Del historiador y compañero de Espai Marx, José Luis Martín Ramos.
Impecable. Dos conclusiones implícitas:
Rusia no era, ni es, el enemigo principal del hegemonismo de EEUU; sin embargo el conflicto de Ucrania, en el que EEUU ha hecho todo lo posible hasta ahora para impedir que se resolviese mediante la negociación, es una maniobra de ataque por el flanco para consolidar una nueva situación internacional de guerra fría con la que aislar a China y frenar su expansión económica y política independiente. Subsidiariamente, el conflicto ha servido para subordinar a la Unión Europea a la estrategia de EEUU, en perjuicio de los intereses de los europeos; con la inefable colaboración de Ursula Von der Leyden y de Josep Borrell, que ante la creciente impaciencia en Europa por la falta de resultados del boicot económico a Rusia, ha pedido «paciencia estratégica», con la mira puesta en la previsión de una recesión en Rusia en 2023. Es posible que haya recesión en Rusia, pero tanto -o menos- que el que haya en Europa, con lo que esa apelación a la «paciencia» sigue siendo una manifestación más de la irresponsabilidad de Borrell. Sigo especulando con la hipótesis de que, entre otras consideraciones, Putin al iniciar la fase armada del conflicto haya buscado fidelizar a China -obviamente no subordinarla, hace ya más de medio siglo que eso es imposible-, reforzar las razones para que en el curso del debate político chino en torno al congreso del Partido Comunista se consolidase la posición de firmeza de Xi, frente a las presiones internas de adaptarse a las exigencias de EEUU.
China es, en estos momentos, la única alternativa a ese hegemonismo unilateral; que, por cierto, parece crecer en agresividad en la medida en que crece el deterioro de su situación política interna y su polarización en torno a dos liderazgos débiles, el demócrata por la decrepitud de sus dirigentes y el republicano por el sectarismo de Trump que le impide avanzar en consenso social. La propuesta de China es lo más parecido a un ordenamiento mundial multilateral. Es significativo el reforzamiento del argumentario antichino en los medios de comunicación occidentales, que llegan a dar pábulo a las más fabulosas fantasías sobre la maldad intrínseca no ya del comunismo sino de los chinos.
Y no paso por alto que Poch parece ya convencido de que los responsables del atentado al gasoducto báltico son el gobierno de EEUU y sus palanganeros europeos.
En septiembre comentábamos que el escenario principal del conflicto de Ucrania estaba en este otoño en las retaguardias y señalaba tres momentos claves: el congreso del PC Chino, las elecciones legislativas intermedias en EEUU y las consecuencias en boomerang en Europa de las sanciones económicas a Rusia. Los dos primeros se han resuelto en términos desfavorables al gobierno de EEUU. El reforzamiento de Xi es una pésima noticia para él y el resultado de las elecciones de ayer constituyen una derrota no menos real por el hecho de que estuviese anunciada. Vista la situación y la incapacidad de Biden para afrontar la situación interna en EEUU, eso de que no se haya producido una marea republicana es una consolación de boquilla, ni siquiera una tirita para no ver la herida; sin controlar las cámaras y con una política exterior contradictoria con los problemas internos de la economía estadounidense (¿apelará también Biden a la «paciencia estratégica» de los norteamericanos?), Biden deja toda reacción a la espiral inflacionaria en manos de los aumentos del tipo de interés por parte de la Reserva; una puerta abierta a un corredor en el que no se ve la puerta de salida, y cuyas consecuencias depresivas, si no recesivas, no sé cómo va a poder impedir. El tercer momento, el del deterioro de la situación económica y social en Europa, que tendrá sus causas estructurales pero está siendo acelerado por el boomerang de las sanciones, se ha retrasado por el perverso efecto del cambio climática que está permitiendo que no se encienda aún todas las calderas, pero el frío llegará y la credibilidad de Macron, Scholz, Von der Leyden y el partido conservador británico está tocando el suelo.