Reflexiones de Daniel Jiménez Schlegl

Como S., la política nacional me parece pelea cansina de patio de colegio. Y comparto plenamente que, como en su momento jugaron un papel determinante en el genocidio de Ruanda, ciertos medios de comunicación y periodistas dinamitan la deontología periodística y sólo van a crear opinión incendiaria de manera absolutamente irresponsable, escudados en la supuesta libertad de prensa.

En todo caso, como digo, es una pelea de colegio frente a una tragedia histórica a nivel mundial que se avecina: la crisis de la democracia representativa y el hundimiento definitivo del consenso internacional en el respeto (aunque sea formal, diplomático, contenido) de la declaración universal de derechos humanos y los principios inspiradores de las naciones unidas.

Si antes eran papel mojado, o al menos húmedo, ahora los gobernantes manifiestan abiertamente con sus propios actos y silencios que no existen tales derechos humanos universales, que la excepción consagra una desigualdad “natural”, que hay vidas que valen la pena y otras que no merecen existir. La gravedad radica en que existe impunidad de esos actores (con nombres y apellidos). Que en esa impunidad crece en arbitrariedad y autoritarismo. Que, con ello, se rompe el pacto político social entre ciudadanía y Estado Leviatán. Que del papel mojado del derecho humanitario internacional pasó al de las constituciones nacionales y la quiebra de principios tan básicos como el de la legalidad o la división de poderes. Quizás aquí los medios de comunicación tengan una responsabilidad crucial y la deben tener, sin duda, esas redes sociales de fomento del odio.

Nos vacunamos con las décadas de silencio frente a la tragedia en África y las guerras periféricas donde la arquitectura del derecho humanitario internacional presentaba grietas estructurales. Nos vacunamos ante el creciente silencio e indiferencia de las muertes en el Mediterráneo de personas desesperadas huyendo de guerras y miseria (los residuos del colonialismo viejo y del nuevo de las multinacionales y de las estrategias geopolíticas del norte). Nos vacunamos ante la violación sistemática de las resoluciones de la ONU por parte de Israel, de los vetos de EE.UU., de Rusia, de las potencias militares. Nos vacunamos frente a una realidad aceptada sumisamente, como quien va a un matadero, de que las reglas de juego jurídico, las garantías, la justicia no existe frente a la fuerza bruta del poder arbitrario. Liberalismo económico y autoritarismo en pos del Capitalismo vuelven a ir de la mano como en los años 30: ni fraternidad, ni igualdad son valores a proteger. Se atacan. Y la libertad se cercena cuando a su amparo se denuncia y apunta las causas de aquella desprotección y ataque.

La pendiente resbaladiza que se predicaba del nazismo está servida y ahí estamos todos resbalando hacia el abismo. Insisto: con las supuestas armas de destrucción masiva de Irak millones de personas se echaron a la calle. Que el silencio popular, clamoroso, se imponga ante el bombardeo sistemático de escuelas, hospitales, refugiados, que ya nadie se movilice frente a la escandalosa retransmisión en directo de disparos del ejército israelí contra población famélica, masificada ante las “ayudas humanitarias” distribuidas por una fundación privada del mayor cómplice del genocidio en Gaza, me parece inexplicable. Me paraliza, me indigna, mientras veo que en el entorno se justifican cosas hace unos años inaceptables. Me da la sensación de vivir una locura, una abducción colectiva.

El trabajo me absorbe plenamente y sólo da espacio para que a vuela pluma lea titulares, os martirice con estas peroratas y huya a lo Thoreau (aunque Banyoles no es Walden), porque tengo una suerte de narices, y no sucumba ante lo que lúcidamente veo como una catástrofe humana.

Abrazos

Daniel Jiménez Schlegl

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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