“Sobre la existencia de ‘razas’ humanas” por Jordi Cuevas

En la especie humana no existen razas; existen razas de perros, de gatos, de vacas o de ovejas, porque mediante la selección artificial y la cría selectiva se busca la perpetuación y mejora de determinados rasgos que se consideran deseables en el animal en cuestión (longitud o textura de la lana, tamaño de las ubres, mayor potencia de mordida u olfato más fino…) por parte de sus criadores.

En especies no domesticadas, pueden existir subespecies cuando entre determinadas poblaciones geográficamente aisladas no ha existido contacto en mucho tiempo y pueden desarrollar determinados rasgos distintivos por selección natural y adaptación a su particular ecosistema. Entre los seres humanos, sin embargo, no se produce la cría selectiva (excepto entre los miembros de la nobleza y la realeza…) ni existen, prácticamente, poblaciones aisladas unas de otras, sino que se ha venido produciendo un continuado intercambio genético desde los más remotos tiempos de la Prehistoria, por lo cual únicamente se puede hablar de diferentes poblaciones locales con mayor o menor predominio de determinados rasgos en su fenotipo. En los años 30, los antropólogos nazis se volvieron locos tratando de localizar algún rasgo genético que fuese definitorio de la «raza judía», y evidentemente tuvieron que desistir de su infructuoso empeño, después de realizar cientos o miles de mediciones de cráneos, muchos de ellos procedentes de su generosa fuente de suministro de los campos de concentración y exterminio…

Sin embargo, todavía hay países lo suficientemente incultos o borreguiles, como los Estados Unidos, donde se sigue utilizando -y, lo que es peor, dándosele carácter oficial- a la clasificación de la población entre diferentes supuestos «grupos étnicos». A Antonio Banderas, cuando estableció su residencia en Los Ángeles o donde fuera que se afincó con la señora Melanie Griffith, le hicieron rellenar una hoja de empadronamiento donde, entre otros datos, tenía que marcar con una cruz la casilla correspondiente a su grupo étnico. Él, por supuesto, marcó la de «Caucasian», pero el diligente funcionario al que tuvo que entregársela no tardó ni medio segundo en tachar la crucecita en cuestión y marcar la que evidentemente correspondía al nuevo empadronado, que no era otra sino la de «Latin», ante el estupor y la indignación del interfecto…

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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