de datos es la infraestructura industrial que permite alojar varios miles de servidores informáticos en un mismo sitio24. Esto implica calibrar la estructura (resistencia del suelo para racks de servidores que pueden superar una tonelada, falso suelo o bandejas de cables en el techo para las conexiones, pasillos fríos y calientes para optimizar la climatización, etc.), la alimentación eléctrica (los seis centros más grandes del mundo consumen más de 100 MW, es decir, más que una ciudad de varias decenas de miles de habitantes25), la climatización (cualquier avería puede provocar un incendio, ya que el calor emitido por las máquinas es muy importante), el cableado (cada sala de máquinas contiene varias toneladas de cables cuidadosamente dispuestos26), la
interconexión a las redes digitales (a menudo cerca de las grandes ciudades, donde el streaming, los sitios comerciales, los videojuegos y las finanzas consumen mucha potencia de cálculo y ancho de banda), la seguridad energética y física (generadores eléctricos con depósitos de combustible de varios hectolitros, cámaras biométricas, guardias de seguridad, etc.) y el mantenimiento de todas estas actividades (lo que requiere mano de obra permanente in situ para paliar los fallos recurrentes de los sistemas²⁷).
Incluso las pequeñas estructuras de unos pocos cientos de metros cuadrados están sometidas a verdaderas restricciones industriales de optimización, mientras que los centros más grandes del planeta son auténticas fábricas de datos: el China Telecom-Inner Mongolia Information Park tiene una capacidad total de 100 000 bastidores, es decir, 1,2 millones de servidores repartidos en 1 kilómetro cuadrado y alimentados con 150 MW, con un coste total estimado en 3000 millones de dólares. Como resume un consultor del sector: «No hay ningún edificio que, por metro cuadrado, cueste más que un centro de datos de alto nivel28 ».
La nube es una proliferación de fábricas
Resumiendo la historia de la concentración industrial de las máquinas informáticas, el historiador Nathan Ensmenger enuncia esta verdad simple pero demasiado desconocida: la nube es una fábrica (« the cloud is a factory29 »). A escala mundial, es el carbón, mucho más que la energía eólica o nuclear, el que alimenta estos gigantescos centros de cálculo y datos. La multinacional Google intenta así mejorar su imagen medioambiental prometiendo la creación de infraestructuras colosales destinadas a suministrar electricidad renovable a todo su parque de máquinas³⁰): dado que la la energía eólica o solar no son energías suficientemente estables en términos de calendario, en lugar de sustituirlas íntegramente por energías fósiles (como suele ser el caso hoy en día), la empresa está construyendo parques continentales de infraestructuras «renovables » para activarlas algorítmicamente en función de las condiciones meteorológicas y sus necesidades energéticas. A largo plazo, lo ideal sería hacer coincidir las variaciones de la producción de electricidad con la distribución de los cálculos en una zona extensa (incluso en todo el planeta), para dejar de depender de los combustibles fósiles.
Aunque estas energías supuestamente renovables no dependieran de energías fósiles para la producción de sus infraestructuras, es difícil imaginar cómo cubrir los desiertos con paneles solares y los océanos con aerogeneradores podría ser una solución a los daños medioambientales actuales. Entonces se comprende hasta qué punto el despliegue de la tecnología digital implica una reorganización colosal del mundo para que los datos necesarios estén disponibles en todo momento: la huella ecológica de de Internet es gigantesca y no deja de crecer. La tecnología digital encapsula y optimiza todos los procesos industriales y los macrosistemas técnicos, al tiempo que constituye en sí misma un sector industrial por derecho propio. A medida que aumenta la longitud de las cadenas industriales gracias a la tecnología digital, se acentúa su huella geográfica; y a medida que aumenta el dominio territorial de la tecnología digital, la capacidad de optimización que ofrece crece, ad infinitum.
Antes de la explosión de la industria de los centros de datos relacionada con el desarrollo de la inteligencia artificial generativa, existía una controversia sobre si la mejora de la eficiencia energética de las máquinas podía el crecimiento del impacto medioambiental relacionado con el desarrollo de los centros de datos³¹. Algunos autores señalaban que la relativa disminución del consumo eléctrico ocultaba en realidad un aumento del consumo de agua³² (las nuevas tecnologías de climatización funcionan de forma más «sobria» desde el punto de vista eléctrico, necesitaban más recursos hídricos). En otras palabras, la factura medioambiental siempre debe pagarse en algún momento. David Bol, especialista en sistemas electrónicos minimalistas, explica además que los argumentos que alaban la mejora de la eficiencia energética son engañosos y peligrosos, ya que ocultan la huida hacia adelante contemporánea³³.
En cualquier caso, en una época de inversiones masivas en tecnologías de inteligencia artificial, estos debates de la década de 2010 parecen casi lunares: «Amazon, Microsoft, Google y Meta (Facebook, Instagram) [invertirán] en 2024 […] 200 000 millones de dólares (187 000 millones de euros) en nuevas infraestructuras, es decir, un 45 % más que en 2023 y un 180 % más que en 2019³⁴», inversiones lógicas si se tiene en cuenta que una consulta a un asistente de inteligencia artificial generativa consumiría diez veces más electricidad que una simple búsqueda en Google, que ya de por sí es el agregado de cálculos distribuidos en los cerca de 900 000 servidores de la empresa.
Es fácil comprender hasta qué punto los deseos de « bifurcar lo digital» hacia una mayor sobriedad son ingenuas y poco realistas: según Durand, «los centros de datos actuales rebosan de información ultraprecisa que abarca un inmenso espectro de actividades y objetos humanos y no humanos. Existe ahí, potencialmente, una infraestructura informativa sin precedentes que puede ponerse al servicio de la bifurcación » (D121). En línea con el antiguo proyecto de control cibernético integral, la idea de mantener el casi millón de servidores de Google para realizar únicamente búsquedas en Internet beneficiosas para el medio ambiente es una fábula sociotécnica. Verdadero pensamiento mágico de lo digital, estas invocaciones son tan absurdas como si se pretendiera mantener las infraestructuras de autopistas, minas y petróleo de la civilización automovilística para dejar circular únicamente a las ambulancias. Lo que no impide a Durand y Keucheyan proclamar que «otra digitalidad es posible» (DK115) y lamentar la «pérdida de control sobre nuestras vidas, acaparadas y controladas por lo digital» (D51), ya que, según ellos, son los malvados GAFAM los que hoy se apropian indebidamente de los beneficios de una industria que antes beneficiaba a todo el mundo. Y entonces nos damos cuenta de que no conocen mejor las dinámicas históricas de la industrialización que las de la digitalización.
Una historia industrial desconocida
Según Según las propias palabras de Durand (D19), su concepto estrella de tecnofeudalismo (que pretende señalar la hegemonía depredadora de las empresas monopolísticas estadounidenses del sector digital35, las GAFAM o Big Tech) está tomado de un libro de juegos de rol publicado en 199036. Del mismo modo (D98), Durand recurre a la serie de televisión Star Trek para buscar el concepto de ciber-eco-comunismo (cuando la conciencia digital global de la humanidad subordinaría finalmente lo económico a lo político), reivindicando así esa abundancia tecnológica desenfrenada que impregna todos los episodios de la serie. La inspiración conceptual fuera del ámbito académico no no es un problema en sí mismo, pero que las nociones centrales de una crítica que pretende ser anticapitalista procedan directamente de la cultura de masas producida por la industria del entretenimiento es algo que deja perplejo.
No se puede reprochar a un autor que lo haya leído todo, una tarea imposible en el estado actual de la ciencia digital globalizada. Sin embargo, en el marco de libros programáticos que tratan sobre lo digital, el capitalismo industrial y el medio ambiente, habría sido conveniente consultar algunos trabajos de historia de la tecnología, sociología de la industria, filosofía de la técnica, economía de la subsistencia, historia del medio ambiente, crítica del valor, ecología política o incluso STS dedicados a los vínculos entre la industria, lo digital y la contaminación.
Esta ceguera ante los trabajos recientes conduce a una serie de contrasentidos o falsas rupturas históricas. Durand percibe así la depredación de las Big Tech sobre las infraestructuras y producciones mutualizadas como una novedad radical propia del tecnofeudalismo digital (D73), cuando en realidad la historia de la industrialización está repleta, desde hace al menos dos siglos, de este tipo de acaparamiento. Así, el despliegue del ferrocarril indio fue totalmente acaparado por empresas británicas: los beneficios recaían en las compañías inglesas, pero la mano mano de obra la proporcionaba el Gobierno indio, que además debía garantizar el reembolso del capital inglés en caso de fracaso del proyecto (i. e. 95 000 000 £ invertidas entre 1845 y 1875 para instalar más de 8000 km de líneas37). La construcción de infraestructuras tecnológicas es el resultado de una mutualización de los costes por parte de los gobiernos (incluso en Estados Unidos, supuesta tierra del libre comercio38), a la que suele seguir, a más o menos corto plazo, una privatización de los beneficios . La historia de la construcción de las redes digitales no difiere en nada de esta historia industrial: los actores de la telefonía, financiados por el Estado, instalaron las infraestructuras que hicieron posible el despliegue de las multinacionales digitales.
La economista Marianna Mazzucato muestra que los fondos públicos están en el origen del desarrollo de los mayores éxitos de la empresa Apple (iPod, iPhone y iPad), y que esta situación es la norma y no la excepción: el mismo tipo de apoyo respalda el desarrollo de las nanotecnologías, las biotecnologías, las energías renovables industriales, las empresas farmacéuticas, etc.³⁹ La historia de la industrialización nos enseña que la organización dual Estado/empresas permite invariablemente mutualizar los costes y privatizar los beneficios.
Del mismo modo, Durand percibe una situación inédita y específica del tecnofeudalismo de las Big Tech en la monetización de las relaciones de dependencia de determinadas producciones (D155). Sin embargo, casi toda la historia de los macrosistemas técnicos expone, sin embargo, estas mismas dinámicas en acción, y ello desde los inicios de la construcción de las grandes redes tecnológicas (gas, electricidad, teléfono, etc.40 ). Porque el interés de un macrosistema sistema técnico reside en su capacidad para liberar de ciertas limitaciones al agrupar su producción en lugares distantes para poder beneficiarse de sus efectos en cualquier punto de la red: entonces creemos poseer una facultad disponible en el lugar de conexión al sistema (el coche en la carretera, el smartphone en la mano, el plato congelado sacado del congelador, etc.), facultad que en realidad está condicionada por inmensas cadenas de procesamiento aguas arriba y aguas abajo, y cuyo punto reticular al que se conecta necesita constantemente para seguir existiendo. La aparente tranquilidad de la persona conectada a la red está condicionada por un estricto control de su integración; la abundancia tangible se basa en una dependencia global. Históricamente, esta dependencia es la fuente de numerosas resistencias frente al desarrollo de estas redes tecnológicas. Desde principios del siglo XIX, los promotores franceses de la iluminación a gas se enfrentan a las reticencias de las élites mundanas, que ven con malos ojos esta subordinación de los hogares a la industria, que pone en tela de juicio la jerarquía social: el «padre de familia [se vería sometido] al poder de un industrial o, peor aún, de cualquier empleado que pudiera cortar el suministro de gas en cualquier momento41». La intromisión de la industria en las relaciones familiares parecía entonces inaceptable.
Pero estas controversias pasadas constituirían un obstáculo teórico y político para los autores, que prefieren alabar los buenos viejos tiempos del capitalismo a la antigua usanza, viciosamente pervertido por las codiciosas Big Tech: para Durand, «el capitalismo industrial era un juego de suma positiva» (D50), ya que se trataba entonces de producir riqueza material al menor coste posible, y por lo tanto potencialmente accesible para todo el mundo. No podemos sino invitar a los autores a descubrir los trabajos (en realidad, demasiado numerosos para citarlos aquí en detalle) sobre la historia de la colonización42, el movimiento obrero43 o la explotación de las mujeres en el comercio, la industria y la administración44. A este respecto, cabe mencionar los estudios de flujo material (material flow analysis), que han acabado definitivamente con esas visiones clasistas, sexistas, coloniales y eurocéntricas, según las cuales la industrialización capitalista habría beneficiado en última instancia a todo el mundo. Un colectivo de historiadores muestra que, entre 1830 y 2015, Francia se comportó «como un parásito», importando masivamente materias primas para alimentar su metabolismo industrial: su consumo de recursos se multiplicó por nueve durante ese periodo45. Entre 1860 y 2010, España pasó de 58 a 570 millones de toneladas de consumo material directo anual (es decir, de 2,8 a 11,6 toneladas por habitante). 46.
Este crecimiento es progresivo, pero se acelera considerablemente en la segunda mitad del siglo XX, cuando el país pasa a importar más materias primas de las que exporta. La biomasa constituía el 98 % de los recursos movilizados en la península ibérica en 1860, porcentaje que se redujo al 16 % en 2010, una disparidad que se debe en gran medida al aumento del uso de recursos fósiles no renovables. Esta tendencia es general y afecta en primer lugar a Estados Unidos y Europa47 (aunque China los supera hoy en día). En otras palabras, la industrialización implica, a largo plazo, la intensificación de la circulación de materia a escala mundial, en beneficio de las poblaciones dominantes48: los países más ricos consumen de media diez veces más recursos que los demás49. En 2022, el consumo energético es de aproximadamente 36 000 kWh/habitante/año en Francia, 194 000 en Qatar, 78 000 en Estados Unidos, 7100 en India y 2 17 en Somalia50.
Sin destacar estos elementos, a Durand y Keucheyan les resulta más fácil afirmar que « durante los siglos XIX y XX, el progreso técnico se percibía fácilmente como un facilitador de la utopía o de proyectos más serios para superar las dominaciones» (D96-97) y que «la ecología se inscribe en la gran epopeya del progreso» (DK75), cuando la ideología del progreso ha sido señalada en varias ocasiones como parte precisamente de un discurso tranquilizador destinado a acallar las numerosas protestas contra la industrialización51. En el siglo XIX se desarrolla un verdadero culto dedicado a los «héroes de la invención52», lo que permite naturalizar la fábula progresista al respaldarla con las grandes etapas que supuestamente han llevado al mundo tal y como lo conocemos. La La institucionalización de la innovación como panacea que sustenta este gran fresco del progreso es el resultado de estrategias deliberadas puestas en marcha por los protagonistas del corazón de la producción industrial, beneficiarios de las relaciones de poder que se cristalizaron en ella53: ingenieros, directivos, consultores y responsables políticos convirtieron la innovación en una solución política. Jueces y partes muy interesadas en el desarrollo de tal cambio, Estos diversos actores intentaron acallar las protestas que les afectaban dando a sus intereses la apariencia de una necesidad histórica: el progreso.
Si bien es evidentemente deseable elaborar trayectorias de emancipación y mejora de las condiciones de vida colectivas, reivindicar ingenuamente el progreso como una evidencia política sin tener conciencia alguna de estos debates pasados equivale a reproducir, voluntariamente o no, estas relaciones de poder y posicionarse lingüística y políticamente del lado de la explotación. Continuando con estos análisis sociocéntricos, los dos autores abordan la cuestión de las necesidades, que Keucheyan ha convertido en su caballo de batalla. Sin embargo, conscientes de que el capitalismo crea necesidades artificiales, su lista, que prefigura el «gobierno por las necesidades», enumera los diferentes artículos del modo de vida urbano contemporáneo: «un frigorífico para conservar [los alimentos]. Una superficie de 30 m² para dos personas es un mínimo, al que hay que añadir 10 m² por persona. Tener acceso a la electricidad: la vivienda debe estar iluminada y disponer de un sistema de calefacción y/o aire acondicionado según la región […] Hoy en día parece indispensable un teléfono por persona, pero basta con un ordenador y un televisor por hogar» (DK73) .
Todas las sociedades humanas, independientemente de su entorno y de las técnicas disponibles, han considerado invariablemente que su modo de vida era el adecuado. Querer universalizar el modo de vida industrial contemporáneo es, por lo tanto, doblemente problemático: por un lado, equivale a imponer una visión industrialista y eurocéntrica del «buen modo de vida», aunque los autores lo nieguen invocando «la contribución de la deliberación democrática » (DK78); por otro lado, no garantiza en absoluto una trayectoria sociotécnica que ponga realmente fin a los estragos del capitalismo industrial (discutir sobre el número de pantallas por hogar, tecnologías que los autores pretenden desplegar «a escala de la especie humana» [DK75], no va a influir mucho en las curvas de emisión de gases de efecto invernadero en los próximos años). En su punto límite, tal posicionamiento no es, en definitiva, incompatible con las declaraciones de George Bush padre, quien afirmó en 1992 en la Cumbre de la Tierra de Río que « el estilo de vida americano no es negociable».
Es fácil imaginar que ambos autores se ofenderían ante tal asociación. Sin embargo, hay que reconocer que sus declaraciones son profundamente aceleracionistas: «el capitalismo no garantizará la transición energética con la suficiente rapidez» (DK22). Al hacer suya la noción de transición, una auténtica ficción histórica que hace creer en la existencia de cambios radicales entre regímenes energéticos durante la industrialización, Durand y Keucheyan se niegan claramente a percibir la obra ideológica que hay detrás de la noción. Mientras que el petróleo ha aumentado el consumo de carbón, la energía nuclear ha aumentado la extracción de petróleo, la energía eólica ha hecho crecer el consumo eléctrico, etc.54, el capitalismo estaría trabajando en la dirección correcta, aunque demasiado lentamente. Durand y Keucheyan difunden a su manera el mito de una energía que les salvaría de los problemas ecológicos contemporáneos, una fantasía poco realista que ignora las lecciones de la historia: el petróleo es (en principio) fácil de extraer y su rendimiento es extremadamente alto. Sin embargo, su masificación ha tenido como consecuencia el aumento del uso de todas las demás fuentes de energía. Aunque surgieran nuevos métodos de extracción menos contaminantes, solo aumentarían el consumo energético global y, por lo tanto, en última instancia, la degradación de los ecosistemas: ninguna energía milagrosa les salvará. En la actualidad, las multinacionales energéticas se están reposicionando para perpetuar lo mejor posible el crecimiento energético capitalista, aferrándose a la descarbonización (ya sea una realidad o una mera excusa55). .
Pero para Durand y Keucheyan, el problema sigue siendo el de las temporalidades de la innovación: la «reestructuración [de las economías reales] es difícil: requiere tiempo para que los efectos de la innovación tecnológica se difundan o para que la evolución de los comportamientos se despliegue» (DK25). En contra de todos los trabajos que han señalado la aceleración como motor de la industrialización56, Durand y Keucheyan siguen creyendo que el problema radica en la lentitud del capitalismo, que debería acelerarse políticamente.
Sin reparar aparentemente en contradicciones, Durand cita al historiador David Noble, en relación con su influyente libro Forces of Production57, en el que demostraba que «el reto para los directores de fábrica consistía principalmente en reducir [mediante el uso de máquinas, en particular las de control numérico] la soberanía que ejercían los trabajadores y los sindicatos sobre el propio proceso de trabajo, lo que equivalía a descalificar el trabajo para depender menos de él» (D68). Este análisis pionero de Noble está hoy bien documentado históricamente y se refiere a todo el proceso de industrialización58: despojar a los trabajadores de la exclusividad de sus conocimientos y habilidades —es decir, hacerlos disponibles y apropiables por cualquier persona— permite el creciente control del capital sobre el trabajo. Sin ver en ello ninguna contradicción (ya que para él lo único importante es establecer la coordinación de los actores sobre una base distinta al mercado), Durand cita como fuente de inspiración, literalmente dos páginas más adelante, al ultraliberal Friedrich Hayek, que defendía que «la libre circulación del conocimiento es el elemento decisivo para permitir el progreso de la humanidad» (D70).
Ayer como hoy, el problema no es la inconsciencia ecológica, sino la impotencia colectiva ante las colosales inercias generadas por el despliegue de gigantescos sistemas técnicos.
El premio a la ignorancia en materia de historia industrial probablemente recae en el desprecio oculto de las poblaciones contemporáneas de los inicios de la industrialización, que no habrían comprendido que las infraestructuras manufactureras podían contaminar. Según Durand, nuestra situación es muy diferente, ya que hoy en día «la destrucción del planeta continúa, pero a sabiendas » (D99). Antiguamente, nadie habría imaginado que la industria pudiera contaminar, mientras que hoy en día estamos mucho más informados. En realidad, nuestros antepasados no eran en absoluto ajenos a los estragos de la industrialización, una ingenuidad que parece absurda en cuanto uno se toma el tiempo de leer la prensa del siglo XIX, que a veces describe con gran precisión los detalles de la destrucción en curso. 59. Ayer como hoy, el problema no es la inconsciencia ecológica, sino la impotencia colectiva frente a las colosales inercias generadas por el despliegue de gigantescos sistemas técnicos. El problema no es el conocimiento, ni siquiera quizá la voluntad de de actuar, sino la inadecuación de nuestros medios de acción, que se ven inutilizados por la complejidad tecnológica y administrativa en la que, por cierto, participa directamente el despliegue digital.
La constitutividad técnica contra el decisionismo
Todo el discurso de Durand y Keucheyan está impregnado de una metafísica instrumentalista, que solo ve en las técnicas un medio que puede utilizarse para diversos fines, por lo que la única cuestión que se plantea es la de la decisión: ¿qué hacer con estas maravillosas técnicas? Mientras que la filosofía, la historia y la sociología de las últimas décadas han invalidado por completo esta mitología de la neutralidad de la técnica, ambos autores solo ven en los dispositivos industriales contemporáneos una herramienta que podría adaptarse fácilmente a nuestra voluntad política: «Si así lo decidimos, la producción y el consumo pueden […] subordinarse a la reproducción de los ecosistemas y a la preservación de los grandes equilibrios de la biosfera» (DK141). Esta banalidad resume todo su discurso y demuestra que, en el fondo, no tienen mucho más que decir. Durand finge preguntarse al respecto: «¿No podría desviarse para otros fines una herramienta tan poderosa de conocimiento y control utilizada con el único objetivo de generar beneficios?» (D97). Y los dos compinches se lamentan: «La razón principal de este fracaso [de las acciones ecológicas emprendidas durante el último medio siglo] radica en el carácter secundario de la cuestión medioambiental con respecto a los objetivos de crecimiento económico » (DK18). Escribir dos libros para llegar a la conclusión de que el problema medioambiental contemporáneo se reduce a una cuestión de voluntad política parece un tanto ridículo cuando se conoce la literatura que ha intentado abordar seriamente estas cuestiones, de la que aquí solo ofrecemos algunos fragmentos seleccionados.
El sociólogo François Dedieu muestra así, en relación con los pesticidas, que es la organización global de las actividades y profesiones relacionadas con la buena gestión de las normas sanitarias la que impide cualquier oposición real al despliegue de los insumos producidos por la industria química60. Por supuesto, los lobbies agroindustriales trabajan entre bastidores para sembrar la duda. Pero la inacción generalizada ante estos compuestos, cuya peligrosidad se conoce desde hace más de medio siglo, no es tanto el resultado de una manipulación maquiavélica como de una negación colectiva generada por una producción activa de ignorancia favorecida por los protocolos oficiales de evaluación de riesgos y resultante, en última instancia, de la complejidad de las formas contemporáneas de organización del trabajo, que disuelve toda responsabilidad en cadenas de causalidad demasiado distendidas para ser eficaces. El problema no es el conocimiento, sino la impotencia.
En su estudio sobre las toxicidades planetarias, , las historiadoras Soraya Boudia y Nathalie Jas discuten esta impotencia de la ciencia contemporánea (su obra se titula Powerless Science): «La conclusión a la que se llega en este libro es muy severa: si bien la ciencia desempeña un papel determinante en la definición y la puesta de manifiesto de los efectos peligrosos para la salud y el medio ambiente, aunque en ocasiones ha proporcionado recursos a los movimientos de defensa y ha contribuido a la adopción de nuevos sistemas de regulación más protectores, también ha participado en gran medida en invisibilizar y perpetuar situaciones problemáticas. Lo ha hecho otorgándoles el sello de la objetividad, produciendo y favoreciendo ciertos resultados en detrimento de otros y dando a las políticas adoptadas una apariencia de decisión razonada cuando en realidad se trataba de una renuncia. Así, la ciencia contribuye a la elaboración de sistemas de regulación que producen y difunden la ignorancia, racionalizando y legitimando políticas públicas que naturalizan las asimetrías entre los afectados por las contaminaciones y los que se benefician de ellas, ya sea económicamente o en términos de comodidad de vida61. La producción científica participa en procesos de normalización que perpetúan la ignorancia y las desigualdades.
Al investigar estos procesos de normalización, el sociólogo Léo Magnin explica que los setos, destruidos masivamente destruidos en Francia durante la modernización agrícola después de 1945, son ahora aclamados como reservas de biodiversidad, a pesar de que su número no deja de disminuir. En la encrucijada de múltiples normas (técnicas, medioambientales, políticas, económicas, etc.) , los setos son objeto de un fuego cruzado cuyo nivel de complejidad nadie controla y que conduce a perpetuar la destrucción ecológica: «Si bien el medio ambiente nunca ha estado tan presente como motivo de preocupación, no se aprecia ningún sentido de la historia hacia la ecología62». La preocupación no proviene de una falta de conciencia, ni siquiera de una falta de voluntad, sino de la incapacidad de traducir estas posiciones en algo más que una continuación de las trayectorias ecocidas contemporáneas.
Al cuestionar los efectos directos de las estrategias de optimización energética y tecnológica, los ingenieros prospectivistas Christopher Magee y Tessaleno Devezas han seguido el efecto rebote de cincuenta -siete innovaciones desde la década de 193063: en cada uno de los casos estudiados, la elasticidad de la demanda, unida a la mejora de la tasa de rendimiento técnico, ha dado lugar a un aumento, y no a una disminución, de los recursos materiales utilizados. Cuanto más se innova, se mejora y se reduce el coste (incluido el ecológico) de una tecnología, mayor es el impacto en los ecosistemas. En última instancia, el dominio tecnocientífico y el poder tecnológico nunca se traducen en una disminución de la presión sobre el medio ambiente. La complejidad industrial genera impotencia política, especialmente en materia medioambiental.
Análisis pionero de los efectos nocivos de esta complejización tecnológica, el artículo del historiador Thomas P. Hughes, publicado en 1969 y dedicado a la síntesis de amoníaco64, muestra que la visión conspirativa de la historia no permite comprender las dinámicas que presidían la estrategia del grupo IG Farbenindustrie (antes BASF) durante el auge del nazismo en Alemania. La Primera Guerra Mundial había llevado a la creación de un importante complejo industrial de síntesis de amoníaco, utilizado para fabricar gases de combate, que quedó en desuso tras el desarme. En la década de 1920, el grupo era propietario de gigantescas infraestructuras que ofrecían una solución a un problema que ya no existía: había que encontrar uno nuevo, algo que las veleidades expansionistas de Hitler iban a proporcionar de manera ideal. Las modificaciones que había que realizar en los dispositivos eran mínimas para conseguir fábricas que produjeran gasolina sintética, una industria que encajaba perfectamente con los objetivos autárquicos del ejército del Reich. Con el apoyo de los archivos, Hughes demuestra que los cargos presentados contra la empresa durante el juicio de Núremberg partían del principio ingenuo de la agente absoluto de los seres humanos, sin tener en cuenta la inmensa inercia que pueden suponer las infraestructuras técnicas. Todo gran conjunto tecnológico es a la vez depositario e instigador de una prescripción social por derecho propio: el momentum es para Hughes la fuerza inercial, la persistencia ontológica y el impulso desplegado por un macrosistema técnico. Esta inercia macrosistémica combina factores materiales (infraestructuras industriales), técnicos (formación del personal), socioculturales (pedagogía, tradiciones y hábitos), jurídicos (institucionalización en el derecho), políticos (inscripción en los partidos y prácticas de gobierno a escala estatal), etc. El momentum aparece entonces como la dirección hacia la que se orienta el mundo humano por un conjunto multifactorial de trayectorias organizadas en torno a un sistema técnico65, jugando a veces con los avatares políticos66.
En su total ignorancia de los trabajos dedicados a estas cuestiones, la mayor ingenuidad de Durand y Keucheyan consiste quizás en seguir pensando que todo es cuestión de voluntad y que, ante todo, hay que convencer a todo el mundo para que se enfrente a los malvados contaminadores, cuando las estructuras técnicas del mundo se adelantan en gran medida a las posibles opciones: si se desea conservar el automóvil, las carreteras, las autopistas, los constructores, la extracción minera, las energías, las empresas y los conglomerados industriales vendrán con él. Aparte de las élites, que tienen todo interés en permanecer ciegas ante las trayectorias realmente emprendidas, muchas personas ya están convencidas de que el modo de vida contemporáneo basado en la explotación industrial del mundo no es necesariamente la panacea, lo que, lamentablemente, no cambia gran cosa la situación: el problema se sitúa en gran medida en el lado de las infraestructuras materiales de nuestras sociedades, y no es una simple decisión lo que permitirá transformar los centros de datos, las televisiones, los ordenadores, los automóviles, los platos congelados y las bombas nucleares en vectores de emancipación del capitalismo industrial.
Durand y Keucheyan se declaran defensores de la democracia. Sin embargo, su principal propuesta política consiste en decidir que el mundo industrial contemporáneo se ponga al servicio de la justicia social y del medio ambiente. ¿Deben las poblaciones simplemente alinearse «democráticamente» con su opinión, porque es lo que más les conviene? Por supuesto, se podría pensar al leerlos, ya que ambos se declaran «de izquierdas» y, por tanto, bienintencionados. ¿Contemplan más bien un modelo político más musculoso, al estilo de las políticas chinas que alaban, para empujar a las masas a alinearse con sus opiniones? ser así, a juzgar por los elogios que dirigen en repetidas ocasiones a diversos regímenes autoritarios. Sean cuales sean las respuestas a estas preguntas, las perspectivas políticas esbozadas no son nada alentadoras.
¿Cómo salvar el mundo? Sigamos las recomendaciones de un economista y un sociólogo para que todos los sistemas contemporáneos nos conduzcan a un futuro más clemente. Porque no olvidemos que hay un digital bueno y un digital malo, un Estado bueno y un Estado malo, multinacionales buenas y malas, un capitalismo industrial bueno y otro malo. Después de leer más de cuatrocientas páginas, finalmente se comprende que Cédric Durand y Razmig Keucheyan creen firmemente que otro mundo es posible, a condición de no cambiar nada o casi nada, salvo las riendas del poder, que deberían confiarse a Cédric Durand y Razmig Keucheyan.
Notas
- Las referencias a Durand Cédric, ¿Hay que prescindir de lo digital para salvar el planeta?, París: Ámsterdam, 2025, se indican con la letra «D» seguida del número de página (por ejemplo, D66). Las referencias a Durand Cédric, Keucheyan Razmig, Comment bifurquer ? Les principes de la planification écologique, París: La Découverte, 2024, se indican con las letras «DK» seguidas del número de página (por ejemplo, DK123).[↩]
- Loubere Nicholas, Brehm Stefan, 2019, «The Global Age of Algorithm: Social Credit and the Financialisation of Governance in China», en Franceschini Ivan et al. (dir.), Dog Days: Made in China Yearbook 2018, Canberra: ANU Press, p. 142-147; Hoffman Samantha, 2019, «Managing the State: Social Credit, Surveillance, and the Chinese Communist Party’s Plan for China», en Wright Nicholas D. (dir.), Artificial Intelligence, China, Russia, and the Global Order, Air University Press, p. 48-54; Arsène Séverine, 2021, «Le système de crédit social en Chine : la discipline et la morale», Réseaux, n.º 225, pp. 55-86.[↩]
- Alexandre Olivier, Beuscart Jean-Samuel, Broca Sébastien, 2022, «Une sociohistoire des critiques numériques », Réseaux, n.º 231(1), pp. 9-37; Groupe Marcuse, 2013, La Liberté dans le coma. Essai sur l’identification électronique et les moyens de s’y opposer, Le Batz: La Lenteur; Spitzer Manfred, 2019 (2012), Les Ravages des écrans. Les pathologies à l’ère numérique, París: L’échappée.[↩]
- Courland Robert, 2011, Concrete Planet: The Strange and Fascinating Story of the World’s Most Common Man-Made Material, Buffalo: Prometheus.[↩]
- Bordage Frédéric (dir.), 2021, Le numérique en Europe. Une approche des impacts environnementaux par l’analyse du cycle de vie, Bruselas: The Greens/EFA, p. 9.[↩]
- Véase, en particular, el trabajo realizado por la asociación SystExt sobre la agregación de metales en la fabricación de un smartphone estándar: https://www.systext.org/node/1724 (consultado el 20 de noviembre de 2025).[↩]
- https://www.plymouth.ac.uk/news/scientists-use-a-blender-to-reveal-whats-in-our-smartphones (consultado el 20 de noviembre de 2025).[↩]
- Izoard Célia, 2024, La Ruée minière au xxiesiècle. Enquête sur les métaux à l’ère de la transition, París: Seuil.[↩]
- Lécuyer Christophe, 2017, «From Clean Rooms to Dirty Water: Labor, Semiconductor Firms, and the Struggle over Pollution and Workplace Hazards in Silicon Valley», Information & Culture, n.º 52(3), p. 304-333.[↩]
- https://ecoinfo.cnrs.fr/2010/10/20/le-silicium-les-impacts-environnementaux-lies-a-la-production/ (consultado el 20 de noviembre de 2025).[↩]
- https://www.geo.de/mitmachen/frage-des-tages/ 23786-quiz-frage-des-tages-1412021-die-herstellung-eines-mikrochips?utm_source=Newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=frage-des-tages-newsletter (consultado el 20 de noviembre de 2025) .[↩]
- Morozov Evgeny, 2021, «Les semi-conducteurs au centre d’une bataille planétaire. Doit-on craindre une panne électronique ?», Le Monde diplomatique, n.º 809, agosto de 2021, p. 1, 12-13.[↩]
- https://www.csis.org/blogs/perspectives-innovation/geotech-wars-semiconductors-most-complex-device-history-syed-alam (consultado el 20 de noviembre de 2025).[ ↩]
- Miller Chris, 2024 (2022), La Guerre des semi-conducteurs. L’enjeu stratégique mondial, París: L’artilleur.[↩]
- Feynman Richard P., 2008, «The Computing Machines in the Future», Lecture Notes in Physics, n.º 746, pp. 99-113. [↩]
- Lebrun Fabien, 2024, Barbarie numérique. Une autre histoire du monde connecté, París: L’échappée.[↩]
- Véase la investigación de Célia Izoard: «Un neocolonialismo tecnológico: cómo Europa fomenta la explotación minera depredadora en el Congo», Terrestres, 5 de julio de 2025: https://www.terrestres.org/2025/07/05/la-banalite-de-lempire-laccord-ue-rwanda/[↩]
- Greenstein Shane, 2020, «The Basic Economics of Internet Infrastructure», Journal of Economic Perspectives, n.º 34(2), p. 192-214.[↩]
- Ibid.[↩]
- Vaudano Maxime, 2013, « Les câbles sous-marins, clé de voûte de la cybersurveillance », Le Monde [https://www.lemonde.fr/technologies/article/2013/08/23/ les-cables-sous-marins-cle-de-voute-de-la-cybersurveillance_3465101_651865.html].[↩]
- https://www.degrouptest.com/actualite/fibre-optique-l-etat-signe-un-accord-avec-orange -qui-s-engage-a-raccorder-1-5-millions-de-foyers-d-ici-2025 (consultado el 20 de noviembre de 2025).[↩]
- Delaunay Michael, 2022, «Les enjeux stratégiques des câbles sous-marins de fibre optique dans l’Arctique» [https://geopoweb.fr/?LES-ENJEUX-STRATEGIQUES-DES-CABLES-SOUS-MARINS-DE-FIBRE-OPTIQUE-DANS-L-ARCTIQUE-278].[ ↩]
- https://www.greenit.fr/etude-empreinte-environnementale-du-numerique-mondial/ (consultado el 20 de noviembre de 2025).[↩]
- Carnino Guillaume, Marquet Clément, 2018, «Les datacenters enfoncent le cloud : enjeux politiques et impacts environnementaux d’internet» (Los centros de datos hunden la nube: retos políticos e impacto medioambiental de Internet), Zilsel, n.º 3, p. 19-62.[↩]
- https://www.sunbirddcim.com/infographic/top-10-energy-consuming-data-centers (consultado el 20 de noviembre de 2025).[ ↩]
- Carnino Guillaume, Marquet Clément, 2022, «Cooling, quick fix y spaghetti cloud en el universo del datacenter. Cambio de escala e industrialización de lo digital», Artefact. Técnicas, historia y ciencias humanas, n.º 17, p. 309-335.[↩]
- Carnino Guillaume, Marquet Clément, 2020, «Del mito de la automatización al saber hacer de las manos pequeñas: una historia de los centros de datos a través de las averías», Artefact. Técnicas, historia y ciencias humanas, n.º 11, p. 161-188.[↩]
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7. El fascismo hoy (5).
Hoy podríamos decir que vuelve a casa, porque el artículo está dedicado al fascismo italiano, «hesterno» y hodierno.
https://www.tni.org/en/article/fascist-by-design
Fascismo por diseño: las lecciones de Italia para las democracias neoliberales
Fecha de publicación: 3 de febrero de 2026
El neoliberalismo tecnocrático hizo que las protecciones fascistas de los intereses del capital en Italia resultaran redundantes. Sin embargo, sus corrientes subterráneas persistieron en las instituciones estatales y en las formulaciones racistas de identidad que ahora se utilizan para controlar la migración, criminalizar las protestas y erosionar sistemáticamente los derechos sociales.
Artículo largo de Irene Crestanello
La palabra «fascismo» ha perdido gran parte de su significado. Todavía conlleva el hedor de las dictaduras del siglo XX, por lo que acusar a líderes contemporáneos como Giorgia Meloni, Donald Trump, Viktor Orbán, Narendra Modi o Javier Milei de ser fascistas a menudo no se toma en serio. Sin embargo, todos ellos son líderes de países en los que se está erosionando la democracia y la coacción se presenta cada vez más como orden.
Si les preocupa aunque sea un poco el futuro de sus democracias, vale la pena preguntarse a qué se enfrentan y permanecer abiertos a la idea de que, solo porque no se parezca al fascismo del pasado, no significa que no sea fascismo.
Italia ofrece un punto de vista crucial para esta cuestión.
Fue tanto la cuna del fascismo como el laboratorio para su reinvención. Más allá de la dictadura de Mussolini, la extrema derecha resurgió dos veces: durante los anni di piombo (literalmente «años de plomo», 1969-1982) y de nuevo durante la última década. Cada resurgimiento revela cómo los instrumentos de violencia del fascismo se adaptan a las transformaciones políticas y económicas.
Tras su elección en 2022, muchos se apresuraron a asegurar que no había mucho de qué preocuparse con la nueva primera ministra de Italia, Giorgia Meloni. Aunque es la líder de un partido posfascista, Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia), con linaje directo del Partido Nacional Fascista de Mussolini, se la ha descrito como una conservadora convencional con una política exterior liberal, a menudo comparada con Margaret Thatcher.
Sin embargo, tres años después de su llegada al poder, los ataques al poder judicial y a la prensa, las crecientes restricciones al espacio cívico y el uso sistemático de la legislación por decreto para eludir el control parlamentario apuntan a un giro antiliberal. El Gobierno ha acusado repetidamente a los magistrados de injerencia por motivos políticos (enlace externo), tratando de deslegitimar las investigaciones y las sentencias judiciales que contradicen la política gubernamental. Los periodistas han sido objeto de intimidación pública (enlace externo), así como de intentos de desacreditar las informaciones críticas y de aumentar la presión sobre las emisoras públicas. Al mismo tiempo, las organizaciones de la sociedad civil (OSC) han denunciado una reducción del espacio cívico (enlace externo), con nuevos obstáculos administrativos, amenazas de recortes de financiación y una hostilidad creciente hacia las organizaciones no gubernamentales (ONG) que trabajan en materia de migración, derechos o justicia social.
Los políticos han intensificado sus esfuerzos por criminalizar el activismo y la disidencia, atacando a ONG, periodistas, minorías y manifestantes. Esta tendencia se ha visto reforzada por la amplia dependencia del Gobierno de los decretos de emergencia (enlace externo), que permiten aprobar leyes sin un debate parlamentario abierto. Paralelamente, el Gobierno ha utilizado las leyes de difamación para intimidar a intelectuales, profesores universitarios y periodistas (enlace externo), disuadiéndoles de criticarlo.
La cadena pública RAI también ha sufrido una creciente influencia del Gobierno. Los periodistas se han declarado en huelga, denunciando lo que describen como «un control asfixiante (enlace externo)» y una censura cada vez mayor. El caso más emblemático fue la cancelación del monólogo televisado del autor Antonio Scurati el 25 de abril de 2024 (enlace externo), Día de la Liberación de Italia, que conmemora el fin del fascismo. El texto de Scurati criticaba la persistencia de la nostalgia fascista en la política italiana, y su retirada de última hora fue interpretada por muchos como una injerencia política.
La Ley de Seguridad de 2025 es otro ejemplo alarmante. Aprobada como decreto de emergencia para eludir al Parlamento, restringe las protestas y las reuniones públicas mediante una redacción vaga y arbitraria, otorgando a la policía una discrecionalidad excesiva para definir las amenazas al orden público (enlace externo). La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y el Consejo de Europa advirtieron (enlace externo) que la legislación corre el riesgo de socavar el estado de derecho y se dirige de manera desproporcionada a los migrantes, las minorías raciales y los presos. Igualmente preocupantes son los debates en torno a otra reforma constitucional (enlace externo) para otorgar más poder al primer ministro a expensas del Parlamento. Este debilitamiento de los controles sobre el poder ejecutivo, que la académica Nancy Bermeo denomina «agrandamiento ejecutivo (enlace externo)», es el núcleo de la actual erosión de la democracia en Italia.
Para comprender la esencia del actual Gobierno italiano, es útil recordar el concepto de posfascismo, que Enzo Traverso definió de la siguiente manera:
La Italia de Meloni ejemplifica esta tensión. Ella insiste en que la derecha italiana «ha relegado el fascismo a la historia desde hace décadas (enlace externo)», pero su partido mantiene redes que preservan su legado ideológico. La sección juvenil de Fratelli d’Italia, Gioventù Nazionale, es una ventana a este ecosistema. Una investigación periodística (enlace externo) documentó cómo sus miembros realizaban saludos fascistas, coreaban consignas fascistas y nazis y admitían que se autocensuraban deliberadamente cuando hablaban con la prensa para parecer más moderados. Fuera de cámara, los militantes se identificaban abiertamente como fascistas y racistas, y uno de ellos incluso se jactaba de tener vínculos familiares con los responsables del atentado neofascista de la estación de Bolonia en 1980, que causó 85 muertos y más de 200 heridos.
Estos círculos se extienden a una densa red de organizaciones culturales y financieras que sostienen a la extrema derecha italiana. En las redes sociales es fácil ver cómo Gioventù Nazionale y su rama estudiantil, Azione Studentesca, mantienen vínculos con grupos como CasaPound, un movimiento aceleracionista neofascista italiano y organización militante, así como con Passaggio al Bosco, una editorial que promueve la literatura y los escritores fascistas y neofascistas. Para la promoción de libros, Passaggio al Bosco ha colaborado con la Fondazione Alleanza Nazionale, que muchos consideran el brazo financiero de Fratelli d’Italia, donde Arianna Meloni, hermana del primer ministro, forma parte de la junta directiva. La Fondazione Alleanza Nazionale, a su vez, ha financiado (enlace externo) asociaciones de extrema derecha como Forza Nuova. FN y su líder, el delincuente convicto y militante Roberto Fiore, siguen vinculados a la Alianza por la Paz y la Libertad, una plataforma paneuropea que conecta a los movimientos neofascistas de todo el continente.
Esta estructura ha ido acompañada de un discurso cada vez más intolerante centrado en las supuestas amenazas a la cultura occidental e italiana. El viceprimer ministro, Matteo Salvini, por ejemplo, publica habitualmente mensajes alarmistas sobre los migrantes y el islam. Otras tácticas similares son la falsa afirmación (enlace externo) de Giorgia Meloni de que la llegada de migrantes ha provocado un aumento de las violaciones, y las advertencias de Francesco Lollobrigida, ministro de Agricultura, sobre el llamado reemplazo étnico. Esta retórica se ha visto reforzada por los esfuerzos por reescribir la historia de la resistencia al fascismo, que se ha etiquetado erróneamente como puramente comunista. Se ha llegado al punto de que tanto Meloni como el presidente del Senado, Ignazio La Russa, han promovido (enlace externo) una versión falsa de una represalia nazi durante la Segunda Guerra Mundial con el fin de culpar a la resistencia antifascista y, por tanto, a los comunistas.
La combinación de estas narrativas políticas con legislaciones destinadas a atacar a grupos percibidos como amenazas para una supuesta identidad italiana homogénea, familiar y cristiana, da lugar a la legitimación de una forma insidiosa de autoritarismo en la que se legaliza la represión y se deslegitima la oposición.
Estos acontecimientos se hacen eco de lo que Johan Galtung denominó violencia cultural, que implica «aquellos aspectos de la cultura, la esfera simbólica de nuestra existencia [… (enlace externo)] que pueden utilizarse para justificar o legitimar la violencia directa o estructural (enlace externo)». La violencia estructural es la violencia «integrada en la estructura y [que se manifiesta] como poder desigual (enlace externo)».
Esta violencia cultural y estructural es la que permite que un proyecto de extrema derecha prospere dentro de las instituciones democráticas y las erosione desde dentro. Si tomamos dos características fundamentales del fascismo, la violencia política y el anticomunismo, y seguimos su evolución a través de la genealogía de la extrema derecha italiana, también podemos ver cómo ha cambiado la propia democracia. A medida que las democracias capitalistas se han vuelto cada vez más neoliberales al incorporar los intereses del capital en sus propias estructuras institucionales, nuevas formas de fascismo y su violencia se han adaptado en respuesta. Con países cada vez más tecnocráticos y moldeados por las exigencias del mercado, el fascismo ya no necesitaba ser totalmente totalitario y, por ahora, ya no es totalmente autoritario. La violencia está cada vez más arraigada en el Estado en lugar de en los paramilitares, lo que exime a los movimientos fascistas de tal responsabilidad. El anticomunismo, por otro lado, ha sobrevivido como una forma de estigmatizar cualquier desafío al orden económico, a menudo acompañado de amenazas percibidas a una identidad nacional construida, que se han instrumentalizado para obtener apoyo para una agenda política destinada a preservar una sociedad homogénea.
A lo largo de la historia de Italia, podemos observar esta transformación en acción: desde el squadrismo de la década de 1920, pasando por la estrategia de la tensión de la década de 1970, hasta el neoliberalismo de las últimas décadas. Cada etapa revela un cambio en la forma en que el fascismo defiende el capital y legitima la violencia dentro de la democracia. Comprender este linaje nos permite ver no solo en qué se ha convertido el fascismo en Italia, sino también cómo se han desarrollado la democracia italiana y otras democracias.
Breve historia del auge del fascismo y el neofascismo en Italia
Squadrismo
La toma del poder por Benito Mussolini en 1922 no fue una revolución, sino la culminación de decisiones políticas deliberadas por parte de conservadores y liberales que buscaban sofocar el malestar social de 1919-1920, conocido como biennio rosso (el bienio rojo).
La Italia de la posguerra se enfrentó a una de las crisis más graves del capitalismo. La economista italiana Clara Mattei escribe que el despertar anticapitalista era posible dado el intervencionismo estatal que Italia empleó, al igual que otras naciones beligerantes, para hacer frente a las enormidades de los esfuerzos de producción bélica. Sectores enteros se colectivizaron, ya que el gobierno contrató a más trabajadores y reguló el coste y la oferta de mano de obra (enlace externo), lo que demostró que las relaciones salariales eran decisiones políticas y no un equilibrio económico natural. Los sindicatos se hicieron más poderosos y los trabajadores se dieron cuenta de que tenían la influencia necesaria para exigir más derechos sociales, con el apoyo de intelectuales de izquierda como Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti.
Con la inflación disparada, una agitación social sin precedentes se extendió por todo el país. El movimiento revolucionario culminó en 1920, concentrado en el norte de Italia, pero extendiéndose por todo el territorio nacional. En este contexto, en el que los terratenientes, los industriales y los políticos de centro-derecha temían la subversión de la sociedad y la erosión de los valores nacionales, Benito Mussolini, un político fracasado, les proporcionó una herramienta para proteger sus intereses: el squadrismo.
El squadrismo era el movimiento de escuadrones de acción fascistas que tenían como objetivo a socialistas, comunistas y revolucionarios. A través de estos escuadrones, el fascismo se arraigó como una fuerza contrarrevolucionaria violenta allí donde las élites percibían que el Estado era incapaz de proteger la propiedad y la jerarquía. También respondía a un sentimiento de victimismo y declive nacional que siguió a la Primera Guerra Mundial. El declive se achacaba al liberalismo individualista, la caída de la natalidad, el conflicto de clases y las influencias extranjeras. Medios de comunicación como The Economist e Il Sole (enlace externo) reflejaban el sentimiento de las élites, presentando a los fascistas como patriotas que habían acabado con la amenaza bolchevique «abandonando los medios legales» para salvar a la nación. Los nuevos medios consistían en palizas, secuestros, asesinatos y la administración forzada de aceite de ricino, especialmente en las ciudades socialistas, mientras las autoridades estatales hacían la vista gorda.
En poco tiempo, el squadrismo se afianzó en la política local y la popularidad de Mussolini entre las élites se disparó. En 1921, el primer ministro liberal Giovanni Giolitti convocó elecciones y presentó una alianza conservadora conocida como Blocco Nazionale, una coalición de derecha que incluía el nuevo Fasci di Combattimento de Mussolini. Sin embargo, el frente socialista se mantuvo y el Blocco Nazionale no ganó, pero Mussolini se convirtió en el tercer parlamentario más votado y obtuvo 35 escaños. Las sucesivas crisis gubernamentales de 1921 y 1922 le permitieron consolidar su poder en el Parlamento.
Mussolini utilizó el miedo al socialismo, la complacencia conservadora, la aquiescencia de las autoridades estatales y la amenaza de la violencia para hacerse finalmente con el poder. El 28 de octubre de 1922, decenas de miles de camisas negras fascistas, Camicie Nere, acamparon a las afueras de Roma, mal equipados y en condiciones precarias, un farol que podría haber sido fácilmente descubierto por las guarniciones reales que defendían la ciudad. Sin embargo, el monarca, Víctor Manuel III, no firmó el decreto de ley marcial y ofreció el cargo de primer ministro a Mussolini. Por invitación oficial de la realeza, Mussolini llegó a Roma el 30 de octubre. Al día siguiente, se permitió la entrada en la ciudad a decenas de miles de camisas negras para un saludo real. La «vigorosa revolución fascista» (la gagliarda rivoluzione fascista) inmortalizada en la memoria fue la mitificación de este engaño.
Una vez en el poder, Mussolini destruyó la democracia liberal que le había proporcionado las herramientas y los expedientes para neutralizar el malestar socialista. Cada vez que se enfrentaban a una elección política, las élites elegían la antisocialista y contrarrevolucionaria, allanando el camino de Mussolini hacia el poder al aceptar compromiso tras compromiso en un intento de salvar y restaurar el capital y el orden del país mediante el squadrismo fascista. No fue la fuerza de las Camisas Negras, sino la cobardía de la monarquía y la negativa de los conservadores a arriesgar su propia fuerza lo que aseguró el poder a Mussolini. En noviembre de 1922, la bolsa italiana se disparó: el capitalismo se había salvado.
Esta primera iteración de la violencia política de extrema derecha muestra cómo la defensa del capitalismo y el miedo a la agitación social llevaron a las élites a tolerar y legitimar la violencia como instrumento de orden. En este caso, la violencia política no era solo el uso de la fuerza, sino una estrategia política deliberada, presentada como necesaria para preservar tanto el orden capitalista como la identidad nacional. Lo que comenzó como violencia extralegal por parte de los squadristi fue luego absorbido por el propio Estado, dando vida a la dictadura fascista bajo Il Duce.
Este ensayo no narrará los horrores de este período. Después de 20 años, Italia fue liberada del nazifascismo por la resistencia y los aliados. Mussolini fue asesinado por los partisanos en 1945 mientras huía a Suiza. Fue colgado boca abajo en la Piazzale Loreto de Milán.
Estrategia de la tensión
La historia del terrorismo neofascista en Italia durante los anni di piombo (1969-1982) es una historia de servicios secretos deshonestos, complicidad estatal, encubrimientos e interferencias extranjeras. La expresión fue tomada de la película de Margarethe von Trotta Die bleierne Zeit, que ganó el León de Oro en el 38º Festival Internacional de Cine de Venecia en 1978.
Marcado por la violencia política tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, este periodo vio cómo estas últimas, como las Brigate Rosse, Prima Linea y Nuclei Armati Proletari, dirigían sus ataques hacia el corazón del Estado, tomando como objetivo a autoridades, funcionarios y sindicalistas. El terrorismo neofascista, por el contrario, operaba de forma encubierta como parte de una estrategia de tensión, definida como el uso de la violencia política para infundir miedo entre la población y justificar así un giro autoritario.
Este periodo no puede separarse del proceso incompleto de desfascistización tras 1945. La amnistía de Togliatti de 1946 garantizó que gran parte de la función pública, el poder judicial, la policía y el ejército siguieran estando integrados por antiguos fascistas, lo que permitió que la cultura y las redes fascistas persistieran dentro del aparato estatal. (enlace externo) Y aunque la Constitución prohibió la reorganización del Partido Fascista, los antiguos funcionarios fascistas volvieron rápidamente a la política y a la vida pública. Por ejemplo, Giorgio Almirante, antiguo jefe de gabinete de la República de Salò nazi-fascista y escritor de La Difesa della Razza, fundó el partido Movimento Sociale Italiano (MSI) para preservar el legado político del fascismo. Licio Gelli, antiguo enlace entre las autoridades fascistas y la Alemania nazi, se convirtió en venerable maestro de la logia masónica clandestina de extrema derecha Propaganda Due (P2), que desempeñó un papel importante en los años de plomo.
Durante la Guerra Fría, Italia se convirtió en un frente geopolítico. La presencia del mayor partido comunista de Europa occidental, junto con la renovada movilización obrera de 1968, alarmó a las fuerzas conservadoras y a los aliados occidentales. Al igual que en la década de 1920, fue cuando la jerarquía capitalista parecía frágil cuando resurgió la violencia de extrema derecha. En este contexto, esta estaba estrechamente arraigada en el MSI y sus ramificaciones, Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale. Las figuras clave se movían entre estas organizaciones, manteniendo la continuidad tanto política como operativa. (enlace externo)
El atentado con bomba en la Piazza Fontana de Milán, que causó 17 muertos y 88 heridos, es el acontecimiento que marcó el comienzo de los anni di piombo y la llamada fase de masacres de la estrategia de la tensión. Las investigaciones iniciales culparon a los anarquistas, siguiendo un «rastro rojo». Las investigaciones posteriores descubrieron un «rastro negro», que reveló el papel de los grupos neofascistas y los esfuerzos deliberados por trasladar la responsabilidad a la izquierda. El Istituto Treccani describe la masacre como un acto de grupos extremistas, en particular Ordine Nuovo, que actuaron junto con sectores rebeldes del aparato de seguridad italiano en respuesta al poderoso ciclo de luchas sociales de 1968 y 1969, y al auge electoral del Partido Comunista Italiano (PCI). (enlace externo)
La participación de sectores deshonestos del Estado durante este período resultó ser a una escala mucho mayor y de naturaleza más sistemática. Por ejemplo, las sentencias sobre el atentado con bomba en la Piazza della Loggia de Brescia revelaron que los funcionarios de la gendarmería desviaron las investigaciones de los atentados (enlace externo). Además, los informes indicaban la participación estratégica de la CIA en instigar (enlace externo) y apoyar (enlace externo) estas oleadas de terrorismo de extrema derecha en Italia durante la década de 1970. Este apoyo probablemente se produjo en relación con una operación más amplia (enlace externo) europea, vinculada a la OTAN, denominada «stay behind», que en Italia, bajo el nombre en clave de Gladio, adoptó la forma de una estructura paramilitar encubierta.
Las investigaciones judiciales y parlamentarias revelaron vínculos entre militantes neofascistas, sectores de los servicios secretos, unidades de la gendarmería nacional y la logia masónica de extrema derecha P2 para sostener la estrategia de la tensión. Estas relaciones implicaban una obstrucción sistemática mediante depistaggi (encubrimientos y pistas falsas) que desviaban las investigaciones. Los miembros de la P2 también participaron en el fallido intento de golpe de Estado Golpe Borghese de 1970.
Sin embargo, esta estrategia fracasó en última instancia, no porque la sociedad italiana fuera inmune al autoritarismo, sino porque las élites políticas y económicas dominantes no necesitaban una reestructuración autoritaria abierta del Estado para proteger el orden capitalista, ya que el neoliberalismo se afianzó en Italia en los años setenta y ochenta. Como argumentó Nicos Poulantzas, el Estado capitalista demostró ser capaz de contener el malestar social a través de lo que él denominó estatismo autoritario: un control estatal intensificado combinado con el vaciamiento de la democracia. (enlace externo)
De los años de plomo al estatismo autoritario
Al final de los anni di piombo, la extrema derecha tuvo que recontextualizarse en un mundo en el que la revolución socialista había fracasado, la Unión Soviética se derrumbaba y el capitalismo ya no se veía amenazado.
Con la crisis política de principios de la década de 1990 y la disolución de los partidos mayoritarios, el líder del MSI, Gianfranco Fini, renombró el partido como Alleanza Nazionale (AN) y abrazó retóricamente la Constitución y el antifascismo. En 1994, AN entró en el Gobierno gracias a una alianza con Forza Italia, del magnate empresarial y miembro de la P2 Silvio Berlusconi. En 2019, el propio Berlusconi afirmó que Forza Italia había «legitimado y constitucionalizado a los fascistas (enlace externo)» en 1994. Esto condujo finalmente al ascenso de Giorgia Meloni, que comenzó en el MSI y más tarde se unió a Alleanza Nazionale.
Es aquí donde el concepto de estatismo autoritario de Nicos Poulantzas se vuelve crucial para comprender la trayectoria de Italia. A finales de la década de 1970, Poulantzas argumentó (enlace externo) que el neoliberalismo no disminuye el Estado, sino que lo reorganiza, produciendo «una intensificación del control estatal sobre todas las esferas de la vida socioeconómica, combinada con un declive de las instituciones democráticas y las libertades populares». El Estado se vuelve más fuerte y más centralizado, a medida que se vacían de contenido la participación democrática y las protecciones sociales.
A medida que el neoliberalismo se afianzaba en la década de 1980, las palancas clave de la democracia se externalizaron a instituciones tecnocráticas. El exministro de Economía Guido Carli escribió (enlace externo):
La Unión Europea implica… el abandono de la economía mixta, el abandono de la planificación económica, la redefinición de las modalidades de composición del gasto público, la restricción de los poderes de las asambleas parlamentarias en favor del gobierno… el repudio del concepto de prestaciones sociales gratuitas (y la consiguiente reforma de los sistemas de salud y seguridad social)… la reducción de la presencia del Estado en los sistemas financiero e industrial… el abandono de los controles de precios y las tarifas.
Esto significaba que el terreno de la lucha de la izquierda (planificación económica, redistribución, derechos sociales) se había ido alejando gradualmente del alcance democrático. La izquierda revolucionaria que había alimentado el biennio rosso y las protestas de 1968 ya no podía comprender el sistema al que se oponía. Y aunque Berlusconi siempre mantuvo una postura casi cómica contra el comunismo, con eslóganes como «siempre serán unos comunistas pobres» (sarete sempre dei poveri comunisti), encarnaba precisamente este cambio. Como observa Enzo Traverso, los gobiernos de Berlusconi no revivieron el fascismo clásico, sino que «introdujeron un entorno cultural y político en el que las genealogías fascistas podían reaparecer sin escándalo». (enlace externo) Bajo Berlusconi, la concentración de los medios de comunicación, el poder ejecutivo personalizado y la demonización de los críticos como comunistas remodelaron el campo político. La brutalidad policial y las violaciones de los derechos humanos que rodearon el G8 de 2001 en Génova (enlace externo), donde los manifestantes fueron golpeados, torturados y obligados a corear consignas fascistas, fueron una clara demostración del estatismo autoritario en la práctica, donde la coacción ya no se presentaba como una dictadura, sino como la defensa del orden público dentro de una democracia neoliberal que ahora salvaguardaba la jerarquía social y capitalista dentro de su propia estructura estatal.
¿Posfascismo o prefascismo?
Desde Berlusconi en adelante, el legado político del fascismo en Italia se ha normalizado progresivamente. La extrema derecha ya no necesitaba derrocar el orden liberal, sino que podía operar dentro de él. La reestructuración neoliberal ya había erosionado la capacidad de las instituciones democráticas para representar los intereses populares. El poder pasó de los parlamentos a los ejecutivos, de los ciudadanos a los mercados, de la política a la tecnocracia. En este panorama, la vieja lógica fascista de jerarquía, nacionalismo y exclusión pudo reafirmarse cómodamente.
Por lo tanto, el ascenso de Giorgia Meloni debe entenderse como la culminación de este proceso y no como su fin. Al igual que Fasci di Combattimento, y por lo tanto el propio Partido Nacional Fascista, Fratelli d’Italia se presentó como una ruptura con los partidos mayoritarios, pero surgió en continuidad con sus políticas neoliberales. Con esta herencia y la persistencia de la «fobia al rojo» en la vida pública italiana, cuando la llamada crisis migratoria comenzó en 2013 y alcanzó su punto álgido en 2015, se creó un terreno fértil para partidos como Fratelli d’Italia y Lega, de Matteo Salvini, que se subieron a la ola de descontento provocada por la crisis financiera de 2008 y la redirigieron contra los migrantes, los romaníes, los musulmanes, los ciudadanos LGBTQ+ e incluso los forasteros culturales.
La exclusión de la heterogeneidad social se está convirtiendo ahora en ley, por ejemplo, con la Ley de Seguridad que castiga a los manifestantes pacíficos con penas de hasta 20 años o con disposiciones (enlace externo) contra las «reuniones» que tienen como objetivo las raves y, de forma arbitraria, cualquier invasión de terrenos y edificios considerados peligrosos para el orden público. Otras leyes criminalizan (enlace externo) la maternidad subrogada realizada en el extranjero, lo que tiene un gran impacto en las familias LGBTQ+. Estas son expresiones claras de la interacción entre lo que Galtung definió como violencia cultural y estructural, y cómo afectan a la vida real.
El liderazgo de Meloni es similar al de otras democracias neoliberales. La larga tradición fascista de Italia les ayuda a identificar la esencia del fascismo, es decir, el anticomunismo y la defensa del capital, y a reconocer cómo estos rasgos se adaptan a las condiciones neoliberales. Esta continuidad convierte a Italia en un ejemplo de una tendencia más amplia. Incluso en países sin pasado fascista, las democracias están girando hacia formas iliberales de protección (nacional). La esencia sigue siendo la salvaguarda del capital y una identidad cultural homogénea frente a las amenazas percibidas.
Esta forma de posfascismo ha sido particularmente sutil. Las elecciones continúan, pero su significado se reduce a medida que se reduce el espacio para la contestación. La violencia persiste, no como terror abierto, sino como estructura, en la vigilancia de la migración, la criminalización de la protesta y la erosión sistemática de los derechos sociales. El paso de la violencia física a la estructural, del control paramilitar al burocrático, marca la adaptación del fascismo al neoliberalismo, por el que el Estado ha absorbido la responsabilidad de proteger el capitalismo de una manera que ha permitido al posfascismo seguir siendo posfascista.
Por ahora.
Los comportamientos abiertamente antiliberales y violentos se normalizan cada vez más. El asalto al Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 y el intento de golpe de Estado de Jair Bolsonaro en Brasil un año después no deben entenderse como anomalías, sino como advertencias. A medida que estas políticas se extienden por las democracias, los movimientos de extrema derecha se envalentonan para llevar a cabo proyectos violentos que no son condenados por los aliados internacionales que comparten su visión del mundo.
Pero si la democracia neoliberal hubiera sido suficiente para preservar el statu quo capitalista, no se explicaría por qué el sistema sigue endureciéndose bajo Meloni, Trump, Modi, Orbán y Milei por igual.
Al abordar el estatismo autoritario, Nicos Poulantzas afirmó que en las democracias liberales avanzadas era probable que adoptara la forma de internacionalismo selectivo, tecnocracia intensificada y violencia policial. En otros contextos, especialmente en países dependientes de potencias imperialistas más grandes, podría producir formas excepcionales como el fascismo o la dictadura militar, como en América Latina en los años sesenta y setenta. Lo que queda es la pregunta de si la forma más sutil puede evolucionar hacia la otra.
Mi tesis es que la lógica descrita por Poulantzas opera ahora dentro de las democracias avanzadas a través de un mecanismo diferente. La dependencia ya no se da solo a lo largo de una cadena imperialista de Estados, sino también a través de una clase capitalista transnacional cuya movilidad, recursos e influencia están haciendo que los Estados-nación sean cada vez más dependientes. Esto significa que, mientras que en los albores del neoliberalismo solo los países situados en la parte inferior de la cadena imperialista eran especialmente susceptibles a los regímenes abiertamente autoritarios, ahora este riesgo se ha extendido a los países situados en la parte superior de la cadena imperialista, ya que han perdido su independencia frente a los mercados financieros y la clase capitalista transnacional, que ahora controla las palancas de la política mundial. De este modo, la creciente incidencia e intensidad de los proyectos de gobierno de derecha en democracias neoliberales como Italia puede considerarse un síntoma de este cambio.
Al igual que el auge del fascismo en el siglo XX se vio facilitado por la dependencia de los Estados de los préstamos extranjeros, los mercados y las restricciones económicas externas, hoy en día muchos de los países que en su día constituyeron el núcleo neoliberal e imperial se encuentran en una situación de dependencia similar. Su vulnerabilidad ya no radica principalmente en las jerarquías interestatales, sino en su subordinación al capital transnacional. Esta renovada dependencia pone en peligro una vez más la esencia democrática de la vida política en Italia y otras democracias neoliberales, creando las condiciones para que las prácticas autoritarias puedan resurgir de nuevo.
Irene Crestanello es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad John Cabot (2021) y tiene un máster en Conflictos Internacionales y Seguridad por la Universidad de Kent (2023). En 2024, fue seleccionada para participar en la Escuela de Verano de Investigación para la Paz del PRIO. Actualmente trabaja como consultora de Asuntos Públicos en Bruselas.
8. Dossier MEGA2 (5).
Y ahora, los franceses, con el proyecto GEME.
Una edición francesa de las obras de Marx y Engels basada en MEGA-2: el proyecto GEME
Jean Quétier

El objetivo de este artículo es presentar las principales características del proyecto Grande édition Marx et Engels (GEME)[1] desde un ángulo específico: el de la difusión, en Francia y, más en general, en el mundo francófono, de los avances filológicos que ha permitido la segunda Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA-2). [2] El objetivo aquí no es revisar las cuestiones teóricas generales[3] del proyecto GEME, sino situarlo en la historia de las ediciones de Marx y Engels en Francia para mostrar la contribución de los distintos volúmenes publicados desde su lanzamiento en 2008 e indicar cómo los futuros volúmenes podrían ampliarlo.
Desde esta perspectiva, para comprender cómo se difunde la obra de MEGA-2 en Francia, hay que tener en cuenta tres puntos importantes. En primer lugar, aunque el GEME se basa sistemáticamente en MEGA-2 para la elaboración de los textos y el aparato crítico, no puede considerarse una simple versión francesa de MEGA-2, ya que no reproduce su estructura ni su ambición de exhaustividad. Por lo tanto, los editores del GEME siempre deben tomar decisiones dentro del vasto corpus de volúmenes de MEGA-2 para determinar qué publicaciones deben tener prioridad. En segundo lugar, el GEME se ve obligado a tener en cuenta la compleja historia de las ediciones de Marx y Engels en Francia durante el siglo XX, que constituye un telón de fondo ineludible para él. Las decisiones editoriales tomadas por los editores de la GEME dependen, por tanto, en parte de este contexto, que, en cierto modo, constituye un horizonte de expectativas específico para el lector francés. En tercer lugar, a pesar de su reciente creación, la GEME tiene su propia historia, y las dos décadas que nos separan de la publicación de su primer volumen son testimonio de una serie de acontecimientos que van más allá de la coherencia general del proyecto. Estos cambios reflejan principalmente el deseo de mejorar aún más el rigor del trabajo editorial, tanto en lo que se refiere a los procedimientos a seguir —con un papel más importante para la asociación GEME, que apoya el proyecto, en particular mediante la organización de seminarios de investigación periódicos— como a la estructura de los volúmenes, algunas de cuyas características, en particular la estructura de las introducciones y el contenido del aparato crítico, se han sistematizado.
En este artículo, desarrollaré mi argumentación en tres etapas. En primer lugar, repasaré la historia de la difusión de MEGA-2 en Francia antes de 2008 para explicar cómo surgió el proyecto GEME. En segundo lugar, intentaré mostrar cómo los volúmenes de GEME publicados hasta la fecha han puesto de relieve el trabajo de investigación realizado por los editores de MEGA-2. En tercer lugar, comentaré los proyectos futuros de GEME con el fin de indicar cómo los avances realizados por MEGA-2 pueden difundirse al público francófono en los próximos años.
1/ De MEGA-2 a GEME
Más de treinta años separan la publicación del primer volumen de MEGA-2 en 1975 de la del primer volumen de GEME en 2008. Sin embargo, este intervalo no significa que MEGA-2 no se difundiera en Francia durante este periodo. Tampoco se pueden reducir estas tres décadas a un simple periodo de preparación para lo que se convertiría en el GEME a principios del siglo XXI. Por el contrario, fue un periodo de pasos tentativos que correspondió a la primera fase de la recepción de MEGA-2 en Francia, que formaba parte en gran medida de iniciativas editoriales preexistentes. De hecho, las primeras traducciones francesas basadas en el trabajo de MEGA-2 datan de finales de los años setenta y principios de los ochenta y complementan los dos grandes proyectos de publicación de las obras de Marx y Engels que dominaban el panorama francés en aquella época: el dirigido por Maximilien Rubel en Gallimard en la Bibliothèque de la Pléiade[4] y el llevado a cabo en las Éditions sociales, vinculadas al Partido Comunista Francés (PCF). Ambos proyectos se basaban en principios que eran en muchos aspectos antagónicos, tanto desde el punto de vista político como filológico. Mientras que Rubel pretendía presentar a Marx como un anarquista, liberado de la distorsión dogmática que, según él, ya estaba presente en el propio Engels, Éditions sociales, por el contrario, situaba los textos de Marx dentro de la historia clásica del marxismo y rechazaba cualquier distanciamiento artificial de la contribución de Engels.
Estos principios contradictorios también dictan enfoques significativamente diferentes del trabajo realizado por MEGA-2. Por parte de Rubel, el reconocimiento de la contribución de MEGA-2 es inseparable de una desconfianza constante, no solo hacia las instituciones que la iniciaron —los Institutos de Marxismo-Leninismo de la Unión Soviética y la República Democrática Alemana—, sino también hacia el contenido de los propios volúmenes, tanto en lo que se refiere a las introducciones y al aparato crítico como al establecimiento de los textos. El lanzamiento de MEGA-2, que se produjo después de que ya se hubieran publicado los dos primeros volúmenes de la edición Gallimard, fue descrito así, en un prólogo que acompañaba al tercer volumen publicado en 1982, como «un acontecimiento importante [que] ha renovado los datos básicos de cualquier edición de Marx», pero esta concesión fue inmediatamente acompañada de una dura crítica a los «métodos empleados por los responsables de esta edición, que consisten en establecer paralelismos sistemáticos entre las enseñanzas fielmente editadas y las realidades proclamadas como «comunistas» o incluso «marxistas»».[5] Volviendo a la cuestión en el prólogo del cuarto y último volumen publicado en 1994, Rubel reiteró más o menos el mismo juicio, afirmando que «si bien es innegable que los colaboradores especialistas buscaron una solución óptima a las dificultades editoriales, ampliando así nuestro conocimiento del contexto histórico de la génesis de las obras de Marx y Engels, lo cierto es que el proyecto adolecía de su propia función política en la «ofensiva global del marxismo-leninismo»». [6] No es este el lugar para discutir la pertinencia de las críticas de Rubel al trabajo realizado por MEGA-2, pero está claro que su importancia se ve considerablemente debilitada por el hecho de que sus propias decisiones editoriales a menudo tenían poco que ver con el rigor filológico de una edición crítica, como señalaron muy pronto sus detractores. [7] Lo que hay que señalar aquí es que las reservas de Rubel le han llevado a utilizar MEGA-2 no como una edición de referencia en el idioma original, sino como una fuente más entre muchas otras.

La situación era muy diferente en Éditions sociales. Dirigida desde 1970 por Lucien Sève,[8] la editorial del PCF tuvo desde el principio una visión mucho más positiva de las publicaciones de MEGA-2, considerándolas una base valiosa para su propio trabajo de edición de las obras de Marx y Engels. Éditions sociales aprovechó así muy pronto la oportunidad que le brindaban los primeros volúmenes de la Sección II para poner a disposición del público francófono algunos manuscritos importantes pertenecientes a la crítica de la economía política, concretamente los Cuadernos I a V de los Manuscritos de 1861-1863[9] y los Manuscritos de 1857-1858 (Grundrisse),[10] publicados en 1979 y 1980 respectivamente, bajo la supervisión del traductor Jean-Pierre Lefebvre. A pesar del carácter pionero de estas publicaciones, Lucien Sève no disponía realmente de los medios para producir «una edición sistemática de las obras de Marx y Engels, una edición científica de alta calidad en varias docenas de volúmenes»[11], tal y como se preveía en la resolución aprobada el 26 de octubre de 1973 por el Comité Central del PCF. No obstante, las obras publicadas en este contexto constituyen hitos decisivos en el proceso que llevaría al propio Lucien Sève a lanzar el proyecto GEME a principios de la década de 2000. En este nuevo contexto, marcado por la reestructuración de la propia MEGA-2 tras la caída del muro de Berlín, [12], MEGA-2 se perfilaba cada vez más como la base natural para cualquier traducción francesa seria de las obras de Marx y Engels, lo que permitió —sin ningún vínculo directo con el proyecto GEME— la producción de la edición más rigurosa hasta la fecha en francés de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844,[13] publicada por Franck Fischbach en Vrin en 2007. Por lo tanto, no es de extrañar que el GEME considerara inmediatamente a MEGA-2 como «el apoyo decisivo que había faltado hasta entonces para una edición francesa que pudiera finalmente pretender ser científica»[14] y que se preocupara por celebrar un acuerdo de cooperación con la Internationale Marx-Engels Stiftung (IMES).
Lucien Sève
2/ El GEME, de 2008 a hoy
Sin embargo, la firma de este acuerdo de cooperación no tenía por objeto convertir al GEME en una versión francesa de MEGA-2. Los iniciadores del proyecto lo dejaron claro desde el principio: lo que el GEME pretende conservar de MEGA-2 es su «nivel de rigor científico»[15] más que su ambición de exhaustividad. Este nivel de rigor científico se refiere principalmente a la fidelidad al texto propuesto por MEGA-2, lo que se manifiesta en particular —desde la publicación del segundo volumen[16] en 2010— en la integración de la paginación de MEGA-2 en el propio texto francés. En cuanto a la diferencia entre las dos ediciones, se puede medir principalmente por los textos que el GEME pretende omitir: ediciones sucesivas de las obras de la sección I, algunas de las cartas dirigidas a Marx y Engels de la sección III y ciertos cuadernos de la sección IV. Pero la diferencia entre los dos proyectos radica también en el hecho de que, a diferencia de MEGA-2, el GEME no tiene una estructura provisional global que se traduzca en un sistema de numeración de volúmenes. Las obras publicadas en el GEME son, por lo tanto, el resultado de una selección preliminar realizada a partir del corpus de textos —aún en evolución— proporcionado por los volúmenes de MEGA-2. Esta selección se realiza siempre sobre la base de criterios de relevancia vinculados a la historia previa de las ediciones francesas, con el objetivo principal de llenar los vacíos que puedan existir.
Si se observan los once volúmenes publicados entre 2008 y 2024, se pueden distinguir dos categorías principales de textos, que explican la selección realizada por el equipo de GEME. En primer lugar, hay una colección de textos inéditos o que anteriormente habían sido poco difundidos y, a menudo, traducidos de forma insatisfactoria al francés. Es el caso del capítulo VI del libro I de El capital, contenido en los Manuscritos de 1863-1867, del que solo existía la edición[17] realizada por Roger Dangeville en 1971 en la UGE, con una serie de defectos de traducción. Lo mismo ocurre con las colecciones de textos más breves que componen los dos volúmenes[18] de los Primeros escritos de Engels, que abarcan los períodos 1839-1842 y 1842-1844 respectivamente, y el primer volumen[19] (1851-1852) de artículos publicados en el New York Daily Tribune. En este caso, el objetivo es tanto revelar aspectos menos conocidos de la obra de Marx y Engels como situarlos con precisión en el contexto de su desarrollo a través de colecciones organizadas cronológicamente.
Por otra parte, la ambición de la GEME ha sido aprovechar las contribuciones de MEGA-2 para producir ediciones rigurosas de los textos más canónicos de Marx y Engels. En este caso, el valor añadido científico de estas nuevas ediciones reside tanto en el trabajo de traducción, que pretende ser más atento a la naturaleza sistemática de los conceptos utilizados en la lengua original, como en el aparato crítico que acompaña al propio texto. Dos ejemplos ilustran esto con especial claridad. El primero es la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel,[20] publicada en el GEME en 2018. Esta edición de los Cuadernos de Kreuznach de 1843 permite difundir al público francófono el trabajo realizado en el volumen I/2 de MEGA-2 sobre el contexto en el que se escribió el texto, y ofrecer una traducción del mismo que refleja con precisión el trabajo filosófico de Marx basado en los escritos de Hegel. El segundo ejemplo es el volumen II de El capital,[21] publicado en 2024. Más allá de la tarea de retraducir la obra, esta edición, basada en el texto publicado en 1885 tal y como figura en el volumen II/13 de MEGA-2, permite identificar los cambios introducidos por Engels mediante una comparación con los manuscritos de Marx publicados en el volumen II/11.

3/ El futuro de la GEME
La continuación de la labor editorial de la GEME requiere, al igual que con los volúmenes ya publicados, considerar los proyectos que se priorizarán en los próximos años. Aunque mantiene su ambición de abarcar el corpus de las obras de Marx y Engels de la forma más amplia posible, la GEME se preocupa principalmente, a corto plazo, por identificar una serie de proyectos que sus equipos editoriales sean capaces de completar. A diferencia de MEGA-2, GEME no cuenta con personal a tiempo completo que trabaje para una organización de investigación comparable a la Academia de Ciencias y Humanidades de Berlín-Brandeburgo. Por lo tanto, su trabajo se basa en las contribuciones de investigadores que tienen otras obligaciones profesionales relacionadas con su actividad principal.
En este contexto, cabe mencionar dos orientaciones principales, correspondientes a proyectos que ya están en marcha o a punto de ponerse en marcha. La primera se refiere a la publicación de obras que son la continuación lógica de los volúmenes de la GEME publicados en años anteriores. Este es principalmente el caso de los artículos del New York Daily Tribune, cuya edición francesa va a continuar, en particular sobre la base de los volúmenes I/12 y I/13 de MEGA-2, correspondientes respectivamente a los años 1853 y 1854, con el fin de hacer accesible un nuevo conjunto de textos, la mayoría de los cuales son inéditos en francés. Este es también el caso del volumen III de El capital, que, al igual que el volumen II publicado en 2024, debería permitir comparar el texto publicado por Engels en 1894 en el volumen II/15 con los manuscritos de Marx contenidos en el volumen II/14.
El segundo gran eje se centra más específicamente en la obra de Engels y es el resultado de una reflexión llevada a cabo en 2020 con motivo del bicentenario de su nacimiento. En este caso, se ha puesto el énfasis en las dos últimas décadas de su vida y, en particular, en los textos escritos tras la muerte de Marx. Una vez más, el objetivo es doble. Por un lado, se trata de hacer accesible un amplio corpus de textos poco conocidos o incluso inéditos en inglés, lo que constituye el objetivo principal de la colección de Textos políticos (1883-1895) basada en los volúmenes I/30, I/31 e I/32 de MEGA-2, cuya publicación está prevista para finales de 2025. Por otro lado, continuando el trabajo ya realizado para la edición GEME de Socialismo: utópico y científico[22] en 2021, el objetivo es producir auténticas ediciones críticas de los textos más famosos de la última parte de la vida de Engels. Ya se ha comenzado a trabajar en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Podría continuar en los años siguientes con Anti-Dühring y Dialéctica de la naturaleza, cuya publicación en la GEME podría beneficiarse no solo de las contribuciones de los volúmenes I/26 y I/27 de MEGA-2 —en particular, el orden cronológico de los manuscritos relativos a Dialéctica de la naturaleza—, sino también de las investigaciones recientes sobre estos textos[23].

Conclusión
Aunque la GEME no pretende ser una versión francesa de MEGA-2, puede considerarse una puerta de entrada a ella para el público francófono. MEGA-2 es una base de trabajo indispensable para el GEME, ya que garantiza, gracias a su rigor histórico y crítico, el carácter científico del proyecto que pretende llevar a cabo. El GEME permite, por un lado, que algunas contribuciones fundamentales de MEGA-2 sean accesibles en francés y, por otro, remitir a este último a los investigadores que deseen realizar investigaciones más especializadas. Si bien la ausencia de una estructura global comparable a la numeración de los volúmenes de MEGA-2 puede parecer una carencia en la arquitectura general del proyecto GEME, permite sin embargo una cierta flexibilidad en su implementación, lo que presenta algunas ventajas en el caso de una empresa editorial que no cuenta con un apoyo institucional a gran escala.
Esta flexibilidad también permite que el GEME sea un proyecto en constante evolución, cuyas formas no están fijadas de antemano, sino que pueden reconfigurarse con el tiempo. Para concluir, mencionaré dos casos que ilustran este punto. El primero se refiere al componente digital del proyecto. Aunque formaba parte del proyecto desde el principio, su implementación fue lenta, principalmente debido a la falta de recursos. Sin embargo, recientemente se ha relanzado como parte de un proyecto específico para traducir las Notas sobre James Mill de 1844, tomadas del volumen IV/2 de MEGA-2, cuya publicación en el GEME está prevista para finales de 2025. En este caso, fue la compleja interrelación de las diferentes capas de texto lo que llevó a la decisión de renunciar a una edición en papel y sentar las bases para una versión electrónica que pudiera servir de modelo para la publicación de otros textos.
El segundo caso se refiere a la cuestión del progreso constante de la investigación llevada a cabo por el equipo de MEGA-2, lo que significa que los volúmenes que publica pueden, en algunos casos, quedar obsoletos. Este es el caso de la prepublicación de los dos primeros capítulos de La ideología alemana en el Marx-Engels-Jahrbuch 2003, que sirvió de base para la edición GEME[24] publicada en 2014. Desde entonces, el volumen I/5 de MEGA-2 de 2017 ofrece no solo una nueva edición del texto, sino también, en forma de volumen separado,[25] una disposición cronológica de los manuscritos del primer capítulo. En este contexto, la propia edición GEME de 2014 tendrá que ser revisada en los próximos años, cuyos contornos aún no se han esbozado.
[1] La GEME es publicada por Éditions sociales y cuenta con el apoyo de la Fondation Gabriel-Péri. Para más información, véase https://geme.hypotheses.org/
[2] Para más información, véase https://mega.bbaw.de/de
[3] Véase Victor Béguin, «La GEME: projet théorique et enjeux de traduction», La Pensée, n.º 394, 2018, p. 17-28.
[4] Véase Aude Le Moullec-Rieu, «Marx’s Works in the ‘Bibliothèque de la Pléiade’: A Paradoxical Legitimation», en Jean-Numa Ducange, Antony Burlaud (ed.), Marx, A French Passion. La recepción de Marx y los marxismos en la vida política e intelectual de Francia, Leiden, Brill, 2023, p. 127-136.
[5] Maximilien Rubel, «Avertissement», en Karl Marx, Œuvres, vol. III, París, Gallimard, 1982, p. xiii.
[6] Maximilien Rubel, «Avertissement», en Karl Marx, Œuvres, vol. IV, París, Gallimard, 1994, p. xvii.
[7] Véase Gilbert Badia, «Brèves remarques sur l’édition des œuvres de Marx dans la Bibliothèque de la Pléiade», La Pensée, n.º 146, 1969, pp. 82-89.
[8] Véase Jean Quétier, «Das Marx’sche Werk ‘in Sicherheit’ zu bringen. Lucien Sève und das Projekt einer kritischen Marx-Engels-Werkausgabe in französischer Sprache», Marx-Engels-Jahrbuch 2019/20, Berlín, pp. 214-227.
[9] Karl Marx, Manuscrits de 1861-1863 (Cahiers I à V), París, Éditions sociales, 1979.
[10] Karl Marx, Manuscrits de 1857-1858 («Grundrisse»), 2 volúmenes, París, Éditions sociales, 1980.
[11] «Résolution sur la publication en français des œuvres de Marx et Engels», Cahiers du communisme, n.º 12, 1973, p. 114.
[12] Véase Jürgen Rojahn, «Und sie bewegt sich doch! Die Fortsetzung der Arbeit an der MEGA unter dem Schirm der IMES», MEGA-Studien, n.º 1, 1994, p. 5-31.
[13] Karl Marx, Manuscrits économico-philosophiques de 1844, París, Vrin, 2007.
[14] «Ce qu’est la GEME», en Karl Marx, Critique du programme de Gotha, París, Éditions sociales, GEME, 2008, sin paginar.
[15] Ibid.
[16] Karl Marx, Le Chapitre VI. Manuscrits de 1863-1867, París, Éditions sociales, GEME, 2010.
[17] Karl Marx, Un chapitre inédit du Capital, París, UGE, 1971.
[18] Friedrich Engels, Écrits de jeunesse, 2 volúmenes, París, Éditions sociales, GEME, 2015-2018.
[19] Friedrich Engels, Karl Marx, Les articles du New-York Daily Tribune, volumen 1, París, Éditions sociales, GEME, 2022.
[20] Karl Marx, Contribution à la critique de la philosophie du droit de Hegel, París, Éditions sociales, GEME, 2018.
[21] Karl Marx, Le Capital, vol. II, París, Éditions sociales, GEME, 2024.
[22] Friedrich Engels, Socialisme utopique et socialisme scientifique, París, Éditions sociales, GEME, 2021.
[23] Véase, en particular, Rolf Hecker, Ingo Stützle (ed.), Engels’ «Anti-Dühring». Kontext, Interpretationen, Wirkung, Berlín, Dietz Verlag, 2020 y Kaan Kangal, Friedrich Engels and the Dialectics of Nature, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2020.
[24] Karl Marx, Friedrich Engels, Joseph Weydemeyer, L’Idéologie allemande, capítulos 1 y 2, París, Éditions sociales, GEME, 2014.
[25] Véase Karl Marx, Friedrich Engels, Deutsche Ideologie. Zur Kritik der Philosophie. Manuskripte in chronologischer Anordnung, Berlín, De Gruyter, 2018.