“No le des galletas al monstruo” por Migue Candel

Más de un economista actual, tanto de orientación marxista como neoclásica, se muestra perplejo ante el rápido y fabuloso enriquecimiento de los nuevos «barones ladrones» de guante no ya blanco, sino prácticamente invisible: los grandes accionistas de las empresas tecnológicas dedicadas al desarrollo de las TIC, o tecnologías de la información y la comunicación (sólo en el primer trimestre de 2026, Amazon registró unos beneficios de 30.000 millones de dólares, Microsoft de 31.000 millones y Meta de 26.000 millones).

¿Cuál es la fuente de sus beneficios siendo así que funcionan con muy poca mano de obra (algo particularmente evidente en el caso de las empresas especializadas en IA: OpenAI sólo cuenta con 4 500 empleados, en su mayoría ingenieros, y Anthropic, con 2 500) y, por tanto, con muy poco capital variable, que según las teorías económicas más conocidas es de donde sale propiamente la plusvalía?

Hay, por supuesto, como causa de ese enriquecimiento empresarial, un continuo perfeccionamiento de los mecanismos clásicos de explotación y control de la mano de obra, a saber:

  1. El capital constante (los medios materiales de producción) tiende a disminuir de valor debido al progreso técnico en el sector de los bienes de capital, del suministro energético y el abaratamiento relativo de las materias primas, que como consecuencia de la globalización del comercio proceden cada vez más de países con salarios bajos. En consecuencia, la proporción del capital variable (los salarios) aumenta proporcionalmente, lo que permite un incremento de la tasa de ganancia. El capitalismo digital se beneficia plenamente de estos avances técnicos, ya que hace un uso extensivo de la automatización, de la electricidad procedente de un número creciente de fuentes y de materias primas importadas a bajo coste, incluidos los metales raros.

  2. Otra fuente general de rentabilidad es la ampliación e intensificación del trabajo por el mismo salario, y aquí es donde han entrado en juego las políticas sociales propias del neoliberalismo. La tendencia a reducir la jornada laboral, impulsada por la presión del movimiento obrero, se detuvo en la década de 1980, y hoy en día las organizaciones patronales y la derecha en general siguen abogando por una ampliación de la semana laboral legal y un retraso de la edad de jubilación. En cuanto a la intensificación del trabajo —que es menos visible—, también es, bajo una nueva forma, el objetivo de la «nueva gestión», y afecta también a ingenieros y directivos, que a su vez se ven sometidos a presión. El capitalismo digital no es una excepción a la regla: la faceta «atractiva» de la gestión (un ambiente relajado y diversas ventajas) enmascara los horarios flexibles y la presión constante. La remuneración de los trabajadores cualificados también ha disminuido, ya que ahora hay una gran cantidad de profesionales de las tecnologías de la información.

  3. Otra fuente de rentabilidad es el desempleo, que permite crear lo que Marx denominó el «ejército de reserva industrial» y ejercer una presión a la baja sobre los salarios con la amenaza del desempleo. La automatización, la digitalización y, hoy en día, la expansión de la IA, amenazan a ejércitos de trabajadores, tanto manuales como de oficina.

  4. Las grandes empresas presionan a los gobiernos para que tomen medidas que aumenten su rentabilidad, exigiendo tanto menores «costes laborales» como menores impuestos sobre el capital y diversas formas de ayuda (subvenciones, financiación de infraestructuras, etc.). También son expertas (especialmente los gigantes de Internet) en la evasión fiscal.
    No habría motivo para aplicar y reforzar todas estas políticas empresariales y gubernamentales si los beneficios surgieran espontáneamente del progreso tecnológico y de la globalización del comercio, como afirman los economistas neoliberales.

  5. La financiarización, al alejar cada vez más a los accionistas del lugar de trabajo, ha quebrado la resistencia de los trabajadores y sus sindicatos. Los poderosos «inversores institucionales» (bancos de inversión —desde que se puso fin, en los años 90, a la separación entre las actividades crediticias y de inversión de los bancos—, compañías de seguros, fondos de pensiones, etc.) ya se habían hecho con el poder, de forma más o menos discreta, en los consejos de administración de las empresas. Ahora es el sector bancario «en la sombra», no regulado (grandes fondos como BlackRock o Fidelity), fuera del alcance de los empleados e incluso de los ejecutivos, el que a menudo lleva la batuta. Por lo tanto, no es de extrañar que la participación de los salarios en el valor añadido haya seguido disminuyendo. Esta financiarización ha alcanzado su punto álgido en el capitalismo digital. Añádase que los ejecutivos de las empresas tecnológicas más grandes están tan mimados por estos inversores que ellos mismos se han convertido en accionistas mayoritarios, lo que les ha reportado fortunas colosales que incluso superan a las de los consejeros delegados de otras grandes multinacionales.

Pero todo esto no basta para explicar los superbeneficios actuales de las tecnológicas, sobre todo teniendo en cuenta lo ya antes señalado: su aparentemente reducido capital variable en comparación con el de otros sectores «clásicos» que obtienen beneficios mucho menos espectaculares. ¿Dónde está el secreto?

Hay en el capitalismo digital un contingente de empleados conocidos como «trabajadores del clic» (unos 185 millones en todo el mundo), dedicados a tareas anodinas equivalentes, mutatis mutandis, a la realizada por el personaje de Charlot en Tiempos modernos. Este personal, ya trabaje desde casa o esté empleado en «granjas de clics» por subcontratistas o por las propias plataformas de las empresas —que los contratan en países pobres—, solo reciben salarios de miseria.

Pero la plusvalía generada por estos trabajadores no basta ni de lejos para explicar el enorme volumen de beneficios obtenidos por las empresas tecnológicas. La contribución más importante, a la par que casi invisible, la hacen los usuarios de los productos de dichas empresas, quienes simplemente les proporcionan mano de obra gratuita cada vez que se conectan a Internet, suministrando potencialmente todo tipo de datos (sobre su información personal, ubicación, comportamiento, salud, ideas, sentimientos, círculos sociales, estados de ánimo, compras, etc.) que sirven de materia prima a las compañías del sector.

En este punto, algunos podrían cuestionar la idea de que esto constituya «trabajo», ya que no es obligatorio; el trabajo se define como una actividad caracterizada por limitaciones de tiempo y resultados, en contraposición a una actividad de ocio, que es opcional. Sin embargo, es como si el acto de iniciar sesión fuera, en la mayoría de los casos, obligatorio. ¿En qué sentido? En empresas de cualquier tipo, así como en organismos gubernamentales y servicios públicos, se recopilan todo tipo de datos en el transcurso de las actividades laborales cotidianas. Pero estos datos están protegidos por la legislación, siendo la más estricta el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la Unión Europea, que garantiza que los datos permanezcan dentro de estas entidades y no puedan ser explotados por entidades externas, incluidas las grandes empresas tecnológicas. Sin embargo, cuando se trata de relaciones transfronterizas —que son habituales en las empresas transnacionales—, esta protección se debilita porque las normativas son más laxas en unos países que en otros. Y la piratería informática es muy difícil de combatir. Es, pues, sobre todo a través del consumo y las actividades de ocio como el trabajo en línea da lugar al saqueo de datos. Es prácticamente imposible evitar aceptar «cookies» (literalmente, «galletas») en el ámbito comercial (como mínimo, las consideradas «esenciales»), que proporcionan todo tipo de datos sobre el usuario. Estos datos son indispensables para las plataformas comerciales y de contenidos a la hora de captar clientes y fomentar las compras. Para las empresas de IA, estos datos son igualmente esenciales para entrenar sus modelos. También pueden venderse simplemente a intermediarios, que a su vez los revenden para alimentar la industria publicitaria —que se ha convertido en el tercer sector económico más grande del planeta, después del suministro de electricidad y la agricultura—. Por último, las plataformas de redes sociales —aunque ofrezcan ciertas restricciones— son una fuente inagotable de datos, dada la cantidad de horas que se pasan frente a las pantallas en plataformas como Facebook, Instagram o TikTok.

Se podría argumentar que hacer clic en estas plataformas o redes no constituye un trabajo. Es cierto que parece ser opcional. Pero, de hecho, es obligatorio —por poner un ejemplo muy sencillo, un viajero que quiere comprar un billete de tren ya casi no puede acudir a la taquilla de la estación para hablar con un empleado (y si quiere encontrar el mejor precio en un sistema de precios denominado «dinámico», debe pasar una enorme cantidad de tiempo en línea). Cuanto más avanza la digitalización, más se convierte el trabajo gratuito del usuario en la norma. En términos generales, al igual que con cualquier actividad en el ámbito del ocio y el consumo, en cuanto un producto o servicio no es de producción propia, sino una mercancía —y hay que pasar por el proceso de compra y venta para obtenerlo—, hay que pagar su precio. Esto resulta evidente cuando se requiere una suscripción. En pocas palabras, aun cuando un bien parece ser gratuito, el consumidor lo paga aportando datos —ya sea al realizar un pedido, introducir contenido, interactuar en una red social o conversar con un chatbot—. Y, como sabemos, el capitalismo digital ha ideado estrategias para impulsar el consumo excesivo, de forma muy similar a como lo hacen los traficantes de drogas (a través de «recomendaciones» e incentivos para «desplazarse por la pantalla»).

Cierto que el trabajo en línea no es del todo gratuito. Los usuarios de Internet obtienen un bien o un servicio al conectarse, pero es gratuito en la medida en que los usuarios facilitan —voluntariamente o no— datos, y no solo los suyos propios, sino a menudo también los de algunos de sus contactos. En términos marxistas, sólo este trabajo queda sin remunerar. Pero es sustancial. Medido en horas, el trabajo en línea sigue aumentando a medida que dedicamos cada vez más tiempo pegados a nuestros ordenadores o, peor aún, a nuestros teléfonos «inteligentes». Añadamos que este trabajo requiere un cierto nivel de habilidad, que va desde lo más básico (las reglas para utilizar un ordenador o un teléfono móvil) hasta lo más avanzado (aprender a utilizar aplicaciones, desde las más sencillas hasta las más sofisticadas), y que puede resultar bastante intenso, dada la gran atención que exige. Por último, pero no por ello menos importante, todo está diseñado para que el uso de Internet resulte adictivo. Todo esto se ve agravado aún más por el desarrollo de la IA: su uso se está volviendo cada vez más obligatorio, tanto en los entornos laborales tradicionales —donde, de hecho, aligera la carga de muchas tareas (cuando no las elimina por completo), pero también aumenta la carga de trabajo de las tareas restantes— como en otras actividades.

Se han realizado estimaciones sobre cuánto dinero ganan los gigantes tecnológicos y de la IA con el suministro de datos. Se calcula que, por cada usuario europeo de Internet, esta cantidad asciende a 1.381 euros al año y, a lo largo de toda una vida digital (estimada en sesenta y nueve años), a 224.223 euros —el equivalente a diez años del salario medio a tiempo completo en Francia—. En los Estados Unidos, el beneficio generado es aún mayor: 5.600 dólares por persona al año y 716.000 dólares a lo largo de toda la vida. Estos ingresos incluyen la publicidad, las suscripciones a servicios de IA, las licencias corporativas, el acceso a las API, las recomendaciones algorítmicas, la intermediación de datos y los ahorros que permite la IA. Sin embargo, la gran mayoría de los datos recopilados son facilitados de forma gratuita por los usuarios de Internet. Por lo tanto, queda claro de dónde proceden los exorbitantes beneficios de las grandes empresas del capitalismo digital.

Así que lo dicho: si no quieres contribuir al engorde de la fiera, en la medida de lo posible no le regales datos. Una gran parte no podrás evitar darla. Pero siempre que puedas elegir, recuerda que entre los alimentos más contraindicados para una «dieta» sana (tanto personal como social) están las «galletas»…

N.B.: La mayor parte de los datos aquí citados están sacados de artículos de Tony Andréani, autor de Materialismo histórico: una revisión de los conceptos fundamentales (original inglés publicado en Londres, Routledge, 2026).

https://www.cronica-politica.es/no-le-des-galletas-al-monstruo/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *