Sobre el proceso colonial español

Del profesor emérito Miguel Candel, autor de Más allá del ser y el no ser.

Veamos. Que fue un proceso colonial lo que llevó a cabo en América la Monarquía Católica (nombre seguramente más adecuado que Corona Española, porque de entrada eran al menos dos coronas; por algo algunos navajos o apaches todavía se refieren a los antiguos conquistadores como «castillas», no como españoles) no creo que pueda negarse ni «jarto e vino». Técnicamente, desde los griegos, una colonia es la ocupación de un territorio, por las buenas o por las malas (eso es lo de menos), realizada por una población foránea (la palabra griega original era apoikía, algo así como «casa fuera»). A partir de ahí caben mil fórmulas diferentes de convivencia (o malvivencia) con la población autóctona. Exceptuando las salvajadas iniciales de muchos «pioneros» como Francisco Pizarro, Pedro de Alvarado (que casi le cuesta a Cortés la pérdida definitiva de Tenochtitlán y, por supuesto, le costó la vida a Moctezuma, que ya estaba «en el bote», acusado de traidor por los suyos) y tanti quanti, podemos seguramente decir que la colonización española fue menos sangrienta que la inglesa, por ejemplo, y que creó comparativamente más infraestructuras en los territorios colonizados. Pero por lo demás tuvo todas las características típicas de un proceso colonial, en que los colonizadores, por muy benigno que sea su dominio, dominan sobre la población autóctona, cuya integración o «cooptación» puede ser mayor o menor, pero nunca completa, y cuya dependencia administrativa y vasallaje fiscal respecto de la metrópoli no dejan lugar a dudas (de ahí lo de «no taxation without participation» de los independentistas norteamericanos). Dicho esto, los procesos de independencia de las colonias americanas casi nunca beneficiaron a los descendientes de las poblaciones autóctonas, más bien al contrario, porque los descendientes de los colonos lo único que suprimieron realmente fue la dependencia administrativa y el vasallaje fiscal respecto de España, aprovechando para reconvertirlos en beneficio propio y, por lo general, reforzar su dominio interno. Por eso lo que hay que decirle al blanquito mexicano o de cualquier otra ex-colonia que acusa a los españoles en general de opresores es, simplemente: «de te fabula narratur» (lo de añadir «hipócrita» -u otra palabra más fuerte- es optativo).

Simbad del Caribe

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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