“¿Qué debemos hacer?” por Luis Caldeiro

Recuerdo que sucedió la pasada Semana Santa, mientras escuchaba el programa Hoy por hoy, de la Cadena Ser. En un momento dado, el locutor comenzó a entrevistar a Rubén Pozo, antiguo miembro del memorable grupo de rock Pereza, nacido con el nuevo siglo (2001) y que muchos aún recordarán. A la pregunta de “¿te consideras un rebelde sin causa?”, Rubén contestó con sencillez: “Es que yo nunca he tenido una causa. No soy un rebelde. Fui un buen hijo y nunca tuve problemas en el colegio”.

En aquel momento pude imaginar la cara de estupefacción del locutor y de tantos radioyentes: Aquel hombre acababa de derribar, con toda naturalidad, el mito del rockero: un personaje maldito aferrado al sexo, las drogas y el rock and roll. Un individuo cuyo objetivo en la vida no parece ser otro que vivir deprisa y dejar un bonito cadáver.

Ahí no quedó la cosa. “No soy rebelde básicamente porque si me pongo… no acabaría”. Y remató: “He preferido priorizar mi salud mental”. Tras la conmoción inicial, dirigí mis pasos hacia la biblioteca de la casa, donde conservo una valiosa recopilación de textos del famoso anarquista italiano Errico Malatesta (Malatesta, vida e ideas. Vernon Richards, Tusquets editor, 1977). La edición actualmente es inencontrable. Pues bien: en sus páginas 99 y 100 muchos izquierdistas hemos encontrado, durante décadas, consuelo existencial a la frustración que sentimos al constatar la total esterilidad de nuestros esfuerzos por tratar de incitar algún sentimiento de rebeldía, o tan siquiera de mera resistencia, en nuestros propios compañeros de clase social. Es decir, aquellos que constituyen precisamente nuestro sujeto político, el objeto de nuestros desvelos. Los mismos que, día a día, sufren idénticas injusticias que nosotros y de los que, por tanto, cabría esperar comprensión y apoyo. “Todo buen observador” -comienza Malatesta- “ve la impotencia de la rebelión personal contra la fuerza prepotente del ambiente social. Pero tampoco cabe duda de que, sin la rebelión del individuo, que se asocia a otros individuos rebeldes para resistir al ambiente y procurar transformarlo, este ambiente no cambiará jamás”. Y continúa: “Todos nosotros, sin excepción, estamos obligados a vivir, más o menos, en contradicción con nuestros ideales; pero somos socialistas y anarquistas porque cuando sufrimos estas contradicciones procuramos reducirlas lo más posible”. Finalmente, remata: “El día en que nos adaptáramos al ambiente se nos pasaría naturalmente las ganas de transformarlo y nos convertiríamos en simples burgueses:

burgueses sin dinero, quizá, pero no por ello menos burgueses en nuestros actos e intenciones (publicado en L’Anarchia, agosto de 1896)”.

La vida está hecha de dilemas. Dilemas que hemos de afrontar siguiendo nuestro libre albedrío. Por eso, tal vez, es tan dura. Y aquí se nos presenta quizá el mayor de ellos: O bien optar por seguir el camino estrecho -parafraseando al Evangelio-, que es el de luchar por lo que consideramos justo, arrostrando así las represalias y decepciones que sin duda sufriremos por ello; o bien el camino fácil y ancho, que consiste en adaptarnos continuamente a las condiciones de vida que nos son dadas, por injustas que sean. Unas veces, haciendo parabienes y genuflexiones, adulando a quien haya que adular; otras, encogiéndonos de hombros y esgrimiendo esa frase que es la madre de todos los conformismos: “Es lo que hay”.

El primer camino está lleno de sinsabores y dificultades, pero antepone (y salvaguarda) nuestra propia dignidad por encima de nuestra comodidad. En raras ocasiones, incluso por encima de nuestra propia supervivencia. El segundo es semejante a la fábula de la rana hervida: el batracio que cayó en una olla puesta a calentar y al que, muy poquito a poco, para que no se percatase de nada, se le fue aumentando la temperatura del agua. La rana, incapaz de intuir que la olla no era el único de los mundos posibles, que otra realidad podía existir más allá de sus límites, fue adaptándose, acomodando su débil cuerpo a un calor cada vez más insoportable. Finalmente, la rana acabó hervida, abrasada.

En el Evangelio, la multitud pregunta a Juan el Bautista: “¿Entonces, qué haremos?” (Lucas, 3:10) Y como conectados por un secreto hilo conductor, siglos después, entre 1901 y 1902, Lenin publica un famoso opúsculo titulado “¿Qué hacer?”. Pues bien, estos son los dos caminos. Dos caminos que en realidad son dos maneras de vivir, de estar en el mundo. Si uno opta por el primero, ya sabe lo que le espera, aunque tal vez al final su sacrificio no sea en vano y legue un mundo más habitable a sus hijos (o no). El segundo promete tranquilidad de espíritu y, tal vez, con algo de suerte, las migajas que caen de la mesa del poderoso (o no).

¿De qué camino es usted?

https://www.eltriangle.eu/es/2026/08/05/que-debemos-hacer/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *