Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. La teoría de la dependencia 50 años después
2. Un año de la voladura de Nord Stream
3. La mentira de Holomodor
4. Lecciones ucranianas
5. Turiel vuelve a la COPE
6. El juicio a 32 países europeos por inacción climática
7. AMLO y la masacre de Ayotzinapa (observación de José Luis Martín Ramos).
1. La teoría de la dependencia 50 años después
Un muy buen resumen de la historia de la teoría de la dependencia en esta entrevista de Jacobin a Jaime Osorio, un profesor mexicano.
Marxismo y dependencia, cincuenta años después
Jaime Osorio
La teoría marxista de la dependencia surgió en un contexto muy particular, más de cincuenta años atrás. Aun así, todavía tiene mucho para decirnos sobre por qué el mundo es como es (y qué hacer para cambiarlo).
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Entrevista por Hilary Goodfriend
Cuando el neoliberalismo inició su sangrienta marcha por América Latina, sus defensores insistían en que los sacrificios de trabajo humano y derechos civiles que solían acompañar a su implantación se verían compensados por una eventual convergencia global que liberaría a la región del subdesarrollo. La desregulación, la privatización y el libre comercio, decían, acabarían por cerrar la brecha entre el mundo descolonizado y los antiguos centros metropolitanos.
Nuestro presente, sin embargo, es una espiral de crisis. Desde el crack financiero de 2008, la crisis económica converge con el colapso ecológico y el agotamiento de las formas democráticas liberales, alcanzando dimensiones civilizatorias. En este contexto, la pandemia puso al descubierto cómo, lejos de desaparecer, la brecha entre el centro y la periferia del sistema mundial es tan aguda y significativa como siempre.
Con la hegemonía neoliberal fracturada, otras formas de pensar y practicar la política han resurgido de sus exilios intelectuales. Entre ellas, la teoría de la dependencia destaca como una contribución original y revolucionaria del pensamiento crítico latinoamericano, ofreciendo herramientas para entender el desarrollo capitalista desigual y el imperialismo, tanto en su desarrollo histórico como en la actualidad. Para acercarnos a un poco más a los postulados de este pensamiento singular conversamos con el Dr. Jaime Osorio.
El 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende, Osorio ya había sido aceptado para iniciar sus estudios doctorales en el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO) de la Universidad de Chile. El avance de la dictadura le llevó a México, donde hoy es Profesor Distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco e Investigador Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.
En esta entrevista con Hilary Goodfriend, colaboradora de Revista Jacobin, Jaime Osorio nos habla sobre la vertiente marxista de las teorías de dependencia, sus orígenes y fundamentos, así como sus usos actuales.
La teoría de la dependencia y su vertiente marxista surgieron de debates y diálogos sobre el desarrollo, el subdesarrollo y el imperialismo en el contexto de la descolonización y las luchas de liberación nacional del siglo XX. ¿Cuáles fueron las principales posiciones y estrategias en disputa, y cómo se posicionaron los teóricos marxistas de la dependencia en estos argumentos?
En el plano teórico, la teoría marxista de la dependencia [TMD] es el resultado de la victoria de la Revolución Cubana en 1959. El marxismo latinoamericano se conmovió con el gesto de la isla. Todas las principales tesis sobre la naturaleza de las sociedades latinoamericanas y el carácter de la revolución quedaron en entredicho.
Poco más de una década después de aquel acontecimiento, que agudizó los debates, la TMD alcanzó su madurez. En aquellos años, algunas de las propuestas que alimentaban las teorías de la dependencia enfatizaban el papel de las relaciones comerciales, como la tesis del «deterioro de los términos de intercambio» planteada por la CEPAL [Comisión Económica para América Latina y el Caribe], que refería al abaratamiento de los bienes primarios frente al aumento de los precios de los productos industriales en el mercado mundial.
Los marxistas ortodoxos destacaban la presencia de «obstáculos» internos que impedían el desarrollo, como las tierras ociosas en manos de los terratenientes que bloqueaban la expansión de las relaciones asalariadas. En general, en estas propuestas, el capitalismo no era responsable de lo que ocurría. De hecho, era necesario acelerar su expansión, con el objetivo de que se agudizaran sus contradicciones inherentes. Solo entonces podría proponerse una revolución socialista, según la perspectiva etapista predominante en los Partidos Comunistas.
Para los cepalinos, el horizonte era alcanzar un capitalismo avanzado, lo que sería factible a través de un proceso de industrialización. Esto permitiría a la región dejar de exportar bienes primarios y productos alimenticios e importar bienes secundarios, que pasarían a producirse internamente, lo que impulsaría el desarrollo tecnológico y frenaría la salida de recursos.
En ambas propuestas, la burguesía industrial tenía un papel positivo que desempeñar, ya fuera a medio o largo plazo.
Para la teoría marxista de la dependencia, el llamado «atraso» económico de la región fue resultado de la formación y expansión del sistema mundial capitalista, cuyo curso produjo desarrollo y subdesarrollo simultáneamente. Por lo tanto, estas historias económicas divergentes no son procesos independientes ni están conectadas tangencialmente. Desde esta perspectiva, el problema teórico e histórico fundamental exigía explicar los procesos que generaron desarrollo y subdesarrollo en un mismo movimiento.
Este problema exigía, además, una respuesta que diera cuenta de cómo este proceso se reproduce a lo largo del tiempo, ya que civilización y barbarie se rehacen constantemente en el sistema mundial.
Muchos de los aclamados teóricos marxistas de la dependencia —Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra— comparten una trayectoria de huida de las dictaduras sudamericanas y exilio en México. A usted también le tocó vivir este desplazamiento forzado. ¿Cómo influyeron estas experiencias de revolución y contrarrevolución en la construcción de la TMD?
Cuatro nombres destacan en el desarrollo de la TMD: André Gunder Fank, Theotonio Dos Santos, Vania Vambirra y Ruy Mauro Marini. El primero era un economista germano-estadounidense y los otros tres brasileños, que compartieron lecturas y discusiones en Brasil antes del golpe de 1964. Posteriormente se encontraron en Chile a finales de los años sesenta, en el Centro de Estudios Socio-Económicos, hasta el golpe militar de 1973. Durante este período —al menos en el caso de los brasileños— produjeron sus principales trabajos en relación con la TMD. Tuve la suerte de conocer y trabajar con Marini en México a mediados de los años setenta, antes de su regreso a Brasil.
La TMD no hace ninguna concesión a las clases dominantes locales. Por el contrario, las señala como las responsables de las condiciones imperantes, en las que consiguen cosechar enormes beneficios en connivencia con los capitales internacionales, a pesar incluso de las transferencias [internacionales] de valor. Por esta razón fue difícil para aquellos teóricos encontrar espacios para difundir sus conocimientos en el mundo académico.
El golpe militar de 1973 en Chile, por su parte, hizo que los principales creadores de la TMD aparecieran en las listas de búsqueda de las fuerzas militares y sus aparatos de inteligencia. Y a este golpe en Chile, que fue precedido por el golpe en Brasil en 1964, le siguieron muchos más en el sur del continente, que dispersaron y disolvieron grupos de trabajo y cerraron espacios importantes en esas sociedades.
Al mismo tiempo, esa larga fase contrarrevolucionaria, que no se limitó a los gobiernos militares, favoreció transformaciones radicales en las ciencias sociales, donde pasaron a reinar las teorías neoliberales y el individualismo metodológico. La TMD surgió en un periodo excepcional de la historia reciente. Sin embargo, posteriormente y en general —salvando determinados momentos y países de la región— no se han dado las condiciones ideales para su desarrollo y difusión.
En su obra clásica Dialéctica de la dependencia, Marini define la dependencia como una «relación de subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco se modifican o recrean las relaciones de producción de la nación subordinada para garantizar la producción ampliada de la dependencia». ¿Cuáles son los mecanismos de esta producción ampliada y cómo han cambiado desde que Marini formuló su propuesta en los años setenta?
Cuando hablamos de procesos generados por el capitalismo dependiente, el calificativo «dependiente» no es redundante. Hablamos de otra forma de ser capitalista. Es decir, en el sistema mundial coexisten y se integran diversas formas de capitalismo que se retroalimentan y profundizan sus formas particulares dentro de la unidad global del capital.
La heterogeneidad del sistema se explica, entonces, no por el atraso de algunas economías, no como estados previos [de desarrollo], no como deficiencias. Cada una constituye su forma plena y madura de capitalismo posible en este sistema.
De este modo, de un plumazo, la TMD destruyó las esperanzas de los desarrollistas, que suponían que las economías dependientes podrían alcanzar estados superiores de bienestar y desarrollo dentro de este orden constituido por el capital. Para ellos, solo era cuestión de aprovechar «ventanas» que se abrirían regularmente. Pero no hay nada en la dinámica imperante que sugiera que las cosas van en esa dirección. Al contrario, , mientras prevalezcan las relaciones sociales capitalistas, lo que se produce y sigue produciéndose es el «desarrollo del subdesarrollo».
La brecha entre el capitalismo subdesarrollado y el desarrollado, o entre el capitalismo imperialista y el dependiente, es cada vez mayor. La dependencia se profundiza y se generan modalidades más agudas. En un mundo en el que el capitalismo digital gana terreno —la internet de las cosas, la inteligencia artificial, la robótica, por ejemplo— esto no es difícil de entender.
Experiencias como la de Corea del Sur no pueden repetirse a voluntad. Son, más bien, excepciones a la regla. ¿Por qué el FMI cortó y asfixió la economía argentina y no le tendió la mano como hizo el capital imperialista con Corea del Sur tras la guerra de 1952 en la península? Fue la excepcional posición de esta última en un espacio estratégico, trastocado por el triunfo de la revolución de Mao en China y la necesidad de construir una barrera para impedir la expansión del socialismo en Corea, lo que abrió el grifo de enormes recursos, al menos para Japón y Estados Unidos, y puso anteojeras a los defensores de la democracia y el libre mercado cuando Corea del Sur fue gobernada por una sucesión de dictaduras militares que aplicaron ferozmente la intervención estatal —no el libre mercado— para definir planes y programas que definieran prioridades de inversión y préstamos.
Hoy, basta que un gobierno del mundo dependiente establezca algunas reglas para el capital extranjero para que todo el clamor y la propaganda de los medios transnacionales exijan acabar con el comunismo, impidiendo los préstamos internacionales, bloqueando el acceso a los mercados y buscando asfixiar a los supuestos «subversivos».
El concepto de superexplotación como mecanismo mediante el cual los capitalistas dependientes compensan su inserción subordinada en la división internacional del trabajo es quizá la propuesta más original y polémica de Marini. Algunos marxistas, por ejemplo, protestan contra la posibilidad de la violación sistemática de la ley del valor. Es un tema que usted retoma en su polémica con el investigador argentino Claudio Katz. ¿Cómo define usted la superexplotación y por qué, o en qué términos, defiende hoy su validez?
Con el breve libro de Marini, Dialéctica de la dependencia, cuyo cuerpo central fue escrito en 1972 y se publicaría en 1973, la TMD alcanza su punto de mayor madurez. Podemos sintetizar el núcleo de la tesis de Marini en la pregunta: ¿cómo es posible la reproducción de un capitalismo que transfiere regularmente valor a las economías imperialistas?
Esto es posible porque en el capitalismo dependiente se impone una forma particular de explotación que implica que el capital no solo se apropie de la plusvalía, sino también de parte del fondo de consumo de los trabajadores, que debiera corresponder a los salarios, para transferirlo a su fondo de acumulación. De esto da cuenta la categoría superexplotación. Si todo capital, más temprano que tarde, acaba siendo trabajo no remunerado, en el capitalismo dependiente todo capital es trabajo no remunerado y fondo de vida apropiado [de la clase obrera].
La respuesta de Marini es teórica y políticamente brillante. Permite explicar las razones de la multiplicación de la miseria y la devastación de los trabajadores en el mundo dependiente, pero también las razones por las que el capital es incapaz de establecer formas estables de dominación en estas regiones, expulsando regularmente a enormes contingentes de trabajadores de sus promesas civilizatorias, empujándolos a la barbarie y convirtiéndolos en contingentes que resisten, se rebelan y se levantan contra los proyectos de los poderosos.
La superexplotación tiene consecuencias en todos los niveles de las sociedades latinoamericanas. Por ahora, podemos destacar que acompaña la formación de economías orientadas a los mercados externos. Tras los procesos de independencia en el siglo XIX, y bajo la orientación de los capitales locales, las economías de la región avanzaron sobre la base de las exportaciones, inicialmente de materias primas y alimentos, a las que podemos agregar, recientemente, la producción y ensamblaje de bienes industriales de lujo como automóviles, televisores, teléfonos celulares de última generación (productos igualmente alejados de las necesidades generales de consumo de la mayoría de la población trabajadora). Esto es compatible con la modalidad dominante de explotación, que impacta seriamente en los salarios, reduciendo el poder de consumo de los trabajadores y disminuyendo su participación en la formación de un mercado interno dinámico.
Aquí es pertinente considerar una diferencia significativa con el capitalismo en el mundo desarrollado. Allí, a medida que el capitalismo avanzaba, en el siglo XIX, se enfrentaba al dilema de que para seguir expandiéndose —lo que implicaba la multiplicación de la masa de bienes y productos— necesitaría incorporar trabajadores al consumo. Eso se logró pagando salarios con poder adquisitivo para bienes básicos como ropa, zapatos, utensilios y muebles para el hogar. Este equilibrio se logró introduciendo mejores técnicas de producción, que redujeron la presión para prolongar la jornada laboral multiplicando la masa de productos lanzados al mercado. A partir de ahí, podemos entender el peso de la plusvalía relativa en el capitalismo desarrollado.
Pero en América Latina las cosas funcionaban de otra manera. El capitalismo del siglo XIX no vio la necesidad de crear mercados, porque estaban disponibles desde el período colonial en los centros imperialistas. Además, el despegue del capitalismo inglés aumentó la demanda de materias primas y alimentos. Por esta razón, no había ninguna prisa por cambiar el tipo de valores de uso y de productos puestos en el mercado. Continuaron siendo productos alimenticios y bienes primarios. De este modo, el capitalismo emergente en nuestra región no se vio presionado a hacer algo cualitativamente diferente. La masa de trabajadores asalariados se expandió, pero no conforman la demanda principal de los bienes que se producían, que estaba en Europa, Estados Unidos y Asia.
A través de su inserción en el mercado mundial y a la hora de vender productos, las economías latinoamericanas transfieren valor [al exterior] por la sencilla razón de que los capitales que aquí operan tienen composiciones y productividades menores que los capitales de economías que gastan más en nueva maquinaria, equipos y tecnología, lo que les permite mayor productividad y capacidad de apropiarse del valor creado en otras partes del mundo. Este proceso se denomina intercambio desigual.
Es importante señalar que el intercambio desigual se produce en el mercado, en el momento de la compraventa de mercancías. Aparte de su baja composición orgánica, este concepto no nos dice mucho sobre cómo se produjeron esas mercancías y, sobre todo, qué permite que un proceso capitalista se reproduzca a lo largo del tiempo en esas condiciones. Ahí es donde entra la superexplotación.
Ese es el secreto que hace viable el capitalismo dependiente. Y eso llama aún más la atención sobre los errores de personas como Claudio Katz, que han formulado propuestas que tratan de eliminar ese concepto y lo hacen, además, con argumentos grotescos, como que Marx nunca lo mencionó en El capital —Marx refiere [a la superexplotación] muchas veces, de diversas maneras— porque eso implicaría una dilución o un ataque directo a su proposición teórica ya que el capitalismo no puede aniquilar su fuerza de trabajo.
No voy a repetir esos debates con Katz. Simplemente reiteraré que El capital de Marx es un libro fundamental para el estudio del capitalismo y sus contradicciones. Pero nadie puede afirmar que lo explica todo, o que el capitalismo, en su extensión en el tiempo, no puede presentar novedades teóricas o históricas de ningún tipo. Esa es una lectura religiosa, y El capital no es un texto sagrado. Tal posición, además, es un ataque a una dimensión central del marxismo como teoría capaz de explicar no solo lo que ha existido, sino también lo que es nuevo. Por esta razón, la única ortodoxia que el marxismo puede reivindicar es su modo de reflexión.
También se argumenta que la extensión de la superexplotación a las economías centrales tras la reestructuración neoliberal globalizada invalida su carácter de proceso exclusivo del capitalismo dependiente.
En cualquier lugar donde opere el capital puede estar presente la superexplotación, sea en el mundo desarrollado o en el subdesarrollado, al igual que las formas de plusvalía relativa y plusvalía absoluta. Por supuesto, hay superexplotación en Brasil y Guatemala, como la hay en Alemania y Corea del Sur.
Pero ese no es el problema. Lo relevante es dilucidar el peso de esas formas de explotación, que pueden estar presentes en cualquier espacio capitalista, en la reproducción del capital. Así que la cuestión central es otra, y también lo son las consecuencias económicas, sociales y políticas.
Dejando de lado los períodos de crisis, en los que las formas más brutales de explotación pueden exacerbarse por doquier, ¿puede el capitalismo funcionar a mediano y largo plazo sin un mercado generador de salarios, o con salarios extremadamente bajos? Algo así como si en Alemania el salario medio de los armenios y turcos se generalizara para toda la población trabajadora, o si en Estados Unidos predominaran los salarios de los trabajadores mexicanos y centroamericanos… No lo creo.
Para terminar, ¿qué herramientas o perspectivas nos ofrece la teoría marxista de la dependencia ante las crisis actuales?
En su afán por hacer frente a la aguda y prolongada crisis capitalista, el capital en todas las regiones busca acentuar las formas de explotación, incluida la superexplotación. Busca, una vez más, reducir derechos y beneficios. Con la guerra en Ucrania ha encontrado una buena excusa para justificar el aumento del precio de los alimentos, la vivienda y la energía, y su descarado retorno al uso de combustibles que intensifican la contaminación y la barbarie ambiental, así como el aumento de los presupuestos militares a expensas de los salarios y el empleo.
Las grandes potencias imperiales esperan la subordinación de las economías y los Estados a sus decisiones en períodos de este tipo. Pero la crisis actual también está acelerando la crisis de hegemonía en el sistema mundial, lo que abre espacios para mayores grados de autonomía, aunque no pone fin a la dependencia. Esto es evidente en las dificultades de Washington para disciplinar a los Estados latinoamericanos y africanos para que apoyen su posición en el conflicto en Europa.
El escenario de América Latina en las últimas décadas revela procesos de enorme interés. Hemos sido testigos de importantes movilizaciones populares en casi todos los países de la región, cuestionando diversos aspectos del «tsunami neoliberal», ya sea el empleo, los salarios, las jubilaciones, la salud y la educación, así como derechos como el aborto, el reconocimiento de las identidades de género, las tierras, el agua, y mucho más.
En este terreno profundamente fracturado que el capital genera en el mundo dependiente, las disputas de clase tienden a intensificarse. Esto explica los estallidos sociales y políticos regulares en nuestras sociedades. Es el resultado de la barbarie que el capitalismo impone a regiones como la nuestra.
Una expresión de esta fuerza social se manifiesta en el terreno electoral. Pero con la misma rapidez que ha habido victorias, ha habido derrotas. Estas idas y venidas pueden naturalizarse, pero ¿por qué las victorias no han permitido procesos de cambio duraderos?
Por supuesto, no se trata de negar que ha habido golpes violentos de nuevo tipo que han conseguido desbancar gobiernos. Pero incluso entonces ya había signos de agotamiento que limitaban las protestas, con la clara excepción de Bolivia. Hay una enorme brecha entre el votante de izquierda y el que vota ocasionalmente por proyectos de izquierda. El triunfo neoliberal no estuvo solo en las políticas y transformaciones económicas que logró, sino también en la instalación de una visión e interpretación del mundo, sus problemas y sus soluciones.
La lucha contra el neoliberalismo pasa hoy por desmantelar todo tipo de privatizaciones y frenar la conversión de servicios y políticas sociales en negocios privados. Eso significa enfrentar a los sectores más poderosos económica y políticamente del capital, con control sobre las instituciones estatales donde actúan legisladores, jueces y militares, junto con los principales medios de comunicación, escuelas e iglesias. Podemos añadir que estos son los sectores del capital con los vínculos más fuertes con los capitales imperialistas y su conjunto de instituciones supranacionales, medios de comunicación y Estados.
Se trata de un bloque social sumamente poderoso. Resulta difícil pensar en atacarlo sin atentar contra el capitalismo como tal.
Jaime Osorio
Profesor Distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco (México) e Investigador Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.
2. Un año de la voladura de Nord Stream
En su Substack Seymour Hersh insiste en la autoría de EEUU en la voladura de los Nord Stream. Lo han traducido al castellano en CTXT. El portavoz ruso Peskov, por cierto, dice públicamente que sus servicios secretos piensan lo mismo, que fueron EEUU y Gran Bretaña: «Las explosiones del Nord Stream fueron realizadas por EEUU y Gran Bretaña; estos países, están involucrados en lo sucedido. Dijo Dmitry Peskov. «No sabemos qué fuentes tiene Hersh, pero la información que publicó coincide con los datos de nuestros servicios especiales»». https://twitter.com/
Un año de mentiras sobre el Nord Stream
Seymour Hersh aporta nuevos detalles sobre la responsabilidad de Estados Unidos en el atentado y revela que su fuente perteneció “al pequeño grupo de planificación que trabajó en Oslo con la Marina Real Noruega”
Seymour Hersh (Substack) 27/09/2023
No sé mucho acerca de las operaciones encubiertas de la CIA –nadie ajeno a ellas puede saberlo–, pero sí entiendo que el elemento esencial de todas las misiones llevadas a cabo con éxito es la capacidad de negarlas de forma plausible. Los hombres y mujeres estadounidenses que, de forma encubierta, entraron y salieron de Noruega durante los meses que tardaron en planear y destruir tres de los cuatro gasoductos Nord Stream en el mar Báltico hace un año no dejaron rastro alguno –ni un indicio de la existencia del grupo– aparte del éxito de su misión.
Poder negarlo oficialmente, como opción para el presidente Joe Biden y sus asesores de política exterior, era crucial. Por eso no se introdujo ninguna información importante sobre la misión en un ordenador, sino que se tecleó en una máquina de escribir Royal o quizá en una Smith Corona con una o dos copias de carbón, como si internet y el resto del mundo digital aún no se hubieran inventado. La Casa Blanca se mantenía apartada de lo que ocurría cerca de Oslo; desde el terreno se proporcionaron varios informes y actualizaciones directamente al director de la CIA, Bill Burns, que era el único vínculo entre los planificadores y el presidente que autorizó que la misión tuviera lugar el 26 de septiembre de 2022. Una vez concluida la misión, los papeles mecanografiados y los carbones se destruyeron, de modo que no quedara ningún rastro físico, ninguna prueba que más adelante pudiera desenterrar un fiscal especial o un historiador dedicado al estudio de los presidentes. Se podría decir que fue el crimen perfecto.
Hubo un fallo: una falta de entendimiento entre quienes llevaron a cabo la misión y el presidente Biden respecto a por qué este ordenó la destrucción de los gasoductos cuando lo hizo. Mi reportaje inicial de 5.200 palabras, publicado a principios de febrero, terminaba citando crípticamente a un funcionario conocedor de la misión que dijo: “Era una historia de portada”. El funcionario añadió: “El único fallo fue la decisión de llevarla a cabo”.
Esta es la primera vez que se relata ese fallo, en el primer aniversario de las explosiones, y seguramente no gustará al presidente Biden y a su equipo de seguridad nacional.
Inevitablemente, mi primer artículo causó sensación, pero los principales medios de comunicación hicieron hincapié en los desmentidos de la Casa Blanca y se apoyaron en un viejo truco –mi confianza en una fuente anónima– para unirse a la Administración en desmentir la idea de que Joe Biden pudiera haber tenido algo que ver con semejante atentado. Debo señalar aquí que he ganado literalmente decenas de premios a lo largo de mi carrera por artículos publicados en el The New York Times y The New Yorker sin identificar a una sola fuente. En el último año hemos visto una serie de artículos periodísticos contrarios, que no identificaban ninguna fuente de primera mano, que afirman que un grupo disidente ucraniano llevó a cabo el ataque de la operación de buceo técnico en el mar Báltico con un yate alquilado de 15 metros llamado Andromeda.
Ahora puedo escribir sobre el inexplicable fallo citado por el funcionario anónimo. Una vez más, se trata de la cuestión clásica de qué es, en realidad, la Agencia Central de Inteligencia (CIA): una cuestión que ya planteó Richard Helms, que dirigió la agencia durante los tumultuosos años de la guerra de Vietnam y el espionaje secreto de la CIA a los estadounidenses, ordenado por el presidente Lyndon Johnson y mantenido por Richard Nixon. En diciembre de 1974, publiqué en The Times un reportaje sobre ese espionaje que dio lugar a unas sesiones sin precedentes en el Senado sobre el papel de la agencia en sus infructuosos intentos, autorizados por el presidente John F. Kennedy, de asesinar al líder cubano Fidel Castro. Helms les dijo a los senadores que la cuestión era si él, como director de la CIA, trabajaba para la Constitución o para la Corona, personificada en los presidentes Johnson y Nixon. El Comité Church dejó la cuestión sin resolver, pero Helms dejó claro que él y su agencia trabajaban para el mandamás de la Casa Blanca.
Volviendo a los gasoductos Nord Stream: es importante entender que, cuando Joe Biden ordenó volarlos el 26 de septiembre de 2022, el gas ruso ya no llegaba a Alemania a través de dichos gasoductos. Nord Stream 1 había estado inyectando grandes cantidades de gas natural a bajo coste hacia Alemania desde 2011, y había contribuido a reforzar el estatus de Alemania como coloso fabril e industrial. Pero Putin lo cerró a finales de agosto de 2022, cuando la guerra de Ucrania estaba, en el mejor de los casos, estancada. Nord Stream 2 se terminó de construir en septiembre de 2021, pero el Gobierno alemán, presidido por el canciller Olaf Scholz, bloqueó el suministro de gas dos días antes de la invasión rusa de Ucrania.
Habida cuenta de las vastas reservas de gas natural y petróleo de Rusia, los presidentes estadounidenses, desde John F. Kennedy, han estado alerta ante la posible militarización de estos recursos naturales con fines políticos. Esta sigue siendo la opinión principal entre Biden y sus asesores de política exterior más agresivos, el secretario de Estado, Antony Blinken; el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan; y Victoria Nuland, ahora segunda de a bordo de Blinken.
Sullivan convocó una serie de reuniones de alto nivel sobre Seguridad Nacional a finales de 2021, cuando Rusia estaba incrementando sus efectivos a lo largo de la frontera de Ucrania y la invasión se consideraba casi inevitable. El grupo, que incluía a representantes de la CIA, fue conminado a presentar una propuesta de acción que pudiera servir como un elemento disuasorio para Putin. La misión de destruir los gasoductos estaba motivada por la determinación de la Casa Blanca de apoyar al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. El objetivo de Sullivan parecía claro. “La política de la Casa Blanca era disuadir a Rusia de un ataque”, me dijo el funcionario. “El reto que se planteó a los servicios de inteligencia fue que ideáramos una vía que fuera suficientemente potente como para lograr eso, y que supusiera una firme demostración sobre la capacidad de Estados Unidos”.
Ahora sé lo que no sabía entonces: la verdadera razón por la que la Administración Biden “sacó a relucir la eliminación del gasoducto Nord Stream”. Hace poco, el funcionario me explicó que en aquel momento Rusia suministraba gas y petróleo a todo el mundo a través de más de una docena de gasoductos, pero que Nord Stream 1 y 2 iban directamente desde Rusia a Alemania a través del mar Báltico. “La Administración puso Nord Stream sobre la mesa porque era el único al que podíamos acceder y porque [la misión] sería completamente negable”, dijo el funcionario. “Resolvimos el problema en pocas semanas –a principios de enero– y se lo comunicamos a la Casa Blanca. Supusimos que el presidente utilizaría la amenaza contra Nord Stream como un elemento disuasorio para evitar la guerra”.
Para el grupo secreto de planificación de la Agencia no fue ninguna sorpresa que, el 27 de enero de 2022, la segura y confiada Nuland, entonces subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, advirtiera estridentemente a Putin de que si invadía Ucrania, como claramente planeaba hacer, “de un modo u otro, Nord Stream 2 no seguiría adelante”. La frase llamó mucho la atención, pero no así las palabras previas a la amenaza. La transcripción oficial del Departamento de Estado muestra que antes de la amenaza, Nuland dijo, con respecto al gasoducto: “Seguimos manteniendo conversaciones muy firmes y claras con nuestros aliados alemanes”.
Cuando un periodista le preguntó cómo podía afirmar con certeza que los alemanes estarían de acuerdo, “porque lo que los alemanes han dicho públicamente no coincide con lo que usted está diciendo”, Nuland respondió con un asombroso doble lenguaje: “Le diría que volviera atrás y leyera el documento que firmamos en julio [de 2021], que dejaba muy claras las consecuencias para el gasoducto si Rusia volvía a atacar a Ucrania”. Pero ese acuerdo, que se comunicó a los periodistas, no especificaba amenazas ni consecuencias, según informaron The Times, The Washington Post y Reuters. En el momento del acuerdo, el 21 de julio de 2021, Biden dijo a la prensa que, dado que el 99 % del oleoducto estaba terminado, “la idea de que se iba a decir o hacer algo para detenerlo ya no era posible”. En aquel momento, los republicanos, encabezados por el senador Ted Cruz, de Texas, describieron la decisión de Biden de permitir el paso del gas ruso como un “triunfo geopolítico generacional” para Putin y “una catástrofe” para Estados Unidos y sus aliados.
Sin embargo, el 7 de febrero de 2022, dos semanas después de la declaración de Nuland, en una conferencia de prensa conjunta en la Casa Blanca con [el canciller Olaf] Scholz, que estaba de visita, Biden dio a entender que había cambiado de opinión y que se unía a Nuland y a otros asesores de política exterior igualmente belicistas, y habló de acabar con el gasoducto. “Si Rusia invade, es decir, si los tanques y las tropas vuelven a cruzar la frontera de Ucrania, ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin. Le pondremos fin”. A la pregunta de cómo podría hacerlo, ya que el gasoducto estaba bajo control de Alemania, respondió: “Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo”.
A la misma pregunta, Scholz respondió: “Actuamos conjuntamente. Estamos absolutamente unidos y no daremos pasos diferentes. Daremos los mismos pasos, y serán muy muy duros para Rusia, y ellos deberían entenderlo”. Algunos miembros del equipo de la CIA consideraban entonces –y ahora– que el dirigente alemán era plenamente consciente de la planificación secreta que se estaba llevando a cabo para destruir los gasoductos.
Para entonces, el equipo de la CIA ya había hecho los contactos necesarios en Noruega, cuyos mandos de la marina y de las fuerzas especiales tienen un largo historial de colaboración en tareas de operaciones encubiertas con la Agencia. Los marineros noruegos y las patrulleras de la clase Nasty ayudaron a introducir clandestinamente operativos de sabotaje estadounidenses en Vietnam del Norte a principios de la década de 1960, cuando Estados Unidos, tanto en el Gobierno de Kennedy como en el de Johnson, dirigía allí una guerra no declarada. Con la ayuda de Noruega, la CIA hizo su trabajo y encontró la manera de hacer lo que la Casa Blanca de Biden quería que se hiciera con los gasoductos.
En aquel momento, el reto para la comunidad de los servicios de inteligencia era idear un plan que fuera lo bastante contundente como para disuadir a Putin de que atacara a Ucrania. El funcionario me dijo: “Lo conseguimos. Encontramos un elemento disuasorio extraordinario por su impacto económico para Rusia. Pero Putin lo hizo [invadir Ucrania] a pesar de la amenaza”. Fueron necesarios meses de investigación y práctica en las agitadas aguas del mar Báltico por parte de los dos expertos buceadores de aguas profundas de la Marina estadounidense reclutados para la misión antes de que esta se diera por iniciada. Los magníficos marinos noruegos encontraron el lugar adecuado para colocar las bombas que harían estallar los gasoductos. Los altos funcionarios de Suecia y Dinamarca, que siguen insistiendo en que no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo en sus aguas territoriales compartidas, hicieron la vista gorda ante las actividades de los operativos estadounidenses y noruegos. El equipo estadounidense de buzos y el personal de apoyo en el buque nodriza de la misión –un cazaminas noruego– sería difícil de ocultar mientras los buzos realizaban su trabajo. El equipo no sabría hasta después del atentado que los más de 1.200 kilómetros del Nord Stream 2 se habían cerrado dejando gas natural en su interior.
Lo que yo no sabía entonces, pero me contaron hace poco, fue que después de la extraordinaria amenaza pública de volar el Nord Stream 2 que hizo Biden con Scholz a su lado, el grupo de planificación de la CIA fue informado por la Casa Blanca de que no habría un ataque inmediato contra los dos gasoductos, pero que el grupo debía organizar la colocación de las bombas necesarias y estar preparado para activarlas “bajo demanda” una vez comenzada la guerra. “Fue entonces cuando nosotros” –el pequeño grupo de planificación que trabajaba en Oslo con la Marina Real Noruega y los servicios especiales en el proyecto– “comprendimos que el ataque a los gasoductos ya no sería disuasorio, porque a medida que avanzaba la guerra nunca tuvimos el mando”.
Tras la orden de Biden de activar los explosivos colocados en los gasoductos, bastó un corto vuelo de un caza noruego y el lanzamiento de un dispositivo de sonar alterado en el lugar adecuado del mar Báltico para conseguirlo. Para entonces, el grupo de la CIA hacía tiempo que se había disuelto. El funcionario también me dijo: “Nos dimos cuenta de que la destrucción de los dos gasoductos rusos no estaba relacionada con la guerra de Ucrania” –Putin estaba en proceso de anexionarse los cuatro óblasts [regiones] ucranianos que quería–, “sino que formaba parte de una agenda política neoconservadora para evitar que Scholz y Alemania, con el invierno a la vuelta de la esquina y los gasoductos cerrados, se acobardaran y abrieran” el Nord Stream 2 cerrado. “El temor de la Casa Blanca era que Putin pusiera a Alemania bajo su control y luego fuera a por Polonia”.
La Casa Blanca no dijo nada mientras el mundo se preguntaba quién había cometido el sabotaje. “De modo que el presidente asestó un golpe a la economía de Alemania y Europa Occidental”, me dijo el funcionario. “Podría haberlo hecho en junio y decirle a Putin: ‘Te dijimos lo que haríamos’”. El silencio y los desmentidos de la Casa Blanca fueron, dice, “una traición a lo que estábamos haciendo. Si vas a hacerlo, hazlo cuando sirva para algo”.
Un paso hacia la Tercera Guerra Mundial
La dirección del equipo de la CIA interpretó que las directrices engañosas de Biden al aprobar la orden de destruir los gasoductos, me dijo el funcionario, eran “como dar un paso estratégico hacia la Tercera Guerra Mundial. ¿Y si Rusia hubiera respondido diciendo: ‘vosotros volasteis nuestros gasoductos y yo voy a volar vuestros gasoductos y vuestros cables de comunicación?”. Nord Stream no era una cuestión estratégica para Putin, era una cuestión económica. Quería vender gas. Ya había perdido sus gasoductos cuando se cerraron los Nord Stream 1 y 2 antes de que comenzara la guerra de Ucrania.
Pocos días después del atentado, las autoridades de Dinamarca y Suecia anunciaron que llevarían a cabo una investigación. Dos meses después informaron de que, efectivamente, se había producido una explosión y dijeron que habría nuevas investigaciones. No se ha hecho ninguna. El Gobierno alemán llevó a cabo una investigación, pero anunció que gran parte de sus conclusiones serían confidenciales. El invierno pasado, las autoridades alemanas asignaron 286.000 millones de dólares en subvenciones a grandes empresas y propietarios de viviendas que tuvieron que hacer frente a facturas de electricidad más elevadas para hacer funcionar sus negocios y calentar sus hogares. El impacto todavía se deja sentir hoy, con la previsión de un invierno más frío en Europa.
El presidente Biden esperó cuatro días antes de calificar el atentado contra el oleoducto de “acto deliberado de sabotaje”. Dijo: “Ahora los rusos están difundiendo información falsa al respecto”. En una conferencia de prensa posterior, a Sullivan, que presidió las reuniones que condujeron a la propuesta de destruir de forma encubierta los gasoductos, se le preguntó si el gobierno de Biden “cree ahora que Rusia fue la probable responsable del acto de sabotaje”.
La respuesta de Sullivan, sin duda ensayada, fue: “Bueno, en primer lugar, Rusia ha hecho lo que hace con frecuencia cuando es responsable de algo, que es hacer acusaciones de que en realidad ha sido otro el que lo hizo. Lo hemos visto repetidamente a lo largo del tiempo”.
“Sin embargo, hoy el presidente también ha sido claro al expresar que hay que trabajar más en la investigación antes de que el Gobierno de Estados Unidos esté preparado para responsabilizar a alguien en este caso”. Continuó: “Seguiremos trabajando con nuestros aliados y socios para reunir todos los datos, y luego adoptaremos una decisión sobre qué hacer a partir de ahí”.
No he encontrado ningún caso en el que alguien de la prensa estadounidense haya preguntado posteriormente a Sullivan sobre los resultados de su “decisión”. Tampoco he encontrado ninguna prueba de que Sullivan, o el presidente, hayan sido interrogados desde entonces sobre los resultados de la “decisión”, ni sobre qué hacer a partir de ahí.
Tampoco hay pruebas de que el presidente Biden haya pedido a la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense que lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre el atentado del oleoducto. Tales peticiones se conocen como “Taskings” (asignación de tareas) y se toman en serio dentro del gobierno.
Todo esto explica por qué una pregunta rutinaria, que formulé aproximadamente un mes después de los atentados a alguien con muchos años de experiencia en la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense, me llevó a una verdad que nadie en Estados Unidos ni en Alemania parece querer investigar. Mi pregunta era sencilla: “¿Quién lo hizo?”.
El gobierno de Biden voló los gasoductos, pero la acción tuvo muy poco que ver con ganar o detener la guerra en Ucrania. Fue el resultado de los miedos de la Casa Blanca a que Alemania vacilara y reabriera el flujo de gas ruso –y a que Alemania, y después la OTAN, por razones económicas, cayeran bajo el dominio de Rusia y sus extensos y baratos recursos naturales–. Y de este modo se llegó al temor definitivo: que Estados Unidos perdiera su antigua primacía en Europa Occidental.
Este artículo se publicó originalmente en inglés, en Substack.
Traducción de Paloma Farré.
3. La mentira del Holomodor
En la página trotska WSWS entrevistan al historiado Stephen Wheatcroft, uno de los mayores expertos sobre el tema, sobre la hambruna de principio de los años 30 en la Unión Soviética. Sus estudios muestran que la idea de un genocidio ucraniano es una burda falsificación histórica.
Entrevista con el historiador económico Stephen Wheatcroft sobre la hambruna soviética y la falsificación histórica
Clara Weiss
@claraweiss_wsws
9 de julio de 2023
El World Socialist Web Site habló recientemente con Stephen Wheatcroft, profesor de historia rusa y soviética en la Universidad de Melbourne, Australia. Wheatcroft es uno de los mayores expertos mundiales en la hambruna soviética y en la historia económica soviética en general. Ha llevado a cabo una extensa investigación de archivos en la antigua Unión Soviética y, junto con el difunto Robert W. Davies, es coautor de un informe en siete volúmenes sobre la industrialización soviética. Wheatcroft también coeditó varios volúmenes documentales sobre la agricultura soviética, 1927-1939, y es autor de múltiples artículos sobre la hambruna, la industrialización y otros aspectos de la historia soviética. También ha escrito sobre el papel de las estadísticas en el pensamiento y la escritura económica de Vladimir Lenin y el devastador impacto del estalinismo en las estadísticas soviéticas.
Basándose en las estadísticas y los informes que estuvieron disponibles tras la disolución de la Unión Soviética, Wheatcroft y Davies ofrecieron un relato exhaustivo de la colectivización forzosa y la hambruna en la Unión Soviética en 1932-1933 en su volumen de 2004 The Years of Hunger (Los años del hambre). Su relato, sin parangón hasta la fecha, es una refutación irrefutable de la mentira, ahora ampliamente promovida, de que la hambruna constituyó un genocidio étnicamente selectivo de ucranianos o kazajos u otros pueblos específicos de la URSS.
El WSWS estableció contacto con Stephen Wheatcroft a raíz de nuestra reseña de Bloodlands, de Timothy Snyder. Al tiempo que legitima las distorsiones de la extrema derecha ucraniana de la historia de la hambruna y de la historia soviética en general, Snyder afirma falsamente en su libro que se basa en el trabajo de Wheatcroft y Davies sobre la hambruna. En conversación con el WSWS, Wheatcroft habló sobre sus hallazgos sobre la hambruna, la historia de la falsa afirmación de que la hambruna constituyó un genocidio étnico, los ataques al concepto de objetividad en la historia y el clima actual en el mundo académico. La entrevista ha sido editada para mayor extensión y claridad.
Clara Weiss: La hambruna soviética y su impacto en Ucrania es uno de los temas más complicados y políticamente cargados de la historia soviética. ¿Podría describir cómo se ha desarrollado la investigación sobre la hambruna soviética en las últimas décadas? ¿Cómo resumiría las principales conclusiones de su propia investigación?
Stephen Wheatcroft: La cuestión de la responsabilidad por la hambruna en Ucrania es muy importante, especialmente en estos momentos difíciles en los que se están haciendo afirmaciones muy incendiarias. Durante la primera Guerra Fría, me pareció importante tratar de mantener un sentido de realismo al analizar el Gulag. La realidad del Gulag era abominable en sí misma. Exagerar su tamaño más de cuatro o cinco veces, como hicieron quienes afirmaban que había entre 8 y 12 millones de personas en el Gulag en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, disminuía el impacto del Gulag al hacerlo menos real. La escala exagerada encajaba con la idea de que la represión era la totalidad de lo que era la Unión Soviética. Espero haber contribuido a socavar la visión totalitaria de la política soviética y a establecer una comprensión más realista de la escala y la naturaleza de la represión y la política en la Unión Soviética.
En la década de 1970, cuando era estudiante, pude pasar dos años estudiando en Moscú con un intercambio del British Council en el Instituto de Economía Nacional de Moscú: El Instituto Plejánov, y tuvo un profundo efecto en mi visión y comprensión de la sociedad soviética. Conocí y comprendí a muchos de los principales historiadores soviéticos, especialmente a Viktor Danilov. Estos intercambios ya no son posibles, y las posibilidades de que mejoremos nuestra comprensión de las diferentes culturas se hace más difícil.
La apertura de los archivos soviéticos en la década de 1990 supuso un gran avance en nuestra comprensión de la historia soviética. Hubo un breve periodo en el que Robert Conquest y otros guerreros de la Guerra Fría y entusiastas del totalitarismo afirmaron que los materiales que surgían de los archivos sobre la magnitud de la represión que cuestionaban sus puntos de vista eran todos falsos, pero finalmente se vieron obligados a aceptar que los datos que surgían de los archivos eran reales, aunque aún así se las arreglaron para evitar admitir que sus estimaciones anteriores sobre la magnitud de la represión eran erróneas.
Cuando trabajábamos en nuestro libro sobre la hambruna soviética y los problemas alimentarios de 1931-33, R.W. Davies y yo pudimos utilizar los archivos estatales y del partido (hasta el nivel del Comité Central del partido). Y aunque no pudimos acceder directamente a los archivos del Politburó y de la Seguridad del Estado, nuestro trabajo con Viktor Danilov y su grupo también nos dio cierto acceso a estos materiales. Pensamos que nuestro libro [Wheatcroft/Davies, The Years of Hunger, 2004] había resuelto muchas de las disputas anteriores sobre la naturaleza y la causalidad de la hambruna. Concluimos nuestro volumen distinguiendo nuestros puntos de vista de los de Robert Conquest. Conquest, escribíamos, había afirmado «que Stalin ‘quería una hambruna’, que ‘los soviéticos no querían que la hambruna se afrontara con éxito’ y que la hambruna ucraniana fue ‘deliberadamente infligida por su propio bien’. Esto le lleva a una conclusión radical: «La principal lección parece ser que la ideología comunista proporcionó la motivación para una masacre sin precedentes de hombres, mujeres y niños»». [Los años del hambre, p. 441.]
Concluimos: «No eximimos a Stalin de responsabilidad por la hambruna. Su política hacia los campesinos fue despiadada y brutal. Pero la historia que ha surgido en este libro es la de un liderazgo soviético que luchaba contra una crisis de hambruna que había sido causada en parte por sus políticas equivocadas, pero que era inesperada e indeseable. El trasfondo de la hambruna no es simplemente que las políticas agrícolas soviéticas se derivaran de la ideología bolchevique, aunque la ideología desempeñó su papel. También estaban determinadas por el pasado prerrevolucionario ruso, las experiencias de la guerra civil, la situación internacional, las circunstancias intransigentes de la geografía y el clima, y el modus operandi del sistema soviético tal como se estableció bajo Stalin. Fueron formuladas por hombres con escasa educación formal y conocimientos limitados de agricultura. Sobre todo, eran consecuencia de la decisión de industrializar el país campesino a una velocidad vertiginosa. «[Los años del hambre, p. 441]
Una de las razones por las que nos sentíamos tan seguros de que la situación había cambiado y de que las opiniones de quienes, como Conquest, habían sostenido anteriormente que la hambruna había sido causada por Stalin a propósito, ya no eran defendibles, era que habíamos tenido la rara experiencia de oír de boca de nuestro principal oponente que había cambiado de opinión. Conquest había recibido un ejemplar previo a la publicación de nuestro libro para que lo revisara y, para nuestra sorpresa, nos escribió diciendo que nos daría una buena crítica, siempre que corrigiéramos una cosa en nuestras conclusiones. Nos pidió que declaráramos públicamente que no es su opinión «que Stalin provocara a propósito la hambruna de 1933″. No. Lo que yo [Conquest] sostengo es que, ante la inminencia de la hambruna resultante, podría haberla evitado, pero antepuso el ‘interés soviético’ a alimentar a los hambrientos, instigándola conscientemente». Estuvimos encantados de cumplir con los deseos de Conquest y añadimos su declaración anterior a nuestra nota 145, y recibimos debidamente el comentario de Conquest: Una contribución verdaderamente notable a la investigación en este importante campo». Robert Conquest, Institución Hoover».
Llegados a este punto, realmente pensábamos que estábamos saliendo de las distorsiones históricas de la Guerra Fría. Si el propio Conquest negaba ahora que la hambruna fuera causada a propósito, ¿cómo podía alguien continuar con ese argumento?
Poco sabíamos. En Ucrania, James Mace, mi viejo amigo Stanislav Kul’chitskii y la Comisión Parlamentaria Ucraniana seguirían afirmando que la hambruna no sólo fue causada a propósito, sino que fue un genocidio. Más tarde se les unirían Timothy Snyder (2011) y Anne Applebaum (2017). Sorprendentemente, todos ellos citaron a Conquest como una de las principales autoridades para justificar esta afirmación. He intentado oponerme a las falsas referencias a Conquest y al oleaje de popularidad que han tenido estas afirmaciones, pero han continuado y ahora la guerra de Ucrania se ha sumado a la presión pública para aceptar la visión incorrecta y simplificada de que Rusia siempre ha albergado opiniones genocidas contra los ucranianos. La tesis del genocidio recibió sin duda un impulso con el aumento de las actitudes antirrusas, y ahora la guerra ha sobrealimentado el impulso.
CW: ¿Puede hablarnos de los orígenes históricos de la afirmación de que la hambruna que se produjo en la Unión Soviética en 1932-1933 fue un genocidio étnico y explicar cómo las estadísticas disponibles después de 1991 ayudaron a refutar de forma concluyente tales afirmaciones?
SW: «Genocidio» tiene todo tipo de problemas de definición. Es mucho más fácil hablar de asesinatos intencionados de grandes grupos de personas, seleccionados por razones étnicas o de otro tipo.
Recordemos que partimos de una posición en la que los soviéticos negaban totalmente que hubiera una hambruna. En ese momento, la cuestión era si había hambruna o no. Pronto se convirtió en una cuestión de si la hambruna había sido «provocada por el hombre», pero cuando se hablaba de hambruna «provocada por el hombre» en aquella época, se quería decir si era consecuencia de la política o si era una «hambruna natural» como resultado del clima. Dentro de los círculos nacionalistas ucranianos, y antes bajo los nazis, probablemente se habían hecho afirmaciones de todo tipo, pero dentro de los círculos académicos la idea de una matanza intencionada no se consideraba seriamente.
Una vez que se dispuso de las estadísticas [en la década de 1980], y quedó claro que había una hambruna, nadie negó realmente que existiera una hambruna y que fuera en gran medida el resultado de la política. Fue entonces cuando comenzaron los debates sobre el «asesinato intencionado». En Estados Unidos, James Mace fue el primer promulgador. Yo desempeñé en su momento algún papel criticándole. El otro que recuerdo con bastante claridad es el historiador ucraniano Stanislav Kul’chitsky, a quien conozco desde hace años. Kul’chitsky fue el primer historiador ucraniano que conozco que quería hablar claramente del genocidio, pero al mismo tiempo se oponía a las cifras de Robert Conquest sobre la magnitud de las muertes. Estábamos planeando escribir un artículo junto con Sergei Maksudov [Universidad de Harvard] sobre esto, hasta que me retiré cuando me di cuenta de que estaba decidido a utilizar la palabra «genocidio» para describir la hambruna.
Historiadores como Andrea Graziosi, que también utiliza la palabra «genocidio», hacen hincapié en la importancia de las medidas punitivas como el «blindaje» de los grupos que no cumplieron sus planes de aprovisionamiento central de grano. Pero como he señalado, una vez que se dispuso de datos a nivel de rayon [región], y pudimos trazar con bastante precisión dónde se estaba produciendo la hambruna, quedó claro que la hambruna no se localizaba en las principales regiones de aprovisionamiento de grano. [En la Ucrania soviética] estaba en el oblast de Kiev, que no es una zona importante de aprovisionamiento de grano y no tenía muchas «pizarras negras».
Por eso he ofrecido la siguiente hipótesis: algo que sí se ajusta a los hechos, tanto a la cronología como a la geografía que muestran por qué la hambruna fue especialmente grave en la oblast de Kiev. Esto se debió a que el incumplimiento por parte de los ucranianos del plan de recogida de grano tuvo como consecuencia la reducción de las asignaciones de grano a la gran ciudad ucraniana de Kiev.
La ciudad de Kiev no tenía gran parte de su población urbana con raciones centrales. Sólo dos fábricas tenían raciones de categoría uno. La mayor parte de la población de esta enorme ciudad no recibía suministros centrales de grano. Por consiguiente, los organismos locales que trabajaban dentro de los confines de la provincia de Kiev, utilizando recolecciones descentralizadas tras el fin de las recolecciones centralizadas de grano, fueron los encargados de proporcionar el grano para alimentar a la población de la ciudad de Kiev. Por eso, en la provincia de Kiev se llevaron a cabo adquisiciones tan severas. Por lo que veo, no eran recolecciones centralizadas que se recogían para enviarlas a Moscú. Eran agentes locales recogiendo grano para alimentar a la ciudad de Kiev. Por supuesto, la ciudad de Kiev necesitaba alimentarse porque no había grano del resto del país.
Esto no disminuye la gravedad de la situación, pero hace mucho más difícil argumentar que se hizo a propósito. Estamos hablando de procesos complejos que tienen consecuencias que la gente no necesariamente comprende. Pero [tanto los organismos centrales como los locales] estaban decididos a seguir adelante fueran cuales fueran las consecuencias. Hubo una despiadada falta de consideración. Sigo considerándolo criminal, pero no es un asesinato intencionado ni un genocidio. Los historiadores sólo pueden seguir llamándolo genocidio negándose a desentrañar qué se entiende por genocidio e ignorando la cronología y la geografía de los lugares donde se produjo la hambruna más intensa.
Hay cierta confusión sobre el uso del término «Holodomor». Holodomor significa literalmente «Hambre hasta la muerte». En principio, no me opongo a la palabra. El lenguaje se desarrolla con el tiempo cuando hay necesidad de mayor precisión. Las lenguas eslavas son bastante extrañas al tener un espectro relativamente estrecho de palabras que indican diferentes grados de hambre, en comparación con el inglés o el alemán. Si sólo se utiliza como término para referirse al hambre, no hay nada especialmente malo en ello. Pero extenderlo a un fenómeno completamente diferente con este gran significado nacional y espiritual es otra cuestión. Por extraño que parezca, suena parecido al Holocausto.
CW: No es extraño, era la intención. La razón por la que los nacionalistas ucranianos impulsaron el término «Holodomor» en los años ochenta fue el auge de la investigación sobre el Holocausto y las revelaciones de los años ochenta sobre el papel de los nacionalistas ucranianos en el genocidio de los judíos. Intentaban equiparar la hambruna con el genocidio de los judíos europeos.
SW: Sí, eso está perfectamente claro. Por eso también [algunos nacionalistas ucranianos y James Mace] insistían en que el número de víctimas de la hambruna en Ucrania era de 7 millones, más que los 6 millones [que murieron en el Holocausto]. Estos son algunos de los orígenes.
CW: Timothy Snyder y Anne Applebaum adoptan efectivamente en sus obras la narrativa nacionalista ucraniana de un genocidio étnicamente selectivo. Ahora estas «narrativas», aunque refutadas por su propio trabajo y el de otros historiadores, se enseñan en las escuelas. El gobierno alemán incluso ha prohibido negar que la hambruna fuera un «genocidio». La extrema derecha ucraniana ataca y denuncia sistemáticamente a quienes insisten en la verdad histórica sobre la hambruna. ¿Cuáles son, en su opinión, las implicaciones de esta evolución para la erudición histórica y el conocimiento histórico?
SW: No es algo nuevo. Creo que estamos ante una segunda Guerra Fría. El equivalente a Snyder y Applebaum en generaciones anteriores era una figura como Robert Conquest. Pero durante la primera Guerra Fría, Conquest siempre estuvo más al margen del mundo académico, aparte de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford. Pero había muchos académicos incluso en la Universidad de Stanford que argumentaban en contra de la Institución Hoover, [oponiéndose] a que una organización tan descaradamente política y sin orientación científica tuviera un cargo dentro de la universidad.
Que hay ideólogos de la Guerra Fría que escriben historias que son extraordinariamente populares no es nuevo. Lo que es nuevo es el colapso de la disciplina académica de la historia ante ello. La posición de la Institución Hoover dentro del mundo académico -incluso dentro de Stanford- es un símbolo de lo que está ocurriendo ahora en toda la disciplina. Recuerdo la sorpresa durante la perestroika cuando Gorbachov, durante su primera visita a Estados Unidos, insistió en que debía ir a visitar no un instituto académico decente sino, de hecho, la Institución Hoover. Eso pareció darle una especie de impulso.
Después de haber vivido la primera Guerra Fría, cuando mantuve muchos debates académicos con Robert Conquest, en algunos aspectos la situación es muy diferente. Ha habido un cambio en la profesión histórica que ha hecho que la gente esté menos interesada en tratar de entender lo que realmente sucedió, porque eso es hablar en términos de objetividad anticuada y uno no hace eso.
La profesión está ahora más interesada en lo que «se sintió». Lo que «se sintió» al ser víctima, lo que «se sintió» al ser la abuela o la madre que perdió a sus hijos, o hermanos en la hambruna, etc. No quiero restar importancia a sus pérdidas y tragedias personales, pero creo que hemos perdido algo. Quizá soy un historiador económico anticuado que sigue pensando en términos de intentar ser objetivo. Me estoy dando cuenta de que me encuentro en una posición muy minoritaria dentro de gran parte de la disciplina.
CW: Lo que usted describe está muy ligado al dominio del posmodernismo: el concepto de que no existe una verdad objetiva. Por supuesto, uno no puede reflejar plenamente la verdad objetiva como historiador, pero puede acercarse a ella y debe tratar de estudiarla como historiador. En cambio, todo se reduce a opiniones, sentimientos, a cómo la gente ve el mundo, y no, como usted ha dicho, a lo que realmente ocurrió.
Esto va más allá del campo de la historia, de hecho, pero tiene quizás el impacto más dañino en la historia. Esto también legitima que personas como Snyder cambien simplemente de postura de un día para otro sin ofrecer siquiera algo que se aproxime a una explicación. Una vez le preguntaron a Timothy Snyder en Berlín por qué ya no mencionaba al líder fascista ucraniano Bandera en Bloodlands, a pesar de que antes había escrito un libro entero sobre los crímenes de la extrema derecha ucraniana. Respondió: «En la vida, uno escribe muchos libros». Esto puede decirlo un escritor de ficción, pero no un historiador. Si cambias tu valoración como historiador, lo que a veces puede ser necesario, tienes que aportar pruebas documentales y una justificación.
SW: Sí, en tiempos de Conquest, estaba claro que había sido empleado por el gobierno británico en un puesto que se ocupaba efectivamente de producir propaganda antisoviética. Lo que tenemos con Applebaum y Snyder es más un enfoque «periodístico» de tratar de encontrar cosas que respondan a diversos públicos. De hecho, sería difícil tratar a Applebaum como una verdadera historiadora. No era más que una periodista que en un momento dado decidió escribir para un público diferente. En cambio, con los primeros escritos de Snyder, se puede ver que era un historiador, aunque ha evolucionado hacia un enfoque más populista.
CW: Me gustaría volver a la cuestión de lo que eso significa para la profesión histórica y el clima intelectual. La extrema derecha ucraniana, como usted sabe, está ejerciendo una enorme presión en el mundo académico. Hay problemas de financiación, pero es más que eso. También habrá oído que, de forma paralela, los historiadores polacos del Holocausto son ahora atacados sistemáticamente por la extrema derecha.
SW: Sí, y el asunto de Stephen Cohen en Estados Unidos fue absolutamente monstruoso, la forma en que la profesión eslava estadounidense respondió a él sólo porque defendía lazos más amistosos con Rusia. Es quizás uno de los mayores ejemplos de cómo las cosas se han descarrilado por completo.
[Stephen Cohen era profesor de política en la Universidad de Nueva York y un conocido intelectual público. Biógrafo y admirador de Nikolai Bujarin, se opuso a la caza de brujas antirrusa en los medios de comunicación estadounidenses, exponiendo algunas de sus contradicciones y mentiras más flagrantes, y advirtió de una guerra contra Rusia].
CW: Al final de su vida era persona non grata.
SW: Es extraño. Sufrí bastante en los años setenta y ochenta debatiendo con Conquest; fue bastante fuerte en algunos momentos, pero ha empeorado mil veces desde entonces. Me gustaría mucho encontrar una forma de debatir sin que se nos fuera de las manos.
CW: ¿Cuál es, en su opinión, el camino a seguir para escribir la historia soviética y rusa?
SW: Es muy importante tratar la historia rusa como otras historias. Por desgracia, ahora están resurgiendo las teorías del totalitarismo y tenemos tópicos burdos de orientación étnica.
Sería bueno eliminar ese excepcionalismo ruso y soviético. La historia soviética y rusa debería integrarse más con la historia de Alemania, Suecia y otros países. Si vamos a tener una propagación de teorías genocidas que empiezan en Ucrania y se trasladan a Kazajstán y otros lugares, no vamos a conseguir objetivar y normalizar el estudio del país sobre una base científica.
La semana pasada estuve en Suecia y Finlandia, donde estuve hablando con historiadores locales sobre las malas cosechas de la década de 1860 en la zona del Báltico, intentando encajar en esa historia partes del Imperio Ruso que se vieron afectadas. Es importante tratarlos como países con problemas similares a los de los países vecinos en cuanto al impacto del clima, la política de medidas de socorro y las consiguientes consecuencias demográficas y epidemiológicas. Me gustaría extender este trabajo al siglo XX, comparando los problemas alimentarios rusos y soviéticos en la Primera y la Segunda Guerra Mundial con los de otros países, y comparando los problemas alimentarios soviéticos y chinos en las primeras etapas de su industrialización forzosa, y ya he realizado algunos trabajos al respecto. [1]
CW: Muchas gracias. Le agradezco que se haya tomado la molestia de hacer esta entrevista. Creo que es importante que historiadores como usted hablen y contribuyan a un cambio en el clima cultural e intelectual que es tan urgentemente necesario.
SW: Me gustaría darle las gracias. Simpatizo mucho con sus puntos de vista y con la forma en que ha estado comprobando referencias que a menudo se han aplicado erróneamente. Tal vez me he vuelto un poco perezoso en mi vejez, pensando que luché mis batallas antes y que no hay necesidad de seguir luchándolas, pero tal vez uno debería seguir adelante.
4. Lecciones ucranianas
Tomaselli publica la segunda parte de su análisis general sobre la guerra en Ucrania. Esta vez, la visión de la guerra desde la perspectiva rusa.
Lecciones ucranianas – 2
por Enrico Tomaselli
Más de un año y medio después del inicio de la Operación Militar Especial, una visión a vista de pájaro del conflicto permite, si no hacer balance, sí poner de relieve ciertos aspectos significativos. Como ocurre a menudo, el significado de ciertos acontecimientos, aunque plenamente conocido, en realidad sólo se capta a distancia. Se trata, pues, de esbozar las enseñanzas que pueden extraerse de la guerra actual, examinando su excursus primero desde la perspectiva ucraniana y luego desde la rusa. Esta segunda parte examinará la guerra desde la perspectiva rusa.
* * * *
En esta segunda parte de las Lecciones Ucranianas [1], se intentará analizar los cambios estratégicos y tácticos que se han producido en el conflicto, por parte rusa, desde el inicio de la OSM hasta ahora. La primera y más interesante observación que debe hacerse es que el punto de vista ruso, en esta guerra -y precisamente a partir de la elección de definirla inicialmente como una Operación Especial- ha cambiado considerablemente; quizás no siempre con prontitud, pero desde luego con gran flexibilidad. Además, basta observar el panorama internacional general, y más concretamente el del conflicto en sus aspectos bélicos sobre el terreno, para comprender muy claramente cómo la Federación Rusa ha gestionado la dinámica cambiante de la guerra mucho mejor que la OTAN; y ello a pesar de que Washington lleva casi veinte años preparándose para este conflicto.
Como ya se ha dicho, la intención aquí es analizar la conducta estratégica y táctica de las fuerzas enfrentadas, sin entrar más de lo necesario en las motivaciones políticas que las mueven. Pero, indiscutiblemente, toda la primera fase de la OSM fue eminentemente política.
Política fue, por supuesto, la elección de intervenir en Ucrania para detener la expansión de la OTAN hacia el este; política fue la elección de limitar sus objetivos iniciales; política fue la elección de presentarla casi como una operación de mantenimiento de la paz. Esta prevalencia de los aspectos políticos sobre los más puramente militares explica a su vez lo que, desde este punto de vista, parecen movimientos insólitos y casi inexplicables.
Al mismo tiempo, también explica, en mi opinión, una falta más general (al menos aparente) de un marco estratégico claro, que ha caracterizado negativamente buena parte de las operaciones sobre el terreno.
También hay que decir que esta falta de objetivos estratégicos claros, probablemente hasta otoño de 2022 (nombramiento de Surovikin como comandante en jefe de las operaciones), también puede apreciarse en el campo contrario, donde el patrocinador último de Ucrania, EEUU, claramente sigue sin tener ni una lista de objetivos ni una estrategia clara para alcanzarlos.
Como se desprendió entonces de una serie de informaciones que salieron a la luz, el primer objetivo de Moscú al intervenir directamente en el conflicto era obligar (a la OTAN) a aceptar un diálogo sobre la seguridad europea que tuviera en cuenta las legítimas preocupaciones rusas. El objetivo de los avances sobre la capital ucraniana, detenidos a pocos kilómetros de la ciudad, era precisamente ejercer presión en este sentido. La idea de ocupar todo el país nunca ha motivado ni remotamente a Rusia.
Esto se deduce fácilmente del limitadísimo contingente empleado, unos 200.000 hombres. No sólo se encontraban en una enorme desventaja numérica frente a los ucranianos, sino que, sobre todo, eran literalmente incapaces de una conquista tan vasta, que habría supuesto un alargamiento considerable de las líneas logísticas y, por tanto, el empleo de una fuerza mucho más masiva (al menos 1.500.000 hombres) para controlar un territorio en gran parte hostil.
Una prueba más de la convicción rusa de que se trataría de una operación limitada en el tiempo, puede derivarse fácilmente de la observación de que no existía un mando único (si no el ejercido, desde Moscú, por Shoigu y Gerasimov), sino hasta tres mandos de ejército, que de hecho operaban de forma escasamente coordinada. Ello se debió precisamente a que los objetivos asignados no contemplaban una campaña a largo plazo y eran de distinta naturaleza.
Los dos grupos que penetraron en territorio ucraniano por el norte, uno desde Bielorrusia y otro desde la región rusa de Belgorod, tenían de hecho como misión principal ejercer la mencionada presión sobre Kiev, mientras que el que operaba en el sur a través del Donbass y Crimea, tenía como objetivo asegurar las poblaciones y, sobre todo, la propia Crimea. En el primer caso, por tanto, objetivos predominantemente políticos y presumiblemente limitados, en el segundo los objetivos eran militares y a largo plazo.
En cualquier caso, en menos de dos meses, como hemos visto más arriba, quedó claro que el objetivo de llegar a una negociación en poco tiempo era completamente irreal, porque los intereses de la OTAN iban en una dirección completamente distinta, por lo que fue necesario llevar a cabo un reseteo inicial de la operación, retirando dos grupos en el norte, ya inútiles, y redesplegándolos en el Donbass tras un largo recorrido dentro de las fronteras rusas[2].
Entre la primavera y el otoño de 2022, por tanto, las fuerzas armadas rusas se encontraron en una situación que no habían previsto del todo y para la que, en cualquier caso, no estaban totalmente preparadas.
También hay que considerar aquí por un momento los antecedentes de estas fuerzas, cuya experiencia de combate (en la era postsoviética) se refiere a las dos guerras de Chechenia, la rápida guerra con Georgia y la intervención en Siria, donde, sin embargo, sólo operan básicamente fuerzas aéreas y navales. El conflicto con Ucrania es a su vez -al igual que la OTAN- la primera guerra simétrica a la que se enfrentan [3].
En esta fase, por tanto, las fuerzas rusas se dedicarán esencialmente a enfrentarse a las fuerzas ucranianas, al tiempo que intentan extender el control a toda la zona administrativa de los cuatro oblasts conquistados. Y será también -la razón es intuitivamente clara- la fase que (junto con la fase inicial del ataque) registrará las mayores pérdidas. Básicamente, Moscú está retrocediendo en los objetivos territoriales, a la espera de una mejor definición del marco estratégico global.
Evidentemente, dado que es la política la que guía la acción militar designando objetivos estratégicos, como se mencionaba al principio, hay que tener en cuenta su impacto. Y como, obviamente, no tenemos acceso a las cámaras secretas del Kremlin, se trata de interpretaciones arbitrarias, que, sin embargo, encuentran -en mi opinión- una cierta confirmación en los hechos conocidos, coherentes con las premisas interpretativas. Concretamente, esta clave de interpretación lleva a suponer que, en el transcurso de la fase que estamos examinando, ha madurado en Moscú la conciencia de que la OTAN apoyará definitivamente a Ucrania en la guerra, pero no todavía de que se trata a todos los efectos de una guerra por delegación de la propia OTAN.
Aunque las fuerzas disponibles a lo largo de la línea de batalla, y en la retaguardia inmediata, siguen siendo las absolutamente insuficientes con las que había comenzado la OSM, de hecho habrá que esperar unos seis meses para que en Rusia se convenzan de la necesidad de reforzar adecuadamente el contingente. Esto se hizo inicialmente aumentando la presencia de la PMC Wagner, y más tarde movilizando a 300.000 reservistas (invierno de 2022).
La utilización de Wagner, especialmente a la luz de los acontecimientos posteriores, es un aspecto que merece un análisis específico. La PMC, al igual que sus homólogas estadounidenses o británicas, realiza tareas que las fuerzas armadas oficiales no pueden llevar a cabo (África), pero también lideró otras operaciones, como la anexión de Crimea.
Concretamente en la guerra de Ucrania, Wagner ha estado presente desde el principio, incluso durante la guerra civil, con unos pocos miles de hombres. Pero cuando la demanda de tropas en el frente se hizo más acuciante, resultó ser la solución más rápida. Era la oportunidad que Prigozhin había estado esperando, y la aprovechó a su manera. En primer lugar, para engrosar las filas de la PMC, hizo un amplio uso de la ley que permitía el reclutamiento de presos convictos [4], con lo que el número de efectivos ascendió a unos 50.000, casi el 80% de los cuales fueron reclutados en cárceles rusas. Además de la rapidez del despliegue, el recurso a la PMC tenía también la ventaja de aligerar el número de efectivos y de poder utilizar los pabellones de forma más despiadada.
El punto culminante del despliegue de contratistas rusos se produjo en Soledar, y especialmente en Bakhmut.
En este punto hay que hacer dos premisas. En primer lugar, según la antigua ley (ahora enmendada) que regulaba las relaciones con las empresas militares privadas en Rusia, éstas podían actuar con un amplio margen de autonomía, prácticamente fuera de la escala jerárquica normal de las fuerzas armadas, de las que sólo dependían para suministros y material pesado. Además, la táctica habitual con la que operaban las fuerzas rusas en Ucrania se basaba básicamente en unos pocos movimientos sencillos: identificando un punto débil en la alineación enemiga, lo invadían, obligando al enemigo a concentrar allí sus reservas para sostener el ataque; si el terreno y el equilibrio de fuerzas lo permitían, procedían entonces a flanquear a las fuerzas enemigas, tratando de cerrarlas en un bolsillo, de lo contrario seguían manteniéndolas inmovilizadas en su posición, explotando su superioridad aérea y de artillería para golpearlas fuertemente.
Desde este punto de vista, la batalla de Bajmut representa una anomalía significativa. Como ya se vio en la lección 1, Zelensky decidió convertirlo en una cuestión simbólica de gran importancia, a pesar de la escasa importancia estratégica de la posición, y a pesar de que desde un punto de vista militar habría tenido mucho más sentido retirarse, redesplegando las fuerzas detrás de la línea fortificada Sloviansk-Kramatorsk. Especularmente, habría tenido sentido que las fuerzas rusas intentaran rodear a los ucranianos; o simplemente aprovechar la batalla para consumir sus fuerzas. Sufrir grandes bajas, como de hecho ocurrió, para capturar una ciudad prácticamente arrasada no tenía sentido desde el punto de vista militar.
La cuestión es que, incluso para Prigozhin, aquella batalla tenía un valor simbólico.
El propósito de la conquista de Bajmut es la creación del mito de Wagner. Un mito que se construye en parte utilizando los medios de comunicación a disposición de Prigozhin, tanto apelando a los blogueros y corresponsales de guerra (la mayoría de los cuales están a favor de un uso más decisivo de la fuerza militar), como, más en general, haciendo cosquillas a las expectativas de los componentes más radicales de la sociedad rusa. Utilizando un esquema clásico en la construcción de una narrativa, además del heroísmo de Wagner, la operación pretendía mitificar la figura del propio Prigozhin, en contraposición a la de Shoigu y Gerasimov, que eran retratados esencialmente como incapaces, cuando no como francos villanos. En esto, por supuesto, también les ayudó la incertidumbre de la fase en la que se encontraba el conflicto. Y a pesar de que el jefe de Wagner era un empresario que nunca había combatido, mientras que sus antagonistas eran dos militares de carrera [5].
Cuál era el sentido y el propósito de esta operación, quedaría claro unos meses más tarde.
Cualquiera que fuera la intención de los dos bandos, la batalla por la ciudad de Bajmut fue sangrienta para ambos, pero más allá del valor simbólico que se le atribuyó, no tuvo ni tiene ninguna importancia estratégica. Prueba de ello es que, meses después de su caída, la situación en ese sector del frente no ha cambiado sustancialmente. Aparte de las pérdidas sufridas y del desaire a Zelensky [6].
Volviendo atrás por un momento, hemos visto cómo la escasez de tropas, y su desigual distribución a lo largo de la línea del frente, ofrecieron la oportunidad a la doble ofensiva de verano de Kiev, que condujo a la reconquista de un gran trozo de territorio en el noreste (donde las defensas rusas se confiaron a unas pocas unidades de la Rosgvardija), mientras que en el sector de Kherson, en el suroeste, una mayor concentración de fuerzas logró repelerla con grandes pérdidas. Este fue el factor decisivo que convenció a Moscú de la necesidad de dar un giro a la campaña ucraniana.
Un giro que se concretó tanto en la decisión de reunificar el mando de las operaciones, y confiarlo al general Surovikin [7], como en la decisión de proceder a la movilización de 300.000 reservistas.
Aunque los efectos de la movilización, que sirvió esencialmente para reequilibrar las fuerzas sobre el terreno, sólo se verían hacia el final del invierno, el mando de Surovikin mostró inmediatamente sus efectos. El primer movimiento significativo fue inaugurar -algo increíblemente no hecho hasta entonces- una campaña de ataques aéreos y con misiles en toda Ucrania, y no sólo en la retaguardia inmediata del frente, con el objetivo de golpear al enemigo en profundidad, minando su infraestructura. Cabe señalar aquí que, aunque esta campaña no se ha interrumpido desde entonces, y aún continúa, centrándose unas veces en el sistema eléctrico, otras en el sistema de producción y reparación militar, y otras en aeropuertos, depósitos de municiones y otras infraestructuras militares, a día de hoy sigue dejando prácticamente intactos otros objetivos muy importantes, en particular carreteras, puentes, estaciones y líneas ferroviarias, así como infraestructuras de comunicación.
El segundo movimiento significativo realizado por Surovikin, y también el más discutido, fue la retirada de las fuerzas rusas a la orilla izquierda del Dnepr en Kherson, dejando la parte occidental de la ciudad en manos ucranianas. La justificación táctica era, por supuesto, que de lo contrario las unidades rusas se verían -en caso de un ataque ucraniano- obligadas a defenderse con el río a sus espaldas. Sin embargo, el hecho es que de este modo se abandonó una parte significativa de la capital de la provincia, después de que se proclamara su anexión a la Federación Rusa. Y que, mañana, será más complicado recuperarla.
El tercer gran movimiento, cuya importancia se ha visto más recientemente, fue la decisión de construir líneas de defensa fortificadas y articuladas en lo más profundo de la línea de contacto y, en particular, de defender el corredor terrestre que une el Donbass con Crimea.
La cuestión de la retirada de Kherson es relevante porque, además de los aspectos más estrictamente militares, plantea una cuestión que sigue sin resolverse: más allá de los objetivos estrictamente políticos, que están bastante claros, ¿cuáles son los objetivos territoriales de Moscú? Aunque ambos aspectos están obviamente relacionados, la conducta militar sobre el terreno no deja claro cuáles pueden ser; si, por ejemplo, se refieren a la liberación completa de las cuatro oblasts anexionadas, si quieren ampliarla a una franja de seguridad más entre ellas y el territorio en manos ucranianas, si quieren o no llevar la conquista hasta Odessa o si, por el contrario, se conformarán con lo ya tomado.
Obviamente, el desconocimiento de los objetivos estratégicos dificulta la interpretación y evaluación de las opciones tácticas.
Si queremos tratar de simplificar el planteamiento ruso del conflicto, podríamos decir que en una primera fase existe la idea de una operación limitada, que conducirá a negociaciones en un plazo relativamente corto; en una segunda fase, se va madurando la conciencia de que no hay lugar para las negociaciones y que, por tanto, se trata de una guerra por Ucrania (quién controlará su destino); y, por último, en una tercera fase que aún está en curso, se toma plena conciencia de que lo que se está librando en Ucrania es una guerra existencial, que afecta al destino de Rusia.
Esta toma de conciencia ha llevado ahora a los rusos a comprometerse en un conflicto con una perspectiva estratégica, que bien puede durar mucho tiempo, y que en cualquier caso sólo puede considerarse terminado con su propia derrota o la de la OTAN.
Si, en el plano militar táctico, Moscú procede a la destrucción del ejército ucraniano -y a minar las perspectivas de su reconstrucción a corto plazo-, cualesquiera que sean sus objetivos territoriales, en el plano estratégico pretende esperar a que los efectos de la guerra empujen a Occidente a aflojar (voluntaria o involuntariamente) su apoyo a Kiev, para luego dar el empujón final y obtener su capitulación.
En el plano metaestratégico, sin embargo, la cuestión fue planteada muy claramente por Lavrov en su reciente discurso en la ONU. No hay negociación con Ucrania, sino sobre Ucrania. No habrá alto el fuego, es decir, no se dará tiempo a Kiev y a la OTAN para recuperar el aliento. Si Occidente piensa y quiere la victoria en el campo de batalla, será en el campo de batalla donde veremos quién es el vencedor y quién el vencido.
La espada de Brenno pende sobre la cabeza de la OTAN. Vae victis.
Notas
1 – La primera parte, dedicada al punto de vista ucraniano, se encuentra en Giubbe Rosse.
2 – Desde el punto de vista táctico, retirar completamente todas las unidades que habían penetrado desde el este, redesplegándolas en el Donbass, fue un error no desdeñable – aunque explicable por la escasez de unidades disponibles. El resultado de hecho, como era previsible y esperado, fue exponer una gran franja de territorio a través de la frontera ruso-ucraniana a las incursiones de las fuerzas de Kiev y a los golpes de su artillería.
3 – Un pequeño ejemplo de cómo funcionó esta discrepancia es una cierta muerte prematura de generales rusos, que estaban siendo rastreados vía GPS en teléfonos móviles gracias al apoyo de la red de inteligencia y vigilancia electrónica de la OTAN.
4 – Esta ley, posteriormente derogada, permitía el reclutamiento de condenados a penas de prisión limitadas a cambio de prestar servicios en una empresa militar privada.
5 – Valery Gerasimov, en particular, es conocido en Occidente por haber presentado lo que se denominó la Doctrina Gerasimov, pero que en realidad no era más que una consideración sobre la evolución estratégica de la guerra contemporánea. El texto de la conferencia en la que se presentó este pensamiento está disponible aquí.
6 – Quien, además, por quién sabe qué razones, parece haberlo convertido casi en un asunto personal, y recientemente -en una de sus innumerables y completamente irreales declaraciones- ha vuelto a hablar de la reconquista de la ciudad. En un artículo del («La visita de Zelensky revela la división estratégica entre Ucrania y Estados Unidos», NYT), se informa de que algunos funcionarios estadounidenses afirman que «Bajmut se ha convertido en una especie de obsesión para Zelensky y sus jefes militares».
7 – Sergei Vladimirovič Surovikin fue comandante, desde 2017, de las Fuerzas Aeroespaciales rusas; desde octubre de 2022 está al mando de todas las tropas y fuerzas militares rusas que participan en el conflicto de Ucrania. De 2013 a 2017, dirigió el Distrito Militar Oriental y fue uno de los comandantes del ejército ruso comprometido en la guerra civil siria.
5. Turiel vuelve a la COPE
Antonio Turiel vuelve a tener un pequeño espacio en COPE Mallorca -por lo que, por cierto, ha recibido alguna recriminación de los newgreendealistas-. En esta primera entrevista se centra en dos temas: las consecuencias catastróficas de los DANA este septiembre; y uno de sus temas estrella: la falta de diésel, que también vimos por aquí esta semana en el último artículo de «B». Turiel: «Países productores de petróleo racionan el combustible ante la falta de diésel»
6. El juicio a 32 países europeos por inacción climática
32 países europeos han sido acusados en el Tribunal Europeo de DDHH de inactividad frente al desastre climático. La politica online entrevista a uno de los abogados de la causa. No confío mucho en los tribunales para que nuestros gobiernos muevan el culo, pero nunca se sabe… Si queréis conocer más sobre la presentación de esta querella, está este otro artículo de Actis en La política online: https://www.lapoliticaonline.
Pero vamos con el artículo de hoy: «Hace 20 años nos trataban de marcianos, hoy está en juego la supervivencia de la humanidad»
7. AMLO y la masacre de Ayotzinapa
No lo he pasado por aquí, pero sí en mi cuenta de Twitter (https://twitter.com/KZeliony) un hilo de la revista mexicana Común en la que recogen todos los artículos que han publicado sobre el tema, con enlaces al artículo respectivo. Por si interesa: https://twitter.com/
Comentarios de José Luis Martín Ramos:
I. Tengo que hacer autocrítica sobre mi valoración del enfoque de AMLO y la masacre de Ayotzinapa. Me quedé con su reacción de los tres primeros años de su mandato cuando se constituyó la comisión especial de investigación; desconocía que el fiscal encargado, principal responsable del avance de las investigaciones, fue desplazado en el verano de 2022 y desconocía las consecuencias de ello (las implicaciones de ese desplazamiento están por aclarar; Julio Astillero, periodista de La Jornada de preguntaba qué tenían los militares sobre AMLO que podían haberlo presionado hasta ese punto). Con motivo del noveno aniversario de la masacre, que ha dado lugar a manifestaciones masivas en el Zócalo de Ciudad de México el 26 de septiembre, el caso ha estallado de manera pública -y ruidosa- con un artículo del periodista norteamericano John Gibler afincado en México, a partir de una entrevista con el ex-fiscal desplazado de la comisión de investigación. Se reabre la cuestión obligando a AMLO a dar una respuesta satisfactoria a los padres de los masacrados y a las sociedad mexicana, so pena de acabar su mandato con un baldón que marcaría toda su gestión.
Y además eso se produce -y quizás no sea casualidad- en medio de una pugna interna en MORENA entre los «pragmáticos» (muchos de ellos incorporados a MORENA en los últimos años) y los «izquierdistas» (entre los que hay históricos del movimiento) por marcar la orientación del nuevo sexenio -en el poder o en la oposición- y en particular la candidatura para la jefatura de MORENA en de Ciudad de México y si gana el futuro gobernador de la capital, el cargo ejecutivo más importante después del Presidente federal. En esa cuestión compiten Clara Bragado, vieja militante de MORENA, Hugo López-Gatell Secretario (Ministro) de Salud Público, los dos situados en la izquierda del movimiento y Omara García Jarfuch, un «pragmático», con una carrera importante de funcionario policial, que era el jefe de la policía federales en Guerrero cuando sucedió la masacre de Ayotzinapa y que sostiene que él no se eneteró de nada y nada sabe. Y ahí le duele. La cuestión de Ayotzinapa pone presión a AMLO y se interfiere en la elección de la jefatura morenista en Ciudad de México.
Os paso el artículo de John Gliber, vale la pena leerlo. Os mantendré informados en la medida que pueda https://la-lista.com/derechos-
II. Lo de las detenciones de mando militares es cierto, pero no han pasado de mandos medios. La sensación que da es que en un momento dado AMLO mandó parar. ¿Por qué lo inmediato era el encausamiento de altos mandos del ejército? Mexico tiene un problema institucional: la Secretaría de Defensa (Ministerio) está desde la revolución de 1910 en manos de un militar. Es un poder autónomo de hecho, que formaba parte de la misma piña cuando gobernaba el PRI o el PAN. Su autonomía respecto al poder civil representativo estaba oculta por la coincidencia de intereses, conexiones familiares, empresariales, mientras gobernaba el PRI y el PAN. Ahora con el gobierno de MORENA esa autonomía ha quedado al descubierto y ha desnudado en parte a AMLO con el asunto de Ayotzinapa. AMLO no tiene tanto poder como quisiera, ningún Presidente de Morena lo tendrá si las fuerzas armadas dejan de ser las que se gobiernan a sí mismas. Nudo muy difícil de resolver, pero imprescindible resolver. AMLO ha contemporizado con el ejército, finalmente en detrimento de su propia capacidad de decisión y acción. Además lo de García Harfuch es inquietante. La entrada de oportunistas en MORENA, los que se suben a todos los trenes; y este tipo no tiene manchadas de sangre las manos- en principio-, pero si la conciencia. Era jefe de la policía en el estado de Guerrero cuando pasó la masacre. No podía no saber y, sobre todo, no podía no decir nada y hasta hoy sigue igual.