“Por qué dicen que quieren parar” por Marta Peirano

El País, 21/09/2026. “Las empresas de IA han liberado un ‘malware’ que ni ellos entienden y deben ayudarnos a mitigar su impacto antes de que haga daño de verdad.”

El producto es defectuoso: alucina cosas, genera psicosis, roba propiedad intelectual y ahora encima miente y comete delitos. Estos problemas no tienen solución a la vista. Eso no impide que 900 millones de personas usen los modelos para escribir artículos, psicoanalizar al novio, procesar documentos legales y diagnosticarse enfermedades pero esos usuarios queman mucho más dinero del que generan. Para no arder en su propia pira, los modelos necesitan convertirse en la infraestructura crítica de gobiernos, ejércitos y empresas. O, como dijo Ursula von der Layen en su discurso sobre el estado de la nación europea, “la capa fundacional de nuestra economía y seguridad”. Pero quién en su sano juicio integra un sistema operativo impredecible que encima usan los oligarcas para hacer espionaje industrial.

Ninguna de sus crisis reputacionales tienen solución a la vista, incluyendo el consumo energético y el impacto social. La guerra contra los centros de datos se ha convertido en un movimiento político capaz de unir a Bernie Sanders con Steve Bannon. Eso es poder. En el juicio del NYT contra la IA, los ejecutivos han admitido que su producto ha creado un “círculo vicioso” que está acabando con Internet.

Así no se puede salir a bolsa, pero retrasarlo perjudica a sus verdaderos clientes. La economía de EE UU se balancea sobre la tela de araña de la IA y los inversores quieren rescatar su inversión antes de que la estalle la burbuja. Necesitan recuperar nuestra confianza y cantan su balada de la autorregulación. Es adorable que ofrezcan dejar de enlatar sardinas para entender el botulismo antes de matar a alguien, pero ya es ilegal vender sardinas contaminadas, incluso si China lo hace. Lo que tienen que hacer es admitir que han liberado un virus desconocido y ayudarnos a mitigar su impacto antes de que haga daño de verdad.

No hace falta superinteligencia para hacer daño. Las empresas de IA han creado una nueva clase de malware capaz de identificar fallos de seguridad y explotarlos de forma planificada. De consultar fuentes y robar código para ejecutarlo silenciosamente en un servidor. De acampar en páginas abandonadas para coordinar ataques en secreto, aprendiendo colectivamente de los errores y modificando individualmente su ejecución. De borrar sus huellas y negarlo todo. Que los CEO aseguren no saber qué más cosas saben hacer no les exime de responsabilidad. Al contrario.

Corre el rumor de que los agentes podrían haber dejado “un código capaz de autorreplicarse y de crear enjambres de bots por todo Internet”. Este escenario no tiene por qué ser cierto, pero tampoco es técnicamente inconcebible. Hay virus que lo hacen. De momento, los laboratorios hablan de la autorreplicación y la autoproliferación como un riesgo y no como un hecho, pero las últimas comunicaciones de OpenAI parecen lavarse las manos de forma preventiva. Dicen que los agentes han aprendido a añadir instrucciones no autorizadas a sus prompts.

Ocultar peligros potenciales sería más que una negligencia. Aunque no ataquen otros sistemas, la proliferación descontrolada de código malicioso puede consumir muchos recursos, y congestionar Internet. Deberían estar peinando la red en busca de los restos que han dejado esos agentes y compartiendo lo que encuentran con absoluta transparencia para que podamos aprender a protegernos todos, antes de que puedan culpar a los modelos abiertos y cobrarnos la vacuna de su propia enfermedad.

https://elpais.com/opinion/2026-09-21/por-que-dicen-que-quieren-parar.html.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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