El pasado sábado 17 de mayo, en el marco del centenario del nacimiento del filósofo Manuel Sacristán Luzón, se celebró en el Centre Cívic Fort Pienc de Barcelona el acto “Manuel Sacristán, militant comunista”, organizado por la Associació Catalana d’Investigacions Marxistes y el PSUC Viu. En la mesa, junto al secretario general del PSUC Viu Edu Navarro, un trío de figuras de la máxima talla intelectual: el filósofo, profesor jubilado, discípulo de Manuel Sacristán y miembro de Espai Marx y del Consejo de Redacción de Crónica Política, Salvador López Arnal, y los historiadores especializados en Historia de la resistencia antifranquista y del movimiento obrero Giaime Pala y José Luis Martín Ramos. Entre el (lamentablemente escaso) público asistente, algunas viejas glorias del PSUC y del PSUC Viu como los exdiputados Antoni Montserrat y Tono Lucchetti, y el que también fuera discípulo de Manuel Sacristán –junto al que formó parte del consejo de redacción de la revista Mientras Tanto–, y posteriormente miembro de la dirección de Izquierda Unida junto a Julio Anguita, Víctor Ríos.
Nuestro amigo Salvador centró su intervención en lo que él definió como la cara filosófica del “poliedro Sacristán”, de quien nos recordó que no sólo ha sido sin duda la figura más importante de la filosofía marxista en España (junto a su también discípulo, también amigo, también tristemente desaparecido Paco Fernández Buey), sino uno de los mejores filósofos españoles a secas del siglo XX, sin adjetivos y con independencia de escuelas, probablemente sólo comparable con José Ortega y Gasset.
Comenzó, eso sí, presentándose irónicamente a sí mismo como Salvadora López Arnal, en un amistoso tirón de orejas a la organización del acto por la falta de representación femenina en la mesa. Y es muy posible que más de uno de los asistentes recordasen haber oído exactamente esa misma broma-reproche, hace años, en boca de Paca Fernández Buey. Yo, por lo menos, sí lo recordé.
Salvador hizo un sintético repaso sobre la inmensa obra de Sacristán: sus trabajos sobre Marx, Gramsci, Heidegger u Ortega, su ingente producción como traductor, sus anotaciones a libros como la biografía del famoso jefe apache Gerónimo. Y, sobre todo, subrayó el papel pionero que jugó Sacristán en la introducción de las ideas procedentes del ecologismo, el feminismo y el pacifismo dentro del pensamiento marxista. Su papel protagonista en los movimientos asociados al ecosocialismo o ecocomunismo, contrapuestos a la ingenua y optimista visión de un utópico «socialismo de la abundancia» que hasta ese momento nadie había puesto en duda dentro de ninguna de las tradiciones de la izquierda. Su idea del coche como “quinto jinete del Apocalipsis”, o de la austeridad –bien entendida, no como agresión neoliberal contra las clases trabajadoras– como requisito sine qua non para garantizar la sostenibilidad de la vida sobre el planeta.
Pero también, y no menos importante, Salvador remarcó la coherencia y compromiso ético de un filósofo que renunció a hacer una brillante carrera académica en Alemania para vivir, y sufrir, las duras condiciones de la militancia clandestina en España durante la dictadura franquista. Evocó su labor como alfabetizador en el barrio obrero de Can Serra de l’Hospitalet de Llobregat (y yo, aquí, no pude evitar acordarme de un viejo amigo y compañero de Correos, Manolo López, también luchador, también Manolo, también desaparecido, veterano militante del PTE que había corrido innumerables veces delante y detrás de los grises, y que me contaba que sus primeras clases de catalán fue Manuel Sacristán quien se las había impartido). La coherencia y compromiso ético, en resumen, de un filósofo que sabía recoger la ropa y vivir su filosofía. Y finalizó su intervención recordándonos que «Los clásicos merecen no ser homenajeados nunca y ser leídos siempre. Aunque, como decía Ortega, limitarse a leer a los clásicos es una impiedad: lo que hay que hacer es imitarles».
Las intervenciones de Giaime Pala y de José Luis Martín Ramos se centraron, por su parte, en el papel jugado por Sacristán en la política cultural del PSUC y su influencia sobre el movimiento estudiantil y el mundo universitario durante los años de su militancia clandestina.
Según Pala, el trabajo de Sacristán no sólo fue esencial para introducir el pensamiento de Gramsci entre los comunistas españoles y catalanes (a través de la revista Nous Horitzons y de su trabajo en el Comité de Intelectuales del partido) sino también para “poner” al PSUC en el “mapa intelectual” de Barcelona, donde, hasta finales de los años cincuenta, la hegemonía la habían ejercido casi por completo los sectores afines al nacionalismo, puesto que en esos momentos la presencia militante comunista se hallaba prácticamente circunscrita a las fábricas y a los ambientes de clase obrera.
Martín Ramos recordó como las movilizaciones contra la expulsión de Sacristán de su puesto de profesor en la Universidad de Barcelona a causa de sus actividades antifranquistas fueron, en 1965, decisivas para que el Comité de Estudiantes del PSUC decidiese renunciar a la política de “entrismo” en el SEU (sindicato universitario vertical franquista) que hasta entonces les había impuesto la dirección del partido, y participase en su lugar en la creación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB), que tan destacado papel jugaría durante los años siguientes en la organización de la resistencia antifranquista en la Universidad; sindicato, por otra parte, en la elaboración de cuyo “manifiesto” participaron el propio Sacristán y su discípulo Paco Fernández Buey, y que tuvo una gran repercusión no sólo para la reforma de la Universidad (cuyo clasismo Sacristán denunciaba con dureza) sino de todo el sistema educativo.
Posteriormente, a lo largo de los años setenta, Sacristán ejercería también gran influencia en el movimiento de PNNs (profesores no numerarios) junto con Giulia Adinolfi, Miguel Candel y Paco Fernández Buey, contribuyendo decisivamente a la inserción de los docentes universitarios dentro de la lucha sindical de clase a pesar del debate que existía en ese momento al respecto dentro del partido.
Sin embargo, tanto Pala como Martín Ramos coinciden en la grave crisis personal y de militancia que para Manuel Sacristán supuso el aplastamiento de la Primavera de Praga en agosto de 1968 por los tanques soviéticos; crisis que desemboca en su dimisión en 1969 del Comité Ejecutivo del partido. Porque Sacristán, según Martín Ramos –y más allá de la indignación moral que siente por la brutalidad de la represión en sí–, ve en aquel episodio de Praga el primer síntoma de una derrota histórica del movimiento comunista que él ya intuye entonces con claridad, pero que muchos otros y otras no serán capaces de ver hasta veinte años más tarde, tras la caída del Muro de Berlín. Sacristán cae, a raíz de esa crisis, en una profunda depresión. Y aunque en los años 70, según Pala, Sacristán sigue aún afiliado al PSUC y procura que sus opiniones no dañen al partido, ya no se le puede considerar un auténtico militante; algunos miembros de la dirección del partido, como Gregorio López Raimundo o Josep Serradell, tratarán aún, infructuosamente, de recuperarle a lo largo de 1969, aunque con otros, como Antoni Gutiérrez Díaz, las diferencias políticas y personales ya eran para entonces definitivamente insalvables.
A partir de 1972, Sacristán se centra en los problemas del militarismo, el colonialismo y la destrucción de la naturaleza por parte del productivismo como «problemas nuevos» de las sociedades capitalistas, lo cual le llevará en 1979 a la fundación, junto con otros compañeros como Giulia Adinolfi, Paco Fernández Buey y Miguel Candel, de la Revista Mientras Tanto, con la que recupera de algún modo su fe en la militancia comunista (aunque no su fe en el partido, del cual se da más o menos por esas fechas definitivamente de baja), y que para él era algo así como la revista de la post-derrota; un lugar en el que debatir y elaborar nuevas estrategias para reconstruir desde sus cimientos un proyecto de transformación socialista de la sociedad que –y de eso Sacristán no manifiesta ninguna duda– en ningún momento ha dejado de ser necesario.
La fundación de Mientras Tanto en 1979 coincide con los inicios de la grave crisis política que llevará, a principios de los ochenta, a la división del movimiento comunista entre los sectores eurocomunista y prosoviético, tras el conflictivo V Congreso del PSUC en 1981 y la creación del PCC un año más tarde. Y, en esta fractura de la Pangea comunista, el pensamiento político de Manuel Sacristán quedó abrumadoramente aislado, incomprendido y por igual alejado de las orillas de ambos partidos, PCC y PSUC: pues, al rechazo del dogmatismo autoritario y esquemático de los que se consideraban a sí mismos guardianes de la ortodoxia leninista (muchos de los cuales habían apoyado sin reservas la intervención del Pacto de Varsovia en Praga en el 68), ahora Sacristán tuvo que añadir su crítica al eurocomunismo. Una crítica constructiva que valoraba aspectos positivos del mismo, pero a la vez denunciaba que la «política de repliegue» adoptada por el PCE y el PSUC se convirtiese en una estrategia definitiva que llevase a la desnaturalización reformista del programa comunista.
No sé si me aventuro demasiado –creo que no– al decir que la incomprensión del pensamiento político de Manuel Sacristán por parte de una mayoría de sus excamaradas de partido fue abrumadora durante los últimos años de su vida. Y un buen ejemplo de esa incomprensión sería el inmisericorde retrato que de Manuel Sacristán –bajo el heterónimo de Sixto Cerdán– hace el que también fuera gran intelectual comunista, también siempre recordado, Manuel Vázquez Montalbán en su novela “Asesinato en el Comité Central”, publicada en 1981, en la que llega a reproducir, sarcásticamente, fragmentos literales de la “Carta de la Redacción” escrita por Sacristán para el primer número de la revista Mientras Tanto: “En el prólogo del primer número de la revista Hasta Luego, expresaba que sentía una cierta perplejidad ante las nuevas contradicciones de la realidad reciente. Las contradicciones se han agudizado, pero estoy menos perplejo respecto a la tarea que había que proponerse para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilización despuntara una humanidad más justa en una tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados en un ruidoso estercolero químico, farmacéutico y radiactivo (…)
Alguien dijo «amén» al lado de Carvalho. Era el penene de la reunión del Comité Central. Fue un amén sepultado por aplausos tan voluntariosos como asordinados, aplausos de entierro brillante, de sermón final de ciudad sitiada. Cerdán había sido rodeado de jóvenes dispuestos a dejarlo todo para seguirle. No le felicitaban. Le pedían bibliografía e iluminación sobre la realidad. (…)
–¿Se ha fijado? Nos ha llamado atontados. Cerdán siempre ha sido así. Ha vivido poniendo notas a la gente según se sabían la lección que él mismo explicaba. Hace años a mí me puso un nueve. Pero ahora estoy suspendido.”
Tal como dice Miguel Candel, la gente no suele entender a quienes tienen razón «antes de tiempo». Aunque, paradójicamente, Sacristán es también uno de esos herejes a los que en vida se anatemiza y se condena al ostracismo para, tras su muerte, ser elevados con toda solemnidad a los altares, y de cuyo legado tratan de apropiarse –con las falsificaciones y tergiversaciones que sean necesarias– muchos inquisidores que, en su momento, no hubiesen dudado en llevarlos a la hoguera. Y eso es lo que ha ocurrido con la apropiación de la etiqueta “ecosocialista” (que Sacristán no acuñó, pero ha quedado definitivamente asociada a su pensamiento político) por parte de la actual izquierda postmoderna en la que acabaron degenerando, renuncia tras renuncia, los herederos de Gutiérrez Díaz, cuando decidieron liquidar lo poco que quedaba del PSUC y abjurar de la tradición emancipatoria del comunismo, que les parecía demodé y desprestigiada. Cosa que habría hecho a Sacristán revolverse en su tumba, metafóricamente hablando.
Porque para Sacristán, a diferencia de la izquierda postmoderna –a mí no me gusta el anglicismo woke–, la asunción de los postulados ecologistas, feministas y pacifistas nunca desplazó la centralidad del conflicto capital-trabajo, la necesidad vital de superar el capitalismo ni el papel fundamental de la clase obrera como sujeto revolucionario. Al contrario: para Sacristán, siempre estuvo claro que el capitalismo es el verdadero enemigo de la naturaleza, puesto que para el capitalismo es esencial el crecimiento económico sostenido e ilimitado –sin crecimiento el capitalismo se ahoga, entra en crisis–, y el crecimiento ilimitado es físicamente imposible en un planeta donde los recursos (y la capacidad de metabolizar los residuos generados por la actividad económica) son limitados y finitos. Y por eso, tal como dice Ariel Petruccelli, Manuel Sacristán es, en ese sentido, “un precursor más actual que nunca”.